Lilia Luján

Fragmentos sin futuro | D. R. Mourelle

[Durante los últimos tiempos, distintos fragmentos —voces de ninguna parte bien cercana— me dieron plenamente en la cara; algunos son principios de historias, otros son finales, y los más: interrupciones a la mitad; historias todas ellas que nunca escribiré. Imágenes vagas, incompletas, bajas. Corazones de sangre apagada, detrás de unas risas, o de una burla. Para pasar y olvidar. Como los cardones de la ruta.]

 

Julio a septiembre de 2011

 

Sin esas más de mil palabras, no habría imagen.

 

Poner la poesía en el lugar de la religión es peor que poner la religión en el lugar de la poesía.

 

Tensión entre palabras. Entre lo necesario y lo afinado. Como en las cuerdas de un instrumento musical. No obstante, para navegar hay que vivir —aun cuando ambas acciones se puedan hacer mal––. Y, para vivir, pudiera parecer que estamos obligados a navegar. (Todas suposiciones, claro.) Un día salís de tu casa y quedás tirado por ahí con una bala adentro —¿habrías salido de haberlo sabido? Lo trágico es que tal como están las cosas, no te animarías a salir nunca. A navegar, me refiero. A ver si esa cuerda está afinada. A elegir barco. O canción. O último lugar.

 

Me resigno a oír aunque no quiera: los gustos de los ajenos trazan el mapa que la arena cuida hasta el fin de la bajamar.

 

En el principio, hubo un mapa; después, que caminar.

 

Estas sentencias de pocas palabras son traicioneras. Peor cuando son recorte y pierden su contexto. La vuelvo a leer y me agarra esa risa nerviosa de quien espera su dead man’s walk.

 

Las reacciones inmediatas —las de la espontaneidad— pudieran ser sinceras, pero no siempre aconsejables.

 

Me provoca una cierta incomodidad la gente que va por la vida como si ésta le estuviera en deuda.

 

Si la existencia de las leyes se basa en la creencia de que sin ellas saldríamos a matarnos, ¿cuál es la diferencia?

 

Una buena parte de la democracia moderna apoya sus bases en la anarquía.

 

Sin negocio no hay política.

 

Me preocupa, claro que me preocupa, la reacción que pudiera tener el caníbal cuando se dé cuenta de lo que tramamos.

 

Por más atrincherado, todavía me sorprenden las personas que, seguras del nulo fundamento científico del psicoanálisis, salen corriendo para no llegar tarde a la sesión de aromaterapia.

 

La voz escribe en el aire.

 

El secreto está en hacer que parezca fácil.

 

Una palabra y una palabra; una línea y una línea.

 

Mi paraíso es la penumbra.

 

Si la supervivencia de la Tierra dependiera de los poetas, estaríamos fritos. Ahora bien; si la supervivencia del Mundo dependiera de los poetas, no podría esperar a ver cómo termina.

 

Al final, estos poetas resultaron la misma lacra que el resto: parados sobre el mundo, creyéndose mejores y soltando grandilocuencia profética sobre cómo la poesía (o sea sus sacerdotes) va a salvar no se sabe bien qué.

 

Lo viejo, si bueno, dos veces viejo.

 

How come I’m still here?

 

Que con el arte se pueda jugar no lo vuelve un juguete.

 

La buena literatura no se hace con la verdad.

 

Ah… Los sentimientos… Esa cosa mágica de la que nadie duda. Nunca aprendidos. Como si hubieran llegado en un plato volador.

 

Los verdaderos profetas cierran la boca.

 

La desilusión es un cuchillo de carnicero.

 

No tanto desde un vuelo… Más parecido a una excavación… O ni siquiera: un arrastrarse —tipo reptil.

 

La ortografía está más cerca de la belleza que de la norma.

 

No hay reloj capaz de medir el coloquio de esta lluvia.

 

Being lonely is just an opinion.

 

Salvo en arte, me parece muy bien que el sentido común camine delante de la originalidad.

 

No me molesta que una persona quiera alimentar a otra que se está muriendo de hambre en el medio del África. Siempre y cuando también alimente a las que se encuentre por el camino.

 

Hay un camino y hay un camino y hay un camino… y, aun cuando los pasos parecen estar decididos de antemano, hay unas pocas veces cuando lo escrito falta escribirse. Cuando me es dado, elijo esas pocas veces.

 

Por más que los ajenos digan que son sus maneras de mantenerse jóvenes, las voy a seguir llamando pendejadas.

 

Ah… Cómo quiero que regrese aquel viejo aburrimiento.

 

Como se fue de boca, aprovechó y se hizo revolucionario.

 

Cuando se juntan dos boludos felices, no hay con qué darles.

 

Nada más lo inútil merece la memoria.

 

Real ––is a matter of perception.

 

Nada se hace desinteresadamente.

 

Cada vez que anoto una cita en el cuaderno de notas, queda liberada; mientras que el resto —lo que la rodea— queda encerrado en el vértigo del afuera. Cuando esto me pasa con un poema: señal de que el resto vale poca cosa. Sí… las condenas se toman vacaciones. Y regresan.

 

Quieren a ése en quien, esperan, te conviertas alguna vez.

 

Citar un autor es hacerle decir lo que se le antoja a otro.

 

Ninguna buena acción queda sin su castigo.

 

Somos los restos de algunos días, las semillas que la oscura nos regala.

 

Es más fácil darles de comer a los gatos de la estación que a los chicos que andan vagando por las vías.

 

Hoy en día concientizar se traduce como vender la conciencia propia al otro —vender, claro, o darla en arriendo.

 

‎Es más fácil salvar la Humanidad que ayudar al croto que duerme en la esquina.

 

Ahora resulta que emitir una opinión significa deslealtad.

 

Aun en el extremo del final de todos los apocalipsis seguimos bailando al compás que resulta de cómo las agencias de noticias tiran de nuestros piolines.

 

Parece que hoy es el día de la poesía… ¿Se puede caer más bajo? Y… Sí… No hay manera de frenar.

 

Los poetas: masa informe donde gato por liebre.

 

Ah… Estos escritores de las relaciones públicas… Donde la ambición opaca el talento.

 

Como el Viejo solía decir: “Siempre conviene desconfiar de quien no sabe disfrutar de un vaso de buen whiskey… incluso también cuando no tan bueno”.

 

A todos nos irá mejor sin tantos promotores. Dejemos que muera lo que morir deba —o quiera: basta de promover la lectura.

 

Prefiero no andar comprometiéndome con cualquier cosa. Mucho menos con el tiempo (cuyo dueño está por verse).

 

Si queda alguien que cree que se puede ser cabecilla sin ser malandra, que levante la mano.

 

Mi problema con los pacifistas profesionales es que, con el fin de la guerra, se quedan sin negocio.

 

Una hechicera jamás revelará su condición; salvo por amor. Un hechicero jamás revelará su condición; por amor ni siquiera.

 

Cuando era chico los boludos eran más inteligentes.

 

Afirmar que quien no está con uno está en su contra tiene la particularidad de volverse inmediatamente cierto.

 

Inexplicable tristeza cuando me cruzo con una persona que llora en la calle.

 

Nada ha sido igual en la ciudad de Buenos Aires desde que sus habitantes comenzaron a preguntarse adónde fueron a parar los pasajeros de los subtes F y G.

 

A cada muerto le sobran buitres.

 

Dos horas para convencer al oficial de la bonaerense de que el sobrecito de sal en el bolsillo de mi saco era para consumo personal.

 

Cada minuto en la Internet utilizado para salvar a los niños del mundo es un minuto perdido que no se puede ya usar para salir a la calle y ayudar al niño que vive en la casa de al lado.

 

Hay quienes dicen estar aburridos cuando deberían decirse aburrados.

 

Última noticia: La escuela no le gusta a nadie.

 

Llega la feria del libro… y abajo los lienzos.

 

Ya está… Todo listo para llevar la cuenta de cuántos se van a matar mañana.

 

Sigo leyendo los Collected works de Flannery O’Connor. Ya pasé por sus páginas literarias (de intención: novelas y cuentos) y ando ahora por las cartas (quizás debería haberse llamado Collected words); voy por la página mil y pico: no podría estar más de acuerdo con ella —con quien no estoy de acuerdo en la mayoría de las veces.

 

Las mañanas de mayo en este barrio hacen que uno regrese sobre el tema de la vida sin fin.

(Dije la vida sin fin. No, la pacatería sin fin.)

 

Hay refranes que resultan ingeniosos hasta que dejan de serlo; una vez llegados a ese punto, se vuelven una barranchutada.

 

Ahora que Marta Minujín está por inaugurar su Torre de Babel, no me siento tan culpable por haber usado el libro de Sabato para que no se mueva la mesa.

 

Ah… lo bueno de tener a quien confiar esas cosas que ni loco publicaría.

 

No voy a dejar que alguien dueño de riquezas materiales decida mi futuro; el día de mañana señalará para mí lo mismo que, para conseguirlas, ya señalara para otros.

 

Necesito hacer lugar así que voy a poner a la venta muchos libros de mi biblioteca —tengo toda la intención de comenzar por ésos que no voy a leer de nuevo ni recomendaría a mis hijos––. Sí; hace rato que les tenía ganas. La carne es débil… pero más el papel.

 

Incluso en un jarro del mejor acero inoxidable, la leche hierve, y se derrama, y apaga el fuego que la hierve, quemándose.

 

Entre salvar a una persona y salvar unas manchas sobre papel no hay titubeo; sin embargo, llueven las dudas como piedras cuando amerita quemar todos los papeles del mundo.

 

Mucha banderita… pero todos quieren pasar primero… sacar el lugar a quien fuere.

 

Hablar bien: hablar sin adoctrinamiento

 

Hasta el bien busca ojos entre los ciegos.

 

No hay caso: a la hora de la verdad, la gran mayoría termina prendiendo el equipo de aire acondicionado.

 

Como si nombrarse escritor fuera la gran cosa.

(Debería haber dicho: Como si nombrarse escritor fuera la segunda gran cosa.)

 

A unas gentes entre las que el conocimiento no es un valor ya no se las puede llamar pueblo.

 

Como si nombrarse fuera la gran cosa: el nombre borrado… Ahí nos quiero ver.

 

Un pueblo que no cuida a sus maestros termina en la pobreza.

 

Me preguntaba el otro día cuánto tiempo pasará hasta que comencemos a salir a la calle armados.

 

Cuando una persona ha tenido la oportunidad de sostener charlas interesantes con personas interesantes (por lo general unas pocas, ni falta que hace que se necesite más una mano para contarlas), el resto del mundo nos revelamos como lo que somos: un montón de entes biológicos que anda de acá para allá como amebas.

 

Algunos vecinos de las casas que rodean el parque hemos decidido juntar dinero para regalarles un telescopio a los políticos que nos piden nuestro voto para que, por las noches, puedan echar un vistazo a lo que hay por ahí afuera, y así, si tenemos algo de suerte (mucha mucha mucha suerte, a decir verdad), puedan percatarse de lo insignificantes que son.

 

Encendí la tele para ver una peli y me encontré con que a la salida de la cancha de River están a los fierrazos… Y me puse a pensar que el voto de esas personas vale lo mismo que el mío.

 

Cada vez que leo un libro de Iris Murdoch siento el impulso de enviar a los escritores que conozco a realizar trabajo comunitario a las Islas Malvinas.

 

Defender la escuela pública es, también, defenderla de los maestros mediocres —y de los envidiosos, los resentidos, los viles, los sociópatas––.

 

Otra fantástica equivocación de la especie humana consiste en creer que, dada la opción, cada uno elegiría la misma bandera que al final de cuentas le tocó en suerte.

 

Se dice por ahí que un diablo sabe más por viejo; pero lo que más sabe no se entreteje con cualquier saber sino con las artes diabólicas. Por eso, cuando un diablo busca un amigo, no lo busca entre los diablos.

 

Algunas personas no tiene la menor idea de la cantidad de entrecruzamientos que sostienen las redes de aquello que llaman lo sencillo; y hay también quienes llaman complicado a aquello que para otros es lo único que hay.

 

Es del sabio rechazar el trono.

 

Primero hubo fe ciega en el blanco. Después, fe ciega en el negro. Y después, fe ciega en el gris.

 

Me rechaza un texto empeñado en decir lo que siente quien lo escribe.

 

¿Puede haber contradicción mayor que una sociedad de poetas?

 

Una de las tareas más cuesta arriba del escritor es la de seguir los pasos necesarios para que sus textos ofrezcan una entrada imposible al lector ñoño. Nunca se consigue del todo, pero ello precisamente vale para realizar el mejor esfuerzo.

 

Para ser un escritor aceptable, bastará con estudiar y dedicarse a escribir unas cuantas horas al día. Pero para ser un buen escritor, hay que dejarse de boludear —condición no suficiente, pero sí necesaria.

 

Que lo parió nomás.

 

No hay caso. Cuando se enseña la violencia…

 

Viejo. ¿Qué pasa?… Ya no me puedo ir ni a Noruega.

 

Tan cancheros y aun así con velas para los muertos.

 

Le advierto que, según ciertos funcionarios, yo vendría a ser un gorila.

 

Tormenta: En el Parque, unos cuantos árboles caídos. Otro, cerca de la esquina, bloquea media Avenida. El tanque de un edificio, probablemente el de la esquina de Puan que todavía está en construcción, voló y cayó en el césped, junto a los juegos. El tráfico es un caos. Chapas por todos lados. Un atardecer como cualquiera.

 

Me acabo de ver el primer episodio de Don Gato (ése en el que se van a Hawai). Estoy de vuelta en los sesenta. No puedo parar de reírme.

 

Viejo… Te morís y queda tu nombre a merced de cualquiera.

 

¿Cómo sería escribir para todos?

 

Antes agradecía tres o cuatro cosas interesantes de una conversación; ahora agradezco cuando se habla poco y nada.

 

Para sostener la puerta, se inventó el ladrillo.

 

Votaría sin dudarlo al candidato que ofreciera irse a otro país.

 

Voy a escribir un libro sobre cómo fue que superé mi drogadicción; primero, claro, tengo que empezar a drogarme.

 

Mejor perder con los buenos que ganar con los crápulas.

 

Definitivamente; envejecer es bello.

 

La violencia nos va a comer crudos.

 

Salir a la calle… o no salir.

 

Debatir está sobrestimado.

 

Quien no sepa la diferencia entre la infancia y la niñez no obtendrá mis respetos.

 

La fraternidad… mucho ruido y pocas nueces.

 

Quien me dice que salir a la calle no es un peligro, que me diga dónde vive.

 

Según los médicos, comer no conviene a la salud.

 

Me pregunto qué tendrá la derrota que de todos modos queda como un ardor en el orto de quien ha ganado.

(Upsss… ¿Escribí eso en voz alta?…)

 

Según la autoridad competente, si usted se resiste a ser asaltado y lo matan, es por boludo. Qué tal, ¿eh?

 

Los legisladores están ocupándose del problema de la muerte digna. ¿Y la vida digna para cuándo?

 

No me inspira confianza quien pone su ideología por encima de la vida de una persona.

 

Cómo me embolan los evangelistas anti-tabaco.

(Los evangelistas no creen que lo son; son casi tan pesados como los T de J y su Watchtower.)

 

Ese don llamado olvido.

(Pasa que primero había pensado en “milagro” y me pareció excesivo; así que me conformé con “don”. El padrino se quedó contento; ¡qué más puedo pedir!)

 

Con los años, un escritor sabe muy bien que no se puede juzgar a una persona por lo que escribe (y, si no lo sabe, debería… o no es muy buen escritor que digamos).

 

Zas… Estaba en lo cierto la mabuela: El derrumbe comienza con la fama.

 

Y llegó 1980; y elegí la contramarea (o puede que ella a mí).

 

Nadie parece inquietarse por esas personas que se mueren más de una vez.

 

Puede que siempre haya sido así, pero la tecnología permite un sostenido crecimiento de mi sentirme incómodo frente a lo público.

 

Límites hay… y, si alguno quiere pasar, al menos que lo piense de nuevo.

 

Desaparece una persona y se monta un espectáculo en el que propios y ajenos se comportan como buitres.

 

Si la manera de no estar solo es acomodarse a los demás, es mejor quedarse solo.

 

Voto por una campaña de control natal entre los poetas.

 

Me pregunto qué diría Arlt sobre eso de ir en contra de los prostíbulos… (Para tapar una lluvia de sangre nada mejor que una tormenta de arena.)

 

He conocido dos o tres médicos perjudiciales para la salud, pero nunca vi que tuvieran un cartel que lo avisara a la entrada del consultorio.

 

Los hijos de vecino estamos desamparados como gorrión bajo el mar.

 

Últimamente parece haber reflotado el uso de la palabra “bastardo”. Bueno es recordar que significa “nacido de una mujer que no es la esposa de su padre”. Por lo tanto, usarlo como insulto o incluso como depreciativo es una equivocación (por decirlo buenamente); salvo, claro, que hayamos regresado a la Edad Media (o que se trate de Tarantino).

 

No hay caso; de regreso todo el tiempo al mismo sitio: el problema es la ignorancia. Y los ignorantes creen que la viveza consiste en zafar sin mayor esfuerzo. Ya me gustaría escucharlos cuando el padrino les prenda el horno.

 

Sobre el latiguillo “es mi humilde opinión”: no hay opinión humilde. Hablar es alzarse, hablar de lo que fuere es ponerlo por debajo. Por eso cuando algún desprevenido se pone a hablar de su dios, espero con atención (y no sin placer) a ver cuándo le cae su rayo.

 

El mediocre, acorralado por su falta de mérito, termina por acusar de arrogante, y hasta de soberbio, a quien tiene costumbre de pensar, sin percatarse del halago encubierto que le hace.

 

Hijo mío —le dijo, mesándose la barba—; Dios no lo quiera, hijo mío —enfatizó—, pero si alguna vez te buscara la policía, lo que tenés que hacer es prender la televisión.

 

Lilia Luján

Lilia Luján