AMBULAT,2015. MIXTA-TELA, 80X100 CM. (1)

En tránsito | Rosana Ricárdez

Corrimos. Corrimos tanto. Pensamos que habíamos corrido tanto y eran apenas unas cuadras, aunque lo suficiente para sentirnos a salvo. La niña y yo estábamos tan cansadas que, por un momento, me sentí libre. Corrijo, ella estaba asustada. Yo, en cambio, libre. Me sentí libre y enseguida culpable, de esas ocasiones en que dos sentimientos forman un continuum, pensamientos inmediatos, de ésos de indeleble pero delgadísimo borde que se suceden, fronterizos y de difícil distinción. Pero no era un sentimiento de libertad, era una facultad conferida, facultad que sentí momentáneamente mía. Decidí escapar y creí sentir el poder de esa decisión. Decidimos escapar corriendo.

Mi voluntad siempre ha estado sujeta a juicio y a circunstancias. Decidí no escribir, decidí escribir, decidí hacerme tonta, decidí sólo leer hasta el día en que “como un árbol carnal, generoso y cautivo”, me liberé, me cortaron y liberaron. Me liberaron sin que mi voluntad interviniera al colocar a esa niña en mi vida, ver a esa niña, qué digo niña, ¡genio!, genio encarnado que me mostró todo.

Especie de genealogía: de familia común, padre, madre, hermana menor, a los trece años había leído y comprendido más que yo a mis 33, desgranaba los clásicos: suculentas mazorcas que en ella se revelaban; granos que a la distancia se apreciaban en conjunto, en unidad: belleza y unidad. Al paso de los años me pregunto si, como todo genio, tenía algo de ingenuidad, y entonces su genialidad no era producto de la voluntad sino de un don, y entonces no culpable sino víctima, víctima sometida. Pero en ese momento me sentí atada por una inconmensurable envidia.

En verdad sus padres la educaban bien. Explotaban, como todo padre, la cualidad descubierta. El padre, lector experimentado, rompía sus límites al proporcionar más y más material de lectura y conocimiento. La madre, intentando seguir el paso, se veía enfrentada a sus limitaciones pero sustituía su falta de saber con lo que llamaba amor, instinto materno que ata y que produce esa sensación de superioridad moral ante cualquier otro ser no materno. La hermana, en un mundo paralelo, llena ella sí de vaguedad a sus seis años, no digo apartada de envidia sino en un mundo de incertidumbre y como vagabunda: viajando, estando, siendo y no siendo, aún en un mundo limítrofe entre la fantasía y la realidad, el mundo que, supongo, confiere esa edad y que habilita cualquier escapatoria ante el peligro.

Tropecé con ella, literalmente tropecé con ella en la calle. Caminando lo más apresuradamente posible, escapando al tiempo, cabizbaja no por penas sino por la pantalla del teléfono, no noté su presencia en mi camino. Ella, en su mundo, ni vio ni intuyó la mía. La voluntad del destino es cabrona, aunque nosotros, nuestros descuidos y la delgada acera hicieron lo suyo. Tropezamos, pedí disculpas, ella ni se inmutó y yo, rabia por dentro, seguí mi camino unos segundos hasta que, lenta en reflejos, volví la cabeza y descubrí su rostro. Era idéntica. Eres la hija de Mariana –salió de mi boca–, más para mí que para ella. Extrañada y no, asintió con la cabeza y entablamos plática. La desertora de la universidad había parido, a los 21 años, un clon. Por eso la descubrí. Esa misma tarde me condujo hacia sus padres y éstos, desde el rellano de su casa, me reconocieron.

Subí los cuatro escalones de la entrada e ingresé a la sala. Una vida se me reveló porque no era la sala sino una especie de sala-estancia-cocina gigante, al menos de unos 160 metros cuadrados, colorida, apacible, de infinitud, con arena natural, y también arena pintada: roja, azul, anaranjada, verde, amarilla. La decoración, minimalista y pretenciosa, hipster y proecología a su vez, pasó a ser verdadera, se mostró tan cierta al tacto. Casa y vida no eran sustantivos unidos por una conjunción, era un conjunto armónico que calzaba: casa-vida. Sentí la primera punzada. Si lo hubiera verbalizado, si no hubiera intentado mentirme, habría podido articular que era el primer síntoma-prueba de la cosa.

Saludé y enseguida me enfrenté a tres horas de resumen de trece años de experiencias no relatadas entre nosotros. Puse atención al relato, por supuesto, pero sin la casa-vida éste no hubiera cobrado sentido. Supe que su relato era cierto porque embonaba en ese espacio perfecto, con esos colores y cierta sensación bajo mis pies, en mis pies. Descalza, sentía esa energía creada en mi cabeza por la voluntad y la exaltación de ese espacio. Creí que algo podría gestarse en mí al estar en contacto con ese conjunto. La época de lactancia, los primeros pasos, la niñez, ciento ochenta minutos pasaron. Los orgullosos padres se revelaron magníficos artífices de un experimento en que ponían todas sus energías contenidas, digamos frustraciones también.

De aquí en adelante los recuerdos se atropellan unos con otros, se superponen y a veces eclosionan y se despliegan; tal vez el caos estuvo siempre en mi cabeza, me es imposible aún organizar el relato. Estaba tan atenta a los objetos colocados simétricamente en esa arena fina que hacía de alfombra en la sala-estancia-cocina gigante, estudié su orden hasta que encontré la lógica. Treinta centímetros de distancia entre un objeto y otro. El librero, empotrado en la pared frente a mí, era más bien una estantería de preciados objetos pero sin libros. Si uno hubiera querido, podría haber colocado allí cientos de ellos en perfecto orden: los de arte, siempre más pesados, hasta abajo, y de ahí hasta arriba en orden descendente de peso, aunque en algunos casos en orden ascendente en costo y apego. En lugar de libros había esferas, de colores, tamaños y materiales tan diversos como las desiguales figuras de la colorida arena. Treinta centímetros de separación. Nadie ha podido persuadirme de que fuera otra la distancia. Claramente sé que mi antebrazo mide veinte centímetros y la palma de mi mano, más un cachito de muñeca, la mitad de éste: treinta, por lo tanto. El descubrimiento de esta exactitud entre cada objeto activó una especie de sexto sentido en mí, algo extraño entre estímulo entusiasta y miedo. Seguí. Los padres terminaron el relato, la hija menor sintió necesidad de orinar y la vi desaparecer de la escena cuando se internó en el pasillo, y entonces reparé en la puerta a un costado de éste. Me sorprendió no haberla visto antes; supongo que mi atención estaba en otra parte, aunque el color café de la puerta destacaba entre la blancura de lo demás. De repente vi que la puerta no era simple sino doble y estaba abierta. Ahí lo vi por primera vez.

Estaba de pie junto a la cama, atento a las palabras de la mujer recostada sobre su propio vientre pero con la cabeza lo suficientemente alzada para hacerse escuchar. Parecía un diálogo. Me perdí unos segundos y fueron las palabras de Mariana las que me regresaron a la sala-estancia-cocina gigante. Patti Smith subió el tono de su voz y no era un diálogo lo que sostenía con el hombrecito: le cantaba para tranquilizarlo, para encantarlo y disuadirlo, para darnos tiempo de escapar. En ese momento y durante mucho tiempo no entendí la letra. Supe que era una canción por el ritmo y el efecto en el hombrecito. Qué digo hombrecito, ¡maldito enano! Mientras Patti subía el timbre de su voz, volteaba a verme como diciendo, corran ya y no vuelvan la vista atrás, no cesen de correr, no hagan preguntas, sólo corran. La cosa, pensé de nuevo. Y el terror que vi en sus ojos se trasladó a los míos, me inmovilizó y luego me sacudió. Tomé de la mano a la niña mayor y la apreté. Con la menor fuera de escena, y Mariana y el padre desaparecidos en ese momento, mi asidero fue la mayor. La jalé y salí corriendo. Corrimos lo más que pudimos mientras ella gritaba que era culpa del maldito enano. El encantamiento y sometimiento de sus padres era culpa de él. Su voz era tan hermosa y persuasiva que los padres la escuchaban todo el tiempo, les decía lo que debían hacer, movía su voluntad y los obligaba a someter a la mayor. Patti Smith aparecía cada sábado desde hacía un año, también cantando. Al poco tiempo comenzó a hablarle y a contarles su plan. Su voz se opondría a la del enano: funcionaría como un encandilamiento pero a los oídos, lo encantaría y ella, sólo mi ella, debía aprovecharlo para escapar. La condición era que no debía hacerlo sola, alguien debía conducirla. Alguien mayor que la soportara y que fuera capaz de ejercer el sentimiento próximo al del sacrificio o el amor. En la confusión no tuve tiempo de explicarle que mi impulso se fortalecía por la cosa, que la potencia de la voz de Patti Smith era parte del plan de la cosa y la cosa conmigo y la cosa era yo. Sus padres habían recibido dos talentos, ahora compartirían uno conmigo: mi impecable lógica no podía fallar.

Corrimos. Corrimos tanto. Pensamos que habíamos corrido tanto y eran apenas unas cuadras, aunque lo suficiente para sentirnos a salvo. La niña y yo estábamos tan cansadas que por un momento me sentí libre. Y esa libertad no era otra cosa sino la certeza de poder realizarme en ella.

Años después me descubrí cantando “Because the night belongs to lovers,/ because the night belongs to lust,/ because the night belongs to us…” y supe que era el canto de mi liberación, era lo que Patti entonaba el día aquél. Tras un tiempo hice los primeros intentos por escribir lo acontecido y me fijé la meta de no morir hasta ver el relato. No he cejado y conservo mi amuleto de la suerte. Sus padres conservan el otro.

 

AMBULAT,2015. MIXTA-TELA, 80X100 CM. (1)