Lilia Luján

Embarcadero  | Mercedes Álvarez

 

Temprano, en el embarcadero, había sol. Hacía tiempo que el hombre no recordaba un día como ese. El fulgor se extendía sobre el agua, volviéndola brillante como un manto de estrellas en pleno día. Resplandecía arriba, llenando de oro las casas de las personas, los edificios y los monumentos. Era posible creerse afortunado con un día así –o al menos eso pensaba el hombre–, desde su bote amarrado al poste en el club de remo, con los anteojos de sol puestos y a punto de empezar su entrenamiento de todos los días. El ejercicio era mejor que la obsesión, la obsesión mejor que la tristeza. Pero con un día así, valía la pena ser feliz.

El hombre cerró los ojos y disfrutó unos momentos del resplandor en la cara. Podía sentir alguna continuidad entre el placer que le proporcionaba y el placer de acariciar, por ejemplo, el pelo de su hija mientras lo cepillaba antes de llevarla a la escuela. Era un placer sin estridencias, sin el desvelo del sexo y del orgasmo; solo algo reconfortante que duraba momentos, pero cuya sensación quedaba suspendida en el cuerpo por mucho tiempo.

Así se sentía el hombre ese día, mientras respiraba trágicamente el aire impuro, arriba del agua contaminada del embarcadero.

Desató el bote, tomó los remos con las manos que estaban llenas de callos, giró el timón y empezó a remar. Iba en el sentido de la luz, con el sol de frente y la cara encandilada, moviendo los brazos con lentitud. Iba pensando en el ruido del agua, escuchándolo a propósito, sintiendo el corazón bombear en medio del silencio interrumpido por el ruido de los autos más allá, y más allá, por la ciudad que lanzaba sus gritos al aire. Pero nada en él se interrumpía. Su vida y su futura muerte eran una continuidad perfecta. Sentía que sus muertos formaban una unidad con la vida. Y todo, absolutamente todo a su alrededor era de una armonía prodigiosa y llena de gracia.

Sabía que la ilusión del día perfecto empezaría a resquebrajarse cuando se le empezaran a cansar los brazos, cuando sintiera el sudor caer por sus sienes, pero hasta entonces nada interrumpía la comunicación entre su cuerpo, su espíritu y lo que él llamaba “naturaleza”.

Pero el sudor empezó a caer, aun antes de lo previsto, y también sus tríceps empezaron a sentir el esfuerzo. Primero fue una molestia gozosa, a la que era posible oponerse, incluso olvidar mientras remaba, pero luego el dolor fue acrecentándose. Como cada día los callos de sus manos se abrieron, su mente perdió la concentración, y tuvo que parar.

Se detuvo y respiró agitado, una y otra vez, hasta recuperar el ritmo normal de sus pulmones. Se miró las manos desgarradas, y se pasó una pequeña toalla que sacó de debajo de su asiento para limpiarse las sienes. Se puso una gorra con visera y tomó un trago de agua de una cantimplora forrada en cuerina roja. Amaba todos esos elementos; amaba sus pequeños objetos, los remos que sujetaba con firmeza. Le daban una extraña sensación de seguridad que no tenía en ningún aspecto de la vida.

Se quedó mirando el agua, tocándose con insistencia los brazos para aflojarlos. Sintió los músculos acrecentados por el ejercicio físico, día tras día, su vientre marcado y chato que seguía respondiendo a la alimentación saludable.

Miró a los costados como si esperara que ocurriera algo imprevisto. Vio que a lo lejos alguien agitaba el brazo. Inmediatamente se sintió incómodo.

–¡Holaaa, holaaaa! –gritaba el hombre que venía de frente.

Él se puso la mano sobre los ojos, a pesar de que tenía la visera. No logró distinguir de quién se trataba. Ya más cerca, a medida que el hombre avanzaba, lo vio.

–¡Hola Máximo! –gritó.

El hombre se acercaba rápido, moviendo los remos con destreza (de hecho, con mucha más destreza que él). La sola visión de un remador eximio lo puso de mal humor.

–¡Hola, Daniel! –el hombre lo miró sonriente y detuvo el bote junto al suyo. Casi no estaba agitado. Se lo veía fresco, como si acabara de entrar en el agua, pero tenía la remera sudada. Era el único indicio de que llevaba un buen tiempo remando.

El hombre miró al cielo que de pronto se llenó de palomas. ¿O ya estaban ahí y él no las había visto?

–¿Cómo va tu nuevo libro? –preguntó Máximo.

–Ah, eso… va.

–Supongo que el periodismo te quita tiempo, ¿no? A mí me pasa igual.

–¿Qué tiempo?

–Tiempo para escribir, claro ¿No deberíamos estar escribiendo, ahora, por ejemplo?

–Para mí escribir es perder el tiempo. Por eso lo evito lo más que puedo.

Máximo se rió fuerte, traspasando el aire con su risa, haciendo volar gaviotas con su risa, mostrando sus dientes perfectos con su risa. ¿Había algo más odioso que esa risa? Era la risa de alguien que todavía creía en la humanidad.

–Chau, Máximo –dijo él–. Me alegro de verte.

Se dieron la mano de bote a bote, y en ese momento el cielo se nubló.

¿Por qué tenía que aguantar hablar de literatura, precisamente en el único lugar que le permitía olvidarla? En un tiempo lejano había tenido por la literatura un amor perturbado, sordo e imposible. Un amor que no lo dejaba vivir y lo obligaba a mirar la mesa de trabajo, con ternura, cuando no estaba sentado ahí, y con odio, cuando estaba sentado y fracasaba una y otra vez en su afán creador. Porque había sido un creador, cómo dudarlo, a tal punto había estado poseído por el fuego de la escritura, por su deseo de belleza, por la delicadeza con que ponía un adjetivo junto a un sustantivo y lo borraba para poner otro, y otro y otro. Una novela, y luego otra, y luego había visto su deseo mermado, sus ansias licuadas en la rancia cotidianidad que le iba borrando, poco a poco, el talento. La falta de dinero convirtiéndolo en periodista y novelista por encargo y haciéndolo hablar de cualquier cosa tangencial y apremiante. Y luego la paternidad, aquietándolo todo, asestando el golpe final a lo que una vez había sido fuego, después una llama minúscula y ahora, nada.

 

Para el hombre, todo se había perdido. La comunión inicial con las cosas, el augurio de la luz sobre los objetos y los edificios, el pelo de su hija, el cuerpo abandonado a un placer límpido y silencioso.

Y de pronto, arriba, en el puente, no muy lejos de él, vio una escena que lo horrorizó: una mujer extendía la mano para saludar a alguien y, a un metro de ella un hombre gordo, exhibiendo el pene que sujetaba con su mano derecha, se acercaba lentamente por su espalda. Fue cuestión de segundos: el hombre gordo se acercó y apoyó su cuerpo sobre el de ella. La mujer gritó, y el hombre escuchó unos gritos a su lado.

–¡Es mi novia! –gritaba un chico en un bote cercano–. ¡Hijo de puta, es mi novia!

Se escucharon gritos de otras personas, pero todo ocurrió demasiado rápido, y nadie llegó a entender bien lo que estaba pasando.

Daniel remó hasta el chico. Era un joven musculoso, podría decirse que atractivo. Uno de esos individuos que seguramente no habría leído un libro en su vida. Se sintió instantáneamente solidarizado con su causa, con su desesperación tenaz esgrimida desde el bote.

El gordo se había movido hacia un lado del puente. Era incomprensible que se hubiera quedado ahí. La chica ya corría hacia el embarcadero del club de remo.

–¡Hijo de puta! ¡Te voy a denunciar! –gritaba el chico.

–Las denuncias no sirven para nada –dijo Daniel–. ¿Donde viste que se cumpliera la ley alguna vez?

–Algo hay que hacer –dijo el chico–. ¡Hijo de putaaaa! –volvió a gritar.

Para Daniel todo estaba perdido, roto, la paz del alma arrancada de cuajo, el remo interrumpido. Tenía que hacer que la mañana valiera la pena. Tenía que proponer algo radical.

–Tirémoslo al agua –dijo de pronto.

–¿Qué? –el chico lo miró.

–Tirémoslo al agua. Se lo merece. ¿No es un hijo de puta?

–Sí es. Flor de hijo de puta.

–Entonces, al agua.

La novia del chico hacía señas desde el embarcadero.

–¡Cristian! –gritó.

Ambos remaron hacia el club, uno detrás del otro, bajo el cielo súbitamente gris. Cayeron unas gotas, y de pronto se desató la tormenta. Los que estaban en el río empezaron a remar hacia el embarcadero. La gente en el club se dispersó. Los niños corrieron gritando. Pero el hombre gordo arriba no se movía: permanecía agazapado a un costado del puente, mirando la nada.

–¡Cristiaaaan! –gritaba la mujer.

–¡Ya voy! –gritó el chico.

–Ni que la hubieran violado –murmuró Daniel.

Llegaron al embarcadero y amarraron los botes. El chico abrazó a su novia.

–Vamos –dijo Daniel.

–¿Qué van a hacer? –preguntó la chica.

–Nada –dijo Daniel–. Un pequeño ajuste de cuentas.

Subieron las escaleras, y luego caminaron hacia el puente, como si estuvieran de paseo, como si fueran a cruzar. La lluvia caía torrencial sobre los cuerpos y las cosas.

Podría pensarse que el gordo iba a moverse, pero no lo hizo. Se quedó en su lugar, como esperando el castigo, y cuando los dos hombres llegaron hasta él se incorporó lentamente, todavía con el pene asomando ridículamente por fuera del pantalón, y se presentó ante ellos sin desafío, sin súplica, en definitiva: sin humanidad. Sus ojos bovinos miraban asombrados. No había miedo, no había resignación, nada. El agua le peinaba el pelo hacia los pómulos, tapándole los ojos y las orejas. Entonces Daniel percibió lo que ninguno de los dos había visto hasta ese momento: el gordo tenía en la cara el signo inequívoco de la imbecilidad. Era tonto. Era retrasado mental. Lo miró amenazante, y él no hizo un solo gesto. El chico tomó carrera y le pegó en la mandíbula. El gordo hizo un sonido, como un quejido sordo que llegó junto con el sonido de un trueno, y volvió a agacharse en el lugar de antes. Daniel miró hacia el embarcadero: nadie observaba. Los dos hombres agarraron al gordo, uno de cada brazo y lo obligaron a levantarse. Entonces, simplemente, lo empujaron desde el puente hacia abajo.

Un ruido contundente de zambullida acompañó el salto. Era casi como un ruido de clavadista, si no hubiera sido porque el protagonista del clavado nunca había tenido intención de saltar. Fue rápido, limpio, fácil de entender. Y en el alma del hombre se instaló un pequeño sentimiento de vergüenza, la idea vagamente deshonrosa de haber cometido un acto criminal.

Desde el embarcadero ambos vieron agitarse al hombre bajo la lluvia. Lo vieron levantar los brazos, chapotear, gritar. Tardaron aun algunos segundos en darse cuenta de algo terrible: el hombre no sabía nadar. Habían tirado a un retrasado mental, obeso y que no sabía nadar, al agua de un río infestado donde, probablemente, moriría. Los hombres se miraron y corrieron hacia abajo, encontraron la calle y siguieron corriendo.

La novia del chico había desaparecido.

 

En la esquina del puerto Daniel y el chico se separaron sin decir nada. Daniel caminó una, seis, diez cuadras hasta un bar que solía frecuentar. Llegó chorreando agua. Se sacó los anteojos de sol y la gorra y se sentó en la barra.

–Un café y una medialuna –dijo–. E instintivamente giró los ojos hacia el televisor donde estaban pasando las noticias del día.

Se quedó mirando, con el corazón latiéndole fuerte. ¿Harían referencia a algún ahogado en el club de remo del puerto? Ese mes, dos veces habían sacado cadáveres del agua. Dos hombres. Muertos en circunstancias indefinibles. Se hicieron conjeturas; nunca se había descubierto a los culpables. ¿Lo descubrirían a él? ¿Podrían identificar al chico? ¿Habría muerto el gordo retrasado? Se quedó mirando fijamente el televisor, pero no había noticias del embarcadero.

Era un día perdido. No había manera de retomar una actividad normal esa tarde. No iría al diario.

–Te empapaste –le dijo el mozo del otro lado de la barra.

Él asintió.

–Sí –dijo–. Se largó de pronto.
Sentía que la pena le estrujaba el corazón como si se tratara de un peso oscuro. Un pájaro

negro se había posado sobre su alma quitándole todo sosiego. Si el gordo había muerto era culpa suya. Suya y de un chico de veinticinco años que no había leído un solo libro en toda su vida. Es decir, que lo habría matado él. Es decir, que ahora era un asesino. Miró su café con el rostro helado, sin poder asociarse con esa palabra: ¿era un asesino? ¿en verdad le podía ser puesto ese nombre? ¿cómo hubieran podido saber que el gordo no sabía nadar? Y sin embargo, tenía la vaga de sensación de que el solo puñetazo hubiera sido suficiente lección.

Tomó un poco de café, pero no fue capaz de probar la medialuna. Afuera llovía, y el horizonte era una línea difusa. La gente corría de un lado a otro, con o sin paraguas.

Llamó a la redacción y anunció su ausencia.

El resto del día caminó el pasillo de su casa, una y otra vez, en los intervalos de los momentos que pasaba dominando su necesidad de volver a fumar tabaco.

 

El hombre casi no durmió esa noche. Se levantó al día siguiente agotado y enfermo. Sentía que le dolía cada músculo y la cabeza era una bola de sangre y nervios a punto de estallar. Se hizo un café, prendió la televisión. No había noticias de muertes. No oyó nada amenazador o comprometido. Se tiró sobre la cama, boca arriba, y miró el techo. ¿Cuánto hacía que su mujer lo había dejado? Ya no contaba los días, ni las horas. Prefería no tener noción de si había sido hacía un año, una década o un mes. El dolor era el mismo: una línea pareja e hiriente, una cronología igual a sí misma, como una flecha interminable traspasando cada momento. Era el agua, lo único que le daba sosiego. El cansancio físico destilando sobre sus músculos en esas mañanas de remo, las manos creando callos junto con la pena. No había hecho un solo intento por volver a verla. Había dejado que se fuera. Sabía (siempre había sabido) de la ilusión del amor, pero no hubiera podido presentir cuán difícil iba a ser perder ese cuerpo.

Al principio los días habían transcurrido plácidos y dolientes. Se arrastraba dulcemente como por una cinta transportadora, llevando en la sangre la pena, tragando la saliva que fluía por su cuello garganta abajo. Ejecutaba las acciones con una condescendencia infinita hacia sí mismo.

Había llamado a algunas de sus antiguas amantes que se habían presentado en su casa algunos días. Había hecho el amor con delicadeza, sin esperar nada y casi sin deseo. Su cuerpo respondía solo a la mano que lo tocaba. Tenía erecciones, orgasmos, pero era como si fuera un ente separado de sí mismo. Su cuerpo se movía, acariciaba, lamía; pero su mente estaba a kilómetros.

Por las noches se acostaba en la cama y agarraba un libro de su biblioteca. Intentaba leer mientras las letras se movían frente a él. Hubiera querido emprender una investigación, estudiar algo, volver a leer a Céline. Pero ya era tarde y estaba demasiado solo. Dejaba el libro a un lado y prendía la televisión. Se adormecía mientras miraba cualquier cosa, sin sonido, no importaba qué fuera. A veces se despertaba de pronto en la madrugada. Todas las luces estaban apagadas y él abría un ojo y veía una figura humana, un árbol, una roca, una nube. Después los cerraba y se dormía nuevamente.

No fue distinta esa noche a las demás. Se durmió con la televisión puesta en cualquier sintonía, sin voz, y cuando se despertó cambió al canal de noticias. Ahora sí, hablaron del ahogado.

El noticiero anunciaba sin estridencias que un hombre – víctima de un retraso mental severo según la información proporcionada por la familia – estaba en coma tras haber caído del puente del dock sud. Se desconocía si había intentado suicidarse o había sido arrojado. Los médicos hablaban de muerte cerebral, pero no podía confirmarse aun.

“Dios mío”, pensó.

Volvió a acostarse. Transpiraba. Tenía un vago recuerdo del horror que le había provocado la escena del día anterior. El hombre exhibiendo su pene, la chica desprevenida, el inevitable pensamiento de que podría tratarse de su hija. El grotesco de toda la situación, y luego, de inmediato, la insólita asociación de ideas que lo había llevado a proponer tirar al gordo desde el puente al agua contaminada del río.

Se preguntó si lo habrían visto, si alguien sospecharía de él o del chico. Era improbable, pero podía pasar. ¿Qué pasaría si el gordo no sobrevivía?

Pero no podía dejarse vencer por la elucubración, por la duda y la desesperación. Dejó la cama y entró en el baño. Respiró hondo. Se metió en la ducha. Dejó que el agua le cayera por la cabeza. Cerró los ojos.

Se vistió, se hizo un café con una tostada y salió hacia el embarcadero.

 

En el club de remo refulgía el sol como el día anterior, pero ya no aportaba ninguna cualidad tranquilizadora: simplemente acentuaba el desfasaje entre los sucesos y el clima.

Vio al chico de lejos, sentado en un banco, mirando el agua fijamente. Se acercó a él.

–El gordo acaba de morir –dijo el chico.

El hombre hizo un silencio.

–Hace media hora estaba vivo –dijo.

–Lo acaban de anunciar por televisión.

Daniel y el chico se pararon sin decir nada y caminaron hasta el hall de recepción. Se pararon frente a la pantalla donde pasaban las noticias, entre otras personas que miraban y murmuraban.

–Parece que era donante de órganos –dijo alguien.

–Al menos podrá salvar otras vidas –contestó la recepcionista.

–Hoy a la mañana diagnosticaron la muerte cerebral y le sacaron los órganos –dijo un hombre anciano, de impecable remera blanca–. Van a hacer transplantes.

–¿Se sabe si lo empujaron? –preguntó el chico.

–No se sabe nada –dijo la dueña del club.

Y les dirigió a los dos una mirada de hielo.

Daniel salió nuevamente al exterior, acompañado del chico. Se sentaron en el banco al sol . Se imaginó las caras patéticas y agradecidas de una madre, una esposa, un hijo. La escena era chocante e increíble. Lo cierto ahora, era que ni él ni el chico tenían ya nada más de que preocuparse. Era evidente que la dueña lo sabía, pero que no pensaba abrir la boca. Nadie iba a hacerlo.

–Podríamos ir presos –dijo el chico.

–No va a pasar. Nadie sabe nada.

–Lo matamos.

–Él estuvo a punto de violar a tu novia –dijo–. Cualquiera en tu lugar hubiera hecho algo así.

De inmediato se sintió un farsante, pero insistió:

–Nadie sabe nada.

–Estoy seguro de que la dueña sabe –sentenció el chico.

–Sí. Pero no va a hablar.

–¿Cómo no pensamos que no sabía nadar? –se lamentó el chico.

–¿Cómo podríamos haberlo sabido? Con el diario de ayer es fácil hablar.

–Era retrasado mental. ¿Lo sabías? Era retrasado mental.

Daniel no dijo nada. Se quedó en silencio, recibiendo el sol en la cara. No se sentía culpable. Había sido un acto impulsivo, era cierto, algo que había hecho sin pensar, pero para los enfermos que esperaban un transplante había sido una suerte. Y al fin y al cabo, ¿no era el idiota violador un peligro para la humanidad? El que estuviera libre de pecado que tirara la primera piedra. Él no iba a juzgarse a sí mismo, como no hubiera juzgado a nadie en una situación parecida.

Se levantó y se puso frente al chico.

–No le des más vueltas –le dijo–. Lo hecho, hecho está.

Bajó hacia el bote. Se puso la gorra con visera, los anteojos de sol. Agarró los extremos del remo con sus manos llenas de callos y sintió el dolor con el primer movimiento. Los músculos de su antebrazo se tensaron, y los músculos de su estómago se acomodaron sujetando el cuerpo. Pensó otra vez en el gordo, en su cara de ojos bovinos mirándolo con fijeza, como esperando el castigo. Ahora la aventura había terminado. Había sido rápida y escalofriante, y la recordaría por un tiempo. Dentro de unos años sería elevada a la categoría de anécdota, y la contaría adicionada de todo tipo de detalles falsos, indistinguibles de los verdaderos. Le parecería increíble, o no recordaría si había ocurrido de verdad o lo había soñado. Pasaría, como todo pasaba en la vida, como todo iba mutando y cambiando de forma, excepto que dentro de él hacía mucho que se había instalado una armonía sin estridencias, una igualdad en todo, y la furia, el encanto, el desorden, se habían retirado a vivir a un reino desconocido. Mientras remaba fue dejando atrás las imágenes, la idea del idiota contribuyendo a salvar vidas desde una mesa de disecciones. Pensó –vagamente, como lo pensaba todo– en el río como en un particular Leteo. Y las palas del remo se sumergieron en el agua una vez más.

 

Lilia Luján

Lilia Luján