cereso

El taller

Asistí a un taller literario durante un año, pero tuve que dejarlo cuando me mudé de ciudad. El taller era en París y yo regresaba a vivir a Puebla. Cuando me vi en la forzosa necesidad de pedir o rogar a mis amigos un momento de su tiempo para que leyeran mis escritos, extrañé las tardes en las que un público atento me corregía por igual las comas y el registro narrativo. Por nostalgia, decidí empezar un taller yo mismo. Por motivos altruistas, lo empecé en la cárcel de San Pedro Cholula.

A pesar de que no iba a cobrar un solo peso, me tomó casi medio año obtener la aceptación de la Oficina Central de ceresos del Estado. De hecho, si no me hago amigo de la secretaria, estaría todavía insistiendo. Por fin, papelito en mano, me presenté en la cárcel de San Pedro Cholula donde me recibió un cónclave formado por la secretaria, la maestra Sarita y el director del penal. El director, que sonreía todo el tiempo —muy probablemente de mí—, preguntó qué era eso de un taller de creación literaria. Antes de que terminara de explicarle, recitó el primer verso de “Hombres necios”, me dio la mano y ordenó que tratara todos los detalles técnicos con la maestra Sarita. Sentados en su despacho, un escritorio pelón de metal, sin una pluma, papel o folder que le diera vida, escuché el primer y único consejo de la maestra.

“Tome asistencia.”

Me incomodó un poco. Si mis alumnos preferían una celda a hablar de literatura, allá ellos, no iba yo a perseguirlos. Como no recibía sueldo, tampoco podían obligarme.

“Lo pensaré”, le dije.

Transcurrió una semana en la que preparé el plan de estudios. Incluí lecturas de los clásicos mexicanos, Rulfo, Revueltas y Arreola; uno que otro extranjero, Tabucchi y Chejov; y un campo vacío a llenar por los estudiantes. El día de inicio, llegué diez minutos antes. Mientras cruzaba las cinco puertas, dos de metal y tres de barrotes, firmaba y me dejaba inspeccionar meticulosamente, recordé mis días de lectura en el taller de París. Respiré profundo, jalando por la garganta.

Para esa primera sesión, tenía planeada una lectura introductoria de las Ciudades invisibles, a la cual seguiría una reflexión espontánea del valor escapista de la literatura, luego una opinión personal de lo que cada uno buscaba en el taller, y al final, con broche de oro:

“Me llamo Alejandro, y será un gran placer compartir con ustedes esta experiencia.”

Rechinó la última reja. Me encontré de cara a cara con un patio atiborrado de presos, abrazados a las rejas y echados en el suelo. Un alumno me llevó hasta la biblioteca, donde la maestra Sarita me presentó con mis alumnos. Eran quince. Les di mi nombre. Olvidé preguntar el suyo. Entré de lleno a repetir las fórmulas que había escuchado en mi taller. Buscar una voz original. Escribir, reescribir, tirar. Personajes entrañables. Una historia tensa como una cuerda.

“Sobre todo, no intenten hablar correctamente, hablen como hablaría su personaje.”

Al ver que uno de mis alumnos miraba mi libro, decidí terminar leyéndoles un párrafo. Cuando acabé, el mismo alumno se acercó a pedirme el libro prestado. Se lo di y jamás lo volví a ver. Así perdí cuatro. En menos de un mes me quedaban solamente dos alumnos, Dante y Julio. El resto se había esfumado.

“Le dije que tomara lista.”

“Qué se le va hacer.”

“¿Y ahora?”

“Los que siguen le están echando ganas, maestra.”

Dado que sólo éramos tres, le pregunté a la maestra si podía mudar mi clase de la biblioteca a la zona verde, un cuadrado de tres metros de césped ubicado entre la puerta del Interior y la segunda puerta después de la supervisión general. Había ahí más silencio, teníamos algo verde donde descansar la mirada, y para ellos sería una escapatoria de la rutina.

“¿Les va a tomar lista?”

“Claro.”

La siguiente semana recibí a mis dos alumnos en la zona verde.

Dante y Julio asistían sin falta y leían vorazmente. Semanas después de una lectura, rememoraban pasajes o conclusiones a las que habíamos llegado con la complicidad de quien las entendió y disfrutó. También empezaron a repetir lo del cuento como un knock out y la novela como decisión unánime, o lo del cuento como un limón y la novela como una limonada. A Julio le gustó El apando, Sostiene Pereira y El péndulo de Foucault. Este último fue el que le dio más orgullo terminar, pero el de Revueltas fue el que más le afectó. Dante se interesó en los cuentos, sobre todo en los de Poe.

Julio era abuelo, ayudaba a su familia haciendo lámparas en el taller de carpintería. Había vivido en Cuba, becado por un programa en el que le habían obligado a leer a Marx. El verdadero socialismo nacerá de las cenizas del capitalismo, decía Julio, que había dicho Marx. Dante debía ser menor que yo, 25 o 27 años. Supe por Julio que Dante pasaba la mayor parte del día en la capilla, para escapar de los “franceses”, en jerga carcelaria: lo putos. Dante salía de la capilla a las cinco de la tarde, hora de pasar filas y entrar a las celdas. Una vez adentro, era la ley del dinero y el más fuerte. Julio durmió durante un mes en el suelo bajo un catre, me enteré porque durante ese mes leyó poco y no escribió nada. Dante corría, por lo general, con peor suerte.

Nunca les pregunté a mis dos alumnos el motivo de su encarcelamiento. No quería crear complicidades y sentirme después culpable, no quería convertir la clase en una charla entre amigos. La verdad es que tampoco podía ayudarles, no tenía dinero ni conectes ni tiempo. Tenía libros, me gusta leer y me gusta escribir, eso era todo.

Nunca les pregunté, pero uno se va enterando. A los cuatro meses, Julio trajo su tercer cuento y el primero que valió, en realidad, la pena. El cuento hablaba de un albañil que recibía el pago de su quincena. Tenía planeado ir a casa con su familia, pero un amigo insistió en que se tomaran una cerveza juntos. Después de seis horas, bares y un burdel, regresaron a sus casas en un taxi. El amigo se bajó primero, no pagó y dejó al albañil dormido en la parte trasera del coche. A unos metros de haber emprendido de nuevo el trayecto, el taxista se detuvo, le mentó la madre y lo bajó del taxi con un bat. El albañil caminó unos minutos antes de ser arrestado por una patrulla. Lo torturaron dos días hasta que confesó el intento de robo. En algún momento lo carearon con el taxista. El albañil le mostró su familia espantada, parados en una esquina del Ministerio, pero el taxista no desistió, según él no le habían pagado el viaje. Por eso, cinco años. El juicio duró otro año, así que, en realidad, fueron seis.

Las reglas del taller eran dos: el que leía no podía hablar después de terminado el cuento, y los comentarios del grupo debían ser constructivos y respetuosos.

Dante empezó la sesión. Dijo que le gustaba mucho el cuento, pero que algunos pasajes, sobre todo cuando hablaba el albañil, le parecían falsos.

“Un albañil habla con más groserías, ¿no?”

Estuve de acuerdo y añadí que sería interesante darle nombre a los bares, al burdel y a la empresa donde trabaja el albañil; de hecho, darle un nombre al albañil mismo. Agregué otra cosa sobre la motivación del narrador o el tiempo narrativo, y después cometí un error. Le festejé el cuento a Julio. Alabé su don natural para elaborar una trama, su oralidad reflejada, sobre todo en la lectura.

A la semana siguiente leyó Dante. Dante se había contagiado del ambiente de éxito de su compañero, pero cuando llegó la fecha pensé que no iba a poder ni hablar. Era un día soleado, pero él llevaba suéter y pantalones largos, sudaba a mares aunque no se quitaba la ropa. Recordé entonces lo que me había contado Julio sobre los franceses: ¿lo habrían depilado?, ¿lo golpearon, lo violaron?, ¿las tres cosas?

Leyó en un susurro. Por lo poco que pudimos sacar en claro, el cuento trataba de un joven en la prisión de Puebla, acusado de secuestro y asesinato. Todo empezó con el cadáver de una bella joven de clase rica, encontrado a un costado de la carretera a Momoxpan. Había pruebas de violación y una bala en el cráneo. Se atrapó a un sospechoso, pero éste, de manera que no quedó clara en el cuento, hizo una elaborada artimaña para que un joven llamado D. fuera apresado en su lugar. D. era inocente, pero aún así aparecieron sus huellas digitales en la pistola del crimen y en el asiento trasero del coche. Irrumpió la policía en su casa, lo llevaron al Ministerio y lo torturaron por varios días. D. confesó el crimen inculpando también a su novia, que había sido, al parecer, cómplice. La novia no tenía nombre, ni inicial, era simplemente la novia. Los condenaron a cincuenta años. Ya en la cárcel, sus abogados defensores se dieron cuenta de que no había habido una orden de aprensión en su contra, y quisieron reabrir el litigio con esta argucia. Se enteraron de ello en el penal y, una noche, llamaron a D. y a su novia a la sección de Ingreso, les dieron la ropa con la que habían entrado, les abrieron una por una las cinco puertas del Interior, les dijeron que eran libres. Después de caminar una calle, al doblar una esquina, la policía les cortó el paso, les mostraron una orden de aprensión y los regresaron a sus celdas. Fin de la historia.

Julio opinó el primero. Dijo que le parecía raro lo de las huellas digitales.

“¿Cuáles huellas?”

“Las del asesino. ¿Cómo aparecieron ahí? ¿Quién las plantó?… Además, ¿por qué acusó a la novia? Eso no se entiende.”

Dante se encogió en su banca.

“Si la novia es culpable, tiene que haber algo ahí que lo diga, ¿no? Si no, ¿por qué la acusó?”

“Hay inconsistencias en la narración”, interrumpí. “Lo importante aquí es ver hasta qué punto son intencionales o errores en la trama.”

No ayudó mi comentario. El rostro se le bañó de sudor y después empezó a temblar: Dante pasaba del calor al frío en lo que yo terminaba de decir una frase. Nuestro cuadrado de césped bajo un ciprés, que yo había querido convertir en la imagen idílica de la literatura, se convirtió en un infierno. Me di una pausa, simulando una relectura del cuento, y entonces escuché que Dante decía:

“No soy bueno en esto, como Julio.”

Recordé mis alabanzas de la semana anterior, y buscando una salida decorosa, cavé mi tumba:

“Hay que escribir los cuentos por docena. Un buen cuento vale lo de cinco o diez malos.”

Dante no volvió. Y, a la semana siguiente, me mandaron a llamar con la maestra. Preguntó si había un problema con mi curso. Me pidió que le explicara más a detalle qué era eso de la creación literaria; si se parecía a “Español”, ya había un maestro que daba esa materia, y asistían a su clase por lo regular de diez a veinte alumnos. Le quise explicar, pero como la primera vez con el director, llevaba dos frases cuando me interrumpió preguntando si había tomado lista. Cuando le dije que sí, que todo iba bien, que no había ningún problema, quiso saber si pensaba seguir con el taller aunque hubiera un solo alumno. Evité entrar en detalles, y le respondí de nueva cuenta que sí.

“Pero ya no va a poder salir a la zona verde, maestro. Va a tener que regresar a la biblioteca.”

“¿Y eso?”

“Los oficiales no quieren hacer tanto barrullo por un solo interno.”

Lo único que tenían que hacer los oficiales era abrir la puerta del Interior y abrir después la reja que rodeaba el cuadrado de césped. Pero digamos que mi capital persuasivo no estaba en su punto más alto. Acepté, y a la siguiente semana nos asignaron una esquina de la biblioteca. Mi taller coincidió con la abarrotada clase de alfabetización. Apenas y logramos escuchar lo que leíamos entre las letras pronunciadas a coro de los vecinos. Julio empezó a hablar de Marx porque creía que así no iba a aburrirme, y yo le repetí por repetir lo de la voz sincera en los personajes y las motivaciones del narrador. Cuando me vio más distraído, me dijo que iba a recuperar los libros que yo había prestado durante las primeras clases.

“Tú no más da la orden y voy por ellos.”

“Está bien, Julio, que le saquen provecho. Yo ya los leí.”

“Pinches ratas.”

A las dos semanas de estar leyendo el mismo cuento, Julio me acompañó a la puerta de salida con la cabeza baja, en silencio.

“No tuve abogado, el que me asignaron nunca habló conmigo, no sé ni quién es…”, me dijo antes de que partiera.

“Ánimo, hombre.”

“Es una pinche injusticia. Aquí estamos sólo los pobres. Los ricos, los que pueden pagarse un buen abogado, ésos no están acá.”

Julio me preguntó si, de pura casualidad, no sabría yo de un abogado que pudiera ayudarlo. Le dije que buscaría a alguien.

Fui al departamento de Derecho de la universidad en la que trabajaba. Me respondieron que sólo veían asuntos de lo civil, si quería ayuda en lo criminal había que buscar en otros organismos. Apunté los nombres. Los dos jueves siguientes me quedé en casa, no llamé a la cárcel para anunciar mi falta, pero sí hablé a un organismo de abogados en lo penal. Les dije que buscaba asesoría gratuita y me dijeron que ahí no podían ayudarme, que hablara a otro número.

Cuando regresé a la cárcel, después de casi un mes, los policías simularon no reconocerme, o de plano no lo hicieron. Tuve que esperar veinte minutos en la calle para que bajara la maestra Sarita y me abriera las puertas. En el mismo escritorio pelón del primer día, me agradeció el trabajo voluntario, deseándome mejor suerte para el futuro.

“¿Podría ver a Julio?”, le pregunté.

“Quizás en los días de visita, maestro.”

Para ello debía llenar formularios y esperar la aceptación del director. Mi solicitud para impartir un taller gratuito de literatura tomó medio año, no albergaba grandes esperanzas en este caso.

Me despedí de la maestra Sarita sabiendo que ya no volvería a ver a Julio. Lo único que guardo de él es una lámpara. Al término de una clase me preguntó mi color y mi caricatura favorita. La siguiente semana me dio una lámpara roja, poliédrica, con la Pantera Rosa en cada una de sus ocho caras. Como es una lámpara bastante llamativa, mucha gente me pregunta dónde la conseguí, y yo les cuento la historia. Por lo general causa muchas risas, de sorpresa, de condescendencia, pero sobre todo de ternura.

Texto publicado en la edición 148 de Crítica


Escrito por Alejandro Lámbarry