Enrique Pérez Martínez

El segundo lugar | Geney Beltrán Félix

para Pilar Nieto, chamana y salvadora

 

Ya iban los demás alumnos saliendo del salón de quinto grado. Por encima del cabello sentía el Iñaqui el aire que las aspas al girar desperdigaban frescamente por el aula, un lápiz caído venía sobre el mosaico rueda y rueda hasta tocarle la suela del zapato. Qué desespero: algo siniestro le decía al oído el profesor Cipriano a su alumno predilecto, el gordo Inzunza. A un lado del pizarrón, el muchachito se hallaba inmóvil con los hombros erguidos, el cuello ligeramente inclinado. Por su mirada seria, no parecía un chamaco de once años sino alguien mayor, un adolescente que se esforzaba, con algo de nerviosismo, por mostrarse confiable para asistir en una tarea de endurecidos adultos.

El Iñaqui observaba la escena de pie desde atrás de su mesabanco, a cuatro metros. Cuánto no daría por ser capaz de leer a la distancia lo que estaban soltando los labios finos en el rostro cuadrado del profe, lo que escuchaba el odioso gordo de cara redonda y pelo engominado, el siempre sonriente y lambiscón que a lo largo del año llenó de regalitos el escritorio del maestro.

El Iñaqui querría gritarle al profe ya estuvo bueno, ¿era otra emboscada contra él? Y al tiempo de vivir este impulso, algo ajeno dentro de sí (un organismo más sensato y también más cobarde que su rabia) puso sus piernas en movimiento. Se fue caminando hacia la puerta, farfullando ¡chinteguas, me va a joder este maestrito!

Y por dentro del abdomen lo oprimía el efecto de una mano helada tanteándole las vísceras como siempre le vino pasando todo el año cada día en que el profe le elogiaba al gordo una respuesta una tarea un examen, y a él nada.

Buen rato de la tarde la pasó el morrito en el patio de su casa. Estaba parcialmente techado y por ser un día de junio la sección soleada, esa que entregaba sin pudor sus mosaicos al cielo, era inhóspita: el calorón se hacía expandir dotando de un opresivo grosor el aire luminoso. Él ahí se mantenía, en un trance suspendido, como si el pensar se le hubiera derrotado ante un estado de cosas inaudito.

–¡Mijo! ¡Qué haces ahi bajo el solazo? Te me vas a poner todo prieto…

El chico ni pestañeó.

–¡Raúl! Digo… ¡Erik! Este… ¡Yordi! ¡Tú, muchacho pendejo! Te estoy hablando…

Durante esos instantes en que se sabía invocado sin que terminara de llegar su nombre a los labios maternos, el Iñaqui experimentaba un coraje sordo a la altura del pecho. Salió ahora la mujer de la cocina. Era fuerte y alta, de facciones huesudas y piel muy blanca y pálida. Traía un pañuelo azul anudado en torno de la frente. Poniendo los hombros sobre la cintura, se quedó mirando al niño, hincado: tenía en la mano derecha un estuche lleno de lápices de colores y lo agitaba como si limpiara con él alguna mancha del suelo.

–Por qué me habrás salido tan medio orate tú, de veras…

A lo lejos se dejó escuchar, raspando la aquietada superficie de la tarde calurosa, el veloz aullido de una sirena de ambulancia. El plebito se puso de pie.

–No estoy loco, amá –levantó la mirada–. Es que pensaba en la fiesta –con el estuche en la mano caminó por el pasillo techado hacia la sala.

–No vamos a ir a esa fiesta, ni pienses demasiado –soltó la madre.

… Ella, sin embargo, estaba en un error. La fiesta en que pensaba la mujer era un quinceaños en el Country Club, de la Lucila, una prima segunda hija de parientes ricos con quienes los Aispuro Urquidi, venidos a menos, ya ni se llevaban gran cosa.

En cambio, lo que rondaba por la mente del chico no era “fiesta” en sí, o en los labios ilusos del profe Cipriano solamente. Antes de dejarlos salir, hoy les dijo, alisándose con lentitud el bigote: “Jóvenes, mañana es la fiesta”. Ya muy bien sabía el Iñaqui cómo el hombre se dejaba llevar por la boquiflojez diaria de su carácter para usar con ligereza las palabras al saberse en falta (un ignorante, un impostor) por algo de las materias que explicaba sin claridad al alumnado.

En los primeros meses no habría podido el niño decir cuánto desconfiaba del maestro; nadie nunca se acercó tampoco a preguntárselo, pero ya hacia enero, cuando iba muy temprano por las calles de su casa a la escuela y escuchaba la violenta bocina del carro de El Debate gritando los titulares de su nota roja, ¡Ándale, llenan de plomo a tres empistolados en Las Quintas!, ¡Depravado viola y mata a muchachita buscona de quince años, ándale! Durante esos momentos se acostumbró sin saberlo a que un reptil le habitara en la nuca y le fuera lamiendo amenazante una región del cerebro para dejarle ahí una viscosa sensación de hartazgo y frustración ante el solo recuerdo de la cara fruncida del maestro.

El Nájera fue el primero que se le acercó al día siguiente. No tardaban en ser llamados por el timbre para entrar al aula en filas. Ese compañero no es que fuera muy cercano suyo, pero sí algo se llevaban: también era bastante matadito, de esos muy duchos con los números aunque nada paciente a la hora de la clase de español o de ciencias sociales. Además, le había comentado en los recreos al Iñaqui: “Este profe no sabe gran cosa, qué fiasco de veras”. Era moreno y de piel muy lisa, con pestañas chinas y ojos grandes que en ese momento, como si fuese la primera vez que lo veía, llamaron la atención del Iñaqui: parecían de un personaje de caricaturas japonesas.

–Pues la fiesta –y el Nájera hacía caer sobre la palabra un tono burlón al tiempo que subía y bajaba los dedos índice y cordial de cada mano poniéndole comillas al aire– será hoy más al ratito, anda diciendo el gordo lamebolas. Y ¿qué crees, Huerco? Van a estar sus jefes… Por ahi andan orita…

A cinco metros vio el Iñaqui al mismo Inzunza rodeado de tres muchachillos también de uniforme azul: extendía un papel que uno de sus compañeros leía en voz alta y al escucharlo los demás sonreían obsequiosamente. Se imaginaba el Iñaqui que el niño aborrecido habría de levantar la vista y sonreírle también pero con un dejo de soberbia. No fue así: uno de los chavalos en el grupo tomaba con rudeza el papel del Inzunza, se lo restregaba sobre el área de los propios genitales al tiempo que sacaba la lengua y ponía los ojos en blanco, provocando la carcajada de los otros dos y una risa nerviosa en el muchachito gordo, que parpadeaba y movía la cabeza a la derecha temiendo encontrar la mirada de sus padres, allá del otro lado de los cristales de la Dirección.

–Y el bruto de Sor Cipriana que le dice fiesta a esta tarugada… –soltó el Nájera, riéndose mientras suponía en el silencio del Iñaqui un terreno favorable para la complicidad: su compañero seguía con la vista fijamente encendida en el grupito encabezado por su enemigo.

Habría querido responder.

No lo hizo. No sabía cómo volver voz ese ahogo seco en los pulmones. Veía a los padres del Inzunza y al maestro salir de la oficina de la Dirección. Todo él ceremonioso, peinado con gel brillante, Cipriano vestía una camisa negra y corbata –¡para qué corbata si hace un calorón!–, y luego de caminar rumbo al aula se detuvo para ver hacia el centro del patio, con ojos disminuidos por el esfuerzo de enfocar entre las figuras infantiles.

El Nájera le tocó a su amigo el hombro:

–Capaz que Sor Cipriana está enamorada del panzón ese –dijo, moviendo los dos brazos de adelante hacia atrás, los puños ostensiblemente apretados, como si jalara un cajón hacia sí; trataba de hacer gruesa y masculina la voz, dándole un medio tono de sarcasmo a sus dichos y al gesto sexual que las acompañaba. Ante el silencio del otro, el Nájera levantó las cejas y acercó la cabeza hasta ponerle el rostro a pocos centímetros, con una expresión inquisidora que parecía esculcarle una sombra de asentimiento.

El Iñaqui llevó los ojos hacia abajo.

–Sí, ¿verdad? –pero algo lo atenazaba: una cosa para sí mismo secreta, la presencia de un ser deforme en su interior de quien ignoraba todo pero del que muy agriamente sentía los zarpazos. ¿Era esa envidiosa bestia entonces, era esa presencia dentro de sí lo que más lo angustiaba, y no sólo la cara lustrosa de entusiasmo del Inzunza? ¿Y durante qué largo tiempo habría aún de hallarse invalidado, como ahora de once años apenas, para oponerse a sus golpes?

–¡Orden! ¡Silencio!

Los niños entraban al aula bisbiseando, azorados por el pastel, los vasos de plástico, las botellas de cocacola y fanta de naranja sobre el escritorio del maestro. Quién sino el Nájera se iba a dar media vuelta para guiñarle el ojo al Iñaqui con expresión de ¿Ves? Te lo dije.

–Sí, cabrón, ya me di cuenta –no quería que el Nájera adivinase esta inquietación vivaz y vergonzante que le brincaba en el tórax, y que se agravó al advertir las figuras sonrientes de los padres del gordo. Estaban (la mujer de traje sastre, peinada de chongo y muy maquillada; el hombre con saco y corbata y un cigarro encendido entre los dedos) detrás del maestro, y entre ambos el hijo, que miraba a sus compañeros con cara de ¿Qué esperan pa aplaudirme, putos?

–¡Muchachos! –el profe tenía las manos juntas en posición de rezo–, vamos a festejar el fin de curso, tenemos invitados especiales…

Para entonces había el gordo Inzunza ya tomado asiento en su lugar, en la primera fila. En diagonal atrás suyo, a la izquierda, el Iñaqui se hallaba muy nervioso, prohibiéndose voltear a ver a su adversario. Fijó la mirada en un fragmento de pared encima del pizarrón, en que estaba escrita la frase Colegio Miguel de Cervantes.

–…ha sido un largo año, lleno de aprendizaje y compañerismo…

Eso. Por algo somos el Miguel de Sobrantes, ¡todos! Alejaba la vista de la pared y miraba a sus compañeros de la izquierda: el Nájera, con los ojos muy abiertos y solícitos; el Garrocha metiéndose con aire distraído un dedo en la oreja, más atrás el Josué parecía murmurar el padrenuestro. El niño empezó a escrutarse las uñas y los dedos, como quien descubre que le sobra cuerpo.

–…y antes de pasar a los refrigerios, empecemos por el diploma de primer lugar en aprovechamiento…

El Iñaqui levantó los ojos. El profesor lo miraba con una media sonrisa, un filo amable que prometía tánto, de veras tánto, al grado de que por un instante el plebe estuvo convencido de que habría de resarcirse ahora el malentendido de todo el año: el profe se habría de disculpar por haber fingido no aprobarlo cada día, y el Inzunza es quien hoy—

La sonrisa del profe se hizo más rotunda.

Un cuerpo se puso de pie allá por el lado derecho de la visión del Iñaqui. Los rostros de los padres sonreían, sus manos palmeaban el obeso cuerpo en la espalda, las voces hablaban de bravos y quéorgullos.

–Muy bien, muchacho, llegarás lejos –oyó el Iñaqui la voz cada vez más aguda del profesor que al mismo tiempo abrazaba y palmeaba en el hombro al–

Al–

…Y es que el apellido Inzunza a lo largo de ese instante era más que un sonido: una maza en las vísceras.

–Iñaqui, mijo, pasa por tu diploma.

Creía tener la cara incendiada. La voz del profe insistía:

–Muy buen esfuerzo.

El niño caminó hacia el frente, extendió la mano y el diploma que decía segundo lugar pasó entre sus dedos. Al verlo caer al piso, se supo más abochornado: alguien dejó salir una risita en los asientos del fondo, otro más hizo escuchar un grito agudo, disfrazando en un falsete su voz con la frase “¡El Huerco tenía que ser!”…

–Vamos, silencio…

El padre del Inzunza se inclinó, levantó el papel, se lo puso en las manos.

–Gracias…

–Felicidades, buen resultado –escuchó hablar a la mamá, que le sobaba la espalda ¡con su mano ratera! Él se sacudió el contacto, pero al darse cuenta de que ese gesto habría de interpretarse equívocamente (qué equívocamente ni qué nada: groserazo el chavalillo, andarían diciendo más al rato, se decía), volteó la mirada hacia el matrimonio, sonrió, dijo “Gracias… disculpen” mientras desde las tripas le subía una invasión fría de tercas aguas que buscaban reventarle el tórax.

Regresó a su mesabanco, el profesor mencionaba el nombre del Nájera y éste se erguía y caminaba para hacer mantener en sus manos el diploma de tercer lugar.

Habría querido disolverse ahí mismo en el aire, el Iñaqui: ser invisible, que sus huesos renegaran del afán de la dureza, que lo dejara ese trotar de bestias rumbo al pecho.

Pero ahí seguía la dura piel de la realidad. Los niños se formaban ante el escritorio. La mamá del Inzunza partía el pastel, el padre servía refresco. Los ruidos le llegaban atropellándose unos a otros, como si su intención fuera abrumarlo para mantenerlo dócil y callado en su sitio. Cada segundo pesaba: el aire se había vuelto de fierro y entraba en su cuerpo abriéndole con temple ofensivo las células, para al fin dejarlo como una pura cosa residual, una existencia inútil y sin valor… –aunque eso sí: nada de permitirse las voces de la queja, nada de romper con desfiguros la estúpida alegría de los demás con un pedazo de pastel y un refresco en las manos… ¿Él menos inteligente que el Inzunza? ¡Qué burla! ¡Si desde siempre había sacado el primer lugar! Este profe era un lamesuelas ignorante que sólo quería quedar bien con–

¿Será cierto? ¿No es él quien se equivoca?

No, en serio: el profe –se decía– quiere quedar bien con los papás ricos del gordo: tienen dinero y conectes, poder y palancas, así lo presumió desde el comienzo el panzón repugnante.

Y es que ambos habían ingresado al colegio en septiembre pasado, para cursar quinto.

Al Iñaqui luego luego lo apodaron El Huerco por su acento serrano, que dejaba oír notas de un perpetuo azoro, un estiramiento de las sílabas finales. Había crecido en un pueblo de la sierra; su familia se mudó a finales de agosto y no consiguieron ya inscribirlo en ninguna escuela de gobierno (ni cómo, a esas alturas del año). Ahí estaba el Cervantes, el más barato de entre los de paga.

Y el Inzunza (lo llamaron siempre por el apellido, aun sabiendo su nombre de pila, tan agringado, de Jeremy) había estado inscrito en el Colegio Tlacaélel, propiedad de una orden religiosa que se afana en amoldar las mentes de los hijos de los ricos. Las versiones sobre por qué lo expulsaron a fines del ciclo anterior, cuando cursaba cuarto, fueron varias: que lo hallaron besuqueándose con un chamaquito de sexto en los baños, que se había robado una calculadora de la Dirección (sin necesitarla, claro, precisaban), que le encontraron en la mochila fotos de viejas encueradas refocilándose con caballos y perros… Los padres recurrieron al Sobrantes para que el plebe levantara cabeza, cursara quinto, no perdiese un año.

Desde el principio estuvo claro que el gordo no era burro: algo listillo, sí, participaba, erguía la mano. Y nada más. El Iñaqui no habría tenido los modos de expresarlo, era esto: que para el Inzunza aprender no era sino un trámite pasable que se le pedía para algún día heredar la lana de sus jefes. No era la tabla de salvación que desde sus primeros días en un aula, allá en el pueblo, descubrió el Iñaqui: lo que habría de evitarle, según la espartana voz de su padre, una vida de jodidez y miseria en la milpa, si no es que la tentación de meterse a los negocios chuecos traficando con yerbamala.

A lo largo de los meses fue creciendo en el Iñaqui la percepción de que, hiciera lo que hiciera, él no sería visto en su real medida, pues Cipriano hubo siempre de inflarle las notas al Inzunza (quien además, pinche holgazán, faltaba mucho a clases). Esa intuición se veía de inmediato invadida por la incertidumbre: ¿y si él, Iñaqui, exageraba su valía? ¿Si sólo era un ardido y un mal perdedor? Igual y había estado ganando el primer lugar porque allá en la sierra, en un pueblucho de veinte casas, competía con plebillos burros a los que estudiar les valía un cerote pues su futuro estaba en, como sus padres, sembrar chingaderas que habrían de venderle al comandante de la judicial, o en irse de mojados pa pizcar algodón en Óregon o en Idaho…

Esto volvía a su mente ahora: sin levantarse, veía al maestro recoger platos y vasos, a los padres Inzunza despedirse de su hijo, a los alumnos regresar ruidosos, sin gana, a los asientos.

–¿Y no vas a felicitar al gordo nalgas de tinaco? No seas mal perdedor –escuchó el susurro venir de los labios filosos del Nájera.

–Me voy a limpiar la cola con este papelito –respondió el Iñaqui, en voz baja–. Si tiene la firma de Sor Cipriana, no sirve ni pa… –dejó la frase así, temió haberse dejado llevar por una expresión que muy límpidamente mostraba el gesto de las fauces que le roían los intestinos.

–Ya se acabaron las clases, ma –llegó diciendo a su casa–. Hoy nos la pasamos viendo películas. Mañana y pasado va a ser lo mismo. El lunes está la boleta lista pa que la recoja.

–Pero es una escuela de paga, ¿cómo que los ponen a ver películas?

–El profe Cipriano llevó una tele y la videocasetera, y a darle: dos películas de Cantinflas…

Y no fue sino hasta una semana después que se animó a mostrarle el papel (tenía los bordes ajados). Lo había llevado y traído en la mochila desde el día de la entrega.

–Mijo, no siempre se gana…

–Es que somos pobres, ma. El que ganó es riquillo.

–No somos pobres, Iñaqui. Los que sí lo son no tienen ni pa comer, cuándo pa enviar a sus escuincles a una escuela de paga.

El niño se quedó inmóvil. ¿Podría soltar ante la madre su carcomida pensadera? No era muy inclinada a escucharlo…

–Ma, en serio. Todo el año el profe se la pasó echándole la mano al Inzunza.

–¿El famoso gordito que te cae bien mal?

–Ey. No sorprende que le haya dado el primer lugar, es retelambiscón.

–Mijo, igual y en sexto le ganas. Pero tienes que esforzarte de a de veras… Nomás no veas tanta tele… Además no es bueno ser un envidioso.

¿Cómo lidiar con esa respuesta? La furia le nació desde el estómago. Su madre estaba de pie, ante la estufa, con una cuchara revolvía la olla de frijoles, con la otra mano se quitaba el sudor de la frente. Él, de pie a un lado de la puerta, con el diploma en una mano, se moría de ganas de gritarle, pero… ¿podía estallar realmente? De no hacerlo, ¿qué pasaría? No estallaría el planeta; peor aún, tal vez nada de esto importaba… Más feroces tragedias pasaban en el mundo: balaceras entre judiciales y narcos de cada tercer día en esta ciudad, todo ese moridero de niños raquíticos en Biafra… Se llevó las manos al tórax, como si así –susurrándole lo mínimo de sus agravios– pudiera apaciguar a la inflexible bestia.

¿Habría su madre de entenderlo? El enojo dio paso a la compasión: una vez su madre le confió yo no pude estudiar mijo: ella habría querido seguir más allá de tercero de primaria, dejar su pueblo y venir a la ciudad para hacer la secundaria, la prepa y la carrera de medicina, pero ¿cómo? Allá parriba en la escuela serrana, por los años cuarenta, sólo se podía estudiar hasta tercer grado, y su padre, tan mandón y tan machista, cómo habría de enviarla a la siudá, y a vivir dónde, con quién, pa que prosiguiera sus estudios, y qué tal si ella daba el malpaso, y un fulano la empanzonaba y luego no le quería cumplir…

El niño salió de la cocina. Caminó sobre los mosaicos hasta cruzar la línea de sombra y poner la testa desprotegida ante los rayos del sol insaciable. Se mordía los labios. Ahí estuvo largos momentos sudando, poniendo la mente en una pantalla negra como quien ansía divorciarse de los llamados tan vehementes del aire cotidiano, hasta que una gota de sudor brincó de su dedo índice al diploma.

De regreso a la escuela en septiembre para cursar sexto, ya luego luego el primer día en el recreo se enteró de la noticia: no sólo el Inzunza había sido reaceptado en el Tlacaélel, también Sor Cipriana se estrenaba como profe de quinto en ese colegio de estirados. Era maestro allá, de puros niños riquillos y creídos.

–Por eso le dio el primer lugar al gordo –completó el Nájera el chisme–. Los papás tienen la vara alta ante los curas.

El profe Isauro resultó otro cantar. Dicharachero, sabio, amigable. Considerado. Desde el primer día el nuevo maestro se habría dado cuenta de la sed de saber y también de la vulnerabilidad del Iñaqui. Lo adoptó favorable. Le reconoció siempre, abierto, su inteligencia. Por una razón que el Iñaqui no se planteaba comprender, la aprobación del profe Isauro parecía insuficiente, o incapaz, en su tarea de sanar el hueco latente de rechazo que lo descentraba. Algo permanecía: un temor a haber olvidado saberes elementales y a que el elogio del maestro fuera no un acto de justicia sino sólo un capricho de benevolencia: así como el ciclo previo Sor Cipriana apapachó a un Inzunza sin merecimientos, quizá Isauro lo amparaba ahora a él, perjudicando a alguien más que a sus espaldas estaría conociendo la misma escrupulosa decepción que él meses atrás.

–¿Cómo que el segundo lugar, mi Iñaqui? ¿Qué pasó ahí?

Lo agarró desprevenido su cuñado. El niño no sabía para dónde voltear.

–El segundo… sí –pasó saliva.

Esto fue una tarde de principios de octubre.

Sentado en un extremo del sofá de la sala, a un lado de su esposa (la media hermana del Iñaqui), Rufino lucía una cara regordeta y sonriente, ojos pequeños y achinados, siempre vivaces y proclives a la burla. Cargaba en la mano un vaso de coca-cola con leves restos de hielos. El Iñaqui se fijó sobre todo en cómo le brillaba la calva. ¿Me va a hacer carrilla por el mugre diploma? Mi amá le habrá dicho …

–¿Qué promedio tuviste?

–Diez. Y con buena conducta…

–¿Entonces cómo que el segundo lugar?

¡Ha llegado el momento!, gritaba la voz de las vísceras. El niño soltó aire, volteó a ver a su media hermana que, a la izquierda, le tomaba la mano a Rufino mientras algo decía a la madrastra y al viejo padre, mostrando el aire displicente de hija biemportada en sus visitas de cada domingo.

–Ninguno de tus hermanos se ha sacado nunca un segundo lugar, ¿qué no? Todos son bien cerebritos…

–Fue un robo –lo interrumpió el niño antes de acusar la pulla de las últimas palabras.

–¿Y eso? ¿No es grave que digas eso de robo así tan fácil?

El Iñaqui volvió la mirada, una y otra vez, al sillón de su izquierda. Buscaba mirar de refilón, como quien quiere y no se anima, el rostro arrugado y seco del padre, su espalda corcovada, la expresión grisácea de los ojos. A como le iban saliendo las palabras fue ganando más soltura, hasta que acabó la explicación sintiendo un alivio a la altura del estómago.

–Sí, los conozco a los Inzunza –dijo Rufino–. Son gente muy persinada.

Rufino fue siempre un modelo para los chicos Aispuro, tan así que, como señal inconsciente de respeto, con todo y que aún era joven, a su nombre no se le anteponía el artículo determinado. Vino de abajo, su padre tenía sólo un estanquillo, y el muchacho estudió administración, había trabajado duro siempre, ahora ocupaba un alto puesto en quién sabe qué empresa importante.

–Te vua decir lo que tienes que hacer –el hombre levantaba el índice derecho, enarcaba las cejas–. Llevas el diploma, pides hablar con el director y le dices que digo yo que te lo cambie por uno de primer lugar. Si sacaste puros dieces, y nada de mala conducta, tenían por lo menos que haber empatado en el primer lugar tú y el muchachito ese…

–¿Ir con el director?

–Vas con el director.

El Iñaqui irguió los hombros.

–¿No dices que te mereces el primer lugar? ¿O es pura mentira todo esto?

–…Claro que no –se creyó de veras sospechado, como si Rufino hubiera advertido la causa por la que Cipriano habría tenido razón en segundearlo.

–Ya está. Que digo yo, le dices.

¿Podía en serio plantársele al viejito en la Dirección? El Iñaqui sintió una mosca volarle cerca de la oreja. ¿Y si mejor el mismo Rufino lo acompañaba? Se volvió a la izquierda y encontró de frente los ojos de su padre, que lo veían sin emoción, con una incierta dureza, y él mantuvo la mirada mientras pasaba la saliva dolorosamente. ¿De veras hay chanza de reclamar? Bajó los hombros.

Sin decir nada, el anciano movió los ojos hasta volver a posarlos sobre el rostro de su hija Rosa.

 

Esa tarde, apenas acabaron las prácticas de volibol en las canchas de la prepa, el Jorge ofreció raite a dos alumnos del grupo 101 cuyas casas le quedaban, según descubrieron ahí platicando, en el camino.

–…Casi no recuerdo nada de ese tiempo –respondió el muchacho al volante, frunciendo la cara mientras con la derecha hacía el gesto de alejar de sí una mosca inexistente–. Era una escuela de la jodida –añadió. En el asiento del copiloto, el Iñaqui había esperado, para hacer su pregunta, a que dejaran primero al Ortega en su casa, lo que acababa de ocurrir tres cuadras antes–. Me acuerdo que éramos muy carrilludos y te decíamos El Huerco… Pero veo que ya perdiste el acento.

Desde uno de los primeros días del semestre el Iñaqui reconoció saliendo de un aula, en el piso de abajo, a un viejo rostro. El muchacho se veía más atlético, con los rasgos de la cara distendidos, no destacaban ya tanto sus ojos y la piel morena parecía lucir más brillante y suave. Tenía una apostura serena, como si la vida la viese transcurrir ahora con desapego y nunca hubiera sido, pues, un maldiciente carcomido por la envidia. Se saludaron sin efusión esa vez: el Iñaqui mantuvo los brazos cruzados por detrás de la espalda (nunca le extendió la mano). El otro aceptó recordarlo, qué tal te ha ido, vaya coincidencia, y no hubo ya más comentarios, como si buscaran pasar inadvertidos, dar la impresión de chicos serios y maduros –los intimidaba aún y de igual modo el haber sido aceptados, ambos con beca, en el bachillerato del Tecnológico.

–¿Del Inzunza, te acuerdas? –con avidez acercó el Iñaqui el rostro a la fresca ventila del aire acondicionado al tiempo que oía pasar, rebasándolos por la derecha, a un par de patrullas con las torretas agitadamente encendidas. Luego de seguir con una desconfiada expresión en los ojos la huida de los dos autos, el Jorge tocó el botón de play en el modular y de a poco se dejaron oír unas notas graves que al Iñaqui le sonaron a música de iglesia.

–Son cantos gregorianos, loco… es música clásica –aclaró el Jorge quitándose un mechón del pelo sobre la frente. Con un tono de suficiencia parecía querer sofocar en el otro cualquier expresión de guasa por su gusto musical de aparente beatería.

Los carriles del bulevar Zapata hacían ver mucho tráfico pero los autos avanzaban con buen paso. A la derecha de una sucursal de Banoro se veía salir a dos muchachas con uniforme de cajeras que parecían carcajearse ante un buen chiste.

–Así que te quedaste obsesionado con el Jeremy –el Jorge bajó la velocidad hasta detener el auto atrás de una camioneta de redilas a la espera del cambio en el semáforo de la Obregón–. Pobre bato, qué cosa tan fea que le pasó.

–¿Cómo?

El Iñaqui no preguntó más; el otro muchacho miraba, inclinando la cabeza a la izquierda, hacia el semáforo en rojo. Los rayos del sol caían oblicuamente sobre la carrocería, dejaban saltar breves destellos azulinos que al Iñaqui hacían recordar la luz flotando sobre las aguas del río de su infancia allá en la sierra. Al volver la mirada al interior del auto, y ver la mano del Jorge sobre la palanca de los cambios, brevemente sintió como si, al dejar de ver el río en la piel árida del carro, algo benévolo, algo entrañable hubiese perdido: esa remembranza de su médula rural la sentía incompatible con su hallarse ahí, en ese Thunderbird de interior oloroso a una esencia artificial de fresa, con el Jorge a su izquierda, un muchacho él sí plenamente citadino, ahora ya poco menos que un adulto de trabajados bíceps y pelo corto casi militar, de un viril dominio al volante con el que presumiría su licencia de conducir, a los 16.

–Yo estuve el último año de secundaria en el Tlacaélel –precisó el Jorge.

–¿Tú en el Tlacaélel? ¿Lo tuviste entonces de compañerito de banca, al Inzunza?

Arrugando la nariz, el Jorge volvió a dejar ver una mueca de incomodidad. Tosió primero, con algo de fingido, y al tiempo que arrancaba el motor para cruzar los carriles de la Álvaro Obregón, soltó por fin:

–Una semana. Eso fue todo. Luego de eso le reventó la cabeza.

El Iñaqui creyó su deber reírse; se trataría de una broma, una cosa absurda para echar carrilla a costa del gordo.

Y no.

Luego de terminar la primaria en el Cervantes, Jorge Nájera Izaguirre estuvo los dos primeros años de la secundaria en la Federal 4, pero consiguió una beca para cursar tercer grado en el Tlacaélel; sus padres pensaban que así, con que siguiese sacando buenas calificaciones, al ser tan aplicado en matemáticas y ciencias le resultaría fácil dar el salto a la prepa en el Tec y ya después a una ingeniería ahí mismo.

–Mis papás nunca se paran en misa. Y tampoco sabían gran cosa del Opus Dei, pero el Tlacaélel sí es de buen nivel… Digo, tiene sus cosas…

–Loco, pero… ¿qué ondas con el Inzunza?

Ya se hallaban muy cerca del estadio Ángel Flores. Ahí el tráfico se volvía lento, con una estridente reiteración de cláxones, personas que sacan la cabeza por la ventanilla o incluso salen de autos ni siquiera bien estacionados para ver cuándo se mueve el congestionamiento (estaba por empezar el partido de beisbol). El Jorge movía los dedos sobre el manubrio y fruncía las cejas.

–No es chilo hablar de esto, Iñaqui –se le oía una voz de repente grave que parecía rimar con la música eclesiástica y también con la nueva oscuridad en torno: el sol se había puesto con la prisa un poco vergonzante que le gana hacia estas horas desde los primeros días de octubre, como si nada de interés suspendiera más su vista sobre los destinos de la gente en el valle–. Cuando apenas llevábamos una semana de clase, al pobre bato se le fundieron los cables. Agarró un cuchillo, se lanzó contra su padre y casi lo mata. Lo tuvieron que internar. Se lo llevaron a un hospital de Guadalajara, pa que menos gente supiera del escándalo… En un manicomio, ¡a los catorce! Ahí sigue, hasta donde sé… Entonces supimos que siempre había tenido problemas mentales, desde siempre lo habían estado medicando sus papás. ¿Te acuerdas que faltaba a clases bien seguido? Sor Cipriana le dio aquel diploma por pura lástima…

Una guayina marrón, a centímetros de la puerta del Iñaqui, hizo sonar el claxon. Ese ruido tan cortantemente agudo irrumpiendo contra la voz del Jorge y la música solemne fue la señal para que se desatara en el Iñaqui un como vaciársele los pulmones de aire, un paulatino írsele apagando la energía de las células a la manera de esas veces de su infancia en que, ofuscado por algo que lo hacía verse anulado, se sometía en el patio abierto de su casa a la enrarecida fuerza del sol. Volvía a vivir esos instantes en que se sospechaba no dotado de los órganos resistentes y propios de la vida sino sólo de una delgada piel sin dureza por dentro a la que bien podían los rayos solares derretir ya despiadadamente. ¿Qué era él? Un cuerpo habitado por sangre que apenas si muy lenta avanzaba, un cuerpo temeroso y nunca listo para los días de guerra en que las demás gentes se mostraban invulnerables y tozudas. Este verse encapsulado en una burbuja de súbita asfixia, con una pauta de nerviosismo, miedo, peligro, le dejaba sólo el chance de mínimamente respirar, no hacer ruido, llevar la vista abajo…

Respiró.

Quién sabe cuándo levantó la mirada. En la banqueta vio a una jovencita que lloraba con las manos tapándose la cara, de pie al lado de una mujer mayor que, con un perrito blanco en los brazos, le hablaba con sordos regaños. Cinco jovencitos pasaban en dirección a la taquilla del estadio, vociferando entre risas y empujándose unos a otros, sin reparar en las mujeres.

¿Qué tan grave puede ser todo esto?

No lo es…

…Porque él (se dijo) sí terminaría la prepa y luego la carrera de administración y llegaría a gerente de ventas en una compañía chingona, se casaría con una morrita rubia y esbelta de la colonia Chapule o de Las Quintas, tendría dos o tres hijos e irían a Orlando o Tucson de vacaciones cada cuándo. Estos sofocos suyos duraban uno o dos minutos. ¿Qué pasaba en cambio por la cabeza del Inzunza durante sus ataques? ¿Cómo se vivía eso en lo más interior de la carne, en las invisibles regiones del dolor del cuerpo? ¿Qué pasa cuando todo se fractura y la realidad se vuelve un bloque negro sin esquinas ni salidas ni relieves de nada?

–Chingadísima mierda –soltó el Jorge el puño derecho contra el manubrio–. ¿Tú no te acordaste que hoy había juego de beis? Hubiera tomado otra ruta.

Ocurrió entonces:

Con la mirada de un ser sin carne ni amarras difuminado en las alturas, el Iñaqui vio su cuerpo ahí, en el asiento del copiloto de un carro azul, a pocos pasos del estadio. Se vio a sí mismo libre para abrir la puerta del automóvil y, sin despedirse del Jorge, salir y caminar:

Salir y caminar mas no para recorrer las pocas cuadras que restaban hasta su casa sino rumbo al oriente de la ciudad, hacia la salida a Sanalona más allá de la presa, subiendo a la sierra en contra de la corriente del río:

Y así hasta llegar a la casa de su infancia. Se veía hurgando entre las ruinas, paredes asoladas, alimañas y ramas secas, en el pueblo hoy abandonado entre los cerros inclementes. Podría volver a ese sitio y vivir como su padre de joven o como sus abuelos, sacándole a la tierra lo que se requiere para no morirse de hambre, y esto sin horarios ni diplomas, sin exigencia de futuros, dejando caer como una liberación sobre su piel la decepción y el resentimiento que traía contra sí mismo:

O podría huir más lejos, escapar de la ciudad hacia la frontera, cruzar al Otro Lado y nunca volver, borrarse de sol a sol en un campo de garbanzo o lavando letrinas en un restaurante de hamburguesas en California:

Como si su vocación de invisible hubiese estado firmada desde los tiempos del profe Cipriano. Estaba libre para hacer de su vida una pura nada:

…Pues ahora mismo –¡cómo quitarse esto de la mente!–, ahora mismo un desconocido hermano gemelo se encontraba entre paredes blancas desnudas, tarareando ahogadamente una cancioncilla o alelado dejaba caer la baba sobre el suelo. ¿Le darían electroshocks? ¿Lo violarían los enfermeros? ¿Alguien iría a visitarlo o sus padres le mandarían una tarjeta cada cuatro meses o sólo llamarían por teléfono al psiquiatra para ver si hay alguna mejora? Eso era el Inzunza: un cuerpo joven destruido por laberintos de hielo que se le espesaron entre las sienes. Ante una injusticia así de verdadera, él estaba exento de cualquier compromiso. La más agria identidad se le cosía en ese instante sobre la cara: sentía compasión por ese muchacho antes tan odiado como antes, tantas veces, sintió lástima por sí mismo.

Lo peor era intuirse en el comienzo de un camino baldío, pesaroso, con una nueva bestia adulta y resignada que a su ser, desprovisto ya de la menor inocencia, le estaría naciendo.

 

Su padre enfermó y murió, dos de los hermanos mayores se encargaron del dinero y la casa, él pudo estudiar la carrera becado. Al recibirse no consiguió una chamba en la Pepsi ni en Bachoco y a regañadientes aceptó dar clases en el mismo Tec, se casó a los 32 después de la muerte de su madre, luego luego llegaron dos varones, mellizos. Un día muy temprano vio en el noticiero de la tele, mientras desayunaba antes de salir a la prepa, el rostro de un hombre envejecido flanqueado por judiciales: ¿de dónde, de dónde?, se dijo, esculcando con dedos impacientes en el sótano de sus años niños. Escuchó al locutor decir con tono indignado que el ingeniero Gaspar Inzunza Jacobo, de 68 años, hasta hoy un próspero representante del ramo restaurantero, había sido detenido en la noche, acusado de lavar dinero y por delitos contra la salud. El profe Aispuro detuvo el tenedor a la altura de su boca, lo dejó caer sobre el plato con huevo revuelto. Se llevó una mano al tórax. No supo decirse qué buscaba en esa parte del cuerpo. Respiró con un dejo turbio de beneplácito.

Urgió a su esposa que le sirviera más café.

 

Llevó el diploma varios días. Lo llevaba en un fólder dentro de la mochila. A la hora del recreo lo sacaba, caminaba a la Dirección.

Antes de siquiera tocar a la puerta, resonaban en sus sienes las palabras posibles de la secre, opacas y agresivas por adelantado: ¿Quieres hablar con el director? ¿Para qué? La voz de Rebeca, una mujer de 50 años, de pelo muy corto y siempre de traje sastre, con una expresión áspera en su rostro pálido lo habría de recibir: Está muy ocupado, si es algo que urge que vengan tus papás… Y en caso de que el chico insistiera –estaba seguro–, la voz de Rebeca resonaría en su mente con tonalidades aun más rocosas: ¿Qué traes ahí? ¿Tu diplomita mafufo? ¿Vienes a quejarte? ¿No sabes perder entonces?

Y él, tartamudeando todo enrojecido al momento de llevarse una mano al cabello, no sabría de dónde sacar las palabras que –desde la noche que Rufino le dio la encomienda– habían tomado una forma física en alguna parte de su ser y que ahora se le habrían de estar evaporando, negándosele por una voluntad socarrona.

A pocos pasos de la puerta, se daba cuenta de lo sucio que traía el zapato izquierdo, al otro día la camisa arrugada, ya un día después no se había lavado los dientes después del desayuno… Pero, eso sí, a la mañana siguiente sin duda hablaría por fin con énfasis y resolución: el empate, chingada madre.

…Aunque también lo detenía el pensar que, claro, en el mundo, en África, en esta misma ciudad, “la Chicago del noroeste”, como le decían los periódicos por tantas matazones, en tantos lados pasaban broncas más serias que eso que él consideraba una… ¿podía usar la palabra “injusticia” sin verse irresponsable? Cada que veía a Rufino temía escuchar la pregunta ¿Ya te cambiaron aquel papelito?, y él sin poder decirle Mejor acompáñame porque yo solo nomás no… Y es que no podía permitirse el fracaso en esa misión, ser su propio abogado a los doce años, sin quedarse con una ampolla de amargura en la garganta.

El siguiente jueves, al terminar las clases, metía ya los cuadernos y lápices en la mochila. Bajo su mesabanco vio el borde azul del fólder. Se agachó, la mano palpitante. Al abrirlo, tragó saliva. Lo descubrió vacío –pero no levantaría la mirada; alguien en el mismo salón lo habría de estar burlonamente observando, a la espera de su iracunda o llorosa reacción.

Luego de salir del aula, se acercó al bote de la basura. Estiró la mano.

Antes de dejar caer el fólder, sus ojos vieron ahí dentro, entre vasos de unicel y bolsas con restos de churrumais y chamoy, el diploma pisoteado y lleno de rayaduras, su propio nombre tachado y, encima, la frase el huerco pendejo escrita con un crayón rojo.

Un breve animal dentro del tórax lo hizo respirar con una bocanada de alivio.

 

Enrique Pérez Martínez

Enrique Pérez Martínez