Darío Passi

El Imperio Galeano | Laura C. Rosales

“Vine, vi y jamás caí”. Éste es el epitafio que mi padre escogió para su tumba. Durante el funeral, uno de sus colegas –no sabría decir cuál, todos esos intelectuales de cierta edad se parecen entre sí– dijo que esa frase “compendia con elocuencia emblemática la tenacidad y sabiduría del gran hombre que siempre fue el doctor Galeano”. Ese mismo sujeto, que bien pudo ser otro porque, como dije antes, todos hablan y huelen igual, se acercó a mí al final del servicio y dijo que mi padre había sido el hombre más brillante y cabal que había conocido en su vida. Luego me abrazó y pude escuchar el inconfundible sonido del moco siendo aspirado de vuelta a la nariz. No pude contener la risa al verlo alejarse mientras se acomodaba las gafas de pasta y sacaba un habano del bolsillo oculto en el saco. Por suerte soy uno de esos sujetos que parecen estar sufriendo cuando ríen, lo cual me salvó de ser etiquetado como el heredero diabólico del venerado Franco Aurelio Galeano III, a quien todos esos hombrecillos de trajes caros y doctorados extranjeros deben están planeando postular como el nuevo santo de las humanidades. No me malinterpreten, no debato la tremenda inteligencia de mi padre, pero “cabal” es la peor palabra para definirlo. Lo pongo de esta manera: si yo hubiese podido elegir su epitafio, éste sería algo así como: “Aquí yace el doctor Franco Aurelio Galeano III, un hombre que nació asquerosamente millonario, vivió completamente loco y murió embarazosamente cuerdo”. También hubiese considerado añadir un pie de nota aclarando que se reprodujo de forma milagrosa, tanto así que su único hijo aún sospecha de la veracidad de la historia en la que una mujer accedió a procrear con semejante desequilibrado.

Debo sonar como uno de esos hijos de hombres importantes, huérfanos de madre, que duermen en almohadas rellenas de billetes y se van a la cama deseando que su padre les lea un cuento de buenas noches en vez de estar quién sabe dónde haciendo más billetes, niños que luego crecen para resentir la ausencia y rebelarse contra el viejo –sin cancelar las tarjetas de crédito ni las vacaciones trimestrales patrocinadas por el mismo– o, peor aún, se empeñan en tratar de imitar a un hombre al que apenas conocen y terminan haciéndolo mal porque, en efecto, no lo conocen. Es necesario aclarar que no es mi caso, no porque ésta sea mi historia sino porque también es la historia de mi padre y mi padre, insensible como fue y ocupado como estaba, siempre se mantuvo cerca. Comíamos juntos todos los días sin excepción, leía historias para mí, me llevaba de viaje; hicimos todo lo que la gente en sus treinta dice que hubiera deseado hacer con sus padres durante la infancia y nunca hicieron porque faltó el tiempo, se acabaron las ganas o nunca hubo dinero. Con mi padre nada de eso faltó, incluso podría decirse que tuvo demasiado de todo. Pero ya volveré a eso.

Sentada la introducción pertinente, es momento de hablar sobre la vida de Franco Aurelio Galeano III. Nacido en 1942, y siendo el único hijo de una diseñadora de vestuario y un ingeniero mecánico –ambos demasiado ocupados para quedarse a jugar–, el nene Franco pasó gran parte de su infancia en la fastuosa residencia de su abuelo, un magnate petrolero. Según él –o según lo que dijo en una entrevista–, su interés por los libros de historia nació debido a que eran los más gruesos y pronto descubrió que podía apilarlos para alcanzar los estantes donde su abuela guardaba los chocolates rellenos de licor. Tras alcanzar el tesoro, no quedaba más que sentarse a comer y, ¿por qué no?, darle una hojeada a los peldaños que habían hecho posible tan dulce victoria. En esas páginas encontró historias de amor, guerra y muerte, que lo embriagarían más aún que el licor de cereza: Rómulo, Remo y la leyenda del Monte Palatino; la fundación de la República y la guerra civil; las guerras macedónicas  y el Imperio; los gladiadores, las conquistas, los dioses, la caída. A partir de esos determinantes días, todos sus caminos conducirían a Roma.

Los siguientes once años en la vida del joven Galeano fueron solitarios y obsesivos por decisión propia, puesto que nada podía competirle al destino y, para cuando se graduó de la preparatoria, ya era capaz de hacer trizas a cualquier experto en historia antigua que se atreviera a debatirlo. A esto le sigue un extenso currículo que enlistaré porque, siendo honestos, ¿de qué sirven tantos títulos si no es para hacerle eco a tu nombre cuando estás muerto? Graduado con honores de la licenciatura en Historia por parte de la unam, graduado Summa Cum Laude de la maestría en Historia y Arqueología de la Antigua Roma en la Universidad de Cardiff, graduado Magna Cum Laude del doctorado en Estudios Clásicos en la Universidad de Princeton y, por el placer de estudiar la materia en el corazón de Italia, se convirtió en el único hombre en la historia de la Sapienza en Roma que pudo graduarse con el honor Egregia Cum Laude del doctorado en Estudios del Mundo Antiguo. Antes de cumplir los 35, Franco Aurelio Galeano ya era profesor en varias universidades europeas, había publicado cinco libros ganadores de múltiples premios e innumerables artículos acerca de los secretos mejor guardados de la civilización romana y, entre tanto, había encontrado el tiempo para perfeccionar sus técnicas culinarias, convertirse en luchador grecorromano amateur y nunca descuidar a sus jerbos mascota, una tradición que cultivó desde sus años de infancia. Tan sólo el recuento me provoca malestar gastrointestinal. En fin, sobra decir que a los cuarenta ya había superado a todos los maestros que había tenido para ser conocido como el experto en la Roma Antigua a nivel mundial.

La razón por la que mi padre decidió volver a México todavía es un misterio. Muchos creen que la muerte de mis abuelos le inyectó la dosis de nostalgia nacional que necesitaba para reestablecerse en su país, pero creo que ni siquiera recordaba el segundo apellido de su madre. Así que lo dudo. Si me preguntaran, diría que fue mera cuestión de ego –así como Augusto conquistó la península Ibérica y Claudio conquistó Britania, Franco Aurelio ansiaba una expansión y su mejor carta era la de volver e imponerse en tierras jamás tocadas por el ejército romano. ¡Suena la campana, victoria para el Imperio Galeano! Hay misterios irrelevantes como ése y misterios verdaderamente importantes como mi existencia.

A la edad de 54 años, el doctor Galeano se convirtió en padre por primera y única vez con una mujer de la que no se sabe mucho y que murió dando a luz a su vástago –o sea, yo–. Lo único que sé de mi madre es que fue una actriz medianamente conocida entre la comunidad teatral de la ciudad de México y que, en apariencia, fue seducida por la inteligencia y el perfil relevante de un hombre que ni siquiera estaba enamorado de ella. Me refiero a que la única fotografía suya que mi padre conservó es una imagen de ambos en una gala del Museo Metropolitano de Arte: ella luce preciosa en un vestido negro con incrustaciones de cristal y mi padre, quien aparece a su derecha, prácticamente le está dando la espalda por atender a un grupo de sujetos que lo miran como si fuese el mismísimo Júpiter. Es obvio que algo anda mal con tus prioridades cuando una mujer con el rostro de una Venus y el cuerpo de Sophia Loren está a tu lado y tú prefieres concentrarte en un montón de hombres pálidos con corbatas de moño. Esto mismo debería ser el primer indicador de que hablo en serio cuando digo que mi padre carecía de cordura. Él no hablaba de ella y nunca le conocí a otra mujer. Con el tiempo comprendí que la única dama que le importó de verdad fue Roma y que el propósito de estar con mi madre fue únicamente el de procrear un sucesor aunque, conociéndolo, sería más factible creer que me encontró de pequeño mientras era criado por una manada de perros en el basurero de algún suburbio de la ciudad y que decidió adoptarme como su Rómulo personal. No obstante, para la desgracia de mi historia alterna, me parezco demasiado a él como para negar que llevo su sangre.

Sin una madre que tuviera voto en la decisión final, la primera desilusión de mi vida llegó con mi nombre. Es obvio que un erudito como él no podía otorgarle a su hijo otro nombre que no fuese el de una figura poderosa del mundo antiguo, aunque existían dos problemas: el primero era la cronología romana y, el segundo, los jerbos. Verán: mi padre comenzó a tener jerbos como mascotas a los doce años y se propuso bautizarlos con estricto apego a la cronología de los gobernantes romanos; el primero fue Rómulo, el segundo fue Numa Pompilio y así en adelante. Al momento de mi nacimiento, la línea de sucesión había llegado a los emperadores con los jerbos Tiberio Claudio César Augusto Germánico y Nerón Claudio César Augusto Germánico. Lo más sencillo era continuar con la cronología y nombrarme Selvio Sulpicio Galbia, lo cual –reconozco– hubiese sido peor, pero eso rompía por completo el riguroso esquema que mi padre había procurado por cuarenta y dos años porque, claro, no soy un jerbo, y dado que repetir un nombre tampoco era una opción viable, decidió sacar un factor común entre los nombres de sus jerbos en turno y me bautizó como César Augusto Germánico Galeano que, si bien es preferible a Selvio Sulpicio Galbia, me recuerda a diario que el nacimiento de su primogénito no fue razón suficiente para quebrantar su obsesión y que, por tanto, mi nombre no representa más que un puente entre jerbos.

El doctor Galeano ahora podía añadir “papá soltero” a su extenso curriculum vitae y el mundo entero aplaudía su excelso trabajo. Recapitulemos algo: no mentí cuando dije que mi padre y yo hicimos todas las cosas que se supone que los padres y los hijos hacen en la vida ordinaria pero, como ya deberían saber para este momento, Franco Aurelio Galeano no era un hombre ordinario. Comíamos juntos a diario y, sin importar qué tan ocupado estuviera, siempre había tiempo para poner en práctica sus habilidades culinarias y cocinar platos inspirados en lo que sabía acerca de la gastronomía romana. (Y no hablo de pizza y pasta, hablo de caracoles en salsa de pescado, estofado juliano con carne de faisán, paté de ostras con breva y cocido de carne de lirón al que mataba y cortaba él mismo con navajas que parecían espadas de combate y que luego cocinaba en su réplica casi exacta de un horno de la Villa de los Misterios.) Admito que el doctor Galeano tenía talento culinario y que la mayoría de sus platos tenían un sabor decente, no obstante que una sopa de fideos de vez en cuando no me habría caído nada mal. También es cierto que me contaba, en latín, historias para dormir. Mientras leía, montaba eufóricas representaciones de lo que parecían ser cruentas batallas y largas disertaciones del senado pero yo me quedaba despierto por horas, sintiéndome perturbado y a la vez frustrado por no entenderlo. Recuerdo que una vez me encontró jugando guerritas con los soldaditos de plástico que usaba como material didáctico y creí que se enfadaría; sin embargo, en vez de eso, se puso a jugar conmigo. Todo iba bien hasta que decidió que esa era la oportunidad ideal para enseñarme estrategias romanas de combate cuerpo a cuerpo y terminó rompiéndome un brazo. La vida siempre tuvo proporciones épicas con mi padre y las cosas más mundanas escalaban a ritmos acelerados hasta tornarse confusas, frustrantes e incluso ridículas.

Antes de cumplir los cuatro años, yo ya había estado en todos los monumentos importantes del mundo antiguo y había dejado rastros en forma de baba, juguetes olvidados y pañales sucios en prácticamente toda Europa. Tras varios años de ofertas, mi padre finalmente aceptó distintos cargos educativos y administrativos en la capital mexicana y el pequeño clan Galeano se asentó en este país para el gran orgullo de una comunidad que esperaba grandes cosas del sucesor de Franco Aurelio, de ahí que siempre asistí a las mejores escuelas –y me enorgullece decir que mis calificaciones eran bastante buenas a pesar de mi categórico desinterés por prácticamente todo–. Mi “apropiado” desempeño académico justificaba que mi padre me agregara como acompañante en sus ocasionales regresos al viejo continente que, aclaro, eran más una obligación que una recompensa. Pasé semanas enteras en simposios de historia antigua, laboratorios antropológicos, bibliotecas especializadas con tomos y tomos de textos que ni siquiera el internet conoce y en aulas de grandes universidades que me reservaron un puesto desde el día de mi nacimiento: yo era el sucesor del imperio y estos viajes eran parte de mi entrenamiento.

Otro episodio que me parece imperativo relatar, para exponer el espectro demencial de mi padre en todo su esplendor, es el de mi primera novia, Helena. Nos conocimos en clase de cálculo; yo le escribía poemas acerca de lo mucho que deseaba ser la integral de su derivada y ella los encontraba vulgares, hasta que llegamos al curso de integrales que entendió que yo era un romántico y no un pervertido. Poco después de que comenzamos a salir, ella expresó el deseo de conocer a mi padre y yo hice lo que todos los hombres hacemos cuando la situación se vuelve crítica y aún no hemos llegado a tercera base: mentir. Le dije que yo ansiaba lo mismo aunque, debido a sus múltiples compromisos como representante oficial de los antiguos romanos entre los hombres contemporáneos, tomaría tiempo arreglar el encuentro. Dio resultado. Yo seguí escribiéndole poemas y ella dejó que ocasionalmente me colara por la ventana de su habitación. Las cosas pudieron continuar así pero, ya saben, las mentiras caen por su propio peso y, en este caso, la fantasía cayó debido al peso de mis genes. Una tarde, saliendo de una función de teatro guiñol a la que invité a Helena –montaron la traducción danesa de Hamlet, inolvidable–, nos topamos con mi padre, quien salía del museo que quedaba justo frente al teatro. Él no me vio y yo, como usualmente hacía cuando esto pasaba, pude haber pretendido que tampoco lo había visto; sin embargo, ella comenzó a sospechar al ver que la exposición del museo estaba dedicada a la escultura romana y terminó de convencerse al notar mi tremendo parecido con aquel sujeto. Lo llamó por su nombre y mi padre le respondió cordialmente. Ella se presentó como “la novia de César” y, si mal no recuerdo, mi padre preguntó: “¿Cuál César?” Después me miró, congelado a tres metros de distancia, y exclamó: “Ah, ése César”. Como sea, su conversación debió durar cinco minutos y, al terminar, ella había recibido una invitación a la cena que mi padre tendría para conmemorar la publicación de un libro más. Se acercó a mí muy emocionada y dijo que él se había despedido diciendo: “Ojalá puedas asistir, joven Cleopatra”. Era fácil deducir que, en su dulce inocencia, ella lo había catalogado como un elogio a su belleza, pero yo sabía lo que significaba en verdad y por eso le rogué que no asistiera, petición que resultó infructuosa. Tres días después, Helena llegó a mi casa luciendo como una emperatriz y mi padre, ya poseído por el espíritu de Baco, la recibió con una botella de vino en la mano y un efusivo “¡Cleopatra, has llegado envuelta en tu alfombra!”, seguido de una enorme lista de insultos como “embustera”, “detonadora de muerte y destrucción” y “derrocadora de ejércitos”, entre otros más específicos. La pobre Helena salió huyendo de ahí y, a la semana siguiente, me vi obligado a explicarle que mi padre era un misógino sólo a nivel histórico y puse fin a nuestra relación utilizando la frase “No eres tú, es mi padre”.

Hasta este punto del relato no he sido más que el personaje secundario en la vida de Franco Aurelio Galeano, porque así fue en la realidad y, por mediocre que parezca, nunca me cayó mal serlo. No piensen que fue sencillo. Tardé muchos años en comprender que el mundo en el que vivía mi padre era un mundo muy lejano al mío y necesité muchas horas de reflexión, lecturas filosóficas y experimentación con algunas plantas psicotrópicas para aceptarlo. Durante mi último año de preparatoria, llegué a buenos términos con el destino que me aguardaba como heredero moderadamente inteligente que no tiene talento para nada; sin embargo sospechaba que el más grande historiador de la Antigua Roma tendría serios problemas con ello.

Un domingo, tras volver de mi visita semanal al templo cristiano donde esparcía la palabra del darwinismo para sacar de quicio a los devotos locales, mi padre dijo que era hora de tener una charla hombre a hombre, cosa que jamás le había escuchado decir. Subimos la enorme escalera de construcción inspirada en las gradas del Coliseo hasta llegar a su estudio y supe de qué quería hablar en cuanto cruzamos la puerta y divisé la pila de folletos universitarios sobre su escritorio. Tomé asiento y comenzó a hablar –no como Franco Aurelio Galeano, mi padre, sino como el doctor Galeano, quien estaba sumamente emocionado por desmenuzar y discutir conmigo los dieciséis mejores planes curriculares a nivel mundial en Historia hasta hallar el que mejor se ajustara a mi perfil intelectual y de convivencia. Lo escuché con suma atención mientras daba vueltas dentro de los veinte metros cuadrados de su estudio, enmarcado en columnas de orden toscano y lleno de miles de libros –todos ya leídos por él–, tapetes de lucha, réplicas de arte romano y una fotografía del papa y yo, bebé, en sus brazos, que colgaba junto a las fotografías de todos sus jerbos. Tras cuatro horas y media de brillante propaganda académica, repliqué de manera clara y económica:

–Eso fue muy amable de tu parte, papá, pero no tengo interés particular por la historia. Gracias.

Jamás había visto ni volví a ver a mi padre tan enojado. Esa tajante oración significaba que la campaña de diecisiete años por implantar el amor a Roma en mi corazón había fallado. Comenzó a insultarme en latín –sí, a los trece comencé a tomar lecciones de latín para entenderlo– y después en español. A continuación lanzó algunas estatuillas y reconocimientos por la ventana mientras me decía que no podía hacerle eso al apellido Galeano. Luego tomó los folletos y se dirigió hacia la escalera gritando que absolutamente todo había sido una pérdida de tiempo y que ya nada importaba, que desperdiciara mi vida siendo médico o astronauta si quería. Arrojó los folletos con todas sus fuerzas por la escalera, en tanto yo permanecía sentado frente al escritorio, paralizado tras entender que, al decir “absolutamente todo”, Franco Aurelio no se refería solamente a las cuatro horas y media de análisis curriculares sino a toda mi crianza, a toda mi vida, y sentí algo que no sabría si catalogar como principios de enojo, leve tristeza o mera confirmación de sospechas. De haber estado de pie hubiese evitado que se cayera por las escaleras junto con los folletos, pero ése no fue el caso y mi padre rodó los siete metros que separan al escalón más alto del suelo sólo porque no dije lo que quería escuchar. Eso es suficiente para atormentar a alguien por el resto de sus días. Afortunadamente, para la integridad de mi karma, sobrevivió a la caída.

Ya en el hospital, el médico me informó sobre la situación de mi padre: tres costillas rotas y un pulmón perforado, luxación de cadera, fractura de la tibia izquierda y contusión cerebral.

–Aparte de eso –dijo el mismo médico, u otro, porque los médicos son de aspecto genérico–, el hombre es fuerte como un gladiador, saldrá de aquí sintiéndose mejor que nunca –aseveración que no cuestioné en lo absoluto tras averiguar que, con las prótesis de titanio de uso espacial y el nuevo pulmón biomecánico instalado en su cuerpo, mi padre ya era prácticamente un ciborg.

Volvió a casa después de pasar casi un mes sedado en el hospital y fue hasta entonces que noté el cambio más relevante en él: Franco Aurelio Galeano III ya no estaba loco. Exceptuando la suma de un bastón a su vida, parecía seguir siendo la misma eminencia de la historia antigua que todos adoraban pero las cosas que siempre me perturbaron acerca de él habían desaparecido: dejó de cocinar platos romanos y aprendió a hacer enchiladas y consomé de pollo; dejó de hablarle a los jerbos con el respeto debido a los líderes militares que representaban  y adoptó un golden retriever al que nombró Buster; no volvió a practicar lucha grecorromana en el estudio y, en cambio, comenzó a hacer las cosas que los intelectuales promedio hacen en sus lugares de trabajo como fumar habanos y leer en silencio. Lo más insólito fue que, por primera vez en toda mi vida, supe lo que significaba que tu padre se preocupara por ti. Quería saber de mis clases, de las chicas con las que salía, de lo que hacía los fines de semana y, cuando sugería que hiciéramos algo juntos, me preguntaba qué era lo que yo quería hacer en vez de imponer alguna actividad relacionada con su trabajo y su obsesión.

Justo antes de graduarme de la preparatoria me llamó a su estudio para otra conversación de hombre a hombre y, al verlo con un ejemplar de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano entre las manos, imaginé que ese sería su último intento para convencerme de perseguir la historia como carrera y así demostraría que su actitud de padre atento sólo había sido una estrategia para suavizarme y ganar la guerra. De una vez diré que estaba equivocado. Cuando preguntó si ya había tomado una decisión con respecto al futuro, le dije que quería estudiar algo poco pretencioso como contaduría u odontología –en parte porque era cierto, el bajo perfil me sienta bien, pero también porque quería ponerlo a prueba, y respondió que me apoyaría sin importar el fallo final aunque deseaba que lo pensara bien, recalcó que jamás tendría qué preocuparme por el dinero y que eso me dejaba con la valiosísima oportunidad de ser y hacer cualquier cosa:

–¿Quieres ser astronauta? Hazlo. ¿Quieres ser médico o bombero? ¿Por qué no? ¿Artista? ¡Adelante, estoy de tu lado! –Lo miré a los ojos y supe dos cosas: este sujeto hablaba en serio, y este sujeto no podía ser mi padre.

Lo lógico sería que me hubiese alegrado de tener un progenitor comprensivo tras dieciocho años de continua confusión, pero no es fácil enfrentarse a la demolición total de tu pasado. Mi padre y yo nunca peleamos porque yo sabía que él siempre hallaría una forma de ganar y eso me llevó a desarrollar una paciencia equiparable a la de un monje tibetano. Otra cosa que me mantuvo a raya todo ese tiempo fue que, aun con sus formas poco ortodoxas y bajo sus peculiares términos, él nunca me dejó atrás. Siendo quien era, lo más cómodo hubiera sido dejarme en casa con cinco nanas o enviarme a un internado en Suiza, sin embargo, él se encargó casi por completo de mi crianza –digo “casi” porque yo le ayudé bastante– y eso debía significar que, muy en el fondo, tal vez, se preocupaba por mí. De pronto llega este sujeto que luce y habla y huele justo como Franco Aurelio que de verdad se preocupa por mí y, sin querer, me demuestra que todos los momentos que atesoraba como muestras del cariño de mi padre fueron una mentira y que quien verdaderamente le importaba no era yo, César Augusto Germánico Galeano, sino el sucesor, y ése pudo haber sido cualquier otro. Pasé la vida confundiendo el amor paternal con métodos de preservación de un linaje y, de no ser por el amable sujeto que había sustituido a mi padre, jamás me hubiese dado cuenta de ello. Podría haber vivido feliz en el engaño pero era demasiado tarde para volver atrás y pretender que Franco Aurelio Galeano III, el obsesivo que me hizo ser quien soy, me había querido.

Recuerdo que cerró la conversación con una sonrisa, me dio un fuerte abrazo y después sugirió que fuéramos al cine. Yo lo seguí por el pasillo con las entrañas hechas trizas y fue entonces cuando reconocí que el malestar que por meses había sentido en los intestinos no se debía a la nueva dieta: era la irremediable sensación de extrañar al desquiciado que me crió y que había desaparecido el día en el que esa enorme escalera se cruzó en el camino de su decepción. Lo único que pude pensar en ese instante fue que la escalera tenía el poder de traerlo de vuelta, así que esperé a que diera el primer paso de bajada y, por razones que comprendo perfectamente pero que no podría justificar frente a un tribunal, patee su bastón.

“Vine, vi y jamás caí”, tal vez ahora entiendan por qué eso resulta tan irónico. Honestamente, creí que sobreviviría a la segunda caída. Después de todo, Roma lo hizo, y el médico me aseguró que el hombre era fuerte como un gladiador. Obviamente no habría hecho lo que hice si hubiese sabido que eso no era cierto. Creo que, ahora que está muerto, debería hacerme cargo de los jerbos. A él le hubiese gustado ver que la línea de sucesión se completara hasta llegar a Rómulo Augústulo, el último emperador. También he decidido estudiar Historia, no por honrar su memoria sino porque al fin me di cuenta de que, para su eterna fortuna y mi mezquina desgracia, todos mis caminos llevan a su Imperio.

 

Darío Passi

Darío Passi