ultrasonido22 (1)

El fracaso de la paternidad | Por Víctor Roberto Carrancá

ultrasonido22 (1)I

—Estoy embarazado —anunció.
Mirna, su mujer, nudillos blancos, puños cerrados, habló mordiendo las palabras:
—¿Embarazado? —preguntó.
El Sr. Cruz Mendoza, barba áspera, calva suave, disfrazó la boca de sonrisa y de sonrisa la tenía disfrazada cuando la palma de su esposa (¿carne, piedra?) le pintó de rojo una mejilla.
—¿Por qué te embarazaste?
La pregunta se incrustó en la alcoba, desordenada, fría y aún azul a esa hora.
—No es mi culpa —contestó él, acomodándose el mentón.
—Siempre nos cuidamos —rebatió Mirna.
El Sr. Cruz Mendoza inclinó la cabeza y se miró el estómago. El ombligo sobresalía como espora juguetona.
—¿Estás seguro? ¿Cómo puedes estar seguro? —dudó Mirna.
—Son cosas que uno sabe.
—¿Cómo dejaste que pasara esto? Es tu culpa.
—¿Mi culpa?
—Te embarazaste a propósito.
—¡No!
—Eres un imbécil.
La puerta azotó, las ventanas temblaron y el ruido de tacones en el pasillo disminuyó hasta desaparecer. El Sr. Cruz Mendoza permaneció de pie mirándose la circunferencia el estómago. Redonda, tan redonda.

II

—¿Lo sentiste?
—¡Sí!
Mirna retiró la mano como cuando se le acerca al fuego. No quemó, cierto, pero sin duda algo se movía en el estómago de su marido.
El doctor entró en la habitación. Bigote tan gris, tan fino, como un diente de león que va a deshilacharse al primer viento. El médico se sentó y acomodó un sobre color crema en su escritorio. Acomodó también, cinco dedos inquietos que jugaban con un piano invisible. Miró a la ventana. Dos soles nacieron en los cristales de sus anteojos.
—¿Qué es? —preguntó él.
—¿Qué es? —preguntó ella.
—Un tumorcito —afirmó el doctor.
—¿Un tumor? —inquirió, sonriente, el Sr. Cruz Mendoza.
—Sí, sí, un tumor —reiteró el médico mientras sacaba unas hojas del sobre—. Mírelo. Uno pequeño.
Marido y mujer miraron las placas que ofrecía el médico. Sobre los intestinos, a un lado de la vesícula biliar, arrinconado entre el hígado y el estómago, se observaba una silueta pequeña, agazapada entre las entrañas como un cangrejo entre las piedras.
Mirna se mordió la punta del dedo pequeño, del angular, del índice. Al final, todos los dedos terminaron con las cabezas peladas.
—No lo quiero —confesó la mujer.
—¡Mirna! —reprochó el hombre.
—No lo quiero, no lo quiero —insistió ella.
—Es mi tumor —explicó él.
—Sí, un tumorcito —intervino el médico.
—¿Puede sacarlo, doctor? —cuestionó la esposa.
—Es mío. ¡No pueden quitármelo!
—Podemos, podemos.
El Sr. Cruz Mendoza se tocó el estómago. El vientre fisgón miraba el consultorio a través de su único ojo. Palpitaba.
—Hágalo, doctor. ¡Sáquelo! No lo quiero —concluyó Mirna arrojando saliva y restos de uñas por la boca.
—Es mi tumor. Mío —se defendió el Sr. Cruz Mendoza.
—Sí, un tumorcito —concluyó el doctor.
La cirugía se programó para la semana siguiente.

III

La luz se columpiaba en el foco de una lámpara. El Sr. Cruz Mendoza observaba el vaivén de la bombilla mientras el doctor, escoltado por una enfermera rubia y de labios rosas e inflados, le clavaba una aguja en el estómago.
Sintió un cosquilleo en el vientre. Patitas de insectos. Pellizcos de arañas diminutas. El Sr. Cruz Mendoza asomó la cabeza por encima de su estómago como un pajarillo en un nido; allá abajo estaba el bisturí. Una estrella pequeña, caída de quién sabe dónde, aterrizó en la punta del cuchillo. El doctor asestó una, dos, tres tajadas perfectas con la destreza del pintor que decora su lienzo. Después, mano, desatornillador, serrucho, llave, martillo.
—¿Lo ve? —preguntó el doctor.
—¡Sí, sí! lo veo —contestó la enfermera, saltando.
—Agárrelo, no sea tímida.
La enfermera se inclinó, dejando al descubierto dos senos rosáceos y brillosos como el plástico, e introdujo unas pinzas en la apertura del Sr. Cruz Mendoza.
—¡Lo tengo! —gritó, y comenzó a jalar algo rojizo, baboso e inquieto.
—¡No lo deje ir! —gritó el doctor aunque el tumor se escondió detrás del estómago.
El Sr. Cruz Mendoza sintió que las costillas se le encajaban en los pulmones, que los intestinos se le enredaban, que el hígado se oprimía contra el estómago.
—¡Sáquelo, Dios mío, Sáquelo! —exclamó sepultando diez uñas afiladas en la cama del quirófano.
—No se preocupe, ya sale. Enfermera, ¡una V58!
La enfermera entregó al doctor una llave inglesa, gigante, roja, oxidada y boquiabierta. El doctor introdujo el instrumento, sin calma ni precisión, por la herida del Sr. Cruz Mendoza.
Rompieron, desgarraron, oprimieron.
—¿Lo tiene? —preguntó su asistente.
—¡Lo tengo! —declaró el médico.
Al momento de jalar, el tumor se ocultó tras la médula espinal del Sr. Cruz Mendoza.
-¡Con fuerza, doctor, con fuerza! —exclamó la enfermera agitando los puños.
Forcejearon durante más de veinte minutos. Tan pronto atrapaban al tumor, éste se colaba entre los órganos y vísceras, trepaba por los huesos o se camuflajeba con la sangre. El doctor utilizó cucharas, extractores, palillos chinos.
—¡El soplete! —gritó con el cabello alborotado.
—¡Con fuego!, sí, sí, con fuego.
—Como a una rata, señorita, lo sacaremos como a una rata.
La enfermera aplaudió con entusiasmo.

IV
Mirna caminaba alrededor de una mesa como mosca perdida. El doctor salió del quirófano, paso pausado, cabeza en alto, mostrando todos los dientes que habitaban en su boca.
—¿Doctor? —preguntó Mirna enredándose los dedos de las manos.
—¡Un éxito!
—¿Un éxito?
—Logramos extirparlo.
—¿Y mi marido?
—¿Su marido?, ¿pregunta por su marido?, señora, mejor agradezca que logramos rescatar al tumor ¡Es justo lo que usted quería! ¿qué más puede pedir de nosotros?
El médico tronó los dedos. La enfermera apareció cargando un manto ensangrentado que entregó a la mujer con una sonrisa.
—¿Qué debo hacer con esto? —preguntó Mirna.
No contestaron. Dichosos, como dos niños que regresan a casa después de un día de feria, doctor y enfermera regresaron, de la mano, saltando a la puerta del quirófano.
Mirna abrió la cobija con el cuidado con que se abre la envoltura de un fino regalo. Miró al tumor de su marido, lo atrajo a su regazo y salió del hospital como un ladrón que se esconde tras el velo de la noche.


Escrito por: Víctor Roberto Carrancá

(Ciudad de México, 1984). Abogado y escritor egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ganador del Primer Premio en el Cuarto Concurso de Cuentos sobre Alebrijes (INBA y MAP) así como en el Segundo Concurso de Cuentos sobre el Centro Histórico de la Ciudad de México (Ficticia Editorial).

Ha obtenido reconocimientos en certámenes de Argentina y España. Ha publicado en diversas revistas independientes y antologías de cuento e impartido talleres de creación literaria para mujeres víctimas del delito.