Germán Montalvo

El encuentro | Tom Lee

Traducción de Víctor Roberto Carrancá

 

La última vez que vi a mi hijo fue en la Estación de Waterloo. Había pasado como un año desde nuestro encuentro anterior, una situación que, ordinariamente, no terminaba bien. En aquella ocasión me envió una postal, una fotografía arrugada de un vulgar resort de playa español, timbrada en Bath, con un breve mensaje en el que anunciaba que pasaría por Londres y me preguntaba si podíamos vernos ahí. Esto era algo común para él –ni una llamada, correo electrónico o dirección para responder–. Su presunción me irritaba. Reconocí todo aquello que solía molestarme sobre su persona: esa mezcla de mansedumbre y arrogancia, la perversidad y la probable petición de dinero prestado que vendría después. Consideré llamar a su madre para obtener más información al respecto; pero estas situaciones no solían ameritar tal agravio y decidí acudir al encuentro.

Semanas atrás había visto un meteoro. Aprendí a llamarlo así un poco después. En realidad, se trataba de un meteorito más grande, brillante y espectacular de lo habitual. Comúnmente, no hubiera estado en posición de verlo –esto es algo que me sorprendió de sobremanera en ese momento y aún lo hace–; pero era sábado. Había estado durmiendo mal y por eso me mantuve recostado hasta tarde, mirando por la ventana mientras escuchaba a mi esposa e hijas en el piso de abajo. Nuestra habitación daba a los bosques y, detrás de éstos, por encima de las ramas, estaba el cielo: cristalino, sin nubes, con esa palidez azulada que sólo puede verse a finales de otoño. El meteoro cruzó por mi campo de visión a gran velocidad, de este a oeste, irradiando azul y naranja, hermoso. No pudo haber durado más de dos o tres segundos antes de apagarse. Para el momento en el que me percaté de éste, ya había desaparecido. Durante el día se lo describí a varias personas –a mi familia y compañeros de trabajo– y, aunque algunos expresaban un poco de envidia o sorpresa, me pareció imposible hacerles comprender adecuadamente lo que representaba. Algunos sitios en la web contenían historias que parecían concordar con este suceso; sin embargo, aludían a otros lugares del país y a momentos previos de la semana. Leí que era muy difícil observar uno en plena luz del día y la posibilidad de que yo pudiera ser el único en haberlo visto me provocó una sensación de extrañeza casi mística: la percepción de que esta visión (como mi esposa lo llamaba) consistía en una especie de obsequio.

Me encontraba pensando en el meteoro y, posiblemente, mirando el techo de la Estación, cuando mi hijo me dio una palmada en el hombro.

–Hola, Papá.

–Hola, Daniel –le dije.– Aquí estoy.

Él pareció ignorar o desconocer lo que implicaba mi declaración: el hecho de que no podía saber con certeza que yo acudiría a nuestro encuentro.

–Te ves bien. –Le dije. No era forzar las cosas demasiado. En verdad se veía mejor. Había ganado algo de peso y se había dejado crecer el cabello de manera que comenzaba a rizarse. Aquella mirada de monje a la que casi me había acostumbrado resultaba más templada. Aun así, podían verse unas manchas negras bajo sus ojos y un aire adolorido: la mirada de alguien que no ha comido o dormido lo suficiente. A pesar de que no vestía pulcramente y tampoco estaba harapiento –camisa, pantalones oscuros sin agujeros, el rostro rasurado al ras–, supe que se había arreglado para la ocasión.

–Tu también, papá. Ésta es Ruth.

No la había notado. Con el ajetreo habitual de la Estación, no me había percatado de que estaba con él, con nosotros. Ella sonrío discretamente, sin mirarme. Su lenguaje corporal daba la impresión de que prefería estar en cualquier otro lado, aunque en realidad parecía que ella siempre daba esa impresión. Siendo honestos, no había mucho para emocionarse: cabello ligeramente rojizo, algo bonito, aunque enterrado en un bonche de bufandas, sudaderas y otras prendas sin forma, completamente asexuales. Inmediatamente, capté ese aire nostálgico que me resultaba tan familiar en mi hijo. Aun así, ella era algo nuevo. Jamás la había visto. De hecho, no había visto a nadie con él. Esto podía ser algo bueno, algún tipo de progreso. Decidí tratar el asunto como si lo fuera.

–Hola, Ruth –le dije–. ¿Están listos para ir a comer?

–No tenemos tiempo, papá. Debemos viajar en el tren de la una. Mejor tomemos un té en la Estación.

–El restaurante está a solo cinco minutos y son bastante rápidos. Les gustará. Regresarán a tiempo.

Daniel alzó la vista hacia la tabla de itinerarios y después miró a Ruth.

–No estoy seguro, papá.

Es justo decir que, bajo cualquier perspectiva, mi hijo siempre tuvo dificultades. Inexorable y serio desde pequeño, se convirtió en un adolescente aislado y depresivo. A los catorce años intentó suicidarse en dos ocasiones, dejó de asistir a la escuela con regularidad y empezó a acudir con un terapeuta. Le recetaron varios medicamentos que hacían poco por él, salvo convencerlo de la particularidad de su miseria. Entonces, un poco después, llegó la hierba y desconozco qué otra clase de drogas. “Automedicadas”, aseguraba su madre, en el mismo sentido en el que ella se automedicaba. Ella y yo nos habíamos separado cuando Daniel tenía dos años, aunque, en realidad, había sido un milagro que duráramos tanto. Un año después, ella vivía con un hombre llamado Mike Corelli, quien se decía pagano y tenía una tienda cerca de Brighton en donde vendía hierbas chinas que él mismo cultivaba. Con el pasar de los años, pude imaginar la desorganizada relación que llevaban, la clase de amigos que frecuentaban así como la aparición esporádica de aquel hijo delincuente que Mike tuvo en una relación anterior. Durante la infancia de Daniel, su madre continuó su inmersión monótona y ordinaria en lo alternativo y lo new age. Aunque estresada a causa de sus problemas, también parecía percatarse de la infelicidad de nuestro hijo y esa extrañeza que parecía responder a un sentido de inteligencia o sensibilidad que debía ser respetada o consentida.

El restaurante, un sitio de noodles que conocía bien, era simple e informal. Era la hora de la comida y estaba tan lleno que servía para perderse entre el murmullo de la gente. Tanto Daniel como Ruth llevaban unas mochilas viejas que él acomodó en una esquina. La mesera nos llevó los menús.

–¿De dónde eres, Ruth? –le pregunté, aunque dudé de inmediato si este era el tipo de preguntas que debía evitar.

Ella no contestó, sonrío una vez más sin mirarme mientras volteaba el menú entre sus manos. Se me ocurrió que podía estar condicionada a no hablar, ya fuera de modo autoimpuesto o por cualquier otra razón.

–No podemos comer nada de esto, papá.

–Está bien –le dije–. No hay problema. Yo sí comeré algo. Pidan algo de tomar, entonces.

Ordené una sopa y una cerveza. Daniel pidió un vaso de agua para ellos. Cuando la mesera le llevó una botella, le solicitó cambiarla por una taza de agua de la llave. Al llegar ésta, Ruth miró a su alrededor y se levantó de la mesa para dirigirse al sanitario.

–¿Cuánto tiempo llevan siendo…? –cavilé, buscando la palabra correcta.

–Un buen rato –respondió Daniel–. Es algo serio.

–Me doy cuenta –comenté.

Una imagen llegó a mi mente: sus cuerpos pálidos y esbeltos frotándose entre ellos. Me sentí culpable y alejé ese pensamiento de mi cabeza.

Ruth volvió a la mesa en el momento en que llegaba mi comida. Daniel miró hacia el reloj de pared.

–¿A dónde viajan? –pregunté.

–Venimos de ver a mamá. Ahora regresaremos a La Granja.

Mirando hacia atrás, su fase religiosa parecía algo inevitable. La primera vez que supe acerca de ello fue un año anterior, cuando me encontré con su madre en el funeral de un amigo mutuo. Esperaba ver a Daniel ahí también; pero ella me dijo que estaba en La Granja. Éste resultó ser  el nombre de un pequeño grupo de estilo cristiano conformado por refuseniks modernos y, a su vez, la alusión a una vieja granja con varias hectáreas de tierra ubicadas en Somerset. Cultivaban frutas y vegetales para su subsistencia aunque, sospecho, también se mantenían a flote debido a las contribuciones de algunos parientes con dinero. Tan pronto escuché acerca de este sitio, tuve una imagen bastante clara de la clase de lugar que debía ser: un grupo de puritanos, infelices y regidos por extrañas estructuras. Un imán para inadaptados, adictos en recuperación y explotadores. A pesar de lo anterior, consideré que tal vez no debía ser tan malo para Daniel. Él necesitaba algo así. Probablemente, Ruth también formaba parte del mismo panorama.

–Papá, tenemos que irnos.

Deseé que dejara de llamarme papá, así, tan deliberadamente.

–Daniel –le dije–, apenas va media hora. Tienen bastante tiempo.

–No es cierto, papá. Tenemos que irnos.

Tiraba de una pulserita de piel que tenía enredada en su muñeca, tal vez un distintivo de La Granja. Noté que sus manos, con esos dedos largos y delgados, se parecían muchísimo a las mías.

–Estoy comiendo. Tomé una cucharada de sopa para demostrar mi punto.

–Pero vamos a perderlo.

Empezaron a colocarse sus abrigos, como siguiendo un apunte.

–Pues tomen uno más tarde. Yo lo pago, si eso es lo que se requiere.

–Nos veremos con alguien al llegar allá.

–Llámenlo.

Se alzó de hombros, intransigente.

–Por supuesto –le dije. No había número para llamarle.

–Espera –agregué, dejando mi cuchara–. Hay algo de lo que quería hablarte. Te interesará. Sucedió hace algunas semanas. Vi una cosa espectacular que…

Me detuve. Daniel había alzado la mano para silenciarme.

–Papá, ya no volveremos a vernos. Esa es la razón por la que vine.

–¿Viniste a verme para avisarme que ya no volverás a verme? –me reí.

Ambos se levantaron. Daniel alzó la mochila de Ruth con el fin de que ella pudiera deslizar sus brazos por los tirantes. Su manga se atoró con una de las hebillas y tardó, pareciera, demasiado tiempo en liberarse. Acto seguido, Daniel se colocó la suya y me dio la espalda.

–Adiós –me dijo.

Puse una cantidad exagerada de dinero en la mesa y me levanté.

–Los acompaño –declaré.

En Waterloo, observé sus mochilas desaparecer entre la multitud. Cerca de cien millones de personas pasan por la Estación cada año. Lo leí en alguna parte. Compré un periódico aunque ni siquiera quise mirarlo. Pensé en el meteoro una vez más y lo que quise decirle a mi hijo. Era imposible describir lo que había visto; pero aquella gloriosa sensación seguía fresca en mi mente. Me vi a mí mismo bañado en su brillo, azul y anaranjado, y pensé que si existiera tal cosa como la gracia, así es como debería de sentirse.

 

Germán Montalvo

Germán Montalvo