Francisco Gálvez

El desperfecto | Alejandro Badillo

 

Un trago. El preludio de una burbuja. Una nota ámbar en la garganta del hombre. La espuma que corona el tarro es sólida en la penumbra. El trago ámbar se retuerce en la garganta y él puede observar, a través del tarro, la deteriorada cristalería del bar. Hace calor y siente que invoca –cada vez que se enjuga la frente con el dorso de la mano– parvadas de ratas, insectos que, seguramente, pululan en los mosaicos del piso y que le hacen pensar en uñas sucias, calambres, bestias ciegas.

El bar está despoblado. El dueño del negocio, de manos lánguidas, ojos que fatigan el rostro, mira la calle. Parece un dios a punto de perderlo todo. Un reloj de manecillas, medio anclado en una pared, marca las 11 de la noche. El hombre evalúa si debe pedir otra cerveza y esperar a que el calor disminuya un poco. Quizás una nueva serie de tragos pueda estrechar el ancho caudal del insomnio. Porque apenas puede dormir y, cuando lo hace, siente que se interna en una planicie llena de pastos secos, repleta de árboles incendiados. Siempre despierta con dolor de huesos. Se asoma por la ventana y, cubierto apenas por unos calzoncillos, otea el horizonte desde su departamento en el noveno piso. La ciudad ruge, maloliente, a la distancia. Los edificios parecen pasados a fuego lento. En las noches vuelve a la ventana y puede ver cómo las nubes se congregan y se quedan inmóviles, cambiando de forma, boqueando como peces saturados de aire. Y a pesar de las nubes, de sus formas oscuras derramadas en la noche, no llueve. Parece que nunca va a llover. “Una sequía como no se ha visto en muchos años”, dicen los conductores en el radio.

“Deme la cuenta, por favor”.

El dueño se acerca a la única mesa habitada del bar. Mira a su cliente y le deja la cuenta garabateada en un papel. El hombre le extiende un billete y un par de monedas. Cuando el dueño regresa a su lugar original, a un lado de la ventana, el hombre comprende que desde hace una hora ambos han estado solos, metidos en una especie de duelo silencioso que involucra a las sillas vacías, el extravío de las servilletas y el refrigerador que parece un animal recluido en una esquina, lanzando destellos a la amplia llanura del bar. Comprende también que, en ese instante, el dueño empieza a sentir por completo su soledad. Por eso la lentitud de sus movimientos. Por eso la mansedumbre al contar las monedas que deposita, tintineantes y rabiosas, al fondo de un cajón. El hombre saldrá a las calles mientras el dueño hace el corte de caja y la soledad será alimentada por la esperanza de un nuevo cliente que llegará, como casi todos, resoplando, con la boca seca, falto de fe, como los hombres que vagan después de que su aldea ha sido devastada por los bárbaros. El letrero neón del bar hierve en la oscuridad. El dueño aumenta el volumen del radio. Los rodea una canción. Una voz de mujer hace malabares entre los acordes, dedica frases felices a los apaleados por el amor. El hombre no puede estar un segundo más ahí, así que da las gracias y sale del bar. Se escucha la sirena de una ambulancia. La ciudad sigue ardiendo pero, de forma inexplicable, no colapsa.

Los autos van veloces por la avenida. El hombre observa las cortinas cerradas de varias tiendas. Camina con la mente en blanco. Al fin, llega a su edificio, se interna por el pasillo principal y pulsa el botón rojo del elevador. En el espacio cerrado mira su reflejo en el metal de las puertas. Comienza el ascenso. El calor, ahora, es un pulso constante que se adhiere a sus brazos y a su nuca. Imagina quedarse ahí, atrapado, mientras el aire caliente le desbarata los pulmones. El bochorno es un animal enorme que trepa por su garganta, se introduce por sus oídos, respira dentro de sus fosas nasales, se apodera del ligero temblor de sus manos. Llega al noveno piso. La puerta del elevador se abre y observa, a su izquierda, casi como un regalo de bienvenida, la inerme silueta de una cucaracha muerta. Saca las llaves de su bolsillo derecho y da unos pasos hasta su departamento. Cuando gira la cerradura recibe, en pleno rostro, una bocanada caliente. Prende la luz de la pequeña sala y respinga cuando escucha una voz de mujer que sale de la cocina:

–¿Ya llegaste?

Se pone a la defensiva. Piensa que se ha equivocado de departamento, sin embargo ahí están los dos sillones que pagó a plazos, una novela policial que estaba a punto de terminar y que languidece en la mesa de centro. La pregunta sigue resonando en sus oídos mientras mira la repisa, regalo de su madre, que sostiene una maceta vacía. Entonces piensa en un robo difrazado de un inocente equívoco, en una trampa elaborada y discreta. Trata de encontrar algún objeto que le sirva de arma pero la dueña de la voz sale de la cocina y enfila a la sala. La mujer tiene unos sesenta años. El foco de la estancia le ilumina la mitad del rostro. Está vestida con una falda larga, con pliegues, y una blusa con encaje en las mangas. Parece sacada de un viejo catálogo de modas. Lo mira como ave deslumbrada. Él tiene la sensación de pólvora en los ojos. Hay un poco de misericordia en la expresión de la mujer, como si lo perdonara de antemano, como si las explicaciones o excusas fueran sólo parte de un complicado cortejo. Por eso se queda, a unos pasos de él, quizás esperando la iniciativa de un beso, una caricia en la mejilla. Como no llegan, adelanta un poco el torso y le dice, piadosa:

–Llegas tarde.

–Es mi departamento, señora.

Ella no hace caso a la afirmación y sube la mano derecha hasta anclarla en la cadera. El gesto es suficiente para que la luz ilumine los zapatos blancos, de tacón bajo, parecidos a los que usan las enfermeras. El hombre se siente ridículo mientras ella se afirma en sus senos pequeños, en el grosor venenoso de los labios. Todo el rostro, en realidad, tiene un sutil hábito de permanencia.

–Este es mi departamento, señora. ¿Cómo se llama?

Se arrepiente de haber hecho la pregunta porque será un nuevo anzuelo, una invitación que aumentará la intimidad. Ella mueve la cabeza: es la dulce abuela que niega una pregunta hecha a destiempo, la dama fatal que rechaza una curiosidad inadecuada porque nombrar algo, en ese triste lugar, es imposible.

–Ayer se fue la luz y estuvimos sudando toda la noche, a oscuras, mirando el ventilador detenido. Para colmo se acabó el agua y tuviste que ir por un garrafón. Es un fastidio. ¿Cuándo lloverá? –parlotea ella.

El hombre intenta recordar en dónde estuvo la noche anterior, pero no puede. Quizás en el bar o en algún café que visita para no estar en casa, para huir de la soledad, del silencio que crece como un árbol cuyas ramas apuntan a la nada.

–¿Quieres una limonada? –dice ella mientras regresa a la cocina.

El hombre no puede elaborar una respuesta y deja pasar, impotente, los segundos. Se escucha el sonido del agua escapando por la coladera del fregadero. Imagina las manos explorando con fingida familiaridad los trastos y yendo al encuentro del apagador sobre la estufa. La mujer regresa a la sala empuñando dos vasos repletos de hielos. Se sienta en uno de los sillones y deja su carga en la mesa de centro.

El hombre se sienta en el otro sillón, frente a la mujer. El terciopelo de los muebles, envecejido pero aún solemne, oficia el encuentro. Los vasos sudan su fiebre junto a la novela policial. Un pequeño charco se forma en la mesa de centro. El calor asciende desde el piso y le escuece los ojos. Ella parece a gusto en la atmósfera turbia y descifra, con su cuerpo sereno, el frío que empaña las paredes de su vaso, el desconcierto del hombre que la mira como un bicho raro.

“Tendré que llamar a la policía”, piensa él para no mirarla, para no suponer que el verano lo está volviendo loco. “Llamaré al teléfono de emergencia”, se insiste. Sin embargo, de cuando en cuando, vuelve al cabello de ella, a las madejas lustrosas entrelazadas con esmero, el broche de concha nácar, las arrugas junto a los párpados mal disimuladas por el maquillaje. La sombra de la mujer, escasa en la noche, proyectada desde la altura de su cabeza, hurga sin violencia las cosas que la rodean: unos zapatos que no alcanzaron a llegar a su lugar, un cojín abandonado en el piso, un recuerdo de Acapulco en el que un barquito se bambolea en un mar prístino, turquesa.

La mujer sostiene su vaso con la mano derecha y hace un brindis:

–Por una Navidad más juntos –dice con la locura bordeando cada una de sus palabras.

“Navidad con este calor, en pleno junio”, refunfuña él sin importar que lo escuche. Sin embargo, sin saber muy bien por qué, levanta su vaso y le da un sorbo. El sabor amargo le llena la lengua. Imagina que así debe saber la boca de ella.

–Ya compré una guirnalda y un juego de luces. Mañana compramos el árbol, hay algunos en oferta –continúa ella.

En un rincón, junto a una cajonera, puede ver un empaque con una serie de luces y una larga guirnalda de plástico decorada con brillantina. Le molesta imaginar su ventana llena de destellos multicolores. Le molestan, quizás más, las esperanzas de la gente. Tiene la convicción de que los buenos deseos vienen acompañados de violentas costumbres.

–Feliz Navidad, amor – dice ella y acerca un poco el cuerpo hasta dejar las nalgas en la orilla del sillón. Las piernas sostienen esa figura que parece caer en un abismo. Ella, consciente del peligro, usándolo como último pretexto, se levanta y se acerca al hombre. Él echa atrás los hombros. Siente que el filo de sus clavículas, perceptibles bajo la blusa, explora el silencio del cuarto, que la orilla de sus caderas avanza a un ritmo diferente al del resto del cuerpo. Es como un sueño superpuesto a otro sueño y, por eso, los movimientos de su cuerpo, a pesar de ser meticulosos, no coinciden plenamente. Macerada por el calor, parpadea con agilidad, como si su mente luchara por ordenar varias ideas que surgen al mismo tiempo. Quizás, los veloces parpadeos tienen como propósito prevenir cualquier ataque, fingir que está fresca, fuera de la órbita calurosa, dispuesta a lanzar palabras exactas que rebatan cualquier argumento. Pero al mismo tiempo el hombre detecta una debilidad: la lenta respiración que disminuye, hasta donde es posible, los daños del aire caliente. Ella cree que cada incendio en el aire la envejece. Y a pesar de eso la siente más verdadera, firme en sus piernas de venas abultadas, sustentada su presencia en los zapatos blancos, en las madejas de cabello cubriéndole las orejas y dejando en libertad el fulgor dorado de un par de aretes.

–Dime, amor: ¿Desde cuándo vivimos aquí? –dice el hombre mientras se levanta del sillón, dispuesto a continuar la broma, mantener la distancia y ocultar, al mismo tiempo, el desconcierto. Quiere comprobar hasta dónde puede llevar a la mujer sin alzar la voz, amenazarla o emplear violencia.

Ella sonríe. Su respiración se acelera y su boca, avariciosa, deja en libertad una hilera de dientes blancos. Hay una mirada de triunfo, una revancha miserable porque quizás sabe que está ganando la impostura, que su fabricación inútil al fin da resultado. La soledad del departamento, la de un río muerto desde lo más profundo de su cauce, es su aliada.

–Desde hace muchos años. Cuando abandonaste tu trabajo en la fábrica. ¿Recuerdas? –responde animosa –ahora pasamos más tiempo juntos.

La mujer le acaricia las manos. El hombre siente el pulso rocoso de sus venas, las brasas de su respiración que no se agotan sino que se renuevan en el aire tibio que los rodea, en un cariño casi infantil que escapa, poco a poco, en gestos breves, en el paulatino enrojecimiento de las mejillas. El hombre trata de imaginar su vida en pareja, pero no hay imágenes que acudan a su mente. Quizás están atoradas en el sopor del verano o en los gestos de la mujer que utiliza el dedo índice de la mano derecha para escarbarse los dientes.

El hombre husmea con impaciencia a su alrededor. Casi puede oler la piel de la mujer, la esterilidad de su vientre, el tinte rojizo que no puede derrotar por completo las numerosas canas. Hay en ella, en el aura que la rodea, una mezcla de frutas pasadas por el tiempo, de agua acumulada en el fregadero, insectos tostándose en el lento sol, desintegrándose hasta volverse polvo que flota y que se mete bajo los muebles, en los contactos eléctricos, en la pátina opaca que recubre las cortinas.

Ante la avanzada, el hombre va en reversa hacia la puerta y la mujer se acerca hasta acorralarlo. En ese momento, cuando intenta pensar en una nueva estrategia para echarla, poner distancia de por medio, se va la electricidad. El departamento naufraga en un limo que apaga las siluetas de los muebles. El bochorno, por un momento, parece hundirse pero sus latidos siguen y el hombre comprende que el calor tiene su propia luz y que necesita del anonimato de una habitación oscura para extenderse. El foco de la sala retiene una brizna de resplandor que se evapora lentamente. Lo único que queda vivo, entre los dos, es la ambición de ella, los ruidos íntimos de la ciudad que transcurren, indiferentes, a la escena.

–Otra vez, te lo dije –le reprocha, la amorosa.

El hombre bucea en la luz amarillenta de la ciudad que se mete en el departamento. Los vasos, su vida vertical, luchan por contener su deshielo. Él parpadea, animoso, como si ese acto fuera suficiente para fundir a la mujer con la oscuridad, desgastar su voz, dispersar el calor de su aliento en el aire que entra a cuentagotas por la ventana. La tiene que fragmentar, sacarla de foco, vulnerarla. Sin embargo, opta por lo más fácil:

–Voy a revisar los fusibles. Quizás pueda hacer algo –le dice a la mujer.

Ella, coqueta, le guiña el ojo derecho.

–Muy bien, amor. Te estaré esperando.

El hombre sale del departamento. Una lenta naúsea perdura en su garganta. Se queda mirando la puerta blanca y el número “6”. Es su departamento y no lo es. Hay luces prendidas en el pasillo, señal de que el apagón no afecta a todo el edificio.

Entra al elevador. Se siente un poco mareado. La luz que desciende de la lámpara rectangular tensa los hilos del vértigo. Los números rojos indican que se acerca a la planta baja. Sale del elevador y camina por el largo pasillo que da a la puerta principal y a la calle. Una ventana rectangular filtra la luz amarilla de los postes. En la orilla derecha del pasillo hay un montón de cucarachas muertas. Salen en borbotones por las coladeras, huyendo del calor, y mueren, casi de inmediato, entre frenéticos movimientos, extrañando los secretos frutos de las cañerías. El sudor se acumula en su frente.

Mientras encuentra el medidor y su registro piensa que tiene que juntar fuerzas, recobrar la determinación y volver al departamento para echar a la mujer. Es mejor no hablar a la policía. La llevará en brazos a la puerta principal del edificio y la dejará en la banqueta. Sonríe pensando en su maldad imaginaria. Se siente satisfecho porque, al fin, después de tantos meses de divagaciones sin rumbo, de ideas atolondradas que no van a ningún lado, hará algo definitivo. La dejará en la banqueta como un objeto, como un mueble que estorba y que sólo puede esperar, paciente, medio derruido, al camión de la basura. Abre el registro y, después de bajar la palanca, comprueba que las tiras metálicas de los fusibles están quemadas. Encuentra en un rincón algunas tiras de repuesto. Saca un par de una caja mientras piensa que será incómodo luchar con ella a oscuras, perseguirla por la sala como si fuera una niña. La luz del pasillo ilumina decenas de cartas amontonadas. Los vecinos las ignoran hasta que se despedazan y alguien, harto de la situación, las lleva a la basura. El hombre, después del cambio, empuja la palanca hacia arriba y escucha un leve chasquido. La luz, seguramente, regresó a su departamento. Antes de volver piensa que es buena idea ir a la calle por un poco de aire fresco y comprobar si tuvo éxito su reparación. La avenida sigue saturada de autos. Algunos transeúntes caminan en la acera de enfrente. En efecto, hay un resplandor en su ventana. Casi puede ver la sombra encorvada de ella. La imagina esculcando entre sus libros, evaluando fotografías, mirándose en el espejo de su recámara, acomodando algún mechón perdido con el filo opaco de sus uñas. Luego, seguramente, cuando escuche el transitar del elevador y el tintineo que suena cuando las puertas se abren, elevará una risa grotesca, una risa aguda que calentará más el departamento hasta hacer sudar a las ventanas.

El hombre regresa al edificio. Siente aún, en el dorso de las manos, el recuerdo de las uñas cuidadas, de incierto color carmín. Pulsa el botón del elevador pero las puertas aún no abren. Quizás, una vez resuelto el problema de la luz, ella habrá desaparecido y sólo podrá comprobar, con desazón, con un poco de asco, las huellas de un cuerpo femenino en su cama, porque para la mujer habrá sido natural llevar más lejos la seducción, aprovecharse de su soledad y atraerlo a su sexo, a su vientre agrio, a sus piernas blandas abriéndose paso en la oscuridad, llevándolo a un punto sin retorno, para después burlarse de él y reclamarle que no ha podido dominar su desesperación, que le ha hecho el amor a una vieja.

Las puertas del elevador tardan en abrir. Apenas corre el aire en el interior del edificio. Los escalones, los pasillos, las lámparas, parecen las entrañas de un animal agobiado por el sopor. Piensa en varios escenarios. El primero: aceptar la intromisión de la mujer como algo natural, un accidente extravagante pero posible. Su mayor temor es que, con el acicate del calor, la mezcla de soledad y desesperanza, le seguirá el juego hasta poseerla. Penetrará el cuerpo dulzón. Penetrará su sexo como el invasor que se solaza en una plaza desguarnecida. Quizás un dedo resucite el vigor perdido de los pechos y, ya entrado en materia, buscará, en medio del creciente bochorno, el frescor de su garganta, el temblor de los párpados que se volverán jóvenes y ya no habrá espacio para la impostura, tampoco para el disfraz de las palabras, ni para las emociones. Le hará el amor minucioso, con movimientos mecánicos, mientras el ventilador ronronea. Más tarde, mientras ella duerme, explorará desde la distancia su cuerpo, mirará su nuca, escuchará si, en lo profundo del sueño, emite ronquidos. En la mañana irá por fruta y cereal para el desayuno. La atenderá como si quisiera reconstruir los restos imaginarios de una relación, como si recolectara, paciente, los despojos que deja el odio. Lavará la cafetera que no usa para servirle una taza y, mientras lo hace, le platicará de sus teorías sobre la falta de lluvia, los sueños en los que el calor aumenta tanto que el aire seca los cuerpos de la gente y la ciudad es poblada por siluetas inmóviles, endurecidas. Después la escuchará darse una ducha; se pondrá muy cerca de la puerta del baño para saber si canta alguna canción, si hay alguna señal de que se frota los pechos, el ombligo, las axilas; si hace algún esfuerzo para tallar sus pies o si encuentra las toallas en el primer intento.

Al fin, el elevador se abre. Inicia el ascenso. Su reflejo en las puertas metálicas es el de un hombre cansado. Piensa que otra opción es abandonar el departamento y buscarse una nueva vida. Quizás ella sea la señal de que necesita un cambio urgente y por eso necesita migrar a otra ciudad. Ella se quedará ahí, sustituyéndolo, viviendo lo que le debería corresponder a él: un lento purgatorio, una aburrición convertida en largas caminatas por las calles, horas en los bares, en cafeterías, en las bancas del parque, para demorar, hasta donde es posible, la llegada al departamento. Entonces, una noche de verano, después de muchos años, la mujer regresará al edificio y lo encontrará ahí, metido en la cocina, como un completo extraño que le preguntará la razón de su tardanza, le deseará feliz Navidad mientras le ofrece una limonada para menguar el calor y reanudar el encuentro interrumpido en una lejana noche, caldeada en la memoria.

El hombre se divierte con estas ideas. Está a punto de llegar al noveno piso. Unos segundos más y estará frente a su puerta. El elevador se detiene después de una leve sacudida. Se va la electricidad. Hay una pequeña luz de emergencia que apenas taladra su entorno inmediato. El hombre maldice su suerte. Ahora es todo el edificio. Tendrá que esperar a que algún vecino baje y arregle el desperfecto. Ya lo han hecho antes aunque a veces tardan mucho. Quizás, al cambiar sus fusibles, alteró sin querer otra caja de registro. Es posible que haya sido una coincidencia y que una sobrecarga, producida por decenas de ventiladores y sistemas de aire acondicionado funcionando al mismo tiempo, haya colapsado los circuitos. El calor aumenta en el espacio y ciega sus pensamientos. La luz de emergencia ilumina el cuadrado estrecho del elevador. El hombre siente que es un pez cocinándose lentamente. Se quita la camisa y la deja en una esquina. Se afloja el cinturón. Mira, con aprensión, el cadáver de una cucaracha. Es marrón claro y tiene medio desechas las alas. Cuando llegó a la ciudad le dijeron que pululaban en todas partes. Algunas alcanzan a volar, pero el calor entorpece su vuelo, lo vuelve un elemento absurdo, desequilibrado, que finalmente las derrota. Entonces quedan vulnerables al primer pisotón, a cualquier accidente. Trata de empujar a la cucaracha lo más lejos que puede; con la punta del zapato la deja en el carril por donde corren las puertas del elevador. Ahí, una vez que vuelva la luz, el bicho será despedazado, convertido en un amasijo irreconocible en el que el marrón se confundirá con otros colores.

La oscuridad del elevador parece un vientre materno veteado por leves franjas de luz, el inicio de los tiempos cuando el aliento oscuro de la tierra llegaba hasta la atmósfera e impedía el paso del sol. La temperatura, por lo tanto, disminuía. Le gusta pensar en eso para no llegar a la imagen de la mujer. Se acerca a la puerta y trata de meter los dedos en la intersección de las dos hojas metálicas. Tiene que medir sus movimientos pues demasiado esfuerzo puede agotarlo, quitar la humedad que aún retiene su cuerpo. Tiene la loca idea de que, si logra abrir el elevador, estará frente a un abismo. Se quita los pantalones y los zapatos. En calzoncillos, sudoroso, sigue intentanto. Si las puertas se abren se dejará caer y, en el trayecto hacia la nada, el calor se desprenderá de él, capa por capa, hasta dejarlo en una superficie sin temperatura, sin tiempo, en donde la soledad es una frontera y no hay bares habitados por hombres que cuentan hasta la locura cada una de las burbujas que van y vienen en sus vasos de cerveza. Esta idea lo reconforta, se sienta en una de las esquinas del elevador mientras el cadáver de la cucaracha sigue indiferente a su suerte. Entonces comienza a escuchar un ruido diminuto. No es un mecanismo del elevador, tampoco los pasos de alguien del otro lado, tratando de rescatarlo. Se acerca hasta tocar con la mejilla derecha el frío metálico de la puerta. A unos centímetros descansa la macilenta cucaracha. Mira sus alas desparpajadas que alguna vez, quizás no hace mucho, garabatearon un vuelo. El sonido sigue y distingue un golpeteo. Como diminutos pasos bajando, a distintos ritmos, las escaleras. Como alfileres cayendo del cielo o miles de manos sembrando semillas frescas. Piensa en la mujer y le dedica unos segundos de odio. La odia amorosamente, con el rencor de quien sirve, en silencio, unas gotas de vino rancio. Entonces tiene una revelación. Arrima todo el torso a las puertas del elevador. El sudor comienza a menguar. Hay una tregua con el esfuerzo. El sofoco que lo inunda cede cuando escucha, sin ninguna duda, el sonido de la lluvia abatiéndose sobre las calles. Cierra los ojos y piensa que la lluvia durará para siempre, que los edificios sucumbirán a su embate y que el nivel del agua subirá hasta que la ciudad desaparezca por completo.