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Diario | Por Edmond y Jules de Goncourt

Traducción de Armando Pinto

 

1863

1 de enero

Hoy nos sentimos tristes y sobre todo humillados por comer en un restaurante. Hay días del año en los que es conveniente tener una familia… a las seis y media en punto.

Sin saber a dónde ir en la noche, caemos, en el postre de una gran comida, en casa de Dennery, el cual nos cuenta, con el descaro de un Robert Macaire bonachón, lo siguiente: “El otro día me enviaron a un joven que tenía una idea magnífica para una obra. Por supuesto, le dije: ‘Escúcheme, tengo algo que advertirle. Todas las ideas sobre obras que me presentan las encuentro detestables. Y luego tres, cuatro meses después, la idea que me propusieron me vuelve a la cabeza. Me parece buena; olvido por completo al individuo que me la propuso, la creo absolutamente mía. Se lo advierto.’”

 

2 de enero

Se podría decir que el insulto en el siglo xix forma parte de la religión de los imbéciles. Abro un Quérard para saber el nombre de las estampas del bello Molière de Prault: no encuentro el nombre de las estampas, pero encuentro invectivas contra el talento de Boucher.

 

3 de enero

En casa de Magny. Nuestros libros, el género de nuestro trabajo, han provocado una gran impresión en Sainte-Beuve. La preocupación por el arte en la cual vivimos, lo turba, lo inquieta, lo tienta. Es lo suficientemente inteligente para comprender todo lo que este nuevo elemento, desconocido hasta ahora en la historia, ha aportado en carácter y riqueza al novelista y al historiador, quiere ponerse al corriente. Tantea, interroga, pretende hacernos hablar; pide indulgencia por su artículo del lunes sobre Le nain. No sabe y quisiera saber…

Hablamos esta noche de la miseria del pueblo, de la promiscuidad en los arrabales. Sainte-Beuve exclama, con un acento humanitario de 1788, que no comprende que no hubiera en el trono un San Vicente de Paul o un José II: sanear todo eso, ya sería algo, sería el comienzo… De ahí hemos saltado a las muchachas del pueblo que él ha estudiado mucho, nos dice, y que tienen durante la pubertad dos o tres años de locura, de furor por el baile y vida de muchacho, haciendo calaveradas y desafiando el decoro, escapan de la serenidad, del orden, obreras, mujeres del hogar y la limpieza –un señalamiento preciso.

Estuvo Nieuwerkerke en la cena de hoy. Siempre es un Goliat exitoso, elegante y educado, de mirada apacible. Cuando salimos, nos alcanza y nos lleva a fumar un cigarro a su departamento del Louvre. Nos muestra en primer lugar su galería, una galería enorme, majestuosa, sostenida por cuatro columnas de mármol rojo, ornamentada con jarrones de mármol, esos pórfidos con apariencia Luis XIV, que huelen al viejo Louvre –galería de un soberano amateur; que él nos ilumina con una lámpara cuyo globo parece enorgullecerlo: es de esmalte, en vez de ser de vidrio mate.

En una vitrina, colocada en el vano de una ventana, nos muestra su colección particular: ceras del siglo xvi, xvii, y xviii, medallones que tienen un aspecto espantoso, como la piel muerta de las figuras de cera, perfiles momificados, pequeñas siluetas momificadas, en medio de las cuales nos muestra una imitación, de su propia mano, que representa a la princesa Mathilde.

Después de eso, abriendo una después de la otra, cuatro carpetas en gran folio sobre las cuales está escrito en oro: Soirées du Louvre, nos muestra las caricaturas de todas las personas que lo visitan, empleados del Louvre, ministros, generales, artistas, escritores, pintadas por Giraud del natural la noche con él, a la acuarela, a la luz de la lámpara, de un modelado extraordinario –imitaciones notables por su ironía, por sus pinceladas de gouache audaces y felices, de exageraciones de la fisonomía que hacen resaltar el parecido. Las cabezas muy grandes, los cuerpos muy pequeños; y en todo se encuentra el estilo de un Eugène Lami decorativo: el espíritu mezclado para tal efecto.

Pasamos por un corredor donde, congelados en la pared, al lado de bellos marcos de flores de jade chino, se encuentran los horribles grabados de Marc-Antoine, y entramos a su recámara. Una habitación cuya alcoba es un largo hemiciclo tapizado con cortinas de seda carmesí engarzadas en fondos de sangre, sombrío, sordo y rico, el lecho con columnas de ébano; brazos de oro relucen a ambos lados. Todo el conjunto es renacimiento. Un gabinete de mosaicos de Florencia abre sus hojas al frente de la chimenea. Sobre los muebles, bronces florentinos negros con fulgores de piel de negro. Los ojos se remontan involuntariamente al siglo xvi. Las cosas adoptan una apariencia de misterio, de drama. Hay algo de inquietante en el rojo de las cortinas, en el negro del ébano. Buscamos sobre la mesa el platillo de confites. El recuerdo del cuerpo del duque de Guise, en la pintura de Delaroche, se extiende sobre el tapiz, cerca de una puerta. Nieuwerkerke mismo nos muestra impresiones de pequeñas obscenidades antiguas, después, tirando de su caja de cigarros, la mandíbula inferior de Ana de Austria, con todos los certificados, toma un no sé qué aire de mantenido a la Enrique III. Veo un a Caylus, a un Maugiron, los días de penitencia, con un rosario de cabezas de muerto. ¡No es más que el reflejo del mobiliario, en la noche, a media noche, sobre las personas!

Nos muestra cerca de su lecho dos minas de Ingres: su retrato y Philémon et Baucis. Siempre tengo miedo de destruir cuando veo cosas parecidas del más miserable de nuestros pintores: ¡pensar que si no perdurara nada de él, M. Ingres tal vez perduraría! Pero muchas otras cosas –así lo espero– felizmente permanecerán: dos desastrosos dibujos de damiselas, bien peinadas, enjutas, lisiadas y muy tontas –más que tontas, ¡bobas! Nieuwerkerke, que no sabe nada pero absolutamente nada, los encuentra menos bellos desde que tuvo la desavenencia con M. Ingres a propósito del terrible asunto Campana.

 

4 de enero

Parece que la posición del grande y muy amable personaje de ayer, Nieuwerkerke, ha sido minada, sacudida, amenazada; Mme Cornu, esta Maintenon republicana de Napoleón III, puja fuertemente contra su Delacroix; y el Instituto hace avanzar a M. de Laborde, quien pasará de la dirección del Estampes al Louvre, un salto que sólo él es capaz de dar. M. de Laborde tiene todo lo que es necesario para triunfar. Es tajante, frío, mediocre y rastrero. No pudiendo ser pintor se hizo crítico. Crítico, llegó a un lugar magnífico como consecuencia de dos artículos sin valor en la Revue des Deux Mondes, en los que le recuerda al emperador que había jugado con él cuando era niño –quien lo hizo fue su hermano, no él–. ¡No tener derecho a nada es un gran título para tener todo!

La historia sería divertida si tuviéramos todos los detalles de esta lucha en la que la princesa Mathilde va a jugar su va-todo contra Mme Cornu. ¡Siempre las mujeres!

 

Hojeo las 80 planchas de la Guerre d’Espagne de Goya. La pesadilla de la guerra. Una plancha horrible, sobre todo, perdura en nosotros como un espanto encontrado en la noche, durante un claro de luna, en un rincón del bosque: un hombre empalado en una rama de árbol, desnudo, sangrante, sus pies contraídos por el sufrimiento, la agonía de su tortura en el rostro y en sus cabellos erizados, el brazo amputado. Cascado como un brazo de estatua… Y luego bocas que escupen la vida, moribundos vomitando sangre sobre los cadáveres; la España mendicante, los pies en la vía de la ambulancia.

El genio del horror es el genio de España. La tortura de la inquisición está casi en todas las planchas de su último gran pintor. Su aguafuerte quema al enemigo para la posteridad, como antaño el auto de fe quemaba al herético para el infierno.

 

Aubryet, que juega y pierde a la bolsa, nos describe a la gente de la Bolsa como la más grosera que haya jamás existido. ¡Y nada de generosidad, ningún favor a sus amigos! Jamás un consejo para indicar un buen negocio, alguna buena inversión. Ven el dinero como perteneciente por derecho sólo a la gente de la Bolsa. Egoístas, patanes, gansos, como aquel al que bautizamos: “Una pieza de cien sous en un cuello postizo.” Varios de ellos hacen profesión expresa y abierta de detestar las letras y a los hombres de letras.

 

Claudin, quien es muy ingenuo en medio de la corrupción que atraviesa como un abejorro, cree enseñarme que la gente de teatro no tiene amantes más que para otros –así Dennery, Fournier–. Se las empuja, en los ministerios, a los pantalones de los ministros, de los poderosos, de los secretarios y lacayos influyentes, de viejos y de jóvenes. Ellas reclutan para sus hombres al pequeño Baroche o al entorno de un Fould. Él ha oído a Gisette y a la de Tourbey decir: “¿Y qué? ¿Ellos nos dan dinero? Pero es nuestro ese dinero: hacemos para ellos la trata de blancas. Es que sin mí, dice una, ¿él habría tenido su renovación de privilegios por diez años? Y sin mí, dice la otra, ¿habría tenido la colaboración de Mocquard?

 

El aislamiento engrandece el espíritu de Gavarni; la sociedad de la mujer tonta lo empequeñece, lo disminuye, lo embrutece.

 

Leí en el Figaro los artículos de Lescure para un volumen titulado La vraie Marie-Antoinette. Esta verdadera María-Antonieta es, simplemente, la nuestra. El mismo punto de vista, los mismos rasgos de carácter sacados a la luz. Son nuestras ideas, nuestros documentos, incluso nuestras citas, todo nuestro trabajo y toda nuestra obra.

A primera vista, sentimos rechazo por este auvernés insinuante, que se nos presentó como discípulo, humildemente, y que ahora hace nuestros libros como se hace un pañuelo. Para llegar más rápido y con menos esfuerzo, ha recurrido a un medio muy simple: se sube al éxito. Después de las Mémoires de Sanson, hizo Les femmes de l’échafaud; después de nuestro Marie-Antoinette, el suyo. Haciendo eso, uno puede mancharse un poco, o recibir algunos latigazos, pero se llega –como las domésticas.

 

He dicho que los imbéciles, soportables en el campo, son insoportables en París. No están en su medio. Es necesaria la provincia a los parientes: es su ambiente.

 

Durante el entierro del arzobispo, un niño dice en los brazos de su madre: “¿Verdad, mamá, que es más bello que el tocino?

 

He encontrado en el artículo sobre Le Nain, de Sainte-Beuve, siete veces el epíteto gredoso, lo lanzo a la plática del sábado en casa de Magny. Ha sido un acto de caridad darles esa palabra.

 

Encuentro, buscando libros bajo la arcada Colbert, un eucologio de la iglesia del padre Chatel. Es de Laverdet, hoy marchante de autógrafos. Lavardet camina todos los días por la calle con su sombrero en la mano. Mi dentista, convertido al misticismo, ya no puede soportar su sombrero. ¿Será que todos los místicos tienen debilidad craneal, propensión a la congestión cerebral?

 

11 de enero

El Café Anglais vende 80,000 francos de cigarros al año. El cocinero recibe una paga de 25,000 Francos. El dueño, en sus tierras. Tiene caballos, coche, es miembro del Consejo General. He ahí la grandeza de las locuras de París.

 

Hay, actualmente, cuatro danzantes famosos en los bailes públicos, de los cuales el más renombrado se llama Dodoche. Es un marchante de papel. Otro, es un escultor. El tercero un marmolista sepulcral, y el cuarto, un agregado de pompas fúnebres. Así se aproximan nuestras bacanales a la Danza de los difuntos.

Estos danzantes están tan en boga, sobre todo en los bailes de máscaras, que las damas les dan, por la publicidad de bailar con ellos, cinco francos por contradanza.

Es cierto que ellas recuperan eso mediante una costumbre recientemente introducida en el baile de la Ópera: suben a mendigar a los primeros palcos, al de Daru, a los palcos de embajadas: consiguen luises, medios luises, lo que llega a veces a unos doscientos francos por noche.

 

En el último baile estuvo, por lo que parece, bailando con sus hombres, una muchacha pública, expulsada de Lyon por escándalo y que hizo en este tiempo mucho dinero en París. Tenía, al danzar, dos movimientos. Levantaba su falda por atrás y dejaba al descubierto su ropa interior untada a su culo, luego se arremangaba por delante y mostraba su calzón abierto.

Se permite todo, se permiten los bailes desenfrenados. Se alienta, en los pequeños teatros sobre todo, una cierta extravagancia, con un toque de la filosofía de Sade empapada en aceite de quinqué; un cómico siniestro que descuelga las estrellas del cielo; risas de sapo motivadas por estas palabras: Mi madre; entretenimientos de presidio haciendo frases; un argot en el que las inmundicias del alma del comicastro se mezclan a no sé qué chistes del chulo y el rufián. Se masturba a los pueblos, como a los leones, para domesticarlos.

 

Flaubert nos cuenta que cuando era niño se sumergía por completo en sus lecturas, retorciendo con los dedos un mechón de sus cabellos y mordiéndose la lengua y que, en cierto momento, caía a tierra, de golpe. Un día se cortó la nariz al golpear con un cristal de la biblioteca.

 

Con él, un joven estudiante de medicina muy interesado en los tatuajes, nos habla de todos los tipos. Entre ellos, el de un presidiario que tenía sobre la frente, como impreso, Sin suerte; otro, un viacrucis en cada muslo, y una muchacha: Liberté, Égalité, Fraternité en el vientre.

 

Nuestras facciones no se nos parecen. Al ver las fotografías de un hombre: ninguna se parece a la otra.

 

Tengo una sirvienta chiflada, casi loca. Fue alimentada por una cabra. A los doce, a los trece años, le mataron a su cabra. Permaneció tres años sin comer carne, conservando la repugnancia. No había leído que la leche de cabra le trasmitía a las personas los caprichos de la bestia, un grano de locura animal ¿o de extravagancia cuando menos? Sería curioso que el primer alimento imprimiera un carácter y que el alma, ella también, se nutriera del alimento del cuerpo.

 

Una de las cosas más vergonzosas, y que prueba la ausencia total de imaginación y de fantasía del libertinaje moderno, incluso de los más locos y de los más ricos: es que no haya ni un harem particular ni un burdel público en el que el mundo esté representado con cinco o seis muestras. Ni una matrona ni un Seymour han pensado en tener una circasiana y una japonesa, una negra y una mulata, muestras de África, de Asia, de América y de Tahití. ¡Siempre la misma carne de carnicería!

 

La otra noche, en el baile de la Ópera, mirábamos danzar: “Señores, ¿me permiten preguntarles cómo han estado?” Era un hombre joven de frac, floreciente, reluciente, soberbio. Me pareció reconocer al chulo del sepulcro. Era el hombre, Colmant, que vivió con Rose y por el cual Rose está muerta. Permanecimos inmutables, sin decir una palabra. Comprendió que sabíamos todo.

 

12 de enero

A medida que las sociedades avanzan, o creen avanzar, a medida que hay civilización, progreso, culto a los muertos, el respeto a la muerte disminuye. La muerte ya no es sagrada, ya no se imagina como la entrada de un individuo a lo desconocido, advocar o temer ese no sé qué más allá de la vida. En las sociedades modernas la muerte es simplemente un cero, un no-valor.

 

¡Ah!, qué fortuna si uno fuera un ambicioso político, lo sería simplemente repiqueteando esta idea: la igualdad absoluta ante la iglesia y el ayuntamiento en los tres grandes actos de la vida, el nacimiento, el matrimonio, la muerte: ¡Igualdad y Gratuidad! Es una cosa monstruosa la igualdad ante la ley, inscrita en todas partes, oficialmente, si no se practica, la desigualdad más monstruosa reina frente a Dios. No debería haber en la iglesia más que bautismo, matrimonio, enterramiento. ¡Singular mezcla en nosotros de gustos aristocráticos y de ideas liberales!

 

Lamartine ha manchado su genio, su fortuna y su miseria…

 

Aprecio más que nadie el talento de mi amigo Saint-Victor. Por su carácter es un griego del bajo imperio, Graeculus.

 

17 de enero

Cena del sábado en casa de Magny.

Sainte-Beuve nos comparte sus recuerdos sobre Mme Récamier y nos bosqueja una figura de segundo plano de su salón, el viejo Forbin-Janson. Se le ve en la escalera, llevado por su doméstico: ¡una ruina, un fiambre, una sombra, la muerte! Abierta la puerta, a la vista de la doncella, ¡crac! Como un resorte, una sonrisa descuella. Entra, saluda de tanto en tanto, siempre sonriente, dice una frase tan bonita que Mme Récamier la señala, la hace valer. Entonces el viejo hombre dice: “¡Es del buen Forbin!” Una frase lúgubre…

Después de eso, pasa al perfil de Ampère, un hombre siempre bajo las faldas, pero sin coger nunca un culo, un Patito académico, caballero servidor de Mme Récamier. Viene, en la mañana a ver a Sainte-Beuve, aunque huyendo del mundo, Sainte-Beuve se ha emparedado en el Hôtel du Commerce. Académico cornaca, director literario de burgueses, cicerone de Mme Cheuvreux, una especie de abad Barthélemy, con la distancia que hay entre la duquesa de Choiseul y la Pequeña Jeannete.

 

Quisiera que el Leteo pasara sobre los amateurs, el olvido de los nombres, de los renombres y los precios convenidos, de todo lo que no sea la obra misma. Aquel que adquiere en 100,000 francos un Ingres, admitiendo que sea sincero, no compraría en tres francos un Rembrandt, y viceversa. Decididamente, después de la Stratonice, preferiría perdonar las jornadas de septiembre que encontrar talento en M. Ingres.

Puede que haya dos o tres aficionados en París, no más. Llamo aficionado a un hombre que distingue a un Albert Dürer de un Daumier, cuando ni uno ni el otro está firmado.

Hay personas que dicen respetuosamente de una pintura que se vende cara: “Es un cuadro de museo.”

Un hecho retrata la subasta Demidoff. M. de Galliéra, viendo a Hertford pujar, puja sin saber qué: simplemente contra Hertford. A los 11,500 Hertford renuncia. Le llevan a M. de Galliéra lo que había comprado: ¡una acuarela de Bascassat! Esa gente hace correr las pujas en vez de hacer correr caballos, sobre no importa qué, sobre una porcelana, un lienzo, un trozo de papel. Apuestan que son más ricos que los otros.

 

20 de enero

Nos hay líneas rectas en la naturaleza. Es un invento humano, tal vez el único que pertenece propiamente al hombre. La arquitectura griega, cuyo principio es la línea recta, es absolutamente antinatural.

 

Hay, bajo todos los imperios, un movimiento de moda hacia la antigüedad, hacia las fuentes clásicas. Los tiranos imponen el vasallaje incluso en los gustos.

 

21 de enero

Un poco de humor, hoy, sobre esto. En una subasta de Vignères, descubrimos que un dibujo atribuido a Watteau lo era, pues de los dos personajes representados, grabados en la Conversation uno es M. de Julienne y el otro Watteau mismo. Somos los únicos en descubrirlo y en saberlo. Ofrecemos 60 francos, esperando salvar 20 francos: todo el mundo pone en duda el dibujo, se le atribuye a Lancret, a Pater. Vignères sabe aún menos que los aficionados. Llega un imbécil que le paga 80 francos por capricho, sin saber por qué y nos lo quita.

Descubro en otra subasta, en la de Rochoux, un limpio y muy hermoso Fragonard, una sanguina tan auténticamente de él como si yo la hubiera visto dibujar. Está catalogada: École de Chardin. Se parece a Chardin como a una manzana. Ofrezco una comisión de 23 francos. La cual es elevada a 42 por un coleccionista llamado Leblond que confunde grabados con dibujos y que no sabría distinguir un Queverdo de un Boucher.

Ataca los nervios ser batido a punta de dinero por imbéciles, por ciegos, ser el único que sabe, que conoce, que reconoce, sin que eso te dé la ocasión, te sirva, te proporcione el dibujo que pertenece a tu colección, a tu gusto, a tu ciencia.

Recibimos esta semana una carta de invitación para pasar esta noche la velada con la princesa Mathilde. Pensamos, sobre todo a causa del aniversario, encontrar una velada íntima, la cola de una de sus cenas del miércoles. Nos sorprendemos de hallar el hotel iluminado, las luces de una gran fiesta filtrándose entre los postigos de las ventanas, y un alabardero en la antecámara.

Nos hallamos, después de haber dado la mano a la princesa, en un salón con vitrales, en los que vemos sobre el azogue un Amor tensando su arco. Refugiados detrás de un piano, hay, delante de nosotros, hombros, lazos, de esas cabelleras que se tuercen en la nuca y bajo el peine como en una mano, espaldas lisas, diamantes, un peine encañado de oro, un ramo de flores blancas en el costado de una cabeza. Enfrente de nosotros, bloqueando la puerta de entrada, un grupo de hombres acorazados con medallas, con condecoraciones, delante del cual hay una figura monstruosa, la más insulsa, la más baja y más espantosa cara de batracio, de ojos rasgados, párpados de caparazón, una boca de hucha y como babosa, una suerte de sátira del oro: Rothschild.

A la izquierda, contra la chimenea, en el mismo nivel que el salón, Bressant y Madeleine Brohan representan un proverbio de Musset. Y a nuestra derecha, sobre un sofá de seda roja con respaldo de terciopelo rojo bordado en oro, la princesa Clotilde con aspecto de recamarera fea, la emperatriz, el emperador ipse, Napoleón III,… un emperador magníficamente colocado para dispararle, Le bal de Gustavo III siempre me vuelve a la memoria y mis pensamientos se detienen complacidos: oigo el disparo, veo la algazara, el ¡Ay!, de las mujeres, la rabia de la policía, la fuga de los senadores, el temblor de las condecoraciones en los pechos, los lacayos burlones, las traiciones que subirán en un instante al cerebro de la gente, y lo primero que escapa de ese gran ruido, un grito, después un murmullo, luego un clamor: Vixit Imperator…

Flaubert está ahí, al lado nuestro. Los tres formamos un grupo de originales. Somos casi los únicos no condecorados. Y después reflexiono, al vernos los tres, que a los tres el gobierno de ese hombre de ahí, la justicia de ese mismo emperador, sentado ahí y que casi tocamos con el codo, nos ha citado a la policía correccional ¡por ultraje a las costumbres! ¡Qué ironía!

Nuestro amigo, esta noche más inflado que nunca, a reventar: la emperatriz le habló, le pidió el traje de Salammbô para un baile. Él encuentra que los proverbios de Musset, esas cosas, no ameritaban ser escritas; me incluye en su proyecto de hacerse un pantalón, colgante, como el que los invitados usan habitualmente. Y me dijo esa bella frase, advirtiéndome que no me volteara, para no darle la espalda al príncipe Napoleón: “¡Oh! A él no le gustaría…”

En un momento, la princesa se abre paso por el salón, se acerca a nosotros y nos agradece los aguafuertes que le enviamos esta mañana, y más alto: “No tuve más que el tiempo de abrirlos: vi un desnudo, ¡pero muy bonito!”

Somos unos ciento cincuenta más o menos: velada íntima…El emperador, por lo que parece, no ha querido recibir el 21 de enero… Condecoraciones y más condecoraciones, calzones cortos y medias de seda, caras ministeriales horribles, caras de criminales, rostros escapados de prisión y encuadrados, como en broma, en la Gran Cruz de la Legión de Honor. Frases como: “Billault, pareces triste, acércate un poco” o “Me da igual… El culo encima de la cabeza…” Es el príncipe Napoleón que habla de diplomacia y de la Cuestión romana. No entendí, de sus argumentos, más que eso.

Junto a nosotros, el hombre que más nos ha sorprendido de ver ahí, ese pequeño viejo que se parece mitad a Michel Perrin y mitad a Andrieux, siempre sonriendo a un lado del sofá imperial. M. de Sacy, director del Journal des Débats, un mártir que amenaza, por lo que dicen, pasar por todos los sacrificios, incluso el de dejarse nombrar senador y subgobernador del pequeño príncipe imperial. La emperatriz: un maravilloso collar de diamantes, una blusa blanca, un chal de encaje, una falda roja con godetes negros y pequeñas medias negras: un vestido que le va y que la pinta, un vestido de gitana y de española, para nada imperial, pero de una fantasía un poco bohemia que le sienta deliciosamente; un atavío, para resumir, de mantenida con gusto. La mujer es encantadora, después de todo. Tiene dos ojos que no hacen más que sonreír, y gracia y gestos lindos y no sé qué de amable en la manera en que pasa frente a nosotros. Ni reina ni princesa: una emperatriz de las aguas, una emperatriz no de Francia sino de Bade. Si se quiere, María-Antonieta en Mabille. Vi pasar frente a mí, yendo al buffet, al alcance de mi mano, al emperador, lento, automático, sonámbulo, los ojos de lagarto que parecen dormir y no duermen nunca. Figura turbia: escucha de lado, mira de lado. Hombre durmiente, taciturno, siniestro. Tiene algo de conspirador, de prisionero, de golpista de Estado en su andar, en su mirada, en su aspecto. Tiene el aire de una falsa moneda, sorprendido por la noche en un bosque, representaría el Dos de Diciembre en el papel de un sargento de pueblo.

 

22 de enero

El comercio moderno ha llegado a esto: Bracquemond cuenta a Gavarni que tenía un amigo pagado muy bien por un almacén del pasaje de los Panoramas por imitar el silbido de la seda nueva al desenrollar la tela reteñida.

 

25 de enero

Flaubert oyó del médico del viejo Demidoff el cuento siguiente sobre su manera de coger. Demidoff en un sillón, dos lacayos detrás de él: uno con una tenacilla para azúcar de plata para volverle a meter la lengua en la boca. Duverger dice de él: “Su lengua sale siempre, su rabo nunca.” Los lacayos serios y en librea, con una servilleta en la mano. Un médico le toma el pulso. Delante de él, la Duverger desnuda. Entra un gran perro Terranova que intenta metérsele a la Duverger. “Rápido, rápido”, grita el médico en el momento en que Demidoff comienza a ponerse erecto. Y la Duverger se precipita y se la chupa.

 

Leer a los autores antiguos, algunas centenas de volúmenes, sacar notas sobre las cartas, escribir un volumen sobre la forma en que los romanos se calzaban o hacer notas sobre una inscripción, eso se llama erudición. Se hace uno erudito sobre eso y tiene todo. Pertenece uno al Instituto: hombre serio, profesor del Collège de France, rodeado de consideración, como un benedictino.

Pero toma un siglo más cercano a nosotros, un siglo inmenso, maneja un mar de documentos, remueve diez mil folletos, quinientos diarios, saca de todo eso no una monografía sino la reconstrucción moral de una sociedad, redescubre el siglo xviii y la Revolución en sus aspectos más íntimos, y no serás más que un amable fisgón, un curioso, un gracioso indiscreto.

El público francés no perdona que se provoque el interés en la historia.

 

26 de enero

 

Paso tres días con un aguafuerte de Gavarni. El aguafuerte absorbe por completo, atrae la vista, atrapa la mente, llena de agua el bolso de las ideas. Uno ve con gran nitidez la línea que traza la aguja. Un pescador de línea pescando en las jornadas de julio: uno pondría puntos en la metralla de las jornadas de junio. Es el embrutecimiento de la atención cuando alcanza la separación absoluta del mundo ambiente.

 

El hombre admirable que es Balzac ha dicho muy bien, en su Mercadet, que en política, uno llega a tener todo a partir de nada, ¡sin tener que mostrar, como en las demás profesiones, algún talento! Como mi amigo Louis Passy, que es el león del momento, ¡porque envió ordenanzas a constatar un rechazo de las listas electorales!

Leo en un muro un afiche: Escritos y discursos de M. el duque de Broglie… todos estos éxitos de hombres políticos serán la vergüenza de este siglo, cuya más monstruosa expresión es la reputación como historiador de M. Thiers y la reputación de escritor de M. Guizot. Todo eso a partir de Necker y sus Comptes rendus. Fue el genovés quien comenzó este comercio de escribir a favor de su ministerio y alquilarse como hombre de Estado. Richeliu, Choiseul eran pura acción.

Y luego, siempre, pienso en aquel que se ha hecho una reputación de hombre de Estado. Un gran hombre de Estado, M. Guizot, por haber perdido una monarquía. ¡Pero el primer imbécil que hubiera llegado habría hecho lo mismo! Un jugador que pierde no es un jugador, es un zoquete. De suerte que, para ser hombre de Estado, es suficiente hacer una estupidez más grande que la de los demás, en un teatro más grande que el de los otros. Elimina de una política el éxito, ¿qué queda?

 

Flaubert me contó una noche que su abuelo paterno, un buen médico viejo, había llorado en un mesón al leer en un diario la ejecución de Luis XVI, arrestado y a punto de ser enviado al Tribunal Revolucionario de París, fue salvado por su padre, entonces de siete años, a quien su abuela le hizo aprender un discurso patético que él recitó con gran éxito en la Sociedad Popular de Nogent-sur-Seine.

 

28 de enero

Cenamos esta noche en casa de la princesa Mathilde. Está Nieuwerkerke, un erudito de nombre Pasteur, Sainte-Beuve y Chesneau, el crítico de arte de L’opinion Nationale.

Una fisionomía muy inasible la de la princesa. Pasa por toda suerte de expresiones; los ojos indefinibles, con miradas que de pronto se clavan en ti y te perforan. De un espíritu como el de su mirada, de repente una agudeza, un punto de vista saliendo de una labia libre y personal, como por ejemplo, sobre un hombre, dice: “Tiene en los ojos el vaho de un espectáculo.”

Tajante en sus opiniones, detesta enormemente a Proud’hon y Paul et Virginie: “¡Demasiado tontos, ese par de bobalicones!”, dice de los dos amantes de Bernardin contra Sainte-Beuve, quien los defiende incluso con un punto de vista apasionado. Y al otro extremo, no puede sufrir cuentos como Candido, como el Huron que enloquecen a Mme Defly y quien no puede leérselos a la princesa sin reír de principio a fin, lo cual enfurece a la princesa que no comprende nada.

Regresando a la sociedad moderna que Sainte-Beuve defiende y que nosotros atacamos: a los salones literarios que faltan y que Sainte-Beuve dice que existen en algún lado, sin decir dónde, por ejemplo. Y la princesa: con su buena voluntad de divertir, de encontrar conversadores, personas a quienes ver y que no sean “pelmazos”: ¡a buscar a los conversadores de París! Paul de Musset, quien llega a las 9 horas deja caer tontamente el nombre de Du Camp: jamás hay que hablarles a las damas del pasado.

–¡Ah, aquél! ¡Yo lo he tratado! –dice la princesa, con un tono que corta el recuerdo en dos.

–Él está sufriendo –retoma de Musset.

–¡No será una gran pérdida! –Una frase lanzada para dejar ver en ella una frialdad, una implacabilidad neta y absoluta, terrible.

Citamos a Flourens. Ella lo conoció en Compiègne y con algunos trazos dibuja una silueta, la más ridícula del mundo, la sombra chinesca de un cortesano en la infancia. Figúrense que me dijo con aplomo, al darme el brazo para pasear, que era el día más bello de su vida. Le respondí que yo estaba disgustada ¡de que él hubiera llegado tan tarde! Y rió.

Después le pregunta a Sainte-Beuve sobre la posibilidad de que su protegido Doucet llegue a la Academia. A lo que Sainte-Beuve responde que él y sus dos o tres co-votantes no son nada en la Academia, que será Dufaure quien pasará porque representa, como dice el partido Guizot, “el puro talento de la palabra”, es decir, que es incapaz de escribir algo; que ellos no son más que tres o cuatro, incluso una vez… “Sí, lo sé, ustedes son los infelices de la Academia; yo los llamo ¡los pobres vergonzosos!”

Le pregunto si sigue en pie lo del traje de Salammbô para la emperatriz. Ella me responde con un tono muy frío para Flaubert: “¡Es imposible!”

Me acuerdo de una bonita frase de profunda experiencia que dijo sobre la sociedad cuando afirmamos que ahora era un centro, un salón de negocios: “Sí, no hay sociedad sin desinterés.”

 

No, no hay, pues nosotros cenamos con la princesa Mathilde, porque esta mujer espiritual, pero en el fondo tonta y falta de inteligencia como una mujer, fría como un Napoleón, tuvo yo no sé por qué la idea de vernos y la curiosidad de invitarnos: no fue para eso pero después de algún tiempo se desliza en nuestros pensamientos secretos. Los gobiernos tienen razón en ser escépticos, que la oposición, después de todo, no tiene más honorabilidad que el servilismo gubernamental, que la humanidad está a la venta y que la honestidad política es aquella que no ha tenido la oportunidad de caer o de prostituirse.

El hombre inteligente debe considerar al pueblo como una inmensa mayoría de imbéciles. Todo su talento debe dedicarse a meterlos al aro. Nada más, ni progreso ni principios; sino frases, palabras, chistes: es lo que poco a poco discernimos en el tiempo presente que un día será historia, completamente, como el tiempo pasado.

 

Las revoluciones, ¡una simple mudanza! Son las corrupciones, las pasiones, las ambiciones, las bajezas de una nación y de un siglo que sencillamente cambian de departamento con destrozos y gastos. De moral política, nada; él éxito como toda moral. He ahí los hechos, los hombres, la vida, la sociedad.

Busco una opinión desinteresada, no la encuentro. Uno se arriesga, se sacrifica por posibles puestos; se compromete uno por cálculo. Mi amigo Louis Passy está ligado a los de Orléans, porque ellos son su futuro. Igualmente todos los hombres que veo. Un senador tiene las ideas de su salario; un orleanista las convicciones de su ambición. Apenas habrá tres locos, tres puros en un partido.

Eso provoca a la larga una desilusión enorme, un hastío de toda creencia, una paciencia a todo poder, una tolerancia a los canallas amables –que veo en toda la generación de mi edad, en todos mis compañeros de arte, tanto en Flaubert como en mí. Uno ve que no hay nada por qué morir y que a pesar de todo hay que vivir, permaneces honesto, porque está en tu sangre, pero sin creer en nada sino en el arte, no respetar y no profesar más que la literatura. Todo lo demás es embuste atrapa bobos.

 

Recibo esta mañana la carta de un boticario, adjunto al ayuntamiento de no sé qué pequeño pueblo del Midi, que me pide mis libros para una biblioteca comunal. Solicita instrucción para sus conciudadanos.

Encuentro insolentes a este hombre y esta petición. ¿Con qué derecho quiere hacerles un bien a sus conciudadanos? Pretende proclamarse servicial, abnegado, bueno, mejor que yo que vendo mis libros. Estos individuos pululan, camina uno sobre ellos en estos tiempos, sobre esta gente que se desvela no tanto por el prójimo sino por la educación de las masas. Todo por el pueblo, es la divisa de Guizot y de la Gazette de France, de los doctrinarios, los economistas, los liberales, los imperialistas. Hay una fiebre por ocuparse de los pobres, por hablar de ellos y caminar sobre sus miserias para triunfar.

Un hombre que se interesa en los demás, a los que no conoce –de cualquier forma, sea queriendo reintegrarlos a las listas electorales, sea firmando por ellos– designándose, es un pillo, un tartufo de fraternidad. Dilucidemos lo dicho: el hombre mejor que yo es un canalla. Es proclamarse mejor profesar una opinión de progreso, ser liberal o republicano.

Sí, ahondando en nosotros, nosotros somos el Hombre: ir más allá de nosotros es afectación, interés. Nosotros tenemos una dedicación absoluta: nosotros dos, algunos afectos, uno o dos amigos. Nada nos ha amargado. No hemos atesorado la hiel de la miseria. Nos hemos sentido enfermos al ver un hospital. La muerte de nuestra vieja sirvienta nos dejó tristes. Un pobre obrero viejo, pálido por la enfermedad, que vino a poner las cortinas a nuestra casa, nos ha teñido de negro el corazón. Y sin embargo, no nos conmovemos más que de la miseria que nosotros vemos. No escribimos sobre el mejoramiento de las clases pobres. No recomenzamos por la antigua broma de Séneca escribiendo sobre la pobreza en una mesa de limonero de no sé cuántos miles de sestercios. El hombre que se interesa en la pobreza y en los pobres, y que tiene cien mil libras de renta, mucho de superfluo, como Pichat, es un farsante. En lo que tiene de apóstol un hombre, veo un saltimbanqui; en lo que tiene de santo veo a un Bilboquet; en lo que tiene de Dios, veo a un Roberto Macaire; en lo que tiene de mártir, veo a un Vidocq.

 

¿El progreso? Los obreros algodoneros de Rouen comen en este momento hojas de colza, las madres van a inscribir a sus hijas en los registros de prostitución.

 

31 de enero

En casa de Magny. Sainte-Beuve está feliz de haber pasado ayer unas horas de diversión familiar. Véron lo invitó, a él, a sus sirvientas y a su gobernanta a cenar, y los llevó a su palco en la Ópera: pequeños pasajes de viejas novelas de Paul de Kock.

La conversación versa sobre Planche. Presentado a Hugo por Sainte-Beuve a propósito de una traducción de la Ronde du sabbat, solicitada por un grabador inglés, lo encuentra instalado: no se va nunca. Ahora Planche no escribe, ¡sólo habla! “¿Cuándo se acuesta tu amigo?”, acaba por preguntar Hugo. Rubio, de muy buena figura, nada de nuca, nada de órgano de pasión. Ni el mínimo talento, para Sainte-Beuve, asombrado por los secuaces que tiene, sobre todo mujeres. Impotente con Mme Dorval, se tira sobre el parquet, quejándose tan desesperadamente que el portero lo escucha. Tramposo innoble, vivió a expensas de un cuñado de Flaubert durante cinco o seis años. –Y ése es el hombre al cual hemos hecho un personaje honorable, ¡el puro del aguardiente, el santo de la copita!

Después, sobre Michelet, Sainte-Beuve despotrica: “¿Su talento?” Engrandeció a algunos fulanos, lo contrario absoluto al buen sentido, formado por la charlatanería de Quinet; una originalidad laboriosa… Yo lo vi a los 40 años, laborioso: ¡nada en absoluto, nada de imaginación, nada de estilo! Hacía compendios para los colegios…” Y sobre la admiración de Flaubert, lo vemos montar en cólera, golpear la mesa con el puño, a pesar de la inflamación de las articulaciones que sufre hoy, maldiciendo, dice que todo ese histerismo de sus libros se debe a que no ha conocido más que una mujer: “¡Es el deseo del sacerdote!… que no encontró para Luis XIV más que Antes de la fístula y Después de la fístula…”

 

Después pasamos a la historia: “¡Lo que María-Antonieta debió sufrir con Luis XIV!” Tratos brutales: un día lanzó un adoquín a un campesino que dormía; otro día se pedorreó frente a un caballero que aspiraba a ser primer caballero de la cámara y que dice: “¡Fui nombrado!” A M. de Cubières le da una cachetada, y como durante el día llevamos caballos de Constantinopla, le da uno en recompensa: “Fue conmovedor”, dice en la tarde M. de Cubières.

–Mira, Veyne, ¿qué es esto? ¿Un absceso? –y le muestra su puño.

–No, es una inflamación de las articulaciones, ni siquiera gota.

–Yo no quiero hacer nada; es solamente para saber.

–¡Máquina despreciable el cuerpo humano! –decimos. Él la defiende, la encuentra muy bien hecha.

–¿Tuvo, sin embargo, mala salud en su juventud?

–¡Oh!, en mi juventud… Para comenzar tuve una vida que no era la vida de todo mundo. Yo me alimentaba mal… no lo suficiente… Había un elemento novelesco… tenía remordimientos por haber engañado a mi amante… Saben, yo me alimentaba mal: el remordimiento no es más que una debilidad física… Más tarde cambié eso: a una filosofía agradable y alegre…

Michelet trae la Histoire de César del emperador. A Sainte-Beuve se le escapa: “¡Es el mayor de los patanes! Se la hizo escribir… Hubiera esperado que no habláramos de eso.”

Rousseau le simpatiza mucho: esa alma de lacayo le habla a la suya. Lo defiende de todo con esta defensa: “Estaba enfermo…” Uno adivina perfectamente entre ellos una similitud de naturaleza. Algo de obrero de las letras en él. Compara a Rousseau con Raspail –quien rindió el más grande homenaje que él podía rendir al cenar con el padre de Flaubert sin creerse envenenado.

Flaubert y Saint-Victor sostienen la tesis de que no hay nada qué hacer con lo moderno. Es detener el sol. Nosotros, con Sainte-Beuve, lo negamos. La plástica se ha transpuesto, eso es todo.

 

No hay descripciones en Saint-Simon: los ojos no habían nacido en historia.

 

2 de febrero

Gisette me lleva, para reenviárselas a Saint-Victor, todas las cartas que él le envió. Me fuerza a escuchar dos o tres. Son encantadoras, escritas como su folletín: una pasión con un contorno literario, delicioso. Al irse Gisette, precintamos las cartas sin leer ninguna, a pesar de toda nuestra curiosidad de una prosa tal, autógrafa e íntima.

 

Hay dos clases de libros de historia. Aquellos que son populares y vacíos y que no leemos. Los otros, plenos, desconocidos, que leen algunas personas.

 

Un aspecto importante de este gobierno, el único que puede ser simpático, es que es un gobierno de vividores. Ha sido hecho de noche por gente que tiene el hábito de cenar en la madrugada. Es su única humanidad, la humanidad, el gusto por el placer de sus ministros y sus prefectos. Por lo menos tiene vicios.

 

Adorar a Luis XIV o mimar los derechos del pueblo, para mí es lo mismo: es la misma alma de cortesano. Hay tantas convenciones en nuestra sociedad como en la otra. Solamente que bajo un imperio, en lugar de convenciones de corte, de jerarquías, de etiquetas, como bajo una monarquía, hay convenciones de patriotismo, de igualdad, de hipocresía liberal.

 

9 de febrero

Ayer estuvimos en el salón de la princesa Mathilde. Hoy estamos en un baile de pueblo en el Élysée des Arts, en el bulevard Bourdon. Me gustan estos contrastes. Subir por la sociedad como por los escalones de una casa.

Es grande, mal iluminado, de una agitación sorda, de un movimiento taciturno. Los rostros grises, pálidos por las desveladas o la miseria; caras de pobre o de hospital. Hay mujeres jóvenes, vestidas de lana parda, de colores sombríos; nada de lencería blanca, nada de bonetes blancos, sólo bonetes oscuros; en ocasiones solamente un destello rojo del lazo de bonete o de cuello. Un aspecto general de vendedores, de mujeres del Temple expuestas al viento, piel de gato alrededor del cuello. En las caras, una pobreza más tierna todavía, la pobreza de la sangre.

Todos los hombres con gorras, con paletós, coloradas blusas de trabajador; los más elegantes tienen una bufanda sin anudar, cuyas puntas caen hacia atrás con un descuido canalla. Me parece que el tipo dominante de este mundo es el judío alsaciano. Los danzantes invitan a las danzantes sujetando por atrás las cintas de sus bonetes. Un conjunto horroroso: el vicio sin lujo.

Una contradanza se forma junto a la orquesta, que de inmediato rodeamos, enfrente la única mujer bonita del baile, una judía, una Herodías del tipo de aquellas que venden al anochecer papel para carta en las calles. Un hombre se pone a bailar un cancán prodigioso. Nos presenta, en una gimnasia furiosa, impresiones, caricaturas, moviéndose indecentemente, siluetas espantosas, bromas de alcantarilleros a la Daumier, un fondo de características innobles del pueblo del siglo xix: “Es Dodoche”, me dice con orgullo un pequeño gentilhombre frente a él… La mujer, la judía, levanta su pierna muy derecha; la vemos portar arma un instante, una punta de botín, una pantorrilla rosa. En la última figura, Dodoche, halagado por la mirada de los tres únicos hombres con sombrero de baile, la toma en sus brazos por la mitad del cuerpo y la arroja a la orquesta.

 

Miércoles 11 de febrero

Cena en casa de la princesa, con Sainte-Beuve, Flaubert, Nieuwerkerke, Reiset, del Louvre, M. y Mme Pichon, que sabe persa y te mira con unos ojos histéricos de cuarenta años.

La princesa, nerviosa, demoledora:

–Cuando leí a Vaulabelle, estuve furiosa todo el día.

–Lo ha leído hoy, princesa –dice Nieuwerkerke.

Sí, hay algo de italiana en esta mujer, y mucho –de la desavenencia italiana de Bonaparte.

En la noche, arrebato contra Monnier (Henri) y furiosas teorías sobre lo bello en el arte.

Sainte-Beuve, cuando se nos escapa alguna frase mordaz o maliciosa, nos mira un poco como si fuéramos serpientes; nos da la mano, meloso, pero con una suerte de reserva.

El regreso con Flaubert, alargamos la media noche, una media hora, antes de subir al coche de plaza. Charla sobre su novela moderna, en la que él quiere que entre todo, el movimiento de 1830 –a propósito del amor de una parisina– y la fisionomía de 1840, y 1848, y el Imperio: “Quiero meter el océano en una garrafa.” Procedimiento singular para escribir una novela, atrapado por la arqueología, ¡lee a Véron y a Louis Blanc!

 

De lo alto del mundo a lo bajo del mundo, el pueblo de la alta sociedad, jamás un hombre o una mujer nos ha agradecido haberle proporcionado una noche de alegría, tres o cuatro horas de júbilo interior: hombre y mujer agradecen más una moneda de cien sous.

 

El comité del Théâtre Français: o recibir los grabados como pinturas.

 

Al leer los prefacios de Molière, noto la familiaridad, la casi camaradería del autor con el rey. La adulación misma escapa a la bajeza por una suerte de forma mitológica del cumplido. La dignidad del escritor ha decrecido después, al menos en el tono. Ahora, del poder al autor hay la distancia del amo al sirviente.

 

14 de febrero

No hay cenas más agradables que nuestras cenas del sábado. La conversación se mete con todos. Nadie se libra. Nieuwerkerke, que hoy va y viene, se presenta como un tipo del régimen, bello, con una belleza de Hércules y de perro bueno, provoca placer mirarlo, encantador en la superficie, inconmensurablemente vacío en el fondo, un hombre, excepto su espíritu, del siglo xviii, el más amable de los egoístas, epicúreo, feliz de haber sido muy amado, de tener una buena posición, de ser muy solicitado por los artistas, de ser chambelán, de ir a las cacerías de Rambouillet; por lo demás, se ocupa únicamente de la mujer, no ve en el arte más que el aspecto galante; en el fondo sólo está interesado en las pequeñas obscenidades graciosas, y cuyo ideal, si osara reconocerlo, serían las postales de Rigolboche.

Hay un nuevo invitado, llevado por el doctor Veyne. Es Nogent-Saint-Laurent, el abogado. Debuta diciendo tres frases, tres tonterías, tonterías que no se le escaparían a un hombre, que surgen del fondo y lo retratan. Un rostro ancho y aplastado. Uno presiente al imbécil, al intrigante, al hombre inferior venido de abajo.

Sainte-Beuve acaba de componer tres medallones de Royer-Collard, Pasquier, etc. Respeta mucho las frases consagradas, y la última frase inédita de Royer-Collard, escuchada por Veyne mientras lo velaba en su enfermedad. Como su doméstico estaba obligado a hacerlo orinar: “El animal no quiere”, dice él, mascullando. Sobre ese asunto, todos, Flaubert, Saint-Victor y nosotros, nos recreamos con todas las frases que se dicen de aquellos que pasan por la conversación y que no tomamos en cuenta; sobre la injusticia de la reputación de toda esa gente que se beneficia de su posición política, de sus partidos, de sus principios. Citamos las magníficas palabras de Grassot a su rabo, que se esconde: “Pero, ¿eres estúpido? ¡Ven aquí, que es para mear!…” Y nosotros logramos cubrir las frases de ese gran presumido con las palabras de ese gran farsante.

En el fondo, esta independencia absoluta de nosotros –es decir, frente a la posteridad– de todo lo que es oficial, consagrado, académicamente reconocido, debe trastocar muchos hábitos del espíritu, tanto religiosos como de pequeñas supersticiones de respeto, de Sainte-Beuve. Debemos parecerle hombres de otra raza, de otro siglo, de otras costumbres. A pesar de su auténtico amor a las letras, él siempre se ha sometido, en ocasiones vilmente, a la consideración de situación, de posición, de nombre político del escritor, del historiador, del orador, del conversador mismo. Él no tiene la independencia atrevida de nosotros, que permite juzgar al hombre por su propio valor, un Pasquier en su inanidad, un Thiers en su insuficiencia, un Guizot en su profunda vaciedad.

Nogent-Saint-Laurent es de la Comisión de la Propiedad Literaria. Lo es a perpetuidad. Beuve se declara con presteza en contra: “Ustedes están pagados por la vanidad, por la resonancia. Pero tendrían que decir: ‘¡Tómenla, tómenla! ¡Serán muy felices si la toman!” Flaubert exclama, yéndose al extremo contrario: “¡Yo, si hubiera inventado el ferrocarril, habría querido que nadie subiera a él sin mi permiso!” Sainte-Beuve, sacado de sus casillas, declara: “¡Es como las otras!.. No es necesaria la propiedad. La propiedad literaria, ¡tampoco las otras! Es necesario que todo se renueve, que cada quien haga lo que le corresponde. ¡Basta de propiedad!… ¿Es que algo pertenece a alguien? ¡Nosotros somos átomos!… La humanidad va de tonterías en tonterías cada vez menos burdas.”

En esas pocas palabras, surgidas de lo más secreto y de lo más sincero de su alma, veo al revolucionario solterón empedernido. Sainte-Beuve se me presenta, en ese momento, con la pasta, y casi con la cabeza, de un Convencionalista nivelador. Veo el fondo del espíritu destructor que, rozándose con el mundo, el dinero, el poder, ha concebido un odio sordo, incubado en la hiel, una envidia recosida que se extiende a todo, a la juventud, a la conquista de mujeres, a la belleza de su vecino de mesa, Nieuwerkerke, que se ha acostado con verdaderas mujeres de mundo sin pagar.

Hablamos de la mujer, el amor, el culo. “Para mí, dice Sainte-Beuve, mi ideal, son los ojos, los cabellos, los dientes, las espaldas y los culos. La mugre me da igual, me gusta la mugre.” Una gran discusión se entabla: si la mujer no llega a disfrutar sino hasta una cierta edad. Sainte-Beuve emite la teoría, falsa, de que cualquier hombre puede hacer disfrutar a la mujer y de que el hombre no debe entregarse más que así mismo. Luego hablamos de la mujer en la noche, del bonete que las mujeres honestas se ponen: “Yo no me he acostado, entonces, con una mujer de mundo. Las mías jamás se han puesto un bonete en la noche. No he visto más que redecillas. Además, a causa de mi trabajo, jamás en la vida he dormido toda la noche con una mujer.” Expresa una enorme indignación contra la depilación de las mujeres en el Oriente: “¡Eso debe parecerse a la papada de un cura!”, exclama Saint-Victor, apoyándolo. Y el incidente finaliza con una violenta declaración de odio de Sainte-Beuve a ¡ese Oriente que mutila todo!..

La conversación prosigue y vuelve a la literatura. Surge el nombre de Hugo. Sainte-Beuve salta como si lo hubieran mordido, fuera de sí: “¡Un charlatán, un farsante! ¡Él fue el primer especulador de la literatura!” Y como Flaubert dice que es el hombre en cuya piel más le hubiera gustado estar: “No en literatura, responde con razón, uno no quisiera, no podría ser él; uno quisiera apropiarse de ciertas cualidades, pero seguir siendo uno mismo.”

Por lo demás, no le niega a Hugo un gran don de iniciación: “Él me enseñó a hacer versos… Un día en el Louvre, delante de las pinturas, me enseñó sobre los cuadros todo lo que he olvidado después… ¡Un temperamento prodigioso el de ese Hugo! Su peluquero me dijo que el pelo de su barba era el triple del de cualquier otro, que el bulbo tenía tres pelos, que rompía todas las navajas de afeitar. Tenía dientes de lince. Quebraba los huesos de durazno… y junto a eso, ¡sus ojos! Cuando él estaba escribiendo sus Feuilles d’automne, nos subíamos casi todas las tardes a las torres de Notre-Dame para ver las puestas de sol, lo cual no me divertía mucho –él veía desde lo alto, desde el balcón del Arsenal, el color de la bata de Mlle Nodier.”

Ese temperamento puede ser la fuerza para el hombre de genio. Pero todos olvidan, a nuestro lado, que junto a este vigor había un defecto, la tosquedad. La tosquedad de la salud de los hombres de genio pasa a su genio. Para las delicadezas, las melancolías, las exquisiteces de la obra, las fantasías raras y deliciosas sobre la cuerda vibrante del alma y del corazón, hace falta un rincón enfermo en el hombre. Hace falta ser como Heinrich Heine, el cristo de su obra, un poco un crucifijo físico.

 

15 de febrero

Sainte-Victor, atormentado por Lia para ir al baile de los artistas a la Porte-Saint-Martin, dice en voz baja: “La paz del loto, eso es todo lo que pido.” –“¡Eh!, dice Lia, ¿qué dijiste?”

¿Para qué una amante si tiene uno un libro?

 

17 de febrero

Vamos con Flaubert al pequeño baile de máscaras “íntimo,” ofrecido por Marc-Fournier, el director de la Porte-Saint-Martin, en la Porte-Saint-Martin. Llegamos antes de que sean encendidas las velas en el apartamento de Fournier. Un salón, un comedor, un pequeño salón de carácter de un gusto puta renacentista, de un Enrique II de café, con mamarrachadas sin título, de alguna escuela, en los muros: departamento decorativo, el deslumbramiento de cartón piedra de un Robert Macaire del drama.

A un lado ponen las mesas, arreglan el buffet. Los reposteros, como de pantomima, llevan cestas y paneros con botellas. Abrimos una puerta, nos damos cara a cara con el público que se pasea en un entreacto de Bossu. Arriban los comediantes, serios, graves, almidonados, en concienzudos atavíos de personajes, tristes como un niño disfrazado molesto dentro de su vestido.

Luego Fournier, vestido todo de negro, de Carlos IX mezclado con Francisco I, una pluma en su birrete, sonriente, prometiendo librarse a los placeres, la apariencia de un hombre que camina dormido. Detrás de él una chaparra, su amante, una bailarina de su teatro, la pequeña Mariquita, como paje, ella también vestida toda de negro.

Llegamos, y pronto el salón está lleno. Se parece a esos cuadros de la Humanidad que venden en los muelles, en los que se ve al mundo en todos sus atuendos. Una dama llega, vestida de violetera, y les da a las damas ramilletes de violetas. Siempre extraña y galante esa máscara: ¡La desconocida! Me parece que es la máscara de Venecia.

Al fin la sala se abre. Pasamos por el corredor de palcos cerrados, tapizados de rojo. Subimos por la escalera a los bastidores del teatro; saltamos a la tarima. El telón se levanta, la escena está rodeada por tres escenarios paradisiacos. La orquesta, sobre el escenario del fondo, completamente disfrazada, dirigida por su director vestido de viejo gendarme, toca Le pied qui remue. Y la bailamos.

Hay turcos de Carle Vernet, bayaderes de Chopin, zuavos, circasianos, bretones, mosqueteros, mujeres vestidas de cualquier cosa y desnudas de cualquier otra; pantorrillas, pechos, seda, terciopelo, lazos, un arco iris sacudido por la música. Casi todos ahí tienen un nombre, casi todas esas piernas han abrasado la tarima. Una verdadera danza de familia ahí dentro, como obreros que bailan. Uno se divierte por divertirse. La decencia de la gimnástica del cancán. Nada de obscenidades, como en el baile de la Ópera, nada o poco despelote: nos conocemos aproximadamente, sabemos dónde encontrarnos y reencontrarnos. Uno no viene a hacer negocios. Uno muestra su traje y lo suda. Guiraud, el pintor, que está ahí, nos dice que de todos los bailes oficiales de disfraces que ha visto este año, éste es el que ha visto menos descotado en palabras y en espaldas.

Pasan extraños grotescos, bomberos de suburbio en mallones color carne, con horribles tumores simulados en las canillas. Todos se dan a conocer por su traje. Melingue, de monje negro, y Gil-Perez de colegial estudioso. Un horrible soldado de infantería de nariz virulenta aparece: es Fournier en su segunda transformación. Pasando de Francisco I a chicard, a medio camino entre Fontainebleu y la Courtille. Scholl pasa con su nueva amante, la Ferraris, del Varietés, una muchacha encantadora, de una belleza animal, en su traje de campesina me da la impresión de la Cruche cassée de Greuze, fotografiada sobre un cuaderno de papel de cigarrillos.

El viejo Méry viene a hacer el payaso y a recitar no sé cosa estúpida sobre el relato de Terámenes. Después se levanta un teatro de marionetas y todas las mujeres se sientan en el balcón alrededor del estrado donde se representa la parodia de Bossu.

Desde un costado, y mirando hacia abajo, el espectáculo es encantador. Es un conjunto blanco y rosa. Hay sombreros blancos, ojos que brillan como diamantes, Saint-Esprit de campesina en los pechos, gasas ahuecadas de las faldas de donde salen las piernas, los tobillos, los botines verdes o rosas, los suaves cabellos empolvados como de marabús. Las mujeres que no tienen lugar se sientan en las rodillas de otra. Un pedazo de rostro en la esquina de un tricornio. Los adornos de oro de una hombrera de bailarina española brillan entre los lazos sueltos en la espalda de una folie. Es un potpurrí extravagante de modas bajo el fuego claro y destellante de los candiles, un ramillete de mujeres bonitas –jamás vi una reunión así, y casi ninguna fea– atado por el carnaval con el arco iris.

El baile recomienza. Fournier reaparece sobre las gradas del estrado, invitando a disfrutar, las mangas levantadas en el aire, blandiéndolas como una espada bajo su traje de Pierrot; porque, esta vez, es Pierrot, mitad negro y mitad blanco. Desciende, tropieza, gira a la derecha, a la izquierda, rueda, cae en los brazos de Flaubert. Las damas se apartan. Está ebrio –ebrio de su vino y de su fiesta, de Bossu, cuyos números lo salvan, de este sueño, del ruido, de todo este marco deslumbrante de alegría–. Él está fantástico, así, ideal, shakesperiano, mezcla de Hoffmann y Balzac, Mercadet y Sardanápalo, un Pierrot de Les Funambules en la apoteosis de una caída, me imaginaba a Balthazar escribir detrás de la caída: ¡Clichy!

Voluptuosidad del lugar, de las mujeres, de los lienzos, de los bastidores, de todas estas esbeltas y delicadas mujeres, que invitan a todos los caprichos que han provocado y, en los ojos, el reflejo y la flama de todas las miradas que han alterado, complacientes y amables, sonrientes, al ataviarse de alegría con sus trajes, apasionadas y apetitosas –los más lindos animales del mundo–.

Regresé por la mañana. Eran las ocho. Se bailaba todavía. Los comerciantes comenzaban a aparecer en papillotes en las puertas de sus negocios. Las tiendas sin abrir todavía. Los escaparates aún cubiertos de sarga verde. En las puertas de los restaurantes, las conchas de las ostras se echan a las carretas. Bajo el Maison d’Or, un trapero recoge los limones tirados. Entierran la noche. En el aire flota todavía, vagamente, el sonido apagado de las trompas del mardi gras. Se levanta, en el frío, un día magnífico de invierno; y al final de las calles todavía azules de vapor, en ese cielo pálido y ya brillante, en esos lienzos rosados de las paredes, en esas ventanas donde la rosa estalla, en esta luz que se levanta y este cielo limpio como el fondo de una acuarela, de rosa, de azul, de blanco, me parece ver cómo se funde mi visión de la noche, esos vestidos, esas medias, esa carne, esas mujeres, ¡la decoración del carnaval!

Un hombre, vestido de blanco, se me aproxima y me pregunta si soy hombre de letras; luego me pregunta mi nombre y me dice que es para una dama. Le pregunto a Lia Felix quién es: me dice que es un figurante.

Charlo en el asiento del simón con el cochero. Es un saboyano. Al llegar a París atendía a los albañiles de las diez de la mañana a seis de la tarde: cincuenta sous; cenaba, se acostaba a las siete, se levantaba a media noche, lavaba los coches hasta las seis: cincuenta sous. Eso le daba cien sous.  –Curso para convertirse en cochero; un camarada le aconseja darle 15 francos a M. Tardieu para tener pronto sus papeles: “monsieur, una solicitud de la rue de L’Est”, con un peluquero, es ahí donde M. Tardieu atendía; ahora curso de tres meses. Se tumba en el bordo de la cochera, cerca de la barrera de Courcelles. “Dar la vuelta a la compañía.”

 

Historia de Mélingue contada en Londres, un día de invierno –Mélingue, acostado sobre una alfombra, frente a la chimenea, le contaba a Gavarni de su juventud, hablaba religiosamente de su viejo padre, un aduanero marino, permaneció impasible ante sus triunfos durante la semana que pasó con él en París y en el último momento, por la portezuela de la diligencia, le envía besos.

En su choza de aduanero, Mélingue encontró a su muerte un montón de borradores de letras: había aprendido las letras para escribirle.

 

Sábado 21 de febrero

Me topo con Scholl, quien me dice que ha sido arruinado por la Ferraris, que va a huir a Bordeaux para romper, que eso no puede durar. Viene de ir a pedir un donativo de dos mil francos al ministerio de Instrucción Pública. Está en el ajo, como los grandes pordioseros y como los pobres que no son vergonzosos. Pensé que los socorros de Letras iban a desafortunados singulares.

 

Cené en casa de Charles Edmond con Got, un actor que parece lisa y llanamente un hombre cualquiera, y Neffizer, un grueso germano bonachón, de tez fresca, rosa, mirada de niño, risa de alemán –una gruesa naturaleza fina–.

Flaubert en sus charlas con las mujeres resulta algo obsceno, lo que disgusta a las damas, y también un poco a los hombres.

 

22 de febrero

En casa de Flaubert, la Lagier, una charla vulgar, de estética escatológica. Hablamos de las actrices descompuestas del vientre, mierdosas, cagonas, diarreicas, las mujeres que pierden el esfínter, según sus palabras: George, Rachel y Plessy, las tres glorias de esta serie.

Después vamos a las marranadas de Frédérick, en las que hay marranadas mezcladas con maldades de locura –llenándose la boca con vino y escupiéndolo cuando ya no lo puede retener; siempre con una botella de bordeaux en su bolsa; el actor de los eructos y los pedos, escupiendo sobre todo, sobre su ropa de satín blanco… Tenía un doméstico, un alcohólico llamado Victor, siempre ebrio como su amo, el cual un día le dijo a Lagier, quien esperaba a Frédérick, esta bella frase de borracho: “Que este péndulo me sirva de veneno si monsieur no regresa.”

Esta mujer tiene un barniz de todo lo que hay en París de sucio, de dudoso, de sospechoso, de siniestro. Ella resplandece hundida en un fondo de abyección. Así, está en relación con un pederasta de nombre André, quien obtiene por sexo 1,800 francos durante la temporada de baile de la Ópera. Nos cuenta lo que hace para hacerse pescar, esos hombres se hacen pechos: con bofes, los hierven y los moldean en forma de tetas. La otra tarde, André estaba furioso: un puto gato, así se expresa en su dialecto franco-germánico, se comió una teta que había puesto a enfriar en el canalón de su buhardilla.

Cenamos en el gran gabinete 18, en el Maison d’Or. Los muros están adornados con odiosas imitaciones de Watteau, con reflejos de nácar como papel secante escocés. Resulta horrible verlas.

La conversación va, dirigida por Sari y Lagier, al carácter de los cómicos ramplones, a las gracias de los Christian, de los Alexandre Michel, de los Bache: la flor de la podredumbre, más baja y más degradante que el argot, esta lengua hecha de idiotismos convenidos, de frases que no tienen ningún sentido, de palabras descarriadas, locuciones sexuales, la distancia que hay del presidio al foyer del comicastro. El argot, por lo menos, huele a ajo; se nota el capuchón. El público, por lo demás, ha fomentado a estos farsantes. Tolera, parece, en la Bouffes que los actores corten de repente la pieza para hablar de sus asuntos, y reprochen a una actriz en escena que se haga fotografiar en la matiné.

Me convenzo, escuchando a Sari exponer sus planes de futuro director de vodevil, que no hay nada más tonto que un director de teatro, incluso aunque no lo parezca, como Sari. La literatura que quiere llevar al vodevil es, sencillamente, una Rigolbochada. Obra de vulgaridades, de postales en la escena, he ahí su ideal. Lo único que le falta a esta gente es el valor de una opinión: ¡que tengan una “casa” es lo más simple!

Hablamos del éxito en el teatro y resumimos: “una epizootia”. Hablamos de teatro y Lagier la define crudamente con una frase: “Es el ajenjo del burdel.”

A propósito de pederastia, sobre las costumbres rusas, ella nos cuenta esto. En San Petersburgo se relacionó con un hombre joven de una importante familia, llamado Aliocha, el cual le dice: “Intenta saber qué tiene mi hermano. Está enfermo y no me quiere decir de qué.” Lagier apapacha y sonsaca al joven, muy joven y encantador, quien al principio no quiere decir nada. Por fin, presionado, reconoce que ama a un guardia de sus amigos, alto, de seis pies, de nombre de Groot, y con su voz dulce de ruso y de querubín, emocionado, le dice: “Moriré por él.” Era una moribunda a la que le anuncian el hombre que ama. Él le hace sugerencias a De Groot; pero en Rusia, entre amigos, eso, por lo que dice Lagier, no tiene consecuencias. Sin que De Groot tenga la caridad de prestarse para nada a sus deseos, Aliocha muere poco después de postración. ¡Era, ese joven, El hombre de las camelias!

 

El poeta, antes de nuestros tiempos modernos, era un perezoso, un vagabundo meditativo y adormilado. Se ha convertido en un trabajador, siempre trabajando, siempre tomando notas, como Hugo. ¡El genio tiene ahora un cuaderno de apuntes!

 

Viernes 27 de febrero

Suzanne Lagier nos invita a cenar a Flaubert, Saint-Victor, Cavé, Sari, Gautier y nosotros, a su nuevo departamento de la rue Saint-Georges. Está en un edificio de mantenidas, en el cual las puertas, en cada descansillo, están al lado una de otra. Parece un colombarium de prostitución.

El departamento de Lagier: el mobiliario es de un gusto que podríamos llamar Renacimiento de damisela, Henri II de burdel, castillo de Blois en un bidé.

Siempre en casa de esta mujer que se torna elefante y bella desbulladora, con esa lengua tupida que suena a un Rabelais rufián, dice del cuello de Nestor Roqueplan: “¡Tu cuello es tan suave! Es como satín de dieciocho francos. Mi culo no es más que de catorce.”

Llega un pequeño Monsieur flaco, rojizo, en un pobre traje negro bajo un paletó gris de cochero: es Blum, uno de los autores de boui-boui de Sari. Tiene algo de zapatero de habitaciones y empleado despedido de pompas fúnebres. La censura acaba de rechazarle una obra y Sari nos cuenta todas sus desgracias con la censura, que quita prostituta en sus obras para poner cortesana.

Después viene la leyenda de Walewski y su famosa historia con Dennery a propósito del Marchand de Coco suspendida. Dennery va a ver a Walewski, le dice:

–Monsieur le ministre, tengo una pieza titulada Le marchand de Coco

–¡Coco! –dice Walewski.

–Sí, el vendedor de coco, de las costumbres populares…

–¡Coco! –y Walewski canta la palabra.

–Sí, así es. El coco sabe usted…

–¡Coco! Y Walewski mira su alfombra obstinadamente.

–El coco se hace con regaliz…

–¡Coco! ¡Coco! –dice Walewski con un tono más profundo, más sorprendente.

Dennery, presa de los nervios, gana la puerta y regresa a ver, con Doucet, a Walewski. Él repite una y otra vez: “Coco, coco, coco…”

Hay, sobre la chimenea, auténticas velas de mujer y de boudoir, velas diáfanas, de una transparencia como de rocío, velas inglesas: están hechas para arder delante de las desnudeces y el libertinaje.

Nos sirve la cena una pequeña criada, una verdadera filipina de ese mundo lejano. No tiene edad. De cerca tiene el rostro plisado, como de un viejo mono o un pequeño botones.

Se cuenta esta bella frase de cornudo, de Belleyme enterándose de que su mujer vive con Tardieu: “¡Por fin!, ya puedo, por lo tanto, despedir a Joseph!” Era su doméstico, mantenido en la casa por su mujer.

 

28 de febrero

Es la cena en casa de Magny. Charles Edmond lleva a Turgueniev, ese ruso de tan delicado talento, autor de Mémoires d’un seigneur russe, de Antéor, del Hamlet russe.

Se trata de un coloso encantador, un gigante agradable, de cabellos blancos; tiene el aire de un viejo y dulce genio del bosque o de la montaña; el aspecto de un druida o del viejo monje de Roméo et Juliette. Es bello, pero no sé de qué clase de belleza venerable, tan bello como Nieuwerkerke. Pero los ojos de Nieuwerkerke son azules de canapé: del azul del cielo, los ojos de Turgueniev. A la benevolencia de la mirada se junta la caricia y el canturreo del acento ruso, algo de la cantilena del niño y del negro.

Modesto, conmovido por la ovación que la mesa le da, nos habla de la literatura rusa, plena de estudios realistas, después del teatro y la novela. El público en Rusia, gran lector de revistas. A Turgueniev y a diez más, que nosotros no conocemos, les pagan, y se ruboriza al decírnoslo, 600 francos la hoja. Pero por el libro se paga menos, apenas 4,000 francos.

Se suelta el nombre de Heinrich Heine, nosotros lo recogemos y afirmamos nuestro entusiasmo por él. Sainte-Beuve, que lo conoció bien, dice que el hombre era un miserable, un pícaro, luego, ante la admiración general, se calla, se bate en retirada, se refugia detrás de sus dos manos con las que se cubre los ojos y se vela el rostro todo el tiempo que se elogia a Heine.

Baudry nos dice esta bella frase de Heinrich Heine en su lecho de muerte. Su mujer, a su lado, rogaba a Dios que lo perdonara. “No tengas miedo, querida, me perdonará; es su oficio.”

 

Vamos, al salir de ahí, a la primera representación de Marengo. Uniformes, pantorrillas, bailarinas, un cañón, un tambor. ¡Esos espectáculos son la gloria del salón! Es, para la imaginación popular, un follón de soldados. Es el Gros 8 en la escuela militar, bajo un fuego de bengala.

En el gran palco del frente se iluminan los rostros de la Duverger y Demidoff, con su cabeza de mujik, sus cejas fruncidas, sus cachetes que cuelgan. Pienso en sus amores, en los domésticos, ¡en el perro! Hay, en este momento, en París, una invasión de viejos en el comercio amoroso. No sé qué costumbres salvajes y abyectas aportan los millones de los Urales, de Brasil, de Moldavia, el priapismo o la enfermedad de la médula espinal de los monos de América o de los cosacos de Siberia. París se convierte en una suerte de Palais-Royal en el que la plata exige crudamente, como Blücher, una muchacha. El placer en París, en unos pocos años, ya no será francés.

 

1 de marzo

Éste es el último domingo de Flaubert, quien parte a Croisset para enterrarse en el trabajo.

Un monsieur llega, delgado, un poco rígido, con un poco de barba; ni pequeño ni grande, ni mandón, ojos azules bajo sus anteojos; un rostro descarnado, apagado, que se anima al hablar; una mirada que se vuelve atractiva cuando escucha, de palabras suaves, fluidas, que caen de una boca que enseña los dientes: es Taine.

Como conversador, es una suerte de agradable encarnación de la crítica moderna, muy culto, amable y un poco pedante. Un fondo de profesor –uno no se libera de eso–, pero salvado por una gran simplicidad, en acuerdo con el mundo, una atención concentrada y una agradable entrega a los demás.

Se burla levemente, junto con nosotros, de la Revue des Deux Mondes, donde un suizo corrige a todo mundo y es rudo con todos sus escritores. Nos cuenta esta simpática historia de un artículo de M. de Witt, el yerno de M. Guizot, quien perdió la batalla por hacer aceptar la primera palabra de un artículo: “La moda se encuentra en las memorias.” Bouloz no quería de ningún modo que un artículo de la Revue des Deux Mondes comenzara por esa palabra, moda. Él mismo se ve obligado a discutir para no ser recortado o modificado: se le indican los lugares donde “son necesarias las generalidades…” Cosas singulares y vergonzosas de estas horcas caudinas del estilo, sufridas en el siglo xix por los más grandes, los más famosos, ¡Rèmusat tanto como Cousin! La dignidad del hombre de letras, como se dice, ha disminuido: las democracias la degradan.

Como hablamos de lo que nos había dicho Turgueniev la víspera, que no había más que un hombre popular en Rusia, Dickens, que después de 1830, nuestra literatura ya no tenía ninguna influencia, que todos se fijaban en las novelas inglesas o norteamericanas, Taine nos dice que para él no hay duda de que el porvenir seguirá ese camino, que la influencia literaria y científica de Francia seguirá disminuyendo, como ha disminuido desde el siglo xviii; que en Francia hay, en todas las ciencias, diez hombres notables, una linda vanguardia del ejército, pero nada detrás, nada de tropas, lo cual ha sido siempre la historia de París y la provincia… “Hachette se ha negado a gastar en una traducción de la Histoire romaine de Mommsen, y tuvo razón. En Alemania se publica, en este momento, una edición maravillosa de las obras de Sébastien Bach: de mil quinientas suscripciones, diez son francesas.”

Nos cuenta sobre Montégut, a quien él conoce muy bien, sobre ese siervo literario de la Revue des Deux Mondes completamente chupado por ella, las cosas más raras. Las alucinaciones de la hipocondría: por ejemplo, creía que una mujer que vino a su casa era un hombre enviado por el gobierno para deshonrar a un escritor liberal. Hacía probar a sus amigos el agua que bebía por temor a ser envenenado. Que creía que un escritor que escribía sabios artículos llamados con ese bello título de una profundidad tan razonable: De l’homme éclairé? –a quien comparamos con Saint-René Taillandier:

–Es desagradable también, pero Montégut cae de más arriba.

–Barbey d’Aurevilly decía eso ya de no sé quién más –nos dice Saint-Victor.

En la tarde, en la comida, hablamos de las donaciones al clero, de mano en mano, que escapan a la justicia. M. Tresse, notario, le dijo a Claudin que en 1852, siendo ministro de finanzas, le había dicho que diecinueve partes de veinte del 3% al portador caían en manos del clero. Las Pequeñas Hermanas de los pobres, que habían comenzado con siete francos, tenían ahora 80 millones en bienes: “¡Qué cocido infernal! –dice Saint-Victor–. Sería curioso conocer la suma que le ha costado al mundo tener un paraíso.”

 

7 de marzo

Scholl cae en nuestra casa, siempre con ese campanillazo que anuncia un acontecimiento. Llega de Bordeaux. Él se salvó, al romper con la Ferraris, quien le costaba un dineral: quería que le endosara diez mil francos en billetes para su tapicero.

Y, naturalmente, él se queja de ella como de todas las mujeres que ha tenido y de todos los amigos que ha tenido. Una mujer encantadora a solas, según nos dice, pero insoportable cuando había alguien. Durante los últimos tiempos, ella se emborrachaba y se ponía mal: “Lo que me hacía representar un papel sumamente ridículo, saben, ¡la del monsieur que lleva a la mujer que vomita!”

Acaba de comprar en Bordeaux seis mil francos de vino, pagaderos el mes de noviembre, que va a vender con descuento para vivir. Puesto que no sabe cómo traerlos: “¿Pero cuánto has gastado este año? –No sé. Recibí 20,000 francos: 9,000 del Figaro, 2,500 de Bénazet, 2,000 de Briguiboule, 2,000 de L’Europe, 2,000 de Porcher y mi padre me envió 6,000.”

 

Domingo 8 de marzo

Claudin llega agotado a nuestra comida del domingo. Pasó la noche en una cena de actrices, donde se sorprendió mucho de ver al antiguo brazo derecho de Persigny, Imhaus, casado, padre de familia. Él presentó a Schneider Koenigswarter, un diputado, quien en recompensa prometió indicarle buenos negocios. Así está el mundo…

Hablamos de la golpiza de Didier a Villemessant, “quien anuló el baile del cual me había nombrado comisario, con la flor y nata de la gente corrupta de París. Yo no habría, naturalmente, puesto los pies ahí”. Establecemos cronológicamente las bofetadas y golpes recibidos por Villemessant y llegamos a la historia del cantante Bataille. Mme Jouvin, hija de Villemessant, se enamorisca de él, Villemessant no encuentra algo mejor que hacer que lo critiquen en el Figaro. Pero el cantante, al encontrar mal esta forma de Villemessant de velar por el honor de Jouvin, fue a buscar a Villemessant, le dijo que el dejaba su talento a la crítica del Figaro, pero que sabía por qué lo atacaba, que sabía que su hija lo amaba, que él jamás la había visto, y –fin final– la paliza a Villemessant.

Sobre Boissieu: Saint-Victor lo llama Rembrandt miserable.

 

Nada les hace más falta a las mujeres que una llave en el ombligo, una llave de estufa a la que uno le daría vuelta y les impediría tener hijos cuando uno no quisiera tenerlos con ellas.

 

El remordimiento de un crimen debe ser espantoso para un portero. Su conciencia debe despertarlo en la noche a cada tirón del cordón de la puerta. Habría que hacer algo terrible o grotesco con eso, una balada a la Poe.

 

Tal vez sólo haya una cosa realmente existente, algo que verdaderamente se encuentra en la vida, el sufrimiento físico. Todo lo demás es imaginación, ilusión, sensación a medias.

 

Evidentemente los críticos fueron creados hasta el séptimo día. Si hubieran sido creados el primero, ¿qué hubieran podido hacer?

 

La igualdad es una palabra escrita en la portada del código civil, en todas nuestras leyes, en todos los programas sociales. ¿Y qué desigualdad más terrible y más inicua que la desigualdad frente al dinero, la desigualdad frente al servicio militar? Si tienes dos mil francos, envías a alguien a que se haga matar en tu lugar; si no lo tienes, eres carne de cañón.

 

El coloreado de los Gavarni lo hace un hombre llamado Henry, que colorea cada maqueta por cuarenta sous. Cuando las trae y las somete a Gavarni, Gavarni le dice: “Yo no podría haberlo hecho mejor.” Antes de él, Melhiac, el padre de quien hoy hace las piezas.

 

El hombre es flojo en posición horizontal, al dormir, en el sueño, en sus pensamientos de la mañana, en las ideas de la cama.

 

Casi todas las mujeres creen que los ópalos traen mala suerte. Maria le confía esta superstición a una de sus mejores amigas, la amiga le lleva el día siguiente un paquete cerrado para que se lo guarde. Ella desconfía y lo abre: eran ópalos. Es una jugarreta común entre las mujeres, el pasárselos… “Es cierto, dice Julie. Yo tenía uno en el dedo y todo el tiempo que lo tuve siempre perdía.”

 

El dinero no me produce ninguna sensación agradable excepto la de que se me escurra entre los dedos. Pagar dinero y llevarme algo es, desde el primer instante, la alegría más grande para mí.

 

Quien lee las cartas de Marie Leszczynska a la duquesa de Luynes y de María-Antonieta a Mme de Lamballe, a Mme de Polignac, se sorprende del tono familiarmente amigable de esas cartas, de su ternura íntima, de igual a igual, de corazón a corazón. Una soberana de Francia, después de 1789, no se permite ya esos desahogos, esas familiaridades. Una emperatriz no osaría rebajarse a eso. Los advenedizos son forzados a más fingimientos que los otros. Abandonarse, para ellos, sería comprometerse.

 

Posiblemente todas nuestras victorias se deban a lo que nos dice un oficial: “Un oficial austriaco se pone un par de guantes suavizados para batirse. Nosotros, para entrar al fuego, nos escupimos las manos y nos subimos las mangas.” Son las dos guerras, la guerra del pasado y la guerra del presente, la guerra del xviii y la guerra del xix, Lérida contra Austerlitz.

 

Sábado 14 de marzo

Comida en casa de Magny.

Hoy comida con Taine, con su amable y agradable mirada bajo sus anteojos, su atención afectuosa, por decirlo así, sus modales descarnados, pero distinguidos, de palabra fácil, abundante, imaginativa, llena de nociones históricas y científicas, un algo de profesor joven, inteligente, incluso espiritual, con mucho miedo de resultar pedante.

Hablamos de la ausencia de movimiento intelectual en la provincia, en comparación con el de las asociaciones activas de los condados ingleses y de los pueblos de segundo o tercer orden en Alemania; de París, que atrae todo, absorbe todo y dice todo; del porvenir de Francia, que deberá acabar en una congestión cerebral: “París me hace pensar en la Alejandría de los últimos tiempos, dice Taine. Debajo de Alejandría pendía el valle del Nilo, ¡pero era un valle muerto!”

Escucho a Sainte-Beuve, a propósito de Inglaterra, confiarle a Taine su disgusto de ser francés:

–¡Pues, cuando uno es parisino, uno no es francés, es parisino!

–¡Oh, sí! Siempre somos franceses, es decir que uno no ocupa un lugar, no es nada, uno no cuenta para nada… Un país donde hay agentes de policía por todos lados… Quisiera ser inglés, un inglés por lo menos es alguien… Por otra parte, tengo un poco de esa sangre. Yo soy de Boulogne, sabe, mi abuela era inglesa.

La charla se dirige a About, a quien Taine defiende como antiguo camarada de la École Normale:

–¡Es raro! Es un muchacho –dice Sainte-Beuve– que se ha echado encima a tres grandes capitales, Atenas, Roma y París: ¿Han visto Gaetana? Es, por lo menos, torpe…

–No había hablado antes de eso, creo, le decimos.

–No… Él es muy conocido, para comenzar. Y además es vivaz, ¡demasiado vivaz! En apariencia, yo tengo el aire de ser valiente como él, pero en el fondo soy miedoso.

Después se entabla una gran discusión sobre la religión, sobre Dios, la discusión que no falta jamás entre gente inteligente, deja pasar el café y se sube a la mesa con el gas de la digestión. Taine es muy cercano, por temperamento, al protestantismo. Él me explica sus ventajas, para gentes inteligentes, en la elasticidad del dogma, en la interpretación que cada quien, según la naturaleza de su espíritu, puede hacer de su fe. Y además, para él, como regla de vida, la conciencia se pone en el lugar de honor. Sobre eso, Saint-Victor y yo, rechazamos el protestantismo, declaramos a la mujer protestante buena solamente para la colonización. “Bueno –acaba Taine por decir–, en el fondo es una cuestión de sentimiento. Todas las naturalezas musicales son atraídas al protestantismo y las naturalezas plásticas al catolicismo.”

 

18 de marzo, una de la mañana

Salimos de la comida en casa de la princesa Mathilde. Tengo todavía mi saco en la espalda y escribo sobre el calor de la tarde. En la comida, estuvo Sainte-Beuve, Nieuwerkerke, Barbet de Jouy, el nuevo conservador del museo de Souverains, Paul de Musset y su mujer, una especie de cuáquera salida de un cuadro de Wilkie, una vieja mujer joven, una especie de hada vieja que uno espera ver rejuvenecer de un momento a otro, una inglesa que tiene, en su espíritu, el acné de su tez.

Hablamos de Renan y de Sacy, quien el otro día escandalizó a la princesa lanzándose contra la utilidad de los museos, y la charla se orientó hacia Sacy, sobre el cual nosotros decimos casi todo lo que pensamos y tan vivamente como lo pensamos, impulsados por el pensamiento de ver al senado tan cerca de este hombre sin talento, comparado con Sainte-Beuve, quien lo merece por muchas motivos y por todos las obligaciones del talento. Barbet de Jouy, una especie de idiota que tuerce epilépticamente sus manos, como argumento para Sacy, se persigna. Sainte-Beuve defiende a Sacy, por buen gusto y por caridad, y la princesa abunda en nuestra opinión, feliz de encontrar un poco de pasión joven. Sainte-Beuve termina por decir: “Vean, es la misma discusión que tuvo lugar en 1841. M. de Rémusat, quien acababa de ser nombrado ministro del Interior y quien, como consecuencia sabía a dónde pasaban los fondos secretos, tenía de Sacy la misma opinión que ustedes.”

Hablamos, después de comer, con el café y el humo de los cigarros, de la idea de recomenzar la vida. Casi todos rechazan reiniciarla en las mismas condiciones, tener nuevamente 20 años para hacer lo que hicieron, y la princesa deja escapar:

–Yo, si volviera, haría todas las cosas vergonzosas que no me permití.

–Yo, dice Sainte-Beuve, no querría recomenzar. Hay en la vida del hombre tantas cosas dudosas, inciertas, cuya resolución es difícil, que si uno no sale completamente demolido, hay que aguantarlas.

Entra un hombre con una cara de puerco sobre la giba de Esopo: “¡Ah, he aquí un senador!, dice Benedetti. Queremos saber lo que pasó en el senado.” Y El hombre se pone a hablar sutilmente, maliciosamente, con ese espíritu de anciano que tiene aire de apenas rozar y que entra rastrillando el aspecto de la sesión: Bonjean, su miopía, sus ojos que lloran, que recobra el hilo de su lectura; después el príncipe por fin, su palabra, su vehemencia, sus citas leídas, su facilidad de la que abusa, esa voz de tribuno, de concha de caracol que asombra al senado, las palabras del marqués de los Éfrontés y el actor mismo, Samson. Es Chaix de Est-Ange.

De pronto oímos levantarse del sofá la voz de la princesa: “¡Pero después de todo, no debería olvidar que a Rusia le debemos también algo! ¡Nuestra madre, por lo menos la mía, ha muerto con una pensión de 150,000 francos del emperador Nicolas! Y luego, en fin, ese monsieur –así llamó a su hermano toda la tarde–, ¿qué clase de valor es ese, el de hablar cuando no hay ningún peligro? ¿Pero qué hizo? ¿Saben lo que hizo? Yo no quiero a Austria, he sido educada en el horror a Austria, me comería a los austriacos. ¡Y bien!, cuando el emperador lo envió con el emperador de Austria, él les dio a los austriacos Verona y Mantua. ¡Es él quien se las dio! Yo lo sé bien: Napoleón III y Victor-Manuel me lo dijeron… Victor-Manuel, después de eso, no lo ha visto en dos años… Nosotros dos, ¿comprenden?” Dijo, exaltándose cada vez más, “¡hay honestidad y deshonestidad! Le hizo bien sólo para que le mordiera la mano. ¡Louis-Philippe le dio una pensión! Yo siempre he querido a la princesa de Orléans; para mí ellos siempre han sido encantadores. Jamás he querido volver a ver a M. Thiers después de que me dijo que la cobardía era una de las fortalezas de un rey constitucional, después de que llamó a Louis-Philippe Robert Macaire… ¡Yo no soy de su sangre! Me creo bastarda cuando lo veo.”

La sangre y la cólera le subieron al rostro. Todos se callaron, como una corte frente a la furia de la reina. Se ve verdaderamente bella con sus manos crispadas, con toda la pasión en su semblante lleno de sombras y su voz que vibra. Sainte-Beuve dice:

–Pero princesa, está el hombre privado y el hombre público…

–¡El hombre público! –Dice ella, juntando las palabras y escandiéndolas con una suerte de hipo de ironía y levantando el busto soberbio– ¡El hombre público! ¿Era un hombre público cuando mendigaba en el despacho de M. Guizot 150,000 francos de pensión? ¿Era un hombre público cuando, en las jornadas de junio, subía a lo alto de las torres de Notre-Dame para escapar al ruido del cañón? ¿Era un hombre público cuando el 2 de diciembre escapó junto a su primo a Stains, a casa de Mme de Vatry? ¿Era un hombre público cuando en Crimea abandonó al ejército y huyó de los tiros de fusil?

Y su voz suena con ese golpe perpetuo del martillo, esta elocuencia de Isnard a propósito de Lyon. Hay algo de la Convención y de Rachel en su voz. Al salir, y caminar con nosotros por las calles, todavía conversando, Sainte-Beuve intenta rechazar la comparación que hacemos entre ese hombre, juzgado así por su hermana, y Philippe Igualdad. Nos dice que ese príncipe había nacido tribuno, que a los siete años hacía obras en verso en honor del Primer Cónsul: “¡si no se hubiera convertido en emperador y tirano!”

Después menciona, a propósito de Sacy, la cuestión del Senado –y a este régimen–, y a propósito de él su amargura se desata contra este emperador indiferente a las letras y a los servicios que él ha rendido sin salario, sin precio convenido por adelantado. Muestra las llagas de no haber recibido jamás de la boca imperial más que dos frases; de haber sido invitado a conciertos, de no haber tenido jamás una cita para hablar durante un cuarto de hora y de no haber visto jamás en el amo de Francia más que “un digno marido de esta sosa” –son sus palabras– que invita al mismo tiempo a la princesa Sacy y a Flaubert.

 

19 de marzo

Ayer olvidé una instructiva anécdota sobre el austero Guizot. Cuando la princesa de Lieven le dejó en su testamento un coche, el hijo, dada las susceptibilidades del primer ministro, se vio en aprietos para que lo aceptara. Después de conversaciones de casi un mes, M. Guizot le pide una cita. Era para pedirle que convirtiera el coche en plata, es decir, que le diera una suma de 70,000 francos –lo que él hizo.

 

20 de marzo

Un viernes en casa de Nieuwerkerke en el Louvre.

Dejamos los paletós en la Galería de las Miniaturas y escuchamos música en el Salón de los Pasteles. Es triste y aburrida como una tardeada de hombres.

A media noche, los íntimos suben y observamos a Giraud todo lo que dura en hacer la caricatura de Doré y secar la acuarela sobre una lámpara.

Poco a poco, ahí, alrededor de nosotros, no escuchamos hablar más que de los trajes de los regimientos de caballería, de permutaciones, de amabilidades de los comandantes que hacen tocar música bajo las ventanas de Mme tal y tal. Hay jóvenes oficiales hablantines de civil, gordos y con papada. Durante un momento me creí en un café militar; creí que íbamos a pedir el Anuario.

Así debe terminar bajo un imperio una tardeada en casa de un director de museo, con diletantes de cuerpos de guardia.

La primera persona que encontré al entrar fue a Champfleury, uno de esos bohemios que saben colarse, uno de esos escritores-pueblo a los que uno no imaginaría de guantes blancos y que se los ponen.

 

25 de marzo

En la comida en casa de Gisette, reconoce, como todas las mujeres, su carácter:

–Yo soy mala, como la sarna –dice Gisette.

–¡Te ruego –dice Dennery– que no calumnies a la sarna!

¡Yo conocía eso! Dennery, de tanto en tanto deja caer un fino sarcasmo, algún aforismo de indiferencia, alguna máxima referente a él mismo, de total desapego a los demás. Es el Rochefoucauld del egoísmo.

Vamos a la premier del reestreno de Don Juan de Maraña, una vieja pieza de Dumas, aún más envejecida que vieja.

En un pasillo, Saint-Victor, con nosotros, encuentra a Crémieux, quien juzga con desdén la pieza. Entonces, con una de esas grandes risas interiores, una de esas ironías hilarantes y sustanciosas que acostumbra, Saint-Victor le dice:

–¡Ah!, comprendo, ¡tú eres un creador… un genesiaco… haces pequeñas génesis! –Crémieux, como hacen los burlones, permanece callado, modestamente apenado de ser obligado a reconocer que era un creador, dice con su boca y voz sesgada:

–¡Y bien!, ¿qué querías?… ¡yo me vería forzado a llamarte crítico!– Y Saint-Victor ríe, como un elefante que recibiera una nuez de un mono.

El ballet, finalmente, es encantador, un ballet de almas enmascaradas, de mujeres parecidas a murciélagos blancos, con una máscara negra sobre el rostro; el cuerpo envuelto en gasas que ellas agitan como alas. Es de una voluptuosidad extraña, misteriosa, silenciosa, un grato minué de muertas sin rostro, que se mezclan, se enlazan, se desenlazan y bailan bajo un rayo de luna. Cuando uno quema viejas cartas de amor, se elevan en las flamas recuerdos ennegrecidos que asemejan esta ronda.

Acabo de ver en uno de los últimos actos a Lagier como estatua, las manos juntas sobre una tumba, en la actitud de las figuras sepulcrales del arte flamenco. En la escalera, al bajar, oigo a una dama con su voz cascada reclamarle a gritos a un golfo que le pisó el vestido: ¡es ella! Esto es el teatro.

 

28 de marzo

Comida en casa de Magny.

El nuevo, el recipiendario es Renan. Renan, una cabeza de ternero que tiene los rubores, las callosidades, de un culo de simio. Es un hombre rechoncho, bajo, mal proporcionado, la cabeza sobre los hombros, de aspecto jorobado; la cabeza de animal tiene algo de puerco y elefante, los ojos pequeños, la nariz enorme y caída, toda la cara jaspeada de manchas y rubores. De este hombre malsano, mal proporcionado, feo con ganas, de una fealdad moral, sale una voz agria y falsa.

 

Hablamos de religión. Sainte-Beuve dice que el paganismo tuvo al principio algo bueno, pero se convirtió en una auténtica podredumbre, una sífilis. El cristianismo fue el mercurio de esa sífilis; pero se tomó demasiado y ahora tenemos que curarnos del remedio.

Me habla en un aparte de sus ambiciones juveniles, de todo lo que se despertaba en él en Boulogne, bajo el imperio, el paso de los soldados, y de sus deseos de convertirse en militar. En el fondo, se arrepiente de ese deseo: “No había más que eso, la gloria militar; no existía allí más que esa gloria. Los grandes generales y los grandes geómetras no apreciaba otra cosa.” No habla de los uniformes, pero creo que en lo que soñaba era en ser coronel de los húsares –¡por las mujeres!– En el fondo, su auténtica ambición era la de ser un muchacho lindo. ¡No he visto vocaciones más fallidas que la suya!

Una gran discusión se inicia sobre Voltaire. Los dos, solos, separando al escritor del polemista, de sus actos y de su influencia social y política, cuestionamos su valor literario, nos atrevemos a sumarnos a la opinión de Trublet: “Es la perfección de la mediocridad.” Y la definimos de este modo: “¡Un periodista, nada más!” ¿Su historia? No es sino la convención y la mentira de la vieja historia, muerta por la ciencia y la conciencia del siglo xix. Thiers desciende de él y lo releva. ¿Su ciencia, sus hipótesis? Objeto de risa para los sabios contemporáneos. ¿Pero, qué es lo que queda? ¿Su teatro? ¿Candido? Es La Fontaine en prosa y Rabelais castrado. Y junto a eso, el cuento del futuro, el Neveu de Rameau.

Todo el mundo nos cae encima y Sainte-Beuve, para terminar, exclama:

–Francia no será libre mientras Voltaire no tenga una estatua en la plaza Luis XV!

Pasamos a Rousseau. Para Sainte-Beuve, simpático, como un espíritu de su familia, como un hombre de su raza. Taine, para ponerse a la altura del tono de la comida y lanzar su indumentaria de universitario a las ortigas, exclama:

–¡Rousseau, un lacayo que se jalaba el rabo!

 

Renan, frente a esta violencia de ideas y de palabras, permanece un poco asustado, estupefacto, casi mudo, curioso sin embargo, interesado, atento, bebiendo el cinismo de las palabras como una dama honesta en una cena de muchachas. Después, con el postre, llegan las grandes preguntas.

–Es sorprendente –dice alguien– cómo en el postre hablamos siempre de la inmortalidad del alma, de Dios…

–¡Sí –dice Sainte-Beuve–, cuando uno ya no sabe lo que dice!

 

29 de marzo

Taine viene a vernos. Nos pide mirar unos grabados. Lo dejamos ojear dos carpetas. Las mira y nosotros vemos que no las ve. Sin embargo, hace como si las viera y el arte comienza a ser cualquier cosa de la que uno puede obtener ideas, dice sobre estas cosas las frases y las ocurrencias ¡del hombre inteligente ciego! Nada más cómico que Chardin visto por los anteojos de la Revue des Deux Mondes.

 

Una  bella frase de Rothschild. En casa de Walewski, el otro día, Calvet-Rogniat le pregunta por qué la renta había bajado la víspera. “¿Cómo puedo saber por qué sube o por qué baja? ¡Si lo supiera habría hecho una fortuna!

 

Nadie más normando que Flaubert. Me confió que él, para mantener sus celos, no cogía.

 

Hay algo de marcial en la arquitectura de Luis XIV –y casi heroico: los Invalides, el Val-de-Grâce, el Dôme es un casco.

 

París, el burdel del extranjero… ya no hay ninguna mujer mantenida por un francés. Todas son de hannoverianos, brasileños, prusianos, holandeses. Es el 1815 del falo.

 

En casa de Gavarni, Meilhac, padre del fabricante de piezas actual, iluminador de litografías de Gavarni antes de Henry: dos francos por copia.

A Lorentz, quien se queja de ser invadido, Gavarni le responde soberbiamente: “¡Yo no he conocido otra cosa! Me caen todas las semanas. He tenido en una semana casi siete significados de invadido.”

 

Hoy, nuestro maestro de armas nos habló del maestro de bastón y pugilismo de los príncipes de Orléans. ¡Los príncipes aprenden el bastón y el pugilismo! Todo el reino de Louis-Phillipe está ahí.

 

Puede ser una idea teatral: una puta y una mujer de mundo, hermanas, como Gisette y su hermana, se encuentran en el amor del mismo hombre.

 

Cuando veo una farmacia homeopática, me parece que la homeopatía es el protestantismo del medicamento.

 

Le pregunté a Edmond por qué lo quería una vieja comerciante de curiosidades: “Porque se parece a mi nodriza.” ¡Una frase profunda!

 

¡Qué diferencia de tiempos, de gustos, de elegancias, de simpatías soberanas, de entretenimientos del trono! En otra época un favorito del reino era Lauzun. Hoy, un favorito de la emperatriz es el pequeño padre Sacy, un viejo rociador de agua bendita en la puerta del Journal des Débats.

 

3 de abril

Comemos en casa de Gavarni. Lo encontramos físicamente demacrado. Fatigado, desmoralizado, descorazonado, sin ningún gusto ahora por su trabajo, tiene el aire de haber acabado su tarea, aburrido de los dibujos que le encarga Morizot.

Sainte-Beuve, en la comida, habla del suicidio como un fin legítimo, casi natural de la vida, una salida rápida y voluntaria de la vida, a la manera de los antiguos, en lugar de asistir a la muerte de cada uno de sus órganos, de cada uno de sus sentidos. Se lamenta tan sólo de que le haya faltado el valor.

Es un hombre, este viejo, para quien el dinero no es más que disfrute. La paga del artículo del lunes le da, como en una casa de obreros, el gasto de la semana; ¡y jamás un adelanto en la casa!

Hay, en esta gran inteligencia de Gavarni, toda clase de pequeñas facetas, de naderías, de juegos. Así, a menudo, ocupa buena parte de su pensamiento en la prestidigitación. Reflexiona y arguye con sutilezas sobre Decamps.

 

9 de abril

Me cuentan una escena de comedia, la primera comida de Sacy en las Tuileries. Llama al muchacho de la biblioteca Mazarine, quien lo atiende a él y a su colega Sandeau:

–Dígame, amigo, cuando M. Sandeau va a comer a las Tuileries, ¿qué se pone?

–Monsieur, él se pone su traje de académico y una corbata blanca.

–¡Ah, bien! Harás por mí absolutamente lo que haces por Sandeau. ¿Y cómo se va él a las Tuileries? ¿A pie o en coche?

–En coche, monsieur.

–¡Ah! ¿Y en qué coche?

–Él toma uno de alquiler.

–Ah, sí, uno de alquiler… ¿Y él lo hace venir, entonces?

–Sí, monsieur.

–¿Con quién lo alquila?

–Con algún arrendador…

–¡Ah!, bien, me alquilarás uno con su arrendador, y al mismo precio que M. Sandeau… Todo como M. Sandeau… ¡Adelante, amigo!

 

Esta noche, en casa de los Antoine Passy, hablamos de un sastre que acaba de retirarse con tres millones: “Sí, exclama con entusiasmo el agente de cambio Vandernack, muy bien, yo aplaudo esas fortunas… ¡Es la más grande revolución desde el comienzo del mundo! Yo conocí a un hombre que hizo una gran fortuna vendiendo sombreros de 16 francos en 18… ¡Ahora la fortuna va a los trabajadores!”

“A los atracadores”, me digo al escucharlo.

 

Ahondando en el genio de Hugo, nos topamos con el de Godillot y el de Ruggieri. Hay en su poesía un júbilo público. Algunas veces me lo imagino como un enorme y soberbio mascarón que le sirve al pueblo vino azul.

 

Un empleado de la compañía de afiches entrega los afiches del teatro, en lugar de pegarlos, a un anticuario de la rue de Parcheminerie, quien los revende a un fabricante de coronas mortuorias. Hace con ellos una especie de pasta sobre la cual aplica las flores de los inmortales… esto es París.

 

Me gusta el juramento que leí en la Gazette des Tribunaux de una bohemia. Ella se aparta de Cristo y del Tribunal y se coloca frente a una ventana: “Entre el cielo y la tierra, ofrezco abrir mi corazón y decir la verdad.”

 

Ponsard se quiso suicidar después del matrimonio de Mme de Solms. Una vida de pasión, una obra que no tiene una gota de sangre en las venas. Es Antony-Boileau.

 

Hay algunas naturalezas maleables que parecen diferentes según el lugar en el que uno las encuentra. Estos días he examinado a Taine en casa de la princesa Mathilde. Con su traje apretado, los codos pegados al cuerpo, la nuca baja, el sombrero en las manos con modestia, anodino en todo, el amable pedante de mundo. Casi no puedo verlo ahora sin pensar en el hijo de Diafoirus.

 

11 de abril

Comida en casa de Magny.

Hay, en esta corte, una gran preocupación por María-Antonieta. El otro día, pidieron de las Tuileries a la biblioteca todas las piezas del Collier. El otro día, incluso, el pequeño príncipe, durante una ausencia de sus padres, le preguntó a un pintor, con el cual lo habían llevado, si era verdad que Luis XVII había muerto en el Temple.

Sainte-Beuve muestra un sentimiento muy hostil a la persona de la reina, una especie de odio personal. Tiene contra nosotros una suerte de cólera porque defendimos su pureza y nos presiona vivamente para que nos desdigamos. Después esboza, a partir de recuerdos recibidos por él de las familias, al Luis XVI de la historia, enviando a sus favoritos, a su lacayo despertador, bolitas de la mugre de sus pies… Renan eleva su pequeña voz aguda para decir que no es necesario ser tan severo con esa gente, los reyes, pues, después del comienzo de la monarquía, no habían elegido su lugar, y que había que perdonarlos por haber sido también mediocres…

Después hablamos de esta escuela que ha sucedido a los licántropos de 1830, los provocapasmos cínicos, de Baudelaire y de su frase principal, un día que llegó tarde a una reunión: “Perdón, se me hizo tarde, vengo de chupársela a mi madre.”

Sainte-Beuve parlotea conmigo de Mme de Solms, de Mme de Tourbey, por quienes profesa un gran apego: “Yo, me dice, jamás dejo plantadas a la damas.” Después me habla de la idea de hacer desfilar a algunas mujeres en la comida, como Solange, la hija de Mme Sand. Me confía la idea de escribir, uno de estos días, una Marie-Antoinette, con la intención de hacer, mediante ella, desagradable a la emperatriz.

 

El derecho de mayorazgo ha sido reemplazado por el hijo único del burgués, el cual, después de un hijo, desmocha el pabilo.

 

En Francia tenemos el chovinismo de una sola de nuestras glorias, la gloria militar, y el desprecio a nuestras demás glorias.

 

16 de abril

Mi tío Alphonse nos despierta en la mañana. Llega de África, a donde él, y toda su familia, acaba de trasplantarse a los 65 años.

Qué de dispersiones, que de azares en estas migraciones de familia. ¡Cómo se apartan las ramas del tronco! Nosotros aquí, con primos salidos de las afueras de Orléans, recorriendo a caballo los campos de Constantino, destinados al cruce de Europa y África.

Mi tío ha conservado siempre su risa y su bella cara de monje. Curioso ejemplar burgués, alimentado de Horacio, filósofo, como podría uno encontrarlo en un claustro del siglo xviii, dice de sus hijas: “Yo las he educado muy bien, les di la religión, porque a las mujeres les hace falta la religión”, y de uno de sus hijos, “Siento mucho que no haya seguido la carrera eclesiástica, le dije. ‘tú no tendrás obra…’ Es cierto, nada hizo…”

Nos quedamos con la sensación de tristeza al dejar a este viejo hermano de nuestra madre, tan bueno en nuestra infancia, que nos hacía montar a caballo, nos llevaba a comer al restaurante y el domingo nos llevaba a pasear al campo. Su recuerdo ha permanecido en nuestras más viejas y juveniles alegrías. Y cuando, un poco achispado por la copa del estribo, nos abraza, algo nos dice que nos braza por última vez.

 

16 de abril

Pasé la tarde en casa de los Armand Lefevre. Laura nos cuenta de las entrevistas que ha tenido con la hermana de Prevost-Paradol, su vieja amiga del Saint-Denis, quien se hizo carmelita. Nos habla de su lecho, una banca con una cobija, de su almohada: un pañuelo, de su vasija que contiene una pinta de agua destinada a la sed y a la limpieza de toda la semana.

Me cuenta de la escudilla de madera, donde las carmelitas comen con los dedos su magra sopa, sus huevos, su pescado; de su recreo, cómo tienen prohibido tener ni amiga ni preferida, una especie de vuelta de vals las hace, de dos en dos, caer a tierra, cada una al lado de la primera en llegar; de este recreo en el que se les pide hablar y, al mismo tiempo, no decir nada, en el que la superiora toma la palabra, tan pronto como todas están sentadas en la tierra: “hace buen tiempo”, dice, y todas parafrasean esa frase banal durante media hora.

Me habla de sus encuentros con esta amiga acuclillada sobre sus talones, separada de ella por una reja y una cortina y que cada día parece hundirse más y alejarse más de la vida. Un día que tuvo que esperar más en el locutorio, le dijo: “Es que hoy es un día de recreación; quitamos las orugas de los groselleros; y por una merced especial, se nos permitió quitarlas con un palito.”

 

19 de abril

En el Louvre.

¿Podemos confiar en que todas estas sean obras maestras? ¡Qué de pinturas he visto en mi vida, anónimas, sin valor de venta, más intrínsecamente bellas que todo esto, firmado o bautizado con grandes nombres! Y además, ¿obras maestras? Dios mío, nuestras obras modernas se convertirán en obras maestras, ellas también, en trescientos años.

Hay algunas cosas que hacen de una pintura una obra maestra: la consagración del tiempo y su pátina, el prejuicio que impide que se la juzgue y el amarillamiento que impide que la veamos.

Encuentro a Lagier antes de la comida –Sainte-Beuve me pidió que la invitara a comer–, sin compromisos de teatro, con el pesimismo de la muchacha que no tiene trabajo y la sensación de que se descompone por el amor, en fachas, en bata blanca, me dice: “Tengo ganas de ir a Turín… ¡podría hacerla de rey!”

 

La muerte, para ciertos hombres, no es únicamente la muerte, es el fin de la propiedad.

 

Todos los poetas que conozco son tan feos que la poesía me parece una reacción contra la fealdad personal.

 

20 de abril

Nada más triste que el parque de Saint-Cloud. Los lugares en los que nos hemos divertido son tristes como los hombres que han vivido demasiado. ¡Lúgubre! ¡Lúgubre!

En una casa de la gran rue de Sèvres, atravesamos un gran patio lleno de grandes troncos. En la parte de arriba de un cobertizo lleno de madera descortezada para hacer ejes de ruedas y que tiene el aspecto y el olor de una maderería, hay un pequeño tapanco. Se sube a él mediante una escalera de molinero. Entramos a una pequeña pieza en la que hay libros, un piano, una ventana con persianas cerradas a medias con un cordón.

Ahí está el hombre al que vengo a ver y darle las gracias, Levallois, el crítico de la Opinion Nationale. Es pequeño, flaco, uno de esos rostros por los que el hambre ha pasado, marcado por la bohemia. Tiene la barba, los cabellos y la tez miserable, un pobre redingote, tristes pantuflas de alfombra: el hombre es menudo como su casa. Alrededor de él, sobre los estantes de madera cruda, libros modernos que exhalan la tristeza de las bibliotecas sin pasado. En los muros Rousseau y Voltaire, en malos retratos modernos, y entre ellos dos, sin duda como lazo de unión, una postal de Guéroult.

Hablamos de él, de nosotros, de Sainte-Beuve, del que ha sido secretario cuatro años, con el que hizo dos volúmenes de Port-Royal, y del cual nos revela su falta de decisión y la timidez de su primer juicio sobre toda obra, sobre Madame Bovary, por ejemplo, el entusiasmo es su manera de trabajar a un hombre, a un libro, breve y preciso después del artículo. “Siempre ha tenido racimos de mujeres en su vida”, cómo, al hablar, presiente uno al hombre en la crítica.

Reumático, neurasténico. Habla con una voz suave, profunda, que se extingue; nada de risa, ni una frase emotiva. Es joven y uno no sabe su edad. Una vena azul le palpita en la sien. Su mirada es clara por momentos, como la mirada de un vidente. En él hay algo de religión en una habitación del cinquième, como el misticismo de un Colline. Es singular y, a la larga, me perturba como un personaje extraño, enigmático, de una humanidad distinta a la mía.

Me quiere mostrar su recamara, el retrato de su padre: “Murió a los 40 años”, me lo repite dos veces y así me impide, la primera vez, entrar a la casa y también, antes, a la pequeña habitación del hombre. Al regresar me muestra un libro que tiene el aspecto de ser un breviario: Obermann, lo vuelve a poner en su lugar. Me parece que se liberó del aburrimiento en la recámara. Le descubro cada vez más la mirada, el exterior, el redingote de un creyente.

Al descender me muestra una noria donde da vueltas un caballo para pulir la madera: “¡Ah,! las cosas no funcionan, es una pena: lo miro y me divierte mucho… disfruto este jardín”, me dice y me muestra un poco de tierra pelada que sube, un verdadero pastizal de cabras. Después: “Cuento con quedarme dos años más aquí. Estudio mucho las hormigas; tenemos magníficos hormigueros por aquí. Y es necesario seguirlos año tras año… Veo cosas muy curiosas…” Me acompaña hasta la góndola, con el cordón de su calzón saliendo de su pantalón. Me ha parecido, al dejarlo, abandonar a un iluminado y a un pobre. Me siento triste.

 

21 de abril

Hechas las cuentas, hay tantos canallas descontentos como canallas satisfechos. La oposición no vale más que el gobierno.

 

23 de abril

Al comer en el restaurante, veo el boulevard a las siete. Es una noche que no es todavía la noche, un crepúsculo aún luminoso pero en el que las luces y el brillo han desaparecido, un Achenbach frío, una mezcla de Wickemberg y de Eugene Lami. El asfalto y el blanco de las casas tienen una blancura de nieve y se convierten en un puro Achenbach, azul y blanco, de un resplandor siberiano. Un poco más tarde todavía, el cielo es claro, las casas azules, las luces amarillas; y las líneas se desvanecen en el azul de una lamparita de porcelana blanca.

 

En casa de Pouthier, hay una bajada hacia el cuartel, el hospital, el falansterio, todas formaciones en las que uno se desembaraza de su iniciativa y de su voluntad personal: una de las características de una naturaleza débil.

 

29 de abril

  1. de Montalembert nos escribió para que viniéramos a charlar a propósito de nuestro Femme au xviiie siècle.

Un salón, en el que hay sobre la mesa una traducción italiana de su libro sobre el padre Lacordaire, apólogos del conde Anatole de Ségur. Entre las dos ventanas, encima del piano, una copia del Mariage de la vierge de Pérugin, con una especie de aparato en lo alto para encender alguna cosa, una lámpara o un cirio. Encima de dos paisajes de Venecia de un detestable Canaletto, un Baptême de Jésus-Christ, muy bello, de algún maestro de la escuela primitiva alemana. Dos carpetas de vitrales de santas; el Miracle des roses de Sainte-Élizabeth, una horrible escultura plateada de Rudolphi. A contra luz de una ventana, un cuadro, el águila de Polonia en tul bordada de plata, rodeada de una corona de espinas sobre un fondo de felpa carmesí, arriba: Ofrecida por las mujeres de la Gran Polonia al autor de Une nation en deuil, 1861. Un péndulo y dos arañas Imperio. Dos muebles de terciopelo granate. Un salón en el que han colgado objetos religiosos.

De ahí pasamos a su gabinete, lleno de libros. Una amabilidad untuosa. Al saludarte con la mano la aproxima a su corazón. Una voz algo nasal, la locución fácil, la malignidad jovial, la unción espiritual.

Después de muchos cumplidos, nos pregunta por qué no hemos hablado de las virtudes de la provincia, de la vida social de provincia, rica sobre todo en las ciudades con parlamento, como Dijon, hoy muerta: “Ya no se hace enviar uno los libros de París, ya no leemos. Cuando alguien viene al campo, a su casa, le da libros, nadie los lee.”

Nos dice que leyó un artículo de Sainte-Beuve sobre nosotros y que a menudo, en este mismo lugar, Sainte-Beuve venía a conversar con él en 1848. Él le decía: “Vengo de estudiarlo… Me preguntaba cómo hacía para hablar”, se frotaba las manos y tomaba notas… Le escuché muchas frases. Adorador de Hugo en casa de Hugo y haciendo los mejores versos que jamás haya hecho a su mujer; después saint-simoniano; después místico, quién creyera que se iba a hacer cristiano. Ahora él es muy malo. Puede creer que el otro día, en la Academia, a propósito del Diccionario, se atrevió a decir, tocándose la frente: “En fin, ¿creen ustedes que tenemos otra cosa aquí, además de una secreción del cerebro?” Es de un materialismo que uno no creería ya que existiera, no se encuentra más que en algunos médicos. Está el racionalismo, el escepticismo; pero eso ya no existe, el materialismo, tiene años… A propósito de un premio de 20,000 francos, durante la discusión de Mme Sand, dijo sobre el matrimonio: “¡Pero el matrimonio es una institución condenada, no durará!”

Sobre Littré nos dijo: “Dios mío, reconociendo perfectamente que el obispo de Orléans ha hecho su tarea y está en su derecho, yo no estaría menos dispuesto que mis amigos a votar por M. Littré. Es un hombre austero, honorable, que ha hecho grandes obras. Y además ha hecho una cosa por gusto que estimo mucho en él, que todas las veces que habla de la Edad Media le ha hecho justicia al elemento germano, que está, a Dios gracias, en nuestra raza. Aparte del dogma y de la fe, el catolicismo es sin duda lo que mejor tiene; pero hace falta, para equilibrar, que el elemento germano se mezcle en nosotros al elemento latino. Sin él, vea el debilitamiento de las razas puramente latinas, de las razas del Midi… Pues bien, Littré ha visto eso. Thierry, Guizot, Guérard están siempre contra los bárbaros. Littré, por el contrario, está con ellos y su punto de vista es muy justo…

”¡Ah!, sabe que en la Academia tenemos una nueva conversión al bonapartismo, es Cousin, sí, ¡Cousin! Vino el otro día a decirme que había que nombrar a bonapartistas inofensivos: ‘Pero, le dije, ¡los reptiles siempre son peligrosos!’ Él sostiene que hay que contentarse con tener libertad civil, ¡pero a mí me da igual tener la libertad de hacer mi testamento! Canning lo ha dicho bien: ‘La libertad civil es la libertad cívica.’ Es la libertad política lo que habría que dar a Francia. Pero uno se retira a la vida privada… Vean, una de las cosas más bellas que ha escrito el padre Lacordaire son sus conferencias de Toulouse, sobre la vida privada y la vida pública.”

Le entregamos una carta. Nos levantamos y despedimos. En la antesala, un joven espera. Es su decisión: el honor de una visita, ¡es todo lo que puede dar!

 

La tarde, en casa de la princesa Mathilde, Fromentin habla de pintura. Dice que después de los Carrache, los procedimientos materiales han cambiado por completo, que sólo hay que ver las pinturas antes de ellos y verá uno todas las luces en intersticios, mientras que en la pintura moderna todas las luces están en relieve. Él sostiene que todo ese colorido es una desgracia; y como presionamos, dice que no comprende la pintura más que como grisalla cubierta de materia colorante, de glacis, etc. Ése es, además, su procedimiento. Nosotros mencionamos a Rembrandt y muchos otros. Él los declara excepciones.

Regresando con él, nos habla del fastidio que le provoca la pintura, del esfuerzo que ha tenido que hacer, de la indiferencia que siente ante el éxito de una pintura y, al mismo tiempo, del gusto que tiene de escribir, del palpitar de su corazón cuando despierta, de la pequeña fiebre con la que se reconoce apto para la escritura, de la exigencia de largos intervalos, de los años que separan un libro de otro, de suerte que cuando se pone nuevamente a escribir, ya no sabe si sabe escribir. Termina diciéndonos que él escribe porque no puede traducir el hombre a la pintura y que tiene ciertas cosas en él, como la ternura y la sensibilidad, que le resulta agradable reproducir.

 

2 de mayo

Desde hace ocho días, agitación de colegial de Sainte-Beuve –quien nos ha pedido que lo reunamos a comer con Lagier–, preocupado por el gabinete, por el menú: un elemento femenino que es para él, como a los veinte años, un sueño. Encontramos ayer su carta en nuestra casa con la indicación del gabinete que él ha hecho reservar con anticipación en lo de Vefour. Y el gabinete se llama, irónicamente, Cabinet de la Renaissance.

Mientras espero a Lagier, me divierto hojeando a sus conocidos en su tarjetero, un zapato chino. Ella aparece por fin con un tocado negro y una rosa roja prendida en el cabello, en traje de combate, con el aire de un elefante que va a bailar el bolero. La conduzco. Sainte-Beuve ha dejado su nombre abajo.

Entramos. Gavarni está con Sainte-Beuve.

Sainte-Beuve de inmediato se deshace en atenciones, siempre ocupado en colocar unos cojines bajo los pies. Él está completamente vestido de paño nuevo para ese día. Lagier, perdiendo un poco el equilibrio frente a este académico, se arroja de plano junto a él y, con su ruda lengua, se lanza a fondo a la crónica majadera, describiendo de visu el ano de uno de sus amigos pederastas. Eso, en vez de disgustarlo, parece gustarle a Sainte-Beuve, quien, recién nacido, se ilumina, se suelta y comienza a decir:

–Al salir de la Academia, vi una vez a un joven… ¡Y sí!, ciertamente, si hubiera estado en Grecia, hubiera ido hacia él como va uno hacia una mujer.

–¡Oh! –dice Gavarni– para mí eso es irse del otro lado…

Sainte-Beuve responde con vivacidad que la constitución física no da lugar a esos prejuicios; que, en el fondo, es natural tanto para el hombre como para la mujer sentir y experimentar esos sentimientos. Cita de la Antología, una de las paidika, una declaración de amor a un joven mantenido y termina: “¡Es encantador!” Ebriedad cerebral de una juventud destetada, libertinaje de la vejez que se inflama y excita, calores y visiones mentales del hombre de escritorio asiduo y hemorroidal.

En cuanto a Lagier, siempre esa bella lengua, el arroyo en su fuente. De una de sus amigas, con la cual tortillea, dice: “¡Tiene su nariz hospedada en mi culo!” Habla de los seis años de fidelidad y de moderación con Sari: “Sari es, para comenzar, ¡un hombre! Como dicen los golfos: ‘¡Vale la pena pagarle y hacerse reventar por él!’ Yo tenía botines que soportaban el agua, me lavaba las manos con jabón de Marsella, jabón azul, saben, mientras esperaba el jabón de malvavisco; y compraba crema gracias a los naipes…”

Se sienta al piano, canta, baila, le da un beso en la frente a Sainte-Beuve, toma el ramo que Sainte-Beuve galantemente ha puesto sobre la mesa y se va al Concert Pleyel a encontrase con un muchachito de 16 años, todavía en la escuela.

 

3 de mayo

En las carreras del Bosque de Boulogne, el bello mundo: ¡es horrible! Una raza de hombres sin elegancia, casi provinciana, agotada, sin la distinción de una raza agotada. La mujer, fea: la fealdad de las mujeres de mundo, excepto un pequeño número. Vestidos, pintura, desenvoltura de las muchachas, pero sin la distinción suprema y habitual de la prostitución.

Entre los hombres, veo a Pereire, un mono traído de Batavia, acartonado y un poco mohoso; lord Hetford, el hombre de los dieciocho millones de renta, con su bufanda de noche como corbata, la dureza de una figura fría, de porcelana; Haussmann, con el aire de un director de colegio de Versailles; Gramont-Caderousse, con sus binoculares en bandolera a la inglesa y sus poses rocaille abrazando a Mme de Persigny, aspecto de botones inglés, de caballero ardiente, un cómico a medias del Palais-Royal; Metternich, con el aspecto de doméstico de una gran mansión inglesa.

¿La mujer? Las mujeres sin dulzura, sin viso de maternidad; sin niños; nada de vasija, la sequía de la esterilidad en toda la persona… La princesa de Metternich, con una nariz de trompeta, labios de borde de bacinica, muy pálida, el aspecto de verdadera máscara de Venecia en los cuadros de Longhi; una Mme de Pourtalès rubia, quien, por casualidad, no es muy fea; la princesa Poniatowska, rubia, gesticulante, con el aire de un gato que lengüetea la leche; la princesa de Sagan, una mantenida del gran mundo, la nariz cascada y respingona, el aspecto de una cabra; Mme de Solms, hoy Mme Ratazzi, con una corona de cabello sobre la cabeza, los ojos de un azul deslavado, la sonrisa de una bailarina sorda, en brazos de su marido con la postura y el rostro miserables de un abogado a quien Pommereaux, antiguo sostén de su mujer, le alaba su vestimenta elegante, diciéndole que no lo reconocerían en Turín; Mme Haussmann, una fuerte muchacha de ojos de vaca, muy bella… ¡Ése es el mundo, el bello mundo, el gran mundo! ¡Todo es una mujer fácil! Ninguna distinción, ningún signo, ningún encanto de la mujer como debe ser. Vestidos y maneras que muestran que la sociedad se acabó.

Al regreso, encuentro de tiros apuestos, con rosas en las orejas de los caballos, todas las mantenidas, toda la alta cocotterie de París, más reinantes, más triunfantes que nunca, llenando este paseo de familias ricas, ocupando y llenando este bosque de Boulogne, como antes sus madres el Palais-Royale. Jamás mayor despliegue de ostentación y de ejemplos escandalosos. Hablamos del siglo xviii. Pero entonces había diez grandes prostitutas. Hoy es un pueblo, un mundo que carcomerá al mundo de las mujeres y lo dilapida ya.

 

5 de mayo

Maurice de Guérin muestra la esterilidad que el catolicismo provoca al espíritu, la falta de equilibrio en el carácter, la inquietud del alma, parecida a lo que la medicina llama ansiedad.

En el fondo del alma abnegada de su hermana, se percibe una especie de frialdad de claustro. El catolicismo habitúa tan completamente a la mujer al sufrimiento que ella se endurece para sí y para los otros. Despoja a la mujer de ternura.

Maurice de Guérin me da la impresión de un hombre que ha recitado el Credo a la oreja del Gran Pan, en un bosque, en la noche.

En Eugénie hay como un onanismo de piedad. Ella parece tocarse las partes más delicadas de la mujer. ¡Algo singular! El catolicismo me parece comprometido por las inteligencias y los corazones refinados. Mme Swetchine, Eugénie de Guérin. No me parece puro ni inatacable más que en los pobres de espíritu.

La religiosidad del hombre está en razón precisa a su gusto por la naturaleza.

 

Aubryet nos contó el otro día que una muchachita le había propuesto a su hermana en la calle, otra muchachita de catorce años. Ella tenía que empañar en el coche los vidrios con el aliento, de modo que los agentes de policía no vieran nada.

 

11 de mayo

Es el día de la comida de Magny. No falta nadie; hay dos nuevos. Théophile Gautier y Nefftzer.

Por Veyne me entero de que un artículo escrito por un M. Clément, a quien no conozco, compuesto y a punto de tirarse, fue detenido por Buloz como demasiado benévolo. Se le pide a M. Clément que lo rehaga más severo. Pero M. Clément se niega; deja, a causa de nosotros, la revista, y no hará el Salón que tenía que hacer.

La charla toca a Balzac y se detiene en él. Sainte-Beuve lo ataca: “No es verdadero. Balzac no es verdadero… Es un hombre de genio, si ustedes quieren, ¡pero es un monstruo!

–Pero todos somos monstruos, dice Gautier.

–Entonces, ¿quién ha descrito esa época? ¿Dónde está nuestra sociedad, en qué libro, si Balzac no la ha pintado?

–¡Es imaginación, es invención! –exclama agriamente Sainte-Beuve–. Yo conocí esa rue de Langlade, no era de ningún modo como la describe.

–Pero entonces, ¿en qué novela encuentra usted la verdad? ¿En las de Mme Sand?

–Dios mío, me responde Renan, quien está a lado mío, yo encuentro más verídica a Mme Sand que a Balzac.

–¡Oh!, ¿en verdad?

–Sí, son las pasiones generales.

–¡Pero las pasiones son siempre generales!

–Y además, ¡Balzac tiene un estilo! –vocifera Sainte-Beuve–. Tiene el aspecto de estar torcido, es un estilo corazonado.

–En trecientos años –retoma Renan–, se leerá a Mme Sand.

–¿Cómo a Mme de Genlis? ¡No permanecerá de ella más que de Mme de Genlis!

–Es ya muy viejo Balzac –dice Saint-Victor–. Y además es muy complicado.

–¡Pero Hulot –exclama Neffzer– es humano, es soberbio!

–La belleza es simple –replica Saint-Victor–. No hay nada más bello que los sentimientos de Homere, es eternamente joven. En fin, veamos a Andromaca, ¡es más interesante que Mme Marneffe!

–¡Pero no para mí! –dice Edmond.

–¿Cómo, no para usted? Homere …

–¡Homere –dice Gautier– es para todo mundo un poema de Bitaubé! Es Bitaubé quien lo ha hecho pasar. Homère no es eso, los griegos no tenían más que la lira, eran salvajes, ¡era gente que se batía!

–En fin –dice Edmond–, Homere no describe más que sufrimientos físicos. De ahí a describir el sufrimiento moral hay un mundo. La menor novela psicológica me conmueve más que Homere.

–¡Oh, puede nombrarla! –exclama Saint-Victor.

Adolphe, Adolphe me llega más que Homere.

–¡Es para lanzarse por la ventana oír cosas como esa! –vocifera Saint-Victor con los ojos saliéndole de las órbitas–. Caminamos sobre su Dios, escupimos sobre su hostia–. Grita, patalea. Está rojo, como si hubiera sido cacheteado por su padre–. Los griegos son indiscutibles… Es insensato… Verdaderamente… Es divino…

Una barahúnda. Todos hablan. Una voz resuena en el aire:

–Pero el perro de Ulysse… –Homere, Homere… –dice Sainte-Beuve con una entonación de orador. Yo le contesto a voz en cuello:

–¡Y nosotros somos el porvenir!

–Y lo creo –dice, con tristeza, Sainte-Beuve.

–¡Es raro! –le digo a Renan–, podemos discutir sobre el Papa y negar a Dios, atacar todo, contradecir al cielo, a la Iglesia, al Santo Sacramento, a todo, pero a Homere!… Es extraordinario, ¡la religión en la literatura!

Por fin vuelve la paz. Rechazamos con más tranquilidad ese mito llamado Homero, los tres mil años que han pasado sobre sus cenizas. Saint-Victor le tiende la mano a Edmond.

Pero sucede que Renan se pone a decir que está eliminando de su libro todo el lenguaje del periodismo, que intenta escribir en la lengua del siglo xvii, la verdadera lengua francesa que el siglo xvii fijó:

–¡Una lengua no se fija jamás: está usted equivocado, Renan! ¡Le mostraré, en su libro, cuatrocientas palabra que no son del siglo xvii!

–No lo creo. Creo que la lengua del siglo xvii es suficiente para expresar todos los sentimientos.

–¡Pero usted tiene ideas nuevas, hacen falta palabras nuevas!

–Es la lengua que hay que escribir para ser leído en Europa.

–No por todo mundo –arguye Gautier–, los rusos no comprenden más que las piezas del Palais-Royal.

–Pero, esa lengua ¿dónde la adquiere? ¡Marque sus límites!

–¡Saint-Simon no escribía en la lengua de su tiempo!

–¡Mme de Sévigné tampoco!

Renan es acosado. Trata de resistir con su pobre voz aguda, agria, con argumentos fluctuantes, sin base, sin fundamentos científicos. Sainte-Beuve, animado, con una arruga de pasión en su frente, el rostro histérico, vibrante, se lanza contra él; lo interpela. Gautier cubre su voz con su gran lengua, alternando sus imágenes, sus citas, con pensamientos de una brutalidad soberbia, sensatos, la ciencia en un desbordamiento de elocuencia fértil, graciosa, audaz, soberbia. Alterna este siglo, estos hombres, esta lengua, la peluca de Luis XIV, con el domo de los Invalides, Saint-Cyran, Pascal, el puro culo:

–¡Creo que tenían demasiadas palabras en ese tiempo! ¡No sabían nada! Un poco de latín, un poco de griego. Ni una palabra de arte. Llamaban a Rafael el “Mignard de su tiempo”. Ni una palabra de historia, ni una palabra de arqueología, ni una palabra sobre la naturaleza. Los invito a que lean el folletín que haré el martes sobre Baudry con las palabras del siglo xvii… ¿La lengua de Molière? ¡Pero no hay nada más infecto que eso! Les hablaré de Molière cuando ustedes quieran. Sus versos están llenos de nasalidades… ¿Entonces quién? ¿Racine? Él tiene sólo dos versos bellos. He aquí el primero: La fille de Minos et de Pasifhaé. Jamás pudo encontrar la rima: ¡hace rimar Pasifhaé con liberté, y no sé qué más!.. Molière, un bufón, “propenso al servilismo”: ¡está en la lista de pensiones! ¡Inferior a Duvert y Lauzanne!

–Es verdad –dice Soulié, el futuro editor de un Molière.

–¡Imprímalo entonces!

Sainte-Beuve se mueve para hablar, agita su pequeño bonete. Gautier sigue su marcha con su modesta voz y sus ideas modestas, con el paso pacífico de un elefante que juega con la inteligencia estrecha de burgués miserable, mezquino, de falso gran hombre, de falso escritor, de ese Court de Gébelin de la Revue des Deux Mondes, Renan.

Luego Gautier apunta, a propósito de una frase lanzada por nosotros sobre el Fauno de Munich, a la belleza pura de la escultura griega que él ve en los testículos de las estatuas. Y nosotros describimos el pene griego y cierta ingenuidad del falo, de los testículos de los jóvenes estudiosos de los que habla Aristófanes, que suben como aceitunas.

Al salir de ahí, de esa mesa en la que despotricamos contra todos, en la que se le falta el respeto a todo, donde la filosofía del escepticismo puro, del materialismo crudo, del epicureísmo agraz golpea todo, oigo a Saint-Victor y Gautier cogidos del brazo, hablar del temor de haber estado trece en una mesa. Juran no volver a comer ahí.

 

Hay más almas que inteligencias con carácter. Llamo carácter a la constancia de la conciencia.

 

El hombre que no lleva paletó para comer en el campo es todo un carácter: es el hombre del presente.

 

Poseer y crear, las pasiones vivas del hombre. Es la propiedad.

 

17 de mayo

Saint-Victor cenó ayer en casa de Girardin, quien le presentó a la princesa Mathilde. Ella comió ahí con Morny, Boittelle, el prefecto de policía, Fleury, etc.

¡Qué divertida parodia de la oposición en este momento! Sacy en el Débats, Guéroult en la Opinion Nationale, Havin en el Siècle y Girardin en la Presse.

Morny, quien ha llevado la conversación en la comida, sostuvo que las mujeres no tienen gusto, que no saben lo que está bien, que no son ni gastrónomas ni libertinas, que en cuestión de gustos sólo tienen caprichos. Después externó su axioma de que un poco de libertinaje suaviza las costumbres. Luego, con gran indignación de la princesa, comenzó una apología del lesbianismo, que les proporciona un gusto a las mujeres, las vuelve refinadas, las realiza. Ésos son los dichos en una mesa del Imperio.

 

18 de mayo

Nuestro amigo Flaubert es el mayor teórico sobre el libro que puede haber. Quiere meter en el que planea todo Tom Jones y Candido. Sigue manifestando el mayor disgusto y el mayor desprecio por la realidad. Todo para él parte de un sistema, nada de la inspiración. Yo temo que las obras maestras no se planean hasta ese punto.

 

19 de mayo

Profundo desaliento con nuestro libro casi terminado, Mademoiselle Mauperin, como con las largas tareas a punto de acabarlas.

Maurice de Guérin, Saint-Victor, Théophile Gautier panteístas: ausencia de carácter, efusión de fuerzas individuales en las fuerzas generales, universales.

 

22 de mayo

Después de comer con Flaubert y Bouilhet –quien ahora, en Mantes, aprende chino para hacer un poema chino–, llegamos a la rue de Bondy, una galería atestada de blusas de trabajador, a mitad de la cual se abre la puerta de los bastidores de la Porte-Saint-Martin.

Una escalera de caracol, una barandilla de madera grasosa; olor y luces de quinqués; puertas, rellanos; todo angosto. Un laberinto de corredores, algo parecido a esos lugares estrechos que uno ve en los sueños.

Luego los pies se posan en las planchas correderas; el hombro roza un bastidor de madera repleto de periódicos viejos. Aparece una muchedumbre que se nos cruza, gente del pueblo mezclada con cargadores del oropel; trajes brillantes, deslumbrantes, que se desvanecen en el gris o azul de las blusas de los trabajadores de los arrabales.

Un ir y venir sin palabras, automático, pasan fragmentos de un baile de máscaras; niñas con blusas escolares pasan entre tus piernas, otras suben una escalera y mueven en la sombra gasas de ángel. Por momentos, por una abertura del decorado, un rincón del escenario, una exhalación de colores, de música, de voces. Y luego un raudal en desorden de figurantes, tramoyistas, obreros, todo eso con el movimiento de una manufactura inmensa, de una fábrica prodigiosa, de rostros macilentos, de pequeñas raquíticas, de caras de monte-de-piedad, de caras maquilladas –¡el desorden de un carnaval en una fábrica en actividad!

En todo eso, un aroma particular, un calor en el que los sudores de los cargadores se mezclan con los sudores de las bailarinas; vapores de gas, de aceite, aroma de polvos, el aliento de un pueblo mezclado con el agrio de los niños pequeños; emanaciones de colores, de telas nuevas, de carne, de luz.

Desembocamos en el corredor apagado de los palcos. Subimos por la oscuridad hacia donde se oyen las voces. Abrimos un palco del segundo. La sala está casi llena; la iluminación ha sido abajada, la de las candilejas subida; los actores en el escenario.

Hay mujeres en trajes, otras en vestidos de calle. Los actores que interpretan príncipes, en paletós. En unas sillas de tragedia, en un rincón del escenario, junto a la rampa, Marc Fournier y Anicet Bourgeois están sentados. Un regidor, con un bastón, forma los batallones de bailarinas, las legiones de figurantes; tiene el aire de un caporal que manda en una leyenda las visiones de un sueño.

En la sala, el mismo desorden, la misma confusión del teatro y de la vida, del siglo xix y de la comedia que se interpreta, la calle y las Pilules du diable se reencuentran. Junto a nosotros un muchachito con un magnífico traje griego quiere poner en su lugar a un muchacho en blusa. En medio de la gente de la casa y del teatro en sucios vestuarios, en mangas de camisa, sentados en los primeros palcos, aparece una bailarina blanca, radiante, nebulosa, con una diadema de lentejuelas; otra está sentada en un palco lleno de luces de quinqués, con su tutú levantado por detrás como cola de pichón y que la aureolea.

Nosotros bajamos al compartimento frente al proscenio, donde Mariquita, la amante de Fournier, con el vestuario en el que va a bailar, practica sus puntas. El teatro está en sombras. Sobre el fondo de pasas de corintia, oscuro y cavernoso del palco, ella se destaca, el rostro iluminado a medias por la luz que viene de las candilejas y muere en su garganta, en el ramo de lazos rojos de su blusa. Todo el resto, la falda inflada y las piernas, en una media luz de luna, de un tono a la Goya, de una claridad imprecisa, ligera, una verdadera falda de Willis. Sobre su cabeza una mariposa va y vuela como un átomo en un rayo de luz. Y nada más encantador que ese cuerpo así iluminado, moviéndose, su pierna proyectada de repente, las elevaciones que practica sosteniéndose con una mano de una silla, esta dislocación armoniosa de la bailarina calentando sus miembros en esta atmósfera misteriosa y cálida de un palco, hablando siempre y dejando caer sobre ti sus grandes ojos negros.

Sobre el escenario hay agitación. Recomienzan los trucos fallidos. Fournier, con su bastón, detiene la orquesta. El apuntador raya con un lápiz los pasajes suprimidos de los roles. Una actriz pide un cojín para caer con más suavidad sobre el escenario. Los papeles de pronto se detienen; el director apresura a un comparsa tomándolo del codo. Le dice al grupo:

–¿Han entendido?

–¡En fa, en fa! –grita a sus músicos el director de orquesta

Todo es movimiento, actividad, tensión, atención; todo un ejército de hombres que hay que colocar, que mover, que hacer entrar, salir; la combinación de trucos en su momento, de entradas, de ataques de la orquesta; la multitud de accesorios dispuestos en el momento preciso; este caos, en este mundo de magia que organizar, ordenar, animar; la enormidad de este trabajo es para hacer estallar la cabeza, todo esto que miras, todo esto que supones de esfuerzos, de horas de labor, de vigilia de las costureras, pintores, tramoyistas, actores, músicos; este reclutamiento de un populacho de comedia, de una corte de cuento de hadas –todo esto, a medida que las escenas se desarrollan sin cesar, te deslumbran los ojos, la cabeza, el pensamiento.

En medio de todo, nadie muestra fatiga, del primero al último, toda esta gente que repite casi lo mismo desde hace ocho horas, que lo han repetido hoy casi cuatro horas, que lo repetirán esta noche casi el mismo tiempo, parecen alegres, sin hastío, interesados en lo que hacen, ¡tanta magia hay en esta mentira del teatro!

Llega el acto de la danza. Espinosa, el maestro de ballet, sacude el frente del teatro palmeando al mismo tiempo con sus manos. Las bailarinas se mueven, sólo las primeras en vestuario, las otras con enaguas o corsé; otras incluso en paños menores; algunas con pañoletas negras alrededor de la cabeza, lo que les da el irritante aire de currucas –encantadoras en su deshabillé de danza, lo que les da el aspecto de la estampa Lever des ouvrières en mode de la Ópera. En el cuello, para combatir el frío, se anudan sus pañuelos. “Monsieur Fournier”, dice una voz de anciano desde el balcón: Fournier se levanta y hace callar la orquesta.

–¿Estas damas estarán en trajes de carácter o de comedia?

–En trajes de carácter –contesta Fournier.

–Bien –dice la voz.

Esa voz es la censura. Es la voz del encargado del Pudor Público, encargado de examinar si en este burdel que llamamos teatro de comedia no se excita demasiado a la gente.

Son más de las dos. La repetición comienza, más bella…

 

24 de mayo

Leído de los economistas. El bienestar material implica para ellos el progreso moral –doctrina de la última aristocracia: ¡proclaman que la gente acomodada es mejor que la pobre!

 

27 de mayo

La princesa dice que recibió una sosa carta de Lescure enviándole sus libros: “Pero, ¿por qué me escribe?, dice. Yo no conozco a ese monsieur…” Arago, al besarle la mano: “¡Muchas jaladas como esa! Es su lengua: dice reventaron para la gente que, según ella, no merece que se diga que murieron, y mocho para el clerical.

Gavarni, en un diván, me dice:

–Estoy enamorado de la princesa.

–¿Qué es lo que dijo? –dice ella al pasar.

–Princesa, que está enamorado de usted.

–Bueno, es placentero que me digan tales cosas. Es inconveniente decirlas, ¡pero qué se le va a hacer!

Se cuenta la siguiente historia. Mme de Païva le pide a un joven 20,000 francos para acostarse con él. Él los lleva. Ella los coloca en círculo y comienza a prenderlos uno a uno mientras le dice: “Seré tuya todo el tiempo que esto dure.” Billetes de banco fotografiados por un amigo de ese joven, Aguado; al llegar al último le dice: “Guardaré uno. Son falsos.”

 

28 de mayo

Harto de las elecciones, de los carteles, de las tonterías. La hipocresía tiene su fiesta. Perseguido por esta frase en los muros: “Candidato liberal”, es decir: “Yo soy bueno; yo amo al pueblo…” ¿Qué interés tiene ese hombre por ser mejor que yo? Con esta idea salgo de cualquier discusión política con un liberal, con un republicano y con toda clase de filántropos y utopistas.

 

Saint-Victor me habla de la nueva Mme de Girardin: “Esa mujer tiene la frialdad de una caverna: todas las luces se extinguen. Tiene una sonrisa oficial que se apaga como un farol.”

 

Todos los productos modernos son malos, no duran nada. Sólo la mano le da vida a las cosas. Las máquinas hacen cosas muertas.

 

30 de mayo

Me paseo por los bulevares exteriores, ensanchados por la supresión de los caminos de ronda. Ha cambiado su aspecto. Los cabarets se han ido. Los mesones no tienen sus grandes números: con sus vidrios iluminados y esmerilados tienen el aspecto de bares norteamericanos. Hombres en blusas de trabajo contrastan, en un inmenso café llamado Delta, con la sala dorada en la que están, verdadera Galería de Apolo, jurando con los jugadores de billar y la embriaguez de la miseria.

Entro al baile del Hermitage. No hay una sola muchacha bonita. Todo se lo ha llevado el dinero, que recoge todo y a todas convierte en damas galantes.

Entre el Lariboisière y el rastro, esos dos atormentadores, sueño que respiro el aire caliente de la carne. Gemidos, mugidos, vienen hacia mí como música lejana. Y a mis espaldas, en la banca de madera en la que estoy sentado, oigo a tres muchachitas bromear sobre la forma en que las hermanas les piden hacer el signo de la cruz. Es el nuevo París.

 

Después de haber comprado y hojeado los panfletos de la Revolución. –La Revolución, ¡las hemorroides de la humanidad: mierda y sangre!

 

Saint-Victor. Cuando va a ver a Charles Edmond y ve el lugar, su departamento alto, de catorce pies, el espacio que ocupan sus cuadros, se vuelve discutidor, gruñón, contradictor de ideas. No he visto a un hombre más trasparente. Se podría estudiar, en él, al hombre de hoy.

  • José María Piñeiro Gutiérrez

    Estupenda selección de los famosos diarios de los Gouncourt. Qué buena idea sería que se publicaran en español. Felicidades por esta entrega.