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Diario de los hermanos Goncourt

Traducción de Armando Pinto

 

AÑO 1869

Nos damos el abrazo en el jardín de nuestra casa, al claro de luna de un año nuevo.

Durante la jornada, llevar nuestro manuscrito a Lacroix, apuntarnos con la Princesa, ese ha sido nuestro primer día del año.

He visto por primera vez a niños llevar plantas exóticas y pequeñas palmeras como regalos de año nuevo.

2 de enero

A propósito de M. de Nieuwerkerke, convertido en blanco y San Sebastián de los pequeños periódicos, me parece que este gobierno echa a sus ministros y altos funcionarios como comida a la oposición, como un ruso en trineo, perseguido por una jauría de lobos amplia y creciente, le echa para detenerla y ganar tiempo, sus provisiones, sus cobijas y sus botas.5 de enero

Si uno se dejara llevar, se quedaría acostado y no se levantaría hasta el juicio final.

Una frase que pinta bien la política actual suicida y sin futuro, es la frase de Rouher a Vatry, muy asustado por la situación. El Richeliu de la desidia lo escucha, luego le responde simplemente: “Desde hace algún tiempo, he estudiado mucho a un filósofo chino, cuya sabiduría yo pongo en práctica: es el filósofo Yeu-man-fou.

Charla del doctor Robin en lo de Magny: detalles de experiencias pasmosas y terroríficas sobre decapitados, cuerpos de hombres sin cabeza que, después de cuarenta y cinco minutos de muertos, llevan su mano con el movimiento de un vivo a su pecho, al lugar donde uno los pincha; y muchas otras pruebas que apoyan la teoría sobre la independencia del cerebro y del corazón.

¡Ninguna distracción para sacarnos del estado enfermizo, suspender el tormento de nuestra salud, como esos grandes logros de la ciencia, esos sueños de escalpelo por decirlo así, que nos dan nuestros olvidos, nuestros placeres, nuestros aturdimientos, nuestra ebriedad mental, como a los demás la embriaguez de una fiesta de sociedad, de un baile, de un espectáculo!

Miércoles 6 de enero

Le digo a la Princesa que vi a Sainte-Beuve, que lo encontré fatigado, preocupado, triste. Ella no me responde, pasa delante de mí y me conduce al primer salón, el claustro de sus charlas íntimas y de sus entrevistas confidenciales.

Y ahí estalla: “¡A Sainte-Beuve no lo veré más! ¡Nunca!… Se ha comportado conmigo… ¡Él, en fin!… Es por su causa que me he disgustado con la Emperatriz… ¡Y todo lo que ha tenido por mí!… Durante mi última estancia en Compiègne, me pidió tres cosas: obtuve dos del Emperador… Y yo, ¿qué le pedí? No le pedí que renunciara a una convicción, le pedí que no se comprometiera con un acuerdo con el Temps; y de parte de Rouher, le ofrecí todo… Habría estado en la Liberté con Girardin, era todavía posible, era de su mundo… ¡Pero al Temps! ¡nuestros enemigos personales! ¡donde todo el tiempo se nos insulta!… Él ha estado conmigo…”

Se detiene, luego: “Oh, es un mal hombre… Hace ya seis meses le escribí a Flaubert: “Temo que Sainte-Beuve dentro de poco, nos haga alguna jugada…” Y es él quien le escribió a Nefftzer… En todo eso está su amigo d’Alton-Shée.”

Y con palabras de amargura casi silibantes: “Él me escribió el año nuevo su reconocimiento por todo el confort y bienestar que rodeó su enfermedad y que él me debía… ¡No, uno no se conduce así!”

Se sofoca, se ahoga, se golpea la garganta con la parte superior de su vestido bordado, que agita con las dos manos, y las lágrimas que absorbe le trepan a la voz que la emoción estrangula por momentos: “¡En fin, no hablo de la princesa, sino de la mujer, la mujer!” Y me sacude por las solapas, como para clavarme su indignación y romperme el pecho: “Vea, Goncourt, ¿no es eso indigno?” Y sus ojos, llenos de la cólera de su corazón, rebuscan en los míos.

Después da algunos pasos en la alfombra, agitando tras ella la gran estela de su vestido de seda blanco. Se vuelve hacia mí: “¡La mujer!… Fui a comer a su casa, me senté en la silla ¡por la que había pasado Mme Rattazzi, sí! Por lo demás, le dije en su casa: “Pero su casa es una casa de pillos, un mal lugar, ¡y yo he venido, yo! ¡He venido por usted!” Oh, fui dura… “Pero ¿quién es usted? Un viejo impotente. ¡No puede ni satisfacer sus necesidades! ¿Pero entonces, qué ambiciones tiene? Vea, habría querido que hubiese usted muerto el año pasado: me habría dejado por lo menos la impresión y el recuerdo de un amigo.” Esa escena me ha hecho mal…” agregó estremeciéndose todavía por su visita.

Y mientras pasa el superintendente, con sus insignias, regresando de la velada: “No diga nada de esto, yo no le he dicho nada a M. de Nieuwerkerke. Hice lo que quise…”

7 de enero

Burty nos cuenta que a propósito de un volumen impreso por Claye, el año pasado, los obreros rehusaron, de repente, continuar la impresión del volumen por una orden dada por su comité. Claye que quería saber el porqué, envió delegados. El comité se negó a explicar, a dar razones.

No está muy lejos el tiempo en que la corporación de impresores hará un Consejo de los Diez contra el pensamiento y prohibirá la inmortalidad de la impresión a una obra por el crimen de desagradarle.

8 de enero

¡Oh! ¡El verdadero, siempre más admirable que el falso que crea el genio! Compare a ese gran burgués de las memorias de Mme Sand, M. de Beaumont, con el Gillenormand de los Misérables de Hugo.

La hidroterapia, el agua fría: un terror, un espanto. ¡Las mañanas en que te despiertas con la ansiedad de esta lluvia de tortura, que te hace dar alaridos del suplicio de todos tus nervios y danzar en la tina de fierro blanco la danza de Saint-Guy de la ducha de los locos! No pude resistir más que tres días: habría muerto.

10 de enero

La prensa en este momento torna a la crueldad. En la guerra contra Nieuwerkerke, los periodicazos, los anuncios de su hemiplejía han sido semejantes y tan enconados como esos alfilerazos del siglo xvi tratando de clavar la muerte en el corazón de la figura de cera de un enemigo.

Sobre el tirano actual de Dalloz y de su Moniteur, el tal Pointel, director cristiano de un periódico ilustrado, el expulsor de Sainte-Beuve al Temps, Brown, el pintor de caballos, nos cuenta esta graciosa anécdota. Es mandado a traer para hacer grabados. Pointel le pregunta qué hace:

“¡Pues caballos! –¿Caballos?” Y Pointel da dos vueltas febrilmente en su gabinete. Se vuelve a Brown: “¡Caballos!… Los caballos se llevan a la hija. La hija lleva a la muerte de la familia. ¡Caballos en mi periódico Jamás!

12 de enero

Una horrible y siniestra expresión del París podrido sobre el fin del vividor, sobre las enfermedades como la de M. de Moustier: se le llama a eso ¡largó don purgante!

12 de enero

Una vez muerto, la locura del escritor, del artista –vea a Méryon, a Baudelaire— lo sobrestima; hace subir las obras, como la guillotina hace subir la escritura de los guillotinados en los catálogos de autógrafos.

Miércoles 13 de enero

La Princesa, después de comer, otra vez sobre Sainte-Beuve, dispara: “me reprimí, salí de su casa, por miedo a llorar… ¿Pero sabe que me ha dicho? Que nada lo obligaba a entregar su dimisión al senado: que le daba igual; que además su intención era de jamás servir al pequeño Príncipe imperial.”

Después, de pronto, ella lanza esta frase que declara la índole de esta ruptura: “Vea, en el fondo, para una mujer como yo, no puede existir amistad con un hombre incompleto…” palabras profundas, auténtico hallazgo, que pinta la incompatibilidad fisiológica entre los dos caracteres.

El eau-de-vie [agua de vida; en español, aguardiente], un nombre que encuentra la lengua del pueblo. ¿Y no es ese el caldo de los muertos de hambre?

Un abismo, en estos años, entre la novela y el teatro. Podemos tomar la medida de un libro como Madame Gervaise con una pieza como La dévote de Sardou.

15 de enero

Una vida sin un minuto de reposo; pruebas, correcciones de páginas, sin tregua ni interrupción; carreras en París; el trabajo forzado de la revisión inmediata; la necesidad de inspiración continua, de cambios que hay que improvisar; de jornadas en las que no se tiene un cuarto de hora para uno y suspira por la hora en que fumará un cigarro sin pensar. Y eso con los malestares de uno y de otro, que se interrogan con la mirada y escrutan sus mutuos sufrimientos, mezclando sus heroísmos, uno atormentado por migrañas perpetuas, el otro por una revoltura y un continuo malestar de estómago, que causan una especie de miserable resucitar en la noche, la hora en que uno enciende el gas.

¡Oh! Es bueno que nosotros seamos los mártires de nuestros libros, siempre, a pesar de la enfermedad, en la brecha del trabajo y del pensamiento.

17 de enero

Es curioso cómo, ahora, nos ha venido una especie de disgusto y desprecio por estos países de color que amábamos tanto. Nuestro interés ya no está ahí: está en los países de vivos extraños y sociedades complicadas, como Inglaterra y Rusia, donde lo pintoresco está hecho de hombres.

20 de enero

La Princesa vuelve a Sainte-Beuve: ¡Es más, si fuera un hombre de impulsos, de resoluciones extremas! Pero no, ha sido siempre un hombre entre el fu y el fa. ¿No es verdad? ¿Sainte-Beuve no es así?… Y bien, ¿quiere que se lo diga? Cuando el emperador concedió las libertades –pues desde entonces él se había opuesto como el demonio–, él no se sintió entre dos gendarmes. Ya no se sintió protegido; y por miedo se pasó al otro lado para mayor seguridad.”

En el muelle.

Entre los dos hospitales, que te oprimen el corazón, cuando pasas por ahí, entre el paralelismo del sufrimiento humano, se pone uno a pensar y se dice a sí mismo: “¡Un Dios de bondad, allá arriba, vamos! Y ¿qué podría hacer para ser más cruel?

Conmovida, por la venta de su casa, de nuestro comportamiento de caballeros, al que no la han habituado sus amantes, Fournier, Baroche e incluso el Príncipe, la de Tourbey –ahora en dos palabras– ha atormentado a Flaubert para que nos lleve a cenar con ella.

Un departamento rico y banal, parecido a esos departamentos amueblados que se alquila a los provincianos para la boda de una hija rica. Un verdadero carnaval de invitados: Paradol, Théophile Gautier, Girardin lúgubre y achacoso, con su cabeza de muerto y su mechón posado como un caracol sobre un cráneo.

Pésima cena, que le hace mal al estómago. Siempre una comediante del Hotel Rambouillet, una gran voluntad para construir frases, pero las hace siempre para todo.

Jugamos a pequeños juegos de ingenio inocentes y cochinos. La dueña de la casa lanza a los invitados la palabra maltusianismo y solicita una definición a la ronda. Cada uno, con el cuchillo de la improvisación en la garganta, dice una grosería o una estupidez

Después de cenar, hay una burda lucha entre Gautier y Flaubert, el primero desplegando una monstruosa, brutal y repugnante vanidad de haber golpeado a las mujeres; y el otro, el orgullo de haber sido golpeado, experimentando siempre el enorme deseo de matarlas, y sintiendo, como termina por decir a propósito de Mme Colet, crujir bajo él los bancos de la sala de lo criminal.

Después bromeamos, sin suavizar las alusiones, sobre la independencia de Girardin de la cuestión femenina: es con el nombre de intimidad con la que ha bautizado él mismo su impotencia.

31 de enero

En casa de la Princesa.

Siempre los mismos transeúntes, los mismos que se van, los mismos que llegan, los mismos apretones de manos, las mismas gentilezas y saludos mecánicos y la misma impresión de indiferencia, de sequedad, de desinterés en todas esas zalamerías convenidas, sonrientes y monótonas. Tal olvido y tal vacío, que se da uno los buenos días dos veces, sin acordarse de la primera. Tras la amabilidad estereotipada de los rostros, bajo el chanceo vago y banal de dientes para afuera, la palabra inútil y vacía, todo ese mundo hundido en la absorción del yo y de la personalidad egoísta. Uno sale con el corazón helado, como si hubiera pasado la velada en medio de figuras de hielo.

¡Mala mujer en el fondo de la mujer de mundo italiana! Siempre del país de Maquiavelo.

Lo reconocemos: un gran orgullo nos invade al releer las primeras hojas impresas de Madame Gervaise.

 

La república, esa mentira de la fraternidad universal de los hombres, y la más antinatural de las utopías. Él no está hecho más que para amar al hombre que conoce, que le es cercano o que posee.

 

Leo que en este momento todos los árboles de París están a punto de morir. El oídio después de algunos años. La vieja naturaleza se va. Abandona nuestra tierra emponzoñada de civilización; y tal vez el tiempo está próximo en que será necesario que la decoración natural sea falsificada por la industria, un tiempo en que las capitales modernas, las monstruosas acumulaciones de humanidad, no tendrán más sombra y verdor que la hojalata troquelada y pintada con palmeras del baño de la Samaritaine.

 

Mme de Païva, la figura insolente de la Fortuna muliebris.

 

Nada bueno con una querida, relaciones de pura animalidad envueltas en una muy compasiva amistad.

 

El hombre ha adquirido el hábito de hablar como a personas, a Dios y los animales.

 

5 de febrero, media noche.

Corrección de las últimas pruebas de Madame Gervaise. Y pensamos en los secretos del nacimiento y formación de este verdadero hijo de uno mismo, creación del pensamiento, verdaderamente semejante, en su milagro y su misterio, a la creación de la vida inexistente de un hombre. Tal vez se trata de pura imaginación está muerte de la mujer al pasar el umbral del aposento del papa, y sin embargo está muy cerca de la verdad. La mujer, la pariente, de quien hemos hecho la descripción en esta novela, ha muerto como nosotros la hicimos morir, al vestirse para asistir a su audiencia –y nosotros no hemos hecho más que retrasar su muerte dos horas.

Hemos releído nuestro fragmento de la tisis, este fragmento que no existiría si no lo hubiéramos escrito, establecido y animado, este fragmento salido de la aridez de Magny, escapado al cerebro nublado y lleno de relámpagos, de esta lengua y de esta ciencia que se exalta farfullando en Robin. Porque eso, a quien nosotros hemos dado la franqueza y el carácter, acuñado por el estilo y el atrevimiento de nuestra pluma, nunca habría salido de él. Él habría tenido frente al papel las timideces confusas y las correcciones atemorizadas que nos ha enviado sobre nuestras pruebas.

¡Raíces extravagantes, encuentros y fecundaciones singulares! ¡Recuerdos del fango de donde puede brotar lo sublime! Uno no adivinaría que la frase del final procede de una historia horrible, que nos ha quedado en la oreja del espíritu, refrán indecente de una pequeña zorra, que, al regresar, en la noche, dijo a través de la puerta de su madre, que no le abría: “¡Mamá! ¡mamá! ¡Ábreme!” y al final impaciente: “¡vaya que es mierda!”

Es lo que uno podría llamar perla recogida en los lugares.

7 de febrero

¡Ironía de las cosas y del desastre de este tiempo, en lo que todo parece contradictorio! Sucede que nosotros, que nos quejamos más que nadie de este régimen y que tenemos por él el odio de los letrados puros a este gobierno enemigo y envidioso de las letras, nosotros que no tenemos, en toda esta barahúnda actual de un Imperio alelado, otra amistad desinteresada y profunda que la de la Princesa –una amistad aún, que disputa y lucha con ella en la discusión de toda idea y de todo asunto–, es en nosotros que quiere matar frente al público el talento con la calumnia, eternamente popular, de las palabras de los cortesanos!

¿Y de dónde surge? Del lacayo servil de la opinión pública, de Galichon. Cabe aquí el retrato de ese pequeño ambicioso escrofuloso, mitad tratante de vinos en una choza del Port-au-Vin, mitad director de una Gazette des beaux-arts, que él hace con el dinero de un noble imbécil, reclutado por él; compartiendo su tiempo entre la admiración de Albert Dürer y la mezcla de caldos; la tez de bubón y los lentes azules de un corrupto; el famulus larvado de Charles Blanc, fingiendo sordera para parecerse a Buloz; ridículo biógrafo del Maître à l’oiseau; agachado frente al gusto del arte de M. Thiers, lameculos de todos los culos del Instituto y que bien merece por su celo de doméstico, ser su candidato in culo.

A petición suya, si nos quedaríamos en su periódico después de su manifiesto contra Nieuwerkerke, ese manifiesto rabioso y tonto, que fecha la independencia de la Gazette des beaux-arts en el momento en que el superintendente le retira la subvención, nosotros le hemos respondido lo siguiente.

“Monsieur, le agradecemos haber mostrado tal estima de nosotros al creer que no nos quedaríamos en la Gazette después del artículo que ha firmado ayer.

“Las dos novelas, publicadas por entregas por nosotros, han aparecido en periódicos de la oposición. La única relación que tenemos con este gobierno, lejos de ser vínculos de reconocimiento, son de amistad con personas, amistades desinteresadas, venidas a nosotros por ellas mismas, que nos son caras y que encontraríamos ruin abandonar en este momento.

Le decimos, Monsieur, que ante el número de su periódico anunciando una hoja especial de hostilidades contra esas personas y esas amistades, le rogamos remita nuestro artículo sobre Moreau a M. Lecuyr, en la Librairie Internationale.

Sírvase también retener el importe del artículo Eisen a cuenta de la primera pieza de vino de Bourgogne que le debemos y del que completaremos el pago al primer día. En cuanto a la segunda, la zanjaremos, según es costumbre, al cumplirse el año.”

¡Claro!, hay muchas cosas que reprochar a Nieuwkerke; ¿pero qué hay en el fondo de todos esos ataques? ¿El amor que se reclama a los cuadros? Pero, de todos los periodistas que reclaman, ¿hay uno solo que sepa el lugar de un solo cuadro del Louvre? ¡No, es siempre –y en este momento en una proporción espantosa— la envidia, la envidia de la pequeña burguesía, pura, en bruto, a la vez cobarde y casi salvaje, contra un hombre apuesto, que es conde, que es feliz, que ha tenido a grandes damas, que tiene una buena plaza y grandes emolumentos!

Podríamos bautizar a nuestro presente género de novelas, y las que soñamos para más tarde, como poema en prosa de sensaciones.

 

El emperador, el antiguo, tenía el gran odio del Poder al pensamiento y la ideología; éste tiene contra los las letras y los hombres de letras la baja envidia de un fruto seco sobre un trono.

 

10 de febrero

Acabamos de estar a punto de morir juntos. Íbamos a nuestra comida del miércoles con la Princesa. Un cochero ebrio, que tomamos en Auteuil, nos arrojó a rienda suelta al camino de un camión, en el muelle de Passy; y el choque fue tal que Edmond, lanzado contra el vidrio frente a él lo rompió con el rostro, y al recobrarnos… nos miramos –¡una mirad mutua y terrible, en la que uno examinaba al otro! La sangre llenaba su cara, llenaba el ojo. Salimos del coche para verlo. Lo miré: el golpe dio bajo el ojo, el vidrio cortó los párpados inferiores y superiores. Yo no veía más que eso; Edmond no me dijo que había temido, por el deslumbramiento causado por la sangre, tener el ojo reventado.

Del muelle subimos a Passy, yo sosteniéndolo con el brazo, él caminando firmemente, el pañuelo empapado de rojo, como un accidente sangriento, como un albañil caído de un techo. Y hasta el lavado del ojo con el farmacéutico, angustia, emoción, segundos eternos. Un milagro: ¡el ojo no tenía nada!

Vamos al telégrafo para enviar un comunicado en rue de Courcelles; y él me dijo esta cosa muy extraña, que un momento antes del choque, había tenido el presentimiento del accidente; solamente que, por una especie de transposición de segunda visión fraternal, era a mí al que él veía herido, y herido en el ojo.

12 de febrero

¡Oh, la gran emoción de cortar el libro intonso y el fresco sudor de la encuadernación todavía húmeda!

12 de febrero

Flotamos por la Princesa entre dos sentimientos diferentes y mudables. Nos ocurren por momentos vagas aprensiones instintivas de ser explotados por una amistad, por un vínculo verdaderamente sincero y entregado. Después es expulsado de nosotros por minutos de sensibilidad y de verdadera emoción de ella por nosotros, casi sin palabras y en los que pasa entre nosotros el fluido nervioso de un afecto compartido. Y nuevamente, de improviso, en esta mujer tan compleja –y en quien la fortuna ha mezclado sangres tan diversas–, parece que vemos a la italiana, con su doble fondo, o a la wurttemberguesa, con una arrogancia y frialdad germánicas, reemplazar a la francesa, que está junto a nosotros y es toda nuestra.

 

Nadie ha caracterizado todavía nuestro talento de novelistas. Se compone de una mezcla extraña y única, que hace de nosotros a la vez fisiólogos y poetas.

 

¡Oh, qué bueno es, cuando se acerca uno a la princesa, sentir el dolor del esfuerzo de su independencia!

 

Lunes 15 de febrero

Estábamos acodados en un barandal del Point-du-Jour que baja desde ahí hasta el jardín de Gavarni. Una mano sobre nuestra espalda: es el vagabundo, falso guardián de siete millas en venta.

Todo el jardín está abandonado, baldío, ruinoso; la hiedra se propaga. Por aquí y por allá los montículos de antiguos desplazamientos de tierra. La pintoresca tristeza de los estragos de la naturaleza y los cúmulos de rocas donde rebosan las plantas parásitas. Nos paseamos por ahí, el vagabundo nos lleva a la línea más baja del jardín, al huerto, a los bellos árboles que limitan el jardín. Aquí habrá un ventorrillo, una taberna para los domingos y los lunes de excursiones al campo y donde esta canalla aborrecida por Gavarni vendrá, bajo el portal siempre verde donde él paseaba sus grandes sueños, a bañar de azul los callos a la moda de Caen en la alameda que redondea delante de nosotros un marchante de vinos vasco.

Curioso Invalides que se ha creado este vagabundo, gotoso y casi ciego, especie de filósofo agreste y crapuloso de grabado en madera de Vireloque, dejado como centinela por obra de Gavarni, acompañado de dos terrieres feroces, a uno de ellos lo nombró el Cómico, y un Duque encerrado en el día en el hoyo oscuro y cavernoso de la nevera donde tirita, desconchada, la estatua de la Frileuse de Houdon.

Guasón, redondeando la espalda bajo el sol, soltando bromas amargas, nos conduce al cementerio de Auteuil, donde acaban de poner la piedra de granito de la tumba de Gavarni, sencilla: su nombre y dos fechas, su nacimiento y su muerte.

No sabemos si seremos vecinos de él en la despedida eterna.

Lunes 15 de febrero

Maria nos explicaba una rareza de la piel femenina de su país, de la Brie, esta piel de rubia de París, haciéndose, bajo el sol y el bronceado del campo, más negra, más curtida que la piel campesina del más extremo Midi. Nos habla de la extrema delicadeza de la suya, fina bajo el microscopio como un papel de seda, dejando percibir la circulación de la sangre; una piel tan sensible que dos días de paseo a Marsella la habían hecho casi irreconocible, una piel que toma en el lecho y en la sombra de una recámara la blancura de las lilas que crecen en sótanos.

Cae por aquí el médico que le había solicitado a Philips. Él me palpa, me voltea, me ausculta, hace sonar el cuerpo y el lugar de mis males, encontrando ahí el rastro de veinte años de vida literaria antihigiénica. Una angustia para los dos, una jornada de sobresaltos preocupantes.

En la tarde, pensamos, para reestablecernos, serenarnos y fortificarnos del desánimo de la salud y del esfuerzo de vivir, en algunas palabras amables, en algunos cumplidos banales que lamen las llagas del hombre de letras. La Princesa no encuentra qué decirnos más que, con un tono seco, esto: nuestro libro le parece muy bien elaborado; y me da para tonsurar un libro de poesía, envío del que parece halagada, de un provinciano anónimo, M. O. Justice, que ha pegado al frente de sus poemas de pacotilla una fotografía en la que parece un joven peluquero de cabeza de distrito.

De los demás, nada. Llega Taine, comienza reprochándonos por palabras que no se dicen, que no se encuentran en los diccionarios –¿cuál, el suyo?–, nos reconoce algunas descripciones hechas con los nervios, muy bien, y acaba diciéndonos al fin que no tiene ningún interés para él pues él ha leído a Santa Teresa. El autor de L’italie nos lo dice con un tono nervioso, entrecortado, acerbo, y la bilis parece poner verdes más que de ordinario sus lentes sin ojos. He aquí nuestro único éxito hasta ahora: hay que reconocer que nuestro libro no ha sido consentido por ahora.

Por lo demás, no sé qué acritud hay en el aire y que mal viento contradictorio sopla esta noche en las charlas, en las palabras del salón. La Princesa está en sus malos días, en esos humores inestables, en sus respuestas estúpidas y tercas, en esta especie de congestión sin sentido y de cólera ciega que a menudo tiene la sangre napoleónica. Son negativas brutales frente a gentes y hechos, ignorancias insolentes. Se trata de este fastidio de bromas homicidas e injuriosas, de calumnias que llegan casi a la insinuación de robo, ese eterno estrépito de injurias de los diarios asestado todas las mañanas y todas las tardes a este infeliz superintendente. Y severamente. Con una crueldad salvaje, como una mujer sin nervios, que no sabe que los hombres tienen, repite continuamente que él habría debido responder, siempre responder, responder a todo, cerrándole la boca cuando el gentilhombre, enfurecido por dentro por golpes de bastón o de espada que le queman la mano, intenta decirle: “¡Pero, Princesa, no puedo comprometerme con un Villemessant! ¡No puedo responder a una acusación de robo!”

Y para colmar el plato, tenía que haber ahí un abogado, por el que la Princesa está enloquecida, un ruin Lachaud, que no ve en todas las cuestiones de honor de este mundo más que cuestiones de daños a intereses. Y el suplicio en Nieuwerkerke llega a hacerlo sufrir de una tal impaciencia que nos lleva a fumar; y ahí, desbordando de amargura deja escapar frente a nosotros la tortura de los altos funcionarios bajo este régimen, que abandona como bestias a los matones de los diarios ese señor, tan cobarde, de allá arriba, que podríamos llamar emperador de desertores. Extraña posición de este hombre, que esta mujer ama. Que adora y al que atormenta diariamente con su entusiasmo por el régimen presente, el estado de cosas y de libertades actual, ¡este permiso de abofetear en la prensa la mejilla de su amante!

 

19 de febrero

Vamos a ver a Sainte-Beuve. Lo encontramos triste por su estado, triste por la política, triste por el estado de la literatura. Nos habla de las vergüenzas de la Academia, el tejemaneje de los votos y de las camarillas, las artimañas de Guizot. Nos cuenta el diálogo entre Mme de Galliera y Lebrun, que Lebrun le cuenta con una indignación y un resentimiento de viejo letrado. Cuando entra al salón:

“Y bien, Monsieur Lebrun, el primer asiento ha sido otorgado… Sí, a M. de Haussonville… es un hecho.

–Lo ignoraba, asintió al inclinarse el académico.

–El segundo, será sin duda M. de Champagny.

–¡Ah!…

–En cuanto al tercero, probablemente M. Barbier…”

Y a partir de ahí, la melancolía del momento, de las cinco, del día que se estanca, de la amenaza de aislamiento de su velada le trajo a los labios la añoranza, el examen pensado y en voz baja de todas las privaciones que sufría, la imposibilidad de desplazamiento, que lleva a los semejantes, a la sociedad, la imposibilidad de que te desintereses de la actuación de los demás y del mundo.

Nos describe, como atizando una charla frente a un fuego apagado, los días que suceden a los días, despertándose en la mañana todavía con algo de ilusión y claridad; después a mitad del día un poco de interés por el trabajo, algunos restos de la fidelidad de los amigos, y nada más, y las tristes perspectivas de la noche… “¡Ah, la existencia, ve, no! ¡Esa existencia!… La vida para mí no es más que una pared desnuda; le hacen falta tapices, amenidades…” Y su gesto dibuja en el vacío los disgustos de las cosas.

La noche cae dulcemente y la palabra del anciano se hace cada vez más una palabra de claroscuros, una palabra que se aproxima al gran silencio.

 

Esta noche, en casa de Voisin.

Nuestro pequeño primo –adulto sin bigotes– da lo que se llama en su mundo una pequeña fiesta. Dos ramos de violetas sobre la chimenea; luego dos damas, que llegan pronto. Es la Leininger, una de esas muchachas con un ocho muelles, con cinco caballos en la caballeriza, una casa montada, esas muchachas mantenidas a tres cientos mil francos y que tienen siempre necesidad de cinco luises: una alsaciana con un lunar sobre un pecho en escote cuadrado. Es seguida por una alemana con sarpullido, que ha sido la alcahueta de Rothschild: parece haber conservado el chapurreo de los banqueros alemanes de Balzac; ella tiene la especialidad de representar religiosas de imitación. Una sub-Guimond, que conoce a Todo-París cogedor y cogido; profunda y disimulada bajo su farfulleo, atractiva como una tienda de secretos, de escándalos, de horrores; una de esas revendedoras de carne de amor que el Rin nos envía armadas de todas las astucias y toda la ropa interior de Metternichs con enaguas.

Es ruidosa, estúpida, brutal, viscosa; la embriaguez hace emerger a la vez en estos pequeños señoritos, camaradas de Rollin, los burros y los mataditos del colegio, con los cariños y abrazos, que son como un despertar recalentado de sus recuerdos de conejos. Se palmean, se golpean, se persiguen en los cuartos de las sirvientas; y al final de la cuenta de 400 francos se añaden 75 centavos de árnica para la infeliz alemana, que se hizo, al escaparse ¡un moretón contra el plomo de la casa!

 

22 de febrero

Después de la aparición de nuestro libro, días dolorosos. Ni una carta, ni una palabra, ni un testimonio cualquiera de alguien, excepto un buen apretón de manos de Flaubert. Una profunda tristeza de ello, de esta liga del silencio, que sentimos de odio y envidia a nuestro alrededor, y de ese frío, que arroja entre todos que se nos acercan ¡la altura de este libro que los aplasta!

 

Una bella frase de madre devota, de mujer honesta y que no encontraría jamás lo que no fuera piadoso, lo que no fuera honesto, es esta frase de Mme R*** a su yerno, lento en el acto del matrimonio: “Mi querido Edgar, usted es quien debe despertar los pequeños sentidos de su esposa.”

 

Martes 2 de marzo

Hasta ahora, no hemos encontrado todavía a nadie que nos haya dicho un cumplido, incluso banal, por nuestro libro.

Vamos, antes de Magny, a casa de Sainte-Beuve. Baja del cuarto donde se sonda; y comienza a hablarnos de inmediato de nuestra novela, como un hombre que tiene que decir bastante. Se la hace leer en los intervalos de su trabajo.

Comienza con una especie de zalamería, de frases que parecen la caricia de una pata de gato que va a sacar sus garras, y el arañazo no se demora. Y llega sutil, sutil, con pequeños golpes: que, en suma, queremos demasiado, que nos vamos siempre al extremo, empujando y forzando nuestras cualidades, que él no dice que nuestros fragmentos leídos no puedan, con la voz de un buen lector, tener aceptación, dentro de cierto decoro… pero que los libros están hechos para ser leídos: “¡Dios mío! Uno los daría como fragmentos en la excerpta, más tarde… Pero yo, dijo, no sé, eso no es literatura, es de la música, es de la pintura. Ustedes desean hacer cosas…” Y se anima: “¡Rousseau, vaya, había encontrado ya un procedimiento exagerado! Después de él vino Bernardin de Saint-Pierre, que lo empujó más lejos. ¡Chateaubriand, sabe Dios!… ¡Hugo!…” E hizo la mueca que hacía siempre ante ese nombre. “En fin, Gautier y Saint-Victor… Y, vaya, ¡ustedes! ¿no es así? Hay otras cosas que ustedes quieren. El movimiento en el color, como dicen, del alma de las cosas. Es imposible… No sé, yo, cómo se tomará más tarde o a dónde vaya. Pero, vean, para ustedes, les hace falta atenuar, amortiguar… vean, vaya, su descripción, allí, al final, en el fondo, el papa, cuando él está de blanco, ¡pues no! Puede ser otra encorvada…”

Y luego partiendo de una tangente inesperada de cólera: “¿Neutre-alteinte, qué es eso, neutre-alteinte? No está en el diccionario, es una expresión de pintor. ¡No todo el mundo es pintor! Es como un cielo de color rosa té… ¡De rosa té! ¡¿Qué es rosa té? ¡Para un paisaje de Roma! Eso está aún en los alrededores…”

Y repite:

¡Rosa té! ¡No hay más que rosa! Eso no tiene sentido.

–¿Y sin embargo, Monsieur Sainte-Beuve, si he querido expresar que el cielo era amarillo, de un matiz amarillo rosado de un rosa té, de un Gloire de Dijon por ejemplo, y ese no es para nada el matiz del rosa ordinario?

–En arte, es necesario tener éxito, continúa Sainte-Beuve sin escuchar. Quisiera que ustedes tuvieran éxito.

Y ahí hay una interrupción, con algunas palabras contenidas, que nos hacen suponer que el libro no ha tenido éxito en su entorno y que ha tal vez aburrido a la Manchote.

Y nos recomienda escribir para el público y bajar nuestras obras a la inteligencia de todos, reprochándonos prácticamente este esfuerzo y esta ambición de nuestra conciencia, este trabajo de nuestras obras, sudadas con nuestra sangre y que nos mata, esta pasión heroica de satisfacción personal de nuestras obras ; consejos ruines del cortesano del éxito y de la popularidad, en medio de las cuales, como le decimos que para nosotros no hay más que un público, no ese tan bajo y degradado de ahora, sino el público del porvenir, nos dice levantando los hombros: “¿Es que hay un porvenir, una posteridad? ¡Uno se lo imagina!” blasfema el periodista que palpa en cada artículo la gloria vitalicia y no quiere alargarla más tiempo para los otros, para los no recompensados en vida y los libros ignorados que esperan su pago de la Posteridad.

Regaña, gruñe, arguye, con esta irritación de los nervios que todos aquellos que lo conocen a fondo le han visto siempre con toda obra un poco alta, la especie de cólera celosa, que le obstruye la discusión de esta obra, con la mala fe que se desboca y una inquietud por la aceptación del público, presente o futuro. Es entonces que él mezcla los sopetones con los reproches amargos y que se sale de sus hábitos de cortesía de prestamista.

De repente –aquí vamos a abordar una visita de ese amigo que no queremos, Taine–, él nos hace un gran reproche por haber hecho a nuestra heroína leer a Kant, quien en ese tiempo no había sido traducido: “¿Entonces qué fe quieren que uno tenga en su estudio? Y él nos repite este gran error, incrementando siempre la falta. Nosotros hemos tenido lástima de la ignorancia del gran crítico, con el cual sin duda nos habríamos disgustado si le hubiéramos dicho que ¡de 1796 a 1830 hubo aproximadamente una docena de traducciones de diversos libros de Kant al francés!

Un mujer verdaderamente injuzgable la Princesa, con los altos y bajos de su amistad, encantadora y tierna hoy, casi seca cuando la volvemos a ver que te da frío en el corazón.

Este miércoles tiene esos momentos como palatalizados de volver a verte. Ella está en vena de charlar sobre su hermano y su cuñada, la santa golosa y exigente del deber conyugal, orgullosa encima de todo: “Ella le es insoportable a mi padre, no la soporta. Lo ha perseguido ¡muriendo! La veo siempre, después de la extremaunción dada a mi pobre viejo padre, que ya no estaba ahí, la veo haciéndose la hermana, saben, como los juegos que hacen las niñas, revolviéndose de alegría… ¡Pero, en primer lugar, yo no comprendo la religión!… Una mujer que tiene la piel gruesa… y además, la he visto con su marido hacer cosas… En Meudon, cuando un día, impaciente, él le dio un puntapié no en la pierna sino en su vestido… Si a mí me hubiera hecho eso, no sé, yo habría… Y sí, dos minutos después ella se frotaba en su marido como un asno se frota en un árbol, ¡que se desuelle!”

Viollet-le-Duc habla de Mérimée, muy enfermo. Murió de una enfermedad del corazón, por lo que dice su amigo, que pretende que él era un hombre de sensibilidad contenida, muy tierno bajo la máscara del egoísmo y del cinismo. Él pertenecía a esa raza de impostores y de hombres haciéndose los fuertes, los Beyle, Jacquemont partiendo para la India y dejando a sus padres con la ligereza del adiós de un viaje a Saint-Cloud.

Uno de los más tristes finales, además, de este comediante de la insensibilidad, que murió, por lo que parece, sin un amigo, encerrado en su casa por dos viejas gobernantas recortándole la bebida y la comida, para aumentar los restos que les iba a dejar.

 

¡Ay! No puede uno estar en todos lados, ni sufrir por todo. ¡Los horizontes de nuestros proyectos de trabajo son tan grandes y tan profundos en todo sentido! ¡Qué bellos estudios por hacer sobre esos tres escritores de la Revolución, conocidos solamente por nosotros: Suleau, el periodista de 1791; Chassagnon, el loco de Lyon, el san Juan en el Patmos del terror, y ese Juvenal en prosa del Directorio, Richer- Serizy!

10 de marzo

Estamos en la nueva sala de la corte de lo criminal. Los dorados, las mesas, un plafón reluciente, por todas partes el confort y el lujo alegre y chillón, las horas de ansiedad repicadas por un péndulo de oro: mirando eso pensamos en la corte de lo criminal del futuro, en la que el artesonado será de palo de rosa, la pintura en seda pintada en tonos alegres y en la que habrá una vitrina de porcelanas, que los gendarmes les mostrarán a los acusados durante los recesos de las audiencias.

Es el corruptor de un menor e incluso de dos menores. El Cristo por encima, abajo, al fondo, el presidente, que tiene la voz de un viejo padre noble desdentado, balbucea para el jurado una carta de amor, en la que subraya cada palabra con una especie de malignidad de viejo juez, una especie de alegría siniestra, propia de la gente de la justicia, en la silenciosa emoción de la sala.

En el banco, entre los gendarmes, algo como un paquete lamentable que se convierte, cuando el presidente le dice que se levante, en una pequeña vieja horrible. Es una pensionaria de los Incurables, que carga ochenta años, de la que uno no ve, bajo su capucha negra y su visera verde, más que una nariz chata y un poco de piel pálida: uno no imaginaría de otro modo a la muerte celestina.

El acusado principal, el seductor, tranquilo y de sangre fría; sólo su rostro, a medida que se entablan los debates y que él disputa sin descanso y de pie contra el largo interrogatorio del presidente, parece adelgazar a ojos vistas y hundirse bajo la tirantez de los nervios. Con la declaración de los testigos hay inquietud en sus ojos animales y en el mordisqueo de sus bigotes, crispación en la comisura de los labios, que por momentos le ponen la boca de lado, como de una cara de guillotinado.

¡Qué hermosa es la emoción verdadera y punzante de la realidad del dolor! Es un padre tonto, con el dejo de una voz lenta y baja, con silencios meditabundos y vacíos en que pule confusamente con su guante la barra del tribunal, ausencias de una memoria que parece haberse hundido en su pesadumbre, interrupciones de voz, en la que el hombre se pasa lentamente la mano sobre el rostro y frente a los ojos para expulsar algo, los ¡Ah! a las preguntas del presidente, que son como despertar con el sobresalto de un golpe que le hubieran dado en el corazón. Como ha dicho sin saberse sublime: “¡Sí, deshonrados! ¡Los quisiera mejor muertos!”

 

Vislumbre, el otro día, de Granier de Cassagnac hijo. Una cabeza no desagradable. Una especie de sonrisa voluptuosa en los ojos. Una sonrisa de joven gladiador criollo, un no sé qué de cálido y al mismo tiempo de flojedad cansada que le vi a una cabeza d Giorgione en Dresde, arriba de la puerta de un museo.

Una cara fea de nuestro tiempo es la pequeña cara desgarrada de mal obrero de este Rochefort, cuyos rasgos parecen esculpidos no en la grandeza del odio, sino en la envidia del proletario.

Haríamos de buena gana este pacto con Dios –nosotros, torturados por males continuos, dolorosos, casi mortales en el trabajo y en la producción espiritual– de dejarnos sólo el cerebro para crear, nuestros ojos para ver, una mano con nuestra pluma al final y tomar nuestros otros sentidos y las miserias de nuestro cuerpo, de forma que no disfrutáramos más en este mundo que del estudio de la humanidad y del amor de nuestro arte.

 

El hombre ha creado más que Dios. El pensamiento humano es más vasto que el infinito divino.

Días de tristeza y desánimo en los que nos acostamos en el día para vivirlos menos largos.

 

Es raro que los hacedores de la opinión pública en arte, en literatura, no padezcan la tiranía de los imbéciles; y las guías del gusto público sean las domésticas.

 

Con Théophile Gautier.

Nos muestra el lujo de su mansión, este pobre sueño ideal de un salón de espera de dentista, en madera torneada y esculturas hechas a patadas, en la cual, con la más inocente y más sincera ilusión, el suntuoso descriptor de tantos interiores opulentos se cree ingenuamente en el palacio de Fortunio.

 

Todos los sistemas, todas las religiones, todas las ideas sociales son producidas aquí abajo. ¿Cómo es que no se ha constituido en ninguna época de la historia, en ningún lugar de la tierra, una secta de sabios para dejar morir la vida humana frente a la ferocidad de sus males? ¿Cómo no ha sido predicado aún este fin de la humanidad por la abstención de la procreación e incluso, para los más ansiosos, por la búsqueda y la invención del más dulce de los suicidios, por escuelas públicas de química, en donde se enseñaría una combinación de gas hilarante haciendo del paso del ser al no ser un estallido de risa?

14 de marzo

Un gran síntoma de este tiempo: La entente del gobierno y la opinión pública por el exilio de los muertos a 30 kilómetros de París, por la expropiación de la tumba, para el desmontaje y el trasplante de los amados despojos de los parientes, a esos túneles que harán temblar dentro de su ataúd el sueño de sus huesos. Que los periodistas, gente sin sepulcro de familia y sin concesión, no se conmuevan, es natural; pero los otros, aquellos que no son periodistas, ¿no le dan secretamente la mano a los utilitaristas, que sueñan con hacer de los despojos humanos y de las entrañas de un cementerio una mina de carbón animal?

Estos pensamientos nos surgen frente a un pequeño cementerio oculto en el bosque de Bolougne, cerrado, amurallado, olvidado, como precintado por un candado en la puerta herrumbrosa, en la que los barrotes dejan ver un verdadero campo de reposo, un verdadero jardín lentamente abandonado y que parece permitir la perpetuidad del reposo de la tumba bajo las ramas de sus rosales vagabundos.

 

17 de marzo

Estaban dos hombres en la casa de Carpeaux; un escultor de talento y un obrero marmolista. El obrero marmolista, fascinado por una estrella del faubourg Saint-Germain, le ha pedido –seriamente– a M. de Nieuwerkerke ser nombrado barón por el emperador.

 

20 de marzo

Ser estimados y odiados, es nuestro destino aquí.

 

Dumas hijo viene de predicar por las hijas arrepentidas. Me ha hecho pensar en el Boireau de Henry Monnier convertido en el san Vicente de Paul de las putas.

 

Vemos claro hoy en día que lo que le hace falta a un carácter para ser admitido por la simpatía pública es una falsa aleación.

 

22 de marzo

Vamos a la casa de Sainte-Beuve, quien nos propone mediante un amigo común una crítica feroz de Madame Gervaise, y nos invita cortésmente a responderle. Y durante una hora nos mantiene bajo una especie de sermón machacón y agrio, convertido en arranques de cólera infantil.

Al cabo de una hora de esta reprimenda, nos acusa de haber desnaturalizado el sentido de la Imitation, ese dulce libro de amor y melancolía, y enviando a Troubat a buscar su ejemplar, nos lo muestra, parecido a un herbario, lleno de flores secas y de anotaciones al margen; y se pone, volviéndose hacia el día que oscurece, a nasalizar el latín, que él deletrea con una voz súbitamente cambiada, una voz prestada, y cierra el libro con estas palabras: ¡Oh! hay amor ahí… ¡Tiene almíbar para toda su vida!

Y nosotros, en el interior, estamos a punto de reír ante la idea de que tal vez ¡el obispo de la diócesis de los ateos haya tomado contra nuestro libro la defensa hipócrita de la Religión!

 

24 de marzo

Mientras fumamos después de comer, el superintendente nos dice que busca un terreno para construirse una casa, donde almacenaría sus cosas, sus objetos, que habitará, si deja el Louvre, como a la distancia del parque Monceau. Habla de 300 metros a 200 francos el metro, lo que daría 60000 francos, de una casa de 40000 francos con un hall, un comedor, una recamara, sin caballeriza… Y como nosotros nos asombramos por lo barato de la construcción: “¡Oh! Lefuel debe hacerme una casa en ese precio, que durará …¡veinte años! Y como yo no tengo heredero… Además quiero una casa que no atraiga la vista, todo adentro… Que en tiempos de revolución no haya nada que la señale.”

Nosotros escuchamos eso asombrados. Nos parece que cuando uno ha tenido todos los beneficios de un régimen, hay una dignidad y cierta cuestión de honor en arriesgar valientemente el desguace de su caída.

 

A las mujeres les gusta la desdicha, la de otros y la suya.

 

26 de marzo, Viernes Santo

Singular cosa la de comer sin grasa el día en que se crucificó al hombre apócrifo de las Escrituras, cuando ser come con grasa el día que ha muerto tu madre.

 

28 de marzo

Los ojos de reptil y de piedra preciosa, de miradas lanzadas de reojo, un talle y un cuello con ondulaciones serpentinas, un encanto fascinante y que da frío; un rostro sin edad que parece de una especie de hada inquietante y que uno vería viejo y joven a la vez. Un sentimiento vago, con respecto a ella, de una mujer honesta y burguesa, que tendría el apetito de placer de las cortesanas; una persona en definitiva secreta y profunda, del tipo angelical. Es Mmme Nicolet, la mujer del abogado versado en cuestiones de expropiación.

 

28 de marzo

Jamás un libro me había dado la idea de un tonto como el que ese valiente Feydeau ha publicado ahora. Es el Don Juan de Byron contado por Jocrisse para Mme de Meternich.

 

30 de marzo

Tiempo de lluvia, un tiempo de sueños: los días adormecidos en la liquidez de las horas, en el que uno no está seguro de existir.

 

31 de marzo

Hoy, todo el tiempo de la comida de la Princesa, Gautier ha contado una historia monstruosa sobre una infeliz que se ha rehusado a bailar en un ballet. Él la habría llevado a su camerino de actriz, y sujetándola por la cabeza la habría aproximado al mármol de la chimenea amenazándola con estrellarla para romperle los cuatro dientes de enfrente.

El relata esa historia, la repite, se embriaga a fuerza de decirla, la celebra como la forma de decidir a una mujer a lo que ella no quiere, y acaba por tomar no sé que aire de fiereza, a la vez oriental y arrabalero, que mezcla en él el fondo salvaje de un pachá de Janina con el de un varillero.

Es sorprendente cómo este hombre se enfurece y adopta una patanería cruel con el favor y las bendiciones oficiales. La cortesanía exaspera su bajeza natural y presenta en ese momento, para sus amigos, el penoso e hiriente espectáculo del sometimiento más bajo, de la cortesanía más vil, que él adjunta a la más grosera falta de tacto, a la más brutal, a la más indignante pose, a la estupefacción enorme y furibundo del poeta más mal educado que jamás haya existido.

 

En ómnibus, al lado de una pequeña campesina que parece llegar hoy a París para entrar al servicio. Le es imposible estarse quieta, por más que intenta adoptar una pose de tranquilidad, de inmovilidad al cruzar sus brazos, parece que tuviera, en ese grande y abrumador París una especie de molestia nerviosa, una inquietud tímida y agitada, curiosa al mismo tiempo vuelve a cada rato la cabeza hacia a la abertura de la ventana tras ella. Una pequeña gordita con gorra blanca, que se sacude como una cabra o como si tuviera las pulgas de su país, empuja contra el respaldo del coche su espalda y sus riñones, ya suaves y lascivos, lista a adherirse al apoltronamiento de una perdida de París. Pasmada como una bestia en carreta, se muerde una uña, distraída, feliz, un poco asustada, murmurando, diciéndose cosas en voz baja, después bostezando de fatiga.

 

Las gentes de la oposición, cuando se les condena a un poco de martirio, se asombran, ¡exactamente como los muchachitos que suenan las campanillas de las casas en las tardes, al surgir de pronto un portero que les jala las orejas!

 

Dumas hijo es ahora el san Vicente de Paul de las mujeres públicas y las obras de teatro perdidas.

 

3 de abril

Audiencia de lo criminal. –Caso del asesinato de la rue Monthabor. Tenemos, al entrar, frente a nosotros el perfil esfumado del acusado, con un pómulo saliente que forma una sombra sobre su mejilla. Él responde el interrogatorio con un balanceo perpetuo, las manos cruzadas tras la espalda, como si las tuviera atadas, como si estuviera enlazado para la guillotina.

Al mostrarse el cuchillo de cocina que ha matado a la mujer, una expresión indefinible de los ojos grises, que se velan bajo las pestañas de albino –expresión socarrona de una mirada intermitente, que mira sin querer ver.

Cuando el presidente le dice que describa la escena del crimen, pasa su mano sobre la frente, un rubor colorea un instante su rostro apagado y gris; y después de algunos movimientos nerviosos de la espalda escupe al suelo y se limpia los labios con el pañuelo; después comienza, con palabras balbuceantes, se pasa la mano sobre el rostro, reabre la boca donde, por la emoción su voz se estrangula. Después, de pronto, se pone a contar; y como si retomara, al narrar el asesinato, su fiebre homicida, repite en el vacío la mímica de su crimen, ¡en un gesto terrible y soberbio! “Ella no se cayó, dice, cuando le asesté el golpe, ¡yo la detuve!”

Durante los testimonios, agachado tras la barra, no deja ver de él más que la punta de sus dedos sobre su frente y en sus cabellos.

En cierto momento, el presidente le dice durante el interrogatorio: “¿ha jugado por la tarde, según un testigo, con una suerte increíble? –sí, con una suerte increíble”, repite él con un tono singular y como si el crimen fuese un amuleto de la suerte para el juego.

En medio de los testimonios, uno de ellos cae en el silencio conmovido del auditorio: el de su amante; una pobre y fea actriz de los Batignolles, enflaquecida en su pequeño vestido negro de los ensayos, elevando en el juramento una mano roja de sabañones, hablando con una voz, la voz modesta y valiente de un ser miserable confesando en voz alta su amor por el hombre que está entre los gendarmes; mala comedianta crecida por la grandeza que los dolores de la mujer adoptan en este trágico teatro.

El procurador imperial pronuncia su acusación, en la que el acusado comienza a escuchar caer la frase expiación suprema. Y ahora a los oídos del vivo, la muerte, su muerte, va a ser, él presente, el fin y el efecto de todas las frases del abogado general para desempeñar su oficio, incluso de su abogado para actuar dramáticamente sobre el jurado. Largas horas, en las que el acusado retiene su cabeza entre sus manos, como si la sintiera menos sólida sobre sus hombros y, por decirlo así, tambaleante ¡durante esta disputa que se entabla entre la Justicia y la Defensa!

El abogado era Lachaud, el desculpabilizador patentado de los asesinos. Un mal predicador, un mal actor de dramas baratos, con una falsa emoción, una declamación gesticulante y ambulatoria, sólo un energúmeno, un gritón.

El día termina y el resumen del presidente sale de su boca desdentada como de un agujero negro.

La corte se retira; el jurado comienza a deliberar. El público invade el pretorio. La mesa de las evidencias está oculta por las espaldas de los curiosos y las espaldas de los municipales sin pertrechos, que se inclinan sobre ella. Se desanuda la camisa ensangrentada, se hace entrar el cuchillo en el pedazo planchado de ropa, se mide el largo de la cuchillada mortal ahí donde fue asestada.

Por fin la terrible campanilla del jurado. Y por la puerta abierta, sobre la pared de una escalera iluminada por la que descienden los jurados, sus sombras los anuncian y preceden de un modo sorprendente y casi fantástico, mientras que detrás del banco del acusado aparece un oficial de gendarmería en tricornio. Toman su lugar. Las lámparas encendidas proyectan luces estrechas sobre la mesa del tribunal, los papeles y el código, un poco de resplandor en el techo; en las ventanas palidece un azul descolorido y nocturno.

La figura burguesa de los jurados ha adoptado una especie de severidad de grandes jueces. Un recogimiento, de la atención emocionada, un silencio casi religioso. En el último banco, el presidente del jurado, que resulta ser nuestro amigo, el viejo Giraud, el pintor de la princesa, se levanta con su vieja barba blanca, despliega un papel; y con una voz que vela un enronquecimiento súbito, lee la declaración del jurado: .

Entonces, un receso que retiene el aliento, la sala espera. Giraud se vuelve a sentar. ¡La muerte! Eso corre, en un murmullo muy bajo, por todos los labios; y en la sorpresa siniestra, de ese inesperado, sin circunstancias atenuantes, parece que pasa un frío de solemnidad glacial, el inmenso escalofrío del corazón de una multitud avanzando casi a los pies del tribunal, dándole a esos fríos ejecutores de la Ley como el contragolpe de la emoción humana del público.

El acusado es conducido al banco y por un retorno de la curiosidad cruel, nos subimos a las bancas para verlo, todas las miradas buscan devorar sus congojas. Él parece calmado, decidido, y hace frente al fallo, la cabeza levantada, acariciando su perilla. El presidente le lee la declaración del jurado; y su voz de viejo juez, mordaz e irónica durante todo el proceso, al hacer esta lectura, adopta una emoción grave. El tribunal se levanta y conferencia algunos segundos; luego el presidente le lee a media voz los artículos de un código abierto, en la que uno oye vagamente la cabeza cortada y luego la pena de muerte.

Con esa palabra, dos gritos, y al lado de los bancos de los testigos el ruido de un cuerpo que cae sobre las tablas: es la amante del condenado que se desvanece. La lectura escuchada sin debilidad por el condenado se acaba: salta, con aspecto exaltado sube de un brinco al banco arriba de él; y desde ahí voltea al lugar de los gritos, toca su corazón, con un gesto violento y supremo, parece enviarle un último beso a aquella que había gritado.

 

Extraño y nuevo asunto, el caso Lacroix-Hugo. Cien francos de libros que se podían adquirir en la librería para recibir L’homme qui rit gratis en las tres semanas de la publicación, no es más asunto de la literatura ni de la librería, es el degüello de la curiosidad pública.

 

He visto a casi todos los voluntuosos llegar al fin de su voluntad. ¿No será la voluntad un fluido imantado que, por su intensidad, se vuelve una fuerza desconocida y magnética, que tiene el poder de atraer cosas y hechos?

 

7 de abril

En lo de Magny.

Se dice que Berthelot había predicho que en cien años de ciencia el hombre sabría lo que es el átomo y podría a voluntad moderar, apagar o reencender el sol; que Claude Bernard, por su parte, anunciaba que en cien años de ciencia psicológica, se podría establecer la ley orgánica, la creación humana.

No hemos hecho ninguna objeción, pero estamos convencidos que en ese momento del mundo, el viejo buen Dios con su barba blanca llegaría a la tierra con su manojo de llaves y le diría a la humanidad, como se dice en el Salón: “¡Señores, se cierra!”

 

En uno de los domingos de esta primavera, el mariscal Canrobert, diademado por sus cabellos en corona, con su frente de renacimiento, sus hombros de ninfa y su gracia inclinada sobre una confidente –como una conversadora dibujada por el lápiz de Tony Johannot.

 

Hugo ya es apenas el Titán de la banalidad y el charlatán de lo sublime.

 

16 de abril

Fuimos a un vivero de Bourg-la-Reine a comprar una magnolia. Nos sentimos atraídos ahí por un nuevo gusto de rarezas y de objetos de arte en los objetos de la naturaleza. Era todo ignorado y todo nuevo para nosotros, este sentimiento y este aprecio de la bella línea de una planta, de su arte y de su aristocracia, por decirlo así: pues la naturaleza tiene, como la humanidad, sus seres preferidos, acariciados, a los que les da una belleza especial y superior.

Y sin conocer nada de ellos, nos sentimos enamorados de dos árboles, los más caros del horticultor.

 

Creo definitivamente que los sabios son más ilusionistas que brujos.

 

¡Siempre malditos! ¡Venimos aquí creyendo comprar el silencio a noventa mil francos! Y además de un caballo en nuestra pared izquierda; ¡cinco niños del Midi gritando y llorando perpetuamente en el jardín a nuestra izquierda!

 

Aquí nos sentimos intrigados por tres personajes. Un buen hombre de gorra con orejeras sentado en un pequeño banco de tijera bajo el puente del viaducto, durante todas las estaciones y todos los climas, emborronando pedazos de papel que desgarra.

Su compañía ordinaria es un hombre de un aire parecido sacado de su casa como el otro, un viejo magro y largo, de cabellos blancos en desorden y como azotados por vientos de tristeza, con corbata de cordón de seda negra, en la que no pasa jamás el blanco de una camisa. Tiene eternamente un abrigo con heces de vino, un pantalón chocolate que arrastra y forma sobre sus galochas esos burletes de pliegues que Cavarni pliega en la parte baja de sus pantalones de inventor; un bastón bajo el brazo, una pipa apagada en su boca.

Se pasea en un va y viene limitado, girando en la puerta de Auteuil, que llueva, que sople el viento, que hiele, que nieve, insensible al cielo, refunfuñando, discutiendo, animándose, enfureciéndose en el vacío, mirando hacia arriba, con la voz agria y la tarabilla de un maniaco de ideas fijas. El domingo, sentados un momento en la sala de espera, en medio de gente feliz dirigiéndose a la escalera del ferrocarril, lo hemos visto sacar de su bolsillo un pequeño libro negro, un libro de oraciones de aspecto anglicano, leer algo, luego remprender su paseo.

Con mucha frecuencia está con él un muchachito delicado, elegante, endeble y friolento, colgado de su brazo, dejándose arrastrar perezosamente a la manera de un pálido niño fatigado; un niño a quien él le habla bruscamente y hace voltear todo momento por la sacudida y la tempestad de su agitación nerviosa. Pero el muchachito no lo escucha; él mira extraviado a lo lejos, deja ir al frente sus bellos grandes ojos, que tienen pestañas largas de un dedo, sus ojos de languidez y enfermedad; y casi siempre envuelto en una bufanda, cuyas vueltas alrededor de su cuello toman la apariencia de un chal y le da un no sé qué de la voluptuosa suavidad de una joven mujer con los cabellos cortos.

¿Por qué recoger las características de esa gente? Preferimos soñarlos e incluso tal vez, un día, imaginarlos.

 

Nos sucedió estos días una aventura, muy extraña de principio a fin, con Sainte-Beuve.

Después de sus expectoraciones amargas y odiosas contra nuestra novela y su hostilidad personal contra su heroína, nos propuso, a través de Charles Edmond, escribirnos dos artículos para el TEMPS. Nos previene que él nos pide aceptar el placer y el displacer; que de hecho el da por supuesto que le daremos, en el mismo diario, una respuesta a sus rigorismos. Nosotros aceptamos de inmediato esta proposición de Sainte-Beuve y la cortesía de la respuesta.

Entendido eso, en una visita nos encontramos a alguien que nos hace saber que Sainte-Beuve no hizo los artículos y que decía que era por culpa nuestra. Le escribimos. Nos respondió con una carta en la que reemplazaba Queridos amigos por Apreciados señores, letra confusa, retorcida, en la que parece decir, con medias palabras, que su posición actual respecto a la Princesa le impedía hacer los artículos que tenía que hacernos. En las primeras palabras de esta carta, adiviné algún chisme de algún espía de la comida de los miércoles –no se sabe, tal vez de un Taine…

¡Vamos, hasta el fin, al borde mismo de la tumba, Sainte-Beuve será el Sainte-Beuve de toda su vida, el hombre conducido siempre en su crítica por lo infinitamente pequeño, las consideraciones minúsculas, las cuestiones personales, la presión de las opiniones domésticas a su alrededor! ¡Un crítico que no habrá juzgado un libro personal y libremente!

El fondo de esto es que él quiere romper con los amigos de la Princesa, y quiere hacer creer que el disgusto viene de ellos.

 

18 de abril

Hay que tener fiebre para trabajar; y eso es lo que nos consume y nos mata.

 

He aquí dos mujeres, las dos viejas, madres de familia. La primera, de joven tuvo dos amantes, encontró su pequeño pedazo de marido; acaba en la más supersticiosa y más intolerante religión. La otra, pura en el matrimonio, pronto viuda y casta en la viudez, con los sentidos inhibidos, se ha acantonado en un liberalismo filosófico. Muchas mujeres son la primera o la segunda de estas mujeres.

 

Leí hoy los proyectos de lo que planeaba Balzac. Merecía haber vivido dos años más –como Hugo dos años de menos.

 

Muy gastados estos días. Vamos esta mañana con Feydeau, a quien creíamos sólo un poco indispuesto, por el pago de un artículo sobre Jean-Michel Moreau aparecido en su Revue D’Art.

Le Pasamos nuestras cartas a su esposa y esperamos en la antecámara. El pequeño Feydeau siempre más bello, los cabellos todavía más rubios y enchinados con bucles de oro, vestido de seda violeta, pataleando, gritando, haciendo rodar sobre el piso de mármol el ruido irritante de un caballo de madera, y a nuestra pregunta de noticias de su padre, el delicioso angelito nos dice con la enorme insensibilidad de un niño terrible: ¿Papá? ¡Ah! Papá, está muy enfermo… Y enseguida recomienza a mover su caballo.

Mme Feydeau, en una bata de seda roja, de esos vestidos que forman olas de tela detrás del paso de la mujer; nos dice, apenas nos sentamos a su lado: “Y bien, saben, está muy enfermo… Son doce días los que ha estado sin poder meterse a su cama ni dormir. Tenía un reumatismo que se le ha trepado al pecho y lo ahoga… El miércoles, al día siguiente del día en que lo vio Flaubert y que había estado un poco mejor, en la mañana, al levantarse, iba muy bien, viene a mi cama y se queda a platicar conmigo. Apenas regresó a su recamara, oigo que me llama y lo encuentro tartamudeando, una voz que me dice: “quiero que me levanten.”

Y ella imita el horrible tartamudeo del hombre que acaba de ser sorprendido por una hemiplejía.

“Ha recobrado la palabra, pero tiene un brazo y todo un lado que no puede mover… Es la tristeza de lo que ha pasado, de lo que han dicho los periódicos. Apenas ayer, hubo algo en la Liberté.

–¡Ah! ¿Esas calumnias todavía?

–¡Ah! ¿Pero entonces no lo sabe? Ellas fueron sorprendidas, hace un mes, sí, ¡Mme y Mlle N…! ¡Ah! Ha sido una suerte para mí que no las haya vuelto a ver. Vean, fue justamente después de la tarde, en Trouville, en que mi marido les hizo una escena, ustedes estaban allí, sobre sus vestidos… El año anterior, ese pañuelo que ha hecho correr todo ese ruido sobre mí, ella lo había robado. Ella había quemado su encaje, para hacer desaparecer las pruebas. Un día ella me dijo: “¡Bien, verás lo que es tener una buena reputación!”

–¿Cómo, después de que se propaló ese primer robo ha osado reincidir?

–Era la hija quien robaba. ¿Se imaginan que yo hubiera estado aún relacionada y hubiera estado con ellas ese día? Intentamos echarle tierra al asunto. Pero el ministerio prosiguió. Mi marido hizo todas las gestiones. Para él seguía siendo su hermana… ¡Oh! ¡soy infeliz, no me atrevo a mirar a nadie!”

Ella derrama algunas lágrimas y se hace traer un pañuelo por su hijo. ¿Hemos caído nosotros en aquel drama burgués, complicado y dramático? ¿Esta mujer es inocente? ¿Su reputación de mujer galante la ha calumniado en el primer robo? No lo sabemos; pero nos parece estar en uno de esos asuntos tenebrosos a lo Balzac; y ese sería un interesante y siniestro escenario, el de este descubrimiento de la ladrona en la mujer honesta y este desprecio cruel del público que llega a deshonrar a la otra mujer por su mala reputación. Sea lo que sea, compadecemos al marido y al hermano, muerto por un encarnizamiento de odios y una publicidad que los diarios no conceden más que a sus colegas.

 

Miércoles 28 de abril

En casa de la Princesa, quien ha hecho el encargo, como sorpresa enternecedora para el emperador que viene mañana, al improvisador de la corte Théophile Gautier de poner en verso un pedazo de prosa del prisionero de Ham, sobre el retorno de las cenizas de su tío. Prosa de un buen tonel. En su jornada, Gautier ha extraído, al paso ligero de su musa, 90 versos. ¡O Platitudo!

Se aclama a Gautier en el salón. Después una discusión se arma para saber si es más conveniente llamar al emperador soñador que pensador o pensador que soñador. Nos escapamos a fumar, con Chesneau, debo decirlo.

Bajamos nuevamente. Encontramos a Gautier hablándole en la nariz a la Princesa, metido en una de esas historias enormes e inmundas, por las cuales parece vengarse inconscientemente de todas las bajezas que hace. Está a punto de contarle literalmente sus amores bestiales con una de las mujeres que más ha amado: una mujer pantera, moteada como su nombre, que mostraban en una jaula. Y a los ¡ah! y los ¡oh! de la princesa él respondía, con su voz suave, según su expresión: “¡Pero le aseguro, Princesa, que es muy agradable una piel como esa!

Entra Sacy. ¡Ridículo! ¡sobreexcitado por la entrada del académico, que es un voto para su elección de mañana en la Academia, se ensaña con el jansenista, quien, por deferencia para la Princesa y su protegido, escucha con aprobación la prodigiosa y creciente relato de su novela animal. Sobre el diván, su hijo, el funcionario, me dice:

“¡Vea, mi padre otra vez lanzado!”

–¡Pero entonces vaya a jalarlo de la manga!

–¡Ah! Usted no lo conoce. Es capaz, como la exhibición que hace cuando yo lo despierto, de responderme en voz alta: “¡Mierda!”

 

29 de abril

Llegamos a las once y media. La ceremonia imperial terminó. Gautier que hoy ha perdido su elección y a quien estrechamos tristemente la mano, nos dice: “¡Bah! Me consuelo. Mi astucia ha funcionado, se vio llorar al emperador.”

Pobre ingenuo en el fondo, al que han hecho comprometerse públicamente con una adulación tan patente y que las augustas bocas apenas si han agradecido, el emperador ha charlado toda la tarde con Ricord sobre el cultivo de la piña, y la emperatriz con Dumas hijo, durante una hora entera, sobre sus Madeleines Repentines.

 

30 de abril

En este momento, algo chusco, Claude Bernard no ha podido ser recibido en la Academia porque Patin no podía responderle. Este infeliz de Patin olvida todos los días, al pie de la escalera, la fisiología que ha aprendido el fisiólogo en su gabinete.

 

Aquí, después de algunos meses, el tiempo, las horas, nuestros días, nuestra vida parecen correr como un caballo desbocado.

 

1 de mayo

¡Qué feliz oficio, un pintor talentoso junto al talento del hombre de letras! Una feliz función de la mano y el ojo del primero, al lado del suplicio del cerebro del otro; ¡el trabajo que es un goce en lugar de ser una pena!

 

5 de mayo

Con Feydeau.

La mujer nos hace entrar a su recámara. Tumbado en su cama, como una especie de bello muerto árabe, con la barba negra y blanca, nos dice: “Todavía no me muero”, y nos estrecha la mano con su mano derecha, la que aún está bien. Nosotros decimos cualquier cosa con una voz nerviosa, brusca, después retoma esa especie de silencio sin movimiento que tienen los enfermos que se levantan de ese escopetazo y tienen temor de despertar su mal.

Al salir de ahí, caemos con la Princesa, parlanchina, toda emperifollada, con vestido de crepé azul, de un delicioso azul de China, bordado de flores, en el que el bordado tiene casi el espesor de la flor.

Esta mañana ha ido a las Tuileries, y como le hablamos de la alegre salud, notable en el Emperador el último jueves, “¡Oh, es tan gracioso! No es nunca tan vivaracho como cuando todas las cartas de la política se mezclan. Uno diría que lo desconocido lo divierte. ¡Oh, es tan extraño! Hay una criatura, una inglesa, que le había comprado a Mazzini un revolver para dispararle; ella había tenido la cara de pedirle una audiencia al emperador. Ella se ha tirado a sus pies, le ha pedido perdón, ¡esa guarra! “¡Pero yo estaba ahí!, me ha dicho la emperatriz, pero he aquí lo más fuerte: ella ha recibido una invitación a la Corte, ¡la he visto en un baile en la Tuileries! ¡Ah! ¡ah! ¡vamos, qué de cosas graciosas! Un librillo, publicado en el extranjero, dice que el pequeño príncipe era su hijo ¡pero no de la emperatriz! Yo estaba ahí… ya no saben qué inventar… Ustedes saben que el Emperador está tan contento con Agar por los versos de Gautier, que acaba de invitarla a Francia. Ella ha venido a contármelo esta mañana. Y como Doucet, obligado a ejecutarla por órdenes superiores, le dijo que su entrada a Francia traería sobre ella las suposiciones más hostiles, ella le respondió: ¡Oh! Yo no temo nada; ¡pues si paso por haberme acostado con el emperador, hace mucho que ustedes habrían venido a rogarme que entrara a Francia!”

 

La lluvia nos hace buscar un refugio bajo el portal de la iglesia de Auteuil. Leemos ahí el nombre de M. l’abbé Obscur (sic), “encargado especialmente de los matrimonios.”

 

Encontramos los libros que leemos escritos con la pluma, el cerebro, la imaginación, el pensamiento de los autores. Nuestros libros nos parecen bien escritos con eso, pero además, y es su originalidad: con nuestros nervios y nuestros sufrimientos –de modo que en nosotros cada volumen ha sido una pérdida nerviosa, un derroche de sensibilidad y de pensamiento.

 

No hay más medicina ni médicos ahora, además del médico de familia y el hábito que sigue su enfermo. ¡El médico es ahora un hombre que no se molesta, que tiene su hospital en la mañana, sus carreras a galope hasta las dos, y que, en medio de la constante invasión de la gente traída a las sillas, con el ruido incesante del timbre anunciando una nueva visita y un nuevo luis, fatigado, pasmado, atontado por el remolino de enfermedades, te concede una consulta de cinco minutos a la buena de Dios!

Oí el rencor de una madre exaltarse por lo que pesaba ya su hija en su gordura: “¡Es tan pesada, decía, tan pesada!”

 

12 de mayo

Ironía de esos científicos que podríamos llamar ¡asesinos de Dios! Claude Bernard solicita la separación de su devota mujer. Casi muere de flaco por lo magro que ella le daba cuando estaba enfermo, él tenía necesidad de caldo.

Esta tarde, en el fondo del invernadero de la princesa, de repente, con los usted de Flaubert a Mme Sand, un se le escapa a Mme Sand en su respuesta. La Princesa nos echa una mirada. ¿Es un de amante o de comediante?

 

La tapicería es mejor que la pintura: es así en el sueño.

 

Al conversar, los especialistas de menor categoría son siempre curiosos. Mi pedicuro me dice que los bailarines de vals tienen un callo en el dedo del pie.

 

15 de mayo

Al lado de la verja del Jardin des Plantes y yendo a La Pitié, una vieja mujer llevada en brazos a descubierto sobre la camilla de transporte del hospital, un paraguas entre las piernas, un pequeño saco de viaje de tela encerada a su lado, una gruesa cobija de lana bajo su chal como protector, su velo negro, subido a su sombrero violeta, deja ver su cara moribunda, sus ojos vagamente errantes sobre el va y viene de los vivos que la cruzan. De tanto en tanto, los cargadores fatigados la detienen en paradas de agonía, para secarse el sudor de sus manos.

 

22 de mayo

Con Michelet.

A pesar de los años, el abundante trabajo, el viejo canoso es siempre joven y de espíritu vivaz, todavía lleno de chorros de color, de elocuencia y de paradoja.

Hablamos del libro de Hugo. Dice que la novela es la construcción con gran esfuerzo de un milagro, lo contrario absoluto de lo que hace la ciencia histórica, “la gran deshacedora de milagros”. Y a este respecto habla de Jeanne d’Arc, que ya no es un milagro, después de que él ha hecho ver la debilidad e insuficiencia de la armada inglesa, opuesta a la concentración y centralización de las fuerzas francesas.

Él se representa a Hugo no como un Titán, sino como un Vulcano, un gnomo que golpea el hierro en las grandes fraguas, en el fondo de las entrañas de la tierra… antes que nada un maquinador y un enamorado del monstruo: Quasimodo, L’omme qui rit, siempre el éxito a golpes de monstruo; incluso en Les Travailleurs, en el que todo el interés de su novela es el pulpo… Hugo tiene una gran fuerza, una gran fuerza fustigada, sobrexcitada, la fuerza de un hombre siempre marchando con el viento y tomando dos baños de mar por día.

Después nos habla de la dificultad de hacer novela moderna a causa de los pocos cambios de las sociedades; y sin fingir escuchar nuestras objeciones, va a Paméla, cuyo mayor interés para él está en el cambio de las costumbres de entonces, la transformación del viejo puritanismo inglés en metodismo, su reconciliación con los intereses humanos y las conveniencias de la vida, llegado al día en que Wesley dijo que “los santos deben tener su lugar”.

“Paméla, subrayando su frase final con una sonrisa, ¡Paméla un tipo a la vez de muchacha y de maestra!

Hablamos un poco de elecciones. Nos expone una cosa curiosa: el pueblo ya no dice “la próxima revolución”, dice “la próxima liquidación”. En estos tiempos de Bolsa, la amenaza del pueblo toma su lenguaje del argot del dinero.

 

Todos estos días, más que una vida: un infierno. Del lado de nuestros vecinos de la derecha, nuestros vecinos Louveau, noche y día, el piafar incesante atravesando nuestra casa de un caballo, haciendo el ruido de un trueno subterráneo. Del otro lado, del lado de los vecinos Courasse, después de las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, el ruido de cinco meridionales, la gritería penetrante, torturante, los llantos a gritos de tres niños nos expulsan de nuestro jardín, de nuestros salones, del fresco de nuestra casa.

Enfermos como estamos en este momento, gastrálgicos, anémicos, insomnes, sucumbimos al suplicio de nuestra existencia. Llegamos a creer que estamos malditos y que lo que llamamos la Providencia nos requiere personalmente y nos agobia con la hostilidad cruel e implacable de seres, de cosas, de bestias, de forma de asesinarnos el cerebro.

 

Henos, después de algunos días, en Passy, acostados en un cuarto de viajante de comercio; sí, nosotros, con nuestro casa, nuestro mobiliario, nuestros libros, nuestros dibujos, nuestros lechos de princesa, en los cuales, sin duda, no podremos dormir. ¡Ah, las ironías que se nos destinan!

 

El libro de Flaubert, su novela parisina, está terminada. Vemos el manuscrito sobre su mesa tapizada de verde, en un cartapacio fabricado especialmente ad hoc y portando el título en el que se obstinó: L’éducation sentimentale, y subtitulada: L’Histoire d’un jeune homme.

La va a enviar al copista; pues por una especie de religión, conserva en su posesión, después de escribirla, el monumento inmortal de su copia quirógrafa. Este muchacho pone una solemnidad un poco ridícula en su dolorosa puesta… ¡Decididamente, en mi amigo, no sabemos que es más grande, su vanidad o su orgullo!

 

25 de mayo

Hablamos en lo de Magny del joven Regnault, de su éxito en el Salón, de su Prim, del exquisito esbozo sonrosado de la Comtesse Barck.

A este respecto, Chennevières contaba que esta mujer, casada en provincia con un hombre de la judicatura, se había entregado al emperador entre dos puertas en una gira del emperador. Su marido había sido llamado a París. Él amaba a su mujer. Él supo todo. Se suicida en pocos meses por excesos de toda clase. Su viuda que, durante un tiempo, había tenido la casa de miss Howard, se había entonces casado con un gentilhombre sueco, el conde de Barck, cuya única fortuna consistía en un portafolios de maravillosos dibujos antiguos que le pertenecían no sé cómo. Vendió soberbios Rubens al Louvre, entre otros la Marie de Médecis. Una pareja singular, siempre al extremo, y cuando se encontraba de pronto sin dinero, iba a ofrecerle al Museo un dibujo, algunas veces incluso un dibujo de cincuenta francos. De ahí, el marido y la mujer pasaron a España, donde ella se convirtió en la amante de Prim y la mujer hacía los honores en su salón. ¡Curiosa pareja de aventureros modernos!

 

¿Las elecciones? ¿Y qué? Es el sufragio universal en bruto. Después de largos siglos, de una muy lenta educación de la humanidad salvaje, ¡volver a la barbarie del número, a la victoria de la imbecilidad de las multitudes ciegas! Las elecciones en las que el entusiasmo de París fue por un tal Bancel, del que una poseedora de un burdel habría pagado los gastos de publicidad, los boletines, los carteles, las circulares, etc. ¡Y en nuestra indiferencia política, quisiéramos que fuera verdad para vergüenza de París!

 

Hugo, a quien podríamos llamar ahora el Commerson del Sinaí, se ha convertido en el más monstruoso parodista de sí mismo. Su libro parece su chiste.

 

4 de junio

Estamos en la Comerie.

Édouard nos cuenta que mientras Païva, ministro de Portugal, se colgaba en Berlín, su hijo trajo de París a su amante, ¡para que ella misma cogiera el foulard que su padre se había atado alrededor del cuello para colgarse! Al regreso, hubo una pequeña fiesta en casa de la muchacha y una repartición entre sus buenas amigas.

 

Un lindo rincón, que tiene a la vez una extrañeza a la Hoffmann y una fantasía a la Henri Heine y a donde Édouard y su mujer van a pasar sus muy aburridos días de exilio.

Es un pequeño palacio rococó, de un germanismo insulso y al que se le llama con ese nombre galante y viejo: Mon Bijou. Hay ahí porcelanas, todas las porcelanas posibles, baratijas, criptas, armarios, escudillas, los juegos de Fréderic y todos los príncipes, el monumento de la reina, máscaras y figuras de cera de todos los borusianos, fondos del museo Curtius y del museo Tussaud, modelos de buques, inciertas cosas de Oriente, un inmenso batiburrillo, un desván de historia, un depósito de bibelots de una monarquía extravagante, un custodio maniaco que no deja de hablar de las leyendas de los objetos –y que atraviesa en ocasiones en hábito de fantasma una vieja princesa alemana que está loca.

 

Un hombre raro es Élouard. Él es bueno, como otros son malos, por naturaleza y profundamente, y ofrece el ejemplo de una personalidad que se mantiene recta, leal, honesta y benévola en esta carrera diplomática tan tortuosa y tan amarga.

 

10 de junio

Partida para las aguas de Royat. Crisis de fe. Toda la noche, retorciéndome en el tren, como un gusano cortado.

La mesa de invitados de Royat. Un general que se llama Bataille; un conde de Fitz-James, un miembro del Jockey-Club, un tal M. Monchicourt, venenoso y ponzoñoso, el tipo que le falta a las comedias de Barrière, curiosa figura exasperada de la mediocridad; una mujer de Odessa y griegos anémicos.

 

Un gato que se frota contra las espinas de un rosal: habría hecho falta el pincel de un japonés.

 

En un sendero, bajo grandes nogales, sobre un camino al borde del cual cantan los manantiales, los torrentes, las aguas que se quiebran contra las rocas, marcha delante de nosotros una pequeña familia retaca y ridícula. Una pequeña enana con la cabezota en un gorro de mujer, una muceta que le llega a la altura de las corvas; una especie de niña recortada, con una gran cesta en los brazos y suecos que hacen flic flac en los riachuelos que se filtran al camino. Ella le da la mano a un pequeño hermano hidrocéfalo, los brazos colgando más abajo que los brazos humanos. Y los dos, en el paisaje verde y radiante, destacan como silueta fantástica de una pareja de niños en un cuento de hadas, que va a la casa del ogro o de la abuela lobo.

 

14 de junio

Le escribo a la Princesa: eso alivia mis sufrimientos, como un obrero que retoma sus herramientas.

 

17 de junio

Charla con el general Bataille, después del almuerzo, con interés conmovedor, el movimiento de la vida y del relato, la emoción todavía presente de las balas, de las balas de cañón. Nos habla de Magenta, Solferino, un relato franco que reconoce la humanidad del soldado, la parte de su susceptibilidad nerviosa en esa atmósfera tan variable y cambiante de la guerra, y reconoce que las compañías y los hombres más fuertes pueden ceder a la súbita agitación del pánico.

Nos cuenta que en la noche de Magenta, su compañía, que no había cedido durante la jornada, habiéndose situado en un lugar cubierto de muertos y heridos, ese espectáculo, ese contacto de doce horas con el horror de los cadáveres, toda esa noche, el arma en los brazos, sobre la línea fortificada de una gran batalla, hicieron que una parte de la compañía, a los primeros cañonazos, se dejara ir a la desbandada.

Nos habla también de las supersticiones, tan naturales en esta profesión de fatalidad, esta lotería de la vida y de la muerte, de esta creencia entre los oficiales de que hay caballos que traen desgracia y que son mortales para aquellos que los montan. Y a este respecto nos cuenta que él tenía ganas de un alazán dorado, que le había quitado el general Patrat y sobre el cual fue muerto en Palestro, cercenado en dos por una bala casual, en ese episodio en el que ningún hombre de su compañía resultó herido. Y estuvo aún menos dispuesto a comprarlo cuando se enteró de que su antiguo propietario, un oficial de artillería, fue igualmente muerto cuando lo montaba.

A veces, entre el polvo del camino, bajo un sol intenso, entre los castaños, escuchamos la dulce y triste cantilena montañesa de un campesino de Auvergne arrullando, sentada sobre su brazo, a una pequeña paliducha, con lo cual él parecía aliviar su enfermedad.

 

22 de junio

El general nos habla de la emoción del fuego. La primera vez, nada de emoción una vez iniciado, pero antes: por ejemplo, a los primeros tiros de fusil que se disparan sobre las fortificaciones de un campo, cuando uno está acostado todavía. Entonces, una sensación de opresión en el pecho, con, en el fondo de uno, una suerte de tristeza.

Habría un muy curioso, interesante y muy nuevo volumen que hacer con los fragmentos de relatos de los militares, intitulado LA GUERRE y en el que uno no sería sino el estenógrafo inteligente de cosas contadas.

 

Las noches en su lecho, en las que el sueño, esa llegada de una muerte temporal, es recibido como una liberación de los males, de las inquietudes, de las molestias del momento.

 

Los militares que no son muy brillantes son insoportables a la larga por una tiranía de ideas y de pensamientos, una especie de habitud de mando en las conversaciones. Son además agotadores por un continuo, perpetuo, incansable parloteo de su oficio y de su gran yo colectivo que es el ejército y siempre el ejército.

 

Hay, al final de la mesa de huéspedes, una madre que acaba de perder un hijo de veinte años. Está con su dolor, su carne pálida y cenicienta, dos grandes pliegues amargos en las comisuras de su boca, el vacío de sus ojos parece por momentos dirigirse al plafón como al cielo. Sus gestos son gestos del sueño. Sus Labios se olvidan de beber del vaso que tocan sus dientes… Es una obra maestra de la tristeza.

 

25 de junio

Al subir a Gergovie, en el transcurso cambiante de montañas y de horizontes, el general Bataille nos habla de su juventud, sus miserias y su difícil fortuna.

Hijo de un capitán del Imperio y una madre arruinada por procesos de familia, después de la muerte de su padre, cuando él tenía siete años, el conde de Clermont-Tonerre, ministro de guerra de entonces, se detuvo en Bour-d’Oisans, se interesó por el muchacho y tres años después envío a la madre una beca para que entrara al colegio de La Flèche. Le faltaban 1500 francos para el equipo. Un hermano que les debía los promete sin cumplir: la pobre madre en lágrimas les cuenta a los vecinos, quienes, en un gesto generoso, reúnen la suma en una hora.

En La Flèche, en ocho años, sale solamente ocho veces con un profesor que le había tomado afecto; y durante esos ocho años no tiene más dinero que el sou por día que le daban a los alumnos del tesoro del rey Charles X, y además lo perdió en 1830.

A los dieciocho años entra a Saint-Cyr, donde recibe los dos sous por día de los soldados. De ahí, entra al ejército como subteniente: en ese tiempo los tenientes recibían una paga mensual de 63 francos. Durante años tiene que jalar al diablo por la cola. Finalmente, enviado a África como capitán, en 1846, desembarca con 30 francos en la bolsa, sin tener para comprar un caballo y con una deuda de 1500 francos.

 

28 de junio

Hay aquí, junto a las instalaciones de los baños, un pequeño pabellón de madera, donde un viejo militar nos hace ver un milagro de arte. Es una cámara obscura. Que imaginamos, en la noche de la pequeña pieza, sobre una hoja de papel, del que el redondel de un timbal de guerra del siglo xviii puede dar una idea –las montañas, los caballos, los ómnibus, los transeúntes del camino, los pequeños torrentes, pintados y retocados como por los más admirables pequeños pintores que uno pueda imaginar. Pero el lado curioso de esta representación no es la naturaleza tal como nuestros ojos la ven, es la más alegre, la más espiritual, la más ambarina, la más colorida que haya, a tal punto que si por un progreso que uno pudiera prever se pudieran fijar estas imágenes coloreadas no existiría el arte de la pintura.

Por un momento, el presentador de esta magia hace traer y sostener sobre el círculo de plomo de mi sombrero un gran lienzo que semeja una impresión japonesa sobre una hoja de crepé.

 

30 de junio

Días, en los que tiende uno a embotar el vacío, el fastidio, la contrariedad de la jornada eternamente larga, el cruel presente, en un adormecimiento –y otros días, hundidos en el negro silencio del pensamiento.

 

En las iglesias de Auvergne, en el lugar más visible, está fijado un letrero que recomienda a los fieles no escupir ahí a causa de la santidad del lugar.

 

2 de julio

El mes más triste de nuestra vida. La partida de aquí, de este país maldito, de estas aguas de tortura, de estos hoteles ruidosos, de estas mesas de hotel que se alargan siempre con nuevos tontos.

Todos los días, entre el pataleo de un caballo de un lado y los gritos de cinco niños del otro, somos obligados a ir a tirarnos a la hierba del bosque de Boulogne, como dos desdichados que no tuvieran domicilio.

En la noche nos arrastramos penosamente a Saint-Gratien. A los príncipes no les agrada que uno esté enfermo: la Princesa nos recibe fríamente; abandona sus manos secas a nuestro beso. Somos sufrientes: uno diría que eso le duele y que nos quiere. Por lo demás, ella, esta noche, está absolutamente para sus huéspedes –Théophile Gautier y Popelin, colocado e instalado en la casa, y Renan—agria, contradictoria, negando los hechos que uno le cita, vengándose de sus problemas, de sus temores, de la repercusión en el fondo de ella de los disturbios, de las inquietudes políticas que siente que la devoran, por las groserías de réplica, de puerilidades que abruman y matan la discusión. Le hablamos del peligro del sufragio universal, ella responde ¡que será para el emperador!

El doctor Philips se pone a hablar de ciertas enfermedades modernas, de enfermedades nerviosas como aquellas que surgen de ciertos trabajos mecánicos, de los mismos movimientos repetidos minuto a minuto, siete horas seguidas, como en la máquina de coser; de una enfermedad particular de la médula espinal, producida en los choferes por el temblor perpetuo de la máquina; de la necrosis de la mandíbula inferior de las muchachas que fabrican fósforos. La Princesa desmiente todo, le dice al doctor que son inmundicias que él inventa. La razón, el buen sentido, todo parece bloqueado en su cabeza y detrás de su frente; volviéndose al círculo que la escucha, envolviéndolo con el desprecio de su salud y de la sangre subiéndole al rostro nos trata en masa de lisiados, de enfermos y de locos.

Philips ha también hablado esta noche de lord Hertford. De un cáncer en la vejiga es de lo que muere, en plena tortura, el archimillonario inglés, el cual durante nueve años soportó los sufrimientos con una energía de fierro. Nunca millones más ávaros que los del lord. Nunca le ofreció una comida a nadie: se cita a alguien que llegado a su casa a la hora de la comida comió una chuleta, y Philips recibió un caldo a poco del comienzo de su enfermedad. Luego, el mayor, su íntimo, del que el lord decía que era su compañero de bacanal, palmeando la espalda del cirujano mientras lo acompañaba, le dice: “Ha tenido suerte de haber recibido eso aquí.”

Un monstruo completo, categórico, un monstruo más completo que su hermano Seymour, quien se salva de la negra abyección de su familia por ciertos aspectos generosos. Es de Lord Hertford esa terrible frase que él repetía: “Los hombres son malos y cuando yo muera tendré la satisfacción por lo menos de no haber jamás hecho un favor.”

 

¡Y se habla de igualdad ante la ley! Scholl tiene con su mujer un proceso sucio, escandaloso, indecente. Ningún periódico lo menciona, ni siquiera los diarios judiciales. En todos lados un silencio cómplice. ¡Si Scholl no fuera un bribón de las letras todos los periodistas le habrían dado al público el festín de su caso y del alegato de Duval!

 

14 de julio

Gautier fuma en la terraza. Habla; y de su charla he aquí las dos únicas frases que llegaron al salón y al círculo de la princesa: Cortar el pabilo a la manera protestante y Si yo hubiera arengado a los poceros… ¡Qué original y truculento tipo de cortesano de una corte insoportable en el delirio moderno!

 

17 de julio

Flaubert ha venido a vernos esta noche, rebosante de fuerza, de salud, más exuberante que nunca. Nos habla de la enfermedad mortal de Bouilhet con una insolencia desmesurada, lastimándonos con la manera ligera y despreocupada con la que nos consuela y reconforta. Al irse este hombre corpulento exclama: “¡Es sorprendente: me parece que yo heredo ahora el vigor de todos mis amigos enfermos!”

 

Nosotros, para quienes el trabajo ha sido nuestra vida, nos sentimos físicamente incapaces de trabajar; y esto en un momento en el que hemos llegado al pleno desarrollo de nuestro talento y estamos llenos de grandes cosas que nos desespera no poder ejecutar.

 

Hace bien nacer normando en la literatura. Lo vemos con Flaubert vivo y Bouilhet muerto. Se habla ya, a propósito de Bouilhet, de levantarle un monumento a semejanza de su compatriota Corneille –Bouilhet, ese pobre Bouilhet que no ha tenido ni personalidad ni distinción ni medios, ni siquiera hay un hemistiquio de él, que hizo como autor dramático, toda su vida, lo sublime de Hugo ¡como se hace un pañuelo!

 

Es sorprendente como la tristeza mata el trabajo y produce la cobardía de hacerlo. En este estado, es necesario un levantamiento de uno mismo casi heroico para hacer no importa qué. Uno pasa las páginas de la novela sin leerlas, tiene uno vidas vacías y como henchidas de nada.

 

1 de agosto

El príncipe Napoléon se invita a cenar esta noche por telegrama. Estos telegramas siempre provocan frío en el salón de la Princesa y ella recalca que cuando él se anuncia en alguna parte, ¡todo mundo tiene el impulso de irse! Por ventura, esta noche el Principe está de humor para ser amable. Charla con una memoria etnográfica maravillosa, acordándose de los nombres y la fisionomía de todos los lugares por los que ha pasado. Dice que sólo hay un placer en el mundo, el de viajar; que es el recurso de la gente que no puede dedicarse a la actividad amorosa y que él ha reemplazado el amor por la locomoción.

La otra semana escribí que a los príncipes no les gustan los enfermos. Debo aquí, por la verdad, hacerle justicia a la Princesa quien hoy nos ha llevado a los dos a un pequeño rincón, nos ha urgido de la manera más amigable a salir de nuestra casa enervante, burlándose alegremente del fastidio que siento a llevarle la tristeza de mi aspecto, del pudor que siento ante los demás al estar enfermo, nos dice mil cosas alegres, coquetas, oportunas. Ella no quiere dejarnos partir esta noche que llueve; y al otro día en la mañana, mientras aún estoy en la cama, me envía con Eugène un encantador billete a lápiz, pidiéndome noticias de mí, me urge a instalarme y llevar mi Pélagie.

 

Miércoles 11 de agosto

Hay en Saint-Gratien, esta noche, una gran discusión entre Gautier y Franck, el profesor del Collège de France. Este Franck tiene una cabeza que vista desde atrás parece el enrejado de un despacho de usurero, una gesticulación de saltimbanqui y una palabra fluida y errante como un purgante de honestidad, de virtud, de espiritualismo, de belleza ideal. Habla toda la noche de los grandes mártires del pensamiento, de las ideas, de las inmolaciones a la verdad, me hace el efecto del judío que es que ha emprendido el comercio de elevadas bromas hipócritas, con las cuales engaña a los imbéciles y escamotea los favores del gobierno.

 

12 de agosto

Popelin, el esmaltador de falsos esmaltes antiguos, ha sido condecorado. Lo ha sido gracias a mil pequeñas bajezas: las que conozco me dan idea de aquellas que sospecho. Pero su más bella invención es esta. Un mendigo, para atraer las limosnas, pellizca a su hijo para hacerlo llorar; él, Popelin, pellizca a su hijo para hacer reír a la Princesa.

 

El único crítico que se ha mostrado mojigato, intolerante y despreciativo con la obra poderosa, atrevida, vivaz de Carpeaux es Saint-Victor. Saint-Victor es en el fondo una peluca anticuada.

 

14 de agosto

Ayer, bromeando a propósito de un viaje de la emperatriz a Cherbourg, la Princesa le dijo a Benedetti: “¡Si pudiera darse una zambullida, como nos sentiríamos liberados! ¡Qué lindo medio luto vestiríamos este invierno y cómo se aclararían las cosas!

Esta mañana, en un paseo, al salir de comer, después de la lectura del Moniteur y la nominación de Baudry como oficial de la legión de honor por influencia de la emperatriz, sola con nosotros en un pasillo de su jardín, vuelve a la emperatriz: “¡Es asombroso, dice, que con los años no adquiera equilibrio, madurez, respetabilidad! Siempre ocupada en sus trapos como el primer día de su matrimonio… Sí, ella no habla más que de telas. La última vez que estuve en Saint-Cloud, me mostró todos sus vestidos para el viaje al itsmo de Suez… ¡Y eso es todo! Ese viaje no era para otra cosa que para echarle el ojo a algún príncipe de Oriente desde lo alto de su barco de vapor… Pues ella siempre tiene necesidad de hombres que le hagan la corte diciéndole marranadas sin que le arruguen el vestido… Con ella hay un coqueteo a ultranza y es lo más lejos a lo que puede llegar… ¿No me dijo un día que todo se podía conceder, excepto la cosa principal?… ¡Y tan seca en su coquetería! Es por completo una piruja sin temperamento.”

Y deja caer ese juicio como un golpe de hacha. Reanuda:

“¡Nada de pudor! ustedes lo saben, los españoles no conocen eso. Cuando ella ha estado enferma –pues ha estado años sin servir al emperador: ¡ella tenía callos, sí, callos allí! Pues bien, ella mostraba una facilidad para hacerse ver, a arremangarse delante de todos, ¡era increíble! ¡Con eso no se hacía querer por nadie! No mostraba ternura, ¡jamás abrazaba a su hijo! La última vez que la vi, ella había cambiado a todas sus damas… Sus damas, ¡hay que escucharlas! ¡Un día las agobias con gentilezas, y a la mañana siguiente es de una insolencia con ellas! Me vi obligada a decirle a Mme de Lourmel mediante Mme Espinasse que yo no la había oído hablar como había hablado el otro día… Esta mujer no es francesa, ella no ama a Francia y a los franceses… La he visto respetuosa solamente con los soberanos extranjeros. ¡Hay que verla con el emperador de Austria! Antes que nada, estúpidamente encaprichada con la moda extranjera, queriendo introducir a las Tuileries los usos y las etiquetas de otras naciones, ¡haciéndole aprender al Príncipe imperial el saludo militar prusiano!… ¡Y ese culto por Marie-Antoinette! ¡Es tan tonta, tan ridícula, tan indecente! ¿Sabéis que hay en su recamara? En primer lugar, el retrato de su hermana, a quien ella detestaba y le enviaba injurías por el telégrafo –es el emperador quien me lo dijo–, luego el retrato de Merimée, el retrato de Mme de Metternich, el busto de Sèvres de Marie-Antoinette, un retrato del pequeño Delfín; y sobre su mesa, un volumen de una Histoire de Marie-Aantoinette que jamás ha leído: pues ella no lee, ni se ocupa de nada… ¡Y jamás es conveniente nada de lo que ella hace! ¿saben ustedes de las dos damas que eligió para presentárselas al príncipe de Gales, cuando él vino a las Tuileries? ¡Mme de Galliffet y Mme de Canisy! ¡Dos mujeres para pasar la noche!

 

15 de agosto

¡Qué cambio en esta casa y en la Princesa misma! Cuando llegamos había gentes audaces e independientes, personalidades, o bien caracteres desinteresados todavía, que le inspiraban un gran respeto por sus opiniones para discutir y no disputar con ellos. El sinsentido de la pasión, las aberraciones de sus arrebatos, algunos estaban ahí para hacerlos notar y responderlos, y la libertad franca de su palabra se apoyaba ahí con un silencio cómplice. Ahora no hay más que mendigos, criados, espíritus bajos, seres abyectos, una claque servil. Poco a poco, en medio de este séquito ella se ha habituado a no se contradicha sobre nada y a aplastar las menores objeciones con cóleras ciegas, estúpidas, infantiles. Parece que su falta de razón argumentadora, de percepción del fondo de los seres y las cosas, que la negación violenta de la verdad se agranda cada día en ella y llega a ser en esta inteligencia como momentos de confusión y de carencia.

No imaginaría uno lo que se le ha escapado esta mañana, a propósito de las condecoraciones del año, al encontrar muy apresurada la cruz de oficial del pintor Baudry y muy tardía la cruz de comandante del arquitecto Viollet; a propósito de la amnistía, de la política del gobierno que abandona y suelta él mismo, esta renuncia de un Napoléon a las dos fuerzas de un gobierno napoleónico: la autoridad y la gloria.

 

¡Oh! vivir un poco en los secretos, los misterios, los bastidores de una pequeña corte como esta, agranda tu desprecio de la humanidad, de los príncipes, de aquellos que se les acercan, los cortejan y los usan! ¡Qué falsa idea se hace el público de este pequeño mundo y cómo ignora hasta qué punto puede ser empobrecida y despreciada la intimidad de una princesa imperial!

He aquí los personajes y los figurantes de Saint-Gratien. Un pintor sin talento, llamado Anastasi, una especie de místico imbécil y abyecto como la canalla; el poétride Coppée; Popelin con su hijo intrigante de nueve años; llenando los salones, el paisaje, el lago, las tres hijas del profesor Zeller, tres jóvenes muchachitas muy gentiles, en vestidos de pastoras de ópera cómica; Mlle de Galbois, a despecho de sus cuarenta años de virginidad. En medio de todo, atravesando los grupos con una gran visera, la ciega y alucinada Mme Defly, yendo a tientas hacia la sombra que ella toma por una persona.

Con esto, el domingo vienen los dos Giraud, Saintin y ese viejo bromista d’Arago.

Ese es, Dios mío, allá, el mundo de la Princesa.

 

Ya no conversa uno, no se escucha uno: el estrépito del pequeño Popelin aplasta todas las palabras, cuenta sólo él, interrumpe a Gautier, que habla de Catherine de Médicis, y habla por todo lo alto de sus apreciaciones históricas el monigote de diez años. Tutea a todo mundo, le llama a las hijas grandes de Zeller pequeñas tontas, se hace servir en la comida el menú de la Princesa, regresa el pedazo de pollo, que le sirve el mayordomo, para tomar un blanco. Un niño terrible, un pequeño monstruo de este tiempo, un maravilloso pequeño intrigante, aprovechándose de su mala educación para divertir a la Princesa, abrazando en el corredor las ropas que ella se acaba de quitar y que llevan las doncellas. Un escolar de octavo, taimado ya como un viejo cortesano.

 

20 de agosto

Viene alguien esta noche cuyas primeras palabras son: “¡Nada es más aburrido que ser amado!” Y como una voz le lanza: “¡Se expone a no serlo aquí!”, él responde: ¡Eso espero!”

Dicho eso no con una sonrisa, una gracia, una paradoja ligera, lo enuncia como un axioma, fuerte, absoluto, tajante. El hombre es M. Rivière, el oficial de marina, autor de Pierrot y Cain, sorprendedor vulgar, que parece querer duplicar a Dumas administrando al mundo groserías más gruesas que las de su maestro. Físicamente, parece un farmacéutico homeópata.

 

Miércoles 25 de agosto

¡Qué remolino el de la cabeza y el corazón de la Princesa, qué sucesión de calor y frío, parecido a esas olas a veces frías a veces cálidas de un mar agitado! Qué rápido paso de las brutalidades y las palabras que la hacen parecer sin entrañas al retorno de la ternura, de las efusiones que demandan perdón.

Ayer, a propósito de una discusión planteada por ese viejo judío de Franck, ella me había dicho una crueldad sobre mi mal de hígado. Esta mañana en el almuerzo, un poco herido, como el elogio de Franck y de la judería estaba aún en su boca, se me escapó en un momento de irritación irracional del que no era dueño: “¡Pues bien, Princesa, hágase judía! Sobre eso, el silencio, y los invitados empalidecieron. La frase era grosera y, apenas dicha, la lamenté sintiendo que la había herido.

Al salir del almuerzo, presentándole mis disculpas, testimoniándole la profunda afección que tenía por ella, y a pesar mío, en el estado nervioso en que estaba, las lágrimas cayeron de mis ojos sobre las manos que yo besaba, mi emoción la venció, me tomó entre sus brazos y atrayéndome hacia ella, me besó las dos mejillas: “¡Pero cómo, en absoluto! Bien sabe que yo lo amo. Yo también, desde hace algún tiempo, me siento en un estado nervioso…”

Y la escena terminó en el dulzor de una emoción que respeta el momento de silencio en el que se fortalece la amistad.

  1. de Sacy contaba, esta mañana, que cuando enteraban al general Sébastiani del asesinato de su hija, el detuvo al que le daba la noticia con un “¡Ah, un momento… que eso no afecte mi salud!

 

Lavois le dijo a un bretón que estaba a punto de construir su casa de arenisca de las casas bretonas, “¿Por qué no la hace con ladrillos? Son más bonitas. –“¡El ladrillo no dura más que cien años!”, respondió el propietario.

 

Fuera de las contrariedades de la política, de la preocupación por la salud del emperador, hay en este momento en la Princesa una especie de desajuste de las impresiones, de las sensaciones. Parece que entra en una crisis moral y que se siente agitada por un tumulto interior. El otro día tuvo un ataque de nervios por una palmada de Nieuwerkerke sobre el lomo de uno de sus gozques. Anteayer, estuvo a punto de quemarse viva mientras jugaba, con una excitación juvenil, a lanzar al aire fuegos de artificio chinos, uno de los cuales al caer incendió de inmediato uno de los volantes de su vestido. Ayer, en la comida, tuvo de repente náuseas, lo que la hizo abandonar bruscamente la mesa.

Hay en ella, en fin, con un casi hastío de sus gustos, un aburrimiento, una pereza a trabajar incluso en sus acuarelas, un trastorno físico y moral, un no sé qué de tierno, de melancólico, de amoroso, de una mujer tentada un poco a un último coqueteo en sus postreros años de mujer.

 

Hemos encontrado en Saint-Gratien, tomando las aguas de Enghien, al pequeño poeta Coppée, un poco tísico, echado a perder por el éxito de una noche y de un acto en el Odéon. Una pequeña figura de tez aceitunada, la miniatura de un Bonaparte de regreso de Egipto. Gentil, distinguido, femenino, no tiene desgraciadamente nada personal. Cuando habla es a un Banville –Banville, del que no sólo ha asimilado el espíritu, sino también el habla declamatoria y pretenciosamente arrastrada.

Inquieta, a pesar de dos despachos recibidos ayer, y queriéndose dar cuenta por ella misma de la salud del emperador, la Princesa va a verlo hoy a Saint-Cloud.

Lo encuentra en su lecho. Él ha pasado diez noches sin dormir y sin tener ganas de dormir. Su ciática persiste. Agrega: “Estaba lindo… tenía la barba recortada y con la cabeza echada hacia atrás se parecía a Napoléon 1o … ¡Sí, a Napoléon 1o, era asombroso! El pobre hombre estaba con un guardia…” Y como nosotros señaláramos nuestra sorpresa de que la emperatriz hubiese elegido ese momento para ausentarse: “¡Oh!, dijo la Princesa, él prefiere estar tranquilo…”

Y retoma: “¡Es triste, ese castillo de Saint-Cloud!… Es sorprendente lo contenta que estoy de haberme ido de esos lugares. No me siento a gusto en la corte. Allá, los sentimientos, el lenguaje, son diferentes… No puedo explicármelo, pero me siento como otra persona y me siento ansiosa de volver a mí y a mi hogar.

 

Bar-sur-Seine, 6 de septiembre

El sentimiento de profunda tristeza al volver a ver estos bordes de la Sena que hemos visto llenos de salud y de fuerza productiva, de volver a pasar por esos senderos con el paso cansino, sin que la naturaleza nos hable de la literatura que está en nosotros…

 

10 de septiembre

Acosados del ruido como en cualquier otro lugar; y todos los sonidos, con el sonido de la voz de los propietarios, de los arrendatarios, de los domésticos, en los que aparece siempre la palabra ¡dinero!

 

¡Este emperador infeliz! Ha sido forzado estos días a dejar Saint-Cloud e ir a dormir a Villeneuve, a causa de la batahola de los saltimbanquis de la fiesta de Saint-Cloud. ¡Que ingratitud de parte de ellos: él los ha protegido tanto durante su reinado!

 

Nos hemos puesto a invocar al viento, la lluvia, la tempestad: que envuelve y silencia los ruidos humanos y animales.

 

Son muy negros los pensamientos de las noches blancas.

 

Un curioso personaje, en Bar-sur-Seine, es ese pescador furtivo llamado Moneda-Grande, muerto con la línea en la mano. Era el nieto natural de un párroco de Molesmes, que tenía como profesión la fabricación de aceite de nabo y nuez. Disipaba cien francos en un día, dormía con eso dos o tres días y retornaba a su doble pasión: la caza, la pesca. No había más depredador de peces que él; y a todas las liebres de un condado él les podría haber dado un nombre.

 

22 de septiembre

Hoy vamos a ver a Feydeau. Ha sido conducido a Parc-aux-Princes.

Lo encontramos en una gran casa, en medio del desorden de la mudanza. Hay cuadros, mobiliario, alfombras, telas chillonas, un gran lujo extendiéndose por las escaleras y derramándose por el jardín. Los carros esparcen en el jardín muebles y plantas exóticas. Es sorprendente para mí ver como Feydeau ha vivido siempre como un hombre muy rico. E incluso en este momento en que no gana nada ha alquilado esta enorme mansión con caballeriza, cochera, biblioteca, que va a poseer mediante 4500 francos, y eso por doce años.

Ésta frente a una ventana cerrada, con la actitud rígida y anquilosada de los hemipléjicos, una manta de viaje sobre las rodillas; sentado frente a una mesa, con los Contes de Voltaire, cerrado frente a él. Tiene la palabra nerviosa que se estrecha y sale a tirones; una suerte de inquietud general que le hace llamar en todo momento a su hijo, al que teme ver aplastado por los coches. Habla de su enfermedad, de sus medicinas, de su cabeza que se electriza, de un mal de la garganta que vuelve más violentos los estallidos de voz que le hacen dar el diablillo de su hijo y su turbulenta, vivaz y escandalosa hijita que tiene el ojo negro de un puñetazo que le dio su hermano.

Da pena en ese estado de enfermedad en la que parece mezclarse a la infancia una senilidad iracunda; y uno se sentiría verdaderamente conmovido de esta calamidad, si por momentos no se volviera, sobre todas esas cosas tristes, una tontería cómica y una vanidad casi burlesca.

 

¿La Princesa sentirá verdaderamente algo sentimental por el llamado Claudius Popelin? Yo casi lo creería por la forma en que ella le habla, lo acoge, lo atiborra de cigarros. Es la primera vez que la veo así, y por ninguno de los hombres que he visto con ella no ha tenido esas caricias tiernas y esa atención envolvente. ¿Y además, que querrá decir esta prolongada ausencia de M. de Nieuwerkerke?

 

En la novela de las Femmes du monde que queremos escribir, no olvidar el tipo a la imagen de Mme L’Aubespine-Sully y de Mme Welles de la Valwette, la sobreexcitada nerviosa.

 

¡Qué bonita corte de una Alemania de fantasía se haría con los hombrecitos y las ancianas que gravitan alrededor de la Princesa! Para empezar esa vieja Mme Defly, con sus vestidos a la diabla, su alegría de ciega, sus diabluras voltairianas, sus malentendidos, sus alucinaciones y sus paseos en el salón a la búsqueda de personajes imaginarios. Esta Mme de Galbois de nariz puntiaguda, comica a fuerza de ser tonta y que no dice una sola palabra que no sea un sinsentido, una estupidez. Soulié, ese cortesano palurdo, con sus paradojas de imbécil, las pasiones a las que se presta, sus cóleras cuando uno ha tocado sus cielos –es así como llama a las mujeres que se supone ha amado–  el relato de sus desvaríos amorosos durante su aseo, ese lado sentimental que el atribuye a su ridícula persona, a su abundante naturaleza sensual, para ganar, comer y digerir parsimoniosamente la comida de una Alteza.

 

29 de septiembre

Quien no ha leído las conversaciones de Napoléon en las Memoires vivas, interesantes, desconocidas de Roederer, no conoce nada de ese género de elocuencia del hombre de genio: es a decir verdad el vagabundeo de la elocuencia.

 

15 de octubre

En Trouville nos enteramos de la muerte de Sainte-Beuve. El difunto no ha pagado en realidad todas sus lisonjas, sus abyecciones para con la pequeña prensa.

 

18 de octubre

Salida de Trouville para París. Veinte días pasados ahí, los veinte días más malos de nuestra vida.

 

25 de octubre

La Princesa nos arrastra a su suite a ver a Théret, el alcalde de Saint-Gratien. Este alcalde es un gran accionista del Siécle y al mismo tiempo disecador. Nos muestra un pollo con cuatro patas preparado bajo sus cuidados.

 

1o de noviembre

No hemos tenido suerte. Hoy hemos tomado posesión del pabellón de Catinat, que la Princesa nos ha prestado, para escapar del ruido de nuestra casa; y hoy hemos probado las campanadas que dan en la iglesia. ¡El cura las hace sonar diez minutos cada cuarto de hora!

¡Estar enfermo y no tener la facultad de estar enfermo en casa, arrastrar el sufrimiento y la debilidad en alojamientos de un lugar a otro, de alojamientos rentados a alojamientos prestados!

 

10 de noviembre

Trabajamos en Gavarni a pesar de todo.

Podríamos decir juicioso como un niño enfermo.

 

14 de diciembre

Todos los dolores morales se transforman en enfermedades nerviosas y dolores físicos, de suerte que parece que el cuerpo sufre una segunda vez lo que el alma ya ha sufrido.

Días vacíos y negros, llenos de las duchas y de paseos dolorosos a lo largo de este eterno camino que va de Auteuil a Boulogne.