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Diario de la pradera: el cuento, el ozono y la memoria | Sergio Pitol

(Publicado originalmente en Crítica 109)

12 de mayo 2004, miércoles

Ayer al mediodía me interné en el Centro Internacional de Salud “La Pradera”, a media hora de La Habana; por la tarde exámenes y visita a los doctores. Me explicaron el tratamiento al que me deberé someter; por las mañanas me extraerán sangre, la enriquecerán con ozono en un recipiente al alto vacío y la reintegrarán al organismo por la misma vena. Esa operación no demorará más de una hora. Tendré pues todo el día para descansar, leer, hacer ejercicio en un inmenso jardín, y recapacitar sobre mis males y sus posibles remedios. Estoy atrasado en todos mis trabajos; procuraré escribir y leer con entera tranquilidad.

13 de mayo

Comencé a reflexionar sobre el cuento. Un autor de cuentos se emplea desde el primer párrafo a adelgazar una o varias anécdotas; después, trata de mantener un lenguaje eficaz, con frecuencia evasivo. En el subsuelo del lenguaje serpentea, imperceptiblemente, otra corriente: una escritura oblicua, un imán. Es el misterio; de esa corriente depende que el cuento sea un triunfo o un desastre. El final de un relato podrá ser abierto o cerrado. La mayor aportación de Chéjov a la literatura es su libertad; clausura una época e inicia otra; sus cuentos y sus obras de teatro ignoran la retórica del siglo. El inicio y el final de sus obras no eran los acostumbrados; al comenzar alguno de sus relatos los lectores suponían que el tipógrafo se había pasado las primeras páginas porque encontraban la acción ya bastante adelantada, y el final podría ser peor, se perdía en brumas, nada concluía o si lo hacía era de una manera errónea. Al principio, los críticos consideraban que aquel joven era incapaz de dominar las mínimas reglas de su profesión y pronosticaban que jamás lo lograría; esos pobres diablos no habían intuido que ya Chéjov se había convertido en el mejor escritor de Rusia. A los cuarenta y cuatro años, cuando murió, era un clásico. Chéjov ejerció, y hasta ahora lo logra, una notable influencia en todas las grandes literaturas, en especial la anglosajona: James Joyce, Virginia Woolf, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, William Faulkner, Tennessee Williams, Truman Capote, Raymond Carver en nuestro tiempo captó con inteligencia y emoción el universo de Chéjov y sus procedimientos estilísticos. Su último cuento, “Un ramo de rosas amarillas”, narra las últimas horas del ruso. Gustavo Londoño siempre insistía que Borges era un heredero directo de Chéjov. A mí no me lo parece. Borges inventó una literatura propia, transformó nuestro idioma apoyado en los modelos clásicos, casi todos ingleses. Leyó el Quijote en inglés, como a Homero, y a muchos clásicos más. El cierre de sus mejores cuentos es absoluto. La mayor parte de sus tramas están elaboradas para producir un final alucinante. Piénsese en los de “Hombre de la esquina rosada”, “El jardín de los senderos que se bifurcan”, “Emma Zunz”, “La muerte y la brújula”, o uno, el más maravilloso entre los maravillosos, “La casa de Asterión”, donde el lector deambula entre una infinidad de recovecos en una casa estrafalaria y obedece señales esquivas que no conducen a nada, hasta que súbitamente, en su última frase, nos aclara el misterio del testo; “-¿Lo creerás, Ariadna –dijo Teseo-. El Minotauro apenas se defendió”, sólo entonces se revela qué casa es, así como la identidad del extraño personaje que la habita.

En u cuento lo más importantes es la apertura y la clausura de la historia, lo demás es relleno, pero tiene que estar al nivel de los extremos. Aun en los cuentos que tienen un inicio y un final imprecisos, esas carencias le confieren una fisonomía específica a la escritura. Esas aparentes ausencias dominan el relato con mano de hierro.

Descreo de los decálogos y las recetas universales. La Forma que llega a crear un escritor es el resultado de toda su vida: la infancia, toda clase de experiencias, los libros preferidos, la constante intuición. Sería monstruoso que todos los escritores obedecieran las reglas de un mismo decálogo o que siguieran el camino de un único maestro. Sería la parálisis, la putrefacción.

El cuento moderno a partir de Chéjov, tenga o no un final preciso, requiere la participación del lector. Éste no sólo se convierte en un traductor sino también en un partícipe; es más, un cómplice del autor. “Los más grandes cuentos le resultan nuevos a sus lectores cada vez que los releen, y porque para ellos tienen el poder de revelar algo que no habían advertido antes.” Eudora Welty dixit.

Frank O’Connor, en una entrevista publicada en la revista Paris Review, declaró en 1958: “La novela se puede apegar al concepto clásico de una sociedad civilizada, del hombre visto como animal que vive en comunidad, como son los casos de Jane Austen o Anthony Trollope. Pero el cuento, por su misma naturaleza, permanece muy lejos de la comunidad: es romántico, individualista e intransigente.”

Cortázar opina: “Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las mismas escenas. Las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos acercarnos a la estructura misma del cuento.”

14 de mayo

Anteayer, después de la primera sesión de ozono, experimenté una energía física y mental desde hace tiempo desconocida. Mi cuerpo se despojó de los dolores y fatigas, sentí una inicial restauración. En la noche anoté algunos comentarios sobre el cuento, su estructura, su especificación como género. Si a algún escritor me he acercado más es a Chéjov; no sólo por su obra; su persona me produce un enorme respeto. Aun antes de haber tenido noticias de su existencia yo estaba ya en su busca. Leerlo ha sido mi mayor ventura y una lección permanente. Desde hace cuatro décadas he estado bajo su sombra. Cuando escribí mis primeros cuentos no conocía su obra narrativa, sólo algo de su teatro, tal vez más moderno que los relatos. Antes de encontrarme con su obra había ya leído casi todo Faulkner, mucho de James, de Borges, el Doktor Faustus de Mann, La metamorfosis y El castillo, Las olas y Al faro, Proust, Sartre. Buena parte del caudal que las editoriales argentinas (Losada, Sudamericana, Emecé, Santiago Rueda y Sur) derramaron la nueva literatura europea y norteamericana en todas las librerías de México al final de la segunda guerra mundial. Cada título, cada autor significaba una victoria: la de no detenerse en Giovanni Papini, las biografías de Emil Ludwig, José Rubén Romero, Lin Yutang y Luis Spota. Los jóvenes decidimos sumergirnos tumultuosamente en la literatura contemporánea. Y de repente cerca de nosotros aparecieron dos narradores inusitados: Juan Rulfo y Juan José Arreola. Los leímos con tanto interés como a los nuevos escritores europeos y norteamericanos. A pesar de que Chéjov había muerto medio siglo atrás yo lo coloqué en la primera fila de mis preferencias, y nada sigue allí. Chéjov mantiene un suspenso permanente en el relato. Un cuento suyo nos proporciona una impresión total, pero si lo releemos con frecuencia la historia se vuelve diferente. En una carta a Suvorin, su editor, del 1 de abril de 1890 le dice: “Cuando escribo confío plenamente en que el lector añadirá los elementos subjetivos que faltan en mis cuentos.”

En mis primeros cuentos, aun antes de leer a Chéjov, y hasta en los recientes, he dejado espacios vacíos para facilitarle al lector elegir alguna de las varias opciones de colmarlos.

15 de mayo

Me inicié en la escritura a mediados del siglo pasado. En el año 1956, para ser preciso. Fui yo el primero en asombrarse de haber dado ese paso. Mi relación con la literatura se inició desde la infancia; tan pronto como aprendí las letras me encaminé a los libros. Puedo documentar la niñez, la adolescencia, toda mi vida a través de las lecturas. A partir de los veintitrés años, la escritura se entreveró con la lectura. Mis movimientos interiores; manías, terrores, descubrimientos, fobias, esperanzas, exaltaciones, necedades, pasiones han constituido la materia prima de mi narración. Soy consciente de que mi escritura no surge sólo de la imaginación, si hay algo de ella su dimensión es minúscula. En buena parte la imaginación deriva de mis experiencias reales, pero también de los muchos libros que ha transitado. Soy hijo de todo lo visto y lo soñado, de lo que amo y aborrezco, pero aún más ampliamente de la lectura, de la más prestigiosa a la más deleznable. Algunos vasos comunicantes no fácilmente perceptibles transmiten lo que soy yo a mi lenguaje y lo que el lenguaje es a mí. Por intuición y disciplina he buscado y a veces encontrado una Forma que el lenguaje requería. En pocas palabras eso es mi literatura.

Al terminar la carrera de leyes asistí como oyente a algunas materias de la facultad de Filosofía y Letras y una vez a la semana al Colegio Nacional para escuchar a Alfonso Reyes sobre temas helénicos. Dedicarme al derecho no tenía para mí ningún atractivo. Como oficio elegí la edición; durante varios años traduje, corregí y recomendé algunos libros en distintas editoriales: la Compañía General de Ediciones, Novaro, y dos recientes en esa época, más ambiciosas y plenamente modernas: Joaquín Mortiz y ERA. En una ocasión pasé un par de semanas en Tepoztlán donde tenía alquilada una casa para concentrarme en mis labores. Esa vez me proponía terminar una traducción de un libro infantil por petición de Novaro para entregar con urgencia. Al llegar a la casa coloqué en una mesa el libro por traducir, la máquina de escribir, un diccionario y algunos cuadernos. Me proponía comenzar la labor esa noche. Pero no abrí el libro ni esa noche ni ninguno de los días siguientes. Hice un cuento y no abandoné la mesa sino hasta la madrugada. Me quedé consternado. Por las mañanas despertaba aturdido y salía como sonámbulo a pasear por el pueblo; sin proponérmelo, inconscientemente, pensaba en el cuento: lo que debía omitir, transformar, añadir; a ratos me sentía culpable ante la editorial, apresuraba el paso de regreso para comenzar la tarea, pero seguía añadiendo nuevos detalles, elegía los que podían ser más eficaces, buscaba el desarrollo después de la trama que seguiría del primer párrafo hasta el lejano final, me era muy difícil caminar en las arenas pantanosas de la zona intermedia, y al llegar a la casa releía las páginas surgidas de la noche, corregía infinidad de inepcias y recomponía el texto. En fin, cuando llegué a la ciudad de México llevaba tres cuentos completos y ninguna página traducida.

Mis amigos escritores, los de mi generación, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, Juan Vicente Melo y José de la Colona habían ya publicado uno o dos libros y eran tratados por la prensa cultural como promesas literarias. Cada semana, al salir del único cine-club que existía en la ciudad, el del Instituto Francés para América Latina, me reunía con esos amigos en el café María Cristina, luego se sumaron los todavía más jóvenes Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. La década de los cincuenta fue una época de transformación en la cultura mexicana. Los escritores del realismo socialista, algunos cultivadores de un nacionalismo desgastado y ramplón, y unos cuantos conservadores, la derecha radical, se oponían a las nuevas corrientes de la literatura moderna, sobre todo a la extranjera. Alfonso Reyes, nuestra figura más abierta al mundo, era estigmatizado por escribir sobre los griegos, Mallarmé, Goethe, y la literatura española de los Siglos de Oro. Abrir puertas y ventanas era un escándalo, casi una traición al país.

En mi juventud la salud de las artes y aun concretamente de las letras no me preocupaba demasiado. En las reuniones del María Cristina celebrábamos la literatura, la pintura, el cine, el teatro, el jazz. Las conversaciones eran muy estimulantes, provocativas y, a veces, formidablemente divertidas. Yo no me sentía comprometido a combatir a los escritores de cualquier bando, para eso hubiera necesitado leer sus obras, y los artículos periodísticos de José Rubén Romero, Gregorio López y Fuentes, Alfonso Junco y Jesús Guízar Acevedo, todos coléricos ante la contemporaneidad, y aun hasta los del Vasconcelos de ese tiempo, me resultaban letra muerta. Recuerdo que una vecina, en Córdoba, me regaló durante tres cumpleaños seguidos un  mismo libro del conservador Alfonso Junco, cuyo título era una joya, pero desde luego no el contenido: Bendita sotana; nunca pude pasar de la tercera página. En realidad, en esa época mis conocimientos sobre literatura mexicana era raquíticos: ensayos de Alfonso Reyes, Ulises criollo y La tormenta de José Vasconcelos, algunas novelas y cuentos de Juan de la Cabada, casi toda la poesía de los Contemporáneos, El laberinto de la soledad de Octavio Paz y algo de su poesía, los libros recién aparecidos de Juan Rulfo, Juan José Arreola, Sergio Fernández, y pocos más. Casi todas mis lecturas eran inglesas y comenzaba asomarme a la norteamericana y a la hispanoamericana: Borges, Onetti, Carpentier, Monterroso. Fue en Europa donde tuve una necesidad interior de conocer la historia y literatura de México, desde las crónicas de la Conquista hasta las últimas corrientes.

Por otra parte, en esos años no tenía la menor idea de convertirme en escritor. En cambio, apostaba a llegar a ser editor, por eso mismo me preparaba con la corrección de manuscritos, de galeras y planas, traducía artículos y libros y escribía notas de lectura para varias editoriales. Estaba convencido que después de algunos años de aprendizaje dirigiría mi propia editorial, donde intentaría publicar a quienes se esforzaban por transformar la literatura mexicana.

16 de mayo

Al volver a la ciudad de México con mis tres primeros cuentos (“Victorio Ferri cuenta un cuento”, “Amelia Otero” y “En familia”) me esperaba otro destino: mi plan de vida se fue transformando imperceptiblemente. Continué las rutinas habituales, conversar con los mismos amigos, presentarme todos los jueves al cine-club, permanecer hasta la una de la mañana en el María Cristina, discutiendo los temas de siempre, pero fui reduciendo mis actividades profesionales hasta un mínimo que apenas me permitiera subsistir. El tiempo rescatado lo aprovechaba para escribir. Casi todos los días José Emilio y Carlos pasaban a mi departamento para comentar nuestras nuevas lecturas, y discutir con toda libertad y camaradería lo que escribíamos. Cuando consideré haber logrado un determinado número de cuentos publiqué un pequeño libro –Tiempo cercado, en un tiraje mínimo del que sólo llegaron a las librerías veinticinco o treinta ejemplares-, sentí que había pagado una deuda al componer nuevas versiones de los relatos que mi abuela, mis tías y una vieja sirvienta, que acompañó casi toda su vida a mi abuela, jamás se fatigaban de repetir.

Supuse que terminado el libro, volvería a las galeras, las planas, las imprentas y las traducciones. Pero no fue así; pronto me desprendí del sueño de dirigir la mejor editorial de México; durante doce años continué escribiendo cuentos. Pero eso fue en otros climas, ya que en 1961 quemé mis naves y en el verano de ese año me embarqué hacia Europa; para escribir requería una nueva existencia, establecer una inmensa distancia de una niñez bastante agobiante y de una adolescencia que parecía eterna. Pocos meses después y ya establecido en roma, escribí un cuento, el primero en Europa, “Cuerpo presente”, diverso a los anteriores. Las historias contenidas en Tiempo cercado tenían por tema general la decadencia de los colonos italianos de la región de Huatusco –irrealizadas y degradadas por el paso del tiempo-, la presencia de la Revolución con sus cargas de violencia, fracasos y sueños truncos. En “Cuerpo presente” traté de acercar la historia a mi tiempo y a mis circunstancias y descubrí un lenguaje diferente. A partir de ese relato, y durante muchos años, mí concepción del cuento se fue modificando. Los temas, los recursos, los espacios literarios conocieron varias metamorfosis. He tratado de no copiarme ni escribir mecánicamente; cuando intuía llegar a la cercanía de una repetición me preparaba para producir un salto; en unas ocasiones fue tan arriesgado que mi escritura adoptaba una forma casi antagónica a las del pasado. Ese antagonismo era una mera ilusión, una fachada; al tener que leer toda mi obra he descubierto que existe una clara unidad en ella, pero también diversas posibilidades de deslizarse a otras preocupaciones formales. He tratado de manejar una realidad siempre visible, pero cada vez más dúctil y más enmascarada; la parodia me ha permitido dinamitar los muros más recios. Y si el manejo de la Forma se transformaba, también lo fueron los espacios donde las tramas se desarrollaban: Roma, Venecia, Barcelona, Pekín, Londres, Varsovia, Bujara, Samarcanda. Lo que acerca y comunica esas escenografías son los personajes, por lo general todos mexicanos, con sus vicisitudes, extravagancias y remordimientos a miles de kilómetros del lugar donde dejaron enterrado su cordón umbilical. El lenguaje, la Forma, la trama aparecen al mismo tiempo y desde el inicio, cada entidad va dirigiendo a las otras, y las pulsiones, crispaciones, fisuras y reconciliaciones que se producen en ellas me permiten construir una visión oblicua, onírica, delirante del relato, y lograr un final abierto y felizmente conjetural.

17 de mayo

Llevo cinco días instalado. Los jardines y palmares cubren una superficie de varias hectáreas. Los pacientes son extranjeros, la mayoría venezolanos. Hay un amplísimo hotel, varios restaurantes, en uno muy pequeño, El Rocío, comemos algunos mexicanos, canadienses y una señora panameña. Paz Cervantes ha venido a curarse de un enfisema, llegamos por instrucciones del doctor Jorge Suárez, nuestro homeópata en Xalapa, para terminar un tratamiento de ozono que iniciamos con él; por lo que nos han dicho la clínica de ozono de La Pradera es uno de los pocos lugares del mundo en que esa técnica se aplica. Todas las mañanas, inclusive el sábado y el domingo, vamos a la clínica. La enfermera es precisa, pero hay días que la curación se vuelve ardua y le toma mucho tiempo. Mis venas desaparecen paulatinamente, la extracción de la sangre y sobre todo la devolución de ella al organismo tiene sus dificultades. Además de asistir a la clínica, Paz y yo vamos juntos a comer y luego hacemos un paseo de media hora o una hora en el jardín. El tiempo restante lo dedico a leer, escribir estas notas y descansar. En los primeros momentos en La Pradera me sentí Hans Castorp ocupando una vida de exámenes médicos y curaciones en un lugar aislado del mundo. Poco después me desdigo, nuestras circunstancias son totalmente diferentes: su hospital se hallaba en una montaña ceñida eternamente por la nieve; aquí, en mi spa caribeño estoy rodeado de toda clase de palmas, de bugambilias y plantas tropicales, y el calor es abrumador. Por lo que radicalmente nos separa es una educación distinta, el idioma, la cultura, las raíces, los mitos antagónicos. Castorp llegó a su montaña mágica algo así como a los veinte años, y yo me matriculé en La Pradera a los setenta y uno. A Hans Castorp le interesa todo, tiene la vida por delante, o así lo cree, hace amistades con facilidad, le entusiasma escuchar las polémicas entre Nafta y Settembrini y ha conocido por primera vez el amor con una mujer fascinante, y yo, aquí a las orillas de La Habana, sólo saludo a uno que otro paciente, eso sí con corrección, y eludo las charlas con los que tratan de matar un tiempo que para ellos les resulta vacío y que yo disfruto intensamente en mi habitación. Esta amplitud de tiempo me permite hacer ejercicios, descansar voluptuosamente en mi cuarto donde leo horas y horas y horas como hacía tiempo que no había podido hacerlo. Cuando viajo llevo más de una docena de libros para tener varias opciones de lectura. Llegué a La Pradera con varios clásicos españoles: Cervantes, Tirso de Molina y Lope, algunas novelas de jóvenes mexicanos que conozco poco: Toscana, Fadanelli, Montiel y González Suárez, dos novelas de Sandor Marai, el último libro de Tito Monterroso: Literatura y vida, los diarios de Gombrowicz, una novela policial del suizo Friedrich Glauser: El reino de Matto, la única suya que me falta leer, y un excelente e incisivo libro de ensayos de Gianni Celati: Finzioni occidentali.

Me he propuesto visitar La Habana sólo los sábados y domingos, después de salir de la clínica. Anteayer fue nuestro primer sábado, fui con Paz al Museo de Bellas Artes a ver la soberbia colección de Wifredo Lam, pasamos al hotel Meliá a comprar El País, recorrimos el corazón de La Habana, y en los puestos de libros encontré algunas maravillas; la poesía completa de Gastón Baquero y la de Emilio Ballagas, la obra narrativa casi completa de Lino Novás Calvo, de quien fue incondicional en mi juventud y una edición mexicana, que en las librerías de México jamás vi, de ese libro considerado maldito durante muchos años, Hombre sin mujer, de Carlos Montenegro, que César Aira compara con el más provocativo Genet en su Diccionario de autores latinoamericanos. La Habana por primera vez los turistas llegaban de Estados Unidos; hoy los que hablan inglés en las plazas y en los restaurantes son canadienses; pero también se oye francés, italiano, mucho alemán, y en abundancia el español de España. El lenguaje de los negros y mulatos me resulta casi ininteligible, un papiamiento extraordinariamente melodioso, como extraído de poemas del primer Guillén, de Ballagas y los cuentos de Lydia Cabrera. Podría ser que en mis primeras visitas a Cuba, antes de la revolución, los mulatos no circulaban por las calles de La Habana vieja en tal cuantía, tal vez en esos tiempos se esforzaran por hablar con un español de acento cubano regular para no ser despreciados por los blancos, o quizás mi memoria retuviera otros aspectos de la ciudad para mí más atractivos que la manera del habla popular.

De pronto me vi frente al Floridita, el bar donde Hemingway, ya se sabe, pasaba a tomar sus daikirís al llegar a La Habana; a su lado está La Zaragozana, el mejor restaurante de Cuba y uno de los más antiguos de la ciudad, abierto a mediados del XIX. Entré allí como convocado a descifrar una parte de mi pasado, a jugar al acusado, al fiscal y al juez en una misma persona. La decoración de La Zaragozana a la que entré el sábado me era desconocida. Me parece que en la primera vez su arquitectura interior era igual al estilo de los años treinta o cuarenta, con un eco de Alvar Aalto, el finlandés o aun de Adolf Loos, el austriaco. Pero no confío en mi memoria, para eso vine a encerrarme en La Pradera. Las paredes del restaurante están pintadas con fachas de viejas fondas españolas y eso me desconcertó; en cambio, los muebles, los uniformes y el estilo de servir de los meseros tenían todo el gusto del pasado, como en las mejores películas de Lubitsch. La cocina de La Zaragozana mantiene el alto nivel de siempre. “¿Cuándo viniste aquí la primera vez?”, me preguntó Paz. Hice la cuenta y me quedé petrificado: ¡cincuenta y un años! Debió de ser en los finales de febrero o los primeros días de marzo de 1953. Era yo un joven que estaba por cumplir los veinte años, lo recuerdo bien porque tuve que salir de México con la aprobación de un tutor.

Un grupo de compañeros de la universidad habíamos planeado un viaje suramericano para las vacaciones. Nuestro proyecto era cruzar horizontalmente los países andinos. No sé si por emular un viaje notable, tal vez el de Francisco de Orellana. Saldríamos de Veracruz, en un barco de la línea marítima italiana para llegar a La Guaira; de inmediato subiríamos a Caracas y de allí cruzaríamos aceleradamente Colombia, Ecuador y Perú, de donde navegaríamos por el Pacífico hasta llegar a Manzanillo. Conseguí el dinero con mis familiares; sólo obtener el pasaporte tuvo complicaciones; la mayoría de edad se lograba entonces hasta los veintiún años. Yo era huérfano, de manera que mi tutor tendría que otorgarme el permiso para salir al extranjero, pero mi tío vivía en Córdoba y no podía viajar a la capital; tuve que hacer trámites bastante complicados para que una tía, Elena Pitol, se convirtiera en mi tutora y se presentara conmigo en Relaciones Exteriores. Cuando estuvimos ante los funcionarios ella se soltó a contar anécdotas absurdas de mis caprichos de niño y de los actuales, lo que me sacó de quicio. Ya en el último mes, uno por uno de los compañeros fueron desistiendo del viaje, algunos por falta de dinero, otros por enfermedad y supuestos accidentes repentinos, otro, sobrino de un almirante, insistió que aquel viaje sería un desastre, era la época de las peores tormentas en el Atlántico y viajar en barco significaría internarse a un infierno. Alguien propuso que mejor fuéramos unos días a Guatemala, otro a San Antonio, Texas, otro más a Pachuca, donde las barbacoas eran de primera. En fin, sólo yo comprendí el viaje. Había perdido varios días debido a los trámites de la tutoría y el pasaporte. Al llegar a la aduana de Veracruz, entre un chubasco y un ventarrón terrible, me dieron una noticia fatal: el Francesco Morossini había partido unas cuantas horas antes. El representante de la línea italiana en Veracruz me dijo que la tormenta estaba ya entrando y el barco corría peligro anclado en el muelle, por eso tuve que salir hacía cuatro horas rumbo a Nueva Orleans, la primera escala del viaje No pudieron esperarse por la demora de únicas dos personas. Yo y un anciano italiano con aspecto de enfermo fuimos los pasajeros que nos quedamos en tierra, pero cuando el representante vio mi boleto y se enteró que iba a Venezuela, me dijo que aún habría posibilidad de alcanzar al Francesco Morossini en La Habana. Otro empleado añadió que un barco de carga brasileño que la empresa manejaba saldría al día siguiente hacia Cuba. “Si se atreve a viajar en ese carguero que no tiene la mínima comodidad podría alcanzar al Morossini, el pasaje corre por nosotros. ¿Le conviene?”, me preguntó. “Desde luego me conviene”, exclamé con entusiasmo. En cambio el anciano no aceptó. Gritaba que no sabían con quién se estaban metiendo, que iba a enjuiciar a la empresa y a los aduaneros y de repente comenzó a llorar.

¡El complicado laberinto para llegar a La Zaragozana de 1953! Me pasma el joven que he sido. Me es casi imposible creer que aquel joven fuese el anciano que con esfuerzo recuerda un capítulo tan lejano de su vida. Me es más fácil establecer una distancia para contar sus hazañas en La Habana; utilizaré la tercera persona como si yo fuera otro. El carguero brasileño llegó a La Habana dos días después, al anochecer; la aduana y los servicios del puerto ya habían cerrado. Aquel joven contempla desde lejos la ciudad fascinado ante el panorama prodigioso; permanece un rato más en la cubierta percibiendo cómo el crepúsculo arropaba a la ciudad. Repentinamente, casi en un instante, cae la noche y en ese mismo momento un repentino manto de luces surge del suelo. La ciudad se ha iluminado violentamente y su belleza se potencia. De pronto llega un bote de motor y se acerca al casco del barco; de la cubierta alguien tira una escalera de cuerdas por donde inmediatamente suben los representantes cubanos de la compañía marítima la que pertenecía el Francesco Morossini, y también algunos empleados de sanidad y aduana. Alguien vocea su nombre y él se presenta ante los oficiales. Le dicen que puede subir al bote y asistir mañana muy temprano a la aduna para recoger su maleta. La empresa se ocupará de su alojamiento hasta que llegue el barco. Le entrega su pasaporte a un funcionario, se lo devolverían al día siguiente. Un marinero italiano le hizo bromas por haber perdido el barco, y le sugirió burlonamente que estuviera alerta para no quedarse en tierra cuando el Francesco Morossini saliera de Cuba.

Ahora, cincuenta y pocos años después, al pasear por las calles de esta ciudad voy encontrando algunas huellas de esa estadía, algunos jirones de memoria comienzan a activarse, pero otros se resisten a salir a flote. No recordaba por ejemplo dónde durmió durante esos días, si en un cuarto de la empresa naviera o en otra parte, estaba seguro de que no en un hotel; le era en cambio que de día y de noche recorría la ciudad, tanto las partes más reposadas como las más estrepitosas, y que en esas andanzas comparaba la ciudad de México con la que estaba descubriendo, y la suya le parecía un inmenso monasterio habitado por una multitud de monjes trapenses, un desierto, un silencio infinito, una correcta grisura; en cambio en la otra intuía una borrasca, un edén, la apoteosis del cuerpo, un vértigo, la gloria total.

La primera noche el marinero italiano y dos jóvenes cubanos, empleados de la empresa, lo invitaron a pasear por La Habana. Recorrieron toda clase de bares, llegaron al barrio chino, entraron a un trepidante cabaret con espectáculos de una procacidad tan desmesurada que jamás hubiera concebido: El Shangai. El marinero comenzó a condolerse de que no podía hacer nada de lo que deseaba, se había quedado una semana en La Habana porque le habían pegado una asquerosa purgación y brotado unas burbujas rojizas bastante sospechosas en el pecho; el doctor le curó con pomadas esas ronchas asegurándole que no eran demasiado peligrosas y que también la purgación que al principio fue torrencial estaba comenzando a secar; maldecía a una pasajera, una compatriota suya de mierda con quien se acostó varias veces en el viaje, también frecuentada por otros marineros y varios pasajeros cuya furia vaginal no la colmaba nadie; tenía que ser cauteloso, decía su médico, para no reincidir, porque eso sí podría ser peligroso. Declaraba a toda voz que era un martirio recorrer esos lugares que eran los que más disfrutaba, y saludaba a todo el mundo, dándole noticias a quien las quisiera oír de que su pene comenzaba a reponerse, por lo menos ya se le paraba, pero debía ser cuidadoso, repetía, extremadamente cuidadoso para evitar que esa porquería se le volviera crónica. Decía también que durante siete años había hecho la misma ruta y que de todos los puertos su preferido era La Habana, especialmente por poder recorrer el barrio de los chinos, oír a los músicos y singar con las mulatas. Acababa de cumplir veintiocho años y maldecía al diablo por darle ese golpe como regalo. Al joven mexicano la reiteración de los males venéreos del marino, los gestos extremados, su oratoria victoriosa, le parecían demasiado teatrales, una ostentosa celebración de virilidad, una presentación al mundo de medallas y trofeos ganados en la cama, pero poco a poco se fue acostumbrando y aun divirtiendo con eso. El marino como los jóvenes empleados de la empresa conocían y saludaban a mucha gente. Algunos peatones se acercaban para conversar con el enfermo, le preguntaban cómo iba su caso, ¿se estaba aliviando?, ¿todavía le seguía saliendo la pus del caso?, a lo que el marino corregía: “¡Qué caso ni qué caso, lo que tengo en las verijas es un cazzo de a de veras, ¿se les antoja verlo?” Todos le recomendaban un remedio casero mejor que el otro: ungüentos, infusiones, semillas molidas, humo de hojas de tabaco, vinagres, pedos de una santera, baba de sapo; las mujeres le hacían bromas pesadas: “¡Lástima de ese nené que no volverá a levantarse!”, y sonreían malignamente. Las cortinas que cubrían las puertas de los alrededores del Shangai estaban hechas con hilos compactos de caracoles minúsculos y bisutería barata; uno las hacía de lado con la mano y en el interior aparecían salones de juego o fumadores de opio. La música lo cubría todo, cantantes de ambos sexos, de todas las edades, mulatos vestidos de colores brillantes intensísimos, al igual que los instrumentistas que los rodeaban tanto en los bares como en la calle.

El joven estaba feliz, jamás había sentido tan intensa comunicación con sus sentidos, con su piel, en todo su cuerpo. Extasiado, vivía como en un sueño del que jamás quería desprenderse.

Al día siguiente, hacia el mediodía, sin haberse bañado, ni cambiado de ropa, seguramente maloliente, con una jaqueca atroz, sin saber bien a bien dónde había dormido, salvo que era un edificio de varios pisos no muy lejos del barrio chino, caminó hasta la avenida central y al ver a la luz del sol los lugares frecuentados la noche anterior concluyó que había soñado todo. La calle era absolutamente otra, llena de lavanderías y pequeños comercios de comida oriental para llevar a domicilio. Llegó al Shangai, que desde luego estaba cerrado, y le preguntó estúpidamente a un transeúnte a qué hora abría ese local; el otro quiso saber de dónde llegaba y el joven contestó, claro, que de México, y añadió que acababa de llegar a La Habana. El cubano se echó una carcajada: “¿Así que el mexicanito quiere conocer el Shangai eh? Apenas llegaste y ya preguntas por el lugar, ¿no es cierto? Esto se abre en la noche hacia las diez, pero las horas buenas comienzan después de la medianoche y se cierra hasta la salida del sol. Pero mira, no vengas solo y trae poco dinero, porque en estos rumbos hay gente muy peligrosa, muy, pero muy peligrosa. Así que ya sabes…” El joven se alarmó, bajó la vista y advirtió que llevaba unos zapatos que no eran los suyos, y se quedó estupefacto. Se metió la mano al bolsillo derecho del pantalón, palpó la cartera, pero no quiso sacarla en la calle, se acercó a un policía y preguntó por dónde podía llegar al puerto, la compañía marítima estaba frente a él, echó a correr, fue preguntando a la gente, estaba seguro de que le habían robado el dinero, la cartera la tenía, pero alguien podía haberla sacado, retirar los dólares y meterla de nuevo al bolsillo; tenía ganas de vomitar, le dolía el estómago, tenía la camisa empapada de sudor, corría con la mano derecha asida de la cartera, ni siquiera se atrevió entrar en un W.C. de algún café. El dolor de cabeza era enloquecedor. Durante la carrera intentaba saber qué había pasado en la noche, pero no lograba saber a qué hora se perdieron sus compañeros. De pronto extraía jirones confusos de bares, mujeres cantando, y entradas y salidas de taxis, a veces se veía solo, otras hablando con grupos que lo abrazaban y lo hacían reír a carcajadas, en todos los lugares estaban los músicos, las cantantes, la rumba, el bolero, el feeling, chico…

En la oficina se fue directamente a los servicios sanitarios, cerró la puerta, contó el dinero y lo encontró completo. Juró no repetir una correría nocturna como esa noche, tendía que ser responsable, ¿a quién podría recurrir si perdiera el dinero en el camino? Uno de los empleados con quien recorrió los bajos fondos le estaba esperando en su oficina; lo trató con sequedad, más bien con grosería. Le entregó el pasaporte, que había dejado en custodia en la oficina, lo increpó por llegar tan tarde, se habían citado a las nueve para hacer los trámites en la aduana y recoger su maleta, y ya eran más de las doce. Cuando llegó a la aduana un oficial de mal talante también lo reprendió; le recordó que por un favor especial a la empresa habían permitido que saliera del barco anoche con la condición de que se presentara allí a la primera hora de la mañana para sellar su pasaporte y pasar aduana. El joven que anoche había sido tan afable repitió sus insultos, esa vez frente a los aduaneros y otros empleados con una violencia desmedida. Después de eso ya no se volvieron a ver sino hasta la salida del Francesco Morossini, y allí en el momento del embarque lo acusó ante los oficiales italianos de ser un sinvergüenza, un irresponsable, un comemierda, y otros adjetivos más violentos, que ruborizaron al joven mexicano. “Ya verán, decía, los meterá en apuros como a nosotros cuando en la misma noche de su llegada se nos perdió mientras lo paseábamos por la ciudad.”

19 de mayo

El joven llegó a su cuarto. Se bañó largamente, se afeitó, se vistió con un ligero y elegante traje de algodón, se volvió a calzar los zapatos ajenos, que eran espléndidos. El agua fresca, y la limpieza del cuerpo lo relajaron. Puso el despertador, se tiró a la cama y durmió profundamente un par de horas. Luego, con un hambre de perro entró a La Zaragozana y comió una langosta muy superior a las pocas que había comido en su vida. Allí leyó el periódico y se enteró que Catalina Bárcena hacía una gira por Cuba y presentaría esa tarde el Pygmalion de Bernal Shaw, y que por la noche en un lugar llamado Lyceum Lawn-Tennis Club se le haría un homenaje a Mariano Brull, el autor de la jitanjáforas de las que con tanto entusiasmo había escrito Alfonso Reyes. Anotó en un papel las direcciones del teatro y el club, y asistió a los dos lugares. La comedia de Shaw estaba bien dirigida y actuada, pero le fastidió bastante que en el primer acto los dos personajes que hablaban en cockney, Eliza Doolittle y su padre, manejaran un español aborrecible. La Bárcena era una mujer encantadora, de movimientos leves y graciosos; pero cuando abría la boca estropeaba todo, hablaba en una germanía intraducible, como una rota de los peores barrios de Madrid. Si no hubiera leído la comedia en inglés y visto la película de Anthony Asquith, donde Wendy Hiller era la Eliza original, no había entendido nada. Estuvo a punto de salir en el primer entreacto, pero se quedó, y fue afortunado. En los siguientes actos, cuando Liza aprende y mejora su lenguaje y sus maneras, se veía estupenda, al grado que todas las Lizas de los varios Pygmaliones que vio después en producciones mejores y direcciones soberbias en Inglaterra, Italia y Polonia le parecieron sosas en comparación con la actriz española. Voló después en un taxi al Vedado al homenaje del poeta Brull; le pidieron la invitación, que, claro, no tenía. Dijo que era mexicano, que había leído en el periódico el anuncio de esa sesión literaria y mencionó a Alfonso Reyes, amigo y admirador de Brull, y así pasó a una sala elegante, con señoras espléndidamente vestidas y enjoyadas y caballeros demasiado estirados y solemnes, y en las últimas filas uno pocos jóvenes, junto a quienes lo acomodaron. Apenas sentarse advirtió que la siesta no lo repuso del todo, que estaba exhausto por las pocas horas dormidas, la larga marcha de la mañana, la cruda imponente, la riña en la aduana, el teatro, y no lograba concentrarse, aplaudía cuando todos aplaudían; lo que más le interesaba era el público, su refinamiento, y una sensualidad latente y oscura que oblicuamente se conectaba con la del barrio chino; al final hubo un vino y se despejó, habló primero con los jóvenes cercanos y luego con medio mundo como si hubiera vivido siempre en esa ciudad. A la salida, una señora y s u hijo lo llevaron en un lujoso automóvil al lugar donde estaba alojado.

21 de mayo

Al día siguiente recorrió las librerías y consiguió algunos libros de la colección El Ciervo Herido, publicada por Manuel Altolaguirre, encontró las piezas teatrales breves de Pushkin, que leyó con deleite en el tramo de La Habana a La Guaira. El librero le indicó que al lado de la Universidad podría conseguir lo mejor de la literatura cubana. Caminó por esa avenida que desemboca en la monumental escalera de la universidad. Al acercarse, vio las escaleras cubiertas por decenas de millares de personas, estudiantes sobre todo, con banderas de luto y pancartas, seguramente de protesta. Estaba ya casi en la última calle, pero no la atravesó; grupos numerosos de jóvenes se dirigían en la misma dirección, y empujaban con fuerza a los de adelante para cruzar la calle y llegar a las escaleras; de repente se presentó un pelotón de policías armados y comenzaron a detener a quienes intentaban pasar la calle y a subirlos en carros militares. El joven logró retroceder varios metros, una estudiante le dijo que estaban velando el cadáver de un dirigente universitario asesinado por la policía el día anterior. La universidad estaba alterada. La multitud que cubría la escalera se movió lenta, imponentemente y bajó algunos escalones, en el centro descendía el féretro sobre los hombros de seis estudiantes. Estallaron los himnos revolucionarios, el himno nacional, tal vez la Internacional. En ese momento se convirtieron en las escaleras de Odesa. Se oyó una balacera, los soldados comenzaron a hacer redadas y a irrumpir brutalmente en las escaleras. Una avalancha de cuerpos se movían hacia todas partes, algunos rodaban por las gradas. El joven inició el retiro, no fue detenido por suerte. Varias líneas de policías armados se movían por la calle donde él se escurría. Poco después supo en un café que el muerto se llamaba Rubén Batista, el tirano de Cuba tenía el mismo apellido pero no había ningún lazo familiar entre ellos. Fue el primer acto público al que el joven se acercó. Después participó en muchos más y en diferentes lugares.

22 de mayo

¿Y el cuento? Leo por las noches ensayos sobre el cuento como género, tomo algunas notas. Como por milagro, encontré en mi ejemplar de los Entremeses de Cervantes, que no había abierto desde hacía muchos años, un recorte de una entrevista que me hizo mi querida amiga Margarita García Flores. La nota dice: El Día, enero 1976, es decir cuando vivía yo en París. Ésta es una de las preguntas:

-¿Cómo construyes un cuento? ¿Qué problemas tienes al escribirlo?

-Esa pregunta es muy amplia y por lo mismo vaga. Un cuento no siempre responde a los mismos estímulos, obedece a una intranquilidad interna tal vez por estar obsesionado por un personaje, o por una o dos frases que ha uno oído al azar en un café, o una tonadilla de canción que repites sin saber por qué; casi todos mis cuentos están muy ligados a cosas que he visto y escuchado que después transformo. En mi apego a la realidad no me gana ni el más obsesivo realista. No puedo casi imaginar si no veo algo, oír una conversación, ver una cara con determinada expresión que después, a veces muchos años después, brota de la memoria. Todo empieza esbozarse muy vagamente; de pronto en medio de esa vaguedad comienzo a estructurar una historia que se anuda con algunas preocupaciones inmediatas. Al escribir el borrador de un cuento se organiza de inmediato la trama; todos sus componentes surgen inmediatamente, y construyen una estructura, que para mí es lo fundamental. En el primer bosquejo el lenguaje puede ser muy elemental, redacto como un niño de once o doce años. Aparentemente, en No hay tal lugar la estructura apenas se vislumbra, sin embargo, en ese libro de cuentos trabajé intensamente para lograr una coherencia interna. Pienso, por ejemplo, cómo se comportaría ante alguna situación una señora de una ciudad de provincia, de Córdoba u Orizaba, por ejemplo, de sesenta años, dentista y esposa de dentista, qué sinsabores y alegrías conoce en su profesión, qué libros lee, qué cine prefiere, cómo se viste, en qué periódicos se informa, y mil detalles más; es aún el proceso previo a la escritura, gran parte de esa información no interviene en el relato, pero para mí algunos detalles me resultan como sostenes de la historia y le imprimen verosimilitud; permite un encuentro con la realidad y al mismo tiempo establece una niebla que contamina y transforma esa realidad. Después empieza el trabajo verdaderamente difícil, el que más me gusta, convertir en una geometría lo que ha llegado como un flujo: añadir, mutilar, ordenar. En esa fase empiezo a redondear los personajes. Los cuentos que más me gustan son “Hacia Varsovia”, que está en Los climas, y algunos cuentos de No hay tal lugar.  Al primero le tengo una debilidad especial porque me recuerda mi llegada a Varsovia y fue el primero en que me atreví a mezclar lo real y lo onírico. Lo tengo muy cerca de mí, pero en general una vez publicados los cuentos dejan de interesarme; debo seguir escribiendo y enfrentarme a otro tipo de problemas ya requerimientos diferentes.

23 de mayo

Y así, en una mesa de La Zaragozana, me fue dado asistir a esas antiguas imágenes de mi vida, encapsuladas en los desvanes del subconsciente, algunas, pocas, muy claras; otras borrosas o truncas que sólo dejaban percibir mínimos detalles, ecos de ecos de algo informe que aún no puede desprenderse de las sombras. Mi mayor asombro fue recordar que durante esos días de La Habana y los siguientes en la travesía hacia Venezuela, comencé a escribir. Varias veces he insistido por escrito y oralmente que el inicio de mi obra tuvo lugar en Tepozotlán unos cuatro años después de ese primer viaje al Caribe. Y descubro que no es verdad. La primera vez fue en la cubierta del Franceso Morossini cuando tratando de escribir una carta probablemente a uno de los amigos que desistieron del viaje, empecé un poema. Había estado viendo el mar, de pronto surgieron unas frases que aspiraban a describir las cualidades del océano, su música, sus brillos y opacidades y el contraste de su magnitud con el diminuto, grisáceo y átono destino del hombre. ¡Quedé arrobado! En la noche volví a leerlo y me pareció pasable pero un tanto pomposo. Para nada quería imitar a Valéry, sino a Tristan Tzara, ser el primer poeta dadaísta de México, salvaje y sofisticado, de manera que en los tres o cuatro días que faltaron para llegar a La Guaira, en la cubierta, en mi camarote o en el bar, deformé, desconstruí y rehabilité varias veces todos los versos del poema.

En Caracas, una carta de presentación de Alfonso Reyes para Mariano Picón Salas, uno de los más eminentes intelectuales de Venezuela, me abrió todas las puertas. Don Mariano me invitó un par de veces a comer en su casa, donde conocí a algunos escritores, historiadores y pintores importantes. Una de ellas, la poeta Ida Gramko, me invitó a participar en unas reuniones celebradas todos los sábados en su casa. Hice allí amistad con jóvenes que el tiempo transformó en grandes figuras de la literatura venezolana. Poco después, una familia mexicana muy conservadora, elegante y ampliamente hospitalaria, la de don Ángel Altamira, cuya hija, Malú, había conocido en México, me invitó a pasar unos días en una inmensa casa de campo en Los Chorros, un mundo edénico de residencias y espléndidos jardines a las orillas de Caracas, donde pasé más de un mes leyendo poesía, novelas policiales del Séptimo Círculo, la colección dirigida por Borges y Bioy Casares, y otros libros de los que sólo recuerdo con entusiasmo El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, acabado de editar en México.

Paseaba frecuentemente por Caracas con Malú, hacíamos visitas, casi siempre a diplomáticos extranjeros amigos de los Altamira, veíamos exposiciones, hablaba con ella de literatura, de pintura, de los amigos comunes de México, pero, sobre todo, incontinente y desenfrenadamente, de mis poemas; los sábados por la tarde no faltábamos a las reuniones de Ida Gramko, a conversar con ella y también con Antonia Palacios, Oswaldo Trejo, Salvador Garmendia y con Picón Salas que con frecuencia se asomaba por allí. Cuando me preguntaban si escribía respondía afirmativamente; comenzaba, les decía, a escribir poesía, poesía dadaísta. Jamás he conocido una existencia tan de niño-fresa como en Los Chorros. Mi actitud, mi simple presencia eran antagónicos a los ritmos orgiásticos de La Habana. Me desconocía. Estaba tan a gusto con las formas protocolarias de esa familia que renuncié a viajar por las otras repúblicas andinas. En el barco de regreso recuperé mi antigua personalidad; lamenté no haber hecho el viaje previsto en México, y la única explicación que encontré fue que sólo el amor por la poesía me ancló tanto tiempo allí. Después del desayuno me sentaba en una de las prodigiosas terrazas de los Altamira, solo con mis cuadernos. Entretanto era Rilke en el castillo de Duino, un intenso poeta que mantiene comercio en todo momento con las musas, a la sombra de una familia de mecenas. Escribía y desescribía versos. Estaba convencido de que mi poesía era absolutamente insólita; la concebía como una suma de estridencia, elegancia y lejanía; en eso me diferenciaba de Tzara y sus alumnos. A decir verdad, mis poemas eran unos bodrios insulsos y sentimentaloides, pero eso lo descubrí mucho más tarde.

Durante cincuenta años mantuve clausurados los días de La Habana; sabía, desde luego, que había estado de paso en esa ciudad fascinante pero no recordaba qué había hecho o visto en ella, ni siquiera donde dormía; en cambio recordaba la estancia en Venezuela con una claridad cristalina, salvo lo concerniente al a creación. La poesía no aparecía para nada en mi memoria. Es extraño, ahora me parece que el principal objetivo de quedarme tanto tiempo en Los Chorros fue perfeccionar mi lírica. Vivía para eso. Aun en el regreso a México en el Andrea Gritti, insistí darle los toques finales, lo que para mí significó escribir mis poemas con más salvajismo y aún más refinamiento. No eran muchos, tal vez ni siquiera llegaban a quince. Pocos episodios me han consternado más que el de la resurrección de esos poemas y su rapidísima eliminación treinta años después. Bueno, al regresar a México le entregué copias a mis amigos más cercanos, por lo menos a los que leían poesía y de ninguno recibí el menor elogio, algunos me hacían comentarios tan absurdos que estuve a punto de romper la amistad. Había soñado en Carcas hacer una plaquette sobria y elegante como las de los poemas de Villaurrutia y Novo. Un día me aconsejó Luis Prieto: “Yo te recomendaría guardar tus poemas en una caja de seguridad, como lo proponía Horacio, y después de unos siete meses o quizás de siete años, no me acuerdo si se refería a meses o años, volverlos a leer con una autocrítica cáustica. Si una línea no se ajusta en el poema elimínala o de plano elimina todo el poema, y si ninguno de ellos te parece soberbio tíralos a la basura y comienza a escribir otros que a lo mejor te saldrían menos malos, y no te arrugues, estás aún muy chamaco para esto.” Guardé mis papeles y pasados unos cuantos meses ni siquiera sabía dónde los había puesto. En 1982 terminé de ser agregado cultural en Moscú, y volví a México par incorporarme a la Secretaría de Relaciones. Una de mis primeras visitas al llegar al país fue a la editorial Siglo XXI, donde debía recoger ejemplares de un libro reciente: Nocturno de Bujara, y a entregarle a don Arnaldo Orfila el manuscrito de una novela: Juegos florales, que también publicaría la editorial. Encontré allí a Eugenia Huerta, que tenía un puesto importante. Me comentó que Mireya, su madre, había muerto y que al ordenar los papeles de ella encontró un sobre que con toda seguridad me iba a interesar. Le insistí qué era, y sólo me dijo: “Ya verás.” Don Arnaldo estaba ausente y no llegaría sino hasta una semana después; tal vez yo me había confundido de fecha. “Ven la semana próxima y te entregaré el sobre”, me dijo Eugenia. Pensé que serían cartas mías de juventud a Mireya, amiga queridísima, enviadas desde lugares lejanos, quizás de china, país que ella adoraba.

A la semana siguiente regresé a Siglo XXI a saludar a don Arnaldo, Eugenia me dio el sobre; lo abrí, eran páginas con poemas escritos a máquina. No los leí en la editorial, supuse que serían poemas de Efraín Huerta, su padre, o de David, su hermano. En el taxi de regreso al hotel los fui leyendo uno por uno. Fueron algunos de los momentos más abominables de mi vida. Llegué a mi cuarto, los releí y me fue difícil concebir que hubiera sido capaz de escribir esa basura. Tenía en las manos los horrendos poemas “dadaístas” que había perpetrado en Venezuela y entregado a mis mejores amigos al llegar de aquel viaje. Rompí de inmediato el sobre y su contenido para que no quedara huella de ese fruto de auténtica imbecilidad. Hay algo de asombroso en que poco después ese nuevo episodio “poético” volviera también a sumergirse en la memoria. Para entonces, cuando Eugenia Huerta me obsequió el sobre con los poemas, yo había escrito todos mis libros de cuentos y dos novelas. Veía en el hotel con temor los primeros ejemplares de Nocturno de Bujara recogidos en la editorial; había escrito esos cuentos en Moscú con un placer inmenso; estaba convencido de que era lo mejor que había escrito y que volvería a escribir, y me preguntaba con pánico si podría leer esos cuentos veinte años después con el mismo asco que me produjeron los poemas que acababa de destruir.

Así fue como una visita a un restaurante de La Habana me acercó a mis verdaderos orígenes de escritor. Si hubiera publicado esos engendros seguramente me habría cerrado todas las puertas; poco a poco hubiera descubierto mi total incapacidad. Esos poemas hubiesen sido, cuando mucho, material de mofas, y jamás me habría aventurado a volver a escribir; tal vez dejaría también de leer, arrastraría una vida triste, feroz y frustrada, y en su momento moriría de un acceso agudo de melancolía en un desolado cuarto de azotea.

27 de mayo

En la conversación de 1976 con Margarita García Flores hicimos referencia especial a No hay tal lugar, publicado en ese año. Y desde esa fecha sólo he escrito cinco cuentos más: Nocturno de Bujara, en 1981, que en posteriores ediciones cambió al nombre de Vals de Mefisto, albergó cuatro cuentos: “El relato veneciano de Billie Upward”, “Mephisto-Waltzer”, “Asimetría” y “Nocturno de Bujara”; el quinto cuento, “El oscuro hermano gemelo”, está incorporado en El arte de la fuga, 1996. Esos cinco cuentos me han proporcionado la mayor felicidad al escribirlos. A veces pienso que no he intentado hacer otros, porque serían inferiores a estos preferidos y por eso he derivado a la novela y el ensayo.

La insistencia en la entrevista de Margarita García Flores  sobre No hay tal lugar la entiendo, porque en ese libro experimenté uno de los virajes en mi obra. Escribí esos cuentos en Varsovia. La literatura polaca me abrió muchos caminos. Leía a Jerzy Andrzejewski, de quien traduje Las puertas del paraíso, una de las novelas más perfectas que conozco, a Jaroslaw Iwaszkiewicz, Witold Gombrowicz, Andrzej Kúsniewicz, Kazimierz Brandys y Bruno Schulz, el más genial de todos. Las formas que utilizaban aquellos novelistas podían ser complejas y sofisticadas, y sin embargo uno presentía bajo el subsuelo del lenguaje una realidad oscura, rencorosa y, a la vez, elevadamente lírica. Por contagio comencé a ensayar y hacer ejercicios con las varias tonalidades del lenguaje y diversas estructuras; mis tramas seguían siendo más o menos las mismas, pero todo lo demás era diferente, transitaba yo de una metamorfosis a otra. Pero aún y siempre considero la realidad como la madre de la imaginación. Desde hace muchos años me he giado por unas palabras de Henry James, el gran maestro de historias a veces inextricables, cuyos procedimientos han transformado la novela universal: “La novela, en su definición más amplia, no es sino una impresión personal y directa de la vida.”

Para terminar, en los cuatro cuentos del Vals de Mefisto percibo que la realidad y la imaginación han calmado sus agravios, cada instancia ha cedido su prepotencia, los antónimos se han disuelto. Presencia, fuga, sueño, realidad, soledad, lejanía, solidaridad, textualidad y crónica autobiográfica han podido conjugarse con alguna comodidad. A veces imagino que estoy próximo al Umbral, al mítico jardín donde todo está en todo.

Aunque nadie lo crea me turba y hastía hablar tanto de mí y lo que hago. Por eso me permitiré cerrar esta larga monserga con unas palabras de mi amigo Carlos Monsiváis: “Sergio Pitol ha escrito libros iluminadores, eso se sabe; son un testimonio del caos, de sus rituales, su limo, sus grandezas, abyecciones, horrores, excesos y formas de liberación. Son también la crónica de un mundo rocambolesco y lúdico, delirante y macabro. Son nuestro Esperpento. Cultura y Sociedad son sus dos grandes dominios. La inteligencia, el humor y la cólera han sido sus grandes consejeros.”

¿Qué más puede añadirse?

28 de mayo en el avión

La cura ha dado resultados sorprendentes. La semana pasada estuve todas las tardes en la clínica neurológica, especialmente en la sección de logopedia y foniatría donde me hicieron una revisión logofoniátrica. En mi expediente leo que me fue aplicado el test neuropsicológico de Luria y el test de Denominación de Boston, de los que no tenía ningún conocimiento; estudiaron también con cuidado los resultados de unas resonancias magnéticas y corroboraron que el cerebro estaba bien, como también me lo habían dicho los especialistas de México; el problema del lenguaje, dicen, puede ser resultado de fatiga o de temor a las vicisitudes de la vejez. Me han sugerido varios ejercicios de prosodia y articulación vocal para hacerlos al llegar a Xalapa.

Hoy es el último día en Cuba, mañana por la madrugada volaremos a México. Hoy en la noche iremos a despedirnos de La Habana. Hacía muchos meses que no lograba escribir, desde enero, me parece. Se me escapaban las palabras, se me quedaban a medias, me confundía con las conjugaciones, con el uso de las preposiciones, se me paralizaba la lengua. Al tratar de leer lo que perpetraba en mis cuadernos durante los últimos meses encontraba fragmentos de algo parecido a un Finnigan’s Wake del paleolítico inferior grabados en piedra por un aturdido hombre de Neanderthal.