Martín Peregrina

De nuevo Edipo y otros textos | Mariana Bernárdez

 

¿Gota o piedra?

–¿Antes del antes o desde siempre? No lo sé, no importa, en nuestra piel brillan signos que al caer van quemando las palabras que se guardan, las que no se dicen por ser umbral hacia lo terrible.

Piedra de la agonía: primer momento impar donde el azar cuela la gota que germina y fluye impensable en agua de río que deja tras de sí la silueta de una escritura que habrá de endurecer su hendidura cara al sol, cierta sensualidad permanece en esa inmemorial tablilla, cierto devaneo que prefigura la capacidad de generar nota de sonido inédito, no rumor del cielo ni presagio nocturno, cáliz que derrocha su luminiscencia en símbolo que sella con su imagen cualquier ritual de unción, sea el del muerto cuyo sedal se arropa en lienzo de blanco finísimo con escarabajo bordado y rama de olivo custodiado; sea para recibir la luz del alumbramiento y ser reconocido de tal padre y tal madre; o sea para encender las teas de camino a la ruina y al templo.

Aquí yace el cuerpo que habrá de ser levantado en su nombre, por los siglos de los siglos…

Aquí yace el polvo que arremolinándose devela la senda antes dada por perdida, pues poco se sabía de las tierras que se avistarían de seguirla, ni si se cruzaría con las rutas de la seda que perdían su coordenada en el desierto y afirmaban su cercanía con el firmamento.

Aquí yace la ciudad de alto minarete y monte embravecido sin sombra que resguarde el sudario de sus muros ni el huerto ni el pozo que entre palmar y olivo confundieron sus raíces.

A saber dónde la alta estrella del olvido…, ni mucho menos dónde la arenisca que fue rayando el cuero de la sandalia. Tanto no saber y tanto miedo acicateando en ramalazo al cuerpo, pues al descubierto siempre acechan los maleantes que por un mendrugo tajan la garganta como si fuera la caricia de una pluma cayendo del cielo. Y encontrar el mendrugo y la gota y la piedra donde sentarse al dejar atrás aquella daga y aquel sicomoro.

–¿Sientes cómo se desmorona la migaja de mendrugo entre las manos como si fuera esponja de vinagre limpiando la herida de tu costado?

Piedra de la traición: ahí donde el mar se derrama quemando con su sal las lenguas de fuego,  condición del paria que se abisma en el dolor de haber sido arrancado y ya sin pertenencia deambula con los ojos de alumbrado. Glaucos los ojos de quien la lumbre le ha mostrado la ceniza y lo fútil de lo que se va soltando para aligerar el peso del cuerpo. Desprenderse, decir las últimas palabras, sellar el destino y el posible reencuentro; suplicar que lo vivido no sea devuelto a las arenas, que algo perdure, algo que nos guie de regreso: atisbo de anhelado abrazo. Quede en testimonio la semilla sobre la piedra y la rama bajo su cerco.

Piedra de gota o gota o piedra, disyunción que bifurca los caminos cuando sólo es una la tierra sobre la que se abren, como la yunta que labra el surco pareciendo imposible la concurrencia aunque una sola sea la parcela, y bajen y suban, las aves en parloteo, de su boca hacia el cielo.

Grama de verano que desloma y arrecia su tajamar en el perfil de tu ira irreparable e insoslayable que en tifón arrasa con los límites de la razón.

¿Habrá una palabra que abra tu corazón o será piedra de inmolación que no habrá de derramar ni la gota ni la traición?

–¿Escuchas el relampaguear en la lejanía?

Piedra escaldada que se tira como chinilla y va raspando el camino que se anda, marca del aire que levanta su vuelo arisco y estrepitoso. Juncal, y a veces ruina silente, que confirma el saqueo al que se sujeta el vencido. Nada traigo en los bolsillos. Ningún elixir. Ningún perfume. Ningún ungüento, sólo esta piedra escaldada que se amolda a mis dedos en un gesto primario de ser una de la otra. Este es mi equipaje, la lisura de su canto y la charca invisible que incandescente reverbera su opalescencia.

Sólo polvo, nada queda de la torre, ni de los ladrillos de azul iridiscente, la ciudad quedó inscrita en versos de innegable oficio y su brisa confundió la historia de Heródoto y levantó la ventisca de lo inhóspito que desembocaba al mar todavía no nombrado, por no caber su inmensidad en sílaba alguna. Difícil no imaginar el Leviatán que habría de albergar en su vientre a Jonás y siglos después provocar el insomnio del capitán Ahab, ¿o los delirios de arqueólogos tras el encuentro de la biblioteca cifrada en rasgos cuneiformes? El friso de la caza de los leones, magistral en su talla, exquisito en su línea y aprehensión de movimiento, prolonga en dicho rito de iniciación la entronización de la estirpe de su clan; la máscara de Agamenón de rasgo felino, ¿será otra de sus invaluables siglas? “Aquiles es un león”… porque un león es Aquiles…[1] y cae Troya para que otras ciudades sean soñadas y fundadas, otras serán las mancias, y otras las sibilas de las que sólo permanecerá su voz.

–¿Tocas la gota en su derramarse bálsamo?

Durante la noche hay cierto temblor que se anuncia en el golpeteo del oleaje, toda noche es travesía, toda niebla advenimiento de un sutil sfumato, se deshace en las manos la estela que delimita la ruta avanzada, nada queda, la huella se oculta en la iridiscencia de la marea tanto como el llamado de su profundidad, dicen de las sirenas, dicen de Medusa antes de ser mancillada, murmuran la travesía de los argonautas, pero las historias se confunden en el habla, de boca en boca, se agregan pasajes, se modifican detalles, se agregan tonos propios para referir el rostro antiquísimo que replica su danza en cada paso, escarabajo…

Primera piedra, piedra angular, materia prima que escribe con la luz, laberinto tallado previo al punto cero, energía residual del dentro del vacío que esplende  en su evolución circular el sello de fuego: euritmia que eleva la pesantez de la gravedad en columnas ojivales y anuncia la estela nimbada de estrellas. Rota.

–Es como si la luz trillara la piel y el cuerpo se abriera en miríadas a través de su opalescencia.

Sea la luminosidad del reflejo la sombra de tu cuerpo sobre sábanas blanquísimas, pañuelo que envuelve el olvido…, has borrado de ti lo andado como si en ello se pudiera recomenzar la vida, como si los ojos en su resplandor pudieran atravesar el misterio que se habita al estar el uno con el otro. Relumbre donde las paredes se caen en su blancor de alta noche enceguecida, de piel requebrada por donde se deslizan los dedos en lienzo imaginario que rayan la memoria todavía no perdida. Temor de pronunciar la fatalidad, temor de que el tálamo sea tan sólo la página a la espera de la simiente. La letra incendia el cielo y se acorta la distancia exquisita entre el borde del labio y el vaho enrarecido que rememora el sonido del oleaje. Mar antigua. Toque de queda. Abismo salvaje donde queda escrito el destino de los dioses. Toque de queda. Mar de los mares. Toque de queda. Aljibe.

—Ahí en la orilla. Ahí, detén, queda.

 

 

de nuevo edipo

Yo con prudencia voy a despertarle los recuerdos…

Sófocles, Edipo rey

 

Poesía incandescente, la que se borda sobre el oficio del polvo, y en la altura insospechada de la noche, cuando la cólera se subleva ante la irremediable ignominia. No hay paisaje que distraiga del nocturno deambular, ni siquiera la nomenclatura irrefutable posibilita la equidistancia entre uno y otro hacer, ¿dormir o escribir?, ¿escribir como si se durmiera o dormir como si se escribiese? Signo de este fabular improbable es la carencia de respuesta, aún de la permanencia de la pregunta; y en este levantar el enredo a cuestión se deshilvana la madeja de lo que llama sin voz. Sin duda, no todo contar arriba al precipicio del lenguaje.

Flamea así la nube desgajada de su vuelo y el agua de su forma tornasolea la tarde, el tronido arrumba el silencio y desquicia el caer apacible de las horas. Desentonado el chirrido arrecia, golpe sobre golpe, a cual más inmisericorde, a cual más sombra de la sombra.

Poesía desclavada entre el acorde del martilleo, como si fuera posible escuchar el trino del pájaro que confina la ventura de la barbarie. No hay cabida para el titubeo, el despliegue infame de su sintomatología es de una dolorosa evidencia. Se viven tiempos de penuria y reciedumbre; hay poco consolar y sí mucha desesperación; a veces ni la fronda cobija. Este es el reino de la extranjería, de la lengua de fuego que va huyendo de la devastación en busca de su gorjeo, esta habla que no sabe de geografía ni de fronteras, pero sí de horizontes, de lejanía, de la inmensidad de los montes.

¿Y a quién alzar el reclamo? Inmemorial es la figura del suplicante que llegaba al pórtico de los justos a señalar la mancilla, la desmesura de lo divino y la insignificancia de su materia, pero muertos los dioses, los reyes y toda la subsecuente jerarquía, el poder se soslaya en el anónimo de una máscara que va multiplicando sus nombres hacia el infinito. Inevitable repensar a Sófocles. Inevitable el desasosiego. Releo, busco entre las páginas un paisaje donde reposar el olvido. Atrever el compás, aun de la certeza de que no hay antídoto contra el solaz de la imposibilidad.

Poesía de la tajadura, donde el verso desanuda y delata el reverso, la falacia de lo dado por verdadero; y el poeta invariablemente será echado de la ciudad por abrir el cerco de la palabra, por herir la distancia y señalar lo hondo del requiebre; y su techo será el firmamento y su casa, el habla.

En los días que corren, cabe suponer que Edipo no habría llegado al Bosque de las Euménides, ni habría podido acogerse a la ley antigua de la hospitalidad; sería un arrancado más, uno de los tantos perdidos…, pero se sabe de cierto que ahí por donde anduvo, aun de los espinos y los abrojos, logró asilo y, a cambio del gesto, alumbró para siempre el lugar preciado de la estirpe de nuestro pensamiento.

 

 

querencia de nube

Dormitar en la tarde que todavía no alcanza la raya del crepúsculo, decaer mientras en las hojas se decanta la iridiscencia del pasar de la luz. Pronunciar la palabra luz y alargar el sonido de sus letras, tasar su peso en el pronunciar de los labios y dar cuenta de su incesante cabalgar de boca en boca, duración cercana a la inmortalidad. ¿Quién ha de querer estar en el siempre sino cuando el miedo de morir afirma el límite? Infranqueable la duda, tanto como la pared de niebla que se alza en los montes impidiendo el horizonte de la mirada.

Nos hacemos viejos. No hay más, querida Ismene. En los vericuetos de la cabeza, en ese juego de esconderse para perderse, se termina hasta por dejar atrás la inocencia de la risa. Días de golpes duros, de miseria rampante, de confusión de sentido, de enojo preclaro que no desbroza camino alguno.

Días de no pertenencia, de soledad apesadumbrada entre tanto libro preclaro, de errancia por las dunas dibujadas en lo escrito, al punto de terminar por no saber ni siquiera si en este vendaval habrá de encontrarse un punto de resguardo, un tocar la fuente y el caudal, un pozo en el cual templar el corazón azuzado, que lo único que ha logrado, en su andanza, es azuzarse más. Y se rompe, se duele, se infarta, se disloca, ¿qué decir?, sino que tanto penar es el rastrillar de la fatalidad que, enamorada de su sonar, ha querido quedarse a dormitar bajo su pálpito.

El corazón y su azar, su dislate, su impar no saber queriéndolo saber todo, el corazón que no se atreve por miedo a ser devorado por lo que aduerme bajo su sombra, este temblar quedo que va arremetiendo contra la adversidad hasta que alguno quiebre el frágil hilo que anuda sus orillas.

Mientras, te veo andar moviendo las caderas al vaivén de la tarde, en una imagen preclara de lo que habrá de ser el futuro, esa invención de los verbos que lleva a ensoñar y pensar en campos purpureados, en.llovidos, encielados, o atrever la distorsión del sentido: te purpureo, te en.lluevo, te encielo…

Vienes de andar los caminos de terregal, de trigal quemado, y de piedras reventadas, que de tanto seco terminan por sembrar el polvo en la mirada, pero todo se aquieta ante tu alegría, un gorjeo alado que hace olvidar la astilla en el dedo y prolonga la querencia por un cielo no avistado.

 

 

un desvío: gorjeo de la luz

Te digo “futuro” Ismene con algún temblor en el labio, en el silencio de los ojos que no avistan la luz sombreada. Y digo “futuro” tocando en su centro la promesa de lo por-venir, pero se tiene dentro del puño algo preciado, será en lo andado donde ocurra el signo que cifra la vida.

La promesa se desgrana en el mantra de repetir la singularidad del instante, en el tremor de afirmar la fragilidad del suelo que se pisa, porque toda promesa es una disyuntiva nacida en la metáfora del siseo, bifurcación que taja dejando en su rastrear el hueco y la analogía que conforman el mecanismo primario del pensamiento; más que comparación, intersección, quiasmo en cuyo espacio la capacidad de lo imaginario configura el subsuelo sobre el que habrá de escribirse la historia, la propia, “la de cada quien”.

Y en el trecho, la espina otorga la esperanza que habrá de traicionar, quemadura que dejará por siempre la fiereza de su latigazo, enigma de saber sin saberlo que todo comienza en el aliento y la brisa… Lo no nombrado que se pausa en su dentro, que se alza en pregunta irresoluta adormeciendo dentro de sí la respuesta y que regala en su herir el inicio de todo viaje.

Heridos unos de otros, el tajo se desliza por la lengua bífida de la creación, engendra en su sombra esas palabras que se callan, que no se dicen por miedo al desenlace que puedan provocar, por ese dolor obtuso que delata lo que se niega, y que se busca, en la desesperación, exorcizar a través de la escritura; pero que se oculta en los intersticios de la blancura, caudal del cual brota el trazo de la línea.

La grafía trae consigo la noche que la habita.

Escribir. Leer. Acto bifronte que acusa otros ámbitos lejanos al pensamiento, ahí donde el lenguaje no es ni siquiera reverberación de trino ni fulgor del cielo. Escribir para leer otros mares y otra tierra en el misterio de pisadas desconocidas…

No pensar. Desasirse. No regresar…. y finalmente regresar a las queridas cosas que contienen entre sus márgenes la caricia que lustra su superficie, el peso de la llave en la mano, la plumilla requebrada en su filo que rastrilla la superficie de la hoja; difícil aceptar de nuevo el cerco de las horas, el reclamo incitado por la torcedura y su risa, la urgencia que horada sin más los soliloquios irredentos. Quizá por eso el apremio de escuchar la voz de los otros, quizá por eso llamar, como si el anuncio del llegar volviera a sujetar; nada como la voz para deletrear la vida, de lo contrario quién sabe en qué vuelta habría de quedarse el alma, aunque no se sepa qué es eso a lo cual llamamos “alma”… ni se entienda la complejidad que se oculta tras su diapasón. Paradoja. Salto, del silencio al canturreo, y, de nueva cuenta, al silencio oblicuo porque la palabra no responde al nombre ni a la llamada.

¿Y atrás?, muy atrás…, el matojo del desastre incendiándose en su resquemor y el atardecer se resguarda en el pliegue de la memoria, por ser aquello cuya cortante singularidad alcanza la plenitud a sabiendas de su efímera duración. Gorjeo de la luz. Iridiscencia que se desquebraja en lo quemado. Roquedal.

 

 

habla edipo. variaciones sobre el siseo

 

Soy Edipo quien fuera rey de Tebas, y hoy un hombre entre los hombres, un ciego entre los ciegos.[2]

 

Venía de la vastedad del desierto

de sentir su arreciado prodigio

de escuchar su silencio

 

Me dejé atravesar

una y otra vez

por su espejismo

 

En esa sequedad

poco había de mí

porque en el lugar

de lo sin sombra

sólo es posible la errancia

 

No creí que aún tuviera latido

ni que hubiera

arrimo de nostalgia

 

Me crecí en esa soledad

en esa reciedumbre

desgajada

que arde en lo inhóspito

donde la sutileza

de la caligrafía

juega a la iridiscencia

y enfrenta

a nosotros

los ilotas

al siseo.

[1] H. A. Murena, La metáfora y lo sagrado, UAM-Azcapotzalco, Col. Libros del laberinto, México, 1995. pp. 70-71.

[2] Henry Bauchau, Edipo en el camino, Trad. Laura López Morales, UAM & Ediciones Verdehalago, México, 1997, p.127.