Francisco Gálvez

Contrasentido | Sara P. Mateos

 

Tan tenaz es la esperanza en el corazón humano.

Albert Camus

 

Llegó un momento de la historia en que las cosas se cansaron de ser cosas, y las palabras, palabras. No es que estuviera mal ser piedra. En realidad, se vivía muy bien; nada se necesitaba excepto algunos soplos fríos para no tornarse polvo bajo el Sol. Lo molesto era que el hombre topara con ella, la levantara, mirara y tocara por todos lados para al fin descubrir el símbolo de un obstáculo, freno o limitación, una metáfora de su propio camino, a la vez que su máximo contrario. A los que tropezaban dos veces con la misma se les llamaba “necios”, como si ella tuviera algo que ver con esa obstinación y encuentros desafortunados. Luego le hablaban para presumir de su conciencia –que la piedra no tenía–, como si fuera un defecto no poseer lo que no se necesita.

Las palabras, por su parte, se fastidiaron de ser tomadas tan a la ligera. Uno profería gritos de odio contra el amante y al rato se les veía otra vez juntos, como si nada, como si las vibraciones punzocortantes de los sonidos no dejaran ni el bosquejo de una grieta, y se extinguieran tan pronto como salían de la garganta. Detestaban a esos demagogos que se ponían a jugar con ellas, a maltratarlas y combinarlas sin más motivo que un desliz pasajero, apretándolas en cajas de texto que las obligaban a ocupar el mismo espacio asfixiante del renglón. Era como cuando escribían sobre una “luz oscura” o una “oscuridad luminosa”, sin saber que, si eran opuestas, por algo esas palabras no querían tocarse, y menos aún tenderse los brazos para no caer en los abismos del blanco o del corrector.

Poco a poco, los brotes de este cansancio se esparcieron entre ambos bandos. Primero algunos escritores se empezaron a quedar sin palabras. Sentados frente a su hoja etérea, ellas revoloteaban como colibríes recién paridos, sin permitir prenderse por su alfiler. “El talento se me ha ido”, “tengo un bloqueo mental”, “es que hoy estoy cansado”, se decían con amargura consoladora, mirando con desgana la punta intacta de su pluma. Sólo cuando las editoriales dejaron de ver sus oficinas atiborradas de manuscritos hicieron algo. Los dictámenes se relajaron, los concursos de poesía admitieron poemas sin rima ni métrica y los talleres de escritura fueron gratuitos. Como no funcionó, se publicaron numerosos ejemplares de autores antiguos y desconocidos, los únicos donde las palabras estaban seguras, bien cimentadas en el papel, inolvidables a fuerza de ser repetidas, aunque eso no impidió que a veces cambiaran de lugar y alteraran la lectura con solecismos y anacolutos. Otras, más juguetonas, solían escabullirse en las conversaciones, saltando a su antojo de una boca a otra, anudando, desenredando o enmudeciendo las frases, y huyendo siempre antes de que llegaran las bofetadas, lágrimas o besos como réplica.

El comportamiento de las cosas fue más cauteloso; eran demasiado evidentes como para no descubrir al instante sus anomalías. Impasibles en las habitaciones, mostraron su irritación con una mudez temible. Uno llegaba a casa y al prender la luz, cada cosa estaba en su sitio, o, por lo menos, donde se le había dejado, pero inesperadamente se advertía algo diferente: una mancha de humedad en la esquina, una hendidura en el mosaico del piso, un pequeño hoyo sin clavo en la pared, un pliegue pronunciado en la cortina, una mancha de grasa en el mantel. Sin cambiar de tamaño, se les sentía más grandes, como envueltas por un lienzo transparente, que alcanzaba incluso su sombra. Las más rebeldes se hacían oír. Cuando el habitante se acostaba, comenzaba a escucharse un goteo, una respiración contenida y somnolienta o un fragor sordo, de tiempos antiguos. Entonces uno se levantaba a cerrar bien la llave del fregadero, a obstruir el paso del aire en las ventilas o a buscar lo que se había caído en el suelo, si es que antes no se paralizaba. Como esta clase de historias siempre ha pululado entre la gente, nadie más que los programas televisivos de hechos sobrenaturales, paranormales y milagrosos les prestó atención.

Temiendo que las cosas –y palabras– se salieran de control, la Gran Cosa, que era informe por contener en su seno todas las formas posibles, y la Gran Palabra, impronunciable a fuerza de llevar en sí todos los sonidos articulables, se reunieron en ese punto privilegiado del universo donde el tiempo y el espacio se palpan, se vuelven uno. Lo más difícil fue saber dónde estaban, porque una se hacía escuchar, la otra, sentir. Las oscilaciones sonoras de la Gran Palabra viajaban por el aire y golpeaban con insistencia el cuerpo amorfo de la Gran Cosa, extendiendo sobre su piel ligeros temblores en forma de olas, pero la única respuesta recibida era la reverberación de un retumbo, la frustración de un contacto breve, el aburrimiento de hablar consigo misma. La Gran Cosa, queriendo comunicarse, no hacía sino expulsar de sus fauces cosas de todo tipo, para susto de la otra, que al advertir la creciente premura con que le eran devueltas sus resonancias supuso que el lugar se poblaba y que llegaría un momento en que ya no habría espacio alguno que colmar con su exhalación. Había que revestir las palabras de una forma que a la Gran Cosa le permitiera entenderlas y acaso hilar la ilusión de que, fijándolas, las hacía suyas. La Gran Palabra, entonces, lanzó sonidos hacia diferentes direcciones, para que, al rozar con las cosas, éstas escogieran el que más les gustaba y lo adhirieran a sí, como una parte intrínseca. La Gran Cosa, al acariciar sus brotes tangibles los encontró inundados de una singularidad repentina, comprendiendo que se debía a su nuevo nombre. Ahora la Gran Palabra emitía al vacío un sonido o serie de ellos. La Gran Cosa, con sus manos, manipulaba cada objeto hasta encontrar aquel cuyo latido correspondiera a las palpitaciones que la otra le había hecho sentir, y para responderle escogía varios, los reunía y apretaba hasta que sus vibraciones se fundían y creaban una nueva cosa–palabra.

Evidentemente, este mecanismo supuso muchas complicaciones y no pocos errores. No se sabe la lógica con la que se mueven, todo lo más se intuye que no es la misma que la nuestra. Si se habla de fauces y lenguajes es por una traducción humana mal hecha –ya se ha dicho hasta el hartazgo que ninguna es literal–. Como fuera, no importan tanto los detalles de esa reunión como sus secuelas. No puede saberse, por ejemplo, cómo se acordó la cita, o la conversación exacta, pero sí que, desde ese momento, las cosas y palabras pactaron trastocar el mundo cambiando sus puestos, a ver si así recuperaban su lugar privilegiado –que no se sabe dónde habrán tenido.

 

San Simeón el Estilita (390-459), asceta cristiano nacido en el norte de Siria, despreciaba su cuerpo. Solía lastimar su pierna amarrándose una cuerda áspera y tirando con rudeza hasta que sangrara.[1] Más tarde mandó a erigir una pilastra de unos quince metros de altura, se alzó sobre el capitel y permaneció allí durante treinta y siete años. A su muerte, el lugar fue venerado por numerosos creyentes y su festividad fue conmemorada cada cinco de enero.

Con frecuencia, se recurre a esta anécdota para ilustrar la tendencia displicente del pensamiento de la Edad Media respecto al cuerpo humano, al que se consideraba una jaula del alma, objeto transitorio, corrupto, repugnante, terrenal, etc. Lo que no se ha dicho es que san Simeón el Estilita en realidad fue el hombre que quiso ser una cosa.

 

Unos siete siglos antes, cuando los miembros de la escuela escéptica llegaron a sus conclusiones, no volvieron a hablar; tan sólo se limitaron a cerrar el puño, levantar el dedo índice y moverlo hacia arriba y hacia abajo para decir que “sí”, y de derecha a izquierda para “no”. El motivo, se dice, fue el descubrimiento del carácter falaz y provisional de todo conocimiento por la indeterminación del mundo, la irresolución de las disputas, la inseguridad de las opiniones y la insuficiencia de cualquier tentativa de expresión y comunicación entre los hombres.

Ahora, cada vez que los filósofos y maestros de filosofía recuerdan tal actitud se burlan un poco al hacer notar que, aun cuando su vocabulario se redujera a sólo dos gestos –o incluso a uno que implicara el otro–, se seguía manteniendo una cierta creencia en el lenguaje y en el conocimiento. Si a Pirrón, pongamos por caso, una mujer le ofrecía una escudilla con potaje y su dedo indicaba que “sí”, seguramente esperaba que, en efecto, la mujer le diera de comer, no que se diera media vuelta y alejara o, aún peor, que le vaciara el contenido en el rostro. También se deduce de ello que, si Pirrón veía el potaje, aguardaba recibir ese potaje, no que al llegar a sus manos se convirtiera en un mendrugo de pan mohoso o en átomos de aire.

En todo caso, esta atribución de afasia, este “no tener qué decir de las cosas” para no alterar el ánimo y conseguir la “ataraxia”, la imperturbabilidad,  hasta el momento no ha dejado ver la angustia subterránea que enraizaba en Pirrón, quien aspiró a ser palabra.

 

No sé recuerda cuál fue la fecha exacta en la que el mundo se desquició. Tan sobrecogidos estaban los hombres que a nadie se le ocurrió ir a revisar el calendario, quizá entonces porque todo se creyó una horrible pesadilla huxleyana que desaparecería si despertaban, si se frotaban los ojos, más, un poco más, primero con la punta de tres dedos, después con las falanges de los índices, con el dorso, con la muñeca, con la palma, con las uñas, hasta que las pupilas enrojecían de sangre y cansancio infinito, sin poder cerrarse.

Al final de un sueño aplastante, que lo mismo pudo durar una noche o siglos, los esperaba una metamorfosis estentórea. Las cosas, monolitos estables y duraderos, ahora se componían de series innumerables de caracteres flotantes que formaban su nombre y lo emitían sin cesar y a intervalos dispares. En apariencia, conservaban su silueta, sus contornos definidos, pero cuando uno posaba su mano al punto se tambaleaban, mil pequeñas agitaciones ondulaban las letras que se resistían al trato y los sonidos cambiaban de modulación, se volvían agudos. Era imposible distinguir si su voz balbuceante era masculina o femenina, de edad joven o avanzada, o si su tono era alegre o melancólico, tan extraña era. Las grafías adquirieron un color grisáceo, o lo más parecido a él, porque nadie había visto antes una tonalidad tan deslavada y ruidosa.

Los dedos, antes confiadas tenazas, se descubrieron como primerizos; no sabían cómo acariciar, cosquillear o arrullar las cosas; hasta entonces las habían estrujado, manoseado o transpuesto con indiferencia. El piso se convirtió en una alfombra voluble, difícil de caminar por el riesgo siempre latente de que el pie se atorara entre los espacios que las palabras dejaban entre sí, sin saber lo que había debajo. Las paredes parecían cascadas de signos serpentinos de grosor ancho, como antes lo debió tener el cemento, los ladrillos o piedras, sólo que sin la seguridad de sostén, de constancia. La fragilidad se coló en cada intersticio entre las cosas, en cada pausa fónica. Era como si todo se pudiera desmoronar, de un momento a otro, y el suspenso creado impidiera morir y también vivir.

Las palabras que las bocas exasperadas de los hombres emitieron después de los primeros momentos de angustia muda se solidificaron. Si uno decía: “¡Las lámparas!”, en efecto escupía con dolor y retorcimientos las lámparas, o la mesa, o lo que fuera. Lo mismo sucedía con los conceptos abstractos o las ideas inmateriales. Si uno decía “Tiempo”, o más bien dicho lo intentaba decir, arrojaba un reloj de manecillas, de arena, una clepsidra, una agenda, calendario o cualquier cosa con la que soliera enlazar esa palabra. Al advertirlo, algunos quisieron aprovecharse de la situación y traer de vuelta, con la sola mención de su nombre, a sus muertos. Su desilusión fue grande. Las palabras, recurriendo a la memoria, a la imagen de la evocación más intensa, los hacían exhalar, esta vez sin contorsiones, un hálito fosforescente que dibujaba en el aire el bosquejo del recuerdo, y que poco a poco se iba apagando como un fuego artificial. Los filósofos, que se creían lejos de las imágenes, tampoco lograron salvarse. Aunque en su pensamiento hubieran apartado lo más posible la palabra de la cosa, volverlas extrañas, en un principio las habían vivido unidas, indisolubles. En todo caso, las ideas podían ser intangibles, pero sus implicaciones no. Las palabras sin un significado preciso se asignaban el que deseaban, de tal forma que si uno decía “que”, lo mismo podía engendrar un insecto o una flor, según el capricho o vaya a saberse qué razón de ese monosílabo.

Aún no atardecía ese día inmemorial cuando el espacio ya estaba atestado de remolinos pululantes de palabras, de ecos monótonos, de vestigios de recuerdos iridiscentes en la atmósfera y objetos de toda índole. Ni el consumismo más porfiado habría imaginado semejante nivel de producción.

 

San Simeón y Pirrón, ejemplares risibles y vilipendiados de la historia, se dieron cuenta de esta grosería, de que vivir era, a fin de cuentas, intentar cubrir una distancia que cada vez se extendía más y más al horizonte en cuanto se le recorría un poco, y que si ese anhelo de unidad no se llevaba a cabo literalmente, hasta sus últimas consecuencias, lo demás sería sucedáneo.

 

Dentro de una cueva húmeda, en la que apenas se infiltran unos destellos de luz blanca, san Simeón permanece acostado. Hoy, por fin, no ha venido ningún pastor molesto a preguntarle de su vida en el monasterio, de la veracidad de sus rigores habituales, de sus costumbres austeras, y ha podido repetir con calma, línea por línea, sus veintiún salmos diarios. Pero no consigue dormir. Junto a él descansa con desenfado un cayado que lo acompaña desde que su pierna izquierda, herida y débil por la presión constante de la cuerda, dejó de responder y se limitó a arrastrarse. En parte, esa vara la sustituyó y terminó acoplándose tan bien a ella que un día Simeón pensó en cortarse su extremidad inmunda e innecesaria, de haber tenido algún objeto filoso a la mano. Como para distraerse por la ausencia de sueño toma el bastón y lo yergue en el hueco que dejan sus piernas estiradas, apresándolo entre las palmas y girándolo para uno y otro lado.

Tocando su textura rugosa, llena de astillas salientes, recuerda el día en que lo halló. Caminaba por un talud cuando el dolor de su rodilla lo obligó a sentarse en la tierra. Como no podía moverse, gimió hasta quedarse inconsciente y sin voz. La sed lo despertó en la madrugada y, guiándose por el rumor del agua del río, se arrastró entre rocas, hierbas y hojas secas, sin más ayuda que sus manos curtidas. En la orilla fue donde lo encontró. Debía ser de alguien porque era una rama demasiado pesada para caerse por sí misma del tronco, además de tener la punta toscamente tallada, quizá para prender el cuerpo resbaladizo de los peces. El resto de la noche durmió en el lomo de una piedra cercana y a la mañana, sin que nadie se apareciera por los contornos, decidió llevárselo.

Cuando al fin se aburre, Simeón se inclina un poco hacia adelante para parar el cayado en el muro contrario. La cueva es tan estrecha que lo consigue sin mucho esfuerzo. Frente a frente, pueden hablar mejor, ahora que ese trozo de madera es su único confidente, quien escucha pacientemente sus oraciones, juramentos y a veces imprecaciones contra los visitantes que no lo dejan en paz; quien, en una palabra, lo ayuda a soportar el peso de su existencia. Entonces el hombre advierte con extrañeza que la sombra apenas perceptible del báculo, de pronto, al chocar con una piedra aledaña a su pie, se desvía y deja de ser visible. Se diría que la perdió y, sin embargo, sigue siendo ese cayado resistente de roble, impasible a su mirada, como si tener o no sombra no le afectara ni importara en lo más mínimo, como si, de cualquier manera, estuviera completo.

Mirándolo fijamente, sin mover nada más que los párpados, Simeón pretende ser como ese bastón, inconmovible, indiferente, inerte. Al cabo de un rato escucha crujir de nuevo su estómago e involuntariamente sus manos se soban el vientre, como para menguar el vacío. Es aquí cuando descubre la verdad de la que ya no se podrá deslindar nunca más. Su movimiento de manos –como todos los demás– revela la presencia de una ausencia, la carencia de un algo, que se pretende colmar con ese movimiento. Una vez que ingiera algunas semillas y esté satisfecho, llegará ese dulce momento de sopor en que permanecerá inmóvil, y que algunos llaman “la sobremesa” o “la digestión”. Si esa bolsa gástrica no se vaciara de nuevo, convirtiendo su contenido en nutrientes y cosas un tanto desagradables, es posible imaginar que el hombre nunca se pararía de esa cueva. Pero sucede que no es así, y que el binomio movimiento-reposo se sucederá vertiginosamente.

¿Lo mismo ocurría con lo que creía? ¿También eso pretendía colmar una oquedad central, un pozo de ser?

 

Pirrón va caminando a lo largo de la stoa de Elis. “Nada es cierto”, piensa en griego. “Entonces esto tampoco lo es… Primero tengo que saber lo que es verdadero de lo que es falso, y entonces sí habría algo verdadero, aunque no fuera más que ese saber distinguirlo de lo falso. Pero si se distingue no es por sí solo, sino en relación a algo que se ha revelado como verdadero. Mas la evidencia muestra que…” La lectura tradicional de su vida dice que de algunos razonamientos semejantes es de donde extrae la fuerza de su indiferencia, su equilibrio quieto. En realidad, durante estas aparentemente apacibles caminatas, Pirrón piensa en las palabras, en la unidad que guardan sus significados por más variadas que sean las situaciones, en su realización plena y continua transparencia, sin tener que esperar a que los tiempos sean favorables, alguien les dé un sentido o pronuncie para tener que ser ellas. Él, en cambio, se debate entre la añoranza de una totalidad precaria, la fragmentación en parcelas a que lo confina su existencia, la opacidad del mundo y la insaciable apetencia de garantías del porvenir.

Más tarde, Pirrón continuará caminando por la polis, sin siquiera cuidarse de llegar a un destino fijo o tomar precauciones para no caer en una grada u hoyo. La angustia que calla al ver fracasar sus intentos de volverse una pura afirmación o negación lo carcome por dentro, devorándole las tripas, que ya no se alborotan ni piden comida. Trata de mantener su serenidad, pero entonces comienzan a caer gruesas gotas de lluvia. Sin disminuir el ritmo monótono de sus pasos, una pequeña ilusión lo penetra, a su pesar. Espera llegar a tiempo para meter las jaulas de los pájaros que le ayuda a vender a su hermana en el mercado. La lluvia, ajena a este murmullo, cae con más insistencia, como si se viera obligada a inundar las calles…

No importa si corre o vuela, las aves ya se habrán ahogado, y su hermana, atendiendo un parto dentro, se lamentará. Es ese instante, Pirrón no llora, llueve. Llueve porque descubre, en medio del estruendo, la sordera del mundo, de que no importa cuánto clame para que el agua agonizante cese, sus gritos se desvanecen en cuanto son proferidos. No sólo es indiferente su muerte, sino su vida. Sus pies están fríos y enlodados, su himatión destila agua, y las nubes del cielo se amontonan más, intensificando su color grisáceo. Se toca la mejilla y distingue sus lágrimas, entonces rompe a reír. No es una risa que lo distienda, sino que lo contrae y vuelve frágil como cerámica. Si alguien lo empujara, se rompería. Y, alrededor, el silencio.

 

Pasó un tiempo incontable antes de que los hombres se acostumbraran a este estado de cosas, de que al fin la bendita costumbre les permitiera andar con paso sereno entre muros, avenidas, cárceles y laberintos movedizos y aprendieran a no desperdigar palabras, ni recuerdos, que cada vez se desdibujaban más. Sin embargo, la nostalgia por el antiguo mundo, por ese pedazo de tierra conocido, con todo y sus relieves imperfectos, con sus grutas llenas de estalactitas filosas, sus fisuras en la superficie, sus menoscabos, encrucijadas y aporías del pensamiento persistió y se propagó entre las siguientes generaciones, que ya no eran tan numerosas y sí más taciturnas. Algunos hombres quisieron comprender, se quedaron despiertos y con los oídos atentos por si las cosas y las palabras les decían algo, por si volvían a acercarse, a ser familiares. Nada escucharon. Entonces se replegaron contra su cuerpo, lo único firme dentro de esa inestabilidad, y se rehusaron a habitar entre tal sucesión de vértigos. Si el mundo no se ajustaba a ellos, tampoco ellos lo harían. O tal vez ninguno tuviera por qué hacerlo. Sus muertes voluntarias causaron un escándalo sólo semejante al del antiguo mundo, cuando los hombres se suicidaban por sentimientos y en los velorios la gente murmuraba con desaprobación que no, que no valía la pena morir por algo así, que la vida, con todo, era muy bella para desaprovecharla. Ni siquiera en el espesor de estos nuevos torbellinos e imposibilidades les perdonaban tal atrevimiento. De haber podido negarles la entrada a los panteones, lo hubieran hecho, pero ya no los había, y las palabras terrosas gustaban de estar en los campos de cultivo, no en los mortíferos.

Otros, por su parte, guardaron resabios de la esperanza de otros tiempos. Se decían que esto no podría continuar así, hasta el infinito. Llegaría el momento en que se acabara y después… después vendría algo mejor. Mientras tanto, habría que arreglárselas con la situación. Aprenderían a arar entre los espacios de las palabras, a navegar con almadías más humildes sus corrientes, a gustar de su sabor salobre, a decir estrictamente lo necesario, a dormir con el arrullo de la cadencia monótona. Luego estudiarían el comportamiento de las cosas y las palabras, descifrarían su lógica, sus principios y códigos secretos como si se tratara de una galaxia recién descubierta y los revertirían para aproximarlas de nuevo, volverlas conocibles y, también, para que el hombre pudiera anidar un bienestar nuevo en esta tierra de transición, esta vez con más precauciones, con más ánimos contra los imprevistos.

Por último, unos cuantos hombres diseminados por las ciudades ruinosas dudaron de las promesas. Encontraban mucho azar y sinrazón en este juego, que no se sabía hasta cuándo duraría. Al mismo tiempo, se ensanchaban las oportunidades. El tablero de ajedrez ya no era el tablero de ajedrez, con sesenta y cuatro recuadros a dos colores, dieciséis figuras en cada extremo y prescripciones heredadas de tiempo en tiempo. Había que inventarlo, y jugar mientras se pudiera. Por eso, con un frenesí desconcertante, se pusieron a vociferar entre las calles repletas de objetos inservibles, no para copiar los ya existentes, sino para crear otros, que ahora sí les sirvieran profundamente –como los libros hechos de tiempo–, y desaprendieron las razones estériles para reconciliarse con las cosas y las palabras. Después de todo, no era de ellas la culpa, sino su propio desdén que las empleaba como trampolín para llegar a los cielos, cuando debían aferrarse a ellas, a las palabras con un significado real en este mundo, a las cosas que siempre se opondrían e integraban con la misma fuerza sus dichas y sus miedos. Y a los hombres, por supuesto, no por tangibles, ni bellos o bondadosos, sino porque no se sabía si mañana estarían. Entonces, no habría con quien jugar.

 

San Simeón, se dice, cree que la comunión con Dios se puede lograr en esta tierra. Por eso está parado sobre su pilastra. Si consigue desprenderse de sus necesidades fastidiosas, de sus pasiones mundanas y deseos frívolos, podrá tocar a Aquél, que se apiadará y llevará consigo. Más bien simula ser su cayado, erguido y solitario.

Ninguno de esos días interesa, salvo la hora incierta de su arrepentimiento en el desierto. De pie en su cumbre, ve acercarse una mancha oscura, informe. Se obliga a no desprenderse las telarañas de sus ojos para advertir quién es ese visitante inoportuno, ni a mover un solo músculo que signifique que le hablará.

–¡Simeón! ¡Simeón, soy yo! ¡Bernabé! ¿Me recuerdas?

¿Bernabé? ¿Bernabé? ¡Claro! ¡Bernabé! Recuerda San Simeón con un dejo de asombro. Su amigo pastor, con el que jugó toda su infancia. Por esa memoria pasada le concede inclinar su cabeza –y también por la espina de su curiosidad inconfesada–. Su sorpresa no puede ser mayor. Bernabé, a quien dejara de ver siendo un niño con cabello crespo y abundante,  ahora le ofrece la tonsura de su calva. Unos filamentos llenos de polvo recorren su frente y mejillas, y sus labios, antes delgados, ahora se pronuncian, como los de aquellos que hablan mucho. Intercambian algunas palabras que se pierden en el aire del espacio que los separa y san Simeón sólo percibe con claridad el final de una frase… “Sí, me dijeron que llevabas treinta y siete años, aquí, y no lo podía creer…”

¿Treinta y siete años? ¿Qué significaba eso? Ni siquiera él había reparado en la cantidad. Más bien los había sentido como un día sin término, desbordado sobre los otros a tal grado que impedía diferenciarlos. Por otra parte, si había siempre que hacer lo mismo, poco importaba que se dijera “ayer” o “mañana”; es más, no saberse inmerso en su corriente lo deslindaba de las preocupaciones. Pero ahora ese infeliz lo había traído de vuelta, a mostrarle, mediante un simple número de dos cifras, que muchas cosas habían cambiado, mas no la esperada. Seguían llamándolo por su nombre, acudían de lugares lejanos a admirarlo y aunque él se pretendiera una estatua, sentía la admiración y pasmo de quienes lo juzgaban; por más que se pensara sordo, los siseos penetraban en sus oídos y su socavón interno seguía ileso.

De seguir ahí, descubrió con fastidio, la columna no sería la única que cargara peso. Él tendría que aguantar el del tiempo, tanto más fatigoso por inasible, sin la seguridad del momento de la muerte, sin la garantía de que Dios bajaría por él, negando lo único que estos años lo había acompañado, aunque no se diera cuenta: la irreversibilidad.

Esa misma noche, san Simeón se deslizó de su poste. Primero tuvo que arrastrarse porque ya había olvidado como se camina, pero pronto debió recordarlo porque a la mañana siguiente los peregrinos no encontraron ningún rastro suyo en varios kilómetros. Se dice que, finalmente, Dios se compadeció de su sacrificio y lo llamó a su presencia. Otras versiones apócrifas, como ésta, sostienen que todavía vivió algunos años más recorriendo con su cayado, de un lado a otro, las dunas, amando la esterilidad de la tierra fraguada por los cálidos rayos, sin volver a las ciudades–oasis, sin querer salvarse más allá de esta vida, o, más bien dicho, a pesar de ella.

 

Esa noche, Pirrón no podrá dormir. Es como si fuera mediodía: las cosas emiten una luz constante, sólo que cetrina, melancólica. A la siguiente madrugada morirá por un catarro. Él no lo sabe. Durante el día sus conocidos lo verán de un ánimo desconcertante. A su hermana, la pajarera, le contará historias toda la mañana, de sus alumnos, de cuando dejó caer a su maestro Anaxarco en un charco y no lo ayudó a salir, de cuando un perro quería morderle el tobillo y se trepó en un árbol para refugiarse. Su paseo habitual por la ciudad tampoco será azaroso, irá al odeón a escuchar con sumo placer a los flautistas, luego al estadio, donde se encontrará a viejos compañeros… Por la noche, la fiebre empapará su rostro hasta helarlo. No se arrepiente de nada. Un día de clarividencia compensa su antigua esperanza, cuando salía neciamente al encuentro de una unidad dudosa. No reniega pagar, tan sólo hubiera querido vivir más.

Este último día ha sido ignorado por biógrafos como Cicerón, Diógenes Laercio, su discípulo Timón de Fliunte y Sexto Empírico. Los que llegaron a tener noticia creyeron que su comportamiento se debió a un desvarío senil, producto de la proximidad con la muerte. No debe sorprendernos. Nadie puede encontrar lo absurdo y seguir viviendo –o muriendo– de la misma forma.

 

Llegados a este punto, un gesto de honestidad nos obligó a corroborar la información y a precisar que la reunión entre la Gran Cosa y la Gran Palabra nunca se llevó a cabo. Un optimista la inventó porque, en su tiempo, era más fácil creer que, por bondad o maldad, el desarreglo, irregularidades o degradación del mundo obedecían a principios supremos, incomprensibles y distantes, pero con una razón de fondo. En todo caso, lo aludido no desmiente lo descrito, pues, concertado o no, el hombre siguió echando un vistazo más allá de su hombro, extendiendo sus miradas de faro para hallar en la lejanía del mar o del cielo un puerto o embarcación.

[1] A este respecto, algunos autores ofrecen pormenores inquietantes para no olvidar la historia. Léase, por ejemplo, el siguiente fragmento de González Crussí: “La piel se ulceró e infectó. Despedía un hedor insoportable. Por falta de higiene, la herida fue colonizada por larvas o gusanos, que caían y llenaban su cama. Se cuenta que tomaba los gusanos que se desprendían, uno a uno, y los volvía a colocar sobre su propia carne, diciéndoles: ‘Come, come lo que Dios te dio’.”

 

Francisco Gálvez

Francisco Gálvez