Grupo Mira

Citrato de sildenafilo | Jorge Morteo

 

A la farmacia llegas con una especie de camuflaje septuagenario que consta –entre otras cosas- de una gabardina caqui a media pantorrilla y una de esas narices con bigotes postizos a la que el dependiente se le queda viendo sin disimulo, mientras parpadea y esboza una sonrisa estoica. El apéndice nasal parece cimitarra, y te rascas en un intento por encubrir esa especie de prolongación plástica superdesarrollada: un vil polímero que puede detectarse a metros de distancia. No te animaste a teñirte el cabello con canas falsas, como sugerían ciertos foros de internet: en este caso, un sitio de la deepweb de exhibicionistas en la que los participantes –apodos tipo Rayo15cm, etc.- tenían debates acalorados sobre la manera más adecuada de acechar gente. En cambio, compraste una peluca tiesa, un amasijo capilar que debido al calor veraniego –al sol que martilla desde las alturas- pica como cuero cabelludo bajo una membrana fórmica. Al verte en el espejo horizontal de la farmacia no te reconoces por una fracción de segundo: aquél es un viejo con joroba impostada, de rasgos vagamente caricaturescos que no sigue los vientos alisios de la modernidad narcisista e imperecedera,  cuyo filosofía medular pretende evitar lo inevitable, soslayando una realidad demasiado simple pero arcaica que puede reducirse a la máxima horaciana: la misma noche nos espera a todos.

Tienes problemas serios, el hecho de que quieras pasar por un anciano nervudo irrumpiendo en una farmacia franquiciada es el menor de los males. Pides las pastillas, en una mezcla entre tu nerviosismo natural –un hombre de 29 años disfrazado de viejo- y la tranquilidad falsa de un anciano que carga diálisis pélvica. No sabes si pedir el medicamento por su nombre, es decir, llamarlo tal como es: Viagra, Revatio, etc., o algo más especializado como Citrato de sildenafilo (que es lo mismo pero suena a algo que quizá dijera un viejo sicalíptico y sabiondo que quiere divertirse en un motel antes de dar el último canto del cisne, estirar la pata o algún término dialectalmente apto, aunque nunca pedirías una caja de C22H30N6O4S, porque ya de por sí el dependiente, que viste una bata pseudomédica, te está mirando con cierta suspicacia tras sus lentes para corregir la hipermetropía).

La culpa la tiene el corazón. Es decir, el tuyo. La primera vez que el músculo cardiaco no logró irrigar las regiones bajas en el momento precoital fue hace medio año, en una fiesta universitaria de Antropología. La dueña de la casa era tu amiga. Se llamaba Atlántida –mujer minúscula y borracha que estaba ovulando y llevaba una trenza tipo Frida Kahlo que deshizo para chupar ante tu mirada desconcertada, en lo que interpretaste como una clara insinuación copulatoria-. Una vez que la fiesta terminó, como a esos de las 4:37 am, tiempo del centro del país, una vez que despidieron al último beodo con una patada en el trasero y trapearon los jugos gástricos derramados en el piso, tu amiga te llevó a su cuarto, se desnudó, etc. Atlántida apagó la luz, no sin antes tropezar y tambalearse con sus huaraches étnicos de piel bovina, uno de cuando menos trece pares de calzado ––número acaso aciago que ya presagiaba la hecatombe por venir––. Le pediste que dejara el foco ahorrador de 80 watts encendido porque olía a moho y la oscuridad, con tanto alcohol en las entrañas, marea y abruma. Accedió a regañadientes y, después de picar el interruptor, corrió hacia ti con su cuerpo de niña con problemas endócrinos, hacia el colchón sin base del que emergían resortes incómodos donde la esperabas con los brazos en la nuca, mirando el pubis triangular acortando distancias. Se besaron con intensidad solar. Sus brackets se clavaron en tu labio inferior en más de una ocasión. Sangraste. Sudaron por la humedad generada del par de cuerpos en ebullición, pero allá abajo no se enteraron.  Ni siquiera tu pantalón de pana se despegó un centímetro e incluso se te figuró escuchar el sonido de una trompeta burlona, como en ciertos dibujos animados. Atlántida se ofreció a estimularte oralmente, usando  alguna técnica ancestral aprendida de los indios mazahua o de alguna película porno filipina. No recuerdas. Tú no accediste por el desliz cosmético, entre otras cosas –no te habías depilado y aquella abundancia púbica te daría mucha pena e incrementaría seguramente tu falta de reacción eréctil: al negarte, la sonrisa llena de brackets de Atlántida te hizo pensar en un zipper horizontal. Miraste con desilusión una caja de kleenex que hubieras usado para limpiar cualquier secreción seminal, de las que no hubo ni siquiera una gota. Ni siquiera apagaste la música de Barry White que tu amiga había puesto para ambientar la ocasión, junto a una tripleta de velas aromáticas que despedían un finísimo olor a lavanda.

Lo más preocupante del asunto aciago es que, con tu novia Olga, no tienes estos problemas circulatorios. Con ella eres todo venas y puedes hacer virtualmente cualquier cosa. Incluso, jugar: a veces usan máscaras de resina de polibutileno y se persiguen desnudos por la habitación restallando látigos con flecos o esgrimiendo objetos punzocortantes. Algo divertido que mantiene la chispa viva, además de –obviamente- tus erecciones. El salpimiento de una relación que lleva –con algunos hiatos navideños en los que se separaron- tres años y contando. Y es que con tu novia Olga tienes la rigidez de un pilar: parece como si a tu sistema de venas y arterias le suministraran una inyección de anabólicos. Con ella no hay ninguna especie de disfunción, por lo que sospechas que tu problema pueda tratarse de un enredo psicosexual, que tu mente o conciencia monógama esté jugándote una mala pasada. No crees que se deba –por tu edad relativamente escasa- a una especie de caducidad fálica. En caso de que el problema persista, piensas en acudir con el hipnotista. O probar remedios de herbolaria china. Tal vez algún talismán en la entrepierna que emita ondas de iones positivos. Si bien Olga es originaria del Sur, de un pueblo de hechiceros y brujas, dudas que tu novia te haya echado alguna especie de maldición o que mantenga un control telepático sobre los músculos y cartílagos de tu próstata. Dice, además de todo, ser atea.

Mientras el dependiente de la farmacia va por la cajita de pastillas de Viagra, aprovechas para realizarte pequeños ajustes en las partes genitales, el pellizco testicular de todos los hombres bípedos, en especial de los hombres en la curva descendente de la senectud. Acaso, piensas, esta maniobra le otorga más realismo a tu actuación de viejo postizo con gabardina caqui y bigote de roedor. Es un verano caluroso y sudas como si te hallaras en un baño turco demasiado blanco y aséptico. Mientras esperas, a tu lado el niño que chupa una paleta te mira sin disimulo. Tus patillas se cargan de agua y el sudor escurre en goterones con tamaño de tapioca que van a estrellarse al piso pulido de la farmacia franquiciada. Además de la mirada infantil, la incomodidad de la peluca provoca que el tiempo transcurra a cuentagotas, que cada paso del empleado que se aleja hacia los estantes de la farmacia parezca la representación realista de las aporías de Zenón de Elea, una subdivisión infinita del tiempo. Un ventilador oscilatorio tras el mostrador provoca que tu bigote postizo aletee sobre el bozo.  Constantemente tienes que llevarte la mano a la boca para comprobar que la cinta adhesiva esté en su sitio. Quieres pasar desapercibido, aunque el disfraz de septuagenario que armaste probablemente hace –precisamente- lo contrario: destacarte entre los clientes con cefalea y diarrea colónica. Prefieres que nadie conozca tu identidad, que nadie sepa que eres un joven con disfunción eréctil en busca de fármacos  para tratar la hipertensión arterial pulmonar (HPP). El niño muerde la paleta sin quitarte la vista de encima, mientras su madre -que tiene un humor de perros- está peleando con una empleada que no entiende nada sobre la alergia a los imidazoles y se encoge de hombros, y le ruega que se calme, porque lo último que quieren los empleados –sin prestaciones ni conocimientos de RCP- de esa farmacia franquiciada es que un cliente sufra de microinfartos. Lo de tu amiga Atlántida fue el primer eslabón de una cadena de fallos o cortos circuitos en la irrigación del flujo de sangre o, en otras palabras, la imposibilidad de realizar el coito de manera clandestina con otras mujeres que no sean Olga, aunque –como se dijo- sólo se trató del primer episodio.

El viejo en el espejo tiene un vago parecido a ti. Como si fuera un pariente lejano, una arborescencia del yo. Hay gente que entra y sale de la farmacia. Algunos compran aspirinas o sales estomacales para las agruras poscomida, en tanto tú continúas parado, esperando a que llegue el Viagra y juegas con la bolsa de plástico en la pelvis, donde llevas la supuesta diálisis. Estás sudando como si tuvieras una esponja mojada en la cabeza. El tiempo se alarga y el calor volcánico provoca que tu disfraz de septuagenario crapuloso se sienta más pesado, como una segunda epidermis que asfixia tu propia piel y la envuelve. También te acuerdas de Yeyetzi. Yeyetzi es madre soltera. Tiene un hijo que, sospechas, sufre de problemas con la habilidad motriz fina. Una noche te invitó a cenar a su casa –Yeyetzi, no el niño, quien apenas produce sonidos líquidos y babea como mascota hambrienta-. Cenaron espagueti a la carbonara con hojitas de albaca. Descorcharon un chianti sospechoso, quizás adulterado. Tu amiga estaba deprimida por una demanda legal interpuesta por el ex marido. Yeyetzi tenía sospechas de que su abogado civil estaba confabulado con el enemigo y que ahora el abogado fungía como una especie de agente doble en el proceso legal por la potestad del menor. El hijo de tres años, por cierto, todavía usaba pañal entrenador. Yeyetzi tiene 35 años, es decir, está más allá del camino de nuestra vida: fue una historia intrincada y tormentosa de líos maritales y violencia doméstica la que te contó esa noche en la que cenaron hasta saciarse y bebieron hasta reír. Mientras espolvoreaba por tercera vez la botellita de queso parmesano sobre un estambre de pasta vaporoso, te pareció que, efectivamente, aquella mujer estaba inmersa en una dantesca oscuridad selvática. Dejaron atrás las pláticas sobre la trifulca legal y pasaron a conversaciones menos tétricas. Yeyetzi te confesó –medio borracha- que se había operado, que venía saliendo de una cirugía estética. Un procedimiento quirúrgico innecesario. Dio rodeos, se atragantó con el espagueti y bebió de su copa: al final cedió y reveló que se trataba de una mamoplastía o reducción de senos. Tenía –de por sí- pechos inmensos que después de la lactancia habían aumentado en diámetro, razón por la cual le dolía muchísimo la columna al caminar. Le viste el escote con incredulidad mientras, al lado, el hijo en una periquera color lila no lograba introducir la cuchara con papilla sabor mango en su boca y ensuciaba distintas zonas de sus cachetes.

A Yeyetzi le dio hipo. El niño cayó rendido antes de la medianoche. Miraron un rato el televisor: las noticias sobre ejecuciones clandestinas, ajustes de cuentas entre cárteles de la droga, la inminencia de una guerra nuclear entre gringos y norcoreanos. El niño –en la cama, a su lado- respiraba con dificultad. Yeyetzi dijo que todo eso era espantoso. Un mundo distópico de noticias trágicas dignas de la mente retorcida de un sádico. Cuando se aburrieron cambiaron de canal. Pasaban una película bélica muy entretenida en donde el protagonista cometía crímenes de lesa humanidad. Yeyetzi te preguntó, al mismo tiempo que miraba la cara de actor cuya metralleta parecía disparar balas infinitas, si querías que te enseñara las cicatrices de la operación. ¿Cicatrices? Las del bisturí. Tu amiga se desnudó de manera morosa y quedó torácicamente descubierta en la cama, las manos entrelazadas sobre el regazo en espera de algo que no llegaría –acaso un red que la sostuviera en su aparente caída libre-. Mientras tanto, en la pantalla se sucedía una pasarela de detonaciones y varios actores extras volaban por los aires. Pero no pasó nada entre ustedes dos, porque –irónicamente- con tanto bombazo cinematográfico no pudiste bombear nada que te colgara de la entrepierna. Yeyetzi te consoló mientras hipaba sin cesar. Argumentó que lo más probable es que sus cortes mamarios te hubieran provocado asco o repulsión -lo cual era falso- y que la próxima vez que la visitaras para cenar rollos de sushi filadelfia –esto lo dijo con dificultad- se maquillaría para ocultar las marcas verticales dejadas por el escalpelo. Tú dijiste que sí, que tal vez ése era el meollo del asunto: esas heridas que parecían dos rajas similares al ojo de un saurio con conjuntivitis. Aceptaste una hipótesis tan boba porque tenías aporreada la autoestima y deseabas con todas las ganas que una mano caritativa masajeara tu ego. El niño de tu amiga abrazaba un peluche. Yeyetzi se  se volvió a colocar el brasier 34c de holanes negros con una sonrisa polisemántica que no supiste interpretar. Al llegar a tu casa hiciste el amor con Olga. Sugeriste nuevas posiciones y te metiste tan de lleno en tu papel de acróbata de alcoba que olvidaste por completo tu poca flexibilidad. Al día siguiente amaneciste con una punzada lumbar terrible que te obligó a volver a esta misma farmacia franquiciada para comprar un frasquito de antiinflamatorios. En esa ocasión le diste las buenas tardes a una ancianita –esa sí real, no como tú- que te pidió ayuda con unas plantillas para cayos del 5 y 1/2 .

El dependiente aparece con una cajita genérica de Viagra. Estás sudando más de la cuenta por el disfraz tan poco apto para climas tropicales. Una sudoración anormal que humedece el pegamento de la cinta adhesiva que sostiene el incipiente bigote de musaraña. Es tarde para aceptar que fue una pésima idea ponerte gabardina caqui en una ciudad cuya temperatura anual promedia los 39°C a la sombra, pero querías ocultarte de las miradas inquisitivas, de las risitas de hiena de los clientes con porras potentes en la entrepierna. Amairani provenía de una ciudad costera, incluso más calurosa que tu ciudad, y era de ideología ultracristiana. Con ella empezaste a temer lo peor: que debido a tu falta de erecciones vivirías enclaustrado de toda vida social, como una especie de monje agorafóbico. Tal vez hubiera gente que pagara por verte: te volverías un fenómeno de circo viajando en una de esas caravanas. Incluso llegaste a considerar la opción de realizarte una transfusión de sangre. Pero el donante tendría que ser un ejemplar cubano de metro ochenta, brazos de remo, con aliento a mojito.  Tal vez con eso se acabaran los problemas, problemas con otras mujeres, se entiende, porque con Olga te manejas a cabalidad, con la destreza y libertad de un califa. Llegaste a un acuerdo con tu amiga Amairani. Le contaste por teléfono tus problemas de irrigación –y al decir irrigación sentiste como si fueras no un hombre sino una especie de páramo-. Decidieron que durante la cita se tratarían como pareja, por una mera cuestión pragmática. Facilitar las cosas. Soy tu novio, eres mi novia, etc. Así –con esta relación instantánea- sería más fácil para Amairani pecar contigo y tú, a la vez, tal vez franquearías los problemas psicológicos o, cuando menos, los sedarías con hechicería lingüística (el novio de tu amiga recorría Europa y se fotografiaba frente a monumentos inundados de turistas chinos cuyas caras parecían ser ligeras variantes del mismo ancestro priápico). Eres previsor. Augurando un desastre factible –como en ocasiones anteriores- preparase un guion sencillo (o juego de rol) y se lo contaste a Amairani que –como buena amiga cristiana- se ofreció a auxiliarte sin remilgos. A ella le tocó llevar los preservativos, un popurrí de diferentes colores, sabores y texturas y tres tipos de lubricantes sin alcohol, sobre los que demostró tener un conocimiento de enciclopedista ilustrado. Tú fotocopiaste el guion, el cual ensayaron en silencio –ella enfundada en una bata de baño- antes de la interpretación decisiva. Los papeles eran simples: tú serías un peregrino en viaje a La Meca, Amairani una especie de monja con ansiedad en medio de una crisis existencialista. Pero el histrionismo no funcionó. Con todo y que minutos más tarde la seudomonja yacía desnuda, con un cuerpo tonificado nada monjil, mientras introducía pulgar, índice y medio en un sanctasanctórum ligeramente velludo y esgrimía el guion en el aire, invocando el dios de las alturas con cada embate de sus falanges. Una imagen que, viniendo de una religiosa, ponía los pelos de punta.

El cuarto de Amairani estaba a unas casas de distancia de una iglesia con campanario. A eso de las seis, las campanas empezaron a tañer y supiste que las campanas, como en el verso de ya sabes quien, doblaban por ti. Antes de despedirte, Amairani juró que rezaría por tu alma malograda. Con cierto misticismo se volvió a colocar su tanga oscura, en cuyo frente se apreciaba una lengua serpentil demasiado obscena para una cristiana practicante. Te propinó un beso de agradecimiento en la frente. Cuando llegaste a tu casa, Olga te esperaba con una gelatina de colores y una copa de vino tinto. Comentó que te veías deprimido, que si querías que te tallara la ciática. Le sonreíste y aceptaste que te diera un masaje sueco para eliminar la tensión muscular y mejorar la circulación sanguínea y linfática. Al finalizar, descolgaste un espejo de piso y lo llevaste al cuarto, donde lo apoyaste frente a la cama queen size con la colcha de un águila real. Al entrar, Olga te sonrío cómplice. Dijo que la esperaras. Recolectó todos los espejos de la casa –grandes y pequeños, cuadrados y hexagonales- y los acomodó alrededor de la cama. Los espejos crearon una especie de  truco visual. Un mise en abyme de glúteos y expresiones mudadas de placer que se alargaban hasta el infinito insondable de lo óptico.

Parece como si alguien sostuviera un soplete sobre la ciudad. Tu peluca se inclina hacia un lado sobre el cráneo caliente, como si fuera una bola de helado que se estuviera derritiendo. Tu sudor hace pensar en  dispersores de agua. El bigote postizo claudica ante el desajuste termodinámico y desciende de golpe como hoja otoñal vuelta piedra.  Te estás cayendo a pedazos. El empleado que viene  por el pasillo alza la vista de la cajita de Viagra. Te mira con una mueca de horror y luego una burla engreída al reconocerte como lo que eres en realidad: un completo farsante en estos tiempos químicamente problemáticos. El niño junto a ti te está señalando con el dedito y jala la blusa colorida de la madre para llamar su atención. Otro trabajador de la farmacia está diciéndole algo a una compañera acuclillada que comprueba la caducidad de los antiestamínicos, y ahora ambos miran hacia tu dirección con la clásica befa burlona que antecede a toda sonrisa. Hay más clientes que no habías visto que empiezan a congregarse a tu alrededor. Hacen preguntas incómodas que tienen que ver con cuestiones de salud mental. Algunos ríen y agitan la cabeza o palmean tu hombro de manera paternalista. Te arrepientes por la idea terrible de ir disfrazado de anciano septuagenario a una farmacia franquiciada, en medio de esta ola terrible de calor, la peor en varios años, según el reporte meteorológico. Y todo por tu vergüenza, porque no te atreviste a pedir una cajita de Viagra a menos de que estuvieras bajo la supuesta protección de un disfraz que ahora se cae a pedazos. Todos los clientes se ríen y hacen alusión a tu nariz ridícula: conocen la superchería. Al plantarse frente a ti, el empleado dice que el Viagra está en oferta. Te llama joven suertudo (revelando tu verdadera edad biológica, de modo que lo pocos clientes que no estaban enterados del fraude ahora lo saben y empiezan a esbozar sonrisitas pícaras). Lo único que deseas es huir de esa especie de episodio de metahumillación farmacéutica, del oprobio doble de precisar pastillas de Viagra a tan corta edad y del teatrito de ir disfrazado de anciano con diálisis y peluca y ser desenmascarado frente al público.

Justo cuando el empleado alza su teléfono inteligente para tomarte una foto, la puerta con ventanilla de seguridad se abre de golpe y escuchas una voz posadolescente que ordena echarse al suelo. Se trata de un bandido que entra esgrimiendo una escuadra 9mm y lanzando patadas a las ingles. Afuera lo espera una moto Suzuki. Todos los clientes se tiran al suelo –más que caer, parecen desplomarse-, incluso el niño de la paleta que, en teoría, no debería de estar muy enterado de los procedimientos delincuenciales. Tú te quedas de pie mirando el reflejo en el espejo horizontal, más allá del mostrador. Observas tu cara: sí, de seudoviejo pero pírricamente victoriosa bajo la peluca torcida y sin decolorar. Incluso pareces portar con dignidad tu bolsa pélvica de orina, sin atender los improperios de un ladrón que te respira en la nuca y que tiene que pararse de puntillas para encañonarte, delincuente que claramente abusa de sustancias químicas al que le doblas la edad y al que –en uno de estos días- podrías enseñarle un par de cosas sobre las malas decisiones que uno toma en la vida.

Afuera de la farmacia franquiciada el sol destella en las alturas. Juras –en caso de salir ileso del asalto- quemar la gabardina caqui junto a la peluca y la cajita de Viagra, hacer una pira inmensa y danzar alrededor. Tal vez desnudo, en compañía de Olga, mientras se toman de las manos y giran, felices, hasta marearse.

 

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