RC Izquierdo número cinco

Caída del búfalo sin nombre | Por Alejandro Tarrab

Caída del búfalo sin nombre*

SUPERSTICIÓN

Entiéndase que soy supersticioso, creyente a mi manera, y supersticioso de una forma a la vez vulgar e iluminada. Porque se dan ambas cosas cuando uno ve volar, libre, aquella ave que después se detiene y reposa en el presagio.
Al hablar, en aquellos, así denominados por mí, a partir de ahora, Escritos insensatos, de un sufrimiento particular, que yo creía mío, ante todo, toqué la herida, repasé las cicatrices que uno piensa cerradas, pero que con la mayor facilidad pueden franquearse con los dedos, tirarlas por las costuras y los costados hasta verlas sangrar, ahí mismo, ante la mirada atónita de un hijo o de un nieto. Un hijo y un nieto del porvenir. Me di cuenta, entonces, que no bastaba arrodillarse, no bastaba la oración de una religión ajena: los misterios de un rosario, Beiadjá afkid rují.  Entre el Devocionario y aquellos Salmos la confusión fue grande, las frases crecían y apuntaban en una misma dirección: oraciones, repeticiones de palabras que no tocan esencia alguna; oraciones, repeticiones de palabras a la deriva. Cadáveres encallados provisionalmente en la orilla lodosa de algún río.
Hablé, pues, en esos Escritos insensatos de un suicidio que sentía que me tocaba y me partía por dentro. Hablé mal, en el sentido de hablar apresuradamente y de buscar apresuradamente, atragantándome con mis propias palabras, para encontrar sólo la superficie. Hablé mal, hablé insensata y apresuradamente de una caída que pretendía sólo mía: el suicidio de Carmen Fernández, mi abuela. Dije de ella, pronuncié de ella palabras ociosas, frases que creía alojadas en su interior, verdades incontenibles que le manaban del pecho y de la boca. Frases que jamás habían sido dichas; enunciados de mi ficción que tocaron su ira.
El hombre es un insecto pertinaz que insiste en las comunidades, pero en el interior —herida— se tiene sólo a sí mismo. Cuando tocas esa cicatriz, el animal repara. Alimaña, bestia alazana que va sangrando y agrede, no por venganza, sino por un dictado que no puede controlar. De esta forma hirieron mis Escritos los oídos de mi madre —madre de mi madre que se hiere y se arroja—. Palabras mal nacidas, precursoras de las malintencionadas.
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Una tarde mi madre me llamó desde su casa. Yo estaba parado, lo recuerdo, frente al Colón de Reforma; tenía en la mano un café instantáneo, vestía una mezcla de traje para la oficina y calzado oscuro deportivo, una vestimenta que salvaba mi incomodidad y encubría, a la vez, mi alejamiento. Escuché su voz con un eco, una voz alejada y profunda que me decía: el suicidio es hereditario. Cuando menos esto, concédelo: la depresión lo es.
Teníamos miedo. Se escuchaba la respiración en ambos espacios, una respiración desde la casa y otra más desde la calle. Una se dirigía hacia los pulmones y hacia los muros, la otra hacia los pulmones y el regimiento de oficinistas. Se escuchaban las dos respiraciones, que no eran una, porque las separaba la incomprensión. En ambos espacios alguien seguía viviendo. Despertaba la necesidad de preguntarse, por primera vez juntos, ¿somos de una misma casta?
Esta pregunta vino desde el otro lado de la calle. Di un sorbo al café y me di cuenta del absurdo, del miedo y, finalmente, de la vergüenza. Imaginé también, en los breves instantes de respiración de aquella llamada, a una familia de búfalos saltando a la estratosfera, a la ionosfera, hacia el humo de los incendios y las fábricas que se pierde en las alturas. Una caída hacia arriba o una caída hacia el abismo, como en la foto de David Wojnarowicz, en la que se ve a varios búfalos despeñándose, uno de ellos —el primero en el salto— a más de 180º, absolutamente de cabeza.
Anotación. En una suerte de ritual, las tribus Niitsítapi o Blackfoot orillan a estos animales míticos hacia el abismo. En aquel entonces, yo no sabía nada de Wojnarowicz, ni de las tribus Niitsítapi de América del Norte. Había visto aquella foto en la portada de un single. La portada era dorada y negra: un suicidio masivo dibujado en oro. En aquella llamada de silencios, lo que vino a mí fue esa primera imagen o sensación de la imagen: la de la muerte en masa, la de una casta de búfalos arrojándose al vacío.
Mi abuela Carmen murió de un disparo, en la cabeza o el corazón, una tarde media sin demasiada luz ni oscuridad. Así quiero creerlo. Nadie es víctima, pero digamos que el móvil, el dedo que tiró del gatillo en aquel suicidio, fue el abandono: primero la dejó su madre, después su marido. Y en cuanto escribo esto ya la invoco y siento su presencia.

GENUFLEXIÓN

En la antigüedad, algunos pueblos cercenaban los cadáveres de sus muertos suicidas; les arrancaban las manos, por decir, y las enterraban aparte, lejos del cuerpo. Mano y cuerpo suspendidos, separados; cuerpo y mano sin orden, sin organización. Este desmembramiento —en extremo— es comparable al golpe de la madre cuando el niño quiere tocar el pastel, llevarse, antes que nadie, el betún a la boca. Con este acto, la madre parece decir no puedes, no te adelantes. No dice tienes que compartir, sino no te adelantes, no señales con el dedo, el pastel se come en rebanadas, las rebanadas son de un tamaño particular, la herramienta es el cuchillo, se escucharán cantos, se apagará una vela. Pero el niño quiere anteponerse, tocar la crema con sus propios dedos, llevarla a la boca, a la lengua, para sentir el golpe del dulce, el almíbar. No el golpe en la cara, sino un shock en esa mano que se adelanta y actúa por sí misma, separada del ser-niño.
La procacidad se inclina también por el fuego: el niño siente el brillo palpitante de la vela y quiere extinguirlo, cortar la llama por sí mismo, cortar el fuego en el momento decisivo. Se adelanta. Sopla para apagar la única luz, la luz tenue que dibuja apenas los rostros y el salón. El soplido anticipado trae la desaparición momentánea del orden, de los demás niños invitados, del niño festejado, centro de las atracciones, de sus padres y, finalmente, de él mismo. Alguien prende un cerillo y nuevamente la vela. Una vez más se delinean las siluetas y el salón, aunque ya no sean los mismos. Algo ha cambiado. El niño es reprendido por sus padres, abucheado por el resto de los niños invitados. También se escuchan algunos gritos, risas cómplices en el orgullo: voces graves, voces breves, de los que no se atrevieron.
El niño, ya sin mano y sin aliento, se retrae hacia la oscuridad de él mismo, donde festeja y se abruma contradictoriamente por sus propios actos. Aguardando en otro límite está el hombre que pretende quitarse la vida, “deshacerse de él mismo, t m omar la delantera, el camino corto”, que no siempre es un atajo. Al igual que el niño del pastel, este hombre será castigado, aun si llegara a cumplir su cometido. En la Grecia antigua las inhumaciones de suicidas se realizaban por las noches, en la penumbra, sin ningún ritual de por medio. Los cadáveres de aquellos que habían osado levantar la mano contra sí mismos eran enterrados anónimamente, sin inscripciones ni lápidas: sin recordar su nombre o, mejor dicho, exigiendo la degradación, el olvido de ese nombre, un nombre que jamás existió. El rostro de esos cuerpos no se alineaba hacia el oriente, como se acostumbraba; las manos eran arrancadas, separadas del cuerpo, y se enterraban lejos.
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La genuflexión es otra forma de sacrificio, otra forma de enterrar el cuerpo. Cuando la madre le dice a sus hijos —esta vez son dos— arrodíllense aquí, al pie, junto a mí: hay cuatro puntos clavados en la tierra. La alfombra es roja, debajo tiene una protección que toca el cemento (el techo de otro departamento y otro y otro más), una construcción enclavada en sus cimientos. La tierra del subsuelo y de la calle, el camellón, también es roja.
La familia vive en el tercer piso de un edificio en la calle Xola. La familia suele bromear con esa palabra: la casa Xola, los niños xolos en la casa Xola, no me dejen xola, dice la madre. La familia ríe una y otra vez. En lengua mochica cholo significa muchacho joven; para los nahuas, Xolo o xolotl es el esclavo o sirviente. La palabra compuesta Xolo-itzcuintli significa perro pelado. Hasta hoy, este animal debe cubrirse entero para protegerlo del frío. Itzcuintli o escuincle  es perro o perra, pero también niño pelado, maleducado, impertinente. La voz va acompañada de repruebo y descalificación. Los niños xolos están desprotegidos,  será necesario cubrirlos del frío en la intemperie; la casa Xola podría derrumbarse; no me dejen xola, repite la madre… La risa es un disparo instintivo que marca la comunión: reímos y estallamos juntos, reímos…
Pero ahora vemos a la madre: no está sola, está postrada y hace que sus dos hijos se arrodillen. El padre fuma del otro lado de la cama, la mirada fija en la pared desnuda, mientras la madre explica. La madre les hará una confesión. Evitará en lo posible nombrar a Cristo y a la Virgen (siente particular devoción por Nuestra Señora de los Remedios, pero evitará evocar, en esta casa judía y católica, en esta casa atea,  su imagen y amparo). Dios es otra cosa, Dios se sale de las manos y de los labios y resulta imparable. Además, no cuesta decirlo, el doliente tiene ciertas concesiones. No les dice: hay una mano que abrió fuego, no se muevan, ya no nos pertenece. Sí les dice: un corazón movía esa mano, el corazón es un músculo, en ocasiones se detiene. Sí les dice: repitan, ten piedad, Señor, porque estoy conturbado, mis ojos decaen de tristeza, mi alma y mi cuerpo, cuerpo y alma, desfallecen juntamente. El padre también recuerda ese Salmo. En su versión más antigua, Dios es impronunciable: exhala la segunda letra del tetragrama para formar el cosmos y la herida, para formar al hombre. No les dice: había una vez un pueblo lejano donde la gente castigaba a sus muertos. Un pueblo malo, malo, que mataba a quienes ya estaban muertos, les cortaban las manos a quienes decidían lastimarse: volvían a ahorcar a los ahorcados, volvían a hundir a los ahogados. Colorín. Sí les dice: apresúrense a escucharme. Inclinen sus cabezas, afilen los oídos, hijos.
Tras estás palabras y estos silencios, la familia tiene miedo. Miedo de decir y miedo de escuchar. La madre piensa para sí: estamos solos. Los niños se distraen en la tierra. Más tarde, en su cuarto, verán el dibujo de la alfombra marcada en sus rodillas, gusanos gruesos punteados en la piel. Volverán a arrodillarse sobre distintos materiales —madera, cemento, leche, líquidos derramados de diferentes procedencias—, pero jamás volverán a ver esas marcas, a sentir el latido grueso de las larvas en la piel. La voz incrédula y conturbada, la imagen de una voz incrédula y conturbada, la estela gruesa de humo partiendo la habitación. El misterio.
El acto de arrodillarse implica varios acontecimientos. El primero es la espera. Los niños de la casa Xola jamás se levantaron. Continúan ahí, de rodillas, sobre la misma alfombra, en el mismo cuarto de un edificio enclavado. La vista ha cambiado. El camellón que dividía la calle ya no existe. Las palmeras y los árboles más altos y más gruesos —algunas jacarandas, los sauces más viejos, un par de abedules amarillos que, según ciertos vecinos, espantaban a los malos espíritus— fueron reubicados en distintos puntos de la ciudad.
Al norte, todavía hoy, puede verse un bosque extenso de palmeras que contradice la idea del desierto: troncos casi secos que no dan frutos ni sombra. Los más pequeños fueron arrancados y tirados u olvidados a mitad del camino (los árboles xolos, la calle Xola, el camellón destruido). Con el tiempo se pudrieron o echaron nuevas raíces en el polvo, junto al pavimento. En el suelo de estas nuevas calles hay menos hojas sueltas, el alumbrado cambió de tono, los insectos y las aves se redujeron considerablemente, aunque podría decirse que hoy hay más animales: perros, ratas huidizas que migraron de esa franja divisoria, hoy desaparecida, a las casas y a los drenajes. Perros-rata huidizos que arraigaron y se reprodujeron dentro, en la reserva de lo privado, en el secreto, en el ala gruesa del desperdicio.
La madre continúa postrada, el padre sigue fumando. Al fondo del escenario, vemos el muro desnudo, apenas manchado de un leve amarillo por el tabaco. Las cortinas son de plomo y están cerradas. Contra lo que podría esperarse, la alfombra de este departamento en la calle Xola es cada día más luminosa, su rojo es más encendido. La madre piensa secretamente en Cristo crucificado, invoca la blasfemia de un Cristo mujer, un Cristo largo suspendido a sus espaldas. Las heridas de lanza, los cardenales, los piquetes de punta son ahora disparos. Un solo disparo. La madre reza la incomprensión, le llama Carmen, le llama Cristo-mujer suicida. El padre repite otra oración en donde Dios es hombre y es cruel y ya no existe. Los hijos continúan arrodillados, esperando el cese al fuego, el cese al silencio. Los tonos de la alfombra —presumen— dejarán gradualmente de brillar. Cuando se abran a la calle, los caminos estarán menos iluminados. Un animal pequeño se acercará cauteloso para lamerles las heridas.
La genuflexión prolongada provoca el adormecimiento de las extremidades, del cuerpo y, finalmente, del espíritu. Segundo acontecimiento. Los niños continúan arrodillados. Sus extremidades están adormecidas, aunque ahora no lo resientan. A cada nueva invocación, a cada nueva inspiración, el adormecimiento incrementa. Primero fueron las manos y las piernas, ahora es el pecho y la cabeza. Sus cuerpos continuarán ahí, apoyados en el suelo de esa vieja construcción, que ahora es sólo un andamio: la estructura se ha debilitado. La habitación, el edificio, ya no son los mismos, se dan cuenta. Su vista y su pensamiento, aún aletargados, viajarán lejos, hacia otro espacio. Con seguridad, se les verá hacia el norte, entre la floresta de palmeras rayanas y secas. Los cuerpos, en el rectángulo debilitado, arrodillados en el campo rojo de la alfombra, cada vez más roja y más brillante. Sus pensamientos perseguirán lo que llenó su vista durante años —la totalidad de la infancia—: el camellón incesante desde la ventana, el largo camellón de ramas y cimeras, de sueños y vegetaciones inalcanzables. En sus bocas persistirá el gusto de los dátiles, la miel de las baklavas; sus manos, aún dormidas, seguirán precipitándose para robar el primer golpe del almíbar. Pero estas palmeras, reubicadas al norte, son un campo seco de árboles sin sombra, sin descanso.
El segundo acontecimiento es, pues, la fuga gradual e implacable de las extremidades y del cuerpo, del ánimo y del aliento. Este suceso está ligado con la fatalidad del tercer y último acontecimiento —que se empareja y se acciona simultáneamente—: la separación, la mutilación del cuerpo y del espíritu. Cuerpo y espíritu desatados, desmembrados. Duración y reproducción de la escena. La genuflexión prolongada provoca el verdadero cercenamiento, la verdadera mutilación.  El ser fragmentado es menos capaz de lastimarse, de accionar los propios designios contra sí. El arrodillamiento implica poner el cuerpo escindido, desorganizado, desligado —como en las pinturas de Francis Bacon— a la espera: Dios, padres, ¿puedo ya levantarme?
Pero en la imagen daguerrotípica, oxidada y marchita de este edificio de la calle Xola número 1308-4, la madre continúa extenuada; el padre, distraído, fumando. Los niños brillan en un río luminoso. La abuela, Cristo-mujer, mujer suicida, se siente aún incomprendida. Sabe que será invocada y que la invocación es un castigo. Sabe de la superstición, de la madre culpa, mea madre arrodillada, río de alfombra en donde brillan la sangre, el miedo.

RC Izquierdo número cinco


Escrito por Alejandro Tarrab

Obra grá­fica de Ale­jan­dro Barreto