Enrique Pérez Martínez

Bipolar | Eduardo Sabugal

I

Lucía odiaba su nombre porque en su familia había existido una mujer con ese mismo nombre. Una suicida, le habían dicho, una tía loca que deambulaba desnuda por pasillos llenos de pacas de paja y botes de leche recién ordeñada, una sonámbula que veía cosas en los establos. Pero el nombre era paradójicamente lumínico, era lucidez, un ingrediente sanguíneo que ella había heredado muy a su pesar, una lucidez maldita que no aceptaba, que no quería. Aquella tía homónima, desvanecida en la memoria de un rancho antiquísimo, quizá demasiado lejana o cercana, que ella ahora imaginaba como una figura fantasmal, tenía un nombre oscuro e indeseable como el suyo. Lucía miraba los últimos rayos de luz solar sobre el césped recién cortado del club hípico, los caballos ya estaban en su lugar tomando agua, un poco más allá los caballerangos bromeaban en silencio mientras se lavaban y guardaban cosas. El olor a estiércol y tierra mojada penetraba en la nariz de Lucía y era una fortuna y una evasión. Ella trabaja ahí desde hace un par de años, primero contenta, después en abierta inconformidad. Desde hace días se sentía arrastrada por una inercia estéril, monotonía que su amor a los caballos no había logrado romper. O mejor dicho, que lograba romper a ratos, porque todo en ella era por ratos, un rato de luz, un rato de lucidez y aire fresco y fuego animal y ojos que cabalgaban. Y luego esa otra cara de la moneda, las dudas, el odio contenido, las ideas perversas de prostituirlo todo, el olvido, la negrura de los rompimientos, el disfrute de ver morir, de ver caer cualquier edificación, de verse caer. Sanar y herir, sanarse y herirse. A veces en el pelaje de los caballos ella admiraba el cambio cromático de los desperdicios lumínicos de la tarde. Entonces ella se sentía así, como una evolución cromática caprichosa que iba del girasol a la violeta. Su amor por los caballos era como su amor a todo, es decir, un amor fundado en el desamor, en la capacidad de poder revertirlo todo, de sabotearlo siempre, una bella fragilidad de cascarón de huevo que ella podía aplastar en su mano. Le tranquilizaba saber que sus afectos eran provisorios, fáciles de revertir o destruir, la vocación profesional, su trabajo como equinoterapeuta, sus estudios de arte, su relación con aquel hombre (que sólo quería o deseaba a ratos), su nacionalidad, su identidad, su cerebro. A veces las yeguas que se parecían a ella le daban temor, a veces le inspiraban una comprensión profunda, y era una alegría darles fuetazos, montarlas y saberse en un sitio, lejos de aquel apartamento en aquel edificio que ella no había elegido ni imaginado, en donde vivía esa otra parte de sí misma. Otra yo que tampoco había elegido ni imaginado. La duplicidad podría ser multiplicidad, podría ser peor, pero qué carajos, ella no iba a estar pensando en eso ahora, había que vendar las patas de los caballos y darles cuerda y atender a los clientes, alemanes nostálgicos que llevaba a sus hijos enfermos a cabalgar para sanar, y entonces todo era enfermizamente natural, equinamente maquinal. Verse reflejada en los hermosos ojos de los animales le hacía sentirse pacífica, pacificada. Entraba, diminuta, en la esfera de un globo ocular de un caballo, como en un lente angular, pero en ese reflejo distorsionado, además de algo hermoso, había algo siniestro en pleno derrame solar.  Ella acariciaba por última vez a su caballo preferido, que podría llamarse Esencia o Trueno, se despedía de todos y luego regresaba en bicicleta a su casa pensando en todo, en nada.

II

Furiosa, porque estaba furiosa, despertó decidida a poner en orden su furia, es decir, a irse desprendiendo poco a poco de ella. Para encontrar la paz, primero había que dejarse bañar por el sol que entraba por su ventana, un sol que se filtraba en la atmósfera que flotaba en San Pedro Cholula y que entraba en su ventana como un voyerista majestuoso, calentaba su piel blanquísima y le ponía en los párpados un despertador color ámbar. Después había que ir a orinar al cuarto de baño, mirarse el tatuaje circular en el antebrazo, mirarse los círculos del alma también, poco a poco, con el agua bajando en la cara, el agua fría que descendía de los tinacos y que pasaba por las tuberías de aquel edificio anónimo, que ella no había elegido ni imaginado ni deseado. El agua la despertaría, sí, con soles circulares en los ojos, con ojos solares en las grietas. Y después había que entrar en la cocina, mirar el refrigerador como quien contempla un artefacto caído de quién sabe qué galaxia, abrirlo. Beber la leche almendrada con cereal servido en un plato, sentarse en donde se pudiera, en la orilla de la cama entre la ropa y las sábanas echas bola, o en alguna mesa del comedor, y dar cucharadas al desayuno mientras la mente, el cerebro escorpiónico, tardaba horas o siglos en despertarse completamente, quitarse las ramas del sueño, los rasguños del sueño, los lunares del sueño. Y luego había que mirar los colores pastel, odiosamente pastel, que alguien había elegido maliciosamente para pintar la superficie de aquellos muros, que para ella eran muros de una jaula mediocre y triste. Entonces las ramas, los rasguños y los lunares oníricos desaparecían y poco a poco los mosaicos de la cocina, el desmadre de la mesa del comedor, el desmadre de todo el apartamento, el desmadre del mundo, reaparecía dolorosamente ante sus ojos. Había que concentrarse en el sabor a dulce almendra en el paladar, en la práctica yoguística, en algún trozo alegre de su vida que todavía brillara por ahí, al alcance de su mano. Levantarse de la silla, o de la orilla del colchón, llevar el plato vacío al fregadero, echarle agua. Luego quedarse un rato así, desgreñada, con pucheros en la cara, aun despertándose o aun durmiéndose. Tarde o temprano había que correr la puerta de la ventana para alcanzar el calentador que vivía en el pequeño abismo cuadrangular que ese edificio tenía en sus entrañas, un pasillo vertical que era la nada misma, que terminaba quién sabe dónde, quizá en el diminuto patio interior del vecino del primer piso o en el infierno de los arquitectos de mal gusto. Y Lucía corría la puerta metálica de esa ventana y prendía el fuego ridículo de un cerillo y el calentador se encendía mecánicamente. Y era un momento cotidiano, anodino, y era metálico y mecánico, y ridículo, y ese instante olía a fósforo quemado y a mañana entrando violentamente al apartamento. Y luego había que verse las ojeras en el espejo y dejarse acariciar por el agua en todo el cuerpo, sentir la pequeña lluvia que la regadera arrojaba en su cuello y que descendía por sus hermosos senos, su espalda, sus glúteos, sus piernas, los dedos de los pies, y que luego desaparecía en miles de ríos diminutos que también se perdían en el círculo oscuro de la coladera, y terminaban quién sabe dónde, quien sabe en qué mar negro subterráneo que corría bajo todo San Pedro, en las cañerías y el drenaje, y que se mezclaba con las aguas sucias del mercado y de la funeraria de enfrente y con los orines de los borrachos que iban al bar o al billar de junto y con los veneros sagrados que alguna vez limpiaron los cimientos de la pirámide y que seguramente también pasaban por debajo del hípico bajo los rítmicos golpes de los cascos de los animales. Y ella a veces prefería no mirar el piso, ni pensar en ese desagüe que ocurría ahí en su baño, bajo sus pies, y prefería cerrar los ojos bajo el chorro del agua despabilador y volver a concentrarse en ese trozo de alegría que aún empuñaba, que aún podía demoler todo lo que le hacía estar furiosa, tranquila pero paradójicamente furiosa con ese estado de cosas, con esa permanencia que le contenía como un pájaro atrapado o dos pájaros atrapados.

III

Pero esta vez el pájaro no está dispuesto a seguir entre los muros rosas, verdes, amarillos pastelosos, muros de colores sin fuerza, deslavados como el mundo, erosionados como el futuro, apagados pero mustios, colores que para Lucía casi ni son colores. Esta vez el pájaro moverá las alas furiosamente contra los barrotes de la jaula y su plumaje quizá se lastime, se ensucie un poco, pero es inevitable. Y es un camino largo, largo, largo, largo, largo, hasta la brocha que no tiene, hasta los litros de pintura que tampoco tiene, hasta las persianas y los muebles nuevos, hasta los rascacielos que ella habita en su furioso despertar. Y llena de soles y de una voluntad de poder que antes no la habitaba, hará que ese apartamento poco a poco se transforme. Como la luz en sus ojos, que ya se ha transformado. La alquimia es irreversible, el pequeño círculo dibujado en el antebrazo es un cosmos, un redondel zen y nietzscheano al mismo tiempo, y la pulsera azulada de la muñeca derecha es un amuleto. Sus ojos se iluminan, los pucheros se transforman en sonrisa contagiosa, en la jaula hay plumas que el pájaro picotea furioso. Lucía comienza tirando ropa. Hace poco ella vio una piel de serpiente tirada en un terreno cercano al hípico. Le dio asco, la sensación de ver algo aún vivo, repulsivo. Quizás esa mudanza de piel en aquel animal era el anuncio de su propia mudanza, el cambio de aquel apartamento. Mudarse o enmudecer, piensa. Ella tira ropa, compra nueva, escombra su clóset, o, mejor dicho, des-escombra, tira los escombros acumulados en días, meses, años, porque ya no quiere vivir entre escombros. Y tira guantes de estambre, chalecos, blusas. Escombros o pieles, vacas profanas que mugen un pasado lleno de polvo, ella huele la mala leche del tiempo, reblandecida como piel de serpiente abandonada a la intemperie. Y se ensucia con el polvo de la mudanza, alza huacales de madera donde el gran ciempiés del abandono ha procreado. Replanta plantas, renueva nuevos planteamientos, y quizá un loco insomne escribe su contorno lumínico, lejos de ahí, sin que ella lo sepa. Tira fotografías y poemas que le han escrito. Desempolva lo empolvado y se sienta sudorosa y fatigada a ver las viejas sillas, las cortinas percudidas que habrá que tirar, el televisor prehistórico, las pilas de papeles amontonados como cadáveres. Se frustra un poco pero su voluntad ha echado a volar y vale madres ya si la mudanza es cansada, porque ella no piensa enmudecer. No importa si se tarda un día o dos o tres, o si con una brocha o dos, o tres, o si con el rodillo podrá terminar este muro de acá y el de allá. Cambia cosas de lugar y descubre cosas que antes estaban escondidas, y recupera objetos valiosos, pertenecientes a cierta edad de oro, recuperados como de un naufragio. Pero también descubre reliquias que ya no quiere, basuras que han perdurado neciamente en el tiempo y en el espacio y se tiene que armar de valor para tirarlas por la borda. Pinta de blanco la indiferencia y alisa lo arrugado. Descubre bichos enroscados sobre sí mismos bajo maderas podridas, le atemorizan un momento pero se deshace de ellos como si fuesen fósiles inofensivos y también barre, descubre un mar de luz rompiendo contra las cosas y las ideas. Destroza un mueble negro y de plástico como quien destruye una maldición. Entonces hay que verla subir y bajar tres pisos con bolsas de basura en las manos, y verla cargar cosas, y verla sonreír por dentro. Se lava del polvo, se lava del tiempo, ahí, en el centro de ese apartamento que es el centro del mundo. Las plantas extienden sus raíces en macetas más profundas y de barro, también se mudan de morada, como serpientes vegetales que cantan a la vida nueva. Y los soles vuelven a ser soles, y los ojos ojos. El círculo vuelve a ser circular, vuelve a ser sagrado; y los signos todos, que armonizan y apuntalan el hogar, la casa, se renuevan. La figura de un san Francisco de Asís blanquea también lo oscurecido, la paloma en su regazo vuela, sale de ahí, en paz, volando a través de la puerta abierta.

IV

Ella está lavando las brochas y el rodillo en el fregadero de la azotea, está cansada, siente sudor en el cuerpo. No se reportó en el club, no piensa regresar al hípico ni contestar las llamadas perdidas de aquel hombre que dice amarla. Su furia se ha ido muy lejos, teñida de color tofu y de color gris, se ha ido de forma líquida por la coladera de ese fregadero. No está muy segura de quién ha hecho todas esas labores de renovación en la vivienda. Y podríamos verla ahí, inclinada sobre las brochas sucias, mal vestida, lavando y mirando cómo la paz regresa poco a poco. Podríamos verla ahí entre los tendederos y los tanques de gas, pequeña en la inmensidad cholulteca, pero gigante en la circularidad de su antebrazo, porque ella crece y decrece como Alicia, según los soles y los días y los vientos. Y sería un largo, largo, largo, largo, largo camino, hasta sus pensamientos y su voluntad, hinchada en este momento como barco en una tormenta. Y podríamos ver a Lucía ahí, tomando su propio nombre entre las manos, y también un rodillo lleno de pintura, pero en realidad no veríamos nada, porque ella ya se ha metido al apartamento y ha cerrado la puerta y no podemos espiarla. Y probablemente se esté quitando el sudor bajo la regadera o esté tomando agua mientras escucha a los Beatles en su laptop, o quizás ella regresó al apartamento y lo encontró vacío, sin libros ni muebles, ni libreros, ni botes de pintura, ni macetas ni televisores, ni polvo ni ciempiés, ni recuerdos ni vestigios, simplemente no encontró nada y se metió en un cielo de diamantes o en las habitaciones de aquel edificio y tampoco encontró nada, porque después de barrer y lavar y pintar y restaurar, no quedó nada, ni un par de plumas blancas ni una constelación lunar, nada. Y entonces en ese vacío, en la médula de ese vacío, en la estancia de aquel apartamento de escasos metros cuadrados enclavado en la siete poniente, se escuchó un sonoro relincho que rompió el silencio, y ese relincho creció en eco monstruosamente, como un cerrojo de una prisión que se corre violentamente. Porque dentro de aquella vivienda de San Pedro Cholula, en medio de la disyuntiva entre mudarse o enmudecer, nació un caballo, una bestia inquieta, de crines revueltas, de dos colores, desajustada con la realidad, con el mismo desajuste mundano que esta mujer profesa. Un caballo que no entendía qué hacía ahí, en un tercer piso de un edificio citadino. Un animal imponente y salvaje, blanco como ella, oscuro como ella, voluntarioso y apático como ella. Y daba coces contra las baldosas del piso, manchadas con gotas de pintura. Y llamaba a la mujer en el lenguaje de los caballos que sólo ella entendía, caballos de su psique profunda y laberíntica. Porque ni siquiera los otros caballos, los que saltaban allá lejos, en el club hípico, o los que dormitaban parados en los cobertizos de los ranchos perdidos, podían entender ese lenguaje, o podrían haberlo entendido, pues ellos habían sido engendrados en el vientre de una yegua y no como este caballo que había sido parido por la nada o por ella, en medio de un apartamento así, recién pintado por una mujer. Lucía se acercó a él, dejó que oliera su mano, lo acarició. El ojo de la mujer se reflejó en el ojo del caballo, y eran dos luces caníbales devorándose y eran dos soles circulares generando un incendio. Las paredes se cuartearon, los vigorosos relinchos hacían vibrar las columnas y las losas, la dermis de concreto se cuarteó. Los cimientos empezaron a replicar un tremor como de Apocalipsis aunque en realidad, ella sentía y sabía, era un tremor de Génesis. Subió al caballo y sujetó las riendas, y era como si estuviera sosteniendo dos grandes hilos invisibles que conectaran el cielo con la tierra. La cristalería de las ventanas cayó, los tres pisos del edificio se volvieron un intersticio, las ráfagas de viento que soplaban desde la pirámide refrescaron la desaparición de aquella masa de concreto; y ella, cabalgando sin miedo, salió de ahí y salió de todos los naufragios, salió de todas las caídas previas, montando ágilmente el caballo. Y habría que haberse dejado bañar por la luz que la acompañaba, casi líquida, para entender la zona etérea en la que ella y el animal entraban en ese momento. Una no zona sombría. Y tendríamos que haber estado ahí para comprenderla, apartados de todo, rasguñándonos con las ramas metafísicas de su transmutación bipolar, acompañándola en su intersticial cabalgata solar, nomádica, hermosa y cruel.

 

Enrique Pérez Martínez

Enrique Pérez Martínez