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Atlante-Necaxa  | Héctor Manjarrez

 I

Su vida a los quince años es como un sueño, extraña, incomprensible, estúpida, y la maneja algún alguien que desde luego no es él. Sea él quien sea él. Se despierta y ya lo están regañando o ya llegó tarde para el tranvía o ya está en clase sin entender jota de lo que dice el profesor o en medio de una corretiza por las escaleras y el patio persiguiendo o siendo perseguido por alguien o en la enfermería con un golpazo en la cabeza.

O está en la banca vestido con su uniforme de básquet y el entrenador Lope como siempre silba y silba por lo bajo “La cucaracha” y nunca le habla ni lo mira y sólo lo mete dos minutos para que descanse Armando que es buenísimo armando el juego: “Pero no tires a la canasta, sólo pásale la bola a tus compañeros. Y no se te ocurra faulear a nadie”.

Una tarde se harta de todo y se fuga con una maleta con ropa y cómics y sus discos de 45 rpm, Pérez Prado, Duane Eddy, Elvis, Gene Vincent, Chavela Vargas, los Locos del Ritmo. Toca a la puerta de Álvaro, que lo mira con compasión: “No, a mí no me metas en problemas, mano. Por qué no vas a casa de Arturo, quizá te aloje una o dos noches”. Nadie lo entiende y él, lo que es peor, no entiende a nadie. La gente nunca reacciona como él esperaba.

Está seguro de no ser un idiota, pero no de no comportarse como uno. La vida es como un sueño, no necesariamente una pesadilla, pero todo el tiempo Alejandro malentiende lo que los otros dicen. “¿O lo haces por fastidiar, por chingar? Porque eso es precisamente lo que consigues.”

No, no lo hace por molestar. No le gusta molestar a nadie o casi nadie. Pero muchas veces hace lo contrario de lo que le piden o le ordenan. “¿Por qué fauleaste al 4? Ahora van a tener dos tiros de la línea gratis, pendejo.” Y el entrenador nunca insulta a nadie, Dios se lo tiene prohibido.

Alejandro no sabe qué le hace hacer las cosas como las hace. Por otro lado, ni siquiera responde; no discute o miente: “Usted siempre ha dicho que hay que faulear para conservar la ventaja al final” o “Claramente me pediste que te comprara tres cajetillas de cerillos y no de cigarros”. Se queda callado como si no le importara. No defiende su conducta.

No la entiende él mismo.

Se ha venido haciendo fatalista. A ojos de los otros es cada vez más estúpido o malvado, lo sabe. Alguien, que es él mismo, se apodera casi completamente de él. Alejandro quisiera ser un héroe, pero sospecha que su madera quizá es de mártir. Crucifíquenme, hipócritas, lameculos, hijos de la chingada.

 

II

Se ven el domingo en las Rejas de Chapultepec del lado de Tacubaya para irse a pie a la llamada Ciudad de los Deportes. Según la radio, “todo el mundo está pendiente como una araña de las dos moscas, el esperado duelo entre el Atlante y el Necaxa, los dos equipos de mayor raigambre popular”. O vas al estadio, u oyes la transmisión por radio.

Arnulfo, Agustín y Alejandro van a pata, casi sin hablarse porque apenas se conocen y para no quedarse sin aire. La mañana es límpida y fresca, pero ya se adivina el seco calorón que se vendrá encima de los jugadores y de toda la ciudad. Los tres están ilusionados y sienten que la gente que va y viene de misa o de hacer ejercicio se les queda mirando –a veces eres invisible y otras veces se te quedan viendo–: “Mira, esos tres muchachos seguro que van al partido entre el equipo del pueblo y el de los electricistas”.

La gente acude en transporte o caminando, la gente se junta y se emociona de entrar en el gran templo de concreto armado. Casi todos bromean y chacotean mientras el tiempo pasa con pachorra. Los tres muchachos tienen boleto –un tío de Arnulfo trabaja en el coso mismo, Alejandro no pregunta en qué–, pero una vez que los ocupan no dejan sus asientos ni para mear, que para eso ya orinaron llegando. No charlan de nada en particular, pero se imbuyen del espíritu del edificio y miran y escuchan a la gente que poco a poco se va convirtiendo en multitud. Cuanto más público, más ruido; cuanto más ruido, más emoción.

¡Los gritos del estadio! Las porras rimadas de este o aquel grupo, los pregones de los vendedores de cervezas, de tortas, de jotdogs. La piel se les pone chinita a los chavos, los corazones les brincan. Alejandro no le va a ninguno de los dos equipos –prefiere al Marte o a los canarios del América–, pero en todo caso siente que se inclina por el Necaxa, por el uniforme a rayas blancas y rojas y la leyenda de los Once Hermanos (aunque no la recuerda).

Mas el tiempo va lento… Cuando los muchachos están a punto de perder el entusiasmo y el sol los achicharra y alela, el partido comienza, pero es sólo una brega interminable sin llegada a los arcos. A la media hora, los adultos compran y compran cerveza e insultan a sus propios jugadores y se agarran los testículos con rabia y mientan madres. Bajo el sol de mediodía, los ídolos de la gente corren, luchan, se empujan, se traban, se gritan, se patean, se encabronan, se reclaman, se escupen, se jalan la camiseta, se clavan los codos, se asestan las rodillas, pero todo en balde.

En el medio tiempo, el público rumia su disgusto y arroja meados y cerveza a los de los asientos de abajo, entre otros a Alejandro y sus amigos. La gente no pagó para ver a dos arqueros lucir planchados y limpiecitos y a veinte inútiles que no atinan ni a tirar a gol a cualquiera de las porterías. El público está de mal genio. Botellas, canicas, guijarros, llaves inservibles, pequeños cohetes y otros objetos empiezan a caer en la cancha.

–Se le ruega al respetable público que no arroje objetos a la cancha… La persona que sea sorprendida aventando cualquier cosa será consignada… El partido se suspenderá todo el tiempo que sea necesario si se siguen arrojando artículos a la cancha… Los agentes de policía tienen órdenes de arrestar a cualquier persona que vulnere la ley…

El Respetable se apacigua y se pone a silbar o a hacer chistes sobre si vulnerar la ley es lo mismo que violarla, cabrón. ¿Cuál es la puta diferencia? Los veinte futbolistas siguen en su atlético empeño por ser héroes dominicales.

¿Quería la gente espectáculo? Ya lo tienen: Arnulfo, Agustín y Alejandro se han encaramado en la reja que separa a la plebe de los gladiadores. ¡Allí están, los tres adolescentes, con sus sonrisas satisfechas y nerviosas de aprendices de exhibicionistas, colgados de la alambrada más bien inestable!

Quienes alcanzan a verlos los animan incondicionalmente: “¡Sáltense, chamacos!”. Quienes no los ven se dividen entre quienes guardan silencio y quienes sólo gritan por gritar: “¡Sáltense, sáltense!”.

Alejandro, que desde luego no ha bebido una gota de cerveza, está embriagado y los gritos lo vuelven loco de una especie de felicidad. Ágil como siempre ha sido, se columpia, sube, baja, diestro como chimpancé –sólo le falta el jacquet y el sombrero de copa y la camisa almidonada– y el estadio se ríe, el estadio aplaude, el estadio ulula, ¡el estadio RUGE! ¿A quién le importan los pobres diablos que persiguen el balón de cuero oscuro como chuchos a una perra en celo?

Arnulfo y Agustín tienen muchas dificultades para agarrarse bien del alambre que se les encona en los dedos. “¡Brínquense!”, les grita Alejandro, que contiene como puede el vaivén del alambre y los anima o más bien conmina con la mirada.

–¡Brínquensen! –ordena una parte del estadio.

Brinca Arnulfo, y luego Agustín, con tan mala pata que se tuerce el pie izquierdo y se queda tirado como un animal. Alejandro en cambio amortigua el impacto rodando por el pasto entre algunos vítores.

¿Por qué no siempre le salen las cosas tan bien? Se pone a saltar con los brazos en alto, ¡mírenme!, pero salvo unos pocos, el estadio no le celebra su monada: el hábil extremo izquierdo atlantista ha eludido a dos defensas y le ha filtrado la bola al zambo interior derecho que se lo cede al centro delantero, que…

Alejandro y Arnulfo, solitarios a ras de cancha, no distinguen el motivo del cambio de clima en la contienda. Agustín aún menos, tendido como está y llorando de rabia y dolor. Para empeorar las cosas, el abanderado –un flaco de ojos saltones– le grita a Agustín que se levante y no estorbe, que se levante de inmediato y no esté estorbando, que se levante con una chingada.

Entonces la desgracia golpea: uno de los jugadores más caballerosos del futbol nacional, indignado por una decisión absurda del árbitro, patea con furia la pelota, que tras rebotar en el cimiento de la alambrada golpea a Agustín en el parietal izquierdo. Como el chavo estaba inmóvil, casi nadie se da cuenta del impacto seco como de palo que lo priva de conciencia. Los periodistas al día siguiente no dirán palabra.

¡El Atlante avanza peligrosamente! El Necaxa, no sin dignidad, capotea la tempestad. El Respetable se emociona con la posibilidad de gol. Arnulfo trota para un lado, Alejandro para el otro. Parecen muñequitos mecánicos en un tablero muy grande. La gente les ha gritado que varios polis vienen a agarrarlos y Arnulfo se pone a correr como ternero asustado, sin saber que se precipita hacia los azules que vienen por detrás de la portería del Necaxa; tiene el rostro descompuesto, le angustia comprometer al hermano de su papá, no sabe por qué ha hecho lo que ha hecho. Alejandro se detiene, se da cuenta de que no tiene el menor sentido lo que hace, cae presa de su fatalismo; y se regresa al trote con Agustín, un chavo irónico y tímido por quien siente una especie de ternura que ahora expresa al gritarle en el oído sordo.

–Agustín, Agustín, ¿me oyes?

El balón corre por la otra banda conducido por un jugador hábil que avanza quebrando cinturas necaxistas hasta que se frena de improviso, boquiabriendo al público, y patea un centro que hace un extraño, “como si el dios Ehécatl del viento quisiera ayudar a los atlantistas”, escribirá un periodista, y se dirige a la portería electricista.

Alertado por el silencio de la Bestia del estadio, Alejandro levanta la mirada llorosa del cuerpo postrado de Agustín.

Al mismo tiempo, Arnulfo es objeto de la mofa del alebrestado estadio, él y los dos policías que lo persiguen mientras la bola alterada por el viento se dirige al poste izquierdo del arco, donde rebota, como con mala fe, para abajo y recto al pie derecho de un atlantista que no la empuja propiamente pero sí la rebota o más bien repele hacia la red de los heroicos representantes del sindicalismo y la industria eléctrica nacionalizada. ¡Que viva la Patria y los sindicatos que la fortalecen!; sí, pero el gol se acredita a los atlantistas, al Equipo del Pueblo, como les dicen.

Más de la mitad del estadio grita y chifla  como si hubieran reconquistado Texas.

Arnulfo se queda pasmado como un fantasma a pleno sol y luego se pone a dar de brincos de alborozo. Los dos azules lo prenden ya inerme, lo zarandean y se lo llevan jaloneado sin que ofrezca resistencia, entre las carcajadas de la Bestia, que ha dejado por fin de quejarse.

Alejandro, presa de pánico, ahora trata de volver a las gradas por algún boquete en el alambrado, aprovechando la euforia de los atlantistas. La Bestia se ríe.

Antes de sacarlo de la cancha, los dos azules coscorronean y hasta patean a Arnulfo sin motivo aparente. Indignada o divertida, la Bestia grita:

–¡cabrones!

Al atestiguar la respiración boca a boca que dos enfermeros le aplican a Agustín, la Bestia también grita:

–¡puuutos!

Cuando tres atlantistas y dos polis por fin derriban a Alejandro, la Bestia festeja:

–¡por payaso!

La voz oficial del estadio perora, solemne y afectuosa:

–Respetable público, solicitamos una sincera disculpa por la interrupción del partido, que se reanudará enseguida. Por su paciencia, muchas gracias.

Alejandro y Agustín son expulsados de la grama y llevados a destinos distintos. Inconsciente, Agustín es evacuado a la enfermería en la planta baja. Sanguinolento, a Alejandro lo llevan a la estación de policía que se ubica en la parte más alta de las entrañas del edificio, al cabo de unas escaleras anchas, malolientes, húmedas, oscuras.

Alejandro apenas si puede andar, porque uno de los atlantistas le hundió la rodilla en la boca del estómago. El azul principal, José, le va dando golpecitos dolorosos detrás de la rodilla cuando desfallece, como burro.

–De qué se queja, pendejito, quién le dijo que se saltara el alambre pues. Le van a poner una multota en la estación. Van a tener que venir sus papases.

–Y también le van a dar una buena catorriza. Aunque sea a mano limpia, duele harto –apostilla el otro gendarme, llamado Chuy.

–Y de limpiar los escusados no se libra.

–¡Y están bien jediondos! –redondea Chuy.

–¡Qué suerte tuvo el que se desmayó del balonazo, porque no va a tener que limpiar la mierda!

–Hay unos que dicen que ya está muerto. Quesque le dio un paro respiratorio o no sé qué chingaos.

–¿A poco?

–Pus eso dicen.

¡Que le dé a él el paro respiratorio! ¿No fue el de la idea de encaramarse en la alambrada? Cree que sí, no se acuerda. Eso sí, fue el que más se divirtió y después decidió que se saltaran… Pero pinche Agustín, qué manera tan ridícula de saltar, parecía niñita. Por eso se torció el pie, por brincar mal. Quién le manda. Yo qué culpa tengo de que sea un baboso… Yo tengo toda la culpa de todo lo que pasó. Al pobre güey de Arnulfo los polis le dieron una buena madriza… ¿Quién me manda venir con dos mensos que ni conozco casi? Sólo porque el tarado de Arnulfo conseguía los boletos gratis… Hasta eso, Arnulfo es buen tipo, espero que esté allá arriba en la estación de policía, si no voy a estar solo como pinacate. Y Agustín era o más bien es buen chavo…. ¿Cómo es que me suceden estas chingaderas? Ni siquiera me gusta tanto el pinche fut… Prefiero morirme, la verdad. Ni que fuera tan chingona la vida.

–¡Muévete y deja de escupir sangre en las escaleras! ¡O vas a tener que venir a limpiarla después de la mierda de allá arriba, amiguito! –estalla Chuy.

Alejandro no dice nada.

–¡No te preocupes, niño! ¡Mira cómo se la sorben las ratas! –se ríe José, señalando cómo la lamen dos ratas grandes.

¡Las entrañas del estadio estallan con el aullido de la Bestia, decenas de miles de culos sentados se alzan de sus asientos de cemento para vociferar el más poderoso bramido que del pecho humano pueda surgir: ¡¡¡goooool!!!

El eco en las entrañas es aterrador…

La respetable Bestia aúlla de placer y de dicha. La escalinata de abajo no se sacude tanto como las gradas de arriba, pero sí retumba y después resuena como la capilla subterránea de alguna catedral.

¡goool!, dios mío, ¡gol! ¡El acontecimiento más importante del universo! Las ratas no se espantan, pero sí se interrumpen y aguardan.

Chuy le da una coz a Alejandro en el muslo:

–Por tu culpa no vimos el gol que acaban de meter.

–Y no sabemos quién lo metió –glosa José.

Los ecos intestinales del coso de cemento extrañamente se acallan de pronto.

José le da un zape en la nuca al quinceañero cuando reinician el ascenso:

–No sólo nos perdimos el gol, sino también la anulación y todo el consiguiente escandalito. Por tu culpa. Y tenemos que subir estos malditos escalones, por tu culpa.

–Y si de casualidad te resbalas y te desnucas, vamos a tener que volver a bajar para buscar a los enfermeros –informa Chuy.

Alejandro no dice nada.

Sin duda José sabe de lo que habla y el gol ha debido anularse. Acá abajo se respira un silencio más que sepulcral. No hay ningún ruido o reverberación de los asientos, tampoco desde la boca de la escalinata a nivel de cancha.

Allá arriba, donde culmina esta ascensión, hay luz. Dos fuentes de luz. Una que debe ser natural y que parece provenir de una puerta y una ventana. Y otra, a la izquierda, intermitente y más tenue y amarillenta. Alejandro supone que la segunda es la luz artificial de la estación de policía y que allí debe hallarse Arnulfo, con su pelo bien corto y sus zapatotes de pobre. A menos que ya lo hayan soltado y a Alejandro le toque enfrentar solo a los gendarmes y al agente del Ministerio Público. Y todo nomás por saltarse un puto alambrado de mierda.

Para cuando llegan a la cima, el hedor a meados y mierda ya les ha producido arcadas a los tres.

–¡Está peor que el domingo pasado!

–¡Creo que voy a devolver todo el pozole! –exclama Chuy cerrando la boca y apretándose la nariz.

Alejandro no se contiene y arroja los tacos de canasta que se zampó en el medio tiempo.

–Vas a tener que venir a limpiar tu basca –señala José–. Hasta acá arriba no les gusta venir a las ratas.

Cuando entran en el puesto de policía, la pestilencia disminuye, pero cada vez que alguien abre la puerta, la fetidez del baño de hombres que se cuela es como si proviniera de la letrina misma del Señor de las Inmundicias, Tlazoleotl.

Por las sucias y quebradas ventanas, se oyen gritos:

–¡Libertad a los presos!

–¡Suéltenlos, hijos de la chingada!

Se refieren a dieciocho o diecinueve tipos que están encerrados en dos alambradas como de zoológico con capacidad para quince a veinte arrestados cada una. Tres o cuatro o cinco están vendados. Todos están extrañamente quietos. Quizá se cansaron de insultarse mutuamente y de amenazar a los azules. O están muy briagos.

Al ver a Alejandro, el sargento a cargo del puesto exclama con alegre sorna:

–¡Así que este es el pendejo que convenció a los otros dos pendejos de saltarse a la cancha!

El sargento Hernández Soto se aproxima, lo mira, le sonríe, le da una bofetada más sonora y humillante que dolorosa y le avisa:

–¡Tus papás te van a sacar de tu secundaria y te van a meter al Ejército para que aprendas a obedecer las reglas!

–¿Por qué me pega? –pregunta Alejandro.

–Por pura pe-da-go-gía –explica el sargento con gusto–. ¡Que no es lo mismo que la peda de estos pendejos que ves aquí enjaulados! ¿Bebiste cerveza? ¿Quién te la dio? ¿Viniste con algún adulto que se pasó de copas, escuintle?

–No, sólo vine con dos amigos.

–¿Con éste? –el sargento señala a Arnulfo apocado en un rincón junto a unos casilleros color azul policía.

–Con él y con otro que está en la enfermería.

–El tal Agustín… –apunta el sargento.

–Sí, señor.

–¿Quieres hablar con un periodista?

–No, ¿por qué?

–¡Por si quisieras quejarte de alguna cosita!

–No.

–Arnulfo tampoco ha querido quejarse. Míralo, ahí está todo calladito. Pero si quisieras quejarte, este señor que está aquí mirando la nada es periodista y te puede tomar tu declaración, perdón, tu protesta –dice señalando a un hombre flaco con cara de gordo y bigote hirsuto y sombrero de fieltro sucio que fuma un cigarro sin filtro muy corto.

El periodista no emite palabra y ni siquiera mira a Alejandro.

–¡Pedralba! –grita de pronto el sargento, aburrido de Alejandro–, llévate a estos dos tarados a conocer los aromas femeninos. Para que sepan lo que les espera cuando se casen, si no son putos como parecen.

–Sí, sargento –responde Chuy.

El gendarme José parece haberse marchado.

Afuera se oyen cada vez más voces cada vez más fuertes que exigen la liberación de los rijosos del medio tiempo. ¿Por qué no los multan y los sueltan? Pues porque el agente del MP se reportó enfermo y, también, porque insultaron gratuitamente al sargento Gamaliel Hernández Soto.

El partido terminó hace un buen rato. Lo que queda aquí son las pasiones recalentadas de actores de tercer rango. Los arrestados se preguntan cuál será su paso siguiente, los polis están asustados y enchilados, el sargento ya ha hablado por teléfono y logrado que le aposten a una docena de granaderos en la larga y recta y estrecha escalera que sube a la estación de policía desde el exterior. El periodista con resaca de los night-clubs sabatinos diría que “el clima es bastante denso, aunque aún no ominoso”.

–¡Suéltenlos, pinches policías cabrones!

–¡Suelten a Mario, suelten a Mario, suelten a Mario!

¿Quién es Mario?

Nuevos proyectiles rompen lo que queda de las ventanas o entran directamente hasta las jaulas, donde rebotan con un sonido desagradable hasta para los nervios de los que esperan ser rescatados.

Pedralba, el gendarme que Alejandro conoce como Chuy, agarra a Arnulfo por el cuello de la camiseta de banlón y se lleva a los dos sin resistencia a la letrina de las Damas, que es más fétida que ningún lugar que ellos conozcan pero Purgatorio frente al Infierno de las eyecciones de los Caballeros.

Arnu y Álex vomitan y vuelven a vomitar como si sus estómagos fueran incapaces de conservar siquiera los más minúsculos residuos. Cuando ya no les queda ni una sombra de alimento, cogen las cubetas y las jergas y las escobas y los cepillos cortos y largos y abren las dos llaves del agua de los lavabos y la del piso y se amarran bien fuerte la camiseta alrededor de la boca y la nariz. Como si ya lo hubieran hecho alguna vez.

Luego de un buen rato de afanarse, Alejandro le pregunta a Arnulfo con la voz apagada por la camiseta:

–¿No has podido comunicarte con tu tío?

–Sí pude. Le mandé un recado con un vendedor de cheves.

–¿Y?

–Y subió hasta acá para decirle al pinche sargento que estaba avergonzado de lo que hice, ¿tú crees?

–¿Y eso? ¿No es tu tío?

–Sí, pero es un culero que no quiere perder su chamba –comenta Arnulfo con sarcasmo.

Arnulfo y Alejandro no hablan de Agustín. Lo ahuyentan de sus pensamientos. Se esmeran en arrojar agua con las cubetas para que las longanizas de cagada sólidas y semisólidas y ya fragmentadas acaben yéndose por los intestinos de los escusados, cuyas gargantas ya han desatascado con palos rotos de escoba y cepillos.

Y todo esto sin que nadie los supervise ni les grite ni los amenace. Los tiras han sabido hacer su labor de intimidación y amedrentamiento, por lo menos con los chavitos.

Luego de mirar extrañamente satisfechos la faena realizada durante casi una hora, salen a la escalinata y Arnulfo enciende un Alas verde que comparten en silencio y con  avidez. Hacia abajo, la larga y ancha y oscura y húmeda escalinata. Un poco hacia arriba, la ventana y la puerta por donde los deslumbra el sol y los inquietan o asustan o esperanzan los gritos que son cada vez más numerosos, poderosos, furiosos.

–Oye, ¿tú sabes quién ganó el partido? –pregunta Alejandro.

Arnulfo se queda sorprendido y niega con la cabeza. ¡Cuántas cosas no saben ellos que los adultos sí! Y los adultos que no saben todas esas cosas son como idiotas o como menores de edad.

–¿Qué le habrá pasado a Agustín, Álex?

–Se lo llevaron a la enfermería.

–Tú fuiste el último en hablar con él.

–No hablaba. Estaba noqueado.

–¿Estaba vivo?

–Yo creo que sí.

–¿Tú crees que sí?

–¡No sé! ¡Estaba calientito y parecía respirar!

Guardan silencio.

La fiesta acabó. La Bestia se fue. Ya sólo quedan los pendejos como ellos y los esbirros y los centenares de encabronados.

–¡Suelten a Mario, suelten a Mario!

Arnulfo y Alejandro en realidad no han acabado su tarea de lavado, pero se ponen la camiseta y deciden regresar a la estación. Los gritos cimbran con su eco este lado del estadio.

–¡suéltenlos, suéltenlos, suéltenlos!

La travesía por la mierda y los meados de las mujeres ha como envejecido o purificado a los dos adolescentes, que se sientan en la banca de los casilleros con actitud más de espectadores que de detenidos.

Los polis no les preguntan nada, pero uno de ellos les grita a los adolescentes y los enjaulados:

–¡Les vamos a partir su puta madre si esos cabrones de afuera tratan de entrar!

El sargento los mira fijamente, pero piensa en otra cosa. Ha colgado el teléfono y se dirige a un personaje de unos treinta años que debe de ser Mario porque su cabeza enarbola un gorro colorido de estambre y sus labios están sonriendo y sus ojos son duros como los de un tira pero también vivaces.

Mario ya no está enjaulado sino esposado y sentado en una silla bamboleante frente al escritorio de metal gris marca H. Steele del sargento. No dice ni sí ni no pero escucha lo que el jefe de los policías le propone para que todos salgan con bien de esta difícil situación.

El jefe del destacamento de granaderos aparece dramáticamente en la puerta:

–¡Tengo cuatro cabrones arrestados, sargento! ¿Se los traigo acá?

–¡Ni se le ocurra! Amenázelos y suéltelos. No detenga a nadie, sólo repélalos.

–¿Eh?

–Que los rechace. Estoy en contacto con la comandancia.

El granadero se marcha furioso y obediente como personaje de Kurosawa. Él mismo parece samurai.

–¡Cómo me gustaría que los pandilleros esos les partieran la madre a estos polis cabrones! –murmura Arnulfo.

Las dos decenas de enjaulados empiezan a gritar:

–¡suéltennos, suéltennos, suéltennos!

Atlantistas y necaxistas de pronto se han unido.

–Ya, ¿a poco ahora se van a hacer amigos de los putos necaxistas? –se pregunta Arnulfo, indignado.

 

III

El sargento Hernández Soto enciende un cigarro: ha terminado su conciliábulo con Mario, que se aproxima a bisbisear con la casi veintena de enjaulados. Alejandro y Arnulfo se miran de reojo. Chuy se rasca los güevos y también la cabeza y se sonríe. Un picaporte cromado de coche entra volando por la ventana sin vidrio.

¿Es un mensaje en clave que algunos sabrán entender? ¿Una pieza rota e inútil que  se arroja con facilidad? Nadie lo recoge. Se queda tirado junto a los casilleros, brillante.

Mario alza la voz tres o cuatro veces, pero no se entiende lo que dice aparte de algunos insultos y expresiones consabidas. Finalmente se aleja de las jaulas y anuncia:

–Ya estuvo, sargento. Estamos de acuerdo.

El sargento –con una sonrisa que no se sabe si es de satisfacción o de rabia– se yergue, se cala el kepí, coge un megáfono de un archivero de madera con sacapuntas empotrado y se sienta sobre su escritorio:

–A ver, cabrones. Mario me ha dado su palabra de que va a tranquilizar a los alebrestaditos de allá afuera… –hace una pausa para ver si alguien se anima a protestar– y yo le he dado mi palabra de que los voy a dejar ir a todos ustedes a cambio. Es por el bien de la ciudá, no por el bien de ustedes, pero el hecho es que no les vamos a tomar huellas ni les vamos a sacar fotos y ustedes a cambio prometen, como caballeros que son –aquí se permite una pausa sonriente que delinea la raya de su bigotito–, irse en paz a sus hogares con sus santas mujeres o sus santas madrecitas. ¿De acuerdo?

–De acuerdo –rezongan unos ocho o nueve.

–Muy bien. Para facilitar las cosas, Mario va a salir al balcón con los lesionados y con ese chamaco baboso –señala a Alejandro– y con este megáfono va a explicar el acuerdo a los que están allá afuera. ¿Entendido?

–Entendido –dicen cinco o seis.

–¿Y él? –pregunta Alejandro señalando a Arnulfo.

–De él se encarga su tío –contesta el sargento.

Chuy y otros tres azules sacan a los vendados de la cara y los brazos. Alejandro se levanta. Arnulfo lo mira con reproche.

–¿Quieres que le avise a tu familia? –pregunta el que se va.

–Como si no me bastara con mi pinche tío.

Mario se acomoda el gorro tejida y enciende y prueba y apaga el megáfono gris: no parece serle desconocido.

Todos dan la sensación de actores aficionados que se preparan nerviosamente. El público, de hecho, ha vuelto a gritar y arrojar objetos. ¿De dónde sacan tantas piedras y cosas?

–Primero Mario y yo –avisa el sargento, y sin más abre la puerta a la escalinata y la pestilencia los envuelve y de inmediato abre también la puerta a la especie de balcón o descanso. Dejados en la zona hedionda, Alejandro y los demás se salen a empujoncitos con Mario y el sargento.

El sargento se le queda mirando a la gente reunida hasta que la obliga a callarse por sí sola. Los granaderos se ponen en posición de firmes. Los camarógrafos de la tele y de los noticieros de cine colocan las cámaras en las posiciones más convenientes, en lo que cabe. Los gráficos hace rato que se ganaron una franja para sí. La pequeña muchedumbre –que es toda masculina– guarda un silencio expectante, al parecer sin violencia.

–¡Atención! ¡A-ten-ción, todos! Voy a ser breve. Escuchen en silencio y con cuidado, para que luego no haya malentendidos –e hizo una pausa–… Los detenidos van a ser sol-ta-dos si, y solamente si, obedecen ustedes las instrucciones que siguen. Primero vamos a soltar, sí, sol-tar, a los lesionados y a un menor de edad. A continuación liberaremos, de dos en dos, a los demás detenidos, diecinueve en total. Depende por completo de que ustedes se apacigüen y dispersen que los vayamos soltando. Si ustedes tardan en calmarse y en irse, yo me tardo en soltarlos. En estos momentos ya vienen para acá dos camiones de granaderos que no dudarán en entrar en acción para dispersarlos o detenerlos si ustedes no deponen su actitud agresiva y aprovechan este signo de paz. No les hablo desde la debilidad, no se confundan; les hablo desde la razón. ¿Está claro?

Algunos gritan:

–¡Chinga a tu madre, cabrón!

El sargento los ignora, hace una pausa y prosigue:

–Todas y cada una de las personas detenidas por riña o agresión o ebriedad, encabezadas por el llamado Mario, han llegado a este acuerdo conmigo. Si ustedes no lo respetan, los detenidos se quedarán encerrados y ustedes, lo repito, serán dispersados o arrestados por los efectivos presentes y los refuerzos que no tardarán en llegar… Por mi parte es todo. Le cedo la palabra al llamado Mario.

Calándose el vistoso gorro de estambre (penacho del amor de las mujeres), Mario coge con nervios el megáfono y jala a su lado a Alejandro, que se llena de amor propio. Se escuchan aplausos, silbidos, abucheos, coros de “¡Mario, Mario, Mario!”.

El sargento ya no está a la vista de los inconformes, pero puede oírlos y sentirlos. Alejandro se vuelve a mirarlo con un cierto desafío, pero no es capaz de sostener lo acre de su mirada. Sin saber por qué, el muchacho alza los brazos ante la congregación. Para su asombro y deleite, ¡lo ovacionan!

Ya le arrancó un besitito a la gloria, ya puede imaginarse lo que de veras se siente ser Héroe.

Mario toma entonces la palabra:

–No es fácil anunciar esto, muchachos, pero… pero ¡es lo mejor en las circunstancias! El sargento Hernández ha propuesto, y yo sí estoy de acuerdo, que ustedes se calmen para que nosotros sálgamos, que es a fin de cuentas lo que ustedes exigen, ¿no?… y pus nosotros hemos acordado con él, por esta vez, por el bien de todos –se hizo bolas o hizo pausa que nadie interrumpió–… Y algo muy importante, amigos, es que nadie, repito: nadie, ha sido ni va a ser fichado. Ni fotografiado ni que le tomen las huellas. ¿Está bien?

Más de la mitad de los remanentes de la Bestia concede:

–Está bien.

Mario retoma el hilo:

–Yo seré el último en salir, para garantizar que nadie se quede aquí adentro y que todos sálgamos. ¿Ustedes dan permiso para empezar?

Un gruñido que es un sube hasta el balcón, seguido de algunos aplausos. El sargento le da un empujón a Alejandro y los lesionados (algunos con vendajes rebosantes de sangre ya oscura) lo siguen. Hay algo de goyesco en la escena y en los personajes.

Y bajar la escalinata no es de gratis. Los granaderos los patean y aprietan sin que lo capten las cámaras, que tampoco se esmeran por ejercer la libertad de prensa que todos saben que casi no existe. Cuando Alejandro (el más golpeado pero menos lastimado) llega a la base de la escalinata, sale como escupido, como eyectado, a una tierra de nadie de escasos cuatro metros de ancho al cabo de la cual bulle un organismo con cientos de ojos y bocas y brazos que gruñe y grita y espira y que lo rechaza varias veces, hasta que se lanza como loco para que lo dejen entrar, para que lo dejen abrirse paso, para que lo dejen respirar, para que dejen de zarandearlo de un lado a otro como una bacteria de la que se defienden enloquecidos.

Alejandro está atrapado dentro de un monstruo que tiene sin duda más de mil cabezas y que sufre espasmos de rabia y de furia y de confusión y de dolor que lo llevan para allá y para acá. Durante momentos interminables, cautivo de todos esos seres ansiosos, furiosos, sudorosos, curiosos o beodos, Alejandro –que sólo tiene quince años el pobre– entra en pánico y empieza a tirar patadas y puñetazos y a gritar y casi aullar desesperado que lo dejen pasar, que lo dejen salir, y cuando la Bestia pequeña pero airada le abre un camino de salida, se apodera de él –no menos súbitamente– un estado como de alivio total, como de gracia y –¡tiene una sed terrible!– al pasar por una tienda agarra una botella de refresco de las cajas de afuera y la abre por primera vez con los dientes y se va sin pagarla y sin que nadie le reclame, y también sin que él preste ya atención ni a la muchedumbre que ruge ni a Mario.

El primer día que fue a un partido de fut sin adultos fue un día muy largo. El cuerpo le tiembla. El cuerpo le tiembla de miedo y de la emoción del placer. Ha estado en las gradas del estadio, en la grama del estadio y en las entrañas del estadio.

Mientras camina a su casa a buen paso (porque si anduviera más lento tal vez el corazón le estallaría), la gente de diferentes edades se detiene a mirarlo y algunos lo señalan con el dedo, aunque nadie le dice nada. O él no los oye porque está ensordecido desde poco antes de saltar a la cancha.

Va henchido de dicha, sonriente como uno de esos futbolistas o boxeadores que adora la gente, sonriente con la gente que lo mira y se sonríe.

¿Esa gente lo reconoce como uno de los que se saltó a la cancha? ¿O como el que levantó los brazos en son de triunfo al lado del llamado Mario?

En todo caso, ¡esa gente lo reconoce o por lo menos cree reconocerlo!

Electrizado, con la quijada castañeteándole por momentos, al fin llega a casa. ¿Qué le espera?

¿Qué madre, qué padre, qué hermano? Nunca se sabe con ellos y sus múltiples personalidades.

Por suerte, desde que abre la puerta sabe que no hay nadie en el apartamento. ¡Puede ser él mismo, quienquiera que sea él mismo!

La costa está despejada y el baño es suyo y se encierra donde nadie pueda oírlo ni verlo ni tocarlo ni sacarlo.

Se lava las manos y los dientes y la cara, automáticamente. Trata de mear, inútilmente.

Fatuo, se mira de frente y ambos perfiles y ambos tres cuartos en el espejo medio azogado. Está seguro de que su mirada es más dura y más viril que nunca. ¿Cuándo le saldrá como se debe el bigote?

En todo caso, ve que sí, es un muchacho guapito. De eso no cabe duda.

¿Y eso?

¿Esa plasta casi dura que trae atrás de la coronilla? ¿Es un pinche tumor del que se va a morir?

¿Es una costrotota de sangre y pelos de algún golpe que se dio o le dieron?

No. Es sólo una bola de mierda humana –como una bola de helado de chocolate– de la que nadie le dijo ni media palabra. Y ni modo que llore, porque los hombres no lloran.

 

(Del libro Los niños están locos, de próxima publicación en Ediciones Era.)