Alla bella trieste

Por Juan Leyva

La bora, que no el borea: un fuelle poderoso en busca de sí mismo, acordeón y deriva; dominio, furia, escoba. Es el viento de Trieste: húmedo, frío e infatigable; infatigable y húmedo y frío (hacia el invierno, nieve y aun 200 kilómetros por hora). El camino a la cuna de Svevo se torna otoñal ya a inicios de septiembre y, pronto, una niebla acaricia al tren que sale desde Venecia-Mestre hacia la frontera nororiental de Italia. Después: Croacia y Eslovenia, y al norte, Carintia, la tierra de Musil. Otro mundo: confluencias y diversidades. Quizá por ello Trieste ha querido ser como hasta ahora: amigable, abierto y tolerante (salvo etapas o episodios que nadie desearía recordar, mas no se olvidan: Pahor). También quizá por ello ha sido anzuelo para escritores e intelectuales de todo tipo, en especial desde que los Austrias le dieran gran impulso en el siglo XIX, al reforzar su carácter de puerto libre dieciochesco. De aquí salió Maximiliano hacia México: se alza, todavía, en ruta al Duino, el palacio que empezara a construir tiempo antes de embarcar; jamás podría verlo terminado.

Raro, creo yo, pero la hostilidad del bora culmina en lo entrañable: no habría ciudad sin él y hasta uno mismo deja de ser el que era (hay un Museo della Bora: viento enfrascado), y la hospitalidad y cortesía, no tan comunes en otras zonas del país, tal vez una aleación de viento y cultura: griegos, judíos, croatas, eslovenos, serbios, austriacos, alemanes e italianos conviven aquí desde siglos. Abrigo para todos (mi traje romántico). Viajo tres veces desde Padua; en una de ellas me parapeto en un lugar y dejo que el aire sople afuera a sus anchas: Alla Bella Trieste, donde paso las horas, toda vez que la charla, el vino y la comida son excelentes; inmejorables, diría yo, para “olvidar el malentendido de la existencia” (salud, Magris). Madera, quesos, pan, frutos del mar. Comida triestina y vinos de la región, en especial, tinto franconia en tonel y a precio que se antoja sin probarlo (a euro el medio litro): buenísimo. Alla Bella… está fuera de circuitos habituales, a unos diez minutos del Café San Marco. Después de comer, se me invita una copa en la barra, por parte del patrón. Hay periodistas y bohemios (la esposa de uno llega por él: no contestaba el móvil. ¿Lo mismo Nora con Joyce? Ni dudarlo, pero su móvil se llamaba Stanislaus). Más franconia. No me dejan que pague las copas: palabras mexicanas para el festival del chocolate (las envío desde Nápoles días después). Me explican que Trieste no es Italia, que ellos son otra cosa, que se parecen a los mexicanos… Ojalá, pienso yo: la ciudad por sí sola conjunta uno de los mayores índices de investigadores en gran diversidad de áreas y líneas; y vende, que yo sepa, una cantidad bárbara de café por todo el mundo: Illy (originaria de los treintas); y vaya que también la consume. Hay, incluso, una Universidad del Café.

Si Trieste ha sido núcleo de estrategia comercial y política, ahora se distingue, también, como cruce forzoso para la migración del este europeo hacia Italia: Venecia, Bolonia, Génova, Milán, Turín y, desde luego, Roma (aunque llega incluso hasta Sicilia, donde, es verdad, impera la migración africana: en Siracusa, una polaca ayuda a la limpieza en casa de una amiga; y, ahí mismo, una mujer de Túnez me recita “El cisne” de Baudelaire). Extravagantes lúdicos como Rumiz y Altan hacen la ruta contraria, en bicicleta, hasta Turquía, en busca del antiprejuicio y la alteridad: no siempre lo consiguen.

 

La mañana de la primera visita a Trieste se me va en la ruta Joyce y un ameno descanso en el Bar Venier (salud, Martha Elena), frente al Piccolo, el diario donde el dublinés colaboraba. Las calles, las tiendas, la monumentalidad de Trieste, el viento en los zapatos; no alcanzo el museo Svevo-Joyce (cierra a la una y media), ni puedo ir al Castillo del Duino porque hay paro camioneril. Un lío entenderle el concepto al informante de la terminal (se impacienta); cuando vuelvo a la tabaquería de la estación del tren a reclamar porque me vendieron boletos, el dependiente se irrita y me arroja el dinero al mostrador: sugiere que es mi culpa y el paro, insinúa, incluso a él lo toma desprevenido (¿furbizia?). Me voy al puerto, la Plaza de la Unidad (de cara al Golfo), un refrigerio en el barrio judío, donde vuelvo a encontrarme con la Naninni (ocho años después). Anoto el título del disco en mi ejemplar del Piccolo y me reubico para andar, de nuevo, a la estación. Empieza a oscurecer y el frío avanza. Vuelta a Padua (tres horas).

A la segunda vengo preparado. ¡Broma pura!: el viento más que nunca y es tarde: 12:40. Directo al museo, pero el bora no intrusos y, además, con agua. Nada de taxis. Veo el mapa: veinte minutos a pie… No tengo para coche. Al paso de un hotel, uno se orilla. Anciana a la espera, otra que baja. El tiempo se me achica. La que desciende toma la eternidad, con todo y su paraguas, en su divina experiencia. El taxista me informa que queda libre y la anciana que espera no lo requiere. A Plaza Hortis, mas antes al cajero: le explico que no alcanzo ni seis euros. El cajero no acepta la tarjeta, inserto otra… Ah… Por fin. Vámonos. Al llegar… el Museo Esveviano se ha mudado.

Una mujer me oye preguntar y se me acerca: el cambio es temporal porque la sede se halla en restauración; sin embargo, la provisional no está lejos. El reloj: 1:15. Me pide que la espere y vuelve a la oficina (ya se iba). Cuando la veo de nuevo es la hora de cierre. En vista de que soy esveviano y estoy aquí desde México, el director del museo me esperará y él mismo me dará una charla: siammo arrivati! La guía por las calles es veloz a pesar del viento. Llegamos. El museo es realmente pequeño, incluidas las cosas de Joyce, pero la plática es amenísima (y vuelvo a conocer la vida sin viento). Lo que queda de Svevo (aparte la casa) está ahí, incluso un buen paquete de originales, muchos de ellos manuscritos. Sacamos el del Corto viaggio sentimentale, que tiene sus primeras páginas hechas a máquina y corregidas por el autor. Anécdotas, biografía, objetos, casi hora y media con Svevo y Riccardo Cepach (a quien, de nuevo, doy las gracias). La última vez en Trieste pasaré por la Hortis, y una pareja con su hija se ofrecerá a tomarme una foto junto a la estatua de Svevo: ahí estamos, mirándonos como si charláramos, amigos de la vida (noche, bora casi benévolo: borino). Pero en esta segunda pierdo el tren… Demasiada chiachiera con una camarera al pagar la cuenta donde me restauro (sobraban motivos). En la estación el tren ya está cerrado; no alcanzo el mecanismo que abre a última instancia y adiós boleto (apenas recién marcado). Arranca. ¿Y ahora? No me animo a volver al restaurante. No falta mucho para que cierren y, además, me sentiría ridículo (igual que ante el saludo del capotreno al otro lado de la puerta, no obstante solidario). Me aseguro del próximo: más allá de las cinco, al otro día. Un giro por las calles en torno a la estación; un sitio web, y después de un rato un bar que cierra a las dos de la mañana. El barman es rockero de antaño y con brazadas de videos. Entonces a charlar y a las complacencias: Dylan, Pink Floyd, Santa Ana, Clapton, The Kinks… (algunos muy borrosos). Me explica que en Trieste, ahora, es difícil que haya lugares después de la una; y con música en vivo, menos, pues la legislación es muy estricta. A eso de las tres pasan la escoba. La estación, a dos cuadras, mi último refugio. Por fortuna está abierta, no siempre…

 

A la tercera me aseguro a Rilke: el castillo donde se preguntaba quién si él gritase lo oiría desde los ángeles y las estrellas sigue siendo barrido por un aire no helado, sí frío, y siempre poderoso: en las almenas no permite nada, aun con sol radiante. Pero todo el paisaje en las manos. Pienso en las Elegías (noches del Carso hace ya un siglo): “…sin duda es extraño no habitar más la tierra… Raro, ver todo lo que tuvo relación ondular ahora inconexo en el espacio… y extraño, arrojar lejos de sí el propio nombre como un juguete roto…”. El castillo contempla la ciudad, bahía de por medio. Teóricamente, el enorme edificio está habitado. Se nos permite visitar el área que aún abriga, por temporadas, a los dueños. Abajo: un museo con cosas de la nobleza, cartas de Rilke incluso. Y desde una terraza, ruinas romanas, metros de mar primero. Me apresuro a volver a la ciudad en el autobús de ruta. Nadie espera. Por fin, luego de media hora, mi barco sobre ruedas: tengo la cara helada, pero el sol sigue arriba, brillantísimo. Mi parada siguiente: Café San Marco.

Dos cosas extraño en México; o, dicho al revés, disfruto sobremanera cuando viajo: hay ciudades donde se puede caminar de verdad (porque se respeta al peatón) y hay cafés grandiosos (Viena, la más nutricia, no en el sabor, quizá, pero ahora con Illy…). Poder andar: o sea, banquetas anchas y sin hoyancos. Buenos cafés… Véase La Condesa en la ciudad de México: se sueña cosmopolita, pero hay calles y calles donde es un fastidio marchar a pie, debido a su fecunda imaginación para imponer obstáculos; y sus cafés, la mayoría, de vergüenza, si bien han mejorado en calidad de la bebida (el café nacional es mejor, por mucho, que lo que un habitual descuido en la selección y preparación permite darse cuenta). Hay, incluso, una calle donde se autorizó a los dueños de un edificio bloquear la acera con una rampa de concreto altísima: incuria, impropiedad, estulticia.

Un clásico, el San Marco es casi teatral (de hecho, por encima de la contrabarra se ven las máscaras del carnaval veneciano, y por todo el lugar, iconos bizantinos, retratos): grande, cuidadísimo, confortable. Se trata del café para escritores (y turistas, supongo) por excelencia. Cerca del Museo Svevo-Joyce hay uno mucho más modesto, pero también grande y cómodo, un si es no es grunge. De cualquier forma, abundan los cafés en Trieste. Ahora, los de nuestra capital son mezquinos, ruidosos, mediocres, incómodos, mal atendidos, esnobs y, en suma, imposibles e impresentables: cúmulo desquiciante de ineptitud, molicie, indolencia, desfachatez y provincianismo. Una chabacana idea consumista los ha convertido en lugares para jóvenes: ligue, música alta, mala comida y bebida y sillas de factura inquisitorial. A la vida gracias, uno es capaz de soportar hasta eso, pero, ¿no está ya bueno de cafecillos american way, los únicos semicómodos que ahora tenemos, pero de mediocrísimo concepto y café sin gracia —incluso en su país de origen no los mejores?— Y ya no hablemos de otras ciudades. En cuanto a excepciones, encomiables, sí, pero pesa muchísimo más lo común y, como en el futbol, no se gana con excepciones: sistema, horizonte, grupo, es lo que cuenta. Y no sabemos.

En fin, por necio que fuera, después de un café y una menta en el San Marco (sin preguntar por la mesa reservada siempre a Magris) me salgo todavía a los alrededores del teatro romano y el barrio judío a buscar libros y películas: Svevo, Pahor y Laura Antonelli (nacida en Istria, Croacia). De la diva soft porno hay sólo una, y no la que busco: obsesión de un amigo (otros, en Nápoles, la hallarán: para entonces irán cuatro ciudades). Ahora sí hace frío. Mi foto con la estatua de Aron Hector, y a Padua. Llevo también dos Magris. De la Rigatteria de Laura y Claudio di Pinto, un discurso de Letizia Svevo sobre Joyce y su padre. Pienso todo el camino en Schmitz: Ettore: Svevo. Y en particular: La coscienza di Zeno. (En Verona hallaré su teatro casi completo—la Opera omnia está en revisión y será reeditada pronto.)

El Corto viaggio… narra el trayecto en tren de Milán a Trieste. La muerte lo dejó sin terminar. La vida que se vuelve sobre sí misma ante el futuro breve de la vejez, bonhomía y una suerte de crítica de la nostalgia: actuamos por pasiones y mecanismos no siempre honorables (más allá de toda apariencia o suposición), pero ello dista mucho de la vileza o del rebajamiento. No hace falta volver. Ahí y en La coscienza… Svevo insinúa que la verdad, aun de aquello que condenamos, no puede convertirnos en jueces ni verdugos, que el vicio nos hermana, que ninguno posee mucho más —si algo— que comprensión. Y risa, siempre risa: risa hasta en lo peor de lo peor. En el fondo, verdades sencillas. Que todos, como Zeno, estamos cada día a punto de no fumar, de despachar el verdadero último cigarro, pero —rictus culpable— damos, por esta vez, la última fumada: fumamos, cada día, sólo por hoy, con aquella vehemencia que quisiera asir un mundo inabarcable y en fuga, y por eso aún más entrañable…

Padua a la vista. Camino hacia la casa de mi huésped, vía Rolando Piazzola, a unos pasos del río. La conciencia, los vicios, la sin-nostalgia, il viaggio, los sueños… ¿Nos parecemos? El narcisismo itálico, por lo menos en Trieste, no se respira: cincin! Y es, de verdad, una ciudad muy bella, mucho más —infortunio— que cuanto el bora admite que disfrutemos. Al cruzar el puente San Leonardo, la risa de una higuera.

Me duermo recordando la anécdota —quién sabe si real— de Svevo poco antes de morir —accidentado el coche en que retornaba, luego de un descanso en los balnearios de Treviso—. Se dice que pedía, ahora sí, la vera ultima sigaretta, y se habría despedido de su hija y su yerno insistiendo: Guardate, figlioli, come si fa a morire!