“Si lo recuerdas, no lo viviste” (El rock como memoria artificial)

¿El rock y la memoria? Son dos cosas que disfruté en el pasado.

Leonardo García Tsao

BÁJATE DE MI NUBE

Los Rolling Stones representan una exaltada variante del recuerdo. Al oírlos, recuperamos cosas que no siempre tienen que ver con ellos. Además, sus conciertos fomentan la resurrección de las amistades. De pronto, un señor que se parece a Séneca el Viejo te abraza con un furor que sólo se vuelve lógico cuando te recuerda que acampó contigo en Puerto Ángel en 1973 y aún le debes el autobús de Pinotepa Nacional al D. F.

Los Stones existen desde hace casi medio siglo y convocan diversas zonas del tiempo. Un impacto peculiar para una especie que se ha desentendido del arte de la memoria y almacena datos en prótesis cibernéticas.

Antes de la invención de la imprenta había que adiestrar la mente para recordar información. Cicerón favorecía el método de la memoria espacial: imaginar un edificio y ubicar datos en forma de mobiliario (al abrir una habitación, la mente “veía” un ancla que podía aludir a las rutas de los navíos o a un poema sobre la tempestad). Buena parte de la cultura se preservó con este sistema. Pero nada es unánime bajo la inconstante luna: el mercurial Temístocles dijo que no tenía otro deseo que entrenarse en el olvido.

Los habitantes del siglo XXI somos la tribu de Temístocles. Disponemos de tantos cacharros para archivar datos que la desmemoria se ha vuelto una condición de la existencia. El olvido es nuestra mente lo que la fibra al intestino: un vacío gratificante.

Pero de golpe llegan los Rolling Stones, Jagger se hace el inexplicable corriendo con frenesí como un atleta de la categoría sub-70 y recuperas capas de tu existencia.

El domingo 26 de febrero de 2006, 65 mil personas nos convertimos en una evanescente versión del prójimo. Todos los desconocidos podían ser amigos íntimos de otros años. La frase más repetida era: “¿Te acuerdas de mí?” Un psicodrama de encuentros y desencuentros. Transcribo la historia de mi amigo Paco, muestra del proceso memorioso que provoca el rock del periodo clásico.

Como Temístocles, Paco vive un intenso presente. Su profesión de diseñador industrial le ha dejado esta frase favorita: “La moda es lo que pasa de moda.” Adicto a novedades y rupturas, ha hecho del cambio un asunto de carácter: lleva tres matrimonios y tres divorcios. Para otorgarse coherencia psicológica, habla de sus exmujeres como avatares de la misma persona. Atento a los dibujos animados, se ha dejado cautivar por tres versiones casi idénticas de la Superchica. Todo esto significa que se refiere a sus ex como Burbuja, Bombón y Bellota.

Como Paco circula lejos del siglo I a. C. en el que Cicerón perfeccionó la oratoria, sus amigos ignoramos el arte de recordar. Nunca sabemos quién es Burbuja y quién Bombón. Lo cierto es que el Eterno Femenino encarna por triplicado en su biografía.

El tiempo ha durado lo suficiente para que cualquier persona tenga motivos de escuchar a los Stones: Paco se encontró con las tres fases de su vida en el mismo concierto. Los reyes viejos del rock lo sometieron a un careo con una vida que creía sepultada.

Se topó con Burbuja cuando fue por un whisky. Sus Satánicas Majestades cantaban “Angie”. Paco recordó la noche en que veía el Superbowl y sonó el teléfono. Dejó que entrara la contestadora y oyó la voz de Burbuja: estaba en el kilómetro 37 de la carretera a Cuautla y se le había ponchado una llanta. Fue por ella, pero sólo cuando acabó el Superbowl. No la encontró porque unos rescatistas, dignos de su nombre de Ángeles Verdes, llegaron una hora antes que él.

El encuentro con Bombón ocurrió cuando Jagger cantaba “Bájate de mi nube”. Paco recuperó la olvidada tarde en que ella le habló por teléfono celular desde un elevador. Se había quedado atrapada en el piso 28 de un edificio de consultorios médicos. Paco recibió la llamada en la otra punta de la ciudad y llegó después que los bomberos (había hecho una escala imperdonable para comprar la pasta de dientes con flúor que ella nunca incluía en sus listas del super).

Vio a Bellota durante “Azúcar morena”. Cuando vivían juntos, ella se dedicaba a hacer flores de mazapán. En una ocasión, Bellota salió de viaje. Paco comió pan con mermelada sobre un arreglo que a ella le había costado gran trabajo. Al día siguiente, el mazapán estaba invadido de hormigas. Paco lo tiró a la basura. El detalle ruin vino después. Su mujer habló de larga distancia para avisar que un cliente pasaría por el arreglo. Paco fue a casa de una colega de Bellota a conseguir otro arreglo, y se acostó con ella. Todo en menos de dos horas.

Tres llamadas perdidas entraron en la mente de Paco, con la fuerza de las profecías retrospectivas. “El tiempo está de mi parte”, cantaron los Rolling Stones. Pero también cantaron: “El tiempo no espera a nadie.”

Encontré a Paco a la salida, en el desolador momento del regreso. Parecía el hermano extraviado de Keith Richards. “Soy un crápula”, dijo: “he vivido en una nube”. Me contó los detalles de su viaje al pasado. No hice nada por mejorar el asunto al recordarle que las tres superchicas eran excepcionales. Desde un puesto de camisetas salió el estruendo de “Simpatía por el diablo”. La cara de Paco empeoró. ¿Qué pesadilla de la memoria lo agobiaba? Se despidió de prisa, con un abrazo vacilante.

La hablé pocos días después para ver cómo estaba. ¡Olvidé que vivimos en el siglo del olvido! Cuando le dije que me había preocupado verlo así en el concierto, contestó: “¿Cuál concierto?” Su memoria sólo regresará con los Rolling Stones.

“La música, misteriosa forma del tiempo”, escribió Borges.

EL VAQUERO MÍSTICO

Poncho Nateras es un visionario que vive en un cuarto de azotea. Se instaló ahí en 1975 como quien se muda a un faro o un minarete: un sitio aparte, rodeado de antenas de televisión y cuerdas para colgar la ropa, el camarote de un sedentario que otea tempestades de la mente.

Vive ahí en perpetuo homenaje a Jack Kerouac, quien se encerró en un cuarto de azotea del D. F. a escribir a ritmo de free jazz y meditar como un budista estimulado por benzedrinas.

La amistad con Poncho, el Vaquero Místico que no conoce un rancho, ha sido inquebrantable salvo por un episodio. En 1977 fuimos de campamento a Zipolite, bastión jipi del Pacífico, y nos enamoramos de la misma gringa. Hubiéramos dejado de ser amigos si ella le hubiera hecho caso a alguno de los dos. Wendy prefirió a un campeón de surfing pero fue ambigua al partir. Para garantizar que la recordáramos, me regaló un diente de tiburón y dijo como una pitonisa: “Si lo pierdes, es de Poncho.” Un talismán para que disputáramos por ella después de su partida.

Poncho me pidió prestado el diente y lo perdió. Nuestra amistad se hubiera roto de no ser porque él me regaló el álbum doble Blonde on Blonce, obra maestra que por desgracia me recuerda el regalo de Wendy.

Hasta la fecha, mi ejemplar de En el camino conserva granitos de arena de Zipolite. Cuando acabé de leerlo, le hablé a Poncho para saber si había encontrado mi diente. Juró que no lo tenía.

En junio de 2007 el Vaquero Místico bajó de su azotea con las visiones que capta entre antenas de televisión. Se mantiene en forma porque sigue un manual de ejercicios en espacio restringido para marinos noruegos. Durante un tiempo también se adiestró en la respiración circular de los saxofonistas, no con el fin de tocar, sino para hablar como si las pausas no existieran. Esta vez usó su frenesí oratorio para decir que En el camino cumplía cincuenta años.

Conservo el ejemplar que compré el 14 de julio de 1977, en 48.50 pesos. Sólo subrayé una línea, la pregunta de un sheriff: “¿Van ustedes a algún sitio, muchachos, o simplemente van?” La respuesta cifra la estética de Kerouac: viajar sin otro rumbo que viajar. Según la leyenda, el novelista tecleaba en rollos de télex para no interrumpirse al cambiar las hojas (“eso no es escribir, es mecanografiar”, comentó con acidez Truman Capote). México fue para él un país fascinante y abyecto, maravilloso y digno de compasión, el escenario ideal de En el camino.

Poncho recordó la benéfica deuda de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, con Kerouac, y luego la mía, totalmente fallida. “Tu primera novela fue tremenda”, entrecerró los ojos como si una guitarra eléctrica reverberara en su cabeza. ¿Por qué recordaba eso? ¿Había vuelto a oír Purple haze y esa neblina morada le traía recuerdos?

Inspirado en una frase de Henry Miller, escribí Hacia adelante, a ningún lugar, novela que resultó demasiado fiel a su título. Poncho fue uno de sus pocos lectores. Recuerdo su dictamen de monje kung-fu: “Se puede estar perdido sin que eso interese.” Durante años guardé el manuscrito, esperando que el mundo cambiara lo suficiente para que la relectura resultara sorprendente. Y así fue: la novela era aún peor de lo que pensaba Poncho. Al terminar la abrumadora revisión del manuscrito, como agitada por la providencia, sonó la campana de un camión de la basura. Salí a la calle y rendí mi texto. Esa noche fui a la azotea de mi amigo y le conté lo ocurrido. Él habló de lo purificador que es aniquilar el yo.

En el verano de 2007 me dijo: “Tienes que escribir sobre los cincuenta años de En el camino.” No podía decirle que escribiera él porque le gusta imaginar cosas sin rebajarse a que existan. Como siempre, juzgó que la mejor forma de estimularme era la crítica: “¿Sabes cuál es tu problema?”, me preguntó, como si yo sólo tuviera uno. A lo largo de tres décadas, Poncho ha encontrado respuestas religiosas, políticas, eróticas y astrológicas a esta pregunta. Ahora mis limitaciones eran de estilo: “Kerouac merece un homenaje vivo: eres muy libresco”, el poeta sin obra dio un manotazo y mató un mosquito, tal vez sin querer. Luego me vio como un intenso hari-krishna, en espera de una confesión o un donativo.

¿Aún es posible leer En el camino como instrucciones de uso para la autopista existencial? Mientras yo pensaba en la vigencia del texto, Poncho volvió a los imperativos de la vida real: “A fines de septiembre de 1956, Kerouac regresó a México por quinta vez. Tú naciste en esos días en el Hospital de las Américas, a unas cuadras de la casa que él rentó en la calle de Orizaba. ¿No crees que le debes un artículo? Sólo te pido un favor: no escribas como alguien que lee sino como alguien que vive.”

Iba a decirle que la lectura es una forma de la vida pero agitó las manos como brujo en trance y recitó un pasaje de Tristessa: “Se escucha un tremendo rugido de un avión de Pan American que desciende al aeropuerto de la ciudad de México con pasajeros de Nueva York que buscan que sus sueños terminen de manera diferente.”

“Te estás poniendo libresco”, dije para molestarlo.

Entonces sacó algo del bolsillo: un diente de tiburón. “Lo encontré en mi ejemplar de En el camino”, dijo. Pensé en Wendy, la mujer que nos unió con su rechazo.

¿Tenía sentido recibir un talismán de 1977, cuando confundimos las páginas de una novela con nuestra biografía?

En el camino cumplía cincuenta años. El tiempo había pasado, pero la novela aún buscaba un final para nosotros. Como una reedición de los pasajeros de Pan American en Tristessa, estábamos ahí, esperando que el sueño termine de manera diferente.

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