En eso iba pensando, costal al hombro, mientras caminábamos las calles del barrio Lamartine, cuando llegamos a una casa vieja de ladrillo a la vista, con ventanales y puertas grandes en arco, de madera dura. La puerta verde tenía un aldabón en forma de cabeza de león, por cuyas fauces entró la mano de La guerrillera sicológica para golpear tres veces sobre la base de metal con una fuerza salvaje. Nos abrió el mimísimo Guáchico Pérez en persona, un tipo que no tenía nada que ver con el Guáchico que yo tenía en la cabeza. Este era rubio, de ojos azules, una cara ancha de piel lozana que se iba angostando hacia adelante en los huecos de las mejillas y concluía en una nariz grande y aguda que hacía que cuando él miraba de frente uno sintiera que le apuntaban. Al vernos sonrió con unos dientes blancos y parejos. Beatriz se lanzó de inmediato en sus brazos como una verdadera naúfraga. El anfitrión la consoló dándole palmaditas en la espalda por espacio de cinco minutos, tiempo en el cual yo permanecí con el costal terciado, esperando poder ingresar en la casa, descargarlo y zafar al gato de mi espalda.
Beatriz se calmó y nos presentó. “Me han hablado tan bien de usted que me cae mal”, pensé decirle, pero le dije: “Mucho gusto, Adolfo Rivas”. Guáchico me abrazó con fuerza y me dio una calurosa y hasta dulzona bienvenida. No me indignó tanto que me dijera que era un placer conocerme o que esa era mi casa o que sospechaba que íbamos a vivir muchas cosas juntos, sino el hecho de sentir que lo que me decía era profundamente sincero, y lo peor: que era verdad. Luego del saludo me tomó por el codo y nos invitó a pasar.
El patio era amplio, en el centro había una pequeña fuente de baldosas pintadas con motivos de payasitos y bufones, coronada por un angelito gordo y empeloto de cuyo sexo surgía un chorro de agua; “el sexo de los ángeles es masculino”, colegí en ese momento; al lado izquierdo de la fuente un alto muro, que iba hasta la casa, fosforecía cubierto de buganvilias en diversos tonos de rosado; y a la izquierda había una mesa grande que algún día fue el comedor para una familia numerosa, bajo un cobertizo que abarcaba esa mitad del patio. Sentados alrededor de la mesa los cuatro integrantes fundadores del grupo gesticulaban y manoteaban hablando de algo importante. Cuando nos acercamos interrumpieron la discusión y saludaron sonrientes. Guáchico dijo nuestros nombres y yo saludé a uno por uno, sin soltar el costal, sintiendo la amabilidad de los apretones en la mano y la agudeza de las uñas del gato en la espalda. Luego seguimos hasta el fondo de la casa en donde me liberé del fardo.
- Lo primero que hay que hacer es deshacernos del gato – dije sin darle tiempo de hablar a Beatriz.
Guáchico se quedó pensando un segundo, salió para el fondo de la casa sin decir nada y luego regresó con una pala y una barra metálica para cavar.
- Vamos a enterrarlo en el patio.
Salimos de nuevo al patio y al pasar por el cobertizo nuestro anfitrión le explicó a los del grupo que nos disponíamos a enterrar un gato que hacía parte de un caso que más tarde les contaría y que siguieran ellos deliberando por unos minutos. Los del grupo asintieron y continuaron un debate que parecía empezar a hervir. Nos detuvimos al lado del muro de buganvillias y Guachico empezó a descuajar la tierra con la barra. Beatriz y yo nos quedamos viéndolo hacer. Cuando había sacado una considerable montaña de tierra tomó el gato de la cabeza y lo paró sobre su patas en el fondo de la fosa. Como el lomo erguido quedaba un poco más alto del nivel de la superficie Guáchico se paro sobre él y su cuerpo fue descendiendo mientras las patas entumidas del cadáver del gato se hundían en la tierra. Luego echó la montaña sobre el hueco, apelmazó la tierra, se limpió la palmas de las manos una con otra, caminó hasta nosotros y siguió de largo en dirección al cobertizo. Beatriz y yo lo seguimos.
Los Vengallados estaban abosortos en una discusión sobre los conceptos esenciales que definían el espíritu de la organización y el tipo de personas que albergaría. La polémica se había dado porque una parte del grupo decía que el concepto de “humillados” era insuficiente para abarcar la totalidad de atropellos a la dignidad y al honor humanos, que se daban a todas horas en todas partes con infinidad de matices. Los de este grupo decían que había diferencias entre los “ningunos”, los “ninguneados” y los “humillados”. El grupo opositor, el de los ortodoxos, afirmaba que el concepto de “humillado” se refería a una situación o condición humana de sometimiento moral y degradación espiritual ejercida por un poder autoritario y perverso, y que era un fenómeno universal, sin matices y que constituía el único sentimiento que justificaba la respuesta ejemplificante de la supresión física del humillador, previa humillación, si fuere posible. Así lo dijeron. En ese momento Guáchico dijo que iba a interrumpir de nuevo para hacer la presentación oficial de los dos nuevos compañeros. “¿Dos?” me pregunté extrañado porque en realidad yo solo había ido a acompañar a Beatriz y hasta ese momento de mi vida no había tenido problemas con la humillación sino con el apego. Pero no contradije a Guáchico porque a esas alturas ya le estaba tomando afecto. Así que hice parte de la reuníón y esa tarde comencé a crear lazos con el grupo de personas que habría de acompañarme en los eventos extraños y caóticos que rodearon a mi primer asesinato verdadero.
(continará…)


































