Quedarse es otra forma de partir — Quinta parte

14
mar
Cuando supe que el grupo se llam­aba Ven­gal­la­dos, la sospecha de que todo esto con­sistía en una his­to­ria escrita por un tipo que quería salir rápido del asunto me pare­ció menos pere­g­rina. Pero no le di impor­tan­cia al tema y con­cluí que de todas man­eras el prob­lema no era mío y que quien quedaría mal sería el autor; al fin y al cabo aunque el nom­bre me parecía feo tam­poco me importaba demasi­ado. De todas las per­sonas que conocí esa noche, puedo afir­mar que ninguna carecía de por lo menos una mín­ima pizca de inge­nio y sen­tido común como para que se le fuese a ocur­rir la idea de pon­erle el nom­bre de Veg­al­la­dos a cualquier cosa.

 

En eso iba pen­sando, costal al hom­bro, mien­tras cam­inábamos las calles del bar­rio Lamar­tine, cuando lleg­amos a una casa vieja de ladrillo a la vista, con ven­tanales y puer­tas grandes en arco, de madera dura. La puerta verde tenía un ald­abón en forma de cabeza de león, por cuyas fauces entró la mano de La guer­rillera sicológ­ica para gol­pear tres veces sobre la base de metal con una fuerza sal­vaje. Nos abrió el mimísimo Guáchico Pérez en per­sona, un tipo que no tenía nada que ver con el Guáchico que yo tenía en la cabeza. Este era rubio, de ojos azules, una cara ancha de piel lozana que se iba ango­stando hacia ade­lante en los hue­cos de las mejil­las y con­cluía en una nariz grande y aguda que hacía que cuando él miraba de frente uno sin­tiera que le apunt­a­ban. Al ver­nos son­rió con unos dientes blan­cos y pare­jos. Beat­riz se lanzó de inmedi­ato en sus bra­zos como una ver­dadera naúfraga. El anfitrión la con­soló dán­dole pal­ma­di­tas en la espalda por espa­cio de cinco min­u­tos, tiempo en el cual yo per­manecí con el costal ter­ci­ado, esperando poder ingre­sar en la casa, descar­garlo y zafar al gato de mi espalda.

 

Beat­riz se calmó y nos pre­sentó. “Me han hablado tan bien de usted que me cae mal”, pensé decirle, pero le dije: “Mucho gusto, Adolfo Rivas”. Guáchico me abrazó con fuerza y me dio una calurosa y hasta dul­zona bien­venida. No me indignó tanto que me dijera que era un placer cono­cerme o que esa era mi casa o que sospech­aba que íbamos a vivir muchas cosas jun­tos, sino el hecho de sen­tir que lo que me decía era pro­fun­da­mente sin­cero, y lo peor: que era ver­dad. Luego del saludo me tomó por el codo y nos invitó a pasar.

 

El patio era amplio, en el cen­tro había una pequeña fuente de bal­dosas pin­tadas con motivos de pay­a­sitos y bufones, coro­n­ada por un angelito gordo y empeloto de cuyo sexo surgía un chorro de agua; “el sexo de los ánge­les es mas­culino”, colegí en ese momento; al lado izquierdo de la fuente un alto muro, que iba hasta la casa, fos­forecía cubierto de buganvil­ias en diver­sos tonos de rosado; y a la izquierda había una mesa grande que algún día fue el come­dor para una familia numerosa, bajo un cober­tizo que abar­caba esa mitad del patio. Sen­ta­dos alrede­dor de la mesa los cua­tro inte­grantes fun­dadores del grupo ges­tic­u­la­ban y man­ote­a­ban hablando de algo impor­tante. Cuando nos acer­camos inter­rumpieron la dis­cusión y salu­daron son­ri­entes. Guáchico dijo nue­stros nom­bres y yo saludé a uno por uno, sin soltar el costal, sin­tiendo la ama­bil­i­dad de los apre­tones en la mano y la agudeza de las uñas del gato en la espalda. Luego seguimos hasta el fondo de la casa en donde me liberé del fardo.

 

- Lo primero que hay que hacer es deshac­er­nos del gato – dije sin darle tiempo de hablar a Beatriz.

 

Guáchico se quedó pen­sando un segundo, salió para el fondo de la casa sin decir nada y luego regresó con una pala y una barra metálica para cavar.

 

- Vamos a enter­rarlo en el patio.

 

Sal­imos de nuevo al patio y al pasar por el cober­tizo nue­stro anfitrión le explicó a los del grupo que nos disponíamos a enter­rar un gato que hacía parte de un caso que más tarde les con­taría y que sigu­ieran ellos deliberando por unos min­u­tos. Los del grupo asin­tieron y con­tin­uaron un debate que parecía empezar a hervir. Nos detu­vi­mos al lado del muro de buganvil­lias y Guachico empezó a des­cua­jar la tierra con la barra. Beat­riz y yo nos quedamos vién­dolo hacer. Cuando había sacado una con­sid­er­able mon­taña de tierra tomó el gato de la cabeza y lo paró sobre su patas en el fondo de la fosa. Como el lomo erguido qued­aba un poco más alto del nivel de la super­fi­cie Guáchico se paro sobre él y su cuerpo fue descen­di­endo mien­tras las patas entu­mi­das del cadáver del gato se hundían en la tierra. Luego echó la mon­taña sobre el hueco, apel­mazó la tierra, se limpió la pal­mas de las manos una con otra, cam­inó hasta nosotros y siguió de largo en direc­ción al cober­tizo. Beat­riz y yo lo seguimos.

 

Los Ven­gal­la­dos esta­ban abosor­tos en una dis­cusión sobre los con­cep­tos esen­ciales que definían el espíritu de la orga­ni­zación y el tipo de per­sonas que alber­garía. La polémica se había dado porque una parte del grupo decía que el con­cepto de “humil­la­dos” era insu­fi­ciente para abar­car la total­i­dad de atro­pel­los a la dig­nidad y al honor humanos, que se daban a todas horas en todas partes con infinidad de mat­ices. Los de este grupo decían que había difer­en­cias entre los “ningunos”, los “ningunea­dos” y los “humil­la­dos”. El grupo opos­i­tor, el de los orto­doxos, afirmaba que el con­cepto de “humil­lado” se refería a una situación o condi­ción humana de some­timiento moral y degradación espir­i­tual ejer­cida por un poder autori­tario y per­verso, y que era un fenó­meno uni­ver­sal, sin mat­ices y que con­sti­tuía el único sen­timiento que jus­ti­fi­caba la respuesta ejem­pli­f­i­cante de la supre­sión física del humil­lador, pre­via humil­lación, si fuere posi­ble. Así lo dijeron. En ese momento Guáchico dijo que iba a inter­rum­pir de nuevo para hacer la pre­sentación ofi­cial de los dos nuevos com­pañeros. “¿Dos?” me pre­gunté extrañado porque en real­i­dad yo solo había ido a acom­pañar a Beat­riz y hasta ese momento de mi vida no había tenido prob­le­mas con la humil­lación sino con el apego. Pero no con­tradije a Guáchico porque a esas alturas ya le estaba tomando afecto. Así que hice parte de la reuníón y esa tarde comencé a crear lazos con el grupo de per­sonas que habría de acom­pañarme en los even­tos extraños y caóti­cos que rodearon a mi primer asesinato verdadero.

(con­ti­nará…)

 

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