¡Qué lindo es el orto!

22
jun
Para los ami­gos del par­que Rivadavia

El primer orto que yo conocí se llam­aba José Roberto. Era un com­pañero de la uni­ver­si­dad, en Medel­lín, Colom­bia. José Roberto Ortiz era su nom­bre com­pleto, pero nunca nadie lo recono­ció por las pal­abras con que lo bau­ti­zaron sino por esa especie de apó­cope de su apel­lido, que tal vez algún com­pañer­ito de la escuela le puso en un remoto recreo, pre­ten­di­endo abre­viar la pal­abra con un tér­mino tan largo como el orig­i­nal: orto. Y tanto caló el epíteto (por la cos­tum­bre, por la como­di­dad, por iner­cia, por los intrin­ca­dos azares que mold­ean una iden­ti­dad invol­un­taria), que cuando mi com­pañero llegó a la uni­ver­si­dad ya era solo y úni­ca­mente “orto” y muchos no conoci­mos su ver­dadero nom­bre hasta mucho tiempo después de haber­nos graduado.

Cuando lo supe teníamos ya más de treinta años y el tiempo de la irre­spon­s­abil­i­dad legí­tima de la vida estu­di­antil había sido reem­plazado por la seriedad de la vida lab­o­ral para algunos, y por el tiempo de la irre­spon­s­abil­i­dad ilegí­tima para otros. Nos encon­tramos en un bar de Medel­lín, a donde él había ido por casu­al­i­dad, en una de las escasas tem­po­radas en que aban­don­aba la cap­i­tal para vis­i­tar a su familia en la provin­cia. Diez años después de aque­l­los tiem­pos uni­ver­si­tar­ios su aire inse­guro de genio incom­pren­dido se había trans­for­mado en un aura sól­ida de genio cel­e­brado y afir­mado. Sin embargo me pare­ció que en esen­cia seguía siendo el mismo. Una ropa mucho más cos­tosa y una atmós­fera más cos­mopolita. Pero no vi el ros­tro del pres­ti­gioso direc­tor de tele­visión José Roberto Ortiz sino la misma cara de orto que siem­pre conocí.

No lo llamé por el nom­bre de siem­pre. Su acti­tud dejaba claro que ya no se llam­aba a sí mismo, ni per­mitía que otros lo hicieran, con apo­dos de la ado­les­cen­cia. Y lo entendí porque yo tam­bién con­ce­bía como desagrad­able y ofen­sivo el hecho de que un cono­cido de tiem­pos pretéri­tos se apareciera de un momento a otro para definirte por lo que fuiste, igno­rando, de modo alevoso, la evolu­ción ocur­rida en tu per­sona. Yo mismo, días antes, había sido víc­tima de una situación de ese tipo, en el coc­tel de lan­za­miento de un libro, donde me encon­tré con una com­pañera de la escuela a quien los otros niños denom­inábamos “la gal­lina”, y que  ahora ejer­cía como ger­ente de la pres­ti­giosa edi­to­r­ial que pre­sentaba el libro. La ex com­pañera, después de tan­tos años de no ver­nos, me saludó delante todo el mundo, con cierto falso entu­si­asmo, llamán­dome por aquel ya olvi­dado apodo.

-          Hola mue­las – me dijo

(El epíteto de mue­las me lo habían adju­di­cado en la pri­maria, dado que yo poseía unos dientes demasi­ado grandes para una cara muy pequeña. Pero en la época del coc­tel, aunque tenía los mis­mos dientes, mi ros­tro había cre­cido y engrosado, lo que solu­cionaba la despro­por­ción; así que en ese momento era absurdo, mal­in­ten­cionado y abu­sivo que se me iden­ti­ficara con el sobrenom­bre de “mue­las”, que además (y por otras razones) evo­caba algu­nas debil­i­dades de carác­ter que me hicieron céle­bre en la juven­tud y que no es del caso men­cionar ahora).

Cuando todo el mundo me miró entre bur­lona y com­pa­si­va­mente, la miré con firmeza y respondí:

-          Cómo te ha ido gallina.

Las per­sonas que tenían sus ojos puestos en mí vol­tearon la cara y se con­cen­traron en sus respec­tivos tra­gos. Yo tomé una copa del charol que el mesero trans­portaba en ese momento, la bogué sin mirar a nadie y salí del coc­tel mostrando mis dientes, dete­ri­o­ra­dos pero de un tamaño pro­por­cional a mi cara.

Por tal razón esa noche, en aquel bar de Medel­lín, después del abrazo y los con­s­abidos “qué más hom­bre” y “qué hay de tu vida”, dije:

-          Tiempo sin verte…. ummm

-          José Roberto – se apresuró orto.

-          Tiempo sin verte: José Roberto – repetí y nos pusi­mos a conversar.

Es pre­ciso ano­tar que el apodo no tenía nada de opro­bioso para mí. Por el con­trario, poseía un sig­nifi­cado sub­lime que des­cubrí en los mis­mos tiem­pos de la uni­ver­si­dad, gra­cias a la influ­en­cia poética del mismo orto. Porque José Roberto era poeta. Había tenido una fig­u­ración impor­tante en un pre­mio inter­na­cional de poesía. Él, un amigo que vivía en España, un primo de Ecuador, un tío que tra­ba­jaba en Esta­dos Unidos y un ex com­pañero de par­ran­das que estu­di­aba en Brasil, se con­tac­taron por car­tas y orga­ni­zaron entre ellos un con­curso de poesía en el que orto quedó de segundo. Una tarde, luego de muchos meses de expec­ta­tiva, me per­mi­tió leer sus escritos. Aunque no entendí ninguno de los poe­mas, noté que habían sido escritos por alguien que tenía muchas ganas de sufrir; era indud­able que esas pal­abras des­or­de­nadas y extrañas y ese ritmo atro­pel­lado de los ver­sos trata­ban de expre­sar unos sen­timien­tos que puja­ban por salir desde las pro­fun­di­dades más inefa­bles del pro­pio orto. Desde ese momento empecé a leer casi com­pul­si­va­mente todo tipo de poesía, tratando de enten­der porqué la humanidad le otor­gaba tanto pres­ti­gio a un modo de expre­sión al que yo no le veía pies ni cabeza.

Una tarde, me encon­tré en un poema la pal­abra que durante años había sido usada para des­ig­nar a mi amigo y supe que no se trataba solo de una abre­viatura apresurada, sino de la defini­ción de una impo­nente man­i­festación de la nat­u­raleza: “Orto: Sal­ida o apari­ción del Sol o de otro astro por el hor­i­zonte”, decía el dic­cionario. Lo con­trario al ocaso. En ese momento me pare­ció mucho más bello el apodo de mi amigo y pensé en las her­mosas simetrías de la vida, que hacen que un poeta, sin pro­ponérselo, sea lla­mado con el nom­bre de un Sol naciente. Desde ese momento, cada que pienso en el amor me imag­ino una pareja cam­i­nando por la playa, toca­dos por la brisa del amanecer trop­i­cal, enreda­dos en lar­gos besos e ilu­mi­na­dos por el her­moso res­p­lan­dor del orto.

Esa noche en el bar supe que mi amigo se había con­ver­tido en un exi­toso direc­tor de pro­gra­mas de la tele­visión nacional. Yo en esa época veía poca tele­visión y él se extrañó, y creo que hasta se ofendió, por mi desconocimiento de los pop­u­lares real­i­tys que dirigía. Al prin­ci­pio pensé que era la chi­fladura egocén­trica de un ex poeta, pero luego me sentí un poco torpe e igno­rante cuando otras per­sonas lle­garon al bar y lo trataron como a una ver­dadera per­son­al­i­dad, como a la encar­nación del éxito. A raíz de esa cir­cun­stan­cia decidí ver tele­visión con mayor asiduidad  y empecé a mirar los real­i­tys que dirigía mi amigo. Y claro, obser­vando aten­ta­mente esos pro­gra­mas pude percibir que en su nar­ra­tiva, en sus temáti­cas, en su estética, en sus con­tenidos, había algo de él, algo pro­pio y orig­i­nal. Era innegable que, a pesar de ser pro­duc­tos de la indus­tria, todos esos pro­gra­mas surgían de lo más hondo y sen­si­ble del pro­pio orto.

Hoy, diez años después de esa reunión de diez años después de la uni­ver­si­dad, tal vez por el influjo de los primeros días del otoño, amanecí evo­cando a los ami­gos y pen­sando en la luz del amanecer. Des­perté en plena oscuri­dad, con una feli­ci­dad cal­mada, con un Sol aden­tro, como si un her­moso orto empezara a insta­larse en mi pecho. Me lev­anté en medio de la penum­bra y salí a la calle para bus­carlo. Pero los edi­fi­cios de una ciu­dad como Buenos Aires no per­miten con­tem­plar las mar­avil­las de la nat­u­raleza. Cuando la oscuri­dad se difuminó por com­pleto y desde atrás de los edi­fi­cios empezó a relum­brar el día, me  detuve en mitad de la Calle cor­ri­entes y ante la mirada incom­pren­siva y hasta repro­ba­to­ria de los transeúntes, grité con emo­ción: ¡Qué lindo es el orto! ¡Ben­dito orto que cada día nos haces recor­dar la belleza de la vida!

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