El primer orto que yo conocí se llamaba José Roberto. Era un compañero de la universidad, en Medellín, Colombia. José Roberto Ortiz era su nombre completo, pero nunca nadie lo reconoció por las palabras con que lo bautizaron sino por esa especie de apócope de su apellido, que tal vez algún compañerito de la escuela le puso en un remoto recreo, pretendiendo abreviar la palabra con un término tan largo como el original: orto. Y tanto caló el epíteto (por la costumbre, por la comodidad, por inercia, por los intrincados azares que moldean una identidad involuntaria), que cuando mi compañero llegó a la universidad ya era solo y únicamente “orto” y muchos no conocimos su verdadero nombre hasta mucho tiempo después de habernos graduado.
Cuando lo supe teníamos ya más de treinta años y el tiempo de la irresponsabilidad legítima de la vida estudiantil había sido reemplazado por la seriedad de la vida laboral para algunos, y por el tiempo de la irresponsabilidad ilegítima para otros. Nos encontramos en un bar de Medellín, a donde él había ido por casualidad, en una de las escasas temporadas en que abandonaba la capital para visitar a su familia en la provincia. Diez años después de aquellos tiempos universitarios su aire inseguro de genio incomprendido se había transformado en un aura sólida de genio celebrado y afirmado. Sin embargo me pareció que en esencia seguía siendo el mismo. Una ropa mucho más costosa y una atmósfera más cosmopolita. Pero no vi el rostro del prestigioso director de televisión José Roberto Ortiz sino la misma cara de orto que siempre conocí.
No lo llamé por el nombre de siempre. Su actitud dejaba claro que ya no se llamaba a sí mismo, ni permitía que otros lo hicieran, con apodos de la adolescencia. Y lo entendí porque yo también concebía como desagradable y ofensivo el hecho de que un conocido de tiempos pretéritos se apareciera de un momento a otro para definirte por lo que fuiste, ignorando, de modo alevoso, la evolución ocurrida en tu persona. Yo mismo, días antes, había sido víctima de una situación de ese tipo, en el coctel de lanzamiento de un libro, donde me encontré con una compañera de la escuela a quien los otros niños denominábamos “la gallina”, y que ahora ejercía como gerente de la prestigiosa editorial que presentaba el libro. La ex compañera, después de tantos años de no vernos, me saludó delante todo el mundo, con cierto falso entusiasmo, llamándome por aquel ya olvidado apodo.
- Hola muelas – me dijo
(El epíteto de muelas me lo habían adjudicado en la primaria, dado que yo poseía unos dientes demasiado grandes para una cara muy pequeña. Pero en la época del coctel, aunque tenía los mismos dientes, mi rostro había crecido y engrosado, lo que solucionaba la desproporción; así que en ese momento era absurdo, malintencionado y abusivo que se me identificara con el sobrenombre de “muelas”, que además (y por otras razones) evocaba algunas debilidades de carácter que me hicieron célebre en la juventud y que no es del caso mencionar ahora).
Cuando todo el mundo me miró entre burlona y compasivamente, la miré con firmeza y respondí:
- Cómo te ha ido gallina.
Las personas que tenían sus ojos puestos en mí voltearon la cara y se concentraron en sus respectivos tragos. Yo tomé una copa del charol que el mesero transportaba en ese momento, la bogué sin mirar a nadie y salí del coctel mostrando mis dientes, deteriorados pero de un tamaño proporcional a mi cara.
Por tal razón esa noche, en aquel bar de Medellín, después del abrazo y los consabidos “qué más hombre” y “qué hay de tu vida”, dije:
- Tiempo sin verte…. ummm
- José Roberto – se apresuró orto.
- Tiempo sin verte: José Roberto – repetí y nos pusimos a conversar.
Es preciso anotar que el apodo no tenía nada de oprobioso para mí. Por el contrario, poseía un significado sublime que descubrí en los mismos tiempos de la universidad, gracias a la influencia poética del mismo orto. Porque José Roberto era poeta. Había tenido una figuración importante en un premio internacional de poesía. Él, un amigo que vivía en España, un primo de Ecuador, un tío que trabajaba en Estados Unidos y un ex compañero de parrandas que estudiaba en Brasil, se contactaron por cartas y organizaron entre ellos un concurso de poesía en el que orto quedó de segundo. Una tarde, luego de muchos meses de expectativa, me permitió leer sus escritos. Aunque no entendí ninguno de los poemas, noté que habían sido escritos por alguien que tenía muchas ganas de sufrir; era indudable que esas palabras desordenadas y extrañas y ese ritmo atropellado de los versos trataban de expresar unos sentimientos que pujaban por salir desde las profundidades más inefables del propio orto. Desde ese momento empecé a leer casi compulsivamente todo tipo de poesía, tratando de entender porqué la humanidad le otorgaba tanto prestigio a un modo de expresión al que yo no le veía pies ni cabeza.
Una tarde, me encontré en un poema la palabra que durante años había sido usada para designar a mi amigo y supe que no se trataba solo de una abreviatura apresurada, sino de la definición de una imponente manifestación de la naturaleza: “Orto: Salida o aparición del Sol o de otro astro por el horizonte”, decía el diccionario. Lo contrario al ocaso. En ese momento me pareció mucho más bello el apodo de mi amigo y pensé en las hermosas simetrías de la vida, que hacen que un poeta, sin proponérselo, sea llamado con el nombre de un Sol naciente. Desde ese momento, cada que pienso en el amor me imagino una pareja caminando por la playa, tocados por la brisa del amanecer tropical, enredados en largos besos e iluminados por el hermoso resplandor del orto.
Esa noche en el bar supe que mi amigo se había convertido en un exitoso director de programas de la televisión nacional. Yo en esa época veía poca televisión y él se extrañó, y creo que hasta se ofendió, por mi desconocimiento de los populares realitys que dirigía. Al principio pensé que era la chifladura egocéntrica de un ex poeta, pero luego me sentí un poco torpe e ignorante cuando otras personas llegaron al bar y lo trataron como a una verdadera personalidad, como a la encarnación del éxito. A raíz de esa circunstancia decidí ver televisión con mayor asiduidad y empecé a mirar los realitys que dirigía mi amigo. Y claro, observando atentamente esos programas pude percibir que en su narrativa, en sus temáticas, en su estética, en sus contenidos, había algo de él, algo propio y original. Era innegable que, a pesar de ser productos de la industria, todos esos programas surgían de lo más hondo y sensible del propio orto.
Hoy, diez años después de esa reunión de diez años después de la universidad, tal vez por el influjo de los primeros días del otoño, amanecí evocando a los amigos y pensando en la luz del amanecer. Desperté en plena oscuridad, con una felicidad calmada, con un Sol adentro, como si un hermoso orto empezara a instalarse en mi pecho. Me levanté en medio de la penumbra y salí a la calle para buscarlo. Pero los edificios de una ciudad como Buenos Aires no permiten contemplar las maravillas de la naturaleza. Cuando la oscuridad se difuminó por completo y desde atrás de los edificios empezó a relumbrar el día, me detuve en mitad de la Calle corrientes y ante la mirada incomprensiva y hasta reprobatoria de los transeúntes, grité con emoción: ¡Qué lindo es el orto! ¡Bendito orto que cada día nos haces recordar la belleza de la vida!




































