La mañana del diente de león

09
abr

Tar­eas no hechas

La mañana del diente de león

 

Hay mañanas limpias, limpias por den­tro de uno; ya sabe­mos que todas las mañanas son iguales de dis­tinta man­era, depen­di­endo de cómo esté uno por den­tro. Esta era linda en el pecho de él. Y tam­bién pre­ciosa por fuera. El sol apelo­ton­ado entre dos mon­tañas como un dibujo de niño, llenando de amar­illo el aire y haciendo ful­gu­rar los col­ores vivos de la flo­res en los ante­jar­dines; la calle limpia y vacía a esas horas del domingo, la gente salud­able y vital con sus ropas deporti­vas; y él, recién bañado, bien dormido, fresco, con un soplo de entu­si­asmo sin propósito inflando el pecho y el alma tem­plada de con­tentura sin razón y agradec­imiento abstracto.

En el par­que un globo se lib­era del manojo del vende­dor y sube lenta­mente seguido por la mirada estu­pe­facta de una niña de tren­zas; junto a la fuente un perro noble se deja pel­liz­car por una criatura que ape­nas alcanza a pon­erse en pie; más allá un grupo de pequeños saltan y se empu­jan tratando de atra­par una mota de Diente de león que ondula descen­di­endo con par­si­mo­nia; al lado de él la niña de tren­zas con los ojos per­di­dos, toda ella trans­portada en el globo que asciende tan lento como desciende la mota de Diente de león, y que llega ahora a la altura del sép­timo piso del edi­fi­cio de enfrente donde, tras la baranda de un bal­cón, se ve una cabecita rubia relum­brante bajo el Sol y unos pequeños bra­zos que se mueven en señal de llamado.

Cam­ina hacia el edi­fi­cio y ve cre­cer y hac­erse nítida la figura del niño que son­ríe, se agacha y estira la mano entre las baran­das, apun­tán­dole con el índice y el dedo del medio, exten­di­dos a man­era de doble cañón. Y luego oye la det­onación, el “pum” escan­daloso desde el sép­timo piso. Él se lleva la mano al pecho, trasta­bil­lea, pro­longa una caída rim­bom­bante sobre la acera y desde el suelo, como quien hace el mayor esfuerzo en medio de un dolor inso­portable, estira los dedos y gatilla con el pul­gar mien­tras de sus labios mori­bun­dos sale el “tañu, tañu”. El ene­migo parece recibir el impacto abajo del hom­bro izquierdo porque allí pone su mano mien­tras se tam­balea, cae sen­tado en el suelo del bal­cón y luego de arras­trarse unos cen­tímet­ros junta energías y logra dis­parar no una sino cinco veces con alevosía, rabia y sin­cero espíritu de ven­ganza. El cuerpo del hom­bre tirado en la acera sufre cinco sobre­saltos con­sec­u­tivos, después de los cuales emprende su último acto en este mundo, que con­siste tratar de dom­i­nar el tem­blor de la mano para apun­tar direc­ta­mente al corazón del fran­coti­rador. Lo logra, sue­nan un “tañu” y un “pum” y otro “tañu” y el rubio del sép­timo piso recibe los tres impactos, en el pul­món dere­cho, en el cuello y en el corazón. Cae, se arras­tra, se rein­cor­pora mala­mente y con difi­cul­tad trepa la baranda hasta pon­erse de pie en el borde, desde donde intenta un dis­paro que no alcanza hacer porque su cuerpo exán­ime y mal­herido es arrebatado siete pisos abajo por la fuerza de la gravedad a una veloci­dad mil veces mayor que la de un globo o una mota de diente de León, hasta que choca con­tra el pavi­mento con un ruido seco seguido por un trackk splashhh hor­rí­sono y breve.

El hom­bre se lev­anta con los ojos des­or­bita­dos. Mira al par­que, mira a la calle, mira al bal­cón y vuelve a mirar hacia la calle, en donde empieza a arremoli­narse la gente. Lev­anta la mano con los dedos todavía exten­di­dos a man­era de doble cañon y ve el humo casi imper­cep­ti­ble que todavía sale de entre las uñas.

 


Escrito por Luis Miguel Rivas

Luis Miguel Rivas, comu­ni­cador social, escritor y real­izador audio­vi­sual. Tanto en sus tex­tos como en sus videos realza el poder de la pal­abra y demues­tra su capaci­dad para ten­der puentes en los abis­mos de la soledad. Recrea el ambi­ente social de la Medel­lín de los años ochenta y comien­zos de los noventa, con his­to­rias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aven­turas; his­to­rias que resaltan los con­flic­tos, las dudas, los miedos y sen­timien­tos de per­son­ajes sen­cil­los. Como escritor, aunque per­manece prác­ti­ca­mente inédito, sus relatos han servido para inspi­rar los guiones de difer­entes pro­duc­ciones audio­vi­suales y ha recibido las sigu­ientes dis­tin­ciones: Segundo Puesto Con­curso Nacional de Cuento Car­los Cas­tro Saave­dra (1996), Men­ción Con­curso Nacional de Cuento Ciu­dad de Bar­ran­caber­meja (1997), Men­ción Con­curso Nacional de Cuento de Navi­dad (Bogotá — 1997).

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