Las obras que más me interesan están llenas de errores, excesos, obsesiones, y malas ejecuciones formales: La broma infinita, Cumbres borrascosas, Crimen y castigo, 2666, Moby Dick, incluso Madame Bovary. Es decir, no son ejercicios eficaces y es la grandeza de sus autores la que hace que la pasión y, sobre todo, la vida, se desborden por las páginas y las leamos y acudamos a ellas cuando tenemos dudas sobre lo que realmente es una obra maestra.
Dar el salto al vacío o ser eficaz. Quizá habría que ser sincero y enfrentarnos a esas “zonas muertas” de una novela; no permitirlas si son sólo zonas de pereza o de mala ejecución, sino ver si son parte de nuestra errada percepción del mundo y no deben corregirse. Si nací tuerto, si la gangrena me consume, si por tanto fumar me abrieron la laringe y mi voz suena a robot debido a esos aparatos para hablar, si mi novela tiene esas “particularidades”; entonces, en lugar de buscar ojos de cristal, cortarme la pierna, o buscarme una prótesis, mejor hacer que la cojera o la visión nublada o hasta mi voz cavernosa y horrible estén unidas, “la literatura conecta lo que hiere con lo que sana”, con esa sustancia que aún nadie describe cabalmente pero que proviene de la honestidad, la pasión y la no renuncia al ser que domeña los errores y nos hace pasar las páginas de una novela como si en ese ejercicio se nos revelara una parte espectacular del mundo, como si tuviéramos la certeza de que si nos perdiéramos ese fragmento nuestra vida no estaría completa. Hacerle caso a esa voz rara y enferma que me habla para mantener a mi personaje H. como es, a riesgo del fracaso; o hacerle caso a la voz de la eficacia, intensidad y buena ejecución y corregir lo que está mal.
Algo así. Todo eso. Quizá.
A los 121 días de que terminé mi novela pienso en esto. Me perturba, sí. Pero no tengo ideas suicidas ni me azoto porque la serenidad de este periodo me protege. Y, claro, el amor.




































