Me doy cuenta que así como los escritores viejos lobos del mar son capaces de dialogar horas enteras acerca de la máquina de escribir que usaban, o –si nos vamos tres pasos antes– de la pluma fuente que emplean para escribir; yo tendré que sentir melancolía por la tipografía del Word con que mas cómodo me siento a la hora de enfrentarme a esta aparente página en blanco.
En mi caso: Garamond cuerpo 12. La prefiero sencillamente porque no me pone nervioso. Algo de relajante tiene, con su dignidad en patines y su formalidad de cochinilla echa bola.
El problema con la Garamond es que no todas las computadoras la registran, así que cuando transfiero un documento de este aparatejo a aquel otro aparatejo, siempre acaba transformándose en Arial o a Times (las dos tipografías más aburridas de la historia: las que exigen en sus bases todos los certámenes literarios). Y no es que yo sea un conocedor de tipografías, más bien me identifico con mi necia e incomprendida Garamond. Ni hablar. He escuchado a mi maestro hablar con pasión acerca de su pluma Virgina Woolf. Yo tendré que ser de esos ancianos insoportables que evocan con cariño cuando el botón de las mayúsculas se iluminaba. “Hasta tenía su propio foquito”.
2.
En contra de cualquier pronóstico: hay gente a la que sí le gusta estar viva en este inicio de siglo. Francamente yo creo que es discutible eso de que los avances tecnológicos de los últimos cinco años sobrepasan a los de siglos enteros. Lo que noto sin rodeos es que las llamadas redes sociales y el internet en sí es un severo premio a lo inmediato, a lo que no permanece e incluso carece de profundidad. Hay un frenesí generalizado por menospreciar el instante. Todo está condenado al olvido, obvio, pero qué desesperante resuelve ser llevar el registro diario de nuestra vida en una red social. Tal vez por eso nos ha dado por sentir melancolía por cosas que ocurrieron prácticamente ayer. Por ejemplo: hablar de una tipografía del Word. O evocar con ternura las caricaturas de nuestra infancia, o cuando era necesario sintonizar un canal de televisión meneando la perilla o cuando no existía algo llamado “tiempo aire”. En todo caso, son aún insospechadas las implicaciones a futuro que sufriremos producto de esta vida moderna.
La materia prima del internet es el hombre. En este rectángulo inquieto (prisión) acumulamos nuestros pensamientos diarios, mantenemos un registro visual de nuestros días, expresamos las partes más públicas de nuestros queridos diarios, subrayamos “yo le tomo fotos a mi axila”, “a mí no me gustó la nueva de Batman”, “yo comí elote con piquín”, etcétera. ¿Entonces por qué es un medio tan inhumano? Es verdad eso de que no hay mejor tema de conversación que uno mismo. Es cierto que cualquier ser humano podría escribir la novela más increíble con sólo hablar de sí mismo. ¿Y luego? ¿Qué pasó?
Internet no es la eternidad. Una vez, cenando en un vips, le pregunté a un matemático cuál era el límite del internet y su respuesta me fulminó: me dijo que internet se acababa cuando ya no hubiera más seres humanos que pudieran conectarse. Es decir: los límites de esta cochinada son los pares de manos que lo usan. Internet depende de que sigamos gestando especie como desquiciados. Las escuelas de cómputo en Pericoapa ya chingaron paleta.
En Internet está la información, no ya el conocimiento.
Dice Mishima que si la razón se tomara un break no habría mejor alimento para conmoverla que un glimpse de todo. Un paisaje que abarque todo lo habido y por haber. Un aleph acaso. Youtube, amigos, es el aleph pero de la pendejez. Teniendo la capacidad de ver todas las hormigas del imperio romano decidimos mejor ver a un gatito bebé en una canasta. La gente que consume Twitter tiene complejo de Santa Inquisición, pero ese sea tal vez otro tema.
Internet no es un mar vasto.
Pero, al mismo tiempo, sí es incalculablemente inmenso. Trato de cerrar los ojos y pensar en cómo luciría el internet en su totalidad. Lo imagino como un inmenso rompecabezas al que sólo le faltan de colocar los contornos. ¿Cuáles son las orillas de Internet?
No son los chorros seminales cayendo en el rostro de cuanta actriz porno exista, tampoco son el mail del rey africano que necesita depositemos dólares para que abandone su nación y nos comparta sus riquezas, ni todo el anime, ni millones de parejas sonriendo para la cámara en la boda de Kika, ni fotografías falsamente antiguas de los graffiti que hicieron anoche en NY, ni este texto, ni ningún texto, ni los martes del mundo registrados en breves líneas, ni enterarse que acaban de balacear hace dos segundos un mall en sonora. ¿Tons?
3.
A la pregunta estúpida de ¿cuáles cinco libros te llevarías a una isla desierta?, mi amigo Miguel España responde –ingeniosamente– que se llevaría los cuatro mil libros que tiene en su iPad.
Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga
(@El_neb) Nació en la ciudad de México en 1980, autor de la novela “Balas en los ojos” (ediciones B — Zeta Bolsillo, 2011) y el libro de cuentos “El Demonio Perfecto” (BUAP. 2008), actualmente se encuentra trabajando en su segunda novela que aparecerá a finales de 2012.
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