69 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

07
ago
1.

Me doy cuenta que así como los escritores viejos lobos del mar son capaces de dialogar horas enteras acerca de la máquina de escribir que usa­ban, o –si nos vamos tres pasos antes– de la pluma fuente que emplean para escribir; yo ten­dré que sen­tir melan­colía por la tipografía del Word con que mas cómodo me siento a la hora de enfrentarme a esta aparente página en blanco.

En mi caso: Gara­mond cuerpo 12. La pre­fiero sen­cil­la­mente porque no me pone nervioso. Algo de rela­jante tiene, con su dig­nidad en patines y su for­mal­i­dad de cochinilla echa bola.

El prob­lema con la Gara­mond es que no todas las com­puta­do­ras la reg­is­tran, así que cuando trans­fiero un doc­u­mento de este aparatejo a aquel otro aparatejo, siem­pre acaba trans­for­mán­dose en Arial o a Times (las dos tipografías más abur­ri­das de la his­to­ria: las que exi­gen en sus bases todos los certámenes lit­er­ar­ios). Y no es que yo sea un cono­ce­dor de tipografías, más bien me iden­ti­fico con mi necia e incom­pren­dida Gara­mond. Ni hablar. He escuchado a mi mae­stro hablar con pasión acerca de su pluma Vir­gina Woolf. Yo ten­dré que ser de esos ancianos inso­porta­bles que evo­can con car­iño cuando el botón de las mayús­cu­las se ilu­minaba. “Hasta tenía su pro­pio foquito”.

2.

En con­tra de cualquier pronós­tico: hay gente a la que sí le gusta estar viva en este ini­cio de siglo. Fran­ca­mente yo creo que es dis­cutible eso de que los avances tec­nológi­cos de los últi­mos cinco años sobrepasan a los de sig­los enteros. Lo que noto sin rodeos es que las lla­madas redes sociales y el inter­net en sí es un severo pre­mio a lo inmedi­ato, a lo que no per­manece e incluso carece de pro­fun­di­dad. Hay un fre­nesí gen­er­al­izado por menos­pre­ciar el instante. Todo está con­de­nado al olvido, obvio, pero qué deses­per­ante resuelve ser lle­var el reg­istro diario de nues­tra vida en una red social. Tal vez por eso nos ha dado por sen­tir melan­colía por cosas que ocur­rieron prác­ti­ca­mente ayer. Por ejem­plo: hablar de una tipografía del Word. O evo­car con ter­nura las car­i­cat­uras de nues­tra infan­cia, o cuando era nece­sario sin­tonizar un canal de tele­visión mene­ando la per­illa o cuando no existía algo lla­mado “tiempo aire”. En todo caso, son aún insospechadas las impli­ca­ciones a futuro que sufrire­mos pro­ducto de esta vida moderna.

La mate­ria prima del inter­net es el hom­bre. En este rec­tán­gulo inqui­eto (prisión) acu­mu­lamos nue­stros pen­samien­tos diar­ios, man­ten­emos un reg­istro visual de nue­stros días, expre­samos las partes más públi­cas de nue­stros queri­dos diar­ios, sub­rayamos “yo le tomo fotos a mi axila”, “a mí no me gustó la nueva de Bat­man”, “yo comí elote con piquín”, etcétera. ¿Entonces por qué es un medio tan inhu­mano? Es ver­dad eso de que no hay mejor tema de con­ver­sación que uno mismo. Es cierto que cualquier ser humano podría escribir la nov­ela más increíble con sólo hablar de sí mismo. ¿Y luego? ¿Qué pasó?

Inter­net no es la eternidad. Una vez, cenando en un vips, le pre­gunté a un matemático cuál era el límite del inter­net y su respuesta me ful­minó: me dijo que inter­net se acababa cuando ya no hubiera más seres humanos que pudieran conec­tarse. Es decir: los límites de esta cochi­nada son los pares de manos que lo usan. Inter­net depende de que sig­amos ges­tando especie como desqui­ci­a­dos. Las escue­las de cóm­puto en Peri­coapa ya chin­garon paleta.

En Inter­net está la infor­ma­ción, no ya el conocimiento.

Mishima

Dice Mishima que si la razón se tomara un break no habría mejor ali­mento para con­moverla que un glimpse de todo. Un paisaje que abar­que todo lo habido y por haber. Un aleph acaso. Youtube, ami­gos, es el aleph pero de la pen­de­jez. Teniendo la capaci­dad de ver todas las hormi­gas del impe­rio romano decidi­mos mejor ver a un gatito bebé en una canasta. La gente que con­sume Twit­ter tiene com­plejo de Santa Inquisi­ción, pero ese sea tal vez otro tema.

Inter­net no es un mar vasto.

Pero, al mismo tiempo, sí es incal­cu­la­ble­mente inmenso. Trato de cer­rar los ojos y pen­sar en cómo luciría el inter­net en su total­i­dad. Lo imag­ino como un inmenso rompecabezas al que sólo le fal­tan de colo­car los con­tornos. ¿Cuáles son las oril­las de Internet?

No son los chor­ros sem­i­nales cayendo en el ros­tro de cuanta actriz porno exista, tam­poco son el mail del rey africano que nece­sita deposite­mos dólares para que aban­done su nación y nos com­parta sus riquezas, ni todo el anime, ni mil­lones de pare­jas son­riendo para la cámara en la boda de Kika, ni fotografías fal­sa­mente antiguas de los graf­fiti que hicieron anoche en NY, ni este texto, ni ningún texto, ni los martes del mundo reg­istra­dos en breves líneas, ni enter­arse que aca­ban de bal­acear hace dos segun­dos un mall en sonora. ¿Tons?

3.

A la pre­gunta estúp­ida de ¿cuáles cinco libros te lle­varías a una isla desierta?, mi amigo Miguel España responde –inge­niosa­mente– que se lle­varía los cua­tro mil libros que tiene en su iPad.


Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

(@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, autor de la nov­ela “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y el libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008), actual­mente se encuen­tra tra­ba­jando en su segunda nov­ela que apare­cerá a finales de 2012.

  • Whatkatiedid

    Es obvio que no cono­ces la deep web. El interne es más de lo que no haz imag­i­nado.
    Saludos.

  • Shot­gun­ster

    Eso de los límites del inter­net, supongo que es un tér­mino retórico. Sug­iero que no hable­mos de la deep web nadamás por convivir.

  • Adan­de­mari­ass

    De acuerdo con­tigo Gabriel, buen post, Ariel y Times New Roman las tipografías más abur­ri­das de la his­to­ria. Gara­mond es mejor que las dos.

  • Mars

    amo tu bio y como “apare­cerá” tu nov­ela a fines de año… no lo puedo evitar.

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