1

Cier­tos libros me obligan a pen­sar más en las cir­cun­stan­cias de su edi­ción que en su con­tenido. Algu­nas veces es pre­cisa­mente la sen­sación de falta de sus­tan­cia, o su ausen­cia, la que me empuja a su puerto de ori­gen. Malagueta, Perus y Bacanazo me planteó este prob­lema en dos oca­siones, pues al tratarse de una tra­duc­ción hay algo así como una repeti­ción de deci­siones edi­to­ri­ales que no com­prendo del todo. No obstante, me parece que tengo más claras las cir­cun­stan­cias que rodearon a la edi­ción brasileña que las que moti­varon a Adri­ana Hidalgo a pub­li­carlo en español. De alguna man­era, lo que pre­tendo hacer al escribir esta reseña es explo­rar la pregunta¿por qué reed­i­tar Malagueta, Perus y Bacanazo? Ya sabe­mos que la recep­ción de la lit­er­atura brasileña, por lo menos en Méx­ico, no es muy buena. Uno puede cul­par a las bar­reras del idioma, a la falta de interés de las edi­to­ri­ales que puede remi­tirse a la rival­i­dad histórica entre España y Por­tu­gal o a la falta de lec­tores de tex­tos que, como este, se pre­sen­tan con el traje de gran lit­er­atura y no dejan de ser el escritor prome­dio brasileño. Para pon­erlo en tér­mi­nos más sim­ples: ¿por qué un alemán ele­giría leer a Elena Garro si tiene la posi­bil­i­dad de leer a Inés Arredondo?, ¿por qué leer a Fog­will si tienes a Borges? O, siendo más dramáti­cos, por qué ele­gir a Car­los Fuentes si se tiene un Juan Rulfo. Con esto me refiero a que esper­aba más de una edi­to­r­ial como Adri­ana Hidalgo, que se ha ded­i­cado a difundir en his­panoamer­ica a Clarice Lispec­tor, Guimarães Rosa o João Gilberto Noll. No sé si estoy exagerando pero las cir­cun­stan­cias que rodean al libro me dan motivos sufi­cientes para cuestionarlo.

Leer más

1

Andrés Téllez Parra (Ciu­dad de Méx­ico, 1979) con­struye con ofi­cio un libro sobre el fin del mundo, sobre el mundo de los muer­tos, pero tam­bién sobre el mundo de los vivos, tal vez de los vivos que están aún por morir. Un retrato apoc­alíp­tico y onírico que se aleja de los lugares tan comunes como vici­a­dos sobre zom­bis, hecatombes nucleares o pan­demias virales que tanto llenan hoy estanterías y mesas de novedades. Como dice Sal­vador Gal­lardo Cabr­era en la con­tra­por­tada del libro, se habla de un mundo “en estado de desapari­ción, de un mundo después del fin del mundo”.

Téllez Parra uti­liza como epí­grafe los diez primeros ver­sícu­los del capí­tulo 37 del Libro de Eze­quiel, prob­a­ble­mente uno de los pasajes más pos­i­tivos y menos fatal­is­tas de todo el libro del pro­feta. Si bien no es la única sec­ción donde los cas­ti­gos y ame­nazantes pro­fecías no se cuen­tan por dece­nas, esos ver­sícu­los hablan en par­tic­u­lar de una pro­fecía sobre la sal­vación y la restau­ración de la alianza. Como otros libros de la Bib­lia, por ejem­plo el de Daniel o el pro­pio Apoc­alip­sis —la pro­fecía funesta por exce­len­cia—, el de Eze­quiel está lleno de metá­foras y ale­gorías de difí­cil desen­trañamiento. El autor, en efecto, apela a las pal­abras del pro­feta Eze­quiel, pero en algunos capí­tu­los como “El valle de los decap­i­ta­dos”, “El topo” o “El vidente”, emplea pasajes igual de críp­ti­cos y llenos de ora­ciones cor­tas y lap­i­darias que podrían “rezarse” con un escapu­lario o un arma en la mano. Con esto no quiero hacer un reproche, al con­trario: enmas­cara sus inten­ciones de tal man­era que al lec­tor no le queda más que imag­i­nar y aban­donarse a una nar­ración que, con­forme se avanza, va cobrando más y más sentido.

Leer más

1

En La tem­pes­tad, de Shake­speare, Próspero se desplaza de una isla a otra con el tedio como motivo latente. Siendo aún duque de Milán, cede las respon­s­abil­i­dades de su gob­ierno a su her­mano Anto­nio y se encierra de man­era vol­un­taria en su bib­lioteca —su primera isla— para pon­erse a estu­diar sus libros de ocultismo. La segunda isla es real y a ella lle­gan acci­den­tal­mente Próspero y Miranda, su hija, después de que Anto­nio, aprovechando la dis­trac­ción del duque en los libros, se alía con Alonso (rey de Nápoles y antiguo ene­migo Próspero), pone a la mili­cia de su lado, se lev­anta en armas, usurpa el ducado y, en un barco viejo e inservi­ble, pone a padre e hija. Después de sal­varse y rehacer su vida en la isla, Próspero uti­liza aquel conocimiento apren­dido en los libros como instru­mento de dominio sobre sus habi­tantes, en parte para librarse de las odiosas tar­eas domés­ti­cas (esclav­iza a Cal­ibán y condi­ciona la lib­er­tad de Ariel a cam­bio del cumplim­iento de sus órdenes), pero quizá tam­bién para escapar del abur­rim­iento de aquel sitio. Leer y dom­i­nar son activi­dades que no sólo mate­ri­al­izan el prin­ci­pio del saber cómo poder, sino que además rep­re­sen­tan modos de evasión del tedio. Los libros que fueron el reme­dio con­tra el abur­rim­iento de la vida corte­sana y los asun­tos del gob­ierno en Milán fun­cio­nan algún tiempo en aque­lla isla fan­tás­tica que Próspero conoce, con­quista y a la que ya está habit­u­ado, pero que al final de la obra aban­dona porque, según con­fiesa en el epíl­ogo, se siente viejo y cansado. Ha per­dido “el poder de su magia”.

Leer más

Compra en línea

Selected Title

Facebook

Trinos

There are no tweets to display for this user.