Ciertos libros me obligan a pensar más en las circunstancias de su edición que en su contenido. Algunas veces es precisamente la sensación de falta de sustancia, o su ausencia, la que me empuja a su puerto de origen. Malagueta, Perus y Bacanazo me planteó este problema en dos ocasiones, pues al tratarse de una traducción hay algo así como una repetición de decisiones editoriales que no comprendo del todo. No obstante, me parece que tengo más claras las circunstancias que rodearon a la edición brasileña que las que motivaron a Adriana Hidalgo a publicarlo en español. De alguna manera, lo que pretendo hacer al escribir esta reseña es explorar la pregunta¿por qué reeditar Malagueta, Perus y Bacanazo? Ya sabemos que la recepción de la literatura brasileña, por lo menos en México, no es muy buena. Uno puede culpar a las barreras del idioma, a la falta de interés de las editoriales que puede remitirse a la rivalidad histórica entre España y Portugal o a la falta de lectores de textos que, como este, se presentan con el traje de gran literatura y no dejan de ser el escritor promedio brasileño. Para ponerlo en términos más simples: ¿por qué un alemán elegiría leer a Elena Garro si tiene la posibilidad de leer a Inés Arredondo?, ¿por qué leer a Fogwill si tienes a Borges? O, siendo más dramáticos, por qué elegir a Carlos Fuentes si se tiene un Juan Rulfo. Con esto me refiero a que esperaba más de una editorial como Adriana Hidalgo, que se ha dedicado a difundir en hispanoamerica a Clarice Lispector, Guimarães Rosa o João Gilberto Noll. No sé si estoy exagerando pero las circunstancias que rodean al libro me dan motivos suficientes para cuestionarlo.


































