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A los cua­tro años comenzó para mí una trav­esía que se ase­meja al recor­rido por los bosques hechiza­dos de los cuen­tos de hadas. Entré al Cole­gio Alemán de la ciu­dad de Méx­ico y, luego de un exa­men de apti­tudes del que no tengo memo­ria, fui asig­nado al Grupo A de Primero de Kinder donde los alum­nos eran may­ori­tari­a­mente ale­manes o hijos de alemanes.

A los seis años, cuando alguien me pre­gunt­aba si ya sabía leer, mi respuesta era: “Sólo en alemán.” El conocimiento me llegó en una lengua extran­jera. Si Elias Canetti y Georg Christoph Licht­en­berg des­cubrieron que vivir en Inglaterra les per­mitía gozar más del alemán, yo des­cubrí en el Cole­gio que nada me interesaba tanto como el español, idioma que sólo hablaba en los recreos o en la clase de Lengua Nacional y que rep­re­sentaba para mí una reserva de libertad.

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Poesía. ¿Pasión, rev­olu­ción, acción? La búsqueda con­stante del cómo —y la renun­cia al impa­ciente por qué— a través de un camino inter­minable como la vida. ¿Qué poética no ha pre­tendido dar una respuesta? ¿Qué poeta no ha dis­cur­rido en su ger­men invis­i­ble? La deses­peración por llenar ese nom­bre ha sumergido a la humanidad en “la inmi­nen­cia de una rev­elación, que no se produce.”

Desde el final de la Guerra Civil (1939), la poesía española se fue mod­e­lando en el inte­rior de un mundo frac­turado y lleno de mat­ices. Con la muerte de Franco (1975), se encauzó en la búsqueda de suce­si­vas gen­era­ciones de escritores que dieron forma a un paisaje lit­er­ario, car­ac­ter­i­zado por la fluc­tuación entre el esteti­cismo y la denun­cia social. Y, ya a fines de siglo, ha logrado superar la mar­gin­al­i­dad com­er­cial, la escasez de las tiradas edi­to­ri­ales y la inestable dis­tribu­ción de los libros impre­sos. “No en vano la poesía es, en un sen­tido ontológico, la última palabra.”

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No soy un lec­tor de poesía exper­i­men­tado. Des­gra­ci­ada­mente mi vida de lec­tor (pro­fe­sional y afi­cionado) se ha cen­trado poco a poco, y me temo que de man­era defin­i­tiva, en la prosa. Sin embargo, mi flaca memo­ria detiene obsti­nada­mente algunos poe­mas, o frag­men­tos de poe­mas, que rel­e­gan miles de pági­nas pro­saicas al reino de lo banal. Son poe­mas escritos en español y alemán: “Lo fatal”, de Rubén Darío; el “Noc­turno”, de José Asun­ción Silva; Muerte sin fin, de José Goros­tiza; Las elegías de Duino, de Rainer Maria Rilke. A pesar de los que creen en una esen­cia poética uni­ver­sal, a pesar de ese “algo” lit­er­ario inde­struc­tible con el que sueña Wal­ter Ben­jamin, no me atrevo a dudar de la com­pe­ten­cia lingüís­tica como ingre­di­ente impre­scindible del enfrentamiento con un texto poético. De un enfrentamiento se trata: una lucha, un desafío que, even­tual­mente a lo largo de toda una vida, se desar­rolla entre lec­tor y poema. Tam­bién una tra­duc­ción es capaz de provo­car esta lucha, pero será un con­flicto menos feroz, ya que nece­sari­a­mente pre­scinde de la con­frontación con el ser más pro­fundo del lec­tor, el ser for­mado por el lenguaje.

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