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Afirma Claude Lévi-Strauss en una página céle­bre que el mis­te­rio supremo del alma humana, la gran pre­gunta sin respuesta de la his­to­ria cul­tural, es la inven­ción de la melodía. Ayer noche fui —fuimos— a escuchar Son ver­acruzano en el audi­to­rio que lleva su nom­bre, el del Musée du Quai Branly, heredero del ven­er­a­ble y polvoriento Musée del Homme, en la mar­gen izquierda del Sena.

No seré yo quien le responda.[1] Es un mis­te­rio supremo, cierto, pero un mis­te­rio ante el cual el requinto o gui­tarra de Son no se arredra. Las melodías en la gui­tarra de Son de Ramón Gutiér­rez sim­ple­mente son, son sin porqué.

Son melodías que conozco desde siem­pre y que, de inmedi­ato y como pocas, toman com­pleta pos­esión de mis emo­ciones. Hacen con­migo lo que quieren: de inyec­tarme por vía intra­venosa su avasal­ladora energía a hac­erme zozo­brar con el más melancólico desconsuelo.

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Fue uno de aque­l­los ver­a­nos, los primeros de la uni­ver­si­dad, cuando Jaime era más joven y los fines de sem­ana iba a tra­ba­jar a un bar de copas, para sacarse un poco de dinero.

En ese bar tra­ba­jaba Sheila. Allí se conocieron.

Eran los dos casi de la misma edad, pronto alcan­zarían la vein­tena. Sheila llam­aba la aten­ción por sus grandes pechos. Unas caderas exce­lentes daban seguri­dad a su cuerpo.

El pelo largo y cas­taño le caía por la espalda ondu­lado, feliz.

Había algo en ella, quizá la despre­ocu­pación con que se enfrentaba al mundo, que la dul­ci­fi­caba, que la hacía atrac­tiva para Jaime.

Sheila vestía con bas­tante nat­u­ral­i­dad, siem­pre con unos jeans y camise­tas de algo­dón. Nada de chan­cle­tas ni zap­atos de tacón. Nada de arreg­los exce­sivos. Nada de pan­talones cor­tos. Nada de fal­das. Siem­pre unas náu­ti­cas mar­rones en sus pies, embe­tu­nadas con viveza.

La mez­cla del tono nasal de la voz con el cor­tante estrépito de su risa le daba un vago pero deslum­brante aspecto mas­culino. Y aunque a cier­tas per­sonas les resul­tase pre­sun­tu­oso, a Jaime le agradaba.

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Había una silla junto a la ven­tana. El calor se extendía en la pequeña estación de auto­buses. Los pájaros eran infini­tas fig­uras antes del vuelo. Un vaso sud­aba su fiebre en la penum­bra. La humedad del vidrio dejaba su huella en la mesa. Inútil esper­anza porque era puro despojo, cosa inútil e inacabada. Las moscas for­maron una nube inestable. Volátiles se movían en la escena. “Ayer dejaron algo”, dijo el viejo. Su com­pañero de tra­bajo —un mucha­cho— se acercó. El primero se bal­anceó en la mece­dora. De gim­nasta su vaivén por la pre­cisión y el tino: los pies al aire y luego al suelo. Una secuen­cia donde desta­ca­ban la espalda, la camisa a cuadros y los pies alum­bra­dos. Los pájaros, con­traste entero del viejo, esta­ban pren­di­dos al esqueleto de un árbol y desde ahí, al uní­sono, medra­ban. Los dos pre­sen­tían nubes pero, por una absurda super­sti­ción, no lo decían. Las pal­abras del viejo, inacabadas todas, aún per­dura­ban como la estela de humedad en el vaso. “¿Qué dejaron?”, pre­guntó el mucha­cho. La mano fue al vaso, pero no para beber, sólo era dis­trac­ción del tacto mien­tras lle­gaba la respuesta. El viejo se lev­antó: imagí­nese su lento andar, su res­piración que ape­nas rompía el silen­cio. La silla con­servó la iner­cia del movimiento y su som­bra anegó una parte del suelo. El viejo abrió un cajón y señaló con solem­nidad un sobre amar­illo. La mirada quedó ahí, en todo el cuerpo, vibrante y estancada. El mucha­cho abrió el sobre. El con­tenido era una hoja y una leyenda: “Ven­drán más cosas”. Remiró la frase. Las pal­abras eran tres pájaros en la escena. En una del­gada rama los imag­in­aba, lis­tos para volar una vez seca la tinta de sus alas.

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