Afirma Claude Lévi-Strauss en una página célebre que el misterio supremo del alma humana, la gran pregunta sin respuesta de la historia cultural, es la invención de la melodía. Ayer noche fui —fuimos— a escuchar Son veracruzano en el auditorio que lleva su nombre, el del Musée du Quai Branly, heredero del venerable y polvoriento Musée del Homme, en la margen izquierda del Sena.
No seré yo quien le responda.[1] Es un misterio supremo, cierto, pero un misterio ante el cual el requinto o guitarra de Son no se arredra. Las melodías en la guitarra de Son de Ramón Gutiérrez simplemente son, son sin porqué.
Son melodías que conozco desde siempre y que, de inmediato y como pocas, toman completa posesión de mis emociones. Hacen conmigo lo que quieren: de inyectarme por vía intravenosa su avasalladora energía a hacerme zozobrar con el más melancólico desconsuelo.




































