Sizigias y cuadraturas lunares

  • Entre las murallas del infinito | Por Víctor Roberto Carrancá  

    (Web)

    Cualquier aproximación a una obra presenta numerosas, tal vez numerosísimas barreras que a veces resultan imposibles de franquear. read more

  • Más allá de la distopía | Por Víctor Roberto Carrancá

    (Web)

    Suspender la realidad. Suspender la realidad. Suspender las circunstancias que impiden desmembrarla y, con ello, comprender las posibilidades de una literatura sin ataduras. read more

  • Saturno y el aperitivo antropofágico | Por Víctor Roberto Carrancá

    Es permisible trasponer el concepto (y arquetipo) de Saturno con una pintura negra en particular. Nos referimos, claro está, a la de Francisco Goya; aunque tal vez, Saturno devorando a un hijo podría ser pertenecer a uno de los “caprichos” read more

  • Jupiter y la placidez escatológica | Por Víctor Roberto Carrancá

    En este caso, abandonaremos el planeta. Dejaremos por un momento el territorio joviano y nos trasladaremos a Ganémides, el tercer satélite de Júpiter y la luna más grande de nuestro sistema.
    Ahí, en esta superficie gélida, encontramos el hogar de Lord Running Clam, un hongo ganimediano filatélico, importador de gemas sin tallar, comerciante de oro y, como descubrimos, de ciertas sustancias prohibidas.
    Este es el personaje que describe Phlip K. Dick en su desestimada novela Los clanes de la Luna Alfana. En ella, encontramos una civilización que nace en el Sistema Alfano cuando convirtien a una de sus lunas en un hospital psiquiátrico para los inmigrantes provenientes de la Tierra.
    Algunos años después, el asentamiento, abandonado a su suerte, crea una sociedad conformada por enfermos mentales, cuyas profesiones y clases sociales son definidas según la psicopatología que padecen.
    La demencia se convierte en un factor sociológico determinante.
    Mientras tanto, en la superficie terrestre, el hongo ganimediano se encarga de manipular a los personajes con sus poderes telepáticos. Ofrece estimulantes talámicos de tipo hexoanfetamínico mismos que, aunque ilegales en la Tierra, el hongo puede obtener a través de sus contactos extraterretres.
    Aunque la trama se intrinca hasta el límite de lo risible, leer a K. Dick siempre implica, de alguna manera, conciliar la visión escatológica de un soñador (quizás un demente) que sabe romper cualquier prejuicio sobre la ciencia ficción.
    Aun así, la presencia de este hongo, narcotráficante a niveles interplanetarios, nos lega este mensaje: K. Dick es religión. Su obra conforma un tratado sobre las verdades últimas, las Postrimetrías, el dogma y el cosmos, a través de una ligera (e innegable) dosis de psicodelia. Leer a este autor es, por tanto, ingerir una sustancia más extraña que cualquiera que pueda proveernos un hongo ganimediano.
    Si trasladamos esta facultad de extrañamiento (en donde la droga sirve de vehículo de conocimiento) al terreno de la escatología, encontramos que Philip K. Dick es una especie de Dante que crea un universo durante su ascenso/descenso por la (ir)realidad humana.
    En este sentido, donde la extrañeza y cognición se suman en el tema de la ciencia ficción, es imposible no transponer otra imbricación religiosa, relacionada con Júpiter.
    En la visión de Arthur C. Clarke (superada, creo yo, por la genialidad cinematográfica de Kubrick), aparece una estructura negra de dimensiones matemáticamente perfectas, que apela, por completo, a la inconmesurabilidad divina.
    El insólito “monolito” de 2001, Odisea en el espacio, que aparece en cuatro momentos cruciales de la película (uno de ellos, en la cercanía de Júpiter, cuando la nave Discovery, en compañía del célebre HAL, se dirige hacia allá), se nos muestra como una presencia sublime que supera, incluso, cualquier ámbito de religiosidad humana.
    En el monolito está la evolución, el desarrollo, el temor, la eternidad.
    Esta figura enigmática termina, de hecho, por suplir el mismo concepto de Dios, puesto que lo sujeta a las posibilidades paradimensionales que existen en un Universo, tan infinito como desconocido.
    Aunque es difícil pensar que Arthur C. Clark tenía “visiones” similares a las de K. Dick, lo cierto es que ambos encuentran un sentido teológico en lo que algunos calificarían como simple Space Opera.
    El mensaje, empero, es mucho más grande.
    La psicodelia se une al horror sobrenatural y dan muestra de que el sentido de la existencia (se encuentre en Júpiter, Ganimedes o en cualquier otro sitio del Universo), supera, por completo, la racionalidad humana.

    Júpiter 1 copy


    Escrito por Víc­tor Roberto Carrancá

    (Ciu­dad de Méx­ico, 1984).  Egre­sado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, tiene estu­dios de Maestría en Letras Iberoamer­i­canas y diver­sos cur­sos y diplo­ma­dos en cien­cia fic­ción, ter­ror, así como en crim­i­nología apli­cada al cine y la literatura.

    Ha obtenido diver­sos pre­mios lit­er­ar­ios, como el Primer Lugar en el Cuarto Con­curso de Cuen­tos sobre Ale­bri­jes (INBA y MAP), Men­ción de Honor en el Primer Cer­ta­men Pan­his­pánico de Relato Breve Letra Tur­bia (España), entre otros.

    Ha pub­li­cado en diver­sas revis­tas y antologías de cuento e impar­tido talleres de creación lit­er­aria, cien­cia fic­ción y ter­ror. El espejo del Soli­tario (Fic­ti­cia, 2014), es su primer libro de cuento

    Fotografía de Mónica Resa

  • Mercurio y el mensaje (espacial) del progreso | Por Víctor Roberto Carrancá

    Una carta en una botella, solitaria y que flota, en este caso, en un océano de nubes; en ese limbo donde perdura la credulidad.
    Ahí encontramos a Mercurio, mensajero alado cuyo vuelo ejemplifica que todo permanece en el aire. Principalmente, las misivas ficcionales que simbolizan el progreso.
    En “The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall”, Edgar Allan Poe relata, a manera de nota periodística, un viaje a la Luna realizado en globo aerostático. La historia responde a una serie de artículos publicados en Nueva York en 1835, que describían la llegada  al territorio selenita y que fueron conocidos con el nombre de The Great Moon Hoax.
    Esta noticia incrementó las ventas del periódico The Sun, de modo inusitado. El poder de la mass media apeló a la ciencia ficción con un fin nacionalista, a la vez que mercadotécnico. La sensación del evento apócrifo implicó, incluso, que otros periódicos reprodujeran la noticia aludiendo a la importancia científica y astronómica del suceso.
    La cuestión era evidente: durante una época en donde la expansión territorial significaba todo, había que dar cuenta de acontecimientos insólitos que demostraran la superioridad de un país.
    Algo similar sucedería con el llamado The Great Ballon Hoax: un artículo, publicado en 1844, que narra la gran hazaña del explorador Monck Mason, quien logra cruzar el Océano Atlántico en 75 horas, a bordo del globo Victoria (el mismo nombre del globo que llevaría al Dr. Ferguson y sus dos acompañantes, a una aventura similar, en Cinco semanas en globo, la célebre novela de Verne).
    Aunque este nuevo artículo (anunciado como un hoax, a cargo, nuevamente, de la pluma engañosa de Poe) no tuvo el alcance que el de los viajes a la Luna, se demuestra que el globo era, a ojos del público, el símbolo del progreso. Materializado, claro está, en el poder colonizador del Primer Mundo y, por lo tanto, en la necesidad de llegar cada vez más lejos.
    Y aquí la continuidad de la metáfora.
    La “carrera espacial” materializó esta competencia por marcar el aire.
    La verdadera competencia fue a nivel mediático. Por ello, la “conquista de la Luna”, dicen algunos, fue solo un montaje.
    El suceso de Armstrong no implicaba, a ojos de miles de norteamericanos, ninguna relevancia científica. Lo importante era observar a las barras y las estrellas, colocadas, antes que ninguna otra bandera, sobre la arena blanca. De ahí que la North American Vexillological Association emitiera su estudio “Where No Flag Has Gone Before: Political and Technical Aspects of Placing a Flag on the Moon”, lo anterior, debido a que la colocación de una bandera debía responder a una necesidad simbólica, antes que fáctica.
    El espacio exterior, nos dice el Treaty on Principles Governing the Activities of States in the Exploration and Use of Outer Space, including the Moon and Other Celestial Bodies, no es susceptible de apropiación. Ninguna nación puede ocupar la Luna ni cualquier otro cuerpo celeste.
    Aun así, al mirar hacia allá arriba, resulta inevitable pensar en aquella bandera que, incluso, desafía las leyes de gravedad puesto que “aparenta” moverse con el aire.
    Ahora, después de varias décadas, aunque el tiempo que se ha encargado de lanzar a un segundo plano la conquista del espacio (sustituible, claro está, por guerras reales con implicaciones económicamente reales), estamos cercanos a la posibilidad de realizar el primer viaje tripulado a Marte. Por ello, la pregunta regresa: ¿habrá que acudir, nuevamente, a la vexilología? ¿Qué símbolo o bandera podrá corroborar que “el ser humano” ha pisado el Planeta Rojo?
    En este sentido, el proyecto Mars One no ha hecho miramientos respecto a la nacionalidad de la tripulación de astronautas que emprenderá este one way trip, cuyo destino es la cienciaficcionalmente esperada colonización de Marte; sin embargo, no podemos dejar de preguntar las consecuencias que tendrá encerrar, durante más de doscientos días, a un grupo multicultural, mismo que deberá cohabitar, por el resto de sus vidas, en un “espacio neutro”, sin nacionalidades ni banderas.
    Quizás este es el inicio de un asentamiento utópico sin precedentes o, tal vez, una razón para ver materializados aquellos filmes de terror donde todos mueren, en este caso, por sentir una repentina falta de pertenencia.
    Al final, todo quedará asentado en el mensaje, sugestivo y etéreo, que se decida trasmitir.

    Mercurio_01

    Fotografía de Alx Murray

     


    Escrito por Víctor Roberto Carrancá

    (Ciu­dad de Méx­ico, 1984).  Egre­sado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, tiene estu­dios de Maestría en Letras Iberoamer­i­canas y diver­sos cur­sos y diplo­ma­dos en cien­cia fic­ción, ter­ror, así como en crim­i­nología apli­cada al cine y la literatura.

    Ha obtenido diver­sos pre­mios lit­er­ar­ios, como el Primer Lugar en el Cuarto Con­curso de Cuen­tos sobre Ale­bri­jes (INBA y MAP), Men­ción de Honor en el Primer Cer­ta­men Pan­his­pánico de Relato Breve Letra Tur­bia (España), entre otros.

    Ha pub­li­cado en diver­sas revis­tas y antologías de cuento e impar­tido talleres de creación lit­er­aria, cien­cia fic­ción y ter­ror. El espejo del Soli­tario (Fic­ti­cia, 2014), es su primer libro de cuento

    Fotografía de Alx Murray

  • Venus y la (des)mitificación del género | Por Víctor Roberto Carrancá

    En la superficie solitaria del segundo planeta, tan cálida como un vientre maternal, encontramos el mito venéreo de la división de los sexos.
    Aunque considerado el “dador de paz” en la sinfonía de Holst, debemos saber que en Venus descubrimos la beligerancia. Ahí apareció el báculo milagroso que partió las aguas para que se revelara el camino que nos llevaría a la batalla más antigua del ser humano: la guerra de géneros
    Surge, así, la barra derridiana; la báscula de los opuestos binarios jerarquizados donde nació la lucha por la supremacía sexual; obtenible, supuestamente, solo por uno de los dos contendientes.
    Entre la espada y el cáliz.
    ¿Será que aún permanecemos en esta postura maniquea?
    Hoy, a través de diversas tendencias filosóficas, psicológicas o sociales (como la llamada teoría queer o, incluso, el mismo posfeminismo); de posturas críticas que abarcan un terreno más amplio al inmiscuirse en el desarrollo biogenético, encontramos la posibilidad de borrar la barrera que divide los  géneros.
    La ciencia, sabemos, propone una serie de contingencias que sugieren que sexo y género hoy son, antes que materia de selección, oportunidad de elección.
    La balanza, por tanto, ya no debe inclinarse a favor de uno u otro sino, más bien, fusionar los conceptos con la intención de crear nuevos sistemas del pensamiento.
    En Venus decapitada, una peculiar novela del catalán Sergio Parra, se explora el tema de la guerra sexual  e, incluso, se le lleva a extremos que ponen en duda la intención del autor: ¿evidenciar el absurdo de una guerra demasiado real, o el realismo de una guerra demasiado absurda?
    Los personajes (que en un inicio pueden parecernos maniqueos, incluso aletargados dentro de su pertenecía de género), se mezclan, a través de la intrincada historia, para reafirmar una sola premisa: el sexo está en guerra. Siempre lo ha estado.
    La intermitencia de escenas (flash forwards) en donde vemos distintas etapas del futuro de la humanidad (en el cual se aprecian las consecuencias de esta batalla), complementan una narrativa en la cual no solo se mezclan los géneros sexuales sino, también, los literarios
    Este proceso de hibridización, en donde un hombre puede ser sodomizado por una mujer, al igual que una mujer puede liderar una conspiración milenaria que pretende abatir el sexo opuesto, genera una sola pregunta: ¿qué es el género y cómo saber qué papel debe asumirse respecto al mismo?
    Lo cierto es que el sexo, en su metamorfosis milenaria, es el único monstruo que se coloca, incluso, por encima de sus mitos. Sus componentes ya no pertenecen a una realidad, sino a una hiperrealidad a través de la cual, uno adquiere la apariencia de pertenecer a uno u otro. Los factores que lo determinan derivan, en gran parte, de la reafirmación de la mass media: sabemos quién es quién y cómo debe ser este quién, por revistas de modas, personajes de televisión y, en general, por la estructura mediática que se ciñe a nuestro alrededor.
    La cuestión es saber si, después de toda esta realidad simulada, seguiremos encuadrando al género en un sistema de jerarquías o si lograremos borrar la barrera que lo divide.
    Cualquier circunstancia que depare el futuro (así sea una guerra sangrienta como la que ocurre en la novela mencionada), solo hay una cosa de la que podemos estar seguros: el sexo es venusino, no por su relación con la antigua diosa sino porque, en verdad, es algo que siempre parecerá, a ojos humanos, completamente extraterrestre.

    Asexual

     

    Texto exclusivo de la versión digital de esta revista.


    Escrito por: Víc­tor Roberto Carrancá

    (Ciudad de México, 1984).  Egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, tiene estudios de Maestría en Letras Iberoamericanas y diversos cursos y diplomados en ciencia ficción, terror, así como en criminología aplicada al cine y la literatura.

    Ha obtenido diversos premios literarios, como el Primer Lugar en el Cuarto Concurso de Cuentos sobre Alebrijes (INBA y MAP), Mención de Honor en el Primer Certamen Panhispánico de Relato Breve Letra Turbia (España), entre otros.

    Ha publicado en diversas revistas y antologías de cuento e impartido talleres de creación literaria, ciencia ficción y terror. El espejo del Solitario (Ficticia, 2014), es su primer libro de cuentos.

    Fotografía de Adrián Duchateau

  • Sinfonía Planetaria: Marte y la otredad | Por Víctor Roberto Carrancá

    Al igual que en la composición de Peter Holst, nuestra sinfonía empieza con el sonido de guerra. En este caso, la música de la batalla no vaticina, como en las épocas de las más destacables sinfonías bélicas, la gloria nacional. Marte es, en términos de ciencia ficción, sinónimo de invasión.

    El inicio del sueño, musical y de vestido escarlata, surgió cuando Percival Lowell trazó los canales del Planeta Rojo y estableció la posibilidad de su origen artificial. La hipótesis de la existencia de vida extraterrestre, en la época de una inminente guerra, despertó la paranoia occidental.

    La publicación de Under the Moon of Mars, de Edgar Rice Burroughs, no solo trazó las bases de lo que se conocería como el Space Opera sino, también, la marginalidad de un género naciente (de hecho, como en numerosos casos, Burroughs publicó bajo seudónimo debido al temor que le provocaba el rechazo de la obra); sin embargo, la visión de este escritor y del mundo de Barsoom, no deja de ser, tal como ha sido catalogada, un romance planetario.

    La  verdadera temática marciana está en la guerra contra el Otro y, por lo tanto, en lo foráneo. En el vientre del Planeta Rojo crece el extranjero. Como una hormiga reina que protege miles de huevecillos a punto de reventar.

    La obra de H.G. Wells, inmortal hasta nuestros días, es la que plantea, en esencia, este concepto.

    No resulta extraño que, durante la transmisión de la versión radiofónica de La guerra de los mundos en el programa conducido por Orson Welles, los habitantes de Nueva York creyeran que se trataba de una invasión verídica. Para el año 1938, cualquier persona miraba las fronteras con recelo, incluyendo aquellas que se encuentran sobre nuestras cabezas.

    En 1949, cuando se transmitió la versión latinoamericana de la obra en Radio Quito, la recepción de esta calamidad radiofónica no implicó, como en el caso de la metrópolis norteamericana, un simple susto. Los ecuatorianos, iracundos por la mala broma, acudieron al edificio del diario El Comercio y quemaron el lugar.

    Porque en Marte habita el Otro. Aquel metasujeto cuya existencia solo se reafirma en el interior de uno mismo. Su pertenencia al orden simbólico lo hace, de alguna manera, permanecer oculto (tal como sucede con las naves entomórficas de la novela de Wells). El rostro del enemigo es el emblema que se combate. Cambiará de forma, color, país o razón política, pero continuará siendo, en el inconsciente colectivo, un alienígena.

    Tal vez por ello, Lacan escribe la palabra colocando una barra sobre el matema del Otro: Ⱥ, determinando así, que el Ⱥutre se nos presenta como ese Otro imposible de convertirse en un ser real.

    Similar al monstruo creado por Ridley Scott. El Alien (término con el cual se designa, también, al inmigrante), es un parásito (presimbólico) que se alberga en nuestro pecho para nacer, en pirotecnia de huesos y sangre, transformado en un ser que combina la naturaleza alienígena con la fisonomía de su huésped.

    El monstruo de Scott representa, bajo ojos xenofóbicos, los temores de un país ante la amenaza del mestizaje.

    Es más fácil combatir un ideal, una raza, un sistema político; es decir, una idea abstracta.

    Un planeta rojo.

    Un alguien (o algo) que pueda asesinarse sin causar remordimiento ni manchar, con ese rojo tan odiado, las manos blancas del terrícola.

    Marte

    Fotografía de Adrián Duchateau


    Escrito por: Víctor Roberto Carrancá

    Ganador del primer lugar en el Cuarto Concurso de Cuento sobre Alebrijes (Museo de Arte Popular, INBA), del Segundo Concurso de Cuento sobre el Centro Histórico de la Ciudad de México (Ed. Ficticia), entre otros reconocimientos en Argentina y España.

     

  • El fracaso de la paternidad | Por Víctor Roberto Carrancá

    ultrasonido22 (1)I

    —Estoy embarazado —anunció.
    Mirna, su mujer, nudillos blancos, puños cerrados, habló mordiendo las palabras:
    —¿Embarazado? —preguntó.
    El Sr. Cruz Mendoza, barba áspera, calva suave, disfrazó la boca de sonrisa y de sonrisa la tenía disfrazada cuando la palma de su esposa (¿carne, piedra?) le pintó de rojo una mejilla.
    —¿Por qué te embarazaste?
    La pregunta se incrustó en la alcoba, desordenada, fría y aún azul a esa hora.
    —No es mi culpa —contestó él, acomodándose el mentón.
    —Siempre nos cuidamos —rebatió Mirna.
    El Sr. Cruz Mendoza inclinó la cabeza y se miró el estómago. El ombligo sobresalía como espora juguetona.
    —¿Estás seguro? ¿Cómo puedes estar seguro? —dudó Mirna.
    —Son cosas que uno sabe.
    —¿Cómo dejaste que pasara esto? Es tu culpa.
    —¿Mi culpa?
    —Te embarazaste a propósito.
    —¡No!
    —Eres un imbécil.
    La puerta azotó, las ventanas temblaron y el ruido de tacones en el pasillo disminuyó hasta desaparecer. El Sr. Cruz Mendoza permaneció de pie mirándose la circunferencia el estómago. Redonda, tan redonda.

    II

    —¿Lo sentiste?
    —¡Sí!
    Mirna retiró la mano como cuando se le acerca al fuego. No quemó, cierto, pero sin duda algo se movía en el estómago de su marido.
    El doctor entró en la habitación. Bigote tan gris, tan fino, como un diente de león que va a deshilacharse al primer viento. El médico se sentó y acomodó un sobre color crema en su escritorio. Acomodó también, cinco dedos inquietos que jugaban con un piano invisible. Miró a la ventana. Dos soles nacieron en los cristales de sus anteojos.
    —¿Qué es? —preguntó él.
    —¿Qué es? —preguntó ella.
    —Un tumorcito —afirmó el doctor.
    —¿Un tumor? —inquirió, sonriente, el Sr. Cruz Mendoza.
    —Sí, sí, un tumor —reiteró el médico mientras sacaba unas hojas del sobre—. Mírelo. Uno pequeño.
    Marido y mujer miraron las placas que ofrecía el médico. Sobre los intestinos, a un lado de la vesícula biliar, arrinconado entre el hígado y el estómago, se observaba una silueta pequeña, agazapada entre las entrañas como un cangrejo entre las piedras.
    Mirna se mordió la punta del dedo pequeño, del angular, del índice. Al final, todos los dedos terminaron con las cabezas peladas.
    —No lo quiero —confesó la mujer.
    —¡Mirna! —reprochó el hombre.
    —No lo quiero, no lo quiero —insistió ella.
    —Es mi tumor —explicó él.
    —Sí, un tumorcito —intervino el médico.
    —¿Puede sacarlo, doctor? —cuestionó la esposa.
    —Es mío. ¡No pueden quitármelo!
    —Podemos, podemos.
    El Sr. Cruz Mendoza se tocó el estómago. El vientre fisgón miraba el consultorio a través de su único ojo. Palpitaba.
    —Hágalo, doctor. ¡Sáquelo! No lo quiero —concluyó Mirna arrojando saliva y restos de uñas por la boca.
    —Es mi tumor. Mío —se defendió el Sr. Cruz Mendoza.
    —Sí, un tumorcito —concluyó el doctor.
    La cirugía se programó para la semana siguiente.

    III

    La luz se columpiaba en el foco de una lámpara. El Sr. Cruz Mendoza observaba el vaivén de la bombilla mientras el doctor, escoltado por una enfermera rubia y de labios rosas e inflados, le clavaba una aguja en el estómago.
    Sintió un cosquilleo en el vientre. Patitas de insectos. Pellizcos de arañas diminutas. El Sr. Cruz Mendoza asomó la cabeza por encima de su estómago como un pajarillo en un nido; allá abajo estaba el bisturí. Una estrella pequeña, caída de quién sabe dónde, aterrizó en la punta del cuchillo. El doctor asestó una, dos, tres tajadas perfectas con la destreza del pintor que decora su lienzo. Después, mano, desatornillador, serrucho, llave, martillo.
    —¿Lo ve? —preguntó el doctor.
    —¡Sí, sí! lo veo —contestó la enfermera, saltando.
    —Agárrelo, no sea tímida.
    La enfermera se inclinó, dejando al descubierto dos senos rosáceos y brillosos como el plástico, e introdujo unas pinzas en la apertura del Sr. Cruz Mendoza.
    —¡Lo tengo! —gritó, y comenzó a jalar algo rojizo, baboso e inquieto.
    —¡No lo deje ir! —gritó el doctor aunque el tumor se escondió detrás del estómago.
    El Sr. Cruz Mendoza sintió que las costillas se le encajaban en los pulmones, que los intestinos se le enredaban, que el hígado se oprimía contra el estómago.
    —¡Sáquelo, Dios mío, Sáquelo! —exclamó sepultando diez uñas afiladas en la cama del quirófano.
    —No se preocupe, ya sale. Enfermera, ¡una V58!
    La enfermera entregó al doctor una llave inglesa, gigante, roja, oxidada y boquiabierta. El doctor introdujo el instrumento, sin calma ni precisión, por la herida del Sr. Cruz Mendoza.
    Rompieron, desgarraron, oprimieron.
    —¿Lo tiene? —preguntó su asistente.
    —¡Lo tengo! —declaró el médico.
    Al momento de jalar, el tumor se ocultó tras la médula espinal del Sr. Cruz Mendoza.
    -¡Con fuerza, doctor, con fuerza! —exclamó la enfermera agitando los puños.
    Forcejearon durante más de veinte minutos. Tan pronto atrapaban al tumor, éste se colaba entre los órganos y vísceras, trepaba por los huesos o se camuflajeba con la sangre. El doctor utilizó cucharas, extractores, palillos chinos.
    —¡El soplete! —gritó con el cabello alborotado.
    —¡Con fuego!, sí, sí, con fuego.
    —Como a una rata, señorita, lo sacaremos como a una rata.
    La enfermera aplaudió con entusiasmo.

    IV
    Mirna caminaba alrededor de una mesa como mosca perdida. El doctor salió del quirófano, paso pausado, cabeza en alto, mostrando todos los dientes que habitaban en su boca.
    —¿Doctor? —preguntó Mirna enredándose los dedos de las manos.
    —¡Un éxito!
    —¿Un éxito?
    —Logramos extirparlo.
    —¿Y mi marido?
    —¿Su marido?, ¿pregunta por su marido?, señora, mejor agradezca que logramos rescatar al tumor ¡Es justo lo que usted quería! ¿qué más puede pedir de nosotros?
    El médico tronó los dedos. La enfermera apareció cargando un manto ensangrentado que entregó a la mujer con una sonrisa.
    —¿Qué debo hacer con esto? —preguntó Mirna.
    No contestaron. Dichosos, como dos niños que regresan a casa después de un día de feria, doctor y enfermera regresaron, de la mano, saltando a la puerta del quirófano.
    Mirna abrió la cobija con el cuidado con que se abre la envoltura de un fino regalo. Miró al tumor de su marido, lo atrajo a su regazo y salió del hospital como un ladrón que se esconde tras el velo de la noche.


    Escrito por: Víctor Roberto Carrancá

    (Ciudad de México, 1984). Abogado y escritor egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM. Ganador del Primer Premio en el Cuarto Concurso de Cuentos sobre Alebrijes (INBA y MAP) así como en el Segundo Concurso de Cuentos sobre el Centro Histórico de la Ciudad de México (Ficticia Editorial).

    Ha obtenido reconocimientos en certámenes de Argentina y España. Ha publicado en diversas revistas independientes y antologías de cuento e impartido talleres de creación literaria para mujeres víctimas del delito.

  • Preludio a una sinfonía planetaria: El sueño inconcluso de George Méliès

    El anciano aparece en un rincón invisible de la Estación de Montparnasse; arrumbado, al igual que uno de esos cacharros que adornan su mostrador, el viejo se acomoda las gafas y da cuerda a uno de sus trencillos de juguete. A diferencia de los monstruos que gimen humo y azotan las espaldas de las vías con chispas enfurecidas, la pequeña locomotora avanza unos cuantos centímetros y se detiene a contemplar, con ojos tan tristes como los de su dueño, la inmensidad de un mundo que olvida demasiado rápido. read more

  • El hombre desfal(c)ado

    ¿Qué es el hombre?

    Esta es, quizás, una de las preguntas más inquietantes en la vida del ser humano. Sucede así puesto que, desde el inicio de nuestra historia, el uso del vocablo hombre como sinónimo de toda la especie excluye la duplicidad de los sexos.

    Por ello, la interrogante permanece. Más importante, la pregunta todavía hiere y lacera: ¿Qué es ser hombre? ¿Cómo y cuándo se es hombre? read more