Digital

  • Tareas no hechas

    Quedarse es otra forma de partir

    El asunto empezó con el problema de los apegos. Soy muy apegado a las personas, aunque no lo parezca. Me da muy duro separarme de casi todo el mundo. Si por mí fuera no me iría nunca del lado de nadie ni permitiría que nadie se fuera del lado mío. No hay nada que me parezca más impresionante en la vida que una persona yéndose. A tal punto que un día decidí abandonar a todos mis amigos y familiares para no tener que perderlos en algún momento. Pero el problema no desapareció, porque seguí conociendo personas nuevas todos los días, cada una de las cuales representaba para mí a alguien del que tendría que desprenderme tarde o temprano. Como me ocurrió con Don Gilberto, digamos que se llama así, gracias al cual terminé cruzando la puerta del consultorio de Martín Valiente.

    Era una noche de junio, el clima podría catalogarse de “invierno considerado” y yo había salido de mi trabajo después de una jornada extenuante. Tomé en la Plaza Congreso el colectivo 150 que me dejaba a dos cuadras de mi casa. La gente volvía de sus trabajos y obligaciones con un aspecto denso y paquidérmico; era ese momento del día en el que todo el cansancio acumulado de la humanidad entera se empoza en la base del cuerpo de quien vuelve a casa y lo convierte en un mineral. Así, pesados, casi trascendentales, viajaban los pasajeros; uno que otro conversaba, algunos miraban absortos hacia la nada colorida que cruzaba al otro lado del vidrio, otros leían y otros más, como Don Gilberto, dormían.

    Así lo encontré, recostado a la ventanilla, la frente apoyada en el vidrio. Descargué mi cuerpo exhausto en la silla que había a su lado, aflojé los cordones de mis zapatos, respiré y miré hacia el frente con una sonrisa espiritual. El colectivo arrancó y cuando daba la curva para tomar la calle Solís, el cuerpo durmiente de mi vecino se deslizó suave hacia mí y la cabeza se fue inclinando lentamente hasta quedar completa y plácidamente acomodada en mi hombro. Miré de reojo y vi pegado a mí el rostro de un hombre de cincuenta años, grueso y fornido, pelo y barba blancos, con una gastada camisa leñadora y unos pantalones cafés de dotación empresarial. Su respiración era profunda y el olor de su aliento había sido forjado recientemente en alguna cantina o boliche. Lo miré con detenimiento. Vi el rostro digno de un hombre que tras una extensa y ardua jornada de trabajo había salido con sus compañeros a compartir un trago antes de volver a casa, donde lo esperaban, ansiosos y felices, su mujer y sus hijos. Un ser noble y sufrido, tal vez con una infancia ruda, marcada por la humillación y la pobreza, a la cual se había sabido sobreponer para edificar su propia vida, que ahora veía realizada al lado de Matilde, así se debía llamar la mujer, y sus hijos Alejandro y Malena.

    Miré la frente ancha del hombre, de Don Gilberto, ese tenía que ser su nombre, sus párpados cerrados, la nariz recta, la boca distendida de la que emergían leves y a veces no tan leves, ronquidos; las manos endurecidas del obrero metalúrgico cruzadas humildemente sobre los muslos. Semejante estampa de guerrero inerme me conmovió. Miré en todas las direcciones detallando los rostros de los demás pasajeros. Cada uno estaba en su propio sueño, en su propio libro, en sus propios paisajes, en su propia canción del Ipod. Ninguno de ellos sabía quién era el hombre que al que yo le servía de almohada. A nadie le importaba el valor de su heroísmo. Estaba solo en el mundo. Temí que al bajar del colectivo mi puesto fuera tomado por algún egoísta inconsciente que con toda seguridad respondería con incomprensión y mala leche al gesto noble que tenía Don Gilberto de recostarse en el hombro del vecino.

    Cuando el colectivo empezaba a detenerse frente al parque Patricios toqué su brazo inerte sin obtener reacción alguna y después lo removí un poco… luego de unos segundos, Don Gilberto respondió desperezándose y moviendo la cabeza en busca de una posición más cómoda que finalmente encontró entre mi hombro y mi pecho. El colectivo arrancó y vi alejarse el lugar de mi destino a través de la ventanilla. Luego volví hacia mi vecino que roncaba cada vez menos tímidamente. Decidí protegerlo y acompañarlo hasta el final y fui invadido por la inefable sensación de tener recostada la cabeza de mi amigo en el hombro.

    Cuando nos acercábamos a la avenida La Plata se subió un tipo malacaroso que me pareció estar mirando con insistencia y de mala manera a mi camarada, pero se bajó varias cuadras después, justo en el momento en que me disponía a confrontarlo. Gilberto, no se dio cuenta de nada. Seguía allí, abandonado, vulnerable, el rostro distendido y la boca entreabierta, por una de cuyas comisuras resbalaba un hilillo de saliva que venía a reposar en mi chaqueta. La visión de ese abandono total me produjo una mezcla de compasión y respeto que casi me lleva a acariciarle la cabeza. Y así anduvimos unidos varias cuadras más, hasta cuando el bus frenó en seco evitando atropellar a un motociclista. Con el remezón Don Gilberto abrió unos ojos desmesurados y al verse recostado en mi hombro pegó un brinco que lo ubicó de nuevo junto a la ventanilla. Miró a través de ella se llevó las manos a la cabeza y se puso de pie como un resorte. Me pidió permiso para salir y caminó, tambaleante, hacia la puerta. Tocó el timbre y se bajó sin despedirse ni nada. Me acerqué a la ventanilla y lo vi parado en la esquina, haciendo un poco de equilibrio, cada vez más chiquito, mirando a todos lados como tratando de reconocer algo que no sabía bien qué era. Luego lo perdí de vista y seguí en el colectivo hasta la siguiente parada en donde me bajé, crucé la calle y tomé el colectivo en sentido inverso. En el viaje de vuelta casi todos los pasajeros iban dormidos. Me fui de pie.

    (Continuará la próxima semana…)


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • La Feria Internacional del Libro de las ausencias

    Por: Hugo Vargas

    Asistí a las primeras versiones de la FIL siendo editor universitario, y en aquel entonces las universidades eran uno de los pilares de la feria, pues la presencia de los grandes grupos y editoriales apenas se iniciaba.

    Hubieron de pasar algunos años para que la FIL empezara a adquirir el perfil que ahora conocemos, hasta convertirse en uno de los acontecimientos culturales más importantes de Iberoamérica, donde se dan cita editores de habla hispana, portuguesa y bibliotecarios de habla inglesa. Los organizadores hablan ahora de la presencia de más de 50 países.

    A la FIL se viene a ver y a ser visto. Es verdad que ha perdido la espectacularidad de antaño, pero sigue manteniendo cierto glamour con las bellas edecanes en algunos estands y con las presentaciones literarias y de autores reconocidos. Este año, además de la entrega del premio de literatura a Fernando Vallejo, el escritor mexicano-colombiano, estuvieron presentes los premios Nobel Herta Müller y Mario Vargas Llosa.

    Cada año hay un país invitado, Alemania en esta ocasión, aunque su presencia cultural se vio disminuida al cancelarse varias presentaciones pues los autores no lograron llegar al país. La cancelación de actividades incluyó la ausencia de Joumana Haddad, la joven escritora libanesa, quien iba a presentar su libro Confesiones de una mujer árabe furiosa.

    Y aunque no se hable en voz alta del reciente hallazgo de los cadáveres abandonados en las cercanías de donde se realiza la FIL, el fantasma de la inseguridad ronda por los pasillos, y ayer la escritora Carmen Boullosa me confió que había sido asaltada por un taxista vivo que se llevó hasta la botella de tequila que le habían obsequiado a la poeta mexicana. “Lo que más me enojó –me dice Carmen– es que se hizo mi amigo.”

    Uno de los aspectos más promocionados de la FIL son las actividades culturales que incluyen presentaciones de libros, mesas redondas y charlas con autores. Pero ésta es la feria de los premios y homenajes: son muchos y se dan a editores, autores, lectores, bibliófilos, libreros, etcétera.

    Sin embargo la presencia literaria es mínima, pues la enorme mayoría del espacio es ocupado por ediciones que van desde el marketing hasta la superación personal y textos de autoayuda; de la temática religiosa y espiritual hasta los textos técnicos y científicos.

    Pero en estos cinco lustros la FIL ha consolidado importantes espacios para los profesionales del libro y ahora se reúnen aquí periódicamente, aunque con resultados diversos, editores universitarios y libreros, promotores de la lectura y bibliotecarios, ilustradores y traductores.

    La FIL, con sus 25 años de vida, es hoy el destino obligado para los editores de habla hispana pero no por la venta al menudeo, pues a pesar de que según los organizadores asisten más de medio millón de personas, la enorme mayoría acude a las diversas actividades culturales. Algunos críticos señalan esto como una debilidad pero, sin duda, ha contribuido enormemente a la vida cultural de la ciudad.

  • 18 de noviembre de 2011

    Versos en prosa

    Arreola recordaba todo, es decir, esa ínfima cantidad de cosas que, frente a la nada, deslumbran. Tampoco hay nada: al menos se recuerda una cosa, el resplandor desganado de una cosa. Al menos la palabra cosa, su entrega manoseada, sin condiciones. Pero si Arreola recordaba era en parte porque, primero, identificaba qué había que recordar, encontraba lo memorable donde fuera, en el tintero, la silla, el calendario, donde otros no habríamos dado con ningún relieve ni hondura. En algún momento dice: “Como dije, desde niño he tenido manía por los nombres sonoros y extraños y quizá algún día haré la antología de los nombres hermosos y la publicaré, bien impresa, con tipografía y papel bellos”. Luego dice: “Así como este pie de grabado se me quedó para siempre en la memoria, otros muchos también. Es decir, otros pies de grabado, verdaderamente inolvidables”. Pies de grabado. Canciones, apodos, anécdotas, claro, ¿pero pies de grabado, pies de foto? Versos sueltos, romances, ¿pero fragmentos descolgados de prosa? Arreola recordaba mitades de párrafos leídos en primero de primaria.

    Notablemente menos memorioso, opto por lo fácil, y por escribirlo antes de perderlo: escolares endecasílabos, pero no obra de poetas sino de prosistas. A veces se dan cuenta, a veces no, a veces los buscan a propósito. Éste de Arreola: “El que salvó la fiesta fue el payaso”: no hay mucho en él, salvo la fantasía de que por un año a los poetas se los obligara a arrancar todos sus poemas con esa línea. Otro: “un pato collarejo y golondrino”: deliberadísimo y genial —con él además concluye una frase, un párrafo, un capítulo—: el aythya collaris lleva dos anillos, uno blanco y evidente en el pico, y otro púrpura y oculto en el cuello. Hasta ahí, nada que agradecerle a Arreola, pues además collarejo no desapareció del diccionario de la academia hasta fines del siglo XX: el hallazgo está en el segundo adjetivo, ése sí arreolesco puro. Una línea, en fin, perdida por ahí en un mar de prosa, que envidiarían muchos poetas, pero que no acaba de resultar justo por lo deliberado y lo perfecto. Mejor ésta, última de Arreola, inadvertida y traicionera: “canjes respiratorios de mi madre”. No tan inadvertida en realidad, aunque igual la firmaría, yo qué sé, Lezama Lima: Arreola debe haber fraguado conversaciones enteras sobre el tema sólo para consolidar su endecasílabo (“Hoy me he dado cuenta que la sensación de marea corresponde a lo que yo llamo los canjes respiratorios de mi madre”).

    Dos más, por lo pronto, los únicos que por no escribirlos aún no se me olvidan: “el díptero e himenóptero desastre”, hundido en los párrafos inacabables de Señas de identidad o de Don Julián, de Goytisolo, y “el límpido tequila de Jalisco”, con que casi abre la segunda parte —la transformación de Demetrio Macías— en Los de abajo.

     

  • 7 de octubre de 2011

    El CCCA del CECAP

    A los funcionarios públicos les fascinan las comisiones, los organismos, los consejos, pero quizá aún más —¿un cosquilleo en la lengua, un chispazo eléctrico en la columna, la evocación de sus infancias, como con el famoso panquecito proustiano?— las siglas de esas comisiones. Se podría hacer una Gran Antología de Siglas Priistas, Post-Priistas y Neo-Priistas (a su vez, la GRASPRIPOPRINEPRI), que incluyera joyas tan notables como la CONAZA (Comisión Nacional de Zonas Áridas), el CAPUFE (Caminos y Puentes Federales), el CEPROPIE (Centro de Producción de Programas Informativos Especiales) y ahora, pálido, tímido, este CCCA del CECAP (Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla).

    read more

  • 26 de septiembre de 2011

    (Prosas I)

    Como arranque, hace unos años, un par de ensayitos de Antonio Gamoneda dedicados a Andrés Laguna. Decía Gamoneda que ése era su libro preferido, y que en decir tal no había presunción, adorno por rareza ni excentricidad: el Pedacio Dioscórides Anazarbeo, original en griego y traducido por Laguna. He aquí un pedazo de prosa de Laguna: read more

  • 18 de septiembre de 2011

    Diría que El derrumbe de los ídolos (Cal y Arena, 2011), de Héctor de Mauleón, era la lectura ideal para esta semana de festejos patrios, si no fuera porque más bien no vi mayor ánimo celebratorio al que oponerse con un libro así.
    Razones obvias: el miedo, y la fatiga tras la avalancha de festejos obligatorios del año pasado (y para quienes vivimos en Puebla, la fatiga anticipada ante la amenaza de ese 2012 que, quiérase o no, girará completito en torno a los 150 años de la batalla contra los franceses). read more