Lado C

  • Insomnio y vida mundana; o el Monstruo de las 18 Horas

    El insomnio se reduce a evitar que llegue el día de mañana. Es como el suicidio.

    Durante mi vida he sufrido dos clases de insomnio: uno, el resultado del estrés, alguna mala temporada que desangra la tranquilidad y te conserva alerta, hundido en la preocupación del anochecer hasta que amanece. Pero este insomnio es, digamos, poco productivo e interesante. Si se va el problema, desaparece la falta de sueño. read more

  • This is water; o la eficacia contra la zona muerta

    El 7 de marzo acabé una novela. Han pasado 121 días.

    La etapa de la curiosidad ha empezado. Ahora, más que desear entender lo que siente la gente frente a un asunto (amor, tedio, la muerte, la vida, el desamor, el éxito, el fracaso, la juventud, la soledad) me interesa cómo se construyen esos asuntos y cómo se narran. Acudo mucho a la reelectura: bastión de la memoria y de los templos inamovibles construidos por grandes escritores, muertos o vivos. Repaso Vida de Samuel Johnson de James Boswell, sobre todo. read more

  • Una bolsa vacía de Doritos Nachos en un remolino de aire

    El 7 de marzo acabé una novela y ha pasado un mes y una semana desde entonces. La vuelta a la vida real ha sido difícil. Escribir una novela se parece mucho a cuando en una serie de televisión los doctores inducen el coma en un paciente con un severo trauma para, desde otro mundo, acelerar la sanación. Como en aquel episodio cuando Junior Soprano le dispara a Tony y ante la gravedad de la herida la ciencia opta por esa opción. Tony, desde el coma, resuelve un par de problemas, luego sana, y el capítulo termina con Tony y su familia en la acera del hospital mirando la vida: el sol color cerveza (Foster Wallace dixit) que se derrite, el viento, y sobre todo la esperanza y la ilusión. Tony sonríe y acusa una felicidad por todo aquello: la familia, respirar, ver, vivir.

    El proceso de la escritura de una novela se parece un poco. La vida te hiere. Entonces, el dolor te tumba durante un tiempo. En este caso la herida es mortal e induces la escritura que puede dudar un año, dos, tres, siete, más. Durante ese tiempo vivir se convierte en algo muy raro. Todo se mira como en un sueño, como detrás de una lupa. El dolor que había, el inicial, se agudiza, o el amor o el desamor, o el azote, digamos. Hay días buenos y días malos. Días en que te ahogas con tu propio vómito y donde las enfermeras acuden en tu auxilio: o días tranquilos en los que sueñas mientras te alimentas vía intravenosa. Pero de alguna forma la vida pasa de ti. Eres más fuerte o más débil. Los problemas son todos, pero hay una protección que te hacer estar y no estar, es decir, salir menos dañado de los asuntos de la vida.

    Pero entonces, luego del proceso, despiertas.

    La reflexión sobre uno mismo o sobre los demás, cuando uno escribe, es tendenciosa y huidiza.

    Ir al trabajo ya no es: “ir al trabajo, apurarse, salir pronto para regresar a casa a escribir”. Ver una película ya no es: “estar en medio de un capítulo largo y necesitar retroalimentación y palomitas con mantequilla para regresar a casa y escribir”. Salir a la calle ya no significa: “estoy escribiendo una novela”. Ahora, todo, significa lo que realmente es.

    Si uno ya ha publicado antes, entiende que lo que viene después (la publicación, las presentaciones, hablar con otros de tu novela publicada) es nada. Que la fiesta sólo fue mientras duró el proceso de la escritura. Entonces, la vida se vuelve tediosa y aburrida. Sin brillo. Uno, además, está vacío de literatura. Está vacío de sí. Es como una bolsa vacía de Doritos Nachos en un remolino de aire dando vueltas hacia ninguna parte. Los sentidos con los que uno recoge experiencias están exhaustos. La cantera de donde uno extrae material está agotada. Si uno ya ha escrito una novela antes sabe que toda esa sensación de vacío es temporal. A veces, si la soberbia o el miedo o el vacío se perciben como gigantes uno se equivoca e inicia una nueva novela. Y fracasa, a menos que uno sea Alexandre Dumas. Lo mejor, la experiencia lo dicta, es aguantar el temporal. Acostumbrarse de nuevo a vivir.

    Estas cinco semanas de desolación con novela acabada los he vivido en primera persona. No en la tercera persona habitual que me permite observar todo. Todo, ahora, es en primera persona. Y la primera persona para vivir, al menos en ciertos escritores como yo, se trata de un lento y pesado y cansado paso del tiempo. Mis temas, actividades e intereses estas cinco semanas han ido desde la transmutación de “Héroe” a “Leyenda” en Halo Reach, ver cine, empezar a leer muchos libros pero no terminarlos, a invertir erróneamente mucha energía y preocupación en mi trabajo; también mi vida en pareja (pero más que al idilio, a la construcción de la vida cotidiana), hasta twitter y combatir mi adicción al cigarro. Nada más.

    Las antenas que recogen temas interesantes en el mundo, que te hacen pensar que allá afuera siguen ocurriendo cosas interesantes se cierran a cualquier estímulo. Todo cuesta el doble: levantarse por las mañanas, emprender algo nuevo, asistir a juntas de trabajo, ponerse al día con las declaraciones de impuestos, enviar esos 50 correos que esperan como borrador en tu bandeja de gmail, incluso hablarle a tu editor para negociar el adelanto o la fecha final de salida de una novela. Dar mi curso de novela, hablar de proyectos de editoriales electrónicas, o alistar los papeles para una beca se convierten en pesados trabajos eludibles siempre ante la televisión, una cerveza o ir al estadio de futbol o de béisbol. Los días pasan, a veces lentos, a veces rápidos. Pero son iguales.

    Esta etapa es peligrosa. Nunca el abismo se nota más diáfano que en este momento. La ilusión de que “ya no hay nada” puede comerse a cualquiera. Es el tiempo cuando pueden despedirte de tu trabajo, cuando se te olvida pagar la renta o no te interesa hacerlo; o cuando tu mujer puede hartarse de esa abulia y dejarte. Resultas una persona aburrida, amargada y poco interesante porque en las reuniones o pláticas no aportas más que velados monosílabos y estúpidas interjecciones solitarias. Nunca me he sentido más muñeco de trapo que en estos momentos luego de acabar una novela.

    “Todo me cansa, todo me harta”, le escuchas decir a una profesora de literatura en un café y sonríes ante el paralelismo con tu situación.

    Supongo que es la etapa en que Hemingway solía salir a cazar, a boxear, a emborracharse, a enamorar mujeres.

    Supongo que es la etapa que antecedió el suicidio de David Foster Wallace.

    Supongo que es la etapa, como lo he dicho, que fomenta que los novelistas tengan el índice más alto de alcoholismo y suicidio entre todos los que escriben.

    La opción que yo tengo, porque no quiero matarme todavía, y mi mujer me ha prohibido la cerveza, es pedir una beca de intercambio artístico. Hace una semana, en una reunión, un par de amigos me contaba sobre los beneficios de contemplar la naturaleza canadiense y dejar que la paz y la armonía fueran marco para escribir o corregir tus textos. Imaginé la linda cabaña y los elementos que el gobierno canadiense dispone para los creadores y por unos minutos me ilusioné. Imaginé a mi mujer viajando para verme, saliendo a buscar renos mientras su feliz neurótico trabaja, y las experiencias que ambos podríamos vivir. Si acaso, lo supe, la solicitud de esa beca tendría que ver con ella, con generar un viaje para ambos y estar unos meses tranquilos alejados de la cotidianidad familiar. Pero, también supe, que no podría escribir. La contemplación nunca me ha servido para escribir. Cuando contemplo entiendo que la vida es demasiado hermosa para escribirla.

    Quizá leería o pondría en orden mis declaraciones de impuestos.

    Abriría mi correo con ánimos renovados para buscar todas las facturas que he solicitado. Le escribiría a mi editor, con una fuerza de león, para entregarle las otras dos novelas que tengo en mi disco duro. Quizá, por fin, dejaría de pedirle cada tres días “un cigarro” a mi mujer. Enfrentaría con vigor mi adicción para creerme eso que me dice mi mujer todos los días cuando estoy por sucumbir: “entiende que tú ya no fumas”. Mi vida sería mejor, pues. Al menos cuatro meses. No mataría mi ansiedad por fumar con la comida como hago ahora. Eso por cuatro largos y adorables meses.

    Entonces volvería a la realidad. A manejar todos los días de Cholula a Puebla (ese maldito cambio de realidad que mata), al trabajo que paga la renta y el vicio de escribir, a recordar que acabo de terminar una novela y que aún faltan varios meses para que me reponga.

    Sería una pausa como cuando escribo salvo que al final, cuando las vacaciones terminaran, no tendría lo único que más o menos me consuela en este periodo de desesperanza: una novela acabada.

    Pienso que mi Banff personal sucede cada tres días, cuando la realidad se hace insoportable, y abro el archivo de la novela y vuelvo a leerla. Corregir aquí, adelantarme hasta el final, contrastar el título con otros. Encontrarme en la lectura con que se me han olvidado ya ciertos pasajes o con la dulce impresión de “cuándo escribí eso”. Admirar cómo empieza a gestarse esa distancia necesaria para contemplar de manera real lo que he escrito. Que es mío y que va dejando de serlo. Que me define y enmarca y es el motivo de toda mi vida. Mi Banff personal es darme cuenta cada tres días de que sí, es cierto, soy escritor. Que nada, ni el trabajo, ni la vida diaria, ni las becas, ni la pesadez terrible de lo cotidiano me lo pueden quitar. Aunque parezca algo simple no lo es. Continuamente hay en la vida situaciones y cosas que se empeñan en que lo olvides. Prueben una hora de escribir oficios y verán a lo que me refiero.

    Entonces sé que es el momento de mandarle por correo electrónico a mis lectores de confianza el manuscrito de la novela.

    Y recuerdo que esta etapa se trata de aguantar. De ir por la vida como si todo fuera cierto, como si esos colores y esas impresiones que te asaltan son reales. Como si esta construcción de bloques realmente estuviera edificando algo más que la muerte o el cumplimiento del destino o esas cosas en las que cree la gente. Por minutos ya no hay miedo. Me veo, así, como Tony Soprano saliendo del hospital, con la ilusión renovada, en un momento extraño de no escritura y vida. Creyéndome por unos instantes que hay algo más importante para mí que escribir, que el coma inducido de mis mejores recuerdos, cuando no hay Banff, ni premios, ni publicaciones, ni un yo conciente y doloroso, sino solamente dedos sobre el teclado, la madrugada y la conciencia de que todo lo que has vivido y vivirás tienen su sentido y su realización en la escritura. Bendita sea ella. Bendita sea la literatura que no permite más suicidios.

    Van cinco semanas desde que terminé la novela. Veremos.