Gabriel Wolfson

  • Una herencia más del boom

    Más allá de las relaciones estrictamente personales, que en cierto sentido no nos incumben —aunque a sus participantes, en ocasiones, no les haya importado que eso personal se convirtiera en público: así la mitológica y fastidiosa pelea entre Vargas Llosa y García Márquez, por ejemplo—, se alcanzan a ver tres ejes de actividad del boom en tanto grupo de escritores: read more

  • La imagen de la literatura mexicana de Nexos

    El título, sin serlo mucho, es más escandaloso de lo que merecería. Esto no es más que una notita sobre cierto rasgo —en general involuntario, más bien no muy importante y que no obstante no deja de llamar la atención— proyectado por los textos que publicó la revista Nexos entre enero y marzo bajo el encabezado común “Novedad de la narrativa mexicana”.

    No sé si habrá más entregas de la serie, no sé si después harán otras sobre la “Novedad de la poesía mexicana” o “del ensayo”. Pero hasta ahora, y pese a la rotunda delimitación del encabezado, los textos parecen más bien deslizarse hacia la sinécdoque favorita de nuestro medio, y no sé si sólo del nuestro: la narrativa es la literatura, lo cual, para evitarse dudas, se diría mejor de la siguiente forma: la narrativa, y de preferencia la novela, es toda la literatura.

    Un par de artículos son mucho más claros al asumir su campo restringido: se enumeran narradores y se habla sólo de narrativa, o de la crítica en torno a los narradores. En  el resto, al menos en algún distraído minuto, se tiende a la confusión: “Leo la literatura mexicana contemporánea con reverencia”, se dice en uno; en otro se habla de la “confianza en la salud de la literatura mexicana” que incluso le ha reavivado a su autor la “capacidad de asombro”.

    ¿Éste es todo el problema, una mínima imprecisión en el uso de dos palabras? No: junto a eso, la forma en que se asume, sobre todo en las primeras entregas de la serie, el tema o falso tema de la generación de los setenta. Los críticos de Nexos, creo yo, han hecho demasiado caso al modo en que, en general, ha sido planteado el tema de la generación de los setenta por los mismos escritores de la generación de los setenta: para empezar, han hecho caso a la supuesta existencia de tal cosa como esa generación y ese tema. Pero sobre todo, se han plegado al hecho de que, en buena medida, la generación de los setenta haya sido reducida automáticamente, buscándolo o no, a una generación de narradores por muchos de quienes han dicho alguna cosa sobre ella.

    En alguna de esas primeras entregas se habla de las relaciones de algunos narradores de los setenta con las artes plásticas. ¿No habría sido importante hablar de sus relaciones con la poesía? ¿O será justamente que casi no las hay, que son frágiles y no muy fecundas? ¿Y eso no se refleja en el hecho de que varios de esos narradores hayan configurado nóminas de autores o breves teorizaciones sobre el tema sin incluir a ningún poeta, sin atender a ninguna relación con la producción poética de sus contemporáneos (y viceversa, claro)? Por una parte, los críticos se circunscriben al ámbito de la narrativa pero en la práctica leen literatura donde escriben narrativa; por otra, no trazan relaciones con la poesía (o con el teatro) aun si casi no haya tales relaciones.

    En todo caso y más bien, habría que cuestionar o interpretar la ausencia de esas relaciones, esas líneas. Todo esto es un poco exagerado, de acuerdo, pero no dejo de pensar que esa reducción de la literatura a la narrativa promovida, en fin, por mi generación —la anterior, eso sí, ya nos había abierto el camino—, y ahora reproducida por varios textos de la serie de Nexos, le resulta muy grata a la industria editorial y mediática, que prefiere no tener que lidiar con poemas, ensayos, con cualquier cosa que no sea claramente una novela o, en fin, con cualquier cosa que, siendo lo que sea, no acepte llamarse “novela” en la portada o no acepte que en la contraportada, supuestamente para atraer al lector, se diga que “este libro [esta biografía, este conjunto de artículos, estas crónicas, este puñado de sermones] se lee como una novela”. Pongámonos más exagerados, por qué no.

  • 25 de diciembre de 2011

    Las salas de espera de los consultorios médicos solían ser lugares espléndidos para leer. Silencio, asientos usualmente cómodos, minutos u horas sin interrupciones, y una actitud de ensimismamiento general imposible de hallar en ninguna otra reunión con cuatro o cinco mexicanos desconocidos y con tiempo disponible. read more

  • 18 de noviembre de 2011

    Versos en prosa

    Arreola recordaba todo, es decir, esa ínfima cantidad de cosas que, frente a la nada, deslumbran. Tampoco hay nada: al menos se recuerda una cosa, el resplandor desganado de una cosa. Al menos la palabra cosa, su entrega manoseada, sin condiciones. Pero si Arreola recordaba era en parte porque, primero, identificaba qué había que recordar, encontraba lo memorable donde fuera, en el tintero, la silla, el calendario, donde otros no habríamos dado con ningún relieve ni hondura. En algún momento dice: “Como dije, desde niño he tenido manía por los nombres sonoros y extraños y quizá algún día haré la antología de los nombres hermosos y la publicaré, bien impresa, con tipografía y papel bellos”. Luego dice: “Así como este pie de grabado se me quedó para siempre en la memoria, otros muchos también. Es decir, otros pies de grabado, verdaderamente inolvidables”. Pies de grabado. Canciones, apodos, anécdotas, claro, ¿pero pies de grabado, pies de foto? Versos sueltos, romances, ¿pero fragmentos descolgados de prosa? Arreola recordaba mitades de párrafos leídos en primero de primaria.

    Notablemente menos memorioso, opto por lo fácil, y por escribirlo antes de perderlo: escolares endecasílabos, pero no obra de poetas sino de prosistas. A veces se dan cuenta, a veces no, a veces los buscan a propósito. Éste de Arreola: “El que salvó la fiesta fue el payaso”: no hay mucho en él, salvo la fantasía de que por un año a los poetas se los obligara a arrancar todos sus poemas con esa línea. Otro: “un pato collarejo y golondrino”: deliberadísimo y genial —con él además concluye una frase, un párrafo, un capítulo—: el aythya collaris lleva dos anillos, uno blanco y evidente en el pico, y otro púrpura y oculto en el cuello. Hasta ahí, nada que agradecerle a Arreola, pues además collarejo no desapareció del diccionario de la academia hasta fines del siglo XX: el hallazgo está en el segundo adjetivo, ése sí arreolesco puro. Una línea, en fin, perdida por ahí en un mar de prosa, que envidiarían muchos poetas, pero que no acaba de resultar justo por lo deliberado y lo perfecto. Mejor ésta, última de Arreola, inadvertida y traicionera: “canjes respiratorios de mi madre”. No tan inadvertida en realidad, aunque igual la firmaría, yo qué sé, Lezama Lima: Arreola debe haber fraguado conversaciones enteras sobre el tema sólo para consolidar su endecasílabo (“Hoy me he dado cuenta que la sensación de marea corresponde a lo que yo llamo los canjes respiratorios de mi madre”).

    Dos más, por lo pronto, los únicos que por no escribirlos aún no se me olvidan: “el díptero e himenóptero desastre”, hundido en los párrafos inacabables de Señas de identidad o de Don Julián, de Goytisolo, y “el límpido tequila de Jalisco”, con que casi abre la segunda parte —la transformación de Demetrio Macías— en Los de abajo.

     

  • 7 de octubre de 2011

    El CCCA del CECAP

    A los funcionarios públicos les fascinan las comisiones, los organismos, los consejos, pero quizá aún más —¿un cosquilleo en la lengua, un chispazo eléctrico en la columna, la evocación de sus infancias, como con el famoso panquecito proustiano?— las siglas de esas comisiones. Se podría hacer una Gran Antología de Siglas Priistas, Post-Priistas y Neo-Priistas (a su vez, la GRASPRIPOPRINEPRI), que incluyera joyas tan notables como la CONAZA (Comisión Nacional de Zonas Áridas), el CAPUFE (Caminos y Puentes Federales), el CEPROPIE (Centro de Producción de Programas Informativos Especiales) y ahora, pálido, tímido, este CCCA del CECAP (Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla).

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  • 26 de septiembre de 2011

    (Prosas I)

    Como arranque, hace unos años, un par de ensayitos de Antonio Gamoneda dedicados a Andrés Laguna. Decía Gamoneda que ése era su libro preferido, y que en decir tal no había presunción, adorno por rareza ni excentricidad: el Pedacio Dioscórides Anazarbeo, original en griego y traducido por Laguna. He aquí un pedazo de prosa de Laguna: read more

  • 18 de septiembre de 2011

    Diría que El derrumbe de los ídolos (Cal y Arena, 2011), de Héctor de Mauleón, era la lectura ideal para esta semana de festejos patrios, si no fuera porque más bien no vi mayor ánimo celebratorio al que oponerse con un libro así.
    Razones obvias: el miedo, y la fatiga tras la avalancha de festejos obligatorios del año pasado (y para quienes vivimos en Puebla, la fatiga anticipada ante la amenaza de ese 2012 que, quiérase o no, girará completito en torno a los 150 años de la batalla contra los franceses). read more