34 días sin encontrarme a alguien leyendo literatura en la calle

Venía distraído viéndome en el espejo cóncavo del metrobús Por eso no me di cuenta que involuntariamente le estaba arrimando mi matutina crispación erótica a una señora que venía enfrente de mí. La señora se volvió enojada y comenzó a darme golpes con su libro.

Se trataba de un tomo de muchas páginas. “Un best seller, obvio”, predije inmediatamente. Para tranquilizar su rabia le pregunté qué es lo que estaba leyendo. Se trataba de “Memorias de Adriano”. Ella me respondió que “a Yourcenar” y yo quise abrazarla. Entenderán que no puedo escuchar ese título sin que se me ponga la piel chinita. Decidí que no era aquella la mejor circunstancia para rodearla con mis brazos y en cambio le comenté que esa novela deberían de utilizarla como bandera e himno los homosexuales del mundo… “sin embargo están demasiado ocupados comiendo plátano”.

Mi comentario entre que le provocó y no le provocó risa.

Luego le dije “Señora, es usted mi héroe”.

O tal vez sólo lo pensé. Ella me dio un último librazo y se alejó entre la muchedumbre de pasajeros. No sé qué tan necesario sea comentar lo complicado que es mantener la dignidad intacta en el transporte público de la ciudad de México. Venir leyendo acerca del amor entre el emperador Adriano y su niño Antinoo es un acto de bravura y soberbia concentración. El mundo está diseñado para no leer (Ya no digamos escribir) pero el metrobús aparte está diseñado para no estar vivo.

Me bajé en la siguiente estación. Sentado en la banquita asignada exclusivamente para el encargado de la seguridad escribí en mi moleskine pirata:

“0 (cero) días sin encontrarme a alguien leyendo literatura en la calle”

Y me puse de buenas. El problema es que ahora que redacto estas líneas reviso mi libreta de vuelta y cuento las rayas que diario cuantifico al lado de la inscripción:

“34 días sin encontrarme a alguien leyendo literatura en la calle”

Y contando…

Vaya, definitivamente yo no decido qué es buena literatura y que no. Pero de que la gente lee puras cochinadas, pues sí. Culpo de eso a la pobrísima educación espiritual que nos inculcan en las escuelas (nos dejan de tarea leer “La Iliada” antes que hayamos tenido una primera erección) y culpo a las mesas de novedades que tratan a los libros como productos, o peor aún: como ornatos. Desconfiemos de los libros de moda, de los temas de moda, de los autores de moda. Aspiremos a la exaltación del alma. Recordemos que la materia prima de la literatura es el hombre. Me gusta creer que la gente tiene en verdad el honesto anhelo de leer libros. Leamos, pues, textos que nos pongan en nuestra contra, que alimenten las ganas de abofetearnos cada vez que estamos frente a un espejo. Leamos en el metrobús a pesar de que nos vengan arrimando el camarón; así nos lo venga arrimando nuestra mamá o nuestro patrón empleador o nuestro bebé recién nacido o Ernest Miller Hemingway. Leamos contra todo. Leamos a pesar de que el gobierno nos diga que debemos hacerlo.

No sé cuál sea la conclusión a la que quiero llegar ¡Ah no! Sí sé cuál es: lean Memorias de Adriano. Lo suplico.


Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

(@El_neb) Nació en la ciudad de México en 1980, autor de la novela “Balas en los ojos” (ediciones B – Zeta Bolsillo, 2011) y el libro de cuentos “El Demonio Perfecto” (BUAP. 2008), actualmente se encuentra trabajando en su segunda novela que aparecerá a finales de 2012.