Dos de surtida

  • 146 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    “Así fallan, así han fallado, ¡oh patria! los esfuerzos y los ensueños de tus hijos menores…”

    José Vasconcelos

     

    1.

    Cuando escucho que alguien menciona al “Ulises Criollo”, la primera parte de la autobiografía del Licenciado José Vasconcelos, no puedo sino notar que la piel de mis brazos se colma de emoción. read more

  • 125 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    El otro día un sujeto me comentó que se había hecho a la intención de escribir una página diaria para culminar de una buena vez su novela perpetuamente en ciernes. Yo no quise contradecir tan bello anhelo, sin embargo creo que escribir jamás tiene que ser una opción. Es algo que se hace o no se hace, como estornudar o perder el cabello, como espiar a la vecina o espiar al vecino.

    Además, la meta no debería ser escribir una página diaria; sino eliminar una página diaria. Borrarla para siempre y sin clemencia.

    No escribas, no escribas, no escribas… reitera una inscripción en los muros de mi hogar.

     

    2.

    Creo que los dos elementos que un escritor debe poseer para que su trabajo crezca como ciudad son la humildad y la disciplina. Yo, me temo, carezco de ambos. José García, el autor del cuaderno que prefigura a “El Libro Vacío” de Josefina Vicens posee ambos elementos hasta el desparrame. Obra maestra sobre la imposibilidad de escribir un texto literario.

    No se puede escribir. No se puede. ¡No!

    Rafael Lemus afirma que “El Libro Vacío” y no “La Región Más Transparente” es el libro que abre las puertas de la literatura mexicana a la modernidad. Dice: Somos modernos porque hemos fracasado… no somos contemporáneos de todos los hombres sino de aquellos ya caídos y desamparados.

    Estoy de acuerdo. También Octavio Paz, que devoraba corderos, está de acuerdo: ese hombre (el protagonista de la novela) que nada tiene que decir. Nos dice: nada, y esa nada se convierte… en una afirmación de la solidaridad y fraternalidad de los hombres.

    3.

    Es decir, que cada quién sea José García a su manera.

    Para mí: escribir es una cochinada. Un tormento. No se lo deseo ni a mi peor enemigo. En la mañana me siento un narrador medianamente inspirado pero en la tarde pierdo total fe en cualquier palabra manoseada por mí. Escribir es una ociosidad, una literal pérdida de tiempo. Pienso a menudo en el veinteañero que fui, todo lleno de esperanzas frágiles y bobas, añorando con ser todo un escritor. O más bien: añorando ser leído, que tiene poquita más dignidad. Todo se cae a mi alrededor. Me despabila a diario la esperanza de que un día conseguiré párrafos que no me hagan sentir tan indefenso. Temo ser enterrado en el cementerio de los malos escritores.

    Tampoco me quiero hacer el sufrido. Escribir es quitarse con placer la cicatriz en la rodilla, es presumir el chupetón, es la cucaracha que decidimos no pisar en la calle y es salir milagrosamente vivo de entre las piernas de una mujer.

     

    4.

    No escribas, no escribas, no escribas…

     

    Pero escribir.

     

    El primer objetivo de estas líneas es anunciar la próxima aparición de mi nueva novela. Se intitula “El Siglo de las Mujeres” (Ediciones B) y podrá adquirirse a partir de la siguiente semana en todas las librerías y Sanborns del país.

     

    El segundo objetivo de estas líneas es pedir una honesta disculpa pública por haber escrito una nueva novela. Lo digo de corazón. Ignoré la inscripción en mi muro, le fallé a José García, a Paz, al sujeto de la fiesta, a mis hermanos escritores que no escriben.

     

    El tercer objetivo de estas líneas es suplicarles que lean y relean a Josefina Vicens.


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 129 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Los films de Michael Haneke (a mi parecer el mejor director vivo) tratan mayormente acerca de la súbita aparición del mal. Diametralmente opuesta “Das Lekjhben der Anderen” (a mi parecer la mejor película de este joven siglo) del burro que tocó la flauta Florian Henckel von Donnersmarck trata acerca de la súbita aparición de la belleza. Ojo: no del bien. La película se desarrolla en la asfixiada Alemania del Este. En una de sus formidables escenas, un líder de la policía secreta explica el contenido del documento “Las Condiciones de prisión para los artistas subversivos”, básicamente es un estudio sobre cómo erradicar el ímpetu creativo en un hombre. Se menciona que sólo hay cinco tipos de artistas y para cada uno hay un método de tortura: read more

  • 117 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    a) La sensación del teléfono celular vibrando aunque ni siquiera lo llevemos con nosotros. Es como un fantasma. En ocasiones también nos inquieta el espectro del alarmante tono musical que indica el arribo de una llamada. read more

  • 100 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    Dedico este texto al buen amigo Rafael Cruz.

    1.

    En el año 2007 lloré en 24 ocasiones.

    En el 2008 sólo 21 veces.

    2009 fue un año complicado y mis ojos cedieron en 37 ocasiones. La mitad de ellas atendiendo una misma canción pero cantada por varias voces distintas.

    En 2010 rompí mi propio record llorando exclusivamente en 5 oportunidades. read more

  • 83 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Imagino que un libro de cuentos es un puente de piedras que une una orilla con otra por encima de un caudaloso río. Cada cuento es un guijarro. Los hay pequeños, inmensos, frágiles, enraizados, bruñidos, etcétera. Pero siempre formando puente. Nos toca cruzarlo. read more

  • 69 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Me doy cuenta que así como los escritores viejos lobos del mar son capaces de dialogar horas enteras acerca de la máquina de escribir que usaban, o –si nos vamos tres pasos antes- de la pluma fuente que emplean para escribir; yo tendré que sentir melancolía por la tipografía del Word con que mas cómodo me siento a la hora de enfrentarme a esta aparente página en blanco.

    En mi caso: Garamond cuerpo 12. La prefiero sencillamente porque no me pone nervioso. Algo de relajante tiene, con su dignidad en patines y su formalidad de cochinilla echa bola.

    El problema con la Garamond es que no todas las computadoras la registran, así que cuando transfiero un documento de este aparatejo a aquel otro aparatejo, siempre acaba transformándose en Arial o a Times (las dos tipografías más aburridas de la historia: las que exigen en sus bases todos los certámenes literarios). Y no es que yo sea un conocedor de tipografías, más bien me identifico con mi necia e incomprendida Garamond. Ni hablar. He escuchado a mi maestro hablar con pasión acerca de su pluma Virgina Woolf. Yo tendré que ser de esos ancianos insoportables que evocan con cariño cuando el botón de las mayúsculas se iluminaba. “Hasta tenía su propio foquito”.

    2.

    En contra de cualquier pronóstico: hay gente a la que sí le gusta estar viva en este inicio de siglo. Francamente yo creo que es discutible eso de que los avances tecnológicos de los últimos cinco años sobrepasan a los de siglos enteros. Lo que noto sin rodeos es que las llamadas redes sociales y el internet en sí es un severo premio a lo inmediato, a lo que no permanece e incluso carece de profundidad. Hay un frenesí generalizado por menospreciar el instante. Todo está condenado al olvido, obvio, pero qué desesperante resuelve ser llevar el registro diario de nuestra vida en una red social. Tal vez por eso nos ha dado por sentir melancolía por cosas que ocurrieron prácticamente ayer. Por ejemplo: hablar de una tipografía del Word. O evocar con ternura las caricaturas de nuestra infancia, o cuando era necesario sintonizar un canal de televisión meneando la perilla o cuando no existía algo llamado “tiempo aire”. En todo caso, son aún insospechadas las implicaciones a futuro que sufriremos producto de esta vida moderna.

    La materia prima del internet es el hombre. En este rectángulo inquieto (prisión) acumulamos nuestros pensamientos diarios, mantenemos un registro visual de nuestros días, expresamos las partes más públicas de nuestros queridos diarios, subrayamos “yo le tomo fotos a mi axila”, “a mí no me gustó la nueva de Batman”, “yo comí elote con piquín”, etcétera. ¿Entonces por qué es un medio tan inhumano? Es verdad eso de que no hay mejor tema de conversación que uno mismo. Es cierto que cualquier ser humano podría escribir la novela más increíble con sólo hablar de sí mismo. ¿Y luego? ¿Qué pasó?

    Internet no es la eternidad. Una vez, cenando en un vips, le pregunté a un matemático cuál era el límite del internet y su respuesta me fulminó: me dijo que internet se acababa cuando ya no hubiera más seres humanos que pudieran conectarse. Es decir: los límites de esta cochinada son los pares de manos que lo usan. Internet depende de que sigamos gestando especie como desquiciados. Las escuelas de cómputo en Pericoapa ya chingaron paleta.

    En Internet está la información, no ya el conocimiento.

    Mishima

    Dice Mishima que si la razón se tomara un break no habría mejor alimento para conmoverla que un glimpse de todo. Un paisaje que abarque todo lo habido y por haber. Un aleph acaso. Youtube, amigos, es el aleph pero de la pendejez. Teniendo la capacidad de ver todas las hormigas del imperio romano decidimos mejor ver a un gatito bebé en una canasta. La gente que consume Twitter tiene complejo de Santa Inquisición, pero ese sea tal vez otro tema.

    Internet no es un mar vasto.

    Pero, al mismo tiempo, sí es incalculablemente inmenso. Trato de cerrar los ojos y pensar en cómo luciría el internet en su totalidad. Lo imagino como un inmenso rompecabezas al que sólo le faltan de colocar los contornos. ¿Cuáles son las orillas de Internet?

    No son los chorros seminales cayendo en el rostro de cuanta actriz porno exista, tampoco son el mail del rey africano que necesita depositemos dólares para que abandone su nación y nos comparta sus riquezas, ni todo el anime, ni millones de parejas sonriendo para la cámara en la boda de Kika, ni fotografías falsamente antiguas de los graffiti que hicieron anoche en NY, ni este texto, ni ningún texto, ni los martes del mundo registrados en breves líneas, ni enterarse que acaban de balacear hace dos segundos un mall en sonora. ¿Tons?

    3.

    A la pregunta estúpida de ¿cuáles cinco libros te llevarías a una isla desierta?, mi amigo Miguel España responde –ingeniosamente- que se llevaría los cuatro mil libros que tiene en su iPad.


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciudad de México en 1980, autor de la novela “Balas en los ojos” (ediciones B – Zeta Bolsillo, 2011) y el libro de cuentos “El Demonio Perfecto” (BUAP. 2008), actualmente se encuentra trabajando en su segunda novela que aparecerá a finales de 2012.

  • 56 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Nabokov decía que los lectores somos todos unos amnésicos.

    Michel Houellebecq opina que uno no recordará del total de su vida más de lo que recuerda de un libro que haya leído. Esta cita no es textual, la anoto bastante manoseada.

    Quizá antes de morir uno ve pasar frente a sus ojos los mejores momentos que leyó en vida. read more

  • 48 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    Para Marco Dávila

    ¿Qué hay más: libros escritos o estrellas en la noche?

    Creo que esa pregunta no tiene respuesta, pero tanto los libros como las estrellas se tienen que clasificar en constelaciones. Tomando en cuenta que no existe tribu de estrellas más básica y apropiada que el buen “cuatro-cuatro-tres”, propongo el siguiente esquema: read more

  • 41 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1. Dentro de poco cumplo treinta y tantos años. Ya no podré participar en los concursos de literatura juvenil ni en las becas para autores lozanos. También me duran más las crudas y las uñas se me rompen si me pongo de portero.

    Carita triste.

    El asunto es que siempre quise preparar un texto para leerlo el día en que pasara a recoger mi cheque de eskritor joven (así, con “k”). Eso ya nunca sucederá. Aquí presento mi probable arenga. Entenderán que es un discurso que jamás ocurrirá, el discurso de un hombre derrotado no sólo por los jovencitos que sí ganaron certámenes de dichas características sino derrotado por el despiadado paso del tiempo.

    “Ganar un premio de literatura joven es, antes que todo, mañoso; ya que ofrece la falsa sensación de que el autor laureado tiene una prodigiosa vida literaria por delante. Nada más alejado de la realidad que eso. Nadie que malgaste los mejores años de su riñón en un cuarto y escribiendo puede tener un futuro ameno. Les suplico que evoquemos esa maravilla que comenta Rosario Castellanos en Álbum de Familia: …un premio es la primer corona fúnebre en la tumba. En otras palabras: todos nos vamos a morir y lo que alcancemos a escribir está destinado al olvido.

    Recibo este premio y debo aceptar que me he convertido precisamente en lo que no me quería convertir: un treintón con problemas de calvicie recogiendo premios que deberían estar destinados a prosistas con menos tramo recorrido que el mío. En mi opinión los premios de esta índole deberían invitar exclusivamente a escritores con un rango de edad entre los 18 y los 25 años. De esa forma las instituciones, incluso, podrían proteger a los autores valiosos, pavimentándoles así una vida literaria menos sufrida y con menos frustraciones. Hay que ubicar a los escritores con madera de escritor, para evitar que tengan que trabajar en el café del cobarde Starbuck. O lugares peores.

    Aunque afortunadamente la juventud es una enfermedad que se quita muy rápido, ser joven está jodido en bastantes sentidos. No niego que tiene sus pros: puedes arruinar tu vida cuantas veces te sea necesario. Pero también tiene sus contras: se es ampliamente imbécil. Ser joven es formar parte de esa muchedumbre exaltada que busca el amor las noches de los fines de semana y publica en sus breves intervenciones electrónicas cosas como: vamos a la marcha en el zócalo, va a estar bien chida. O misivas peores.

                A cada rato uno escucha o lee la frase boba de que los jóvenes son el futuro de México. No es verdad. El futuro de la nación reside en la capacidad que tengamos de comprender y admirar y amar nuestro pasado histórico. Hay que leer a los inmortales, los eternos jóvenes. A José Vasconcelos, a Juan José Arreola, a Paz, a Vicens. Nomás por poner un par de ejemplos, no estoy haciendo inventario. Por las venas de un autor mexicano fluye la sangre de nuestros antecesores, fluyen aprendizajes heredados y fluye literatura, la bella comprensión de todo. Cuando entendamos eso, entonces sí, seremos el futuro de la nación. Espero haber sido medianamente claro. Por lo demás, les recuerdo que irónicamente sigo siendo joven y mis ideas tienen forma de plataformas frágiles, es decir: me puedo dar el lujo de decir este tipo de burradas…”

    Eso último también aplica para la gente viejita. Después de leer mis dos cuartillas agradecería a los asistentes, a la institución Fulanita y al presidente del jurado Sultanito (90% de posibilidades de que se trataría de Chimal, ajonjolí de todos los moles). Después habría vino de honor y, dios mediante, suculentos tentempiés con diferentes quesos y salami. Me gastaría el dinero del premio en cumplir mi sueño de toda la vida: viajar a Cuautla.

    2. Calculo que hay que participar en cuanto concurso literario exista. Tener en un cajón de la casa: plumón negro, diúrex, sobres de diferentes tamaños (sobres pequeños para las plicas) y feria para fotocopias y engargolados. No hay de otra. Eso sí: no se vale decir que los premios están amañados ni arreglados o que necesitas palancas para obtener uno. A la par, irónicamente y como dice mi maestro, ganar un premio no es sino un obstáculo en la vida de un escritor. 


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciudad de México en 1980, autor de la novela “Balas en los ojos” (ediciones B – Zeta Bolsillo, 2011) y el libro de cuentos “El Demonio Perfecto” (BUAP. 2008), actualmente se encuentra trabajando en su segunda novela que aparecerá a finales de 2012.