Dos de surtida

  • 319 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    En algún momento pensé que sería buena idea decidir cuáles son los libros y autores que han leído de los personajes de un cuento que voy a escribir. Incluso subrayarlo al inicio del texto. “Ninguno de los personajes aquí narrados conoce la obra de Juan José Arreola”. Es decir: serán sujetos con imaginación parca. Es decir: especulo que eso ayudaría a definir el carácter del personaje. Deseché la idea de hacerlo público, pero a veces realizo el ejercicio mentalmente para facilitarme ciertos desarrollos. read more

  • 304 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    El único registro audiovisual que existe del niño que fui es una grabación que ya ni siquiera está en mis manos, se trata de una fiesta infantil de yucatecos a la que me invitaron seguramente para hacer bola. Mi presencia a cuadro no suma más de tres segundos. Cuando lo vi fue un enfrentamiento aterrador. ¡Ese de ahí soy yo! Esas agujetas desajustadas y una camiseta púrpura con una frase en idioma inglés cuyo significado hasta ahora me es posible entender. Soy yo. Fui yo. No pude llorar, me quedó atravesado desde entonces un lamento.

    Para mi generación de candorosos treintones, la infancia no pasa de ser una fotografía oculta o el registro de lo que nos dicen que fuimos. Por ejemplo: yo era un bebé obeso al que se le antojaba un bolillo en las situaciones menos previsibles. Eso me han contado cientos de veces mis padres, han construido varias ficciones similares en torno a cada fase de mi vida. Yo no me fío y cada que tengo frente a mí un pedazo de pan lo evito pensando que vendrán mejores tiempos. Ese problema no lo padecerán los hombres del futuro, que gracias a la tecnología digital y el ocio de sus padres tendrán un registro de videos y fotografías de su desarrollo vivo.

    Las implicaciones de eso son impredecibles.

    Yo prefiero confiar en la turbia y enigmática evocación. En medio de mis dos fechas relevantes está el día que aprendí la diferencia entre mayúsculas y minúsculas, las clases de taquigrafía en máquinas de escribir cuyas teclas carecían de signo, hoy que redacto este párrafo con la garganta destrozada, el descubrimiento sucesivo de la lluvia, del mar, de algunos autores, de ciertos versos de Octavio Paz. Como aquel en que refiere a los niños desvelados que se espulgan a la luz de la luna

    ¡Somos tú y yo esos niños!

     

    2.

    Prácticamente nací sabiendo que había un escritor llamado Octavio Paz y que había ganado el Premio Nobel de Literatura. Es algo que se sabe y ya. Algo con lo que los mexicanos nacidos a finales del siglo pasado venimos de fábrica.

    Así como Borges (siempre citado) en “Paradiso, XXXI, 108” escribe sobre el rostro de Jesús que poseemos todos los hombres y que yace disperso en la especie, yo -más allá de mi lectura de sus poemas y textos- he construido en mi mente a un Paz armado con párrafos, reminiscencias y referencias.

    Las que me vienen ahora a la memoria:

    El Paz cuyo andar se apodera del capítulo 149 de Rayuela. El Paz, también a pie, que cruza Templo Mayor; paseo inscrito en una placa empotrada en una de las muchas paredes de San Ildefonso. El mito de la mafia. El mote de Octavio Pus. La fotografía que se tomó cuando fue a tramitar su visa norteamericana y que hoy se exhibe en un aparador junto a la de todo tipo de famosos nacionales (entre Niurka y Ana Bárbara). El Paz de las solapas. El Paz del sueño de la transfusión sanguínea que tuvo Eusebio Ruvalcaba. El joven y atractivo Paz cuya foto usó el escritor Tryno Maldonado para ilustrar su texto en contra de los escritores mexicanos jóvenes del D.F. El Paz que charla en el Parque Hundido con Ulises Lima en voz de Clara Cabeza, allá por 1995. El Paz que no parece Paz de la moneda conmemorativa de veinte pesos del año 2000. Las chuscas imitaciones de Paz que hace cualquier persona cuerda al citarlo en una charla. Etcétera…

    3.

    El desvelo me hizo caer una madrugada en canal 4 por eso de las 2 de la madrugada. Me topé con un programa pésimamente llamado “Retomando a:” en el cual Televisa ofrece fragmentos del gran acervo audiovisual que posee sobre entrevistas, conferencias y lecturas de diferentes escritores y pensadores mexicanos. La trasmisión es diaria. Obvio, la mayoría de los shows tratan sobre los varios programas que consistían en Paz hablando a cámara.

    Así fue como pude ver a Octavio Paz vivo, en movimiento. Muchas cosas me ha provocado este hallazgo, básteme concluir con que el hombre está a la altura de su leyenda. En efecto, es un prepotente. En efecto, es amanerado. En efecto, es un genio. Alza la mirada antes de opinar, mueve las manos al ritmo de las palabras. Interrumpe a Mutis y corrige a Elizondo. Es implacable: “Soledades de Góngora es aburridísimo”, “A Alfonso Reyes le estorba su monumento”, “José Vasconcelos hizo muchas estupideces en su vida”… Es amo y señor de su tiempo. Prorrumpe, no pierde protagonismo ni por accidente. A veces sonríe, sólo de sus propios chistes, que suelen ser simpatiquísimos. En fin, es un el juez, la víctima y el castigo. Paz, un roble bajo cuya sombra templada y cruel reposó cualquier palabra escrita en este tramo de tierra que es la patria Mexicana.

    Ahora que me acompaña una voz al leer sus libros (una voz, un gesto, una pausa), cito:

    El muchacho que camina por este poema…

    …es el hombre que lo escribe.

    Pienso en el niño que fui. Aquellos tres segundos de la fiesta yucateca. Mis lágrimas siguen atoradas. Pienso en el adulto que Paz fue. ¡Carajo! Estamos condenados a leer la belleza escrita por difuntos.

    columna de el neb (2) columna de el neb (1)


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 288 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    santa

    1.

    Tres ejemplos:

     

    El relato de Eusebio Ruvalcaba intitulado “Las memorias de un liguero” viene acompañado de un asterisco que nos lleva al siguiente pie de página: Mínimo homenaje a “Las memorias de una pulga” read more

  • 266 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    No me deja en paz una duda: ¿A Borges le gustaba la literatura de Victor Hugo?

    Al parecer no del todo. Tengo entendido que constantemente se burlaba de él. En general Borges es todo humor. El bendito humor de un ciego. Probablemente esté yo errando al declarar así como así que se burlaba de él. Tan sólo hizo humor a pesar de él.  Borges es un juego de espejos. Un “te lo digo Chana para que me oigas Juana”. Por lo mismo, no cuesta trabajo imaginarlo citando una y otra vez a Macedonio Fernández (amiguísimo de su padre) al referirse a Hugo como un “gallego insoportable”. La cita entera: “Victor Hugo, che, ese gallego insoportable; el lector ya se ha ido y él sigue hablando.” read more

  • 247 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    lesmis

    1.

    Uno visita cualquier librería de aeropuerto norteamericano y en la mesa de las novedades puede reconocer lo que sin duda será la cartelera de cine del siguiente año. ¡No hay delito más grave que ese! Ninguna disciplina artística puede existir en función de otra. El cine gringo está obsesionado con abrevar de los libros que su propia industria edita degeneradamente. El problema es cuando esta apropiación de contenidos deja de atacar solo a best sellers inermes y se ensaña con lo que podríamos llamar formalmente: Literatura (así, con ele mayúscula y en patines). read more

  • 233 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    Fernando del Paso - News from the empire

    Fernando del Paso – News from the empire

    1.

    Casi trescientas páginas después, por fin Maximiliano y Carlota pisan suelo Mexicano. ¡Vaya lección de paciencia narrativa! Línea tras línea, Fernando del Paso nos manifiesta que no tiene prisa, que el regodeo suma, que es un erudito, que domina sus recursos con maestría de jardinero. Ya de este lado de la barra(América, México), todo discurre con mayor fluidez e incluso alegría. Se avecina una catástrofe, calmosa también. Transcribo un fragmento del capítulo XIV subcapítulo 3, pertenece a la correspondencia incompleta entre los dos hermanos franceses:

    “Tacubaya es un lugar precioso al que llaman el Saint Cloud de México, ah porque has de saber que esta clase de comparaciones se han puesto muy en boga, y tenemos así que Xochimilco es la Venecia de América, San Ángel el Compiège azteca, Cuernavaca el Fontainebleau mexicano, la ciudad de León el Manchester del Nuevo Mundo, el Castillo de Chapultepec el Schönbrunn de Anáhuac, y etc., etc.”

    Este fragmento viene a mención porque llegó a mis manos una traducción al inglés de “Noticias del Imperio”. “NewsfromtheEmpire”. Ustedes saben que en Norteamérica la literatura antes que eso es una industria, a los libros se les trata como mercancía y es bastante común encontrarse citas de diferentes periódicos o críticos inscritas en las portadas, todo para fomentar la venta del libro en cuestión. Moda boba y que para acabarla de amolar están empezando a adoptar las editoriales mexicanas. Ash. La cita entrecomillada que acompaña a “Newsfromthe Empire” es: A mexicanWarand Peace.

    Es decir que “Noticias del Imperio” es nuestra “La Guerra y La Paz”.

    Eso transforma a Fernando del Paso(o ya mejor usemos su reducción como futbolista delantero: FdP10) en el Tolstoi chilango.

    Cosa que no es.

    Porque las comparaciones son atajos directos a la tristeza.Estoy harto de leer que “Santa” es nuestra “Nana” o que “Los Detectives Salvajes” es un carpetazo a “Rayuela” o que PanaitIstrati es “el Gorki de los Balcanes”. Las comparaciones dañan, acotarlo es incluso infantil.Es como ponerse a comparar estornudos entre sí. El problema es que este lenguaje es exclusivo de las contraportadas y su comercialización. Los verdaderos estudios literarios operan de otro modo: como una concatenación de autores, si se quiere; como una infinita línea de escritores reiterándose. No sé, aún no lo sé.

    Todavía hace un par de años, Fadanelli–escuché a más de uno decirlo con plena seguridad- era nuestro Bukowski. Aunque seamos sinceros: el noventa por ciento de los escritores jóvenes mexicanos son nuestro Bukowski y a Fadanelli le debe molestar mucho esa comparación. Hay que preguntarle.

    Arreola es nuestra Juana de Arco, y esto lo digo cariñosamente.

    “La región más transparente” es nuestro “Manhattan transfer” y “La muerte de Artemio Cruz” es nuestro “Mientras agonizo”. Esto no lo digo cariñosamente.

    El chido de Ibarguengoitia, sólo en un libro, intentó ser nuestro Capote.

    Guillermo Arriaga mataría por ser nuestro Hemingway.

    En la portada de la última antología de cuentos de Alberto Chimal dice que es el nuevo Henry James. Caramba. Hay que preguntarle qué opina.

    Una vez ya ebrio dije que Alfonso Reyes era nuestro Borges. Perdón, estaba exaltado. Por suerte no recuerdo quiénes estábamos a la mesa esa noche.

    Mi primer novela fue comparada en más de una ocasión con “La Conjura de los Necios”. Les juro que no soy ni de cerca el John Kennedy Toole de Peralvillo.

     

    2.

    Mi estornudo se parece mucho al tuyo. Comparar es de impacientes, aunque algo de relajante tiene pensar que alguien en algún centímetro de la historia humana sintió lo mismo que nosotros, pobres humanos perdidos en los inicios de siglo 21.

    John Kennedy Toole

    John Kennedy Toole


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 217 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    31 de diciembre.

    Leí “Under the Volcano” gracias al encierro a que nos vimos obligados hace un par de años por culpa de la influenza. Hasta antes de la supuesta epidemia había intentado yo pasar la novela frente a mis ojos en cinco fallidas ocasiones. Algo en el inicio de ese libro me excluía. Pasa eso con ciertas novelas. Son un muro. Cada quien elige su infierno. Una de las que vengo arrastrando es “Noticias del Imperio”. Cuatro intentos en casi 10 años. No entiendo qué me ocurre. Jamás he pasado del segundo monólogo de Carlota. A ambas novelas las hermana el delirio. ¿Será eso? Me inquieto a las pocas páginas, me desespero, me abrumo, me aburro. No puedo. read more

  • 190 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Huelga referirlas, pero dos rarezas destacan en este tramo sonso que evocaré como año 2012. Ambas tienen que ver con lo que yo llamo íntimamente “mis erecciones desperdiciadas”, es decir: mi vida literaria. Aquí redacto informalmente mis conclusiones al respecto.

    Declaro con honestidad que he perdido la fe en todo lo que he escrito hasta ahora, a la par que me siento incapaz de intentar algo nuevo. Escribir, lo he dicho antes, es darse cuenta de las limitaciones propias: humanas, literarias, espirituales, etc. Desde hace al menos dos meses me tiembla la mano enfrente del teclado. Ya no el dichoso miedo a la página en blanco sino a la vacía efigie en la pantalla. Si uno no pulsa tecla alguna el cursor parpadea hasta el infinito, como una carcajada. Las ideas pendientes en mi cabeza se diluyen mientras más las medito, son como un temblor imperceptible que ocurre en otro sitio lejos de aquí.

    Es un pesar normal. Tampoco estoy aspirando a ser único, voz cantante y mucho menos tender al melodrama. No es eso. Escribir es como coger. Luego de un receso nomás es cosa de bajar un calzoncito para que la sapiencia se reactive. Tengo clara una cosa: la tristeza es sinónimo de juventud. La madurez consiste mayormente en saber aguantar el chorro seminal el mayor tiempo posible. No escondo metáfora alguna en lo anterior. O tal vez sí. Me apoyo en la ordinariez para ser claro. Los cuentos y novelas –por decirles de una forma- que tengo planeado escribir me exigen una madurez que tal vez no poseo aún. O que tal vez no posea nunca. Hay que ser paciente. No hay prisa. Hay medicinas que saben amargo.

    Por lo demás quiero disculparme porque me he transformado paulatinamente en justamente aquello en que no quería convertirme: una vendedora de Tupperwares. Esas señoras que aprovechan el domingo en familia para sacar sus productos ofertando el hecho de que tal o cual Tupper mantiene a la lechuga más fresca. Con esto me refiero a la forma en que me autopromociono en medios electrónicos. Internet es una vendimia, ya de por sí. Los escritores estamos aprendiendo a usarlo para hacernos de un público de lectores. Veremos qué sucede. Por mi parte, estoy tratando de aprender a hacerlo con humildad pero entiendo si he sofocado a alguien con mis tonterías.


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 171 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

     

    Seleccionaron mi libro de cuentos, intitulado “Perros sin nombre”, como ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012. Ahí, en esa distinción, están encapsuladas varias relaciones emocionales que dejé en condición de imperio devastado, ahí están los dos bebés cuyas muertes desee con todas mis fuerzas, ahí están los aumentos de sueldo que rechacé para enclaustrarme en casa frente al maldito cursor parpadeante en la computadora. Escribir es sacrificar el normal avance de la vida humana: naces, creces, te reproduces y mueres. ¿Dónde en esa ecuación cabe cazar a la ballena blanca? ¿Dónde el vía crucis del cónsul Firmin? ¿Dónde disecar estrellas marinas?

    Espero no me tomen por fatuo pero desde hace tiempo deseaba ganar un premio Bellas Artes de Literatura. El de cuento, en específico, porque es el género que más entiendo. Que más creo entender. ¿Qué es un cuento? No referiré aquí la atinadísima comparación boxística de Julio Cortázar. Para Hemingway, un cuento es la punta de un iceberg, sólo la puntita que anticipa un coloso de hielo bajo el agua. Ambas son metáforas muy exactas. Lo que yo creo es que hay que escribir cuentos que sean como cuando a un rollo de cinta diurex no le podemos encontrar el borde. Y lo rasguñamos desesperadamente.

    El premio Bellas Artes de cuento San Luis Potosí fue creado, tengo entendido, para instaurar un termómetro exacto que evaluara el entorno de la narrativa mexicana. No sé qué calenturas necias han atosigado a nuestra narrativa durante todo este tiempo, pero al repasar la lista de autores premiados noto de inmediato que se trata de un puñado de febriles. En una palabra: cuentistas. Estoy contento de gozar de tan buena compañía. Destaco a Eusebio Ruvalcaba, quien recibió el estímulo hace exactos 20 años y a quien llevo inexactos 10 años llamando maestro.

    Retomo: el premio Bellas Artes de cuento San Luis Potosí fue creado para medirle el agua a los camotes. Y me temo que estamos en una mala fase. Los medios electrónicos celebran la economía del lenguaje, nos entrenan a confeccionar nuestras opiniones en 140 caracteres. Se alaba la respuesta fugaz. Nada permanece. Nadie opina. No hay contenido. Hay, sí, un frenesí generalizado por menospreciar el instante. Constantemente noto que se organizan certámenes literarios de cuentos brevísimos, poesía en tuiter o monstruosidades de peor inventiva. Me preocupa mi entorno. En la evolución de ese caldo de cultivo es donde tendrán que destacar los autores que escribirán cuentos en el futuro. Estoy preocupado. No se ustedes pero yo descreo de la idea de que una carita triste y amarilla represente toda la tristeza que llevo en mi alma. O la tristeza que cualquier hombre lleva a cuestas. Esa es la tristeza con la que hay que trabajar. Ahí está la argamasa con que se construye un cuento. No la brevedad sino el dolor total de un hombre que desearía haber nacido mujer, el sufrimiento de un enanito al que no lo quiere atender ninguna prostituta, el niño que necesita ganarse una rifa para poder pagarle un tratamiento dental a su hermana menor. Son ejemplos de Rafael Bernal y Truman Capote. Dos genios cuentistas.

    Les juro que el cuento nos va a salvar a todos.

    Dice Rosario Castellanos que “un premio es la primer corona fúnebre en la tumba”. Estoy contento con el verdugo que me ha tocado. Dejo a su juicio si es un lugar común, o no, hablar de un cuentista como un heredero directo de Sherezada, quien se ve obligada a idear una trama distinta cada noche para evitar que la mate el aburrido público. He sentido ese miedo a ser asesinado en más de una noche.

    Ganar premios es lo de menos. Hay mas premios que escritores. Lo importante es escribir cuentos. Hay que aprender a escribir cuentos, a dominar sus inagotables recursos. Pocas cosas tan satisfactorias como urdir un cuento con gusto a tenso puño. El relato es para perezosos. Hay que pensar en forma de cuento. De lo contrario, cuando menos lo esperemos, nos va a quitar la vida el inclemente Sultán.

     

    2.

    El anterior texto es una versión alargada y corregida del que leí la semana pasada en la ciudad de San Luis Potosí. Fue una ceremonia bonita pero triste, más bien con pocos asistentes. Era martes. Yo había pasado la noche anterior (la de mi cumpleaños) entre guácaras y deposiciones. Triste, además. El viaje en avión no aminoró la náusea.

    Ya un poco más repuesto, me di cuenta de que la forma como me debilitó la enfermedad también tenía forma de premio. Me declaro, humildemente, frágil vasija. Utilizaré el dinero del premio para pavimentarme un periodo largo de escritura. Tengo dos proyectos en mente. Uno no se entiende aún y el otro es sobre el rencor.

     


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 160 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    No tenemos alma. Al menos no de manera tácita. Es verdad que nacemos con el cálido aliento que nos insufló el dios creador. Carne que fue barro, todo siendo hallazgo y magia. Ese hálito se va perdiendo conforme crecemos y preferimos darle mayor importancia a la acumulación de las dos cosas más vulgares que la vida conmemora: el amor y el dinero.

    No tenemos alma, la extraviamos en el camino Y lo más vil: fuimos
el público que aplaude o bosteza en su butaca.

    Y ese verso de Paz está, curiosamente, lleno de entusiasmo porque ambas circunstancias (aplaudir o aburrirse) al menos a mí me hacen pensar que el daño no es irrevocable: read more