Dos de surtida

  • Incitación a la lectura de ‘Ulises Criollo’ | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (Web)

    Hay tanto que decir acerca del licenciado don José Vasconcelos. No es mi intención en estas escasas líneas hacer un estudio total acerca de su compleja y monumental figura histórica, mística, filosófica, educadora, pasional y política. Simplemente quiero hablar desde el humilde asombro de un lector y con la carne de mi cuerpo colmada de entusiasmo. read more

  • Postal Tejana | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

    1.
    Ya tenía mis lecturas cuando cumplí un cuarto de siglo sobre este planeta. read more

  • Vendrá la muerte y tendrá tus ojos | Gabriel Rodríguez Liceaga

    1.
    Llegó a mis oídos, y a propósito de los festejos del centenario de Octavio Paz, un juego de palabras que realmente me puso a pensar. Consiste en llamar a “El Laberinto de la Soledad”, “El laberinto de la Sole(mni)dad.”
    Sin duda creo que “El Laberinto…” es un libro muy mal leído. Básicamente porque a las generaciones más recientes nos lo dejaron de tarea en la escuela. Y el olor a tarea no se quita con el tiempo. Así que, aprovechando un viaje a la playa, me puse a releerlo básicamente para buscarle peros. O mejor dicho: para subrayar mis deficiencias de lector adolescente y para hallarle, precisamente, la solemnidad. Le entré al libro auspiciado por dos recuerdos escolapios, ambos producto de la suma entre mentira y memoria. Sólo ahondaré en uno. Y es el ensayo en que se comenta que a los mexicanos nos da mucha risa la muerte.

    2.
    ¿A los mexicanos realmente nos da risa la muerte?
    Yo creo que no. Me temo que es una de esas mentiras que se han reiterado tantas veces que ya la damos por indudable verdad. A André Bretón se le ocurrió señalar a Méjico como la tierra elegida del humor negro y quizá a partir de ese momento esta falacia comenzó a tornarse en certeza. Al surrealista le llamaron mucho la atención las calaveras de Posada y nuestros espléndidos juguetes fúnebres. No cuesta trabajo imaginar al francés asombrado y libando un cráneo de azúcar rotulado en la frente con el nombre Andrés.
    Paz es muy cauto y yo de joven era un mal lector. Tres ocasiones en “El Laberinto…” menciona a estas representaciones populares que, a su parecer, son burlas de la vida. Sin embargo en todo el libro jamás subraya con todas sus palabras que a los mexicanos nos de risa la muerte.
    ¡Porque no nos da risa la muerte!
    Hay sólo dos cambios trascendentales en la vida de todo hombre: nacer y morir. Todo lo demás -la parte de en medio- es pérdida de tiempo. Y, por ende, literatura. Paz subraya dos cumbres poéticas gestadas en nuestra nación a propósito del tránsito humano: “Muerte sin fin” de Gorostiza y “Nostalgia de la Muerte” de Villaurutia.
    Años después José Emilio Pacheco refiere un par más. Dice:
    “Beber un Cáliz” significa para la prosa mexicana lo mismo que “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” para nuestra poesía.

    3.
    “Beber un Cáliz” es el desesperado testimonio literario y veraz que Ricardo Garibay escribió acerca de la agónica muerte de su progenitor. Su padre, al igual que todos nuestros padres, fue un cúmulo de angustias y magnificencias:
    “¿Quién es? ¿Cómo ha vivido? ¿Cuáles han sido sus virtudes y cuáles sus pecados? ¿Por qué ha tenido que sufrir tanto y por qué ahora sus hijos varones no se duelen de verlo hundirse día a día hacia la muerte? No conozco nada suyo, nunca pude preguntarle nada que de verdad me interesara… nunca le vi los ojos cuando me estaban mirando.”
    Este libro es la flor de dolor. Nace y se marchita en nuestras manos. Está escrito en forma de diario pero es desordenado y angustiante, nunca caótico. El padre muere a la mitad del tomo y entonces vienen páginas y páginas de reflexiones ulteriores, es la muerte que no se va, como un pésimo olor de boca, una inexplicable nausea. Garibay disecciona los cambios emocionales que sufren los vivos cuando alguien agoniza y sucumbe. Por momentos es cruel, anhela el fallecimiento de su enfermo; a ratos también es tiernísimo. Evoca su infancia, medita, sufre, se lamenta, se queda solo en el mundo.

    4.
    “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” es el testimonio poético de Jaime Sabines acerca de la muerte de su padre. Todo el proceso se nos ofrece dulce y aterradoramente versificado.
    Está primero la juguetona enfermedad:
    “Vamos a hablar del Príncipe Cáncer,
    Señor de los Pulmones, Varón de la Próstata”

    Luego la enloquecedora y cotidiana expectativa:
    “…estoy esperando la muerte de mi padre.
    Desde hace tres meses, esperando.
    En el trabajo y en la borrachera,
    en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,
    en su dolor tan lleno y derramado,
    su no dormir, su queja y su protesta,
    en el tanque de oxígeno y las muelas
    del día que amanece, buscando la esperanza.”

    La desesperación que antecede a la muerte:
    “¡Maldito el que crea que esto es un poema!”

    Viene el entierro, la negación, la charla necia con el símbolo de lo perdido, el cadáver descomponiéndose, los objetos que el muerto dejó en la tierra y yacen esperándolo. Nunca el olvido. Todo esto transcurre en la primera parte del poema. Hay una segunda parte, escrita dos años después. Explica Sabines que no podía dejar de escribir sobre la muerte. Y tachaba o eliminaba los poemas porque, sin darse cuenta, ya estaba de nuevo derramando pesar en su trabajo poético. De nuevo: el pésimo olor de boca que no se quita, la necia nausea.

    No puedo citar “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” sin mencionar ese otro enorme poema acerca de la desaparición de un ser querido: “Tía Chofi”. Dicho canto a la difunta doncella me vuelve un ser de lágrimas.
    Suplico escuchar la grabación en vivo de “Tía Chofi” durante el homenaje que se le hizo a Sabines en el Palacio de las Bellas Artes. Escucharla de madrugada y cuando la ciudad afuera parece más que muerta. Hay que atender al temblor en la voz de Sabines conforme se acerca al final del texto. Ahí en esa poderosa voz que se quiebra está la invitación a abandonar una de nuestras tantas solemnidades nacionales:
    ¡No! A los mexicanos no nos da risa la muerte.

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    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal. 


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    @El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Pre­mio Bel­las Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • Humilde instructivo para leer poesía (primera parte) | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

    1.

    Todo el tiempo la gente dice cosas. Algunos ejemplos:

    Mira qué grande se ve la luna.

    Quiero un aumento de sueldo.

    ¿Cuántas olas tiene el mar?.

    La chica de la mesa de la esquina ya anda peda.

    ¡Ya que se termine la Edad Media!

    En todas esas frases duerme roncando la poesía.

     

    2.

    Es muy frecuente escuchar a la gente decir también cosas como: no me gusta la poesía o peor aún yo no sé de poesía. Y hacen cara de fuchi cuando cae en sus manos una página llena de oraciones separadas por apresurados enters. ¿Saber de poesía? Como si hubiera alguien que sabe de prosa. O de relámpagos o de olas del mar o de catarinas muertas. Todos ejemplos inabarcables o acaso infinitos. Nadie sabe de poesía. Si me apuran: mucho menos los poetas (Keats afirma que un poeta es la cosa menos poética del mundo). Quien esto escribe se registra en ese tumultuoso grupo de humanos que no saben lo que es la poesía. Acaso mi única ventaja es que yo no le he puesto cara de fuchi. La almaceno en casa y visito de vez en cuando, a veces la llevo debajo de mi sobaco: lista para ser leída en la mesa menos visible de la cantina en turno. Y si algo he aprendido de ella es que: hay que estar de humor para leer poesía.

    Miro una página versificada. Los caracteres negros y los espacios en blanco.  Un poema asemeja los deltas de un río. Un río de sangre. ¡Laten los poemas! Los he visto estremecerse. Y además resulta que el lector también tiene algo adentro del pecho. Es cuando laten al mismo ritmo los corazones de poeta y lector cuando acontece la poesía.

    Ese es el humor para leer poesía del que hablo.

    Pensar que, antes de que yo naciera, alguien ya escribía al ritmo de mi corazón es una de las escasas gangas que aún me mantienen de pie en este mundo tan ridículo. Afirmo sin miedo a errar que no hay alma humana que no disfrute de la poesía, es sólo que no ha caído a sus manos el poema entre todos los poemas.

     

    3. Nota:

    El adjetivo “humilde” que aparece en el título de esta columna desea serlo de forma literal. Escribo y las teclas me parecen plataformas frágiles sobre las que hacen equilibrio mis ideas, ideas aún más frágiles. Declaro que le temo a la poesía, la respeto como a un padre golpeador. Obviamente he intentado escribir poesía. Todos intentos fallidos y en estado de tránsito en algún rincón con clave en mi computadora. La clave es: salmonela23.

     

    4. Ahora sí, el instructivo:

    La poesía no es la que te escribía tu ex en las páginas finales de su cuaderno en los años escolapios, ni la que escribe tu cuate que ya publica en revistas especializadas, ni la que reparten los sidosos en el metro a cambio de unas monedas. La poesía es la que escribieron Octavio Paz, Rubén Bonifaz Nuño, José Gorostiza, Efraín Huerta, Ramón López Velarde y Jaime Sabines. Evidentemente, son sólo ejemplos.

     

    5.

    ¡Falso! La poesía no es ese listado de sujetos. La poesía es Libertad Bajo Palabra, es Los Demonios y Los Días, es Muerte sin Fin, es Los Hombres del Alba, también La Suave Patria y Los Amorosos.

     

    6.

    Otra mentira. La poesía es:

    “Fluyen ríos sonámbulos”

    “Hiervan los ruidos”

    “Sabe la muerte a tierra”

    “Y los monumentos son más estériles que nunca”

    “Para cortar a la epopeya un gajo”

    y: “llorando la hermosa vida”.

     

    7.

    Me explico: lo que estoy haciendo es un ejercicio de reducción. Una persona no acostumbrada a leer poesía no debe aspirar a conmoverse con el total de un poema. Es cuestión de ubicar una línea. Siempre la hay. ¡Esa! La que nos edifica una imagen trascendental en la cabeza, la que al día siguiente evocamos de memoria y por accidente. Una línea. Un verso.

    Yo lo que hago es subrayar versos. Los que atiborran de sangre nueva a mi cuerpo (de nuevo el corazón), despabilándolo, haciéndome prescindir de la realidad. Subrayo sin miedo a que la página se enoje. Ojo: no estoy diciendo que lo relevante en un poema es un verso, no; estoy diciendo que para entrarle al poema hay que leerlo y releerlo. Hay que irlo haciendo nuestro de a poco.

    Y es que el verso que selecciono hoy no será el mismo que seleccionaría mañana. Cambian, son inestables e inquietos; como las pizarras en los aeropuertos. La poesía es, a la par, un viaje. Siempre provoca nuevas sonrisas. La piel se enchina queriendo llamarse distinto.

     

    8.

    Propongo un ejercicio: lee un poema, el que sea, y piensa: ¿con qué verso titularías algo escrito por ti? Un libro de cuentos, un relato, una novela, un blog…

    “Fluyen ríos sonámbulos” por Fulano.

    “Sabe la muerte a tierra” por Sultano.

    “Por Quién Doblan Las Campanas” por Ernest Hemingway.

    “El Vino de los Bravos” por Luis González de Alba.

    Creo que tiene que ver con la inspiración. Un poema inspira.

     

    9.

    Dicho sea de paso: la poesía sí es la que escribía tu exnovio en las páginas finales de su cuaderno, sí es la que escribe tu cuate que ya publica en revistas especializadas, sí es la que reparten los sidosos en el metro a cambio de unas monedas. La que escriben Fulano y Sultano.

    Es la que escribes tú.

    Escribe poesía pero no la muestres, guárdala abajo de tu cama hasta que sea el momento indicado. Que ahí se quede hasta que mueras y alguien la descubra y así asegurarás que siempre habrá flores coloridas, frescas y erguidas en tu tumba. Esto, por supuesto, es un chiste.

     

    10.

    Entonces retomemos. La gente dice cosas. Algunos ejemplos:

    Mira qué grande se ve la luna.

    Quiero un aumento de sueldo.

    ¿Cuántas olas tiene el mar?.

    La chica de la mesa de la esquina ya anda peda.

    ¡Ya que se termine la Edad Media!

    En todas esas frases duerme roncando la poesía, probablemente soñando con su poeta.

    (429 días)

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    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista. 


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    @El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Pre­mio Bel­las Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • Cadáveres Aplaudiendo | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

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    1.

    Borges -en algún pasillo del laberinto de prólogos que construyó para las generaciones de lectores nonatos- afirma que hay tres eventos decisivos en la vida de todo hombre. Son: descubrir al mar, descubrir al amor y descubrir a Dostoievski.

    Yo añadiría: descubrir al cine.

    El cine es luz. A veces también es entretenimiento. En ocasiones incluso es una anestesia que sirve para mitigar la basura que llevamos por vida. Aquí que cada quien se haga bolas. Pero el cine es luz. Cualquiera que se atreva a contradecirme acabará con un clóset lleno de dvds inservibles y que tendrá que vender como por kilo o como chatarra en una decena de años. A mí padre le pasó así pero con casetes beta y vhs. Al hombre del futuro le pasará con hologramas. Aunque ahí ya estoy haciendo ciencia ficción.

    Hablo de que ver cine es ir al cine.

    Encerrarse en una habitación oscura, formar parte de la asombrada tribu, atender al mundo proyectado enfrente de nosotros.

    El cine es luz, repito. Y aquí cualquier adelanto tecnológico no contradice mi punto. Sólo hay que volver la mirada hacia atrás en cualquier sala de cine para notarlo. Y entender eso implica asumir que el cine es magia. Si acaso hay un centímetro de magia en el mundo, ese está aprisionado en una película. Federico Fellini lo tiene muy claro, cuando en “Otto e Messo” el mago aparece y se topa de frente con Guido lo primero que hace es saludarlo como si se tratara de un amigo. “Hace rato que no te veo”, le dice. Obvio. El cineasta y el mago son buenos amigos que se frecuentan poco. Por eso cuando en “Boogie Nights”, en medio de una de las tantas fiestas entre pornógrafos, un personaje hace flotar un vaso de Cerveza: todo cobra repentino sentido. El cine es luz, es magia, es ucronía. El tiempo se detiene y avanza y regresa. Personalmente afirmo que yo adoro y adolezco de todas aquellas cosas que me hacen prescindir de la realidad: dormir, beber, leer, ver cine, tener sexo.

    “El cinematógrafo, alegre deformación del universo”, dijo Marinetti hace casi un siglo.

     

    2.

    Ciegos, construimos nuestras propias e individuales “Historias del Cine” a partir -primero- del asombro. Dudo que yo sería la persona que soy si no me hubiera enfrentado en mi más susceptible infancia a los Brontosauros de “Jurasic Park”. O al final de la quinta entrega de Star Wars,  aquella en que los malos vencen a los buenos. Ambas cuestiones sumaron a mi favor.

    Sin embargo, el día que Satanás en el Enorme Juicio a la Creación Humana refiera ambos títulos: yo no levantaré la mano para defenderlos. Sí levantaré la mano, en cambio, por otros directores que me ayudaron a estrenar ojos, que exaltaron mi alma, que hicieron que el Gabriel que entró a la sala no sea el mismo que la abandonó. Previamente mencioné a dos: Federico Fellini y P. T. Anderson. Dicho: uno de mis cineastas muerto favorito y uno de mis cineastas vivo favorito.

    Entendámoslo: no es lo mismo ver películas que ver cine. Así como no todos los libros son literatura. Es un evidente y soso juego semántico el que propongo. Pero también ayuda a entender y aclarar cosas.

    Ciegos, construimos nuestras propias e individuales “Historias del Cine” a partir -en segundo caso- de la pereza y la carcajada. Nos hemos transformando en cadáveres aplaudiendo. Es alarmante la cantidad de malas películas que se topa uno en las marquesinas de los cines del país, podemos sobre intelectualizarlas tanto como deseemos, pero de que el nivel es bajo: es bajísimo. Hay crisis. Al teórico Rafael Cruz le tranquiliza saber que al cine le está ocurriendo como a la pintura al óleo en sus inicios: que sólo era oficio de señoras ociosas debido a lo caro de su hechura.

    Aquí retomo lo que mencioné párrafos atrás: el cine se ve en el cine. Pero esa ya es una utopía irrealizable. La experiencia cinematográfica lleva implícita su fugacidad. El que no la vio se amuela. ¿Estabas muerto cuando daban “Metrópolis”? También te amuelas. Los que gustamos del cine estamos tácitamente amolados. Vaya, ni siquiera sé si “Metrópolis” estuvo en cartelera. Y es precisamente por ello por lo que es fundamental crear una Historia del Cine. Una propia y una que nos pertenezca a todos.

    Concluyo estas líneas suplicándole al hipotético lector que se acerque a la completa y hermosa historia del cine filmada por el paternal y congruente Mark Cousins: “The history of film: an odyssey”. Sencillamente: un collage de imágenes vivas de diecisiete horas.

    Una gema entre la mierda.

    El cine es un arte en pañales, ya se dijo; pero también es un arte fascinante que nos puede ayudar a descubrir al mar, a descubrir al amor y también a descubrir a Dostoievski.

    (411 días)

     

    Texto exclusivo de la versión digital de esta revista. 


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    @El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Pre­mio Bel­las Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 391 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

    Par de infiernos literarios

    1.

    Mi amigo e interlocutor me dijo: “Leí que la literatura en Latinoamérica bien se puede tantear por sus extremos: el paraíso de Lezama Lima y el Infierno de Lowry”. Yo guardé silencio un par de segundos, le di un trago a mi licuado y exclamé abotagado: “…y el purgatorio de Rulfo”.

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    En efecto, “Bajo el Volcán” (no es error que la considere yo una novela latinoamericana, mexicana incluso) tiene aspecto de infierno. Apesta, se lee y se vislumbra como tal. Incluso hay un momento en la abusiva peda del cónsul en que se trepa a un tiovivo de feria y dicho mecanismo desempeña el papel de un demonio. Viene a mi memoria aquel sueño recurrente de mi infancia en el que la vecindad y el barrio donde yo vivía se transformaban en un parque de diversiones de Satanás. Espero jamás reaparezca. Retomo: la odisea dipsomaniaca de Geoffrey Firmin me resulta más un vía crucis que un descenso al abismo. No puedo mencionar esto último sin que se me ponga la piel de gallina.

    Puedo afirmar que el infierno literario más famoso es el de Dante. Protagonista a la par de videojuegos y grabados de Doré. Borges lo explica de forma exactísima: “Obra del divino poder, de la suma sabiduría y, curiosamente, del primer amor, el infierno de Dante es un establecimiento penal en forma de pirámide inversa, poblado por fantasmas de Italia y por inolvidables endecasílabos.” Da la impresión de que en esta opinión, Borges despuebla al infierno del miedo que desde pequeños nos han inculcado a tenerle. No por nada la Biblioteca Borges editada por Alianza utilizaba detalles de “El Jardín de las Delicias” y otros cuadros de El Bosco para engalanar sus portadas.

    ¿Hay que temerle al Infierno o no? Cada quien que lo decida. Yo quiero mencionar tres novelas que a lo largo de mi fútil vida de lector me han resarcido el saludable y refrescante miedo a las llamas del antro. Tres novelas infernales: “El Corazón de las Tinieblas”, “La Vorágine” y “Caballería Roja”. Son, evidentemente, sólo tres ejemplos. En el siguiente párrafo enumeraré un par más, espero no me tomen por fatuo:

    Pienso en el héroe de “Los de Abajo”, Demetrio Macías, disparándole a la nada, misma de la que entró y salió a lo largo de todo el tomo. Invoco al chivo con cara de ser humano que nos augura malos presagios casi al inicio de “Gran Sertón Veredas”. ¡Demoníaco! O que tal los terribles vagabundos cuyos lamentos moran todo el primer capítulo de la primera parte de “El Señor Presidente”. Imposible olvidar a las viejas que pueblan la Casa de la Encarnación de la Chimba en ese maldito libro llamado “El obsceno pájaro de la noche”. Rememoro, mi estómago se vuelve un puño de piedra, la masacre de “¿Por quién doblan las campanas?”

    Doblan por ti. Por ello, quizá el examen que te hacen llegando a la otra vida y para determinar si te unes o no al censo celestial sea: ¿cuál fue el último libro que leíste en vida? No estoy seguro con qué autores o libros se va uno al Infierno. En cambio estoy seguro de que, de tratarse de Joseph Conrad o Eustasio Rivera o Isaak Bábel, uno asegura Paraíso. Es prácticamente un hecho.

    (Nota: esto es muy entusiasta, ya que plantea una realidad ficcionada en la que todos somos lectores.)

    Cité ya a Borges. Es turno de Alfonso Reyes. Imaginémoslo portando su capote: “Dante esquematiza lo real y parece por instantes tener ante sus ojos al universo como un modelo reducido, en vez de sentirse como un infinitamente pequeño ante un infinitamente grande, es el universo el que se empequeñece para prestarse a la contemplación del poeta”. Y luego ejemplifica con una metáfora tan infantil como sabia: “El Sol, en su marcha en espiral por toda la eclíptica, enreda su trayectoria en torno a la Tierra, como una cuerda enreda el trompo.”

    Escribir es justo eso. Justo eso. Ver al mundo y sus totalidades como algo manipulable y reducido. Opino que escribir es arar la parcela de infierno que a todos nos corresponde por ley humana. Los ejemplos que he citado son justamente eso también: terrenos infernales delicadamente cuidados, sus propietarios ahora mismo nos miran desde el cielo.

    De vez en cuando nos escupen desde allá.

     


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 375 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Las ediciones más recientes de la obra de Carlos Fuentes, específicamente las publicadas por la editorial Alfaguara, incluyen un pormenorizado esquema de cómo decidió el autor clasificar su obra. Es, bajo el megalómano título de “La Edad del Tiempo” y en quince secciones diferentes. A decir de Christopher Domínguez Michael: La obra de Carlos Fuentes es el conjunto más complejo y variado de la narrativa mexicana. Estoy de acuerdo.

    Los libros de José Revueltas tienen un párrafo afín, extraído de una entrevista de 1972. Lo que afirma en tres ocasiones es: Yo hubiera querido denominar a toda mi obra “Los días terrenales…”. A mí ese nombresiempre me ha parecido fantástico. El autor está diciendo que en la otra vida, acaso en días incorpóreos, también ideará y firmará libros.

    Lowrycreó la preciosa y delirante obra maestra sobre la dipsomanía, “Bajo el Volcán”, con la intención de hacer una suerte de “Divina Comedia” moderna. Iban a ser siete los libros y el título que los englobaría es: “El viaje que nunca termina”.

    En una entrevista de 1950, Agustín Yáñez declara que su idea es escribir distintas obrascada una de las cuales vaya recogiendo un distinto ángulo de la vida mexicana. La serie conformada por “Flor de Juegos Antiguos” y “Archipiélago de mujeres” se llamaría “Las edades de México”. Otro título que no chista en lucir poderoso. Explica su idea: construir una gran serie de obras para retratar a México -un gran mural- sin que una obra dependa de la otra. Sino independientes. Algo semejante a la “Comedia Humana” de Balzac.

    En efecto, Honoré de Balzac se propuso escribir 137 novelas bajo el título de “La Comedia Humana”, para hacerle la competencia al registro civil. Murió dejando sólo 85 tomos.

     

    2.

    Mi punto: los monstruos piensan en forma de obra literaria.

    Uno debe conformarse con pensar en forma de libro.

    Esa es una de las ponderaciones que más le inocula a sus alumnos el maestro Eusebio Ruvalcaba, cuya vasta producción –dicho sea de paso- será un dolor de cabeza para el colector de sus Obras Completas aún sin título.

    Pero, ¿qué es pensar en forma de libro? En mi caso, significa que si escribo un cuento lo estoy imaginando ya como parte de un libro de cuentos. Así de burdo. Medito en qué orden de aparición incluiría ese cuento en específico. Lo imagino codo a codo con otros textos que quizá aún no he escrito y quizá nunca escriba. Significa escribir veinte cuentos en un año, matar once y re trabajar los nueve restantes. Anhelar índices y epígrafes, también dedicatorias. Nunca la portada, porque las portadas tienen el mal gusto de llevar el nombre del vanidoso autor. Un libro de cuentos es como un puente de piedras sobre un río. Un río preferentemente bravo. Un río plagado de mierda y cadáveres y peces sin ojos. Las hay piedras frágiles, piedras pequeñas, piedras resbalosas, piedras perfectamente cimentadas. Hay que construir ese puente en la mente. Desarmarlo y reconstruirlo. Pensar humildemente en forma de libro. No pensar en forma de obra literaria. No pensar en forma de blog o de tuit o de libro electrónico. Pensar en forma de libro de carne y hueso.

    En el caso de una novela: dimensionar sus alcances. Jamás escribir a tontas y locas. Saber el principio y el final. Ya la trama, dios mediante, se irá desarrollando por sí misma. O no.

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    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 351 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Vicente Quirarte, en alguna parte del inspirador libro “La invencible”, cita a un personaje a quien van a fusilar. En el trayecto rumbo al sitio de la ejecución ese hombre se topa con un charco de agua puerca. Él esquiva el charco y prosigue su camino rumbo a la inaplazable muerte. En esta sencilla eventualidad está resumido y explicado el corazón de ese hombre, su definitiva comprensión única del mundo que aún habita. Porque también los hay de los otros. Algunos a los que no les importaría mojarse el calzado o ensuciar las pantorrillas en la antesala de la ráfaga asesina.

    Pienso, por ejemplo, en una anciana con delantal que camina por la colonia Cuauhtémoc. Dependiendo la hora pasea a un perro distinto. A todos los trata con particular cariño: les habla con diminutivos, recoge sus cacas, los persigna. Ellos la miran sacando la lengua. Quizá viva de pasear perros. Las mascotas de su vecindario. O tal vez lo haga gratis. O tal vez son todas mascotas suyas pero ya no tiene fuerza para pasearlos al mismo tiempo. Me intriga esa dama. Me imagino que ella sería capaz de embarrarse los pies en el charco con tal de que sus perros, o los perros de cualquier otra persona, no lo hagan.

    Pienso, es otro ejemplo, en un hombre que con lágrimas en los ojos borra las anotaciones a lápiz que alguien más hizo en un libro que compró usado. Un libro, no sé, de Juan José Arreola. Casi aseguro que a él no le incomodaría cruzar el charco así como va.

    Desde la ventana de mi cuarto en casa de mis padres, hablo de 1995, se veía de jueves a sábado una putita en la esquina. Yo fui testigo de, al menos cinco, de sus apresuradas mamadas. Siempre me llenó de juvenil ternura verla abrir su paraguas apenas empezaba a chispear. Ahí, guarecida, seguía buscando clientela entre todos los bólidos que avanzaban sobre la Calzada de Tlalpan. Me gusta creer que ella (es decir: él) sí esquivaría el charco.

    Ahora ideo un hombre. Está apesadumbrado y con un trago en la mano porque ingresó espía al facebook de la mujer con quien tuvo un hijo, un hijo por el que no se ha interesado en lo más mínimo durante más de diez años. Revisó una a una las fotos que registran el crecimiento de su niño. El crío ahora es un hombrecito. Lo ve disfrazado de Hulk, lo mira conociendo al mar, lo mira bebiendo agua de limón. También ve los retratos del fulano que sí lo está cuidando y educando, aquel a quien llama “papá”. Afirmo sin temor a equivocarme que ese hombre no evitaría el charco de agua estancada rumbo al muro de fusilamiento.

    Un chavo en el metro, dieciocho años a lo sumo. Cada que vende cierto número de cajas de chicles tiene en las manos una liga. Utiliza su pulgar como resortera y arroja el proyectil a las ventanas del transporte en movimiento. Interesado siempre en golpear el rostros de alguno de tantos pasajeros que nomás no le ayudan a persignarse. Él, opino, sí se ensuciaría en el charco.

    El 22 de diciembre de 1849, Fiódor Mijaílovich Dostoyevski es llevado al patíbulo. A la mera hora y casi de último minuto, el Zar le perdona la vida. En este caso fue el charco quien se desbordó de Dostoyevski.

    También pienso en los hombres que llevan preso al sujeto que origina este texto. ¿Todos ellos debieron embarrarse de lodo las piernas para así dramatizar el acto del preso que no lo hace? ¡Carajo! No lo sé. Podría pasarme el resto de mi vida resolviendo esa pregunta.

    2.

    Tanto autor como personaje, vamos de la mano rumbo a la muerte. Quizá hay que preguntarnos todo el tiempo, a la hora de escribir, si el personaje que estamos intentando crear se empaparía las piernas. O si no lo haría. Ambas son opciones igual de fascinantes, igual de humanas.

    farel_dostoevsky


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 333 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Cuando leí Aura a los 16 años me fui a caminar toda la calle de Donceles en busca de la casa donde se desarrolla la trama. No encontré tal domicilio.

    Otro ejemplo: cuando fui con mi amigo Miguel a Buenos Aires nos lanzamos en busca del edificio donde vivió Julio Cortázar. No encontramos mas que a un grupo de vecinos hartos de tener que recibir a turistas que esperaban encontrar sabrá dios qué incidente mágico en la puerta de un departamento. Yo me asomé por la mirilla de la cerradura. Algo vi. Pero no les diré qué. Después, una vecina muy amable nos comentó que todavía hace unos años en la azotea estaba el esqueleto de la cama del escritor. Y que era una cama descomunal, enorme. Pues sí, obvio. Nos tomamos un par de retratos al lado de la placa conmemorativa (fotos ahora extraviadas ya que no existía aún la tecnología digital) y regresamos cabizbajos hacia nuestros demonios y cuarto de hotel.

    ¿Qué esperaba encontrar? Ni idea. Ambas anécdotas ocurrieron hace varios años y hoy en día me dan incluso pena, son el tipo de cosas que hace uno cuando está joven y descubre que encima de las ciudades habita el espectro de los escritores que las narraron y atravesaron.

    Aquí a unas cuadras de donde escribo esto se encuentra la calle de Río Nazas. En el número 84 vivió Juan Rulfo. A veces podría jurar que lo he visto caminar de madrugada rumbo a la casa de Josefina Vicens. Ebrio de coraje y con lágrimas de tierra en los ojos porque viene de ver la cochinada de versión para cine que hicieron de “Talpa”. También en la colonia Cuauhtémoc vivió Paz. Más para allá, en la Chimalistac, está la banca en que Gamboa escribió “Santa”, aún ahora algunas calles tienen nombres de personajes de dicha novela. Yo pensaba que la calle Hipo era en homenaje al movimiento espasmódico del diafragma pero no: es por el pianista ciego. Ahí en la Chimalistac vi al menos tres veces caminando a Monsi. Y una vez a la esposa de Monterroso. Y en otra ocasión, en Gandhi de Quevedo, a Saramago. Juro que en una micro con rumbo a Taxqueña le pisé accidentalmente un zapato a Eliseo Alberto, seguro venía pensando en la poesía de su padre. Siempre que paso por el monumento a Juárez en la Alameda evoco a Rafael Bernal, quien encapuchó la estatua del benemérito en los años cuarenta. En esa misma Alameda Central cuyo viento helado enfermó a López Velarde de bronconeumonía. En esa misma Alameda Central en la que se pasea la Catrina con su peculiar corte de difuntos. Son sólo ejemplos, éste no es un catálogo de anécdotas ni aspira a ser un mapa literario. Es acaso, un primerísimo croquis de mi intitulado elogio a la ciudad de México.

    En la última entrevista que le hacen a Bolaño antes de su muerte, le preguntan qué es lo que más extraña de México. Dice que su juventud. Y dice que las caminatas con Mario Santiago. Se refiere a Mario Santiago Papasquiaro, su Ulises Lima. ¡Mírenlos ahí van los dos! Se están despidiendo. Mario se mete al café La Habana en Bucareli y Bolaño camina a pasos lentos hacia el reloj que quedó hecho añicos en la Decena Trágica. ¡Ahí va Arreola con su sombrero de copa y está haciéndole la corte a una jovencita mientras filma su programa de tele! ¡Ahí está Rulfo, sentado –o más bien oculto- detrás de la puerta de un café para que no lo molesten! ¡Ahí están Benítez y Fuentes esperando a que lleguen los otros dos para chingarse unos tacos en la Ópera! ¡Ahí van las Chicas de Donceles: Villaurrutia y Novo! Suben a su estudio compartido en la calle de Argentina. Y Vasconcelos, de chavo, en ¿Moneda?: gritándole a una madre que asesine a su bebé llorón. Y Reyes en una azotea, viéndonos a todos.

     

    2.

    Lo que vi a través del cerrojo en el antiguo departamento de Cortázar fue un bonsái. Pero no le vayan a decir nunca a mi amigo Miguel que se los conté.

    columna el neb 2

    Columna el neb


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • 333 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

    1.

    Publico aquí el texto que leí en la presentación de la reciente novela de Eusebio Ruvalcaba, intitulada “Todos tenemos pensamientos asesinos”.

     

    2.

    Conozco a Eusebio desde hace aproximadamente once años, durante todo ese rato he sido su alumno en los talleres literarios que imparte alrededor de cualquier mesa, alrededor de cualquier trago. En una ocasión veníamos los dos bastante borrachos sobre la calle de Pacífico a las cuatro de la tarde. Eusebio venía manejando un auto que yo nunca volví a ver, detuvo el coche y se bajó. Me pidió que lo siguiera. De golpe: se sacó la verga y comenzó a orinar en una de las llantas traseras. Yo me quedé viendo cómo se vaciaba. Luego me ordenó que hiciera lo propio. Me saqué el pene y oriné en el mismo neumático. Toda empapada parecía que la llanta cobraría vida de un momento a otro. Eusebio tan sólo me sonreía dándome palmadas en la espalda. Apenas terminé me dijo que en esa llanta se había meado Juan Rulfo y que era la llanta de los escritores jefes. En ese momento sentí que flotaba. Sentí que escribir ya no era una opción, que estaba condenado a hacerlo con total veneración por el resto de mis días. Es el tipo de sensaciones que Eusebio provoca. A sus alumnos, a sus lectores, a sus amigos. Y cuando te tiene allá arriba flotando entre las nubes, quita la mano. Y la caída es terrible y vertiginosa. Después de tan doloroso aterrizaje te das cuenta que este hombre te ha enseñado a portarte como escritor, a no tomar en serio lo que escribes pero sí a tomarte en serio a la literatura, a ser sumiso frente a tus textos, a medir las cosas en forma de libro o cruda. Y a amar como desesperado, a no esperar nada de la vida. Y a que para escribir bastan dos cosas: humildad y disciplina.

    No sé cuántos escritores mexicanos pregonen eso hoy en día. Yo creo que muy pocos. Y si acaso alguno lo hace: seguramente lo aprendió de Eusebio Ruvalcaba.

    Todos somos tus alumnos, Eusebio. Mira, engargolé estás páginas para imitarte, porque es lo que hacemos los que te rodeamos, los que estamos bajo tu generosa sombra. He visto a otros hombres mecerse la barba como tú lo haces, conmemorar a los autores que tú conmemoras, decir fucking o broder, suspirar como tú en el momento de mayor peda: ese en el que decides que: estás por irte. Todas las cosas que tú eres y que ya están inscritas en el ebrio menos pensado de la cantina menos pensada. No exagero cuando digo que los borrachos somos tus principales herederos. Yo además le pediría a tus imitadores que te plagien una cosa: y es el volumen de lo que escribes. Escribes y escribes. Luego sigues escribiendo. Te lo he dicho antes: pobre del entusiasta que tenga que reunir tus Obras Completas. Escribes y escribes, y a ti te sigue pareciendo poco. Tu literatura me recuerda a esos hacedores de ataúdes que, cansados de construir tanta cosa triste, a veces se ponen a fabricar guitarras.

    Espero que no tomes como algo lúgubre lo que voy a comentar a continuación, lo digo de todo corazón y porque sabes que te respeto mucho:

    Eusebio, propongo organizar una colecta entre todos los que hemos sido tus lectores, alumnos y amigos para que nos quiten un poco de vida a nosotros y te la den a ti. Ya tú sabrás a partir de cuándo usas el tiempo que se acumule. Yo pongo 3 semanas. Pueden parecerte poco o mucho, eso yo nunca lo sabré. Tres semanas para que manejes a toda velocidad sobre la carretera vieja que lleva a Cuernavaca de ida y de vuelta con tu hijo en su cumpleaños. O para que sueñes que el violín de tu padre se vuelve gelatina en tus manos o para que sueñes que estás en un hospital en el que Octavio Paz necesita una transfusión sanguínea. Tres semanas para que sigas bailando el pasito Agustín Yañez. Para que le preguntes a la chica que vende jugos si prefiere a Héctor o a Agamenon, o a Aquiles. Para que le digas a tu esposa que los vecinos de Tlalpan quieren darte el premio a Esposo del Año, para que pidas tu corte de carne escurriendo hilitos de sangre, para que sigas, precisamente, el hilito de sangre que procede de las manos de George Hall Bennett y lleva hasta la azotea.

    Te regalo veintiún días de mi vida para que los uses a tu antojo. Obvio, bebiendo desde temprano. Para que veas cómo matan a escobazos a una rata embarazada en una cantina pero no te inmutes y le sigas dando cucharadas a tu caldo, para que nos compartas de tu Herradura Blanco en una botella de Peñafiel. Para que orines sobre la Virgen de los Lagos y nos enseñes a todos que ahí, en eso, está el amor y el respeto al hombre que nos dio la vida. Tres semanas para que nos des a oler tus dedos luego que hurgaron a una súper chava.

    Para todo eso es que yo pongo tres semanas de mi vida. Es más: ¡que sean cuatro semanas de una vez! Que te las den a ti. ¿Quién le entra, quién se anima? Me parecería de mal gusto ponerme a averiguar con cuántas horas o días se rifan cada uno de los aquí sentados, de los aquí presentes. Mejor me pregunto cuánto dieron ya los meros chidos, los escritores jefes que se orinaron en la llanta de tu auto, Eusebio: cuánto tiempo te regaló Hemingway, cuánto consintió Vicens, cuánto tiempo cedió para ti Dostoievski, cuánto Brahms, cuánto Mozart, cuánto Higinio…

    Lo repito, maestro: espero de corazón que no te parezca fúnebre esto que comento; vaya: todos tenemos pensamientos asesinos.

    euse


    Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

    (@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).