33 revoluciones

  • Algún día | Por Eduardo Sabugal

    (Web)

    Y nos dijeron que algún día comprenderíamos los presagios de las lluvias, todas las semillas inútilmente sembradas, las ventanas que nos quedaban altas, las mesas que no alcanzábamos ni parados sobre nuestras puntas read more

  • Calor enlatado | Por Eduardo Sabugal

    (Web)

    Despierto con los brazos llenos de etiquetas y con dos monitores que proyectan mi rostro lleno de insectos. En mi cuarto se escucha una voz femenina que anuncia enlatados a mitad de precio en el departamento de conservas. read more

  • Juana de Arco | Por Eduardo Sabugal

    (Web)

    El hombre enarbolaba una bandera incendiada que le recordaba a una mujer también incendiada en su memoria. read more

  • Eróstrato | Por Eduardo Sabugal

    Ella, al encender el auto recordó dolorosamente el nombre de Eróstrato, el motor ronroneaba y era un sonido que ella controlaba con el acelerador. read more

  • 33 Revoluciones | Por Eduardo Sabugal

    Última danza

     

    Pedirle que comprara una chela, que cantara esa canción, que me tomara tal como yo era, porque en el fondo yo ya no podía seguir así, ni permanecer ahí, en esa ciudad que lo único que me confería era cansancio. Y había que nombrarla de nuevo, esta vez podía llamarse Epicaste o Silvana o Marie Jane, ya no importaba mucho su nombre sino su baile. Su forma de susurrarme cosas al oído, recargados uno contra el otro, como enamorados, apenas tocándonos. Como dos cachorros que se lamen, ajenos a la indiferencia de un mundo en llamas, visto bajo la luminiscencia del sol apocalíptico. Habría que irse hasta un lejano pueblo en Indiana e inventar en sus brazos un tiempo nuevo, dejarla bailar en un rito de anestesia y maniobras eróticas. Esta noche, aquí, contemplando su arete de pluma colgando en su cuello, podría matar de nuevo el dolor y el ennui repetido nauseabundamente hasta el hartazgo. Podría pensar que había resurrecciones así, bailando con ella, aunque pareciera estúpido, aunque nunca perteneciera en verdad a esa masa embriagada, intoxicada y alegre que se movía alrededor de nosotros. Podría detener el dolor mientras los sonidos de traslación hipnotizaran y curaran; y recuperar los tobillos, la mirada, el oleaje quirúrgico de la seducción, mis siete pecados capitales malgastados. Hoy, en este dulce desangrarse, siento la magia de la última danza agónica de la soledad, en el crepúsculo y la caligrafía estelar de Cholula y de Indiana, presiento la necesidad de girar a 33 revoluciones, de detener la involución a tiempo, de convertirme en un escupir letrado tan perecido a la muerte. Debo seguir mi camino, repite un tal Tom, ataviado como doctor o carnicero, y yo le hago caso a ese loco, enciendo el motor, sigo mi camino. Ella me recuerda que esta ciudad llena de contenedores vacíos y perros lunares, ya no tiene sitio para mí. Ella nunca descansa y nunca envejece, siempre regresa con velos que dibujan aleteos eléctricos y se diría que horizontal, cadavérica, parece más viva que yo. Pero yo cada día despierto con un poema de Girondo pegado a los labios, y tengo que arrancármelo con un poco de piel antes de salir a la calle, estoy cansado de dar vueltas, cansado de bajar. Cansado de mí mismo, cansado de ésta ciudad. Antes de dejarla como ofrenda en el mar, el hombre le pinta los labios, y danza con ella, con un vestido de baile, barroco, lleno de pliegues y de polvo; baila con ella como con un maniquí, cualquiera lo acusaría de necrófilo, pero es sólo que vive en un tiempo distinto. Siempre anacrónico, decadente y descontextualizado, tiene que ir a las tumbas de agua, así, como si fuera a una fiesta. En la habitación del hotel ella espiaba a través de la ventana, estaba en ropa interior y yo sentía los labios en carne viva. Afuera hay palomas y charcos, adentro nuestro silencio y una bolsa de plástico. Yo miro el trozo de cartón atado a su pulgar, en donde están anotados con mi letra, su peso, su altura, su nombre, y la fecha de defunción. Ella está muerta, bien muerta ya. Aún así su figura desnuda, recortada contra la luz de la ventana, me conmueve, casi se diría que la muerte no la ha transformado. Hay mucho frío y no tengo ganas de llorar de nuevo, me gasto lo último que tengo, me despido de ella, la meto en la bolsa de plástico, me juego el último número y camino hacia la carretera. Era Mary Jane y fue la última vez que bailé con ella.

    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Ojos cerrados | Por Eduardo Sabugal

    Nada es real, apenas si percibo una avenida llena de humedad, sola, junto a un bosque de árboles altos y sombras. Ayer escribí mal sobre una pizarra vieja, hoy lo escribo con la maligna acrobacia del grafito contra la nada. Nada es real, pero no debe precouparnos mucho, ni siquiera deberían importarnos mucho los locos que asociaban su infancia a un campo de fresas, o al que dijo con imágenes sus fresas salvajes, o al barbudo nietzscheano que seguramente bajó y anunció a todos la muerte de algo. En el campo de la infancia perdida, en la vacuidad reconfortante, el cuerpo puede engendrar riesgos crueles, casi inhumanos; y a pesar de todo, lo corporal seguirá siendo humano por todos los bordes. Las figuras auditivas a medio morir que se dibujan en los surcos del acetato, proyectan sobre la vida, pero es como si susurraran algo desde las ruinas de una cárcel. Las vidas paralelas son muerte, eso le faltó vislumbrar al ciego argentino. La ceguera, claro, y el francés que no fué fusilado viene a fusilar a posteriori a quienes lo leen. Entro despacio en una cafetería larga y gris, hay mesas blancas, mal aseadas y con servilleteros rojos en el centro, sobre el rectángulo impersonal flotan esferas luminosas, lámparas demasiado vivas para tanta muerte que ni el olor a café logra disipar. Bajo mis manos está el instante de mi muerte y una memoria que todavía no es memoria, un mail colgando de mi mente como un ahorcado, como un judas diminuto que pendiera de un retrovisor en algún camión olvidado, lejano, quizá un camión que corre en esa otra avenida desierta, en esa avenida donde es más fácil todo con los ojos cerrados. Asfalto mojado junto a un bosque igualmente húmedo, igualmente muerto en mi memoria. Comienzo a leer el instante de mi muerte y miro la luz sucia que entra por los cristales del fondo, hay un gran ventanal al final de la hilera de mesas, la luz entra como si entrara a un burdel. Hay pocas personas, no hay ruido, un mesero avienta ceniceros sobre las mesas. Yo miro el fondo del salón sin mirarlo, pienso en las letras que siguen al instante de mi muerte y descubro que hablan de esto que flota delante de mí, la locura de la luz, el placer de poder decir que nada de esto es real. Pienso en el mail que será memoria y lo detengo a tiempo, lo mato a quemarropa antes de que pueda venir a morderme mientras duermo. Nada es real, el todo susurrándomelo al oído mientras descubro esas líneas enfrascadas con veneno muy antiguo y me dejo embriagar por la indiferencia de esta luz sucia y gris, de estas mesas sin nadie, de ese mail que ya no tiene destinatario. La morsa canta sin temor, nada es real, se repite, porque el susurro tenue del Todo nos lo avisa.

     

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Tren Azul | Por Eduardo Sabugal

    John Coltrane y su tren azul, ese sonido que revolotea en el cuarto y sale por la ventana, se escurre debajo de las vigas de madera y se detiene como grito de sirena en la cera de la madrugada. La pirámide sigue flotando sobre Cholula y todo se ordena criminalmente. La cortina púrpura flota como un pájaro nocturno, un león de color azul sigue esperando en un rincón del pasillo, paciente como la muerte. Los lunares como cifras, la muerte televisada, televiciada. El separatismo que late en todas las geografías del mundo, late también como un embrión en una virgen magnánima. La miras, la identificas, la seccionas como si tu mesa de disecciones aún funcionara. Sales del trabajo cansada, oliendo a tinta, del mar de píxeles y de la sección mundial. Yo salgo del tren azul y del vértigo de un saxofón tenor que me deja agotado, enredando letras en un alambre de púas. Camino, caminas, rodeamos una mesa de madera abandonada en la calle, sobre ella hay un cenicero. Un círculo de vidrio que se llena con cenizas del volcán y que el viento vacía en las tardes. Llegamos a esa esquina que huele a pulque, entramos vencidos, con sólo cincuenta pesos; en un muro una figura humana tiene un espejo en lugar de rostro, te acercas a ese círculo negro como de agua estancada. Ahora su rostro es el tuyo. Esa figura pintada en la pared, es una virgen que cambia de rostro a cada instante. Una intermitencia en la rostricidad, como si el desfile de máscaras fuera lo único sacro en este tiempo roto. Dejamos que el cansancio hable. Pasan palabras y horas. Salimos. Esa virgen con cara de espejo, ampara en sus brazos los desperdicios de todas las noches. La virgen inclina el rostro como se inclinan los años en las ruinas copulantes de San Pedro. La noche es todas las noches. La mirada de la virgen es la luz rosa de los moteles, las serpientes blancas del asfalto, los árboles; la basura psicodélica del neón, las preciosas astillas de luz reventando contra los charcos y los relojes. Los ojos, las vías del tren que nunca pasa, la pintura carcomida en las fachadas, y una palma abierta que deletrea la renuncia total. El jazz no redime de nada, y afuera estas letras se pudren en la mesa cenicienta, en la basura reciclable, en los ojos ciegos.

     

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Sin Dios | Por Eduardo Sabugal

    En la vecindad, un hombre leía el tarot, para credulidad de muchos, para diversión de otros, y para escándalo de otros. En el departamento de nuestros amigos, ateos recalcitrantes,  cualquier mención metafísica, cualquier altar, amuleto, iconografía religiosa o referencia a la divina providencia, eran tomados por tontería o en el mejor de los casos por locura. Para ellos, Dios era un concepto, y de cuando en cuando ponían a cantar a la Morsa en el disco de siempre. Después de un redoble de batería, aquella voz lanzaba alguna frase lapidaria e incrédula, que quedaba rebotando dentro de la habitación. Yo pensaba en esa crueldad Zaratustriana de mis amigos, tan dura, quizá tan cierta. Mientras miraba fijamente la tapa rota de uno de los libros que andaban por ahí, tirados en el piso, pensaba en mi propio naufragio. Después de todo, yo tampoco tenía fe en algo. Tirado en el piso, sobre la alfombra de su casa, mirando el cielo cholulteca de San Andrés, de nubes presurosas, me sentía envuelto por una extraña irisación, de huérfano, obtenida quizá por ese cortar las amarras con cualquier creencia o ideología. Convertido en ciego sin bastón, entrando en lo fortuito del viaje, extraño y ajeno para los otros, entendía lo que decía la Morsa desde su giro enloquecido y solitario. Él, el crucificado barbón más famoso que Jesucristo, el ermitaño del traje blanco, seguía cantando después de descender de la montaña, después de rodear la manzana verde, después de cruzar imprudentemente una línea peatonal con una vieja linterna en la mano; y yo seguía observando el libro deshojado, con la tapa pendiendo apenas de unos cuantos hilos adheridos aún al lomo. Mi ataraxia y aquella voz con acento inglés y tono apocalíptico, se aliaban a la sensación de ruindad. Descubría que yo tampoco creía en Buda, ni en Jesús, ni en Elvis, ni en el Tarot. Tampoco tenía ninguna fe en los reyes, ni en el I Ching, ni en la cinefilia sonora ni en reptilianos, no creía en la psicomagia de los topos o en los pronombres conjugados. Después de aceptar que el sueño había terminado, sólo quedaba imaginar el paisaje desolado, desértico hasta el hartazgo. Tierra baldía que quedaría aquí, bajo nuestros pies. Seguramente pondríamos a secar al sol, como conservas, a todos los judas pendientes, colgados de sogas viejas y ennegrecidas. Habría monitores porno-publicitarios, saturados de espías y de iconos sin utilizar. Incomprensibles juguetes arderían en la mano de un profeta arlequinesco, que después de tomar cerveza y mezcal, bailaría arrítmicamente entre las risas de los contertulios. Aquellas ideas y pensamientos fueron detenidos por los golpes en la puerta. Dejé el libro deshilado que usaba como almohada, me levanté de la alfombra, y abrí esperando encontrar a mis amigos, pensando que seguramente habrían olvidado las llaves. Para mi sorpresa era el tarotista de la vecindad, con las uñas pintadas y una barbita a la Tintan. Le pregunté que quería, y me devolvió la pregunta con otra pregunta, en una especie de dilema Zen. Qué quieres tú. Mostrándome el mazo de cartas en donde se alcanzaba a leer la palabra Marsella. Yo dije que no quería nada, ni lecturas ni escrituras, y que prefería seguir así, acostado sobre un libro roto, en una casa ajena, esperando que anocheciera, sin sino y sin cifras. Él, resignado, entró y se sentó junto al tornamesa, tarareando alegremente la canción de la vieja Morsa que cantaba desde décadas remotas.

     

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Faraónica | Por Eduardo Sabugal

    There she goes again, con la caricia psicodélica de sus ojos envenenados, con la seda en sus piernas, la mirada altiva y faraónica, vampiriza cool peinada como Ana Karina. Ella otra vez, recordándome el paraíso perdido, la Eva doliente que falta, la lasciva trampa de los puentes. Ella otra vez, hecha sólo para mirarse, como en un retrovisor, desde los minaretes dérmicos; Eurídice de la prehistoria sexual, te veo llegar así, con tus botas de equitación, montando caballos atonales. Caminas y regresas, bellísima, aterradora, regresas con tu guerra distorsionada, ácidamente retro. Otra vez en la calle; eres ella, siempre ella, mi mujer fatal preferida. Sabes que el mundo se convierte en una mancha de aceite danzando en mis ojos cuando caminas así. Aquí vienes, tú otra vez, con tu fleco enmarcando tus ojos de fiera. Tu lunar, pintado a la Marilyn, con un pincel comprado en Francia, pretarantinesco, irresistible. Regresas, para hacer el performance de ti misma y posar para las fotos. Una cara, un libro, faraónicamente nombrable. Tú eres Ella, reterritorializada en aspirinas blancas como el cisne de Leda, antirituales, ridículas como un plátano sobre fondo blanco. Eres la de siempre, la que vuela como pájaro, y huye en la calle, reinventada en las madrugadas cholultecas bajo el cielo negro y anónimo. Bajo eras estelares que se forman deformándose. Las cortinas de terciopelo con sus pliegues barrocos, la bolsa roja con un manuscrito jamás hallado, tu ipod siempre ausente, nuestros intercambios mínimos, tan en otro idioma, tan sin nosotros. Caminas en mis 33 revoluciones, y aprendes a surfear rápido, los giros no te aburren, tu belleza de actriz tampoco. Ella eres tú, vienes otra vez para hablarme del op art en un espacio asesinado, delante de un cañón que escupe fotones como perlas de whisky, vienes otra vez, para dejarte rozar la mejilla. Vienes hacia acá, negándote al vino piramidal, escapándote siempre, gran escapista del Vous, más mujer por fatal, más fatal por mujer. Te leo, te respiro, en tus mensajes que suenan en la pantalla verde, en los encefalogramas del miedo, y mi deseo crece con tu regreso. Pero es mentira que vienes, siempre caminas, andas como diva, sobre las piedras de vidrio que incendian los campos elíseos, pero tu andar nuca te trae. También son mentira tus labios perfectos, besables y fríos, tan diosa, tan mujer, tan fatal, aquí vienes, otra vez. Y yo te vuelvo a mirar hipnotizado como si mirara la re-encarnación de Nico.

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


     Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Mae­stro en Lengua y Lit­er­atura His­panoamer­i­cana. En 2010 la Sec­re­taria de Cul­tura del Estado de Puebla pub­licó su primer libro de cuen­tos Involu­ciones. Su segundo libro Liq­uida­ciones se pub­licó en el 2012 en el fondo edi­to­r­ial Tierra Aden­tro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es pro­duc­tor de radio, cat­e­drático uni­ver­si­tario y colab­o­rador de la Revista Crítica, edi­tada por la BUAP.

  • Diamante | Por Eduardo Sabugal

    Un hombre saluda a otro, ambos se estrechan la mano. El instante está detenido. Desde este lugar, podemos contemplar las naves industriales que hay detrás de ellos, el espacio limpio, casi blanco que los rodea. Ambos portan traje, y parecen salidos de una sala de juntas. El de la derecha ha empezado a incendiarse, en una suerte de combustión permanente, oculta, muy parecida a la locura. Envuelto en flamas no deja de tenderle la mano al otro hombre. Cuántas veces, sin sospecharlo, le hemos dado la mano así a otro, a un incendiado de la mente. Acaso un fresco en el muro de una iglesia, una mazorca morada sobre una copa rota, la lágrima en la mejilla de una pasajera que mira por la ventana, un vidrio enterrado en la planta del pie; cosas así, que anuncian la pradera anaranjada del fuego. En este estrecharse las manos hay algo que aún no podemos ver, a pesar de nuestra posición privilegiada. Algo que se nos escapa, un trazo de insecto en el aire, dibujando el día de nuestra muerte; el diamante brillando dentro de un puño, la semilla etérea de Eróstrato. Miramos a los encendidos bajo un cono celeste, en su diálogo inconcluso, en sus brillos quitinosos y nocturnos, pero es como si no pudiéramos verlos de verdad. Como si una simulación parecida al canto de las sirenas, nos impidiera llegar a la sustancia de su gesto corporal. Coreografía congelada, abrazo, amenaza, saludo, pacto, los antebrazos de los hombres se tensan hasta el agotamiento, los pies marcan una ligera apertura del compás. Una alcantarilla muy cerca de los dos, reconstruye un espacio residual; seguramente escurrirán por ahí las palabras que no se dijeron, las pavorosas cenizas de sus ideas incendiarias, arrastradas por una lluvia ácida. El polvo diamantino de su espiral cerebral, esparcido como polvo galáctico, aspirado por el fuego solar. Al amanecer, el hombre incendiado se irá con las astillas lunares. Como la mayoría de los encendidos, sin comprender nada; ardiendo en los tiempos esculpidos, brillando con su loco diamante, acaso presintiendo algo en los cuartos oscuros, en las mil y un posiciones fetales. Y al irse dejará un círculo de ceniza, dibujando su propio mutismo en una rueda cifrada. Las revoluciones escritas, las liquidaciones venideras, las acrobacias ineditas, todo se confabula ya en este fotograma que dibuja su ausencia definitiva.

    Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


    Escrito por Eduardo Sabugal

    (Puebla, Puebla 1977)

    Es escritor de cuento y ensayo. Maestro en Lengua y Literatura Hispanoamericana. En 2010 la Secretaria de Cultura del Estado de Puebla publicó su primer libro de cuentos Involuciones. Su segundo libro Liquidaciones se publicó en el 2012 en el fondo editorial Tierra Adentro (CONACULTA). Ha sido ganador de la Beca Estatal FOESCAP, FONCA y PECDA. Es productor de radio, catedrático universitario y colaborador de la Revista Crítica, editada por la BUAP.