Libros

  • La perfecta espiral de Héctor de Mauleón

    El fantasma del cuento (o más bien: La reseña fantasma) por Gabriel Wolfson

    Primero, antes de leer el libro, una elegía: por la editorial Joaquín Mortiz. Ni siquiera habría que referirse a los tiempos gloriosos, cuando Mortiz publicó los últimos libros de Tario o los primeros de García Ponce, Cadáver lleno de mundo de Aguilar Mora, los experimentos de Manjarrez, Movimiento perpetuo de Monterroso, los ensayos de Fuentes sobre Cervantes y el boom o los de Paz que formaron Cuadrivio. Tampoco habría que insistir en la venerable “Serie del volador”, de la cual atesoro la primera edición de Morirás lejos, la primera, desvencijada, de De perfil, y la primera y única de De Alemania, de Ulises Carrión. Ya Fernando Escalante Gonzalbo, en los capítulos dedicados a la “transición del momento clásico al momento monopólico” de la edición —de su estudio A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública—, expuso con sencillez y claridad la dinámica de las industrias culturales en nuestros días: las grandes empresas se fusionan o adquieren a los pequeños competidores, como un Wal-Mart que compra la tiendita de la esquina, y entonces, aupadas por la variedad funcional y fiscal de las muchas divisiones que las integran, propiamente monopolizan el mundo del libro. Y no sólo porque acaparen los anaqueles, por decirlo de alguna manera, sino porque se encargan de todos los procesos que componen el largo camino que va desde que alguien garrapatea unas páginas hasta que otro las lee, o más bien las compra. Pueden encargar el texto, incluso hacerlo firmar por otra persona, formarlo, imprimirlo, distribuirlo, girar resúmenes a los medios, diseñar exhibidores especiales, repartir plumas y separadores alusivos, vender los derechos para cine y de hecho producir la película, organizar un premio literario para darle publicidad, impulsar un coloquio académico sobre él, armar polémica en los periódicos, convertirlo en libro de texto, capacitar a jóvenes promotores de la lectura y darles ejemplares gratuitos, realizar un homenaje al autor a través de algún organismo público, extraer sus frases más notables para estamparlas en tazas e imanes de refri, y al final, claro, recoger los sobrantes, triturarlos y vuelta a empezar. En este procedimiento, la gran corporación suele mantener ‘vivos’ los sellos editoriales que adquirió: para hacerse del prestigio que pudieran haber acumulado, para negociar mejor diversos asuntos —fiscales, de subsidios, de licitaciones— y para que en el espacio público permanezca la imagen de variedad y competencia. Wal-Mart, digamos, compra un terreno gigantesco que incluye el metro cuadrado donde una señora vendía elotes: en vez de echarla de ahí, le montan una casetita color naranja afuera de la tienda, le ponen ‘SuperElote!’ y le racionan la mayonesa. Joaquín Mortiz, como ya se sabía, fue adquirida por el Grupo Planeta, transnacional con matriz española que también se hizo de sellos como Crítica, Ariel o Paidós. Ahora bien: a diferencia de lo que ha ocurrido con estos últimos, y de lo que he glosado aquí de Escalante Gonzalbo, a Mortiz prácticamente la han borrado del mapa. Por eso sugería que, en este caso, no convenía remitirse a las épocas heroicas de la “Serie del volador”: no es que Planeta haya comprado Mortiz y haya reorientado inadvertidamente su política editorial, dando preferencia a otro tipo de títulos pero sacando rédito del viejo prestigio; es que Planeta ha borrado todo de Mortiz salvo su nombre, que ahora aparece acompañado de una magnífica M.R. No queda nada: ni el diseño gráfico original ni un criterio editorial más o menos identificable ni siquiera el tamaño o la tipografía de los libros. Sin atender al texto que contiene, basta echar un ojo al libro, a su papel de ínfima calidad, a su portada estruendosa, a las frases huecas de su cuarta de forros, para comprender que quienes maquilaron este libro podían haber maquilado cualquier otra cosa con la misma eficiencia. Es decir, para dar la razón al planteamiento radical de Escalante Gonzalbo: “No tiene sentido ni preguntar si los dueños de Holtzbrinck, Lagardère o Planeta encuentran algún placer en leer lo que publica cualquiera de sus sellos editoriales, porque ni siquiera saben lo que es. Ni ellos ni sus subalternos. Las grandes empresas están organizadas para no leer”. Wal-Mart compró la miscelánea de la esquina pero ya no para incorporarla como puesto de chácharas en el estacionamiento, no porque el terreno les fuera indispensable ni siquiera para darle empleo a su dueño: sólo para acabar con ella, como si la miscelánea fuera realmente competencia. O peor: por pura ociosidad.

    El libro de Héctor de Mauleón merecía haber aparecido en Joaquín Mortiz, pero en la verdadera Joaquín Mortiz, la que ya no existe. Lo forman nueve cuentos, que en general me resultaron muy poco interesantes —juicio que intentaré sustentar en el resto de la reseña— pero que, sin duda, fueron escritos con paciencia, con gusto y con ánimo de entregar algo más que un mero producto de rápido consumo. Se trata, además, de nueve cuentos fuertemente trabados entre sí, lo cual no es necesariamente una cualidad, pero que en todo caso apunta a un trabajo serio y sostenido, a un deseo de construir algo y no sólo de acumular ocurrencias, a un conjunto de piezas que ofrezcan una imagen, todo lo provisional que se quiera, de la misma cosa. Son, por último, cuentos eficaces, mañosos, no meros tanteos, escritos por alguien que deliberadamente echa mano de muchos recursos del oficio.

    Y aquí iba a venir propiamente el comentario del libro. Pero justo antes de comenzarlo, me fue proporcionado un dato que, en cierto sentido, ha restado pertinencia a la reseña: La perfecta espiral no es un libro nuevo de Héctor de Mauleón. Se publicó por vez primera en 1997 (Daga) y luego aun tuvo una reedición en 1999 (Cal y Arena). ¿Es una falta mía como reseñista no haber sabido esto a tiempo y haber por tanto empezado una reseña a todas luces extemporánea —nomás por catorce años—? Sin duda, pero vamos a ver: salvo sus amigos, pocos más recordarán este libro primerizo, y menos cuando el autor más bien ha despuntado —y con toda razón, diría yo— en el género de la crónica. Pero sobre todo, este descargo, que nos sirve aquí para cerrar circularmente la reseña fantasma: en ningún lugar del libro publicado ahora por Joaquín Mortiz M.R. se informa, siquiera entre líneas, que esto es una reedición. No hay ninguna advertencia, nada se dice en el colofón (porque no existe, claro), y en la hoja legal lo único que se asienta es: “Primera edición: junio de 2011”. Así que Joaquín Mortiz ha ganado la M.R., y a cambio ha perdido su alma: no sólo su diseño ni su política de publicaciones sino, más simple, más esencial, su identidad como editorial, uno de cuyos rasgos es, desde luego, saber que lo que se produce ahí son libros, y que los libros tienen una historia, su historia particular, la cual, así sea tenue, imperceptiblemente, se inscribe en la lectura, como polvo amigable en las manos del lector.


    Héctor de Mauleón: La perfecta espiral, México: Joaquín Mortiz, 2011, 133 pp.


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.

     

  • El secreto de la fama de Gabriel Zaid

    Perfil ausente por Gabriel Bernal Granados

    Las razones de lo short and sweet

    Confrontados con la mayoría de los textos de prosa crítica que se escriben en la actualidad, los ensayos de Gabriel Zaid resultan ser un modelo de concisión, transparencia y sobriedad. Un modelo demoledor, habría que añadir. Porque si los ensayos de Zaid aspiran a establecer una complicidad fundamental con sus lectores, un contubernio amoroso, digamos, basado en la mayor claridad y entendimiento posible entre autor y lector, algo hay en la selección de sus temas y en su tratamiento que vuelve las discusiones de Zaid áridas, agrestes, difíciles de transitar. Los diecinueve ensayos que conforman El secreto de la fama no escapan a esta condición. Más bien, la acentúan, acentuando también el perfil intelectual de Zaid y definiendo uno de los temas que recorren las páginas de sus libros con una frecuencia casi obsesiva: la función de la literatura en el mundo contemporáneo.

    En el caso de Zaid y su obra, hablar de “función” de la literatura equivale a preguntarse por la función de la lectura en nuestro tiempo. Y hablar de la función de la lectura es señalar uno de los grandes vacíos que aquejan a la sociedad actual. Éste es el punto de partida, y el punto de llegada, de la reflexión de Zaid sobre el predominio de la imagen en una sociedad como la nuestra. Porque, si bien no lo confiesa abiertamente, el foco de su reflexión no se encuentra en la generalidad de la sociedad, sino en la particularidad representada por las sociedades literarias de los últimos cincuenta años (si hemos de situar el origen de los males que estamos viviendo en el boom de la novela latinoamericana).

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  • Última rumba en la Habana de Fernando Velázquez Medina

    Contra la memoria falsificada por Félix Luis Viera

    En esta novela de Fernando Velázquez Medina hay algo que resulta muy difícil de lograr por un novelista y que yo, lo confieso, nunca lo había comprobado a la altura en que Velázquez Medina lo consigue: el desdoblamiento de género en cuanto al punto de vista narrativo. La novela está narrada por una mujer, “una mulata pelirroja” que absorbe para sí, y desde sí, con encomiable intensidad, cada una de las 185 páginas de la narración.

    Ella, jinetera (prostituta), expresidiaria y protegida de Changó, se encarga de narrarnos sus avatares durante un tiempo de fabulación que corre, sobre todo, en un lapso del eufemísticamente llamado Periodo Especial (es decir, el periodo de miseria más intenso que ha sufrido la isla de Cuba en toda su historia), que cierra con la rebelión habanera de 1994. read more

  • Emilio, los chistes y la muerte de Fabio Morábito

    Desde el cementerio por José Israel Carranza

    A los doce años uno sabe que es inescrutable aunque no sepa qué significa la palabra inescrutable. Aunque ignore qué es ser inescrutable. La incomprensión que devuelve el mundo ante nuestras imprecisas interrogaciones la correspondemos con una inopinada obstinación en enigmas y apartamientos: el silencio y la soledad van haciéndose sorpresivamente preferibles a la admisión de los otros en nuestras inmediaciones, y vamos percatándonos de que, en adelante, tendremos que rendir cuentas a nosotros mismos antes que a nadie más; de que la ocurrencia del presente reclama nuestras decisiones y se detiene ante nuestro recelo, de que podemos instruir al instante siguiente para que se conforme a nuestro deseo —aunque otra cosa es que se conforme o no: tener doce años es buena edad para enterarnos de que somos capaces de fabricarnos las decepciones que habrán de ir punteándose con nuestros anhelos. Éstos y otros descubrimientos progresivos —las pulsiones que orientan en el camino por donde se sale de la infancia, la vulnerabilidad y el desamparo equilibrándose con la invencibilidad y la independencia—, sin embargo, tardan en librarnos de la desprevención con que vamos internándonos entre los vivos. Porque ser niño, vamos diciéndolo así, es una forma todavía precaria de estar vivo, y de ahí que un escenario óptimo para hacer el tránsito sea, como en la novela Emilio, los chistes y la muerte, un cementerio.

    Desprevenido, Emilio tiene doce años y ha dado en frecuentar un cementerio. La razón que da es que va ahí casi todas las tardes a buscar chistes con su detector; también va para cumplir con el peculiar deber de localizar su nombre entre los de los muertos —una suerte de conjuro con el que se asegura que los pobladores del lugar no quieran incluirlo entre ellos—, y mientras busca va memorizando los nombres que lee, además de la ubicación de cada uno. Súbitamente —y qué no es súbito en un cementerio— está en presencia de una mujer que lleva flores al nicho de su hijo, muerto seis meses atrás a la misma edad de Emilio. Pero la novela no comienza ahí, con esa aparición: de ese momento, que se ha repetido dos o tres veces, no sabemos más que Emilio y la mujer se habían saludado apenas con un movimiento de cabeza, y que él se había enrojecido un poco. Cuando finalmente ella repara en él es sólo para preguntarle si sabe de algún lugar apartado donde pueda “hacer pipí”. Y, ahora sí, en ese encuentro que propicia tan decisivamente el surgimiento de la exploración recíproca que harán Emilio y la mujer de sí mismos (y por qué no hay que decir que se trata de un amor, tan imposible como irrecusable, por más que ella pueda ser su madre y él tenga apenas doce años), da inicio una historia sobre cuyos acontecimientos van tramándose nuestras inferencias, que principalmente con ellas es como progresan las consecuencias del encuentro: lo que sucede a Emilio y a Eurídice, la mujer, y a quienes orbitan en torno a ellos, vamos conociéndolo sobre todo porque no está dicho: quiero decir: porque los hechos están apenas dispuestos para que nuestra inteligencia y nuestra emoción compongan los sentidos que importa que tengan: quiero decir: los sentidos intransferibles y preciosos con que conseguimos saber más bien quiénes somos, quiénes hemos sido hasta antes de haber comenzado a leer.

    Ignoro cuáles deban ser los significados de los actos y los pareceres de los personajes, de las breves informaciones que llegamos a tener de ellos: del policía del cementerio, por ejemplo, se nos hace saber que es analfabeto; al albañil siniestro no le vemos el rostro; la madre de Emilio es traductora, el padre la enerva llenando los vasos hasta el borde y están separados por un filoso rencor enfundado en las suavidades de la paternidad compartida y del hastío; en el cementerio hay un empleado que altera las fechas de las lápidas; Eurídice es masajista, tiene los tobillos gruesos y se deja besar por este empleado; el detector de chistes de Emilio está estropeado, y, alrededor de todo (también hay un monaguillo hermoso, un río subterráneo y una caverna, un paseo en auto, una escalera de mano, una alergia al cempasúchil, una crema perfumada, una bofetada, un abejorro), la inminencia de la ciudad, volviéndolo todo más inexplicable. Ignoro, en suma, qué pueda pensarse de lo que he presenciado, de cuanto vi y oí en estas páginas hechas de detenimientos y concentraciones, de una prosa urdida con contenidos fulgores, absorta en el registro de lo poco que ve suceder; lo que sí sé es que la lectura de esta novela ha sido —asombrosamente, inesperadamente—, más que una lectura, una vivencia, y acaso como Emilio, salgo de ella sabiendo que enamorarse es una forma de eludir la muerte, que sujetarse a veces puede ser una forma de desasirse y que un chiste puede salvarnos la vida.

    Todo cementerio es un lugar propicio para las intensificaciones: del silencio, de la luz, de los breves sonidos que juegan con ésta, de los olores y de las palabras que en ellos se pronuncian, pues allí adquieren una calidad de definitivas, por trivial que sea o parezca lo que formulen. Al comprobar esto, al presenciar en un cementerio la aparición inefable de una mujer delante de un niño de doce años —y al hacerse cargo de lo que ocurrirá después—, Fabio Morábito ha escrito una novela entrañable.


    Fabio Morábito, Emilio, los chistes y la muerte, Anagrama, México, 2009, 168 p.


    Escrito por José Israel Carranza

    Ensayista, narrador y periodista. Tiene varios libros publicados: Las magias inútiles (Universidad de Guadalajara, 1993), La sonrisa de Isabella y otras conjeturas (Instituto de Cultura de Aguascalientes, 1996), La estrella portátil (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997), Cerrado las veinticuatro horas (Arlequín/UdeG, 2003) y Si esa lluvia llega va a destruir la ciudad (Instituto Sonorense de Cultura, 2007). Las encías de la azafata (Tumbona ediciones). Publica todos los jueves la columna «La menor importancia» en el diario Mural; es editor de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, y coeditor de la revista Magis, del ITESO; profesor del ITESO y coordinador del Taller de Ensayo Literario de la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica.

  • Los restos del banquete de Gabriel Wolfson

    Antes que la trama por JOSÉ HOMERO

    Sentenciaba Walter Benjamin que Charles Baudelaire confiaba en lectores a quienes la lectura de la lírica ponía en dificultades. En un momento en que una facción de la literatura mexicana, sea en la faceta lírica o en la narrativa, exige una escritura transparente sustentada en un orden y una referencialidad utópicas —pues la literatura es por esencia polisémica y trasciende a la linealidad y las convenciones tópicas y lingüísticas— se impone preguntar qué entendemos por una lectura “difícil”. De ahí que, como lector, celebre la supervivencia de escritores al estilo de Gabriel Wolfson, autor de una muy interesante lectura de Muerte sin fin y diestro cuentista, quien con Los restos del banquete se revela como novelista. En realidad como antinovelista, preferiría acotar, de no ser porque el calificativo connota potens, que lo asocia a cierta tradición hoy en desuso y, peor aún, en descrédito.

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  • Cielo del perezoso de Daniel Téllez

    El cielo abierto en la palabra por Josu Landa.

    El cielo tiene su ignioma, su idioma de fuego, y en la lira írica de la mirada, en la intemperie absorta, en la explanada curva de nuestros ojos sedentes más sedientos, bruñe el aire el elemento luz. Eso es lo que constela y firma un firmamento y eso es lo que poemiza una niña con retina, un iris aun con pereza en la córnea, salvo cuando reseca ésta como escama, en la indiferencia de un cuerpo sirenaico inerte, que ha apurado una lefa oscura como sólo noche de nada, fondo anaeléctrico de antimateria.

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  • Llamadas de Ámsterdam de Juan Villoro

    El eterno retorno a la mujer barbuda por Rafael Toriz.

    a Jorge Vásquez

    Por razones inciertas que desvelarían a urbanistas y a sindicatos enteros de psicólogos y terapeutas, numerosos viajeros suelen representar las distintas ciudades del orbe como mujeres categóricas. Así, para ciertos imaginarios masculinos, La Habana puede ser una furia huracanada, París una anciana cascarrabias, Samarcanda una perfecta desconocida, Buenos Aires una histérica primorosa, Barcelona una puta carísima y Lisboa una tía abuela obsesionada con sus nostalgias. La ciudad y las mujeres son un mismo territorio porque, lo queramos o no, en ellas habitará por siempre la melancolía y la memoria. Personalmente no me resulta complicado entender la obsesión de los desamorados: las ciudades, como las mujeres, son un tránsito permanente: aquella casa vieja que recordamos arbolada es ahora un multifamiliar despótico que no guarda el menor vestigio de su pasado; aquella mujer que amamos con locura es ahora un ser plenísimo y radiante que vive con un hombre próspero y bien parecido que en otro momento ella misma hubiera tildado de pendejo.

    Después de haber habitado varias ciudades y disfrutado de los embelesos de Cupido, queda claro que una de las pocas certezas de nuestro paso por el mundo es el cambio de sentido en los múltiples bulevares de la existencia: la vida es cualquier cosa menos una calle de una sola mano.

    Juan Villoro (1956) ha demostrado a lo largo de cuentos, ensayos y crónicas ser el fanático por excelencia del Distrito Federal, esa mujer inmensa y fantástica que el necaxista, sin embargo, no ha dudado en señalar como la “mujer barbuda”, lo que lo convierte más en el marido que en el amante de la región más transpirante. Villoro —siguiendo la pedagogía flâneur de Walter Benjamin y algunas de las inquietudes de Georg Simmel y Sigfried Kracauer—, al igual que Novo, Monsiváis y otros tantos ha ensanchado la topología mitológica del Distrito Federal con una pasión que invita a quedarse en la ciudad pese a la desaforada catarata de infortunios que propina día con día a sus incontables habitantes.

    Publicada por vez primera en el número 35 de la edición española de la revista Letras Libres (2004), posteriormente por la editorial bonaerense Interzona en 2007, Llamadas de Ámsterdam es, entre otras cosas, la descripción de un amor que, como la mayoría de estos relatos, termina en separación y desasosiego.

    La noveleta cuenta la historia de Juan Jesús —un pintor de medio pelo que, a semejanza del personaje de La obra maestra desconocida de Balzac, es un artista sin obra— y de Nuria Benavides, la hija predilecta de un corrupto senador del PRI que, no contento con relatar todo tipo de venalidades y vilezas personales a través del desplazamiento moral del tipo “lo que hizo menganito”, es un tipo que consigue manipular a su entorno inmediato con una suficiencia que al lector podría recordarle, acaso y sólo acaso, al “jefe” Diego Fernández de Ceballos.

    La historia, ubicada en la calle Ámsterdam de la colonia Condesa,* gira —al fin hipódromo— alrededor de una pareja que no consigue perpetuar su idilio por motivos tan evidentes que por esa misma razón pasan desapercibidos. Juan José, pintor con aspiraciones medianas a quien la escasísima crítica que lo toma en cuenta no pasa de considerarlo un “Chucho el Rothko por confundir la influencia con el plagio”, consigue una beca para estudiar pintura en la capital holandesa, viaje que no será otra cosa que la proyección de una esperanza puesto que, por merced de un cáncer en la sangre que aqueja al padre de la novia, ellos no sólo no visitarán los países bajos sino que a la postre habrán de separarse para mayor desventura de nuestro pintor metido a diseñador gráfico.

    De aquí en adelante Juan Jesús —personaje al que el destino habrá de negarle hasta el indigno privilegio de retornar a su patria bajo el estigma del “Jamaicón” Villegas— no hará sino despeñarse en el calvario que su nombre le vaticina: perderá a su mujer, su tranquilidad y hasta la pátina de olvido con la que el tiempo suele recubrir a los antiguos amores. Juan Jesús postergará su desdicha, por causas que la novela resuelve con una naturalidad impresionante, hasta esa estancia muy lejana al amor propio en que uno sabe que lo ha empeñado todo por el caballo equivocado: el momento maldito de la extemporánea llamada telefónica, lugar predilecto para la manifestación de los fantasmas.

    Uno de los principales aciertos de la prosa de Villoro, además de las conexiones insospechadas entre las personas y los hechos que una vez unidos parecen aliados antiquísimos, es su elegante y humorística manera de adjetivar (una síntesis muy lograda entre López Velarde y Sergio Pitol en sus instantes más lúcidos), haciendo de la extravagancia una cotidianidad necesaria y adictiva, como sucede con las multicolores pastillas agridulces o con la embriagante espesura del Benadril, jarabe para la tos.

    Para muestra unos ejemplos: “Solía exponer en esas galerías que saben aliarse al secreto y se ubican en una calle doblada hacia un panteón o en el último patio de un centro cultural”; “El otro, en cambio, soportaba bien que lo putearan, pedía otra botanita entre dos mentadas de madre, sin que se le desordenara el fleco peinado con mousse”; “El departamento parecía aguardar que lo fotografiaran; había un aire de sobredecoración”; “Eres el único optimista que conozco… No mames —le dijo al Tornillo—. Tengo la autoestima de un salvadoreño sin papeles”.

    No cabe duda de que el poder de imantación sobre el lenguaje que consigue el narrador es extraordinario. Uno sucumbe al hechizo de un ritmo que envuelve en una atmósfera relajada, triste e ineluctable. Se venía anunciando desde las columnas de Domingo Breve, Los once de la tribu, Safari occidental y, sobre todo, en De eso se trata: Juan Villoro, sin duda alguna, se encuentra en su mejor momento.

    Algunas de las reseñas de la novela no han escatimado las cucharadas al momento de ensañarse con el personaje de Juan José; de pusilánime a resentido, pasando por clavado y mequetrefe —como sucede con el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio en la película Revolutionary Road—, se ha dejado de lado una insinuación que bien mirada es casi una evidencia incriminatoria en la novela: la incestuosa relación del padre con la hija, que a todas luces perturba la comunidad de los amantes. Reparar en este punto es importante tanto en la particularidad del relato como en la generalidad de la vida: es fundamental tener presente, pese a lo mucho que disfrutemos flagelándonos por nuestras pérdidas, que para mandar un amor al carajo también se necesita de la consecuente cooperación de la pareja.

    Sin lugar a dudas, Llamadas de Ámsterdam ha llegado para imponerse en el canon de esas nouvelles que, como Aura o Las batallas en el desierto, han hecho tanto de la ciudad de México como de la memoria un lugar inolvidable y permanente, añadiendo un distrito análogo a la ya muy vasta geografía de nuestras nostalgias. Si con la novela de Fuentes aprendimos que el pasado es un presente diferido y con las palabras de Pacheco atesoramos un México precioso que duró un par de sexenios, con Villoro aprenderemos a colgar el teléfono antes de que una voz estentórea nos deshaga nuestra difusa identidad al anunciar impasible “tamales, calientitos, tamales, oaxaqueños”.

    Nada me resta ahora sino cerrar con la oscura luminosidad de ese amoroso desencantado que fue Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: “En la vida, en realidad, no hacemos más que cruzarnos con las personas. Con unas conversamos cinco minutos, con otras andamos una estación, con otras vivimos dos o tres años, con otras cohabitamos diez o veinte. Pero en el fondo no hacemos sino cruzarnos (el tiempo no interesa), cruzarnos y siempre por azar. Y separarnos siempre.”

     

    * Barrio que, en mi opinión, representa la palermización de la circunstancia mexicana.


    Juan Villoro, Llamadas de Ámsterdam, Almadía, Oaxaca, 2009, 88 p.


    Escrito por Rafael Toriz

    Ensayista mexicano (Xalapa, 1983). Estudió música y literatura en la Universidad Veracruzana. Ha sido distinguido con mención honorífica en el Concurso Internacional de Ensayo convocado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la República Islámica de Irán (2001). Fue becario en el área de ensayo de la primera generación de la Fundación para las Letras Mexicanas (2003-2004). Es ganador del Premio Nacional de Ensayo “Carlos Fuentes” (2004). Textos y traducciones suyas han sido publicados en libros antológicos y revistas especializadas en ciencia, literatura, arte y teatro de Argentina, España, Estados Unidos, México, Venezuela e Italia. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en el área de literatura.

  • La literatura mexicana del siglo XX de Manuel Fernández Perera

    Errores y extravíos por Gabriel Wolfson

    Errores y extravíos es el título de una novela de Theodor Fontane, escritor alemán del siglo XIX, que nada tiene que ver con el asunto que nos ocupa pero que se aproxima a la sensación que fui acumulando con la lectura de este volumen, algo notable si se tiene en cuenta que reúne diez textos de diez autores distintos. Que diez personas reconocidas en sus respectivos campos, algunas de ellas autoras de obras que he leído a veces con provecho y a veces con mucho gusto, contribuyan para generar tal impresión no deja de sorprender y de provocar algunas preguntas. Por ejemplo: ¿qué tanto un trabajo con un ropaje tan fuertemente institucional como este, y quizá tan coyuntural, puede superar su aspecto de obra por encargo? O bien: ¿qué tanto pesó en el coordinador la posible amistad o admiración por sus autores como para no haber animado correcciones, ampliaciones, mejoras, o para no haber fijado desde el principio criterios claros en esta tarea colectiva? Ahora bien, diré que no son los diez autores quienes participan de los extravíos: hay algunos capítulos que ofrecen mucho, y hay especialmente dos capítulos magníficos que sin embargo, por involuntario contraste, resaltan la opacidad general. Y diré también que el libro es una buena fuente de información, casi siempre puesta al día, que no sobrará en ningún anaquel en su calidad de “obra de carácter general y no especializado sobre la literatura mexicana contemporánea (…) que procura la amplia consulta”, tal como se nos advierte en el prólogo.

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  • Herida luminosa de Minerva Margarita Villarreal

    Hacia la Herida luminosa de Minerva Margarita Villarreal por Jorge Fernández Granados

    El erotismo y la espiritualidad parecen nociones condenadas, por lo menos en nuestra cultura, a oponerse y hasta repelerse mutuamente. Los cimientos de una espiritualidad provenientes en buena medida de la doctrina platónica se han empecinado en deslindar con estrictas fronteras lo que es el territorio del cuerpo de su contraparte, las manifestaciones del espíritu. Bajo esta pers-pectiva, el mundo, la materia y la carne están hechas irremisiblemente de sustancias diferentes al alma, la conciencia y la divinidad. Esta oposición convive todo el tiempo dentro del imaginario sobre el que suelen tratarse estos temas. Dicha dualidad está tan arraigada en nuestra cultura que nos parece natural, por ejemplo, un concepto tan antinatural como el de la “inmaculada concepción” de la Virgen María.

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  • Carolina Grau de Carlos Fuentes

    El octaedro onírico por Eduardo Sabugal

    La estructura del libro cruza los ocho cuentos en historias independientes que sin embargo no pueden ser leídas como autónomas, pues constituyen un juego de espejos, un recorrido por ocho pasajes en una suerte de sueño paradójico o lúcido, en donde mediante la problematización de la identidad de Carolina Grau Fuentes consigue un fuerte efecto de irrealidad al tiempo que de autoexplicación narratológica, especie de partenogénesis autorial y narrativa. read more