Libros

  • La expansión de las cosas infinitas de Juan José Macías

    La hoja fresca entre la hierba que arde por Daniel Bencomo

    La actualidad de la poesía escrita en México sostiene cuando menos dos polos estéticos desde los cuales se reflexiona y se delínean horizontes, sesgos peculiares ante el canon o tradición nacional. No se trata de dogmas suscritos a pie juntillas, pero alrededor de estos polos se trazan zonas de coincidencia entre comunidades de autores. Haciendo a un lado la reflexión erosiva del concepto de tradición, acotaré someramente la naturaleza de los polos estéticos a los que me refiero. read more

  • Obra entera. Poesía y prosa de Rafael Cadenas

    La identidad silenciosa por Luis Vicente de Aguinaga

    Nacido el mismo año que Juan Gelman y Francisco Urondo, un año antes que Antonio Gamoneda y María Victoria Atencia y un año después que José Ángel Valente y Enrique Lihn, Rafael Cadenas (Venezuela, 1930) parece confirmar en cada una de las páginas que ha publicado aquello que Samuel Beckett insinuara en su ensayo sobre Marcel Proust, a saber: que no decir “yo”, al escribir, es imposible. Adversario, sin embargo, de la egolatría, Cadenas por lo general se plantea la escritura como la última intemperie genuina de la humanidad. “No quiero estilo, / sino honradez”, ha escrito en uno de sus poemas. También ha escrito, a contrapelo de casi todo lo que se haya opinado en el mundo acerca de la poesía, que “no hace falta música / para un dicho / real”.

    El yo de Cadenas, por lo tanto, se quiere silencioso y escueto. Como en los mejores libros de Valente y de Gamoneda, en los mejores de Cadenas —pienso en Memorial, en Amante― aparece, al trasluz, el rostro de un hombre serio, de pocas palabras, firme a la hora de negar, parco a la hora de afirmar, incapaz de humoradas o desplantes. Como en los mejores libros de Gelman y de Lihn, en los de Cadenas el discurso no se confirma en su fluir sino en su interrumpirse. Propenso al aforismo, a la sentencia, Cadenas evita proferir, con todo, verdades enormes o regañinas generalizadoras, limitándose (lo digo con perfecta conciencia: limitándose) a verificar la existencia del mundo en sus manifestaciones más humildes, a la manera del que acepta que un modesto rayo de sol a través de la persiana basta para confirmar el vigor de todas las estrellas.

    Dispuesto, así, a tomar el pulso de unos pocos objetos y personas, Cadenas apoya su pensamiento en la incertidumbre y su palabra en la cortedad, infundiendo en su lector ―ha sido mi caso, por lo menos― un sentimiento de insatisfacción que, tras algunos esfuerzos y tanteos, lo compromete finalmente a trabajar en el cumplimiento del poema. Y no es que haya que descifrar ni aclarar nada en la poesía de Cadenas, que no se atarea con referencias ocultas ni consiente misterios artificiales. Más bien ocurre que las nociones mismas de construcción y de composición parecen impacientar a Cadenas al punto de hacerlo concebir la poesía como una renuncia, incluso como un abandono. Su energía, su entusiasmo ―un entusiasmo ceremonial, afín a ciertas formas de atención o concentración en lo sagrado―, son asimilables, por todo ello, a la felicidad paradójica de los que asisten a su propio vaciamiento y a su propia desintegración, habiéndolos propiciado casi siempre por vía religiosa: “Si callas / todavía te oyes tú, / el muy lleno, / que nada vales / (o sólo vales en tu errancia).”

    Ésta, la segunda edición de la Obra entera de Cadenas, básicamente se distingue de la primera en la incorporación de una docena de poemas que, titulados Desde Boston, acaso datan de la estancia del poeta en dicha ciudad a fines del siglo pasado. También añade al prólogo de José Balza otro de Darío Jaramillo Agudelo. Complementarios, ambos prólogos constituyen sendos recorridos lineales por la vida y la obra de Cadenas (más por la obra, el de Jaramillo Agudelo; más por la biografía, el de Balza) y, cada uno en su estilo, invitan a leer esta Obra entera de principio a fin. Lo cual es factible, pero no indispensable: la coherencia de los poemas, notas, aforismos y ensayos de Cadenas radica no tanto en la eventual concatenación de sus libros como en la reiteración y desarrollo de una misma convicción, de una misma fe que, de tan milimétrica y frágil, apenas logra manifestarse de manera explícita en versos esporádicos o en poemas brevísimos como éste, de Memorial: “Un momento separado de todos los momentos / tiene años esperándote fuera de los años.”

    El tú al que se dirigen las palabras que acabo de citar, así como el tú invocado en el poema que reproduje más arriba, es desde luego uno mismo con el yo que dice no querer “estilo”, sino “honradez”. Esta penetrante y sencilla herramienta expresiva ―presentar el yo como un tú― es tal vez la única que Cadenas emplea sin desconfianza. Cualquier otro asomo de retórica le parece una veleidad, cuando no una imposición inadmisible. Los dos volúmenes de aforismos (Anotaciones y Dichos) y los dos ensayos de aproximación al hecho literario (Realidad y literatura y En torno al lenguaje) que Cadenas ha escrito, así como sus profundos Apuntes sobre San Juan de la Cruz y la mística, en última instancia pueden leerse como lanzas rotas en pro de la sencillez y la desnudez de la palabra.

    Cadenas habita sus poemas en la medida que los entiende como espacios abiertos, potencialmente acogedores. Obsérvese de qué manera se refiere a la palabra: “palabra, / casa sin atavíos”. Obsérvese, luego, cómo habla del cuerpo (del suyo propio y de todo cuerpo humano): “Lugar de la presencia, / lugar del vacío”. Cobra sentido, así, que para Cadenas el poema sea el punto donde logran juntarse palabra y cuerpo, donde la más estricta realidad exterior se hace interior, y donde, por lo mismo, la identidad personal responde a la enorme sencillez del universo.

     

    Texto publicado en la edición 137 de Crítica


    Rafael Cadenas, Obra entera. Poesía y prosa (1958-1998), prólogos de Darío Jaramillo Agudelo y José Balza, Fondo de Cultura Económica, México, 2009, 2ª ed., 733 p.


    Escrito por Luis Vicente de Aguinaga

    Ha publicado cinco libros de crítica y ensayo literario y diez de poemas: Fractura expuesta (poemas), 2008; Trece (poemas), 2007; Otro cantar. Invitación a la crítica literaria (ensayo), 2006; Signos vitales. Verso, prosa y cascarita (ensayo), 2005; La migración interior. Abecedario de Juan Goytisolo (crítica literaria), 2005; Lámpara de mano. Sobre poemas y poetas (crítica literaria), 2004; Reducido a polvo (poemas), 2004; Por una vez contra el otoño (poemas), 2004; Cien tus ojos (poemas), 2003; Rumor de la ciudad al hundirse. Lectura de ‘Paisajes después de la batalla’ de Juan Goytisolo (crítica literaria), 2003; La cercanía (poemas), 2000; El agua circular, el fuego (poema), 1995; Piedras hundidas en la piedra (poemas), 1992; Nombre (poemas), 1990; Noctambulario (poemas), 1989.

    Su blog: http://aguinaga.blogspot.com

  • Señales que precederán al fin del mundo de Yuri Herrera

    ¿Camellos en el Mictlán? por Gabriel Wolfson

    En nuestros días una lectura del famoso primer capítulo de El canon occidental de Harold Bloom, “Elegía al canon”, quizá pueda derivar en esta curiosa impresión: el libro que apostaba visceralmente por la ahistoricidad y la feroz individualidad de la literatura, que consagraba lo estético como entidad misteriosa, como resto intocado tras la batalla contra todos los sociologismos y demás corrientes contaminantes, parece un libro cada vez más datado, sujeto al ancla de ciertas disputas concretas entre académicos: un alegato, digamos, notablemente regional (supongo que no le gustaría a Bloom, pero cabe la posibilidad de que El canon occidental sea incorporado en el futuro a un programa no de crítica literaria sino de literatura autobiográfica o de discurso testimonial).

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  • Ella sigue dormida de Alejandro Badillo

    Voces entre sueños por Gregorio Cervantes Mejía.

    Borges refiere que, para los eruditos de Uqbar, “los espejos, como la cópula, son abominables porque duplican el número de hombres” (“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”).

    Este terror hacia los espejos reaparece constantemente a lo largo de la obra borgeana: fuente de delirios, temores y equívocos, los espejos trastocan el orden cotidiano a pesar de la aparente familiaridad que guardan con nosotros.

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  • La perfecta espiral de Héctor de Mauleón

    El fantasma del cuento (o más bien: La reseña fantasma) por Gabriel Wolfson

    Primero, antes de leer el libro, una elegía: por la editorial Joaquín Mortiz. Ni siquiera habría que referirse a los tiempos gloriosos, cuando Mortiz publicó los últimos libros de Tario o los primeros de García Ponce, Cadáver lleno de mundo de Aguilar Mora, los experimentos de Manjarrez, Movimiento perpetuo de Monterroso, los ensayos de Fuentes sobre Cervantes y el boom o los de Paz que formaron Cuadrivio. Tampoco habría que insistir en la venerable “Serie del volador”, de la cual atesoro la primera edición de Morirás lejos, la primera, desvencijada, de De perfil, y la primera y única de De Alemania, de Ulises Carrión. Ya Fernando Escalante Gonzalbo, en los capítulos dedicados a la “transición del momento clásico al momento monopólico” de la edición —de su estudio A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública—, expuso con sencillez y claridad la dinámica de las industrias culturales en nuestros días: las grandes empresas se fusionan o adquieren a los pequeños competidores, como un Wal-Mart que compra la tiendita de la esquina, y entonces, aupadas por la variedad funcional y fiscal de las muchas divisiones que las integran, propiamente monopolizan el mundo del libro. Y no sólo porque acaparen los anaqueles, por decirlo de alguna manera, sino porque se encargan de todos los procesos que componen el largo camino que va desde que alguien garrapatea unas páginas hasta que otro las lee, o más bien las compra. Pueden encargar el texto, incluso hacerlo firmar por otra persona, formarlo, imprimirlo, distribuirlo, girar resúmenes a los medios, diseñar exhibidores especiales, repartir plumas y separadores alusivos, vender los derechos para cine y de hecho producir la película, organizar un premio literario para darle publicidad, impulsar un coloquio académico sobre él, armar polémica en los periódicos, convertirlo en libro de texto, capacitar a jóvenes promotores de la lectura y darles ejemplares gratuitos, realizar un homenaje al autor a través de algún organismo público, extraer sus frases más notables para estamparlas en tazas e imanes de refri, y al final, claro, recoger los sobrantes, triturarlos y vuelta a empezar. En este procedimiento, la gran corporación suele mantener ‘vivos’ los sellos editoriales que adquirió: para hacerse del prestigio que pudieran haber acumulado, para negociar mejor diversos asuntos —fiscales, de subsidios, de licitaciones— y para que en el espacio público permanezca la imagen de variedad y competencia. Wal-Mart, digamos, compra un terreno gigantesco que incluye el metro cuadrado donde una señora vendía elotes: en vez de echarla de ahí, le montan una casetita color naranja afuera de la tienda, le ponen ‘SuperElote!’ y le racionan la mayonesa. Joaquín Mortiz, como ya se sabía, fue adquirida por el Grupo Planeta, transnacional con matriz española que también se hizo de sellos como Crítica, Ariel o Paidós. Ahora bien: a diferencia de lo que ha ocurrido con estos últimos, y de lo que he glosado aquí de Escalante Gonzalbo, a Mortiz prácticamente la han borrado del mapa. Por eso sugería que, en este caso, no convenía remitirse a las épocas heroicas de la “Serie del volador”: no es que Planeta haya comprado Mortiz y haya reorientado inadvertidamente su política editorial, dando preferencia a otro tipo de títulos pero sacando rédito del viejo prestigio; es que Planeta ha borrado todo de Mortiz salvo su nombre, que ahora aparece acompañado de una magnífica M.R. No queda nada: ni el diseño gráfico original ni un criterio editorial más o menos identificable ni siquiera el tamaño o la tipografía de los libros. Sin atender al texto que contiene, basta echar un ojo al libro, a su papel de ínfima calidad, a su portada estruendosa, a las frases huecas de su cuarta de forros, para comprender que quienes maquilaron este libro podían haber maquilado cualquier otra cosa con la misma eficiencia. Es decir, para dar la razón al planteamiento radical de Escalante Gonzalbo: “No tiene sentido ni preguntar si los dueños de Holtzbrinck, Lagardère o Planeta encuentran algún placer en leer lo que publica cualquiera de sus sellos editoriales, porque ni siquiera saben lo que es. Ni ellos ni sus subalternos. Las grandes empresas están organizadas para no leer”. Wal-Mart compró la miscelánea de la esquina pero ya no para incorporarla como puesto de chácharas en el estacionamiento, no porque el terreno les fuera indispensable ni siquiera para darle empleo a su dueño: sólo para acabar con ella, como si la miscelánea fuera realmente competencia. O peor: por pura ociosidad.

    El libro de Héctor de Mauleón merecía haber aparecido en Joaquín Mortiz, pero en la verdadera Joaquín Mortiz, la que ya no existe. Lo forman nueve cuentos, que en general me resultaron muy poco interesantes —juicio que intentaré sustentar en el resto de la reseña— pero que, sin duda, fueron escritos con paciencia, con gusto y con ánimo de entregar algo más que un mero producto de rápido consumo. Se trata, además, de nueve cuentos fuertemente trabados entre sí, lo cual no es necesariamente una cualidad, pero que en todo caso apunta a un trabajo serio y sostenido, a un deseo de construir algo y no sólo de acumular ocurrencias, a un conjunto de piezas que ofrezcan una imagen, todo lo provisional que se quiera, de la misma cosa. Son, por último, cuentos eficaces, mañosos, no meros tanteos, escritos por alguien que deliberadamente echa mano de muchos recursos del oficio.

    Y aquí iba a venir propiamente el comentario del libro. Pero justo antes de comenzarlo, me fue proporcionado un dato que, en cierto sentido, ha restado pertinencia a la reseña: La perfecta espiral no es un libro nuevo de Héctor de Mauleón. Se publicó por vez primera en 1997 (Daga) y luego aun tuvo una reedición en 1999 (Cal y Arena). ¿Es una falta mía como reseñista no haber sabido esto a tiempo y haber por tanto empezado una reseña a todas luces extemporánea —nomás por catorce años—? Sin duda, pero vamos a ver: salvo sus amigos, pocos más recordarán este libro primerizo, y menos cuando el autor más bien ha despuntado —y con toda razón, diría yo— en el género de la crónica. Pero sobre todo, este descargo, que nos sirve aquí para cerrar circularmente la reseña fantasma: en ningún lugar del libro publicado ahora por Joaquín Mortiz M.R. se informa, siquiera entre líneas, que esto es una reedición. No hay ninguna advertencia, nada se dice en el colofón (porque no existe, claro), y en la hoja legal lo único que se asienta es: “Primera edición: junio de 2011”. Así que Joaquín Mortiz ha ganado la M.R., y a cambio ha perdido su alma: no sólo su diseño ni su política de publicaciones sino, más simple, más esencial, su identidad como editorial, uno de cuyos rasgos es, desde luego, saber que lo que se produce ahí son libros, y que los libros tienen una historia, su historia particular, la cual, así sea tenue, imperceptiblemente, se inscribe en la lectura, como polvo amigable en las manos del lector.


    Héctor de Mauleón: La perfecta espiral, México: Joaquín Mortiz, 2011, 133 pp.


    Escrito por Gabriel Wolfson

    Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.

     

  • El secreto de la fama de Gabriel Zaid

    Perfil ausente por Gabriel Bernal Granados

    Las razones de lo short and sweet

    Confrontados con la mayoría de los textos de prosa crítica que se escriben en la actualidad, los ensayos de Gabriel Zaid resultan ser un modelo de concisión, transparencia y sobriedad. Un modelo demoledor, habría que añadir. Porque si los ensayos de Zaid aspiran a establecer una complicidad fundamental con sus lectores, un contubernio amoroso, digamos, basado en la mayor claridad y entendimiento posible entre autor y lector, algo hay en la selección de sus temas y en su tratamiento que vuelve las discusiones de Zaid áridas, agrestes, difíciles de transitar. Los diecinueve ensayos que conforman El secreto de la fama no escapan a esta condición. Más bien, la acentúan, acentuando también el perfil intelectual de Zaid y definiendo uno de los temas que recorren las páginas de sus libros con una frecuencia casi obsesiva: la función de la literatura en el mundo contemporáneo.

    En el caso de Zaid y su obra, hablar de “función” de la literatura equivale a preguntarse por la función de la lectura en nuestro tiempo. Y hablar de la función de la lectura es señalar uno de los grandes vacíos que aquejan a la sociedad actual. Éste es el punto de partida, y el punto de llegada, de la reflexión de Zaid sobre el predominio de la imagen en una sociedad como la nuestra. Porque, si bien no lo confiesa abiertamente, el foco de su reflexión no se encuentra en la generalidad de la sociedad, sino en la particularidad representada por las sociedades literarias de los últimos cincuenta años (si hemos de situar el origen de los males que estamos viviendo en el boom de la novela latinoamericana).

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  • Última rumba en la Habana de Fernando Velázquez Medina

    Contra la memoria falsificada por Félix Luis Viera

    En esta novela de Fernando Velázquez Medina hay algo que resulta muy difícil de lograr por un novelista y que yo, lo confieso, nunca lo había comprobado a la altura en que Velázquez Medina lo consigue: el desdoblamiento de género en cuanto al punto de vista narrativo. La novela está narrada por una mujer, “una mulata pelirroja” que absorbe para sí, y desde sí, con encomiable intensidad, cada una de las 185 páginas de la narración.

    Ella, jinetera (prostituta), expresidiaria y protegida de Changó, se encarga de narrarnos sus avatares durante un tiempo de fabulación que corre, sobre todo, en un lapso del eufemísticamente llamado Periodo Especial (es decir, el periodo de miseria más intenso que ha sufrido la isla de Cuba en toda su historia), que cierra con la rebelión habanera de 1994. read more

  • Emilio, los chistes y la muerte de Fabio Morábito

    Desde el cementerio por José Israel Carranza

    A los doce años uno sabe que es inescrutable aunque no sepa qué significa la palabra inescrutable. Aunque ignore qué es ser inescrutable. La incomprensión que devuelve el mundo ante nuestras imprecisas interrogaciones la correspondemos con una inopinada obstinación en enigmas y apartamientos: el silencio y la soledad van haciéndose sorpresivamente preferibles a la admisión de los otros en nuestras inmediaciones, y vamos percatándonos de que, en adelante, tendremos que rendir cuentas a nosotros mismos antes que a nadie más; de que la ocurrencia del presente reclama nuestras decisiones y se detiene ante nuestro recelo, de que podemos instruir al instante siguiente para que se conforme a nuestro deseo —aunque otra cosa es que se conforme o no: tener doce años es buena edad para enterarnos de que somos capaces de fabricarnos las decepciones que habrán de ir punteándose con nuestros anhelos. Éstos y otros descubrimientos progresivos —las pulsiones que orientan en el camino por donde se sale de la infancia, la vulnerabilidad y el desamparo equilibrándose con la invencibilidad y la independencia—, sin embargo, tardan en librarnos de la desprevención con que vamos internándonos entre los vivos. Porque ser niño, vamos diciéndolo así, es una forma todavía precaria de estar vivo, y de ahí que un escenario óptimo para hacer el tránsito sea, como en la novela Emilio, los chistes y la muerte, un cementerio.

    Desprevenido, Emilio tiene doce años y ha dado en frecuentar un cementerio. La razón que da es que va ahí casi todas las tardes a buscar chistes con su detector; también va para cumplir con el peculiar deber de localizar su nombre entre los de los muertos —una suerte de conjuro con el que se asegura que los pobladores del lugar no quieran incluirlo entre ellos—, y mientras busca va memorizando los nombres que lee, además de la ubicación de cada uno. Súbitamente —y qué no es súbito en un cementerio— está en presencia de una mujer que lleva flores al nicho de su hijo, muerto seis meses atrás a la misma edad de Emilio. Pero la novela no comienza ahí, con esa aparición: de ese momento, que se ha repetido dos o tres veces, no sabemos más que Emilio y la mujer se habían saludado apenas con un movimiento de cabeza, y que él se había enrojecido un poco. Cuando finalmente ella repara en él es sólo para preguntarle si sabe de algún lugar apartado donde pueda “hacer pipí”. Y, ahora sí, en ese encuentro que propicia tan decisivamente el surgimiento de la exploración recíproca que harán Emilio y la mujer de sí mismos (y por qué no hay que decir que se trata de un amor, tan imposible como irrecusable, por más que ella pueda ser su madre y él tenga apenas doce años), da inicio una historia sobre cuyos acontecimientos van tramándose nuestras inferencias, que principalmente con ellas es como progresan las consecuencias del encuentro: lo que sucede a Emilio y a Eurídice, la mujer, y a quienes orbitan en torno a ellos, vamos conociéndolo sobre todo porque no está dicho: quiero decir: porque los hechos están apenas dispuestos para que nuestra inteligencia y nuestra emoción compongan los sentidos que importa que tengan: quiero decir: los sentidos intransferibles y preciosos con que conseguimos saber más bien quiénes somos, quiénes hemos sido hasta antes de haber comenzado a leer.

    Ignoro cuáles deban ser los significados de los actos y los pareceres de los personajes, de las breves informaciones que llegamos a tener de ellos: del policía del cementerio, por ejemplo, se nos hace saber que es analfabeto; al albañil siniestro no le vemos el rostro; la madre de Emilio es traductora, el padre la enerva llenando los vasos hasta el borde y están separados por un filoso rencor enfundado en las suavidades de la paternidad compartida y del hastío; en el cementerio hay un empleado que altera las fechas de las lápidas; Eurídice es masajista, tiene los tobillos gruesos y se deja besar por este empleado; el detector de chistes de Emilio está estropeado, y, alrededor de todo (también hay un monaguillo hermoso, un río subterráneo y una caverna, un paseo en auto, una escalera de mano, una alergia al cempasúchil, una crema perfumada, una bofetada, un abejorro), la inminencia de la ciudad, volviéndolo todo más inexplicable. Ignoro, en suma, qué pueda pensarse de lo que he presenciado, de cuanto vi y oí en estas páginas hechas de detenimientos y concentraciones, de una prosa urdida con contenidos fulgores, absorta en el registro de lo poco que ve suceder; lo que sí sé es que la lectura de esta novela ha sido —asombrosamente, inesperadamente—, más que una lectura, una vivencia, y acaso como Emilio, salgo de ella sabiendo que enamorarse es una forma de eludir la muerte, que sujetarse a veces puede ser una forma de desasirse y que un chiste puede salvarnos la vida.

    Todo cementerio es un lugar propicio para las intensificaciones: del silencio, de la luz, de los breves sonidos que juegan con ésta, de los olores y de las palabras que en ellos se pronuncian, pues allí adquieren una calidad de definitivas, por trivial que sea o parezca lo que formulen. Al comprobar esto, al presenciar en un cementerio la aparición inefable de una mujer delante de un niño de doce años —y al hacerse cargo de lo que ocurrirá después—, Fabio Morábito ha escrito una novela entrañable.


    Fabio Morábito, Emilio, los chistes y la muerte, Anagrama, México, 2009, 168 p.


    Escrito por José Israel Carranza

    Ensayista, narrador y periodista. Tiene varios libros publicados: Las magias inútiles (Universidad de Guadalajara, 1993), La sonrisa de Isabella y otras conjeturas (Instituto de Cultura de Aguascalientes, 1996), La estrella portátil (Fondo Editorial Tierra Adentro, 1997), Cerrado las veinticuatro horas (Arlequín/UdeG, 2003) y Si esa lluvia llega va a destruir la ciudad (Instituto Sonorense de Cultura, 2007). Las encías de la azafata (Tumbona ediciones). Publica todos los jueves la columna «La menor importancia» en el diario Mural; es editor de la revista Luvina, de la Universidad de Guadalajara, y coeditor de la revista Magis, del ITESO; profesor del ITESO y coordinador del Taller de Ensayo Literario de la Librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica.

  • Los restos del banquete de Gabriel Wolfson

    Antes que la trama por JOSÉ HOMERO

    Sentenciaba Walter Benjamin que Charles Baudelaire confiaba en lectores a quienes la lectura de la lírica ponía en dificultades. En un momento en que una facción de la literatura mexicana, sea en la faceta lírica o en la narrativa, exige una escritura transparente sustentada en un orden y una referencialidad utópicas —pues la literatura es por esencia polisémica y trasciende a la linealidad y las convenciones tópicas y lingüísticas— se impone preguntar qué entendemos por una lectura “difícil”. De ahí que, como lector, celebre la supervivencia de escritores al estilo de Gabriel Wolfson, autor de una muy interesante lectura de Muerte sin fin y diestro cuentista, quien con Los restos del banquete se revela como novelista. En realidad como antinovelista, preferiría acotar, de no ser porque el calificativo connota potens, que lo asocia a cierta tradición hoy en desuso y, peor aún, en descrédito.

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  • Cielo del perezoso de Daniel Téllez

    El cielo abierto en la palabra por Josu Landa.

    El cielo tiene su ignioma, su idioma de fuego, y en la lira írica de la mirada, en la intemperie absorta, en la explanada curva de nuestros ojos sedentes más sedientos, bruñe el aire el elemento luz. Eso es lo que constela y firma un firmamento y eso es lo que poemiza una niña con retina, un iris aun con pereza en la córnea, salvo cuando reseca ésta como escama, en la indiferencia de un cuerpo sirenaico inerte, que ha apurado una lefa oscura como sólo noche de nada, fondo anaeléctrico de antimateria.

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