Libros

  • Los restos del banquete de Gabriel Wolfson

    Antes que la trama por JOSÉ HOMERO

    Sentenciaba Walter Benjamin que Charles Baudelaire confiaba en lectores a quienes la lectura de la lírica ponía en dificultades. En un momento en que una facción de la literatura mexicana, sea en la faceta lírica o en la narrativa, exige una escritura transparente sustentada en un orden y una referencialidad utópicas —pues la literatura es por esencia polisémica y trasciende a la linealidad y las convenciones tópicas y lingüísticas— se impone preguntar qué entendemos por una lectura “difícil”. De ahí que, como lector, celebre la supervivencia de escritores al estilo de Gabriel Wolfson, autor de una muy interesante lectura de Muerte sin fin y diestro cuentista, quien con Los restos del banquete se revela como novelista. En realidad como antinovelista, preferiría acotar, de no ser porque el calificativo connota potens, que lo asocia a cierta tradición hoy en desuso y, peor aún, en descrédito.

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  • Cielo del perezoso de Daniel Téllez

    El cielo abierto en la palabra por Josu Landa.

    El cielo tiene su ignioma, su idioma de fuego, y en la lira írica de la mirada, en la intemperie absorta, en la explanada curva de nuestros ojos sedentes más sedientos, bruñe el aire el elemento luz. Eso es lo que constela y firma un firmamento y eso es lo que poemiza una niña con retina, un iris aun con pereza en la córnea, salvo cuando reseca ésta como escama, en la indiferencia de un cuerpo sirenaico inerte, que ha apurado una lefa oscura como sólo noche de nada, fondo anaeléctrico de antimateria.

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  • Llamadas de Ámsterdam de Juan Villoro

    El eterno retorno a la mujer barbuda por Rafael Toriz.

    a Jorge Vásquez

    Por razones inciertas que desvelarían a urbanistas y a sindicatos enteros de psicólogos y terapeutas, numerosos viajeros suelen representar las distintas ciudades del orbe como mujeres categóricas. Así, para ciertos imaginarios masculinos, La Habana puede ser una furia huracanada, París una anciana cascarrabias, Samarcanda una perfecta desconocida, Buenos Aires una histérica primorosa, Barcelona una puta carísima y Lisboa una tía abuela obsesionada con sus nostalgias. La ciudad y las mujeres son un mismo territorio porque, lo queramos o no, en ellas habitará por siempre la melancolía y la memoria. Personalmente no me resulta complicado entender la obsesión de los desamorados: las ciudades, como las mujeres, son un tránsito permanente: aquella casa vieja que recordamos arbolada es ahora un multifamiliar despótico que no guarda el menor vestigio de su pasado; aquella mujer que amamos con locura es ahora un ser plenísimo y radiante que vive con un hombre próspero y bien parecido que en otro momento ella misma hubiera tildado de pendejo.

    Después de haber habitado varias ciudades y disfrutado de los embelesos de Cupido, queda claro que una de las pocas certezas de nuestro paso por el mundo es el cambio de sentido en los múltiples bulevares de la existencia: la vida es cualquier cosa menos una calle de una sola mano.

    Juan Villoro (1956) ha demostrado a lo largo de cuentos, ensayos y crónicas ser el fanático por excelencia del Distrito Federal, esa mujer inmensa y fantástica que el necaxista, sin embargo, no ha dudado en señalar como la “mujer barbuda”, lo que lo convierte más en el marido que en el amante de la región más transpirante. Villoro —siguiendo la pedagogía flâneur de Walter Benjamin y algunas de las inquietudes de Georg Simmel y Sigfried Kracauer—, al igual que Novo, Monsiváis y otros tantos ha ensanchado la topología mitológica del Distrito Federal con una pasión que invita a quedarse en la ciudad pese a la desaforada catarata de infortunios que propina día con día a sus incontables habitantes.

    Publicada por vez primera en el número 35 de la edición española de la revista Letras Libres (2004), posteriormente por la editorial bonaerense Interzona en 2007, Llamadas de Ámsterdam es, entre otras cosas, la descripción de un amor que, como la mayoría de estos relatos, termina en separación y desasosiego.

    La noveleta cuenta la historia de Juan Jesús —un pintor de medio pelo que, a semejanza del personaje de La obra maestra desconocida de Balzac, es un artista sin obra— y de Nuria Benavides, la hija predilecta de un corrupto senador del PRI que, no contento con relatar todo tipo de venalidades y vilezas personales a través del desplazamiento moral del tipo “lo que hizo menganito”, es un tipo que consigue manipular a su entorno inmediato con una suficiencia que al lector podría recordarle, acaso y sólo acaso, al “jefe” Diego Fernández de Ceballos.

    La historia, ubicada en la calle Ámsterdam de la colonia Condesa,* gira —al fin hipódromo— alrededor de una pareja que no consigue perpetuar su idilio por motivos tan evidentes que por esa misma razón pasan desapercibidos. Juan José, pintor con aspiraciones medianas a quien la escasísima crítica que lo toma en cuenta no pasa de considerarlo un “Chucho el Rothko por confundir la influencia con el plagio”, consigue una beca para estudiar pintura en la capital holandesa, viaje que no será otra cosa que la proyección de una esperanza puesto que, por merced de un cáncer en la sangre que aqueja al padre de la novia, ellos no sólo no visitarán los países bajos sino que a la postre habrán de separarse para mayor desventura de nuestro pintor metido a diseñador gráfico.

    De aquí en adelante Juan Jesús —personaje al que el destino habrá de negarle hasta el indigno privilegio de retornar a su patria bajo el estigma del “Jamaicón” Villegas— no hará sino despeñarse en el calvario que su nombre le vaticina: perderá a su mujer, su tranquilidad y hasta la pátina de olvido con la que el tiempo suele recubrir a los antiguos amores. Juan Jesús postergará su desdicha, por causas que la novela resuelve con una naturalidad impresionante, hasta esa estancia muy lejana al amor propio en que uno sabe que lo ha empeñado todo por el caballo equivocado: el momento maldito de la extemporánea llamada telefónica, lugar predilecto para la manifestación de los fantasmas.

    Uno de los principales aciertos de la prosa de Villoro, además de las conexiones insospechadas entre las personas y los hechos que una vez unidos parecen aliados antiquísimos, es su elegante y humorística manera de adjetivar (una síntesis muy lograda entre López Velarde y Sergio Pitol en sus instantes más lúcidos), haciendo de la extravagancia una cotidianidad necesaria y adictiva, como sucede con las multicolores pastillas agridulces o con la embriagante espesura del Benadril, jarabe para la tos.

    Para muestra unos ejemplos: “Solía exponer en esas galerías que saben aliarse al secreto y se ubican en una calle doblada hacia un panteón o en el último patio de un centro cultural”; “El otro, en cambio, soportaba bien que lo putearan, pedía otra botanita entre dos mentadas de madre, sin que se le desordenara el fleco peinado con mousse”; “El departamento parecía aguardar que lo fotografiaran; había un aire de sobredecoración”; “Eres el único optimista que conozco… No mames —le dijo al Tornillo—. Tengo la autoestima de un salvadoreño sin papeles”.

    No cabe duda de que el poder de imantación sobre el lenguaje que consigue el narrador es extraordinario. Uno sucumbe al hechizo de un ritmo que envuelve en una atmósfera relajada, triste e ineluctable. Se venía anunciando desde las columnas de Domingo Breve, Los once de la tribu, Safari occidental y, sobre todo, en De eso se trata: Juan Villoro, sin duda alguna, se encuentra en su mejor momento.

    Algunas de las reseñas de la novela no han escatimado las cucharadas al momento de ensañarse con el personaje de Juan José; de pusilánime a resentido, pasando por clavado y mequetrefe —como sucede con el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio en la película Revolutionary Road—, se ha dejado de lado una insinuación que bien mirada es casi una evidencia incriminatoria en la novela: la incestuosa relación del padre con la hija, que a todas luces perturba la comunidad de los amantes. Reparar en este punto es importante tanto en la particularidad del relato como en la generalidad de la vida: es fundamental tener presente, pese a lo mucho que disfrutemos flagelándonos por nuestras pérdidas, que para mandar un amor al carajo también se necesita de la consecuente cooperación de la pareja.

    Sin lugar a dudas, Llamadas de Ámsterdam ha llegado para imponerse en el canon de esas nouvelles que, como Aura o Las batallas en el desierto, han hecho tanto de la ciudad de México como de la memoria un lugar inolvidable y permanente, añadiendo un distrito análogo a la ya muy vasta geografía de nuestras nostalgias. Si con la novela de Fuentes aprendimos que el pasado es un presente diferido y con las palabras de Pacheco atesoramos un México precioso que duró un par de sexenios, con Villoro aprenderemos a colgar el teléfono antes de que una voz estentórea nos deshaga nuestra difusa identidad al anunciar impasible “tamales, calientitos, tamales, oaxaqueños”.

    Nada me resta ahora sino cerrar con la oscura luminosidad de ese amoroso desencantado que fue Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: “En la vida, en realidad, no hacemos más que cruzarnos con las personas. Con unas conversamos cinco minutos, con otras andamos una estación, con otras vivimos dos o tres años, con otras cohabitamos diez o veinte. Pero en el fondo no hacemos sino cruzarnos (el tiempo no interesa), cruzarnos y siempre por azar. Y separarnos siempre.”

     

    * Barrio que, en mi opinión, representa la palermización de la circunstancia mexicana.


    Juan Villoro, Llamadas de Ámsterdam, Almadía, Oaxaca, 2009, 88 p.


    Escrito por Rafael Toriz

    Ensayista mexicano (Xalapa, 1983). Estudió música y literatura en la Universidad Veracruzana. Ha sido distinguido con mención honorífica en el Concurso Internacional de Ensayo convocado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la República Islámica de Irán (2001). Fue becario en el área de ensayo de la primera generación de la Fundación para las Letras Mexicanas (2003-2004). Es ganador del Premio Nacional de Ensayo “Carlos Fuentes” (2004). Textos y traducciones suyas han sido publicados en libros antológicos y revistas especializadas en ciencia, literatura, arte y teatro de Argentina, España, Estados Unidos, México, Venezuela e Italia. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en el área de literatura.

  • La literatura mexicana del siglo XX de Manuel Fernández Perera

    Errores y extravíos por Gabriel Wolfson

    Errores y extravíos es el título de una novela de Theodor Fontane, escritor alemán del siglo XIX, que nada tiene que ver con el asunto que nos ocupa pero que se aproxima a la sensación que fui acumulando con la lectura de este volumen, algo notable si se tiene en cuenta que reúne diez textos de diez autores distintos. Que diez personas reconocidas en sus respectivos campos, algunas de ellas autoras de obras que he leído a veces con provecho y a veces con mucho gusto, contribuyan para generar tal impresión no deja de sorprender y de provocar algunas preguntas. Por ejemplo: ¿qué tanto un trabajo con un ropaje tan fuertemente institucional como este, y quizá tan coyuntural, puede superar su aspecto de obra por encargo? O bien: ¿qué tanto pesó en el coordinador la posible amistad o admiración por sus autores como para no haber animado correcciones, ampliaciones, mejoras, o para no haber fijado desde el principio criterios claros en esta tarea colectiva? Ahora bien, diré que no son los diez autores quienes participan de los extravíos: hay algunos capítulos que ofrecen mucho, y hay especialmente dos capítulos magníficos que sin embargo, por involuntario contraste, resaltan la opacidad general. Y diré también que el libro es una buena fuente de información, casi siempre puesta al día, que no sobrará en ningún anaquel en su calidad de “obra de carácter general y no especializado sobre la literatura mexicana contemporánea (…) que procura la amplia consulta”, tal como se nos advierte en el prólogo.

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  • Herida luminosa de Minerva Margarita Villarreal

    Hacia la Herida luminosa de Minerva Margarita Villarreal por Jorge Fernández Granados

    El erotismo y la espiritualidad parecen nociones condenadas, por lo menos en nuestra cultura, a oponerse y hasta repelerse mutuamente. Los cimientos de una espiritualidad provenientes en buena medida de la doctrina platónica se han empecinado en deslindar con estrictas fronteras lo que es el territorio del cuerpo de su contraparte, las manifestaciones del espíritu. Bajo esta pers-pectiva, el mundo, la materia y la carne están hechas irremisiblemente de sustancias diferentes al alma, la conciencia y la divinidad. Esta oposición convive todo el tiempo dentro del imaginario sobre el que suelen tratarse estos temas. Dicha dualidad está tan arraigada en nuestra cultura que nos parece natural, por ejemplo, un concepto tan antinatural como el de la “inmaculada concepción” de la Virgen María.

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  • Carolina Grau de Carlos Fuentes

    El octaedro onírico por Eduardo Sabugal

    La estructura del libro cruza los ocho cuentos en historias independientes que sin embargo no pueden ser leídas como autónomas, pues constituyen un juego de espejos, un recorrido por ocho pasajes en una suerte de sueño paradójico o lúcido, en donde mediante la problematización de la identidad de Carolina Grau Fuentes consigue un fuerte efecto de irrealidad al tiempo que de autoexplicación narratológica, especie de partenogénesis autorial y narrativa. read more

  • Isla de las breves ausencias de Francisco Hernández

    Poesía de la variedad por Héctor M. Sánchez

    Cual si se tratara de dibujar un mapa del tesoro, lleno de peligros, de monstruos acuáticos y de dragones, pero también de paraísos exuberantes y de hechiceros prodigiosos, Francisco Hernández (1946) construye La isla de las breves ausencias como un espacio poético en el que la variedad de estilos y de recursos empleados nos producen la experiencia estética de la diversidad: un mapa de las distintas emociones vitales, pero un mapa condensado y poderoso, como el lugar al que representa: una isla abandonada, porción sintética del universo. read more

  • Doscientos años de narrativa mexicana de Rafael Olea Franco

    Hacia un canon de la narrativa mexicana por Felipe Oliver

    Sumándose a la batahola del Bicentenario, a finales del año pasado El Colegio de México publicó una interesante antología crítica titulada Doscientos años de narrativa mexicana. Se trata de dos tomos editados por Rafael Olea Franco, enfocados a los siglos XIX y XX, y cuyo propósito expreso consiste en “ofrecer visiones generales sobre algunos de los escritores que, en el ámbito narrativo, han marcado varias de las tendencias más trascendentes en nuestros dos siglos como nación independiente”. read more

  • El sueño del celta de Mario Vargas Llosa

    De la realidad a la ficción por Alexis Márquez Rodríguez

    I

    La publicación de El sueño del celta, la más reciente novela de Mario Vargas Llosa, coincidió con el otorgamiento a éste del Premio Nobel de Literatura. Feliz coincidencia.

    En esta novela Vargas Llosa recurre, una vez más, a la historia como fuente narrativa. Se trata, en efecto, de la biografía novelada de un personaje que no sólo es histórico, en razón de la importancia histórica de sus actuaciones en la vida real, sino que su vida fue, además, realmente novelesca.

    Roger Casement, el personaje central de la novela, fue un irlandés que vivió entre 1864 y 1916, cuando fue cumplida la sentencia de muerte a que había sido condenado por un tribunal británico, acusado, entre otras cosas, de traición a la patria, agravada por el hecho de haberla cometido en tiempo de guerra. En ese lapso relativamente corto de su vida Casement realizó una serie de actividades que, dado su carácter, bien pueden calificarse de hazañas. Éstas le reportaron un inmenso prestigio, dadas las dificultades para realizarlas y la importancia mundial de tales realizaciones, hasta propiciar que el gobierno inglés le hiciera un merecido reconocimiento, incluido el otorgamiento de un título de nobleza. No obstante lo cual, aquel prestigio ganado a lo largo de muchos años de labor, en especial en el campo diplomático, paradójicamente se vino abajo de modo aparatoso en dos o tres meses, hasta convertirlo en un ser furibundamente aborrecido y despreciado.

    Casement fue, en la vida real, autor, por encargo del gobierno inglés, de sendos informes sobre la vil explotación de los negros del Congo por la monarquía colonialista belga, y de los indígenas de la Amazonía peruana por las empresas extractoras de caucho, sometidos a un régimen vilmente esclavista, de una brutalidad y de una alevosía que aún hoy, a muchos años de los sucesos que narra la novela, enmarcados en las dos primeras décadas del siglo XX, causan indignación y estupor aun en los lectores más insensibles o indiferentes. Ambos informes tuvieron una repercusión mundial, y aunque no lograron su objetivo primordial de cambiar radicalmente las cosas, quedaron en todo caso como vibrantes denuncias del colonialismo.

    Un hecho en la vida de Casement, que en la novela cobra particular interés, es cómo aquellas experiencias produjeron en él un cambio absoluto de pensamiento y de acción, al despertar su conciencia acerca de las vilezas del colonialismo y convertirlo en un ardiente y radical combatiente por la independencia de su Irlanda natal, lo que lo llevó a enfrentarse valientemente con la Inglaterra imperial, a la cual, no obstante, había servido con ejemplar dedicación y pericia.

    Su amor a la patria irlandesa y su odio al colonialismo indujo a Casement a cometer un grave error: aliarse con Alemania contra Inglaterra, durante la Primera Guerra Mundial, convencido de que la derrota de la Gran Bretaña por Alemania era la vía más segura para la ansiada independencia de Irlanda. Esto dio origen a que, fracasados los planes militares que había concebido con los alemanes, fuese hecho prisionero por los ingleses, sometido a juicio por traición y condenado a morir en la horca.

    La manera como Vargas Llosa enfoca la vida y acción de Casement permite observar que, paralelamente con la denuncia por este de las atrocidades del colonialismo y de la explotación de los negros africanos y los indígenas del Perú, la misma novela se erige hoy día como una nueva denuncia de aquellos hechos, válida en tanto que, si bien la realidad actual no es idéntica a la que se muestra en la novela, de todos modos las circunstancias no han variado radicalmente, y aún se practican métodos de explotación cercanos a la más abominable esclavitud.

    No menos importante es el hecho de que esta novela contiene un inquietante muestrario de la perversidad de que es capaz el ser humano. Paralelamente se da también en ella un testimonio de la lucha del hombre por la libertad, y de cómo es­ta alcanza, como dijera José Carlos Mariátegui, el valor de uno de los grandes y eternos mitos universales.

    II

    El sueño del celta no ofrece mayores aportaciones novedosas al arte de novelar. Su estructura novelística podría decirse que corresponde a lo que hoy ya es rutinario en ese punto. Uno de sus mayores atractivos está en el juicioso manejo de los planos temporales, dentro de una concepción y una técnica puestas en práctica principalmente por los narradores del boom, uno de los cuales, y de los más conspicuos, es precisamente Vargas Llosa.

    La novela, en efecto, se va desarrollando, mediante la técnica de la alternancia o del contrapunto, entre lo que podría ver­se como la actualidad para el narrador, y el pasado correspondiente a diversos momentos en la vida del protagonista.

    En un primer plano narrativo se va mostrando sucesivamente lo que es la vida del personaje en la prisión donde aguarda, simultáneamente, el momento de la ejecución de la sentencia a muerte y el resultado de su solicitud de indulto o conmutación de la sentencia. Curiosamente, el mayor dramatismo en la vida del personaje en esta parte de la novela no está, como pareciera lógico, en la espera angustiosa de la muerte que se presiente segura y a plazo fijo, sino en la expectativa ante la solicitud de clemencia. Ésta había contado con el respaldo de numerosas personalidades de todo el mundo, entre ellas George Bernard Shaw, y hasta el presidente Wilson, de los Estados Unidos, había prometido interceder ante el gobierno británico, sin que, por cierto, quede claro en la novela si cumplió o no su promesa.

    Los episodios de este primer plano narrativo se van alternando con los correspondientes al pasado del protagonista, su viaje tempranero, como simple aventura, al África; su presencia, sobre todo, en el Congo colonizado por los belgas, encargado por el gobierno británico de levantar un informe sobre las atrocidades a que eran sometidos los nativos congoleses por los enviados de la monarquía belga, bajo el reinado de Leopoldo II, quien pretendía justificar su presencia en la colonia africana con el pretexto de que se trataba de llevar la civilización a aquellos pueblos primitivos, cuando en realidad se trataba de la explotación, en mucho irracional, del látex que abundaba en los árboles de la selva congoleña.

    Lo mismo ocurre con el viaje de Casement a la Amazonía peruana, de nuevo con el encargo del gobierno inglés de un informe sobre el trato ignominioso que los caucheros de la compañía del siniestro Julio C. Arana le daban a los indígenas.

    III

    Particular interés tiene en esta novela la maestría con que Vargas Llosa describe sus personajes. Por ser una novela histórica, sus actantes no son creados o inventados por el novelista, sino sacados de la realidad histórica, correspondiente al lapso que corre de 1903 a 1916. Sin embar­go, una vez más se pone en evidencia que, cuando se trata de novelas de alto nivel cualitativo, una cosa son las personas reales que sirven de referentes de los personajes novelescos, y otra cosa son estos mismos.

    Es decir, los personajes de El sueño del celta, aunque responden con toda precisión a seres reales, son los personajes de Vargas Llosa. Su elaboración es extremadamente cuidadosa. Particularmente la del protagonista principal, Roger Casement. No hay duda de que la persona real de este despertó en el novelista, una vez descubierta por él a lo largo de sus investigaciones, primero una gran curiosidad, trascendida luego a un especial afecto. El novelista no disimula el atractivo que aquella persona y sus hazañas despiertan en él, al margen de su realidad, de sus virtudes y defectos. De suerte que al construir, sobre esa base real, su personaje novelesco, no puede menos que trasmitir al lector esa simpatía por éste.

    Tal simpatía por el personaje se mantiene aun hasta el final, cuando la imagen del admirado héroe, del esforzado irlandés que realiza la vibrante denuncia de las atrocidades del colonialismo, cae en el extremo opuesto, y se trasmuta en un sujeto odiado y escarnecido por todo el mundo, acusado de uno de los delitos más repugnantes como es el de traición a la patria —aunque irlandés de nacimiento, Casement era ciudadano británico, en virtud de ser entonces Irlanda colonia inglesa—, agravado por la condición de homosexual, ejercida, aparentemente, con cierto grado de depravación, siendo que en Irlanda, y en general en Inglaterra, tal conducta despertaba un rechazo virulento, y sobre todo en una época en que la homosexualidad padecía en el mundo entero un atroz desprestigio. Todo ello agravado aun por el hecho de que Casement no hacía nada por disimular su condición homosexual, y aun podría verse en él cierta tendencia a hacer alarde de ello.

    IV

    El sueño del celta se inscribe, como novela, dentro del concepto de lo real maravilloso que Alejo Carpentier definió con gran precisión. No hay en ella, ciertamente, nada fantasioso o inventado por el novelista. Éste se ciñó en todo momento a la veracidad de los hechos, reconstruidos minuciosamente por él a través de una rigurosa investigación, que le llevó largo tiempo. Y como se trata de hechos de por sí maravillosos, en tanto que insólitos, narrados, además, con una técnica y un lenguaje adecuados, resulta de todo ello una narra­ción singular, en que el lector, aun a sabiendas de que se trata de sucesos históricamente veraces, tiene la certeza de que aquello que lee no es un libro de historia, sino una novela, y por tanto una obra de ficción.

    Esto me lleva a un planteamiento que he hecho otras veces acerca de la necesidad de redefinir el concepto de ficción literaria. Ya ésta no sería sólo producto de la invención del narrador, sino que habría una ficción que podríamos llamar estilística, es decir, una ficción que, más que provenir de la invención de hechos y personajes, se basa más bien en la manera de narrar tales hechos, de modo que, sin perder estos, ni los personajes, su empaque veraz, produzcan, no obstante, en el lector el efecto que produce la lectura de una narración literaria en la cual predomine la invención o la fantasía del narrador.

    Uno de los mayores méritos de esta novela radica en que, no obstante que narra hechos realmente ocurridos, y cuyo desenlace es de antemano conocido, o al menos presentido por la mayoría de los lectores, el autor logra mantener en ellos el suspen­so durante toda la narración.

    V

    Podría decirse que, de las diecinueve novelas escritas y publicadas por Mario Vargas Llosa, ésta es la menos novelesca. No es una paradoja. Sin dejar de ser novela, El sueño del celta, en la misma línea de La guerra del fin del mundo y de La fiesta del Chivo, también de Vargas Llosa, muestra una marcada influencia del periodismo, que él ha ejercido paralelamente con su oficio de novelista. No sería aventurado sugerir que esta novela pareciera más un gran reportaje periodístico en que se narra la vida de una persona famosa. En ella la minuciosidad en las descripciones de personajes y de lugares, o en la narración de determinados episodios, así como la inserción frecuente de pasajes en los que el narrador emite opiniones o interpretaciones de los hechos, parecieran más atribuibles a la pretensión de objetividad de un periodista que a la subjetividad literaria de un novelista. Igual ocurre con el “Epílogo” con que Vargas Llosa cierra la novela, en el cual, prescindiendo de todo propósito literario, registra una serie de datos acerca de la vida real de Roger Casement. La detallada investigación, que el novelista realizó para documentarse antes de escribir su novela, con observación in situ de los lugares de África e Hispanoamérica en que ocurrieron los sucesos que dan cuerpo a la novela, fue una investigación típicamente periodística.

    Pero, como lo escribí antes, el lector siente que se trata de una novela, y no de un texto periodístico. Ello se debe a que, aun cuando el autor usa abundantemente recursos periodísticos, al mismo tiempo da a los sucesos narrados y a los personajes un tratamiento novelesco. De ahí que, como también ya lo he señalado, los personajes, por ejemplo, todos absolutamente veraces, cuando actúan en la novela dejan de ser las personas que en la vida real les sirven de referentes, y pasan a ser los personajes de Vargas Llosa. Trasmutación vedada al periodismo, pues éste no puede despojar a los personajes ni a los sucesos narrados de su auténtica catadura, mientras que la novela, para ser tal, tiene necesariamente que dejar a un lado aquella objetividad real y asumir una subjetividad estética.

    Cabe decir también que es ésta la primera novela de Vargas Llosa en que éste descuida, hasta cierto punto y por decirlo de algún modo, el lenguaje. Las novelas de Vargas Llosa siempre se han caracterizado, entre otras cosas, por la perfección formal, en que el lenguaje alcanza un notable grado de atildamiento. En El sueño del celta pareciera percibirse lo contrario, pues sin dejar de ser un texto muy bien escrito, en ciertos momentos se echa de menos aquella perfección lingüística. Quizás en este caso estemos frente al hecho de que Vargas Llosa, al escribir esta novela, se atuvo, conscientemente o no, a su veteranía como narrador, y dejó plena libertad a su escritura.

    En fin, El sueño del celta no es la mejor novela de Mario Vargas Llosa. Pero es una excelente novela.

     


    Mario Vargas Llosa, El sueño del celta, Alfaguara, México, 2010, 456 p.


    Escrito por Alexis Márquez Rodríguez

    Alexis Márquez Rodríguez nació en Sabaneta, Estado Barinas, Venezuela el 12 de abril de 1931. Es un escritor, abogado, ensayista y profesor universitario. Ha publicado más de 25 libros sobre teoría y crítica literaria, así como numerosos ensayos en varias revistas especializadas de diversos países americanos y europeos.

     

     

     

  • Alabanza de amor. Antología en versos más o menos libres y en prosas casi profanas

    Ingobernable poeta por Blanca Luz Pulido.

    Cuenta Vicente Quirarte en el prólogo de Alabanza de amor algunas anécdotas, ideas y fabulaciones que caracterizaban las clases de este entrañable poeta y querido ami­go, allá por los años setenta, cuando recién llegó de Chile y se convirtió en profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Unam. Las clases de Hernán, a las que también me apunté apenas pude, que ganaron muy pronto fama de ser únicas, me ayudaron a leer a los autores latinoamericanos del boom como nunca antes. La ironía apasionada, la duda excéntrica, la sonrisa y el placer de la lectura y el descubrimiento en vez de la seca erudición planeaban por las clases, que más que clases eran talleres, provocaciones, invitaciones a sumergirse de una manera otra en la literatura, convertida en goce tanto de la inteligencia como de los sentidos. La Rayuela de Cortázar, por ejemplo, nos reveló algunos de sus misterios y laberintos, a los que nos asomábamos tomados de la mano de Hernán, protectora aunque discreta, a la vez irónica, divertida y sagaz, como si fuera un sacerdote profano iniciándonos en un mágico ritual, el de la lectura atenta, detonadora de hallazgos que tal vez un día, con suerte, podríamos incorporar a nuestros textos, si acaso corríamos el riesgo de volvernos escribientes, nuevos oficiantes de los asombros que muchos de nosotros descubrimos por primera vez en las páginas de los autores que íbamos leyendo durante el curso.

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