Poemas

  • Catedral

    Una mujer ha parido un sol;
    la ciudad se levanta con un grito de sangre,
    un himno de guerreros muertos,
    una voz de comerciantes en la plaza;
    de lo alto del templo, al mediodía,
    un sacerdote entrega el incienso
    y danza con la piel de la doncella sacrificada;
    las muchachas preparan los tejidos y las flores
    y la lluvia se resquebraja como una olla de barro;
    la ciudad brilla, tiembla, se derrama
    (viajo hacia el final de la tierra,
    donde los autos pasan
    con su ráfaga de aire),
    es un estallido de cadáveres y polvo,
    flechas, caballos, armaduras:
    todos los dioses la han abandonado;
    la ciudad se levanta sobre piedras, claustros,
    conventos, monasterios de esquina en esquina
    (cae la tarde en Tepotzotlán);
    el virrey sale al balcón de su palacio
    y las mujeres caminan por la plaza
    cuando llegan las fiestas de la Virgen
    (viajo de vuelta
    para contemplar
    la muerte de los dioses);
    la noche es un misterioso gigante
    que murmura y canta,
    un cuarto de hotel vacío
    (voy por las salas de un museo,
    por los pasillos de una galería deshabitada),
    estallido de cohetes y cornetas,
    baile de máscaras en los parques
    (observo vasijas, cajetes,
    cristos, pelucas, casacas, pasamanerías);
    la noche es una carcajada,
    retablo convertido en alameda
    (naves de una catedral que nunca,
    hasta hoy, había visitado);
    la ciudad es una luz de neón:
    danzamos con la doncella que será sacrificada por la mañana.
    por la mañana.


     

    Arte de Lulú Gíl

    Escrito por: Héctor Miguel Sánchez Rodríguez | Blog

  • Rosario

    El recuerdo vivo de la tierra
    aún llueve sobre mí como una marejada,
    reina de los mares,
    diosa de los vientos;
    una tarde, sobre la avenida,
    vi a una mujer vestida de noche
    (…las casas del pueblo se apagan a las ocho
    y el olor de las panaderías
    perdura aún entre las iglesias…);
    tu vientre es la casa vacía,
    espacio de la locura,
    recinto de los enamorados
    (…los días en Naolinco, los días en Perote,
    Tlapacoyan, Teziutlán, Martínez de la Torre…);
    la historia, en su trono de estrellas,
    se ha sentado a escuchar al tiempo
    que pasa ya de distinta manera,
    Dios se reconcilia con el Diablo
    y el reloj se detiene, de pronto,
    en su miseria infinita;
    habría deseado casarme contigo,
    y tener una casa, un gato, tres hijos,
    pero vino la muerte muy temprano:
    espejo de sabiduría,
    virgen de la tierra;
    cuando niño, cada verano íbamos a la playa
    (…Jalcomulco, Carrizal, Molino de agua…)
    y juntos rezábamos el rosario:
    torre de marfil,
    refugio de los desamparados
    (…Jalapa, Coatepec, Las Vigas, Cruz Blanca…);
    viajamos a Puebla una tarde de verano,
    a ti: hermosa como un campo de girasoles,
    distante como el suave olor de la contingencia
    (… los años que no viví ni viviré contigo…);
    me sangras con el dolor de un recuerdo vivo,
    entraña ardiente, herida mal cicatrizada;
    te aguardo con la ansiedad de un hijo desterrado:
    templo de la noche,
    imagen de la luna,
    espejo vivo de la tierra
    (…ruega por nosotros).


    Arte de Lulú Gíl

    Escrito por: Héctor Miguel Sánchez Rodríguez | Blog

  • Just for the record

    Nunca he debido preguntarme
    cómo ―en la práctica― llegaron
    los astronautas a la luna,
    las vueltas a la tuerca,
    Dios al octavo día.

    Siempre mis dudas fueron otras.

    Comenzando por hoy en la mañana,
    siempre ―que significa casi siempre―
    me han urgido cuestiones de otra índole,
    como qué da sosiego a los imanes,
    por qué nos duele que se rompa un vaso,
    cuándo la noche se hace madrugada,
    qué hay tan incómodo en los tres
    pies del gato, cuándo la madrugada

    también es la mañana,
    cómo ―en la práctica― llegaron
    los pájaros al pico,
    la serpiente al veneno,
    el oro a la moneda fraccionaria,
    las fortunas al índice de Forbes
    y otras dudas acaso menos tontas
    pero que, por pudor, mejor se olvidan.

    El recorrido de las ideas

  • A la espera

    Por ahora
    no estoy muriéndome.

    No estoy cantando
    ni despidiéndome de nadie
    ni llorando por gracias o de nada
    ni compartiendo el pan o el vino
    por ahora.

    Ya sé que no tengo razón,
    que le pido al serrucho
    que haga un árbol con trozos de madera
    y al martillo, en silencio, que acaricie.

    Pero en dónde, como no sea en la sombra,
    puedo siquiera buscar luz
    o nada más buscar
    y encontrar, por ahora, lo que sea.

    Estoy a la espera de señales
    claras, explícitas, rotundas
    en el tiempo, en el agua, en una nube
    o en los asientos del café:

    señales que desmientan
    que, hasta la fecha, nada
    quiere decir ni ha dicho nunca nada.

    Los extraños escondites de la pasión

  • De la nada

    Apareces,
    te asomas de la nada,
    y el sol, tras la tormenta,
    parece respaldarte como un cómplice.

    Yo pienso de inmediato en otros tiempos:
    recuerdo con ternura
    la mirada inicial de aquel otoño
    y desempolvo aromas, paisajes, ocurrencias
    y charlas animadas —dijera el novelista.

    Hoy, lo que son las cosas,
    paso a tu lado sin mirarte,
    cuidándome, ya que no el corazón,
    sí ―no me culpes―
    la bolsa del dinero.

    Tortuga 2009