Ensayo

  • Ramón López Velarde: poeta del sol y la sombra

    Por Renato Leduc

    Un día —no recuerdo ya si claro o brumoso—, un día del melancólico mes de noviembre del año 1921, los personajes más eminentes de la vieja Universidad de México vistieron traje de luto para acompañar al cementerio los despojos de un joven catedrático de entre ellos que acababa de morir, angustiosamente, en el seno de la santa madre iglesia.

    El catedrático difunto, que en vida se llamó Ramón López Velarde, había nacido treinta y tres años antes —en 1888— en el corazón de la República Mexicana, en un pueblecito del Estado de Zacatecas, llamado Jerez, famoso en todos aquellos contornos por la opulencia de sus rosales y por la hermosura cándida y fuerte de sus mujeres.

    El catedrático difunto había nacido y había crecido en la paz, mitad campesina, mitad pequeño-burguesa de que disfrutaba en México la clase media provinciana de fines del siglo pasado y principios del presente.

    Hijo de una familia honesta, católica y tradicionalista; robusto de cuerpo y limpio y, en apariencia, un tanto simple de espíritu —en alguno de sus poemas declara que era entonces “un seminarista sin rima y sin olfato…”; robusto de cuerpo y limpio de corazón, Ramón López Velarde llegó a la adolescencia con el alma henchida ya por los gérmenes que más tarde, fermentando, habían de dar tan peculiar aroma a su poesía; llegó a la pubertad con el alma henchida de insondables dudas metafísicas y de graves crepúsculos cuaresmales y con la carne atenazada por impetuosas urgencias varoniles.

    “Eres un lampo —dice a una de sus amadas imaginarias—, eres un lampo ante las fauces lóbregas de mi apetito”. Y luego, más concretamente: “Era rapaz —y Agueda que tejía— mansa y perseverante en el sonoro corredor, me causaba- calosfríos ignotos -(Creo que hasta le debo la costumbre -heroicamente insana de hablar solo)…

    Y el pobre adolescente, como por lo demás todos los pobres adolescentes de su época, tenía, en efecto, que conformarse con hablar solo o cuando más, con las piedras de la calle, porque la vida del México de aquellos días y, sobre todo , la vida de la provincia mexicana de aquellos días, estrecha, mojigata y asustadiza, no le ofrecía ni podía ofrecerle la amable medicina que, por lo común, calma el género de ardor que padecen los adolescentes; pues sin la aquiescencia parroquial, sin el matrimonio —albur audaz— las decantadas doncellas provincianas, aquellas vírgenes hoscas y suaves, detentoras de “sexos como sañudos escorpiones” eran punto menos que inexpugnable para los jóvenes coetáneos de López Velarde.

    Pero mientras la generalidad de sus jóvenes coetáneos, de extracción ordinaria, encontraban con más o menos facilidad el sucedáneo de la medicina susodicha en el alcohol, en el matrimonio prematuro, en la carambola a tres bandas o en los sórdidos lupanares del lugar, la sensibilidad mórbida de Ramón, refrenada por una incurable timidez y por un gratuito sentido de culpabilidad ante el simple deseo, destilaba ya las estrofas quejumbrosas de La sangre devota, su primer libro: “Ser una casta pequeñez…”

     

    O bien:

    Imaginas acaso

    mi amargura impotente…?

    O la suplicante Epístola a su inolvidable Fuensanta:

    Yo no sé si estoy triste por el alma

    de mis fieles difuntos

    o porque nuestros mustios corazones

    nunca estarán sobre la tierra juntos…

    O el melancólico frenesí de:

    Y pensar que pudimos

    enlazar nuestras manos

    (…)

    y pensar que pudimos

    en una onda secreta

    de embriaguez, deslizarnos

    valsando un vals sin fin por el planeta.

     

    Podemos creer que el arte —y con el arte la poesía— es un don de la divinidad; podemos decir que es un resultado o producto de fuerzas físicas, fisiológicas, psicológicas, sociales, económicas o, incluso, metereológicas; podemos afirmar que la poesía es o debe ser la expresión de la razón pura o de la voluntad creadora o bien de los impulsos irreflexivos que bullen en la subconciencia. Puede uno tener sobre la poesía, como sobre todas las cosas de este mundo, una opinión modesta o pretenciosa, pero casi resulta obvio suponer que siendo la poesía una de tantas manifestaciones de la personalidad humana, debe estar, forzosamente tiene que estar influida, entre otras cosas, por las condiciones de vida del individuo, como —perdóneseme lo sobado del símil— la nota musical está condicionada, entre otras cosas, por la calidad del instrumento que la emite.

    Y tampoco cabe dudar que, en las voces que el instrumento hombre emite, tiene mucho que ver el funcionamiento normal o irregular de las vísceras, pues no reacciona lo mismo un hombre rebosante de salud que un hombre —poeta o no— que padece un dolor de muelas o que tiene el hígado congestionado.

    Ahora bien, resulta que en la primera década de este siglo en que, precisamente, Ramón López Velarde sufría los ineludibles ahogos de la pubertad, la vida de México estaba regida por la mano paternal y ya suficientemente callosa o encallecida del viejo dictador Porfirio Díaz.

    El viejo dictador había sido héroe de las guerras de Intervención y Reforma, había militado bajo el presidente Juárez en las filas del Partido Liberal que es tanto como decir que el viejo dictador era, si no precisamente enemigo personal de dios, sí, por lo menos, enemigo jurado de los ministros de dios sobre la Tierra.

    Pero es de sabios —reza el refrán— cambiar de opinión y tal vez por eso los dictadores de la América Española han manifestado siempre una pasmosa facilidad para mudar de convicciones o, como dice gráficamente el pueblo de México, para voltear chaqueta.

    Por otra parte, los dictadores de la América Española tienen, por lo común, un lado flaco: las mujeres o, si ustedes prefieren, la mujer, que a veces, cuando le da por colaborar con ellos, les resulta mujer fatal. (Parece que el ochenta por ciento de la incontestable fuerza política de Hitler le viene de que en sus decisiones nada tienen que ver las señoras.)

    Y así fue como por alguna de las dos razones apuntadas —señoras, cambio de chaqueta—, o por ambas a la vez, el antiguo perseguidor de curas permitió que en las postrimerías de su gobierno los curas, abierta o solapadamente, dirigieran las conciencias de los mexicanos.

    Y como el clero católico conoce, desde mucho tiempo antes que el doctor Goebels, los frutos que se recogen de una propaganda eficaz y no desaprovecha en un ápice las oportunidades que se le ofrecen, con la amable complicidad de las distinguidas damas del régimen, aprovechó admirablemente su posición para sembrar, en las ingenuas conciencias que le estaban confiadas, un santo horror al pecado, advirtiendo que el pecado en aquellos días iba desde mirar al soslayo a una mujer hasta murmurar del gobierno y sus satélites.

    Y como, además, por aquellos días no se habían descubierto aun las maravillosas propiedades terapéuticas de los arsenicales, el alma cándida y temerosa de los jóvenes católicos de la época oscilaba como un péndulo entre el susodicho santo horror al pecado y al infierno y el horror, no menos santo pero mucho más concreto, a la sífilis y al hospital.

    De manera es que conforme aquel adolescente salido del Seminario y nutrido de Biblia y Teología —Ramón López Velarde fue, parece, un estudiante de teología fracasado— se iba haciendo hombre; conforme aquel adolescente que llevaba “un encono de hormigas en las venas voraces” iba acrecentando su “experiencia licenciosa y fúnebre” el conflicto entre su “sangre briosa” y su “conciencia mojada por el hisopo” se iba haciendo más y más dramático y el deseo poderoso pero refrenado o mal satisfecho, le iba volviendo la voz más ronca, más opaca y más entrecortada y desde entonces sus poemas trascienden un erotismo fúnebre, a veces macabro, gemelo del de Baudelaire; y si no, oídlo:

     

    No soy más que una nave de parroquia en penuria,

    nave en que se celebran eternos funerales…

     

    Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma

    de todos los voraces ayunos pordioseros…

    prosigue descubriendo mi pupila famélica

    más panes y más lindas mujeres.

     

    Mi única virtud es sentirme desollado

    en el templo y en Lacalle, en la alcoba y en el prado.

     

    Para volar a ti le dio su vuelo

    el Espíritu Santo a mi esqueleto…

     

    Y así por el estilo, como un camposanto, toda su poesía está sembrada de estas cruces y estelas funerarias. Toda su poesía está iluminada por la luz cenicienta de los relámpagos que produce el choque continuo de las electricidades contrarias que sacudían dolorosamente a este espíritu raro y tenebroso.

    Xavier Villaurrutia, el más atento de sus comentadores y el que indudablemente lo ha entendido mejor, dice de López Velarde: “Bien pronto se dio cuenta de que en su mundo interior se abrazaban en una lucha incesante, en un conflicto evidente, dos vidas enemigas y con ellas, dos aspiraciones extremas que imantándolo con igual fuerza lo ponían fuera de sí. Con una lucidez magnífica comprendió que su vida eran dos vidas. Y esta aguda conciencia, ante la fuerza misma de las vidas opuestas que dentro de él se agitaban, fue lo bastante clara para dejarlas convivir y, por fortuna, no lo llevó a la mutilación de una de ellas a fin de lograr, como lo hizo Amado Nervo, una coherencia simplista y, al fin de cuentas, una serenidad vacía.”

  • Renato Leduc y la huella de López Velarde

    Por Juan Leyva

    Mito y verdad, vida y obra convirtieron a Leduc en un icono de humor, leyenda, transgresión y desfachatez que asustaba a incautos y pudibundos, y complacía a aquellos que sabían apreciar la ruptura de límites gastada por un hombre longilíneo, desfajado y rejoneador impermeable al patetismo. Desde sus recorridos con las tropas de la Revolución hasta su itinerario como miembro de una asociación mundial de periodistas; desde su experiencia del arrabal hasta la del palacio; desde sus vínculos con obreros y campesinos hasta su amistad con Lara, Frida Kahlo o el torero “Dominguín”, no dejaba de sorprenderle la admiración de la multitud por su obra ni de entusiasmarle el ejercicio de la provocación (incluso a costa de la poesía), ya fuera por medio de la risa, la altisonancia o la crítica al poder instituido. Por eso, un poco antes de morir se sorprendía ante Monsiváis: “no sé qué carajos hago en el Olimpo”.

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  • Literatura disfrazada de imposibilidad, y viceversa

    Por Gabriel Wolfson Y Octavio Moreno Cabrera

    Con sus dos primeras plaquettes, Vida quieta y Una temporada en el Mictlán, Luis Felipe Fabre se presentó en el escenario literario mexicano con una propuesta que distaba del debut que se hace perdonar la vida por su juventud o inexperiencia. En ellos aparecía ya lo que su producción siguiente iba a confirmar y potenciar: una galería de personajes travestidos que transitan por las fronteras del género literario, político y sexual, monstruos que son fruto de una maquinaria de interpretación y actualización con la que el autor hace suyo el principio deleuziano de la “fecundación estéril” al restaurar tradiciones tan dispares como la canción ranchera o la poesía trovadoresca, la dicción académica o los murmullos rulfianos.

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  • Heredar a Eliseo Diego

    Por: ELIZABETH MIRABAL Y CARLOS VELAZCO

    Para que Fefé y Lichi (y quizás Rapi) no se olviden de nosotros

    “No hay memoria de lo que precedió, ni de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.” Contra esta sentencia del Eclesiastés quiso rebelarse a lo largo de su vida Eliseo Diego, y la prueba de su propósito nos queda en una obra sembrada de paradojas. ¿Por qué alguien a quien le preocupaba sobrevivir de maneras más perdurables que en el recuerdo, nos hacía, a decir de su hijo Rapi, “disfrutar el mundo como si acabase de salir de la fábrica y oliera a nuevo”? ¿Cómo la persona consciente de un esplendor presto a ser descubierto a su alrededor, padecía un exterior que lo desconsolaba?

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  • Bibliotecas propias y ajenas de Adolfo Castañón

    A lo largo de mis más de veinte mil días, me ha tocado ser custodio o propietario de algunos libros. Los he comprado y recibido. Los he regalado o donado.

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  • La voz agónica de la Revolución por Enrique Serna

    Los movimientos culturales siempre van a la zaga de los estallidos sociales, porque hace falta una distancia temporal para calibrar su importancia histórica. La literatura de la Revolución dio sus mejores frutos a mediados del siglo XX, cuando Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog ya daban por muerto el impulso libertario y justiciero de 1910. Su diagnóstico fue acertado, pues el apogeo de la corrupción en el sexenio de Miguel Alemán puso en marcha un proceso degenerativo que tocó fondo en el último tercio del siglo XX, cuando los gobiernos de Díaz Ordaz, Echeverría, López Portillo y Salinas de Gortari reprimieron salvajemente a la población y llevaron el país a la bancarrota. Los estertores de la dictadura del PRI han vacunado a varias generaciones contra la retórica de los logros revolucionarios, de manera que en la actualidad una importante corriente de opinión condena la Revolución en bloque y considera que no dejó nada bueno para el país. Pero al menos en el campo de la narrativa sí tuvo un efecto positivo, pues gracias a ella un pueblo tradicionalmente sumiso, condenado a la inexistencia, adquirió una fuerte personalidad literaria, aunque los encargados de modular y decantar el lenguaje de la tribu, el español rudimentario de los campesinos alzados en armas, hayan puesto en su boca una crítica acerba de la gesta social traicionada.

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  • Para una literatura comprometida de Ignacio M. Sánchez Prado

    I

    En un no tan reciente viaje académico a los Estados Unidos, tuve la oportunidad de leer uno de los peores libros de mi vida: Pequeñas infamias, de Carmen Posadas. Esta novela, ganadora en 1998 del siempre dudoso Premio Planeta, se encontraba entre las seis lecturas de un curso de novela española del siglo XX, al lado de Cela, Luis Martín Santos, Ramón Sender, Delibes y Juan Benet. La irrupción de este libro en un catálogo en el que a todas luces desentonaba se debió que respondía a tres necesidades del curso: la lectura de una mujer, la ejemplificación de la literatura española reciente y la posibilidad de que el texto se pudiera adquirir sin problemas en los Estados Unidos. Por lo tanto, Carmen Posadas mataba tres pájaros de un tiro.

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  • Herta Müller: `El faisán rumano ha estado siempre más cerca de mí que el faisán alemán´

     

    Escrito por Carlos A. Aguilera – Traducción de Jorge A. Pomar

    Con una boquilla color nácar, un abrigo de piel de conejo y una línea negra gruesa alrededor de todo el ojo aparece Herta Müller (Rumanía, 1953) en la puerta de la Literaturhaus de Berlin. Sus gestos, su ironía, su acento, delatan a esa persona que confiesa sentirse sobre todo rumana, “rumana antes que alemana”, aunque su idioma literario y materno sea el alemán, y que ha ganado algunos de los premios literarios más importantes que se conceden ahora mismo en Europa. Frau Müller —como invariablemente le digo— estudió Filología Germánica y Románica en la Universidad de Timisoara y, por su actividad política contra el gobierno de Ceaucescu en los años ochenta, fue elegida Representante de la Minoría Suaba en Rumanía, razón por la que tuvo que abandonar el país. De esto y de sus libros (algunos ya traducidos al español), de política y literatura, le digo, es que me gustaría preguntarle. Hace un gesto afirmativo con la cabeza y me sugiere hagamos primero el pedido. Empiezo a contar las mesas, a mirar hacia la ventana, a pensar en las nubes, la arquitectura, la gente. Aparece definitivamente el camarero. Café? Frau Müller levanta uno de sus dedos largos y blancos. Café, responde. Café, respondo, e incrusto la grabadora en medio de nosotros. Sonrío.

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  • Diarios, 1946-1949

    Julien Green (1900-1998), ciudadano norteamericano, vivió la mayor parte de su vida en Francia y, aun cuando escribió también en inglés, es considerado, bajo el nombre de Julien Green, uno de los mejores escritores franceses del siglo XX. Entre sus obras, sus diarios constituyen una parte sumamente importante de las mismas. Comenzó a escribirlos desde muy joven y casi hasta el final de su vida. En total doce tomos. Hemos hecho una selección del tomo que corresponde a los años 1946-1949, justo el que escribió al regresar a Francia una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, la cual pasó en los EU. El lector encontrará que las entradas del diario aparecen algunas veces inmediatamente después de la fecha y otras están precedidas por un “balazo” (l). Esto se debe a que, en el primer caso, el fragmento seleccionado inicia la entrada del día respectivo, y en el segundo está entresacado de los apuntes del día que no hemos recogido en su totalidad por falta de espacio, y porque nos han parecido menos interesantes para el lector en español del siglo XXI.

    Traducción y notas de Armando Pinto

    1946

    14 de enero

    l Un diario es una larga carta que el autor se escribe a sí mismo, lo más sorprendente es que se da a sí mismo sus propias noticias.

    8 de febrero. Traduje un poema breve de Donne, otro de Herbert y un tercero de Hopkins. Releí una parte de mi Malfaiteur lamentándome de no haberlo publicado jamás; hay un capítulo en ese libro que aún me parece bueno.

    26 de febrero. Ayer en la noche, un poco antes de acostarme, saqué de mi secreter un sobre lleno de papeles a los que me había aferrado a un grado apenas concebible si lo contase. Sabía bien lo que quería hacer, pero durante un buen cuarto de hora me quedé cerca de la estufa con el sobre en las rodillas. Por fin, abrí la estufa y lo deslicé al fuego.

    22 de mayo. Visita a Gide. Me recibió como de costumbre en su biblioteca, en un rincón cerca de la ventana, sentado en la pequeña mesa de madera pulida. Su cráneo está a medias cubierto por la boina negra a la que es afecto. Me habló de su viaje a Egipto y a Líbano… Un poco después llegó Jef Last, un muchacho alto, holandés, de ojos claros. Hablamos de Browning, quien les gusta a los dos, y de la forma en que yo pronuncio el nombre de Hopkins, me sorprendió que no lo conocieran, que nunca hubieran oído hablar de él. La conversación indecisa rozaba un tema y otro. En cierto momento, Jef Last citó a Rilke y dijo, dirigiéndose a Gide: “Él cree, como tú, que son los hombres los que han creado a Dios” (en ese instante pensé en el “Dios será” de Renan). Él, con cierta vivacidad, negó haber tomado algo de Rilke. Un poco antes de la llegada de Jef Last le había dicho que Mencken, en su diccionario de citas, atribuía a Verlaine en su lecho de muerte el dicho: “¡Victor Hugo, qué desgracia!” “Es una respuesta que yo di hace mucho y que tal vez no hubiera sido recordada si Remy (él pronunciaba Reumy) de Gourmont no la hubiera citado diciendo que resumía todo. Y es ‘¡Hugo, qué desgracia!’, que no es lo mismo (resoplido de impaciencia). Además no es algo que Verlaine hubiera dicho. Verlaine apreciaba mucho a Lamartine…” Todavía en presencia de Last, me habló larga y, me pareció, afectuosamente. A propósito de Mark Rutherford, me dijo que Bennett lo había hecho leer ese libro admirable y totalmente desconocido en Francia.

    19 de junio. Domingo, al Français para ver Esther. Siempre he preferido leer a Racine que verlo interpretado, pues por más dotados que sean los actores me parece que se quedan un poco por debajo de lo que, por el texto, se podría esperar. Se trata tal vez de una música muy difícil de cantar de forma exacta. Sólo la voz y entonación de Yonnel me pareció que le daba el tono que requería.

    9 de julio. Hay en mí una tendencia a desconfiar de todo lo que escribo, sea una carta o una novela. Esta tendencia es la causa de que jamás continuara Les pays lointains, uno de cuyos fragmentos apareció en uno de los volúmenes de mi diario. En las horas de desánimo por las que atravieso actualmente, me agarro a la idea de que mi novela pueda ser mejor de lo que creo. Otra tendencia aún más misteriosa es la que me empuja a comprometer el éxito de lo que emprendo. Por razones que no alcanzo a descubrir, pero que pueden ser de origen religioso, le tengo desconfianza al éxito. Cuando vi que Léviathan era mejor recibido que mis otros libros, hice a propósito una novela en la que no pasaba nada y que no podía tener éxito: Epaves. ¿Por qué? No lo sé. El fracaso de Epaves me hizo muy sensible. Me hicieron falta años para comprender que, de todos mis libros, ése era el más difícil de escribir y en el que más había reflexionado. Como sea, era necesario escribirlo si quería pasar al siguiente.

    11 de julio. Alguien me dijo: “Hay un artículo sobre ti en tal diario.” Compré el diario, encontré el artículo y la primera frase me disgustó. Había una alcantarilla cerca. Deslicé suavemente el diario como si lo metiera en el buzón. No fue del todo un gesto de mal humor. Por el contrario, quise detener de golpe cualquier acceso de mal humor.

    15 de julio. R. me pregunta si leí un artículo que alguien escribió sobre mí en tal diario. Era el del otro día. Le respondí que había leído la primera frase. “Deberías leerlo hasta el final. Es excelente.” La verdad me obliga a decir que es totalmente cierto. No puede uno escribir con mucho tacto sobre temas difíciles. Envié por la tarde una carta al autor, quien ignorará siempre la primera impresión que tuve de su artículo.

    21 de julio. Leí a Auden, primero con admiración, después con cierta fatiga. Su extraordinaria facilidad de expresión provoca el efecto de alguien que siempre gana en la lotería. Hay algo que irrita y acaba por exasperar. Evidentemente está orgulloso de su agilidad verbal; dice todo lo que quiere sin balbucear jamás, incluso dice lo que tú piensas, lo que estás a punto de decir y de decirlo mucho menos bien que él. La emoción en él es rara pero exquisita (por ejemplo en el poema sobre los dos refugiados).

    22 de agosto. Trabajé esta mañana, como de costumbre, pero sin ánimos. ¿A quién le gustará este libro? Pensé que la única cosa de la que puedo enorgullecerme es jamás haber escrito una línea por dinero ni haber hecho la mínima reverencia para obtener un premio.

    27 de agosto. Releí el Narcisse de Valéry. Casi todo el tiempo pensé en Marlowe al leer estos versos deliciosos. ¡Qué no hubiera hecho él con un tema tan de acuerdo con su naturaleza! Me asombra que no lo haya intentado, ni Shakespeare, todavía más indicado tal vez, pues él hubiera podido llevar más lejos el refinamiento cerebral, el concepto.

    30 de agosto. Leí en Ovidio la historia de Eco y de Narciso. Ahí están estas palabras patéticas: sed tamen haeret amor. Conocía bien este pasaje, pero ahora me ha emocionado. Imposible recordar un tiempo en el que no hubiera estado enamorado, imposible concebir la vida sin el amor; desde la infancia hasta el momento en que escribo estas palabras ha estado ahí, dándole sentido a todo.

    15 de septiembre. “La brillante vanagloria de su peluca rubia”. Ese simpático verso de Molière. Y este otro: “En un pequeño rincón sombrío con mi negra pesadumbre…” Pero no puedo dejar de pensar que Le misanthrope pierde en escena. Alcestes es interpretado por un viejo hombre joven. Un verdadero hombre joven no sabría, no tendría la experiencia necesaria. Es exactamente el mismo problema que con Hamlet, al que vi interpretado, un poco someramente, por L. O. en Londres, en 1937. Un actor tan bueno no fue suficiente. En Les fourberies de Scapin, Denis d’Inès exagera a placer las desgracias de la edad y parece el decano de los ancianos. Cuando entra en escena, uno cree ver a Louis XI cubierto con un sombrero alto de una condición tal que podía haberlo encontrado en un bote de basura. Pero la tradición pide que con Molière los hijos tengan 20 años y los padres 90.

    1 de octubre. Pasé a ver a Gide al final del día. Le dije en sustancia: “Estoy lejos de compartir las opiniones que expresa en su Thésée, creo sin embargo que no hay nada suyo que me haya parecido más bello en relación a la forma.” Me dijo que escribió ese libro en dos meses y con alegría. La simplicidad con la que me habla me parece muy concreta y me permito decirle que el último monólogo de Thésée me ha dejado una sensación de melancolía porque no he podido dejar de verlo como una suerte de despedida comparable al de Prospero en La tempestad. “Por supuesto, me dice, es un adiós.” Sin embargo de inmediato agrega que podría escribir “aún otro libro” y pronuncia esas palabras con una especie de arrebato que le quita cuarenta años de encima. Enseguida se declara harto del mundo en el que vivimos y de la marea creciente de autoritarismo, que él aborrece. Un poco más tarde me confía que saldrá en enero. “¿Para Egipto? —Mucho más lejos. —¿Para América?” Me mira un instante. “Para Tahití”, responde por fin separando las sílabas de la palabra. “Y puede ser que ya no regrese.” Me habla de mi diario, donde “muchas cosas pasan en silencio”; le pregunto si se refiere a las cosas carnales. “Sí, ésas”, dice. “¿Pero, le pregunto, conoce usted un diario, uno solo, que se haya publicado y que no pase en silencio por esas cuestiones?”

    23 de octubre. “La belleza, ese don injusto…” ¿De quién son esas palabras? Pensé en eso el otro día, al ver un rostro cuyo poder sería terrible si la belleza no pasara, en general, desapercibida. Larvata prodeo, podríamos decir.

    3 de diciembre. Vi a Laurence Olivier en el Rey Lear. Me parece pleno de inteligencia y autoridad en ese papel que se le parece tan poco. Dijo O fool, I shall go mad de un modo y con una exaltación que se le oía muy lejos de la escena. Así de profundo era el silencio que había sabido lograr. Pero el lado melodramático de esta obra es mucho más evidente que en la lectura, y por desgracia la belleza práctica de ciertas escenas, como la de la tormenta, está muy disminuida por la óptica deformante del teatro. Me pregunto si Charles Lamb no tenía razón cuando desaconsejaba la representación de Shakespeare.

    l El domingo anterior, en el convento de Latour-Maubourg para escuchar a Camus. Había mucha gente y los dos salones del primer piso estaban llenos. Nos pusieron en la primera fila. Camus estaba sentado a dos metros, frente a nosotros, detrás de una pequeña mesa. Junto a él, el padre Maydieu vestido de blanco. En la pieza vecina, un dominico parado sobre la chimenea fumaba tranquilamente su pipa. Camus, visiblemente enfermo, habló, sin embargo, de una forma que me pareció muy conmovedora de lo que uno espera de los católicos en 1946. Es conmovedor a pesar de él, sin ninguna pretensión de elocuencia; es su honestidad lo que produce esa sensación. Habla con sencillez, rápidamente, con la ayuda de algunas notas. En su rostro un poco lívido, la mirada es triste, e igualmente triste su sonrisa. Al terminar la conferencia, el padre Maydieu me pregunta si tengo alguna cosa que decir, le hago señas de que no, no puedo responder sin tener antes algunos minutos para reflexionar. Ni Jean Wahl, ni Beuve-Méry, ni Pierre Leyris, ni Marcel Moré, todos presentes, tomaron la palabra. Algunos oyentes tomaron la palabra, pero tan mal que hubiera sido mejor que guardaran silencio. Uno de ellos, un revolucionario de mirada cándida, dice algo que a todos nos provoca un sobresalto: “Yo tengo la gracia, y usted, monsieur Camus, se lo digo con toda humildad, no la tiene.” La única respuesta de Camus es esa sonrisa de la que hablé hace poco, pero un poco más tarde dice: “Yo soy vuestro Agustín antes de la conversión. Me debato con el problema del mal y no logro salir.” Agustín, en efecto, pensamos en él frente a este latino de África del norte que busca descubrir cómo nos comportaremos en presencia de los vándalos. Otro oyente que lo ha escuchado con atención se levanta y dice: “Monsieur, no puedo decidir en cuarenta segundos la conducta que adoptaría si la iglesia fuera perseguida. Meditaría en eso toda mi vida.” “Monsieur —responde Camus—, tiene usted cinco años.”

    13 de diciembre. Regreso fatigado y desmoralizado de una reunión de hombres de letras. Una vez más constato hasta qué punto me siento ajeno a ellos.

    1947

    8 de enero. Cocteau desayuna con nosotros. La continuidad de su largo monólogo es admirable (no hablo de su inteligencia: ni qué decir tiene)… le hace falta un Boswell. A propósito del teatro, dice que siempre es curioso observar la sala, sobre todo en “el momento de la hipnosis” que llega tarde o temprano. Es el momento en que todo mundo está prendido, momento muy breve, “porque, en Francia, la sala siempre está vacía. Todo el mundo está en el escenario. Todo el mundo es la reina”. Sentimos ganas de aplaudir cuando habla así. Impresionados por lo que nos dice de “la conspiración del plural contra el singular” cuyos signos él ve por todas partes. Los extremistas le han dicho que su obra es insultante porque no se ajustaba a los modelos recibidos por ellos. “Tus libros son insultantes, me dice. Minuit es un libro insultante. (Me felicito por ello.) Nos habla de su mansión de Milly, la llamada mansión del bailli, y que él ya adora, nos dice que quiere que se le entierre en el jardín, “¡y que los perros vengan aquí a levantar su pata sobre mí si les place!” Habla con tristeza de la Francia que ve toda cambiada, de los jóvenes desdichados y sin ambición… de nuestros días no queda nada, cree que la santidad es un ideal valedero. Los monasterios han recibido lo que hay de mejor… Su pesimismo me impresiona. “Somos como aquellos que antes decían: “¡Ah, si hubieran conocido a Rachel!” Nosotros decimos: “¡Ah, si hubieran visto 1920!” Y tenemos razón.

    20 de enero. Novelas, etapas de un largo viaje interior.

    sin fecha. Hablé con Robert del irritante problema de las traducciones. Apegarse al sentido literal es a menudo un error, pues el escritor que traducimos seguramente habría empleado otras palabras y dicho cosas diferentes si hubiera escrito en la lengua del traductor. Es necesario por lo tanto tratar de descubrir el libro que él habría escrito en esta lengua. Con la rapidez e inteligencia que siempre admiro en él, Robert resumió la cuestión con una sola frase: “Una buena traducción no es un guante de revés: es otro guante.” No se podría decir mejor.

    9 de febrero. Esta mañana escribí varias páginas de mi novela. Mi mano corría más rápido que de ordinario y trabajé con el mismo placer de otros tiempos, pues ni los años ni los acontecimientos han matado en mí lo que Goethe llamaba die Lust zu fabulieren, este placer de contarme historias que se remonta tan lejos en mi infancia que no sabría decir cuándo no lo he tenido.

    20 de febrero. Ayer, a medianoche, terminé mi libro. Tres largas páginas escritas en dos horas, lo que no es mi paso ordinario, pero había decidido terminarla esta noche. Hacia la 11 sentí que comenzaba a hacer frío en mi recámara y agregue un tarugo al fuego. No sé porque anoto estos detalles ¡pero la última hora consagrada a un libro que se termina adquiere a los ojos del autor una importancia particular! El fin de la novela no fue como había previsto. La idea de Fabien envolviéndose en una cobija para ver quién tocaba a la puerta es sin duda un recuerdo inconsciente del episodio de Juan Marcos envuelto en su sábana y que es aprendido al huir desnudo (Marcos, XIV, 52).

    21 de julio

    l Fui a ver a Gide. Me había escrito un pequeño recado muy cordial, pero por primera vez yo no auguraba nada bueno de esa visita. Me recibe en su pequeña recamara donde está escribiendo. Arriba de su cama una máscara de Goethe. Viste camisa gruesa de lana verde a cuadros. Casi de inmediato me habla de mi novela de la que no tenía buena opinión. “¡Usted quería salvar su alma, pero vea lo que le ha costado!” Le respondo entonces: “Me obliga usted a citar el Evangelio: ‘Qué aprovechara al hombre si ganare todo el mundo’…” “Sí, dice rápidamente, pero considérelo a pesar de todo.” Y desarrolla la idea de que un converso pierde su talento y que la Iglesia es la responsable. De pronto parece furioso contra mí, como si fuera yo culpable de una mala acción. “Espere a que actúe mal para juzgarme. —¡Pero usted nunca actuará mal, Green!”, exclama. “Usted es muy honesto para hacerlo y porque es honesto lo quiero.” Entonces es la Iglesia quien tiene la culpa. De nuevo arremete contra ella. Vio a C. en Alemania y ahora es “más protestante que nunca después de haber visto el mal que le hizo la Iglesia”. Reconozco que ese argumento no me subleva, pero él dice algo que me parece más grave: “He comprobado que los conversos jamás son mejores que antes de la conversión. El orgulloso sigue siendo orgulloso, etc. No hay bonificación.” Y me pregunta a boca de jarro: “Usted mismo, ¿se siente mejor?” ¡Como si pudiera uno responder sí a semejante pregunta! “Copeau ha seguido siendo el mismo de antes de su conversión, y de una forma más acusada.” Se extiende largamente sobre este punto y, siguiendo el juicio a los católicos, les reprocha tener, como los comunistas, respuestas para todo bajo cualquier circunstancia. (Yo les he hecho siempre el mismo reproche, pero no rechisté nada esa mañana. Yo creo que las respuestas que ellos suministran para todos los problemas los hacen perder la sensación de misterio, pero no es de esto de lo que hablaba Gide.) Hacia el final de nuestra entrevista, pone frente a mis ojos un futuro literario magnífico: “Usted puede hacer grandes cosas. Ya tiene detrás de sí una serie de libros notables… Vuestra responsabilidad es grande. Será usted causa de que muchos se aparten de la Iglesia al ver el mal que le ha hecho a un hombre como usted.” (¿De dónde viene esa preocupación por la Iglesia?) Me hacer ver el lugar que yo podría ocupar y bruscamente lanza esta frase: “¿Por qué no da usted un bandazo al lado del demonio?” Le digo que jamás me pondré al lado del demonio: “Fingiría usted estarlo…” Le digo una vez más que no. Volviendo a mi diario, que él mencionó junto a mi novela, me dice que está lleno de reticencias, que no he puesto más que “cosas convenientes”. “Sí, le digo, pero he indicado claramente las omisiones y la naturaleza de aquello que omito. ¿Pero, usted mismo, no ha publicado un diario en el que hay muchos silencios? ¡Qué de cosas no dice usted! “Pondré orden en esas lagunas”, contesta simplemente. Había pasado una hora y media. Creí que nos habíamos dicho todo lo que teníamos que decirnos y me levanté para partir. En ese momento Gide hace algo que siento en el corazón profundamente: se levanta también y me abraza.

    22 de julio. La conversación con Gide me conmovió tanto que al regresar a mi casa tuve que acostarme. Durante casi una hora el corazón me latió fuertemente. Me pregunto ahora si al abrazarme no me estaría diciendo adiós. Me confió que “pensaba sin cesar en la muerte” y que la veía venir “con serenidad”. Una frase en particular me vuelve a la mente: “Pienso en la muerte con perfecta indiferencia, si es eso lo que entiende uno por serenidad.” A propósito de la fe católica, dice que no puede ver en ella más que un fenóme­no de autosugestión o de herencia. Olvidaba decir que en cierto momento me preguntó por qué no escribía un libro sin firmarlo, como había hecho el autor de De l’abjection. (Eso, pensé, habría sido dar el bandazo al lado del demonio, pero un bandazo sin demasiados riesgos.) No es posible, le respondí. “Escribo libros de un carácter muy particular como para que el autor no sea reconocido.” En este punto me dio la razón. Igualmente he olvidado decir que al principio también me preguntó: “¿Por qué no toma usted las órdenes? ¿Cómo es que no ha dejado el siglo?” Le digo que no se entra a las órdenes sin vocación. “Precisamente, dice entonces, no comprendo cómo con su vocación cristiana no esté usted en un monasterio. —Pero una vocación es una cosa muy precisa. Uno puede ser un católico muy convencido y no tenerla.”

    3 de agosto

    l Cuando un hombre rebasa los 40 años, descubre que su mundo ha desaparecido y que él sobrevive en las ruinas.

    8 de diciembre

    l Ayer, en la Comédie-Française, dieron L’avare. Un actor muy conocido interpretó el papel de Harpagon, al cual sobrecargó demasiado, me pareció, en el famoso monólogo. Exprimió el texto de una manera general y lo hizo dar hasta la última gota, no de sangre, sino de significado. Nada se dejó a la imaginación del espectador, jamás un margen en el que pudiera uno bosquejar mentalmente algo: el actor quiere decir todo y explicarlo todo con sus gestos, sus suspiros, sus parpadeos y estertores; a fuerza de literalidad casi mata ese texto admirable. Composición escrupulosa y además al gusto de un público que descubre, sin duda, no tener nada que proporcionar ni que inventar. Y además, este Harpagon es repugnantemente viejo y sucio: parece que uno lo pudiera oler.

    15 de diciembre. Se cuenta que Charles Lamb amaba tanto sus libros que después de terminar una lectura rozaba ligeramente el volumen con sus labios antes de devolverlo al estante. No sé por qué recuerdo hoy esta historia, pero yo amo a mis libros un poco de esa forma.

    1948

    10 de enero. Llega el momento en que uno se pregunta si tiene la vida que quería tener. A los 20 años soñaba con una vida de escritor en un decorado de biblioteca. He tenido eso. La tengo en este momento. Leo y escribo. Es lo que quería. A decir verdad, no esperaba tener lo que la vida me ha dado, este estudio desde donde veo árboles y viejas mansiones, estos muros cubiertos por hileras de libros y este silencio extraordinario. En cierta forma, la habitación en la que escribo corresponde casi exactamente al sueño de mis 20 años. ¿Pero entonces, qué pasa? ¿Por qué no estoy contento? ¿Será que llega un poco tarde? ¿El que escribe estas palabras está demasiado desencantado para creer en la realidad del decorado donde vive? No es un público tan bueno como el muchacho de 20 años que escribía sus relatos en un cuarto demasiado sombrío, sobre una mesa demasiado estrecha y que hubiera aplaudido al ver el estudio de su… sucesor.

    3 de febrero. Le maître de Santiago. “Las grandes aventuras son interiores.” Esta obra maestra extraña, escuchada con el más profundo silencio por un público que durante varios segundos de estupefacción se olvidó de aplaudir cuando bajó el telón. Yo mismo estaba aturdido…

    4 de febrero. Escuché decir muchas tonterías sobre Montherlant y en particular sobre esta obra. ¿Qué necesitan, pues? No comprendo que no sepan guardar más o menos silencio frente a una obra de tal belleza, belleza irritante, puede ser, exasperante incluso, porque el autor, con todo su genio, toca cosas muy graves con una especie de insolencia que da miedo, juega con la electricidad, dirige su mano hacia el arco que no necesita sino rozar. Dudaría en publicar esto, pero lo puedo decir en este diario: él juega con la Gracia, juego terrible. A él le compete. Por mi parte, considero sólo al artista, que es muy grande y solitario, me parece.

    9 de febrero. El silencio de esta habitación donde escribo es una de las más grandes riquezas de mi vida; es también un lujo en los tiempos que corren, y me pregunto si no seré uno de los últimos hombres en disfrutarlo. En un cuarto de siglo, una vida de escritor como la mía, ¿será posible? A veces me siento ya de otra época.

    20 de febrero. Desayuno en un restaurante con una veintena de personas. Camus estaba sentado frente a mí e intenté conversar. Su semblante tan sensible y humano me impresionó vivamente. Hay en este hombre una probidad tan evidente que inspira respeto casi de inmediato; no es como los demás, sencillamente. Hablamos de Malaparte y de su libro Kaputt. Mme. X cuenta que cuando vio al autor, le dijo: “Leí su libro. Me hubiera gustado leer el otro.” (Es decir, el que hubiera escrito si Alemania hubiese ganado la guerra.) A lo que Malaparte no replicó, parece. Sobre esto, Camus exclamó: “¡Madame, si usted me hubiera dicho eso yo habría abandonado el lugar!” “Oh, los franceses son tan sensibles, dijo Madame X. Los italianos no son así.”

    sin fecha. Al Français para ver Andromaque. En el intermedio, Mauriac se acercó a platicar con nosotros, nos dijo que le admiraba que la sala estuviera llena y el público estuviese atento. “Los franceses sólo comprenden la poesía en la tragedia”, dijo. La obra tuvo un efecto en mí que yo no esperaba, me quedé aturdido como si una gran tormenta hubiera pasado sobre mi cabeza. Se trata, en efecto, de una tormenta, una tormenta de deseo y de cólera que te estremece. Andrómaca era bella y conmovedora, como debía (en realidad era una tigresa que había hecho asesinar a un niño en lugar de su hijo). Hermione, no sé por qué, se había hecho una cabeza de águila americana. Orestes, el mejor de todos, junto con Annie Ducaux, parecía un viejo león a quien la fantasía le hubiera hecho disfrazarse de echador de cartas, pero él temblaba y hacía temblar. Había en su actuación algo que me pareció más cerca del alma griega que de la majestad convencional de tantos actores del teatro clásico. Perturbado por esta obra atemorizante, por esos gritos, por ese furor que lanza a unos en persecución de los otros. Conozco eso, sé lo que es, lo he sufrido.

    10 de marzo. Impresionado por una carta de Keats en la que describe un viaje de excursión a Escocia y, curiosamente, a la gruta de Fingal, de la que habla a las mil maravillas: “Imaginad que los gigantes que se alzaron contra Zeus hubieran tomado un montón de columna negras, las hubiesen atado como un rollo de fósforos y en seguida, con hachas enormes, hubieran esculpido una gruta en la masa de esas columnas…” Uno ve lo que quiere decir… es esta precisión particular de los poetas, y que los novelistas no tienen, lo que indica la medida en que son poetas. Al leer estas páginas me siento invadido de un renovado amor por Keats, al que considero el poeta por excelencia y que, con Hölderlin, pongo a la cabeza de todos los demás. Pero no es sólo el poeta, es el hombre el que me seduce. Me gusta que este hombre joven, que está lejos de ser un alfeñique y que en ocasiones se muestra luchador y bastante rudo le haya escrito a la mujer que amaba: “El mundo es demasiado brutal para mí —me alegra que el sepulcro exista.” Durante su enfermedad final, dijo que oía a las flores crecer encima de él. I hear the flowers growing over me.

    17 de abril. André Breton, a quien le pregunté por qué no había aprendido inglés en Norteamérica, ha dado esta respuesta que lo pinta tal cual es, y por lo que lo admiro: “Para no empañar mi francés.”

    l Trabajé con ahínco en mi traducción de la Charité de Jeanne d’Arc, mi mano corrió sobre el papel varias horas seguidas. Me produce placer buscar el equivalente en inglés de esos largos monólogos discutidores, pero hay momentos en que sofocan.

    30 de mayo. Ayer en la mañana llamé a Gide por teléfono. “Por supuesto, venga, usted siempre será bienvenido.” Le propongo el día de mañana. “Falta mucho. Venga hoy.” Primero quería visitarme él, verme en mi nuevo departamento, pero los cuatro pisos lo asustaron. Pasé a su casa hacia las seis. Está en su rincón habitual, entre la ventana y el piano, y cada vez que lo veo de este modo me viene a la mente la idea de un gran pájaro en su nido. Hoy está vestido con un batín de franela blanca y, en la cabeza, la boina negra tan graciosamente descrita por Guth (“una foto en la que lo vemos con la boina de remero y tocando alegremente el piano”). Le llevo un regalo que pongo sobre la mesa y que él contempla, me dice, “con atención y devoción”. Es, de hecho, un molde de la mano de Chopin. Mira atentamente esta mano de yeso, le da vuelta cuidadosamente, lamenta que no tenga líneas en la palma, admira la extrema finura de los dedos y la fuerza del ligamento: mientras la mano es de una delicadeza femenina, la muñeca es una muñeca de hombre; toda la fuerza se ha refugiado ahí. Además, me dice Gide, no es una mano de pianista: no hay diferencia entre los dedos. Al oírlo tengo conciencia de su palidez, pero él se mantiene muy derecho, sus ojos brillan, y su palabra, como su pensamiento, es de una claridad admirable. La conversación se desliza de un tema a otro y no sé con qué propósito me pregunta si conozco el Informe Kinsey. Le iba a decir que no estaba al corriente de la política (algo que él sabe, por lo demás), pero algo me retuvo y contesté simplemente: “No”. Gran sorpresa, sorpresa algo escandalizada. “¡Cómo! Se la voy a buscar.” Deja el cuarto por unos minutos y regresa con un grueso volumen repleto de notas y me hace leer algunos pasajes, en particular una serie de preguntas planteadas a doce mil norteamericanos por tres profesores. Me maravilla que hayan podido obtener las respuestas porque las preguntas se refieren a actos que castigan las leyes del país, y el norteamericano tal como lo conozco es refractario a las confidencias de ese género, teme por encima todo lo que sabemos, pero tal parece que los profesores en cuestión las han planteado como era preciso. Según el autor, me dice Gide, el sesentaicinco por ciento de los norteamericanos debería estar en prisión si les aplicaran las leyes. En cuanto a las norteamericanas, pues en el primer volumen no se trata más que de hombres, tendrán también su reporte Kinsey y creo que ellas nada pierden con esperar. Lo que me irrita más de ese grueso libro, debo decirlo, es la locura de las estadísticas. Me niego a creer que doce mil norteamericanos, por bien que hayan sido elegidos, nos informen de una forma precisa de la mentalidad de toda la población masculina. “Los números no mienten”, es una expresión corriente en estados Unidos. (Figures don’t lie). Ya veremos.

    15 de junio. Hojee hace poco en una librería la reedición del Diario de Gide que nunca leí entero, pero la lectura de algunas páginas me convenció, una vez más, de que jamás podré llegar hasta el final. ¿Por qué? No lo sé muy bien. Está escrito a las mil maravillas y cada página está llena hasta los bordes de una gran riqueza intelectual, pero al mismo tiempo que da todo lo que tiene que dar, hiela el corazón, y conforme avanza uno en la lectura menos se cree, menos se espera y, lo digo con pena, menos lo ama.

    sin fecha. Una frase maligna y lúcida de Stendhal me viene a la mente de tanto en tanto: “En el seminario existe una forma de comer un huevo pasado por agua que indica el progreso conseguido en la vida devota.” Este hombre, que me gusta tan poco y cuyos libros no puedo abrir sin devorar de inmediato algunas páginas, cómo me disgusta y cómo lo admiro.

    21 de junio. Vi a Gide hace un rato, en su pequeño estudio. Me hace sentar en un sofá desfundado sobre el que ha puesto una colcha doblada en cuatro. Me muestra, quitando la colcha, cómo el sofá ha perdido crin. “Me digo algunas veces que debo hacer que lo reparen, y luego pienso que durará más que yo, así que ¿para qué?” Lo dice alegremente. No creo haberlo visto abatido nunca…

    26 de junio. ¿Volveré a escribir libros? ¿Tendré el tiempo? Me planteo estas cuestiones sin angustia, y eso es lo que más me sorprende.

    3 de julio. Pensando en Bloy me digo que sus enemigos harían que lo leyera si no me gustara ya. No solamente exaspera a los imbéciles, como es su deseo más caro, irrita también a lo que hay de menos bueno en los mejores.

    12 de julio

    l Con mucha tristeza me enteré de la muerte de Bernanos. Él conocía todas esas cosas que nos hacen sufrir. De eso mismo estaba hecha su grandeza. Le gustaba presentarse a nosotros con un saco; era el hombre de lo invisible.

    16 de julio

    l Los libros responden a veces con una curiosa pertinencia a nuestras preocupaciones secretas. Esta noche releía Otelo cuando encontré esto en el Tercer acto, escena tres:

    Who has a breast so pure,

    But some uncleanly apprehensions

    Keep leets, and law days, and in sessions sit

    Whit meditations lawful?

    27 de Julio. Zurich. De nuevo esa pesadilla de la neurastenia. En Nápoles, una vez, y en Estocolmo. Casi una hora en un banco en un estado muy parecido a la desesperanza. Lo sentí también en 1925, en Montfort l’Amaury y de ahí salió Adrienne Mesurat. Me pregunto cómo hacen los demás.

    l Releí aquí el Journal de l’année de la peste. No se ha contado una historia de una forma más creíble. Al mirarlo con más detenimiento, el resultado es el fruto de una acumulación de detalles reportados en un tono de extrema simplicidad y con una ingenuidad que creemos voluntaria. Los hechos que relata el autor se producen cuando él tenía cinco años, pero uno ve de una forma inolvidable todo lo que nos describe. No conozco ningún otro escritor francés o inglés que haya poseído hasta tal grado ese don extraordinario. Lo más notable de esta historia es que Defoe es sin duda uno de los más grandes embusteros que han tomado la pluma.

    6 de agosto. Esta mañana recomencé mi novela o, más bien, reescribí la primera página. Creo que la llamaré Celina [finalmente, Moïra]. Será la historia de una mulata.

    23 de agosto. Esta mañana me desperté en la madrugada y vi mi libro de comienzo a fin. Me arrancó de mi sueño. Frente a mí, en la penumbra, ese personaje inmóvil. Como si todo me hubiera sido dado, como si todo me estuviera permitido. Mucho más relacionado con la historia de Celina, tal como me había propuesto escribirla. Repentinamente le había tomado nuevamente el gusto al trabajo, a la vida, y sentía la pluma correr en la punta de mis dedos. Feliz, a pesar de los problemas que ensombrecen mi vida, pero eso también pasará a mis libros.

    29 de agosto. Claudel, en una carta a Rivière (29 de mayo de 1913), habla de las exigencias del cuerpo y del alma embrollando la cuestión como a capricho. Dice del alma que “es una realidad exigente”, pero se burla enseguida de la “vanidad romántica del amor puramente carnal” y agrega algo que es por lo menos sorprendente: “El amor humano no tiene nada de bello cuando es acompañado por la satisfacción. La voluptuosidad del amor satisfecho… no existe.”

    9 de septiembre. He pensado mucho en mi libro. Creo que el personaje al que le confié la narración (Joseph) no es capaz de escribir un libro. Si lo fuera, no sería el que yo vi en la madrugada del 23 de agosto; no sería el muchacho que se me apareció, algo rudo y fanático, obsesionado a la vez por la religión y por los deseos. Imposible suponer, por ejemplo, que pueda superarse a sí mismo al punto de describir una recamara, de observar los gestos de un amigo. Por lo tanto volveré a comenzar mañana, esta vez en tercera persona.

    11 de septiembre. Trabajé en mi libro con el deseo de hacer bien lo que veo tan distintamente, pero no quiero explicar nada. Se verá a los personajes como en un escenario. Serán ellos los que digan lo que pasa en sus cabezas y en sus corazones.

    15 de septiembre. Releí The winter’s tale. El primer acto es una maravilla, pero comprendemos bien la irritación de un lector francés que lo lee en traducción y no encuentra más que lugares comunes como hay tantos en Shakespeare. Lo que él dice ha sido dicho antes que él y lo será sin duda hasta el final de los tiempos, pero nunca de esta forma que es la suya, pues es en verdad el mago que transfigura todo lo que toca. La desgracia es que esas cosas transfiguradas vuelven a ser lo que eran cuando son transportadas a otra lengua, y particularmente al francés (pero no, parece, al alemán). Así, cuando Polixenes le dice a Hermione:

    We were, fair queen,

    Two lads that though there was no more behind

    But such a day to-morrow as to-day, and to be boy eternal…

    Shakespeare no nos dice nada nuevo sobre la infancia, pero sería necesario ser muy frío para no sentirse conmovido por tales versos. Qué decir también de las peroratas del rey celoso (1, 2). Nada lo salva de la banalidad sino una extraordinaria felicidad de expresión.

    20 de septiembre. Creo que hace veinte años comencé a llevar este diario, casi día por día, de una forma regular, pero no será leído integralmente sino después de mi muerte.

    27 de septiembre. Ayer en el Odéon para ver Lucrèce Borgia, de la que tenía un viejo recuerdo, un recuerdo del liceo. Pensábamos reír, pero no tanto. Evidentemente, sin embargo, trataron de atenuar los efectos involuntariamente cómicos. Se han saltado finales de frases. En la última escena Lucrecia dice rápidamente y muy bien: “Vosotros estáis envenenados.” No es el sorprendente: ¡Mis señores, vosotros estáis envenenados! De la bella época. Lo mismo, Genaro le dice a Lucrecia: “Decid vuestras plegarias y decidlas rápido.” No agrega esta reflexión deliciosa: “¡Estoy envenenado, no tengo tiempo para oírlas! La obra me pareció mediocremente representada por actores que no creían en sus papeles y que, tengo la impresión, se avergonzaban de ese texto, hoy imposible. Dichas estas reservas, resulta divertido ver este melodrama.

    l Esta mañana, en la madrugada, reflexioné en mi novela. Debo evitar que se incline al erotismo —tiene la tendencia a hacerlo por sí misma— porque el contrapeso espiritual no es lo suficientemente fuerte para asegurar el equilibrio. No será necesario expresar que todo mundo está enamorado del héroe. Tengo contra el erotismo su facilidad. No es audacia, es incluso una suerte de tópico, y es suficiente para mí que esté de moda para que lo deteste.

    28 de septiembre

    l Noto en el William Shakespeare de Hugo esta burrada de talla excepcional: “Considera esta cosa profunda, Otelo es la noche. Y en tanto noche, y queriendo matar ¿qué elige para hacerlo? ¿El veneno? ¿La porra? ¿El hacha? ¿El cuchillo? No, la almohada…” Pero como, a pesar de todo, es Hugo quien escribe, lleva un poco más lejos lo que me parece una crítica excelente: “Lear es la ocasión de Cordelia. La maternidad de la hija sobre el padre.”

    l Releyendo esta mañana una escena de Romeo y Julieta en la edición Rolfe, percibí con indignación que había sido expurgada (Acto II, fin de la primera escena). Un dicho particularmente grosero [an open arse] ha sido reemplazado por etcétera, lo que lo convierte en un verso falso y en un extraño eufemismo que el poeta norteamericano Cummings ha imitado de una forma muy divertida.

    1 de octubre. Hace poco R. me hablaba de la Reine morte y me decía: “Cómo me molesta oír a la gente decir que en esta obra hay demasiado verbalismo. Hay un análisis admirable del personaje de Ferrante, sin contar el infante y el curioso Egas Coelho. No hablamos sólo de belleza verbal. Hay también psicología. En Hugo hay verbalismo y nada detrás. —Pero, le dije, el verbalismo puede ser de una gran calidad. Hay cierto verbalismo en Valéry.” Sin duda. Y además tenemos el verbalismo de Rabelais, pero quieren reducir el talento de Montherlant a poca cosa y la más poca cosa posible. Son muy injustos. Hablando de Egas Coelho, que me interesa por todo lo que el autor no dice, me pregunto si la clave del personaje no nos es proporcionada en su primer diálogo con el rey. Coelho dice en esencia: “Hay dos culpables: el abad que ha casado a don Pedro y doña Inés.” A lo que el rey responde: “Por qué no nombráis a todos los culpables. También lo es don Pedro.” Pero Coelho se guarda muy bien de incluir a don Pedro entre los culpables. El rey no adivina todo pero presiente algo y lo dice brutalmente. Figura biliosa e inteligente la de Coelho, de ojos huidizos, boca despiadada, máscara terrible colocada sobre un cuello duro que le da el aspecto de una dama envenenadora de provincia. Tiene una forma casi púdica de decirle al rey: “Yo nací para castigar.”

    l Treinta y cinco líneas esta mañana. Es mucho.

    7 de octubre. Esta mañana, extraño descubrimiento, casi perturbador. La mañana del 23 de agosto tuve la impresión de que mi libro me había sido dado de cabo a rabo, personajes, intrigas, circunstancias. Lo había visto todo de un solo golpe mediante una suerte de revelación interior, cuando Joseph Day se me presentó (no lo veía con los ojos del cuerpo y sin embargo él estaba ahí y al mirarlo podía describirlo; es imposible explicarlo, pues ni siquiera yo lo comprendo; y algunas horas más tarde me senté en mi mesa de trabajo para escribir lo que acababa de ver, pero lo más singular de la historia no fue eso, y cierro el paréntesis para concluir): de pronto, al recopilar mi diario para el editor, topé con esto: “10 de octubre de 1944. Retomé mi novela fantástica a la que llamaré Baphomet (que se convirtió en Si j’étais vous…). La otra, la historia del fanático con una mujer a la que estrangula porque le estorba para alcanzar su salvación, la escribiré más tarde, tal vez en Francia.” Es el tema de mi libro, lo había olvidado profundamente, digo bien, profundamente. En qué profundidades, en efecto, sin que yo lo supiera, se había construido con toda su frescura y novedad. Me faltaba esa frescura y esa novedad para retomarlo, y quizás si no lo hubiera olvidado no habría emprendido su elaboración. Le hablé de esto a Robert, quien, como yo, se sintió impresionado.

    10 de octubre. Hay muchas puerilidades en ciertas comedias de Shakespeare, como la elección de sus temas. Esas historias fastidiosas de mujeres vestidas de hombres (“No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá traje de mujer; porque abominación es a Jehová…”, dice el Deuteronomio); en cualquier caso es ridículo, y no me puedo interesar en esos anillos intercambiados a destiempo y en esas identidades mantenidas en secreto hasta el final. Uno siente más de una vez el cansancio del autor en presencia de temas tan apagados, pero hay momentos en que su genio retoma las alturas con una gracia que salva todo. Por ejemplo, en A buen fin no hay mal principio, en medio del acto de los reconocimientos (V,3), el rey dice esto que voy a copiar:

    Our rash faults

    Make trivial Price of serious things we have,

    Not knowing them until we know their grave:

    Oft our displeasures, to ourselves unjust,

    Destroy our friends and after weep their dust:

    Our own love waking cries to see what’s done,

    While shameful hate sleeps out the afternoon.

    Es exquisita la belleza de estos versos, pero traducidos ¿qué transmiten? Un lector francés estaría en su derecho al decirme. “¿Esto es todo? ¿Qué es lo que admira usted?” Sin embargo son versos como esos los que hacían palpitar mi corazón a los 20 años, y veo que también hoy.

    12 de octubre. La Biblia sería citada con menos inexactitud en Francia si las traducciones fueran más bellas. En Inglaterra, el texto de la traducción se aloja más fácilmente en la memoria de sus lectores porque es bella; literalmente memorable. La traducción de Crampon no lo es, es aburrida. Esto es lo que sobre todo reprocho a los traductores modernos; esparcen el tedio sobre las Escrituras. Me decía todo esto esta mañana mientras leía esta frase sorprendente de Bernanos: “Uno encuentra en el Evangelio una voz muy singular: ‘¿Cuando regrese, encontraré en tu casa a mis amigos?’” (Dans l’amitié de Léon Bloy, p. xii). Infinitamente menos seria pero curiosa a pesar de la falta de atención de M. Claudel, gran amante de las Escrituras: “No hay monos en la Biblia.” (Interroge les animaux. Figaro Littéraire del 9 de octubre de 1948). ¿Qué hacen entonces los monos que los vasallos de Tarsis le llevan al rey Salomón cada tres años, con marfil y pavorreales? (Reyes, 1,10,22). Si hubiese escrito esta frase en un diario inglés más de una voz se habría levantado para responderle: Ivory, apes and peacocks! Todo el pasaje en cuestión parece hecho, además, para agradar al gran poeta por su tono y magnificencia, y me gusta imaginar el relajo de los monos alrededor del rey sol judío, pero me consolaría más fácilmente de la ausencia de los monos en la Biblia que de los gatos, de los que no hay rastros del génesis al apocalipsis.

    l Atrapado por la lectura de un volumen de relatos de Ambrose Bierce (In the midst of death). Sus cuentos californianos no me parecen buenos; ante mis ojos, su pesada ironía los estropea, pero todas sus historias de la guerra de secesión lo ponen en la primera fila de los escritores de su país. Por la fuerza, el tono, la elocuencia, no de la frase sino de la manera de presentar los hechos y sobre todo por ese don excepcional que tiene de sorprender, no conozco más que un libro que puedo colocar a su lado —un poco arriba sin em­bargo—, es Sueur de sang, de Léon Bloy. Impresionado por la historia del capitán que tiembla sobre el campo de batalla y que, por miedo a morir, muere por no haber entrado al combate. Igualmente el del saboteador que atrapan y tiene un largo sueño de evasión en el instante de su muerte. Un poco por todas partes, los detalles que le hubieran encantado a Bloy —o a Hugo—: por ejemplo, el cañón que mojan para enfriarlo en el fragor de la batalla, a falta de agua, con sangre.

    16 de octubre

    l Releí de nuevo a Balzac, no sin una gran admiración, pero lo que ha envejecido en él ha envejecido mal. Hay en L’Auberge Rouge un joven que llora a lágrima viva porque ha perdido “la virginidad del alma”. Y ese vo­cabulario: inexpériente. Intususpection. Todos los paréntesis filosóficos me han parecido fastidiosos. El papel del novelista es el de ver y decir lo que ha visto. Si quiere “pensar” que lo haga en otra parte, no en la novela. Ese alarde intelectual vuelve pesada y fatigosa la narración.

    l Copiar mi diario entero, tarea gigantesca. Me pregunto si el papel del que me sirvo durará lo suficiente para que pueda leerse este libro extraño. Le dije al padre B.: “Decir la verdad es difícil, casi imposible. Intenté hacerlo y no he acabado de intentarlo.”

    27 de octubre. El placer de la relectura. Salammbô. Las frases del principio son de una resonancia maravillosa. Me divierte encontrarme a viejos conocidos. Matho. Nos hace felices volver a ver al sufete Hannon con sus colleras y su espátula de áloe que le sirve para rascar su lepra. No lo había visto desde el liceo: “¡Cómo!, ¿todavía te rascas?” La descripción de los ricos, o más bien, de los ricos de Cartago me encanta al grado de que no resisto copiarlo aquí: “En tres ocasiones, durante cada luna, hacían subir sus lechos a la terraza que bordeaba el muro del patio, y desde abajo se les podía ver sentados como en el aire, sin coturnos y sin mantos, pero con los diamantes de sus dedos paseando por las carnes y sus grandes aretes inclinados sobre las jarras. Todos ellos fuertes y obesos, medio desnudos, felices, riendo y comiendo a pleno cielo, como tiburones retozando en el mar.” Qué bien maneja el efecto final, ¡la imagen de los tiburones! Todo el coraje de Flaubert se encuentra en esta imagen magnífica, todo su talento. Jamás se entrega al vértigo de la palabrería que hace zozobrar a ciertas narraciones de Balzac.

    l No conozco un diario de escritor que diga toda la verdad. El contexto, que echaría luz sobre esas páginas sabiamente oscuras, siempre falta. Peor todavía, las confesiones, pues es el cuerpo el que habla, el que ocupa todo el lugar, o es el alma la que amordaza al cuerpo y “habla por él”. ¿Sería difícil escribir un libro en el que ambos tengan voz y voto? Hay vidas en las que el asceta se bate con el juerguista. ¡Que hablen los dos! ¡Que se expliquen por fin! Pero no, no lo soportaríamos. Lo que más temor me da es la dosificación; en general, el asceta se encarga de hacerlo con una deshonestidad de la que no tiene conciencia. Él encuentra que lo que hace está bien. Los hombres más sinceros sólo dicen verdades a medias.

    12 de noviembre. Estas líneas extraordinarias en Le chef-d’ouvre inconnu: “El dibujo no existe… no hay dibujos en la naturaleza, donde todo es compacto… Los escultores pueden acercarse a la verdad más que los pintores por esa causa… La naturaleza comprende una serie de armonías que se envuelven las unas en las otras.”

    20 de noviembre. Llamo al número de Gide. Muchos problemas para lograrlo. La persona que contesta por fin es ininteligible y, para colmo, no comprende. Voy a colgar cuando llega Gide. “¡Me dijeron que era M. Scribe quien me llamaba y dudé en responder!” Me dice que está demasiado enfermo para recibirme, que sólo dejó la cama para contestar cuando comprendió que se trataba de mí, pero que va a acostarse otra vez, que espera “tener cuerda” en dos o tres días.

    27 de noviembre. En The story of my heart, de Jeffries, hay un pasaje muy curioso sobre el sentimiento de adoración (Worship) que la visión de un cuerpo bello despierta en el autor, lo cual es profundamente pagano. Muchas veces he sentido eso, le digo. Algo religioso. Y creo que Jeffries tiene razón al decir que los impuros verdaderos son los ascetas, pero hubiera preferido que dijera: los puritanos.

    l “La mayoría de los hombres mueren de tristeza”, escribe Buffon. Pero el corazón de un hombre no se quiebra de un solo golpe; hacen falta veinte, treinta años para eso.

    14 de diciembre. En un desayuno, Mauriac nos habla de Jammes, quien le dijo un día: “Conozco el lugar que ocupo en la literatura francesa: ¡el primero!” Después, de Doumic. El día en que Mauriac recibió el gran premio de novela, Doumic le dijo: “Ahora, François Mauriac, usted está en la gran vía, la vía real: la de Bazin, Bordeaux y Bourget.” Y, dice Mauriac, bajé la cabeza y respondí: “¡Sí, señor!” Sólo él puede contar eso con esa mezcla de gracia y juventud.

    19 de diciembre. Esta mañana, una amistosa llamada telefónica de Gide. Me recibe un rato después en la pequeña recámara donde trabaja. Un gran cojín de cuero sobre el sillón que ya no tiene sentido reparar. Sobre la chimenea, una cabeza de bronce de Gide sobre la que se ha echado, no, sobre la que se ha puesto cuidadosamente una bella boina de terciopelo verde. Gide tiene un sombrero de pescador de línea bajo el cual su rostro me ha parecido de una palidez extrema y su mirada, tras sus lentes, un poco cansada; su voz más dulce, más baja que de ordinario, pero distinta y clara como si tuviera 20 años. Le doy a leer las páginas sobre él que deben figurar en el cuarto tomo de mi diario, lee la primera y se dice conmovido de que no le encuentre la mirada aguda que le atribuyen los fotógrafos, sino una mirada atenta. Como me pide la siguiente, le digo que prefiero dejárselas. “Ya me las devolverá más tarde. Si las lee ahora me sentiré robado: prefiero hablar más con usted.” Él accede con una sonrisa. Le pregunto si tiene alguna objeción a que hable de nuestra entrevista a propósito de la carta atribuida a Baudelaire, y reacciona con cierta perplejidad. Lo pensará, me dice, y me repite que Proust creía en la autenticidad de esa carta. Le digo por qué yo no… Sartre tampoco la cree auténtica. Me dice que va a publicar su correspondencia con Claudel… Como me pregunta lo que pienso de Partage de midi, no le oculto la admiración que tengo por esa obra. “Pero, me dice, el texto fue modificado en nombre de la ortodoxia…” Poco después me retiro.

    20 de diciembre. Dos frases cuyo contenido es inagotable. Pensamos en ellas indefinidamente. Por ejemplo la de Claudel, sobre el grito del ganso en la extensa humedad (Connaisance de l’Est) o la de Cocteau sobre la casa de Keats en Roma (la compara a un molino bajo dos caídas de agua).

    l Gide me dice: “Claudel es un señor que cree que al cielo se va en pulman.”

    1949

    2 de enero

    l Paul Guth relata la siguiente historia que le contó Paulhan. Cuando todavía era estudiante, trabajó de figurante con Antoine para ganar un poco de dinero. Antoine, quien estaba poniendo Julio César de Shakesperare, dijo, refieriéndose a Paulhan: “Éste es demasiado tonto para hacer de hombre de pueblo. Hará de senador.” Y dirigiéndose a Paulhan: “No es difícil: ¡sólo tienes que salir levantando los brazos!”

    16 de enero

    l Ayer revisaba las pruebas de Si j’etais vous traducido al inglés, cuando de pronto tuve un estremecimiento. En el prefacio había un verso de Milton que yo había citado en francés, y mi traductor inglés simplemente lo retradujo a pesar de que yo había indicado su procedencia, la cual era muy fácil de encontrar. Lo que hizo no tiene nombre en ninguna lengua. En lugar de un verso muy bello, una frase dura y a la vez banal.

    2 de febrero. Extraño oficio. Trabajo mucho, con la intención de olvidar, de sumergirme en un mundo imaginario. ¿Y qué encuentro en este mundo imaginario? Mis problemas desmesuradamente agrandados hasta alcanzar proporciones terroríficas.

    7 de febrero. Seguí con la traducción al inglés de Mystère de la charité de Jeanne d’Arc. Con toda la admiración que le tengo a Péguy, esta infatuación que tiene por lo que escribe acaba siendo exasperante. El razonamiento avanza milímetro a milímetro. Lo hemos comprendido hasta el cansancio y él vuelve a comenzar por él sólo placer de cambiarle una palabra a su frase. Pero esta lentitud prepara magníficos acordes.

    15 de febrero

    l Son curiosos los descuidos de los escritores. Encontré esto en Renan (Ma soeur Henriette, p. 7): “Ella heredó de nuestro padre una disposición melancólica que le impedía disfrutar de las distracciones vulgares e incluso le inspiraba una cierta disposición a huir del mundo y sus placeres.” En esta disposición que inspira una disposición, veo una disposición a adormilarse.

    27 de febrero. Esta mañana, acabando de regresar de misa, recibí un telefonazo de Gide para que lo fuera a ver. Fui sin tardanza. Gide, después de una crisis cardiaca, está mejor. Lo encontré en su biblioteca, su lugar de costumbre. Delante de él, la pequeña mesa sobrecargada de papeles y libros. Un cuaderno abierto en el que reconozco media página de su escritura, y un volumen de sus obras completas. Está un poco encorvado, su semblante triste y las mejillas cubiertas de una barba completamente blanca de, parece, dos o tres días. Me estrecha la mano y me hace sentarme frente a él. “Me encontrará usted disminuido”, me dice riendo. Yo río también y respondo: “¡Me lo dice usted con alegría! —No, me dice dejando de reír, me siento disminuido. —No lo parece. Si me lo encuentro trabajando. —Finjo que lo hago. Vea, mi pluma está seca.” (La señala con el dedo.) Tiene mucho valor al hablar así de él, de ver las cosas tan claramente. Poco después me dice que recibió un cable de Norteamérica de treinta palabras (es su voz la que subraya) invitándolo a ir allá a recibir el premio Goethe. “¿Qué premio es ése? —No lo sé. Me ofrecen cinco mil dólares, con todos los gastos pagados. —Son muy fastuosos! —Fastuosos, sí, pero no iré, estoy muy agotado.” Me habla de una carta que le envió un norteamericano de nombre Henson, quien le habló de mí. “¿Pero quién es?”, me pregunta. Yo se lo digo. Henson lo admira mucho, y yo elogio a ese muchacho que conocí en Estados Unidos cuando yo era soldado. “Sí, dice Gide, hay gente muy correcta, como se dice. Hay mucha. No me gustan los que ‘denigran’ a unos y a otros, los que son derrotistas. Yo dejaré esta tierra con la idea de que hay gente muy correcta en el mundo. Lo digo sin melancolía. No hay melancolía en mí. No, no me gustan los que se complacen en es­cupir en la sopa. —¡A mí tampoco!, digo escandalizado por esa imagen. Tampoco a usted, lo sé. Por eso es que nos vemos. Y además, usted lo ha dicho, siempre es en la sopa de los otros…” Pero me quedo una media hora más y es hora de que me retire. A propósito de Escandinavia, donde pienso ir este verano, Gide me hace preguntas y suspira: “Si me cuidara… Pero no, no es posible. ¿Irá usted este verano? Sin embargo… pero no.” No dijo nada más triste esa mañana. Me levanto y me estrecha la mano. Al momento en que estoy a punto de cruzar el umbral de la biblioteca, me pregunta por lo que estoy leyendo en ese momento y si tengo un libro que aconsejarle a Catherine. Reflexiono. Mis lecturas son tan serias que dudo en hablar de ellas. No obstante he releído a Montaigne con placer y se lo digo. “Ah, dice Gide, pero en qué edición lo lee usted? —En la pequeña edición Jouast que recoge el texto de 1588 y el de la segunda edición. —Se lo pregunto para saber si tiene usted las variantes. Es muy importante. (Olvidaba decir que cuando dije el nombre de Montaigne él exclamo: “¡Me sorprende eso de su parte! —¿Porque soy católico? Pero Pascal lo leía y releía —solamente para refutarlo.” Ciertamente. Pascal lo admiraba y lo odiaba. Hubiera podido responderle, pero recordé muy tarde que san Francisco de Sales recibía un placer enorme de la lectura de los Ensayos. Me pide, estaba cerca de mí, que alcance uno de los cuatro grandes volúmenes que están en un estante. Es un notable Montaigne con grandes márgenes. Las variaciones vienen en cursivas. Conoce usted la famosa frase sobre La Boëtie… Y bien, “porque él era yo” fue agregada más tarde. —Sí, dije, no figura en la primera edición. —Se cita esta frase como un bello entusiasmo repentino, añadió Gide. “¡Le tomó treinta años escribir su entusiasmo repentino!” De pronto volvió a ser el Gide de siempre y durante esos últimos minutos lo vi exactamente como era antes. Me estrechó una vez más la mano. “Fue muy gentil de su parte venir a la primera llamada.” Creo que rara vez se mostró tan afectuoso como en esa pequeña frase. Lo que admiro en él es esta lucidez que no se desdice nunca, ese deseo de ver lo más claro posible, de no engañarse sobre sí mismo.

    4 de marzo. Esta tarde R. fue a oír Tristan e Isolda. Hubiera querido acompañarlo; seguramente lo hubiera hecho hace diez años, pero cuatro horas de Wagner… hoy ya no puedo.

    20 de marzo. Leí poemas de Hörderlin con profunda alegría. Dice en alguna parte que jamás ha comprendido el lenguaje de los hombres. ¡Cuántas veces no he sentido lo mismo! Tiene mucho que darme.

    30 de marzo. Un joven interno en un hospital le dice a un religioso: “No quiero conversar conmigo mismo y figurarme que Dios me habla. Dios no habla. Hay silencio de Dios.” El silencio de Dios. He pensado en eso todo el día.

    4 de abril. Páginas interesantes de Gourmont sobre Renan. Para Renan el talento es “una cualidad inferior” al que el público no le daría tanta importancia si no fuera tan “infantil.”

    10 de abril. Al informarle a Claudel el dicho de Gide: “Claudel es un señor que cree que al cielo se va en pulman.” Claudel responde: “Gide va al infierno en el metro.”

    l Alguien habla en su diario de “su horrible modestia” de la que no puede curarse. Pero ahora, podemos decir, se ha reestablecido completamente.

    18 de abril

    l Acabé la primera parte de mi novela. Hay tantos diálogos que parece teatro, pero es así como el libro se me presentó. No quiero a ningún precio entorpecerlo con explicaciones. La página demasiado densa me aburre. Es necesario que tenga aire.

    1 de mayo

    l Leí lo que llevo escrito de mi novela. ¿Cómo no vi que es la transcripción de mi propia historia? La eterna lucha contra mí mismo. He puesto en escena un protestante como quien adopta un seudónimo, pero ahí me oculto muy visiblemente, si puedo decirlo así.

    2 de mayo

    l Le leí a R. un pasaje de Paraíso en el que el sol se compara con el metal líquido que sale del horno y veinticuatro horas más tarde R. encontró esa imagen en Le repos du septième jour, de Claudel. A propósito de poesía y, sobre todo de la primera parte de Enrique IV de Shakespeare, especie de torrente poético al que no le encuentro un equivalente francés, digo que la poesía francesa me hace pensar algunas veces en un riachuelo de cristal. “¿Pero Claudel?” Claudel es inexplicable. Debe haber caído del cielo como un aerolito. No representa ni a su tiempo ni a su país. Las grandes influencias que ha sufrido vienen más de fuera que de aquí: los trágicos griegos, la Biblia, Dante sin duda, Shakespeare.

    25 de mayo. No sé por qué en la obra de Mauriac no se le da el mejor lugar a su Sainte Marguerite de Cortone. Haciendo a un lado sus novelas, es junto con su Racine, el que considero el mejor de sus libros, en el que creo que se muestra más al descubierto, y tal vez nada más doloroso y más humano ha salido de su pluma. Me gusta que se acerque a nosotros así, desde la sombra de un gran penitente y que a media voz nos hable de su tristeza. Su Racine nos hace verlo con un fulgor de triunfo en sus ojos; adivinamos al escritor impaciente de avanzar hasta el límite de sus dones, al hombre que siente toda su riqueza interior, pero entre esas dos biografías ha habido para el autor, como para la mayoría de nosotros, una especie de noche oscura de la que salimos instruidos, pero horrorizados, hemos vislumbrado el abismo. El amor de Dios para el alma no es jamás un idilio y es extraordinario que la ruta hacia él no pase por las tinieblas. Este encaminamiento a lo absoluto, la vida de santa Margarita, nos permite reconocer los recovecos, las incertidumbres, las paradas, el acenso de la angustia. Todo eso nos hace muy preciado este libro tan cargado de sufrimientos y de sabiduría. Hay dos o tres puntos de vista sobre la fe desnuda y el carácter sospechoso de la piedad sensible. Lo que parece dominar en el autor es la intuición, una intuición siempre en guardia que lo hace escribir a veces cosas de una gran profundidad. El cristiano de Mauriac marcha “a lo largo de una cresta entre dos abismos” y no espera sino temblando; no puedo, por lo demás, negarle la razón, pero ya que hablamos siempre de Port Royal al hablar de Mauriac, prefiero ponerme del lado de M. de Saint-Cyran, quien decía “¡Dios es tan bueno!”, que de M. Arnauld, quien decía: “¡Dios es terrible!” Por más lejos que me sienta hoy del rigorismo jansenista no puedo olvidar que, de los 16 a los 20 años, Pascal era para mí la religión misma y que a veces me ponía de rodillas para leerlo. Volviendo al libro de Mauriac, lo encuentro de una nobleza que llamaría desesperada si esa palabra no entrara en contradicción con la profunda fe del autor. Sin embargo, hay en él una tristeza cuyo eco resuena a través de todo el libro: “Nosotros que no somos santos… Si hubiéramos sido santos…” (“No hay más que una tristeza, repite Bloy, la de no ser santos.”) “¡Qué vergüenza que la vida cristiana no se convierta en santidad!”, exclama, y habla, duramente, me parece, de “esas recaídas seguidas por el regreso rastrero al confesionario”. Es, sin embargo, de ese modo que la mayoría de nosotros se escurrirán al Paraíso —después del Purgatorio… Pero esa tristeza honra a Mauriac. Recuerdo haber leído, sin embargo, que en Port Royal no se estaba triste y que se cantaba en todas las celdas. Temo que nuestra tristeza es sólo lo que en nosotros hay de menos cristiano. Stendhal, al hablar de no sé qué iglesia, decía que tenía apariencia cristiana, “es decir severa y desgraciada”. ¿Cuándo, entonces, recobraremos la risa de los primeros franciscanos, la sonrisa de la piedad salesiana? Los religiosos más serios tenían bajo el silicio un corazón lleno de alegría. Bremond, citando a un autor de ese tiempo, nos dice que la madre Anne de Jésus, de una austeridad ejemplar, hacía bromas frente al sagrado sacramento del Carmelo de Dijon, y cantaba aplaudiendo.

    pentecostés. Releí el ensayo de Kleist sobre las marionetas. Conozco pocas obras breves que sean de una perfección tan acabada. Esas páginas quitan el gusto por las obras grandes. Cada vez más estoy tentado a ser breve.

    10 de junio

    l Un dicho simpático del abad Mugnier. Citaba a Claudel, quien habría dicho: “Si yo fuera Dios le echaría más leña al infierno.” “Con ello mostraba, dijo el abad, ¡cuánto miedo le tenía!”

    16 de junio

    l El otro día, una dama extranjera me agradeció las magníficas páginas que había yo escrito sobre Siena. Desafortunadamente jamás he puesto los pies en esa ciudad.

    19 de junio

    l En una comida con hombres de letras, alguien pronunció el nombre de Valéry y, para mi gran sorpresa, vi a un escritor hacerse de la boca chiquita. Dijo que los textos de ese poeta no significaban gran cosa y que en el fondo no sabía casi nada. Como yo protestara, mi vecino de la izquierda murmuró suavemente: “¿Qué es lo que encuentra usted bello en Valéry? —¡Pero cómo!, la belleza de la lengua, la música de ciertos versos —hay mucho…” Hizo un mohín de escepticismo. “La belleza de la lengua, sí, sin duda, pero el resto…” Esas opiniones confusas me hundieron en una especie de estupor. Circuló la palabra embaucador. Desde que volví a París es lo más sorprendente que he oído.

    26 de junio

    l En un manual de literatura inglesa encontré esta frase que me parece justa: “Aunque estén profundamente comprometidos con las aventuras o los placeres, los anglosajones se mantienen sensibles como barómetros cuando se trata de influencia espiritual, poco importa que se trate de un cura o de un campesino; ellos reconocen lo que Emerson llamaba el acento del Espíritu Santo.”

    l Jouhandeau me cita un dicho admirable de su abuela: “Conforme más veo lo que veo, más pienso en lo que pienso.”

    27 de junio. Ayer leí en voz alta el principio de Pilgrim’s progress. La primera frase es una de las más bellas que conozco por la permanente resonancia que deja tras de sí. Eso me recordó el monumento a Bunyan en el centro de Londres, de pie en medio de ese tumulto, con esa inscripción tomada de su libro: “Mientras atravesaba el desierto de este mundo… me recosté para dormir, y mientras dormía soñé un sueño.”

    29 de junio

    l Releí esta mañana el principio de De senectute en la edición que tenía en el aula. El autor pretende que una de las ventajas que tenemos en la vejez es que ella nos libera de las pasiones que oscurecen la inteligencia. Ya veremos, pero me parece que me gustaría tener la inteligencia oscurecida de un hombre de 30 años en lugar de la liberada inteligencia de un octogenario. El siniestro dicho de Bourget me ha venido a la mente (Mauriac me la ha repetido, después de oírla de Bordeaux).

    6 de julio

    l Robert, que lee los Ensayos de Bacon, los encuentra ingenuos, pero es la ingenuidad de ciertas grandes épocas literarias. Bossuet también es ingenuo. Es necesaria la ingenuidad para creer no solamente en lo que decimos, sino en la importancia de lo que decimos. El mejor ejemplo es el de Flaubert, quien se creía totalmente desengañado. A propósito de la ingenuidad, leí hace poco un sermón de Donne que no puedo copiar sin sonreír (sermón lxii). Habla del pecado de la lujuria (la lujuria y la muerte, sus dos grandes temas) y de aquellos que al multiplicar lo que llamaré las variantes hacen de ese pecado algo todavía más monstruoso de lo que de por sí es; él recuerda al sobrino de un célebre Papa, un regalo para los protestantes, cuyo sobrino, no contento con la fornicación, el adulterio y el incesto, vuelve sus deseos hacia las personas de su mismo sexo y entre ellos hacia un Principe espiritual, alcanzando su objetivo no mediante el ruego, sino por la violencia, en suma: He ravished a Cardinal.

    8 de julio. Un poco desanimado por mi novela porque estoy en una parte en la que hacen falta explicaciones. Hay dos páginas que voy a resumir simplemente en dos líneas pues esas páginas no sirven a la acción y es la acción lo que más importa. La explicación psicológica muy a menudo es el signo de una acción insuficientemente motivada. La acción debe revelar lo que está en el fondo del alma, es su papel; las palabras no son más que su ampliación. Uno ve eso en casi todas las novelas que se escriben hoy. No hay época más habladora y argumentadora que la nuestra.

    12 de julio. Un joven escritor viene a pedirme consejo. Lo pienso mucho. Finalmente le digo: “Se mantiene usted a un lado de sí mismo, las palabras lo intimidan. Jamás hará algo valioso si observa siempre esa prudencia…” Me dice que le preocupa sobre todo hacer su síntesis. Le pregunto qué entiende por eso y él me explica que, siendo de dos razas diferentes, como francés quiere a toda costa ser uno. “¿Y usted?”, me pregunta. Yo no tengo tiempo de preocuparme por esas cosas. Yo escribo mis libros.

    15 de julio. Una frase de sir Thomas Browne sobre la belleza de los monstruos me ha dado en qué pensar. ¿Quién me asegura que son verdaderamente bellos los rostros que admiramos? Me he hecho muchas veces esa pregunta, y en este mismo diario. La belleza del cuerpo es más fácil de demostrar, me parece (hablamos de arquitectura, de proporciones), pero el rostro es más misterioso, con los órganos de cuatro sentidos reunidos en un pequeño espacio.

    18 de julio. Novela. Es necesario evitar que la acción se atasque en las conversaciones, como sucede con los despliegues psicológicos. En cuanto a un personaje se le oiga hablar, cerrarle la boca. De tanto en tanto, retomo el libro desde el principio, entiendo por eso hojearlo de modo que vea en pocos segundos el contenido de cada página. Veo así si la cosa avanza, si se mueve o si, por el contrario, se atasca. Es preciso que al comienzo de la segunda parte, que abordo este día, haya el mismo impulso que al principio de la primera. Son los personajes mismos los que me proporcionan la acción, y a ellos me remito. En cuanto trato de dirigir la acción, estoy casi seguro de equivocarme; ellos saben; lo vi de inmediato cuando Joseph rechazó el pedido de Mrs. Dare de cederle su cuarto que ella quería darle a Moïra. Yo había imaginado que al volver a su cuarto ese día el muchacho encontraría a la joven mujer tomando posesión de su antigua recamara, pero era necesario que preparara la aparición de Moïra. Mi idea no era buena.

    l A propósito de Descartes, Gide escribe: “Es extraordinario y casi incompresible que Descartes considerara a la sensatez ‘la cosa mejor distribuida del mundo’.” Pero la frase de Descartes es irónica pues de inmediato agrega: “pues todos piensan estar bien provistos, incluso aquellos que son muy difíciles de complacer en cualquier otra cosa, etc.”

    19 de julio. Este diario, el único libro que he escrito de corrido y con un placer permanente…

    20 de julio. Al leer un libro, bien que sentimos si es necesario o si no lo es, y no tanto para el lector ¡como para el autor mismo! ¿El impulso inicial es lo suficientemente fuerte para llevar el relato hasta el final? Sería necesario que en cada página tuviera uno la impresión de un irresistible empuje interior; en lugar de eso, más a menudo, uno tiene la sensación de un castigo del que el autor se desembaraza porque le hace falta un cierto número de billetes de banco. Ocurre que el libro, al principio, experimenta este impulso misterioso que viene de adentro pero que pierde su vigor en el camino y cesa por completo, y el libro entonces continúa como puede. Esas palabras inertes con las que cubrimos las páginas, esas largas frases de haragán obligado a terminar… Siempre me ha dado desconfianza un libro demasiado grande pues a menudo es signo de una falta de energía y no, como se cree, la señal de un gran trabajo.

    15 de agosto. ¿Qué sentido puede tener todo esto? Nuestra vida es un libro que se escribe solo, cuyos temas principales a veces se nos escapan. Somos personajes de una novela que no siempre comprenden lo que quiere el autor.

    l El consejo del padre de Miguel Ángel a su hijo: “Si quieres llegar a viejo, mantén la cabeza caliente y no te bañes jamás.”

    22 de agosto

    l Leí con mucha emoción Billy Budd de Melville. El final es insoportable, habría preferido que el escritor no lo hubiera escrito. ¿Dónde encontró el coraje para hacer sufrir una muerte tan cruel y vergonzosa al ser angelical que nos describe? Veo ahí una suerte de crueldad desagradable. Es más indignación que piedad lo que provoca.

    2 de septiembre. En las últimas páginas del ensayo de Zweig sobre Kleist, ¿cómo no ver una profecía lírica de su propio suicidio, el cual habría de tener lugar quince años después? Mediante una especie de imitación del poeta alemán, no ha querido morir solo sino acompañado de una mujer. La compañía que escogió Kleist sufría de una enfermedad incurable. “Felices como una pareja de novios —nos dice Zweig— se dirigen hacia el Wansee, toman su café al aire libre. Se les oía reír y retozar en el prado. Entonces, justo a la hora prometida (cita casi palabra por palabra), Kleist dispara una bala en el corazón de su compañera y se mete otra en la boca. ¡No tembló su mano!” Estas cosas son relatadas y sobre todo comentadas por Zweig con una suerte de exaltación fúnebre que produce un ruido muy particular hoy día. “La muerte de Kleist —escribe— es su obra maestra tanto como El principe de Hombourg… es necesario que al lado de hombres poderosos que dominan la vida, como Goethe, surja de vez en cuando un hombre que domeñe la muerte…” Y termina con esas palabras que tal vez le vinieron a la mente en 1941: “Sólo quien es acorralado alcanza el infinito.”

    18 de septiembre. Correspondencia de Hölderlin. La cuerda patriótica vibra a ultranza en una carta a su madre (1792). Nada envejece más mal, nada se hace ridículo tan pronto como lo que escribimos en tiempos de guerra bajo el imperio de sentimientos convencionales. Lo que dice de los jóvenes franceses fanáticos recuerda extrañamente lo que se nos decía de los jóvenes hitlerianos en 1940.

    21 de septiembre

    l Al leer la poesía de Hölderlin me he hecho la pregunta que me viene tan a menudo a la mente en casos parecidos: ¿entiendo esas palabras como un alemán? Seguramente no. Siempre habrá algo que se me escape y de lo que dudo incluso con esta música. Sin embargo me siento muy conmovido por la belleza de sus versos. En An die Parzen hay una sonoridad que me ha parecido adaptada exactamente a los sentidos (pienso en el sonido sordo y siniestro de la u en el segundo verso: “Die Seele, der im Leben ihr gottlich Recht nicht Ward, sie ruht auch drun­ten im Orkus nicht…” ¡Cómo hubiera querido conocer a este ángel del cre­púsculo!

    l Mucho trabajo esta mañana. De las tres o cuatro frases que se me presentan para decir alguna cosa, es necesario elegir sólo una, pues escribir es elegir, pero debemos adivinar la presencia de frases no escritas.

    24 de septiembre. En el Diario de Barbellion, que leo por primera vez, hay grandes gritos de angustia que uno le reconoce haber lanzado. Él grita lo que no se osaba decir en esa época: “Tengo hambre de sexo.” Hay también odio al instinto sexual, a esta bestia feroz que vive en nosotros y nos devora desde dentro. En cierto momento dice una frase que yo había puesto en la boca de Joseph, pero, mala suerte, no cambiaré nada de lo que he escrito.

    l Escribo estas cosas porque expresan una parte de la verdad que llevo en mí, y que es mi verdad, pero me pesan y las detesto. Todo eso pasará de una forma u otra a la novela que estoy escribiendo. Reflexiono de nuevo sobre el problema de las frases, entre las cuales hay que escoger, que conviene descartar, pero cuya presencia debe hacer sentir ese libro subyacente, no escrito. El defecto de muchos escritores trasatlánticos es querer escribirlas. La mayoría no elije.

    26 de septiembre. Hace poco escribía un diálogo muy difícil entre Joseph y David cuando de pronto tuve ganas de lustrar los muebles. Cogí un trapo que guardo para ese efecto y froté mi secreter y mi cómoda hasta que brillaron como escamas, después regresé a mi trabajo sin mucho daño. Releí algunas páginas de la versión primitiva (en primera persona); las frases me parecieron más ágiles, más certeras, pero siempre es así cuando escribo en primera persona. Desafortunadamente, Joseph no hubiera sido capaz de escribir un libro, en primera persona o en cualquier otra, y la verosimilitud de este personaje hubiera sufrido.

    28 de septiembre. Leí con admiración el Libro de Esther, en hebreo. Más de diez años de esfuerzos recompensados. Puedo por fin prescindir de las traducciones.

    l He reflexionado mucho sobre mi novela. Con la idea de que pudiera no moverse si no pongo orden de inmediato, fui invadido por una especie de pánico, como si eso no dependiera de mí. Pues veo que debe seguir adelante, pero me doy cuenta de que vacilo en hacer entrar en escena a esta odiosa Moïra a quien con gusto estrangularía con las manos de Joseph.

    29 de septiembre. Hace poco, en la librería Galignani a la que voy varias veces a la semana y desde hace años. Compré una traducción inglesa de Crimen y castigo, gesto tal vez imprudente, ya que siempre he pensado que era mejor no leer a Dostoievski por temor a verme desalentado a escribir. Compré también los poemas de Burns. Y el tiempo para leer todo eso, ¿dónde lo comprarás? Pensé en la observación de Robert.

    30 de septiembre. Deprimido porque recibí las pruebas de mi traducción de Jeanne d’Arc, de Péguy. El editor me ha escrito para decirme que la encontraba admirable, pero no puedo compartir su opinión. Ciertamente es de una gran fidelidad, pero también tan pesada como el original. Mauriac, a quien le conté que estaba traduciendo a Péguy al inglés, exclamó: “¡Alguien debería traducirlo al francés!” Hay unas páginas de un aburrido casi insoportable. Le había dado a Wolf lo mejorcito de los extractos que había hecho de la poesía de Péguy y él quiso irse a fondo.

    l Algunas veces me siento tan feliz de estar vivo que canto solo. Creo también que sería perfectamente feliz si no tuviera ese problema del que no quiero hablar. Esta mañana tuve que dejar mi libro al cabo de media hora. No se sabrá hasta después de mi muerte contra qué he tenido que luchar para ser yo mismo y hacer acto de presencia casi hasta el fin.

    1 de octubre

    l En una antología erótica en la que están representados muchos escritores conocidos, sólo Colette ha producido una página legible, hasta tal punto es verdad que ese asunto tan rico y tan serio, el amor físico, no inspira en general más que miserias.

    5 de octubre. La lectura de Father and son, de Edmund Gosse, me produce un placer excepcional, una suerte de redescubrimiento de un mundo que había entrevisto en Mark Rutherford, el cual, además, no carece del todo de relación con el libro de Gosse. Me gusta su economía de palabras, su rigor en la elección de la expresión, ¡su eterna preocupación por decir la verdad! Hay en el fondo una emoción que aflora sin cesar y le proporciona a sus frases controladas y severas una especie de palpitación. El dicho de Whistler que me cita Robert encuentra aquí su perfecta aplicación: “La parte es mayor que el todo.” El relato de la enfermedad y de la muerte de la madre es una obra maestra, discreta y, a la vez, patética. Vemos de dónde ha salido un libro como Olivia (ninguna relación, y a pesar de ello…)

    16 de octubre. Escribo lo que veo. Si tuviera que definirme como escritor, creo que esta frase diría casi todo. Si no veo no puedo escribir, quiero decir que si no tengo frente a los ojos de la mente una representación muy clara de la escena que quiero describir, y digo bien, representación, como se dice representación teatral, no puedo hacer nada. No soy como los escritores que pueden inventar a voluntad sin ver nada, que inventan con el auxilio de las palabras, no con los ojos de la mente (y a la larga eso se siente). Dije en otro tiempo que no podía más que inventar, pero no había reflexionado lo suficiente en el problema y me expresé de una forma inexacta. La verdad es que no sé inventar. Hay alguien o algo en mí que me hace ver mis personajes y me hace verlos actuando. La intensidad de la visión no ha sido más grande que cuando escribí mis tres primeras novelas. Se redujo con Epaves (influencia del medio y deseo incomprensible de ir contra el éxito). De nuevo ese don me fue proporcionado con Minuit y Le visionnaire, me faltó casi por completo en Varouna y Si j’étais (con excepción de la escena con el infante y tal vez en la que se desarrolla en la travesía del Cairo). En la novela que me ocupa, la visión es tan límpida que impide cualquier explicación de or­den psicológico, y eso vale mucho más.

    l A propósito de un libro de Renan sobre los orígenes del lenguaje, hable con Robert de la progresiva desaparición del subjuntivo. (Qué de veces he oído, después de regresar a Francia: “Aunque es…” Un día lamentaremos ese modo, porque el subjuntivo es un matiz muy necesario, pero la lenguas se van simplificando (no digo que se aligeren) y sería ridículo tratar de evitarlo. Los ingleses abandonaron el subjuntivo de una forma casi completa; no hay más que un género para designar las cosas (excepto ship que se mantiene obstinadamente femenino). Renan hace señalamientos luminosamente inteligentes sobre la complejidad de las lenguas primitivas y cita el caso del groenlandés, que aglutina todas las palabras de una frase, por larga que sea, y conjuga el conjunto. He devorado su obra casi entera, la otra noche, asaltado por un renacimiento de afección por el viejo buen hombre a quien le debo haber aprendido muchas cosas con placer y facilidad. Era un profesor de carácter; tenía el don de comunicar su saber con la simplicidad de un manantial que corre. Las extrañas debilidades de su estilo son las debilidades de un escritor que a veces dormita. Lo testimonia el inicio de Ma soeur Henriette. Su tics irritan a Bloy con razón, le reprocha sus eufemismos y sus “desvaríos con el matiz imperceptible”. Creo que ya no se le lee, más que cuando cuenta la historia de Israel o de la Iglesia en sus comienzos, con todas las reservas que nos veamos obligados a señalar sobre su interpretación de los hechos o incluso sobre la exactitud de su información no puede ne­garle uno su ejecución, el tono y muchos de los favores necesarios para reanimar la verdad histórica. Para juzgar su verdadero valor, basta con leer, si puede uno, a algunos de los “vulgarizadores” bien pensantes que lo han seguido e imitado.

    21 de octubre. Releí los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, pero recuperé muy poco de mi antigua admiración. Muchas páginas me resultaron estropeadas por el evidente deseo de agravar la tristeza natural del autor, de “reponerla”, de recurrir a la angustia a propósito de todo, de una mujer que vende lápices, de un inmueble en demolición, de una palabra pronunciada en cierta forma, de una corriente de aire. Yo, desgraciadamente, sé lo que es la angustia. No es gratuita, y cuando se manifiesta es por razones de peso. De refinamiento en refinamiento cae uno en la literatura, y en la más falsa. Pero hay partes de una belleza excepcional (la descripción de la sala de lectura de la Biblioteca nacional, por ejemplo.) Admiro a ese gran artista, pero no me gusta la forma que tiene de decirnos: “Atención, voy a sufrir y ya verán de qué forma tan sutil.”

    22 de octubre. Obligado una vez más a volver sobre la opinión que me he hecho de Rilke. Al reabrir los Cuadernos, caí en la admirable historia del epiléptico. Hay en esa narración una simpatía tal, tomo esa palabra en su sentido literal, una compasión tan grande y tan auténtica, que me parece ver a un escritor ruso practicando esta cualidad del amor. (¿Cómo decirlo de otra forma?) Se trata de eso, del don que distingue a los santos del resto de la humanidad. Sin embargo, un poco después, exasperado por el catálogo de miedos que el autor dice sufrir o haber sufrido: miedo a un pequeño hilo de lana, miedo al botón de su camisón, miedo a una migaja de pan, pero para juzgarlo es necesario recordar lo que él se propone hacer, a saber, “descubrir por medio de las cosas visibles el equivalente de las visiones interiores”.

    l El deseo de leer alemán, de fortalecerme con la poesía alemana me ha hecho releer el poema de Goethe sobre la luna y experimenté un placer tan vivo que, habiéndolo leído una vez, no pude contenerme de recomenzar su lectura tres o cuatro veces; la última estrofa me encanta sobre todo por el eco que deja tras ella, es algo que se prolonga en el silencio como la vibración del arpa.

    l En las conversaciones de Goethe con Eckerman, algo que pinta la bajeza del gran hombre: “Mi Werther fue objeto de tantas censuras que si hubiera tenido que tachar todos los pasajes que le reprochaban no hubiera quedado una sola línea… Por suerte la crítica me deja frío: los juicios tan subjetivos de parte de individuos particulares, por más eminentes que sean, eran contrabalanceados por la estimación de la multitud.” Soy yo quien subraya, por supuesto. Y como si la frase vergonzosa que acabamos de leer no fuera suficiente, él agrega lo que un autor de éxito, incluso hoy, no se atrevería a decir: “Quien no espere un millón de lectores debería abstenerse de escribir.” En éste caso, ni Höderlin, ni Keats, ni Baudelaire, por no citar más que los primeros nombres que me vienen a la mente, hubiesen dejado un solo verso. Por lo demás, me agrada saber por qué el hombre me desagrada tanto, con toda la admiración que haya tenido por él.

    l La lectura de Rilke me encanta. Habría que citar casi todo de estos cuadernos extraordinarios: la frase sobre el rostro de su padre muerto que “tenía el aire de acordarse por cortesía”; la descripción del pastor Jespersen, el retrato de Marguerite Brigge, la perforación del corazón de su padre, con la herida que deja escapar dos gotas de sangre como una boca que pronuncia una palabra de dos sílabas. Retiro todo lo que haya podido decir de severo sobre este gran escritor, aunque continúe haciendo algunas objeciones a ciertas afectaciones, como el afán de refinamiento que arruina las primeras treinta páginas de su libro. Entre las cartas que he recibido hay una página escrita por uno de los amigos de Rilke, hace quince años; la encontraré; en ella dice que a él le había gustado mi primer libro. Hoy me doy cuenta del enorme valor de un sufragio semejante.

    25 de octubre. Leyendo las cartas de Hölderlin a Schiller, que son, me parece, de una humildad singular, incluso excesiva, no he podido evitar decirme que jamás hemos tenido un poeta inglés que escriba a un hombre célebre en ese tono. Nos apena Hölderlin por esta modestia injustificable. ¿Cómo es que no tenía la intuición de lo que era él realmente? ¿Cómo pudo consentir en rebajarse de ese modo?

    28 de octubre. Novela. Primera aparición de Moïra. Joseph se abalanzará contra ella como contra un muro, para estrellarse.

    29 de octubre. Mi novela avanza, tal vez demasiado lentamente, pero la claridad de la visión tiene ese costo, me parece. Podría cubrir una extensión más grande de papel todos los días, pero entonces inventaría de una cierta forma, mentiría en lugar de describir lo más verídicamente posible lo que veo. A menudo no me parece ver más que el extremo de una mesa, un gesto, la parte inferior de un rostro, y no oigo sino una o dos palabras; en otras ocasiones, una escena entera me llega con una superabundancia de detalles, con detalles que no sé cómo emplear y entre los cuales debo escoger. Si examinamos mis manuscritos, nos damos cuenta de que todos los pasajes suprimidos fueron inventados con el deseo de ir más rápido para alcanzar la verdad que, sabía, me esperaba más adelante. ¿Quién trabaja así estos días? Es una pregunta que le hice a un joven crítico belga, M. Théo Louis, porque me pareció que le interesaría. Me dijo que, por lo que sabía, el hecho de ver a los personajes no les parecía muy importante a los novelistas contemporáneos, los cuales estaban más preocupados por las ideas que por las imágenes, “pero, agregó, si es verdad que vuestros personajes no expresan sino rara vez lo que llamamos ideas, hay en vuestros libros una visión del mundo, una filosofía”. Si usted lo dice. Lo que reprocho a ciertos novelistas de nuestros días no es hacer que sus personajes expresen ideas. No, lo que les reprocho es que las ideas de sus personajes no formen parte de quienes las expresan, sino de su autor. Cuando un personaje en una gran novela rusa manifiesta sus ideas, son su sangre y su carne las que hablan y uno las cree, pero ¿cómo no ver que los personajes de tal escritor moderno no son sino sus portavoces y que sus discursos son intercambiables?

    l El lector ve estrictamente lo que el novelista ha visto, y lo muestra porque lo ha visto, pero el lector sabe por instinto cuándo el novelista ve y cuándo, al no ver nada, cuenta chascarrillos.

    30 de octubre. Persistentes rumores de guerra. No compramos un libro sin preguntarnos si tendremos tiempo de leerlo, pero esta amenaza, sea la que sea, ¿no es la amenaza de muerte que pesa sobre nosotros sin importar la edad? Deberíamos pensar en la guerra como la inevitable tragedia personal que nos espera a todos desde el momento que estamos en el mundo. Trabajar me interesa tanto como si estuviera seguro de vivir todavía muchos años. Esta mañana puse mucho cuidado en escribir un diálogo un poco difícil. ¿Quién lo leerá? Debo decir que no me preocupa mucho. Escribo mi libro porque si no lo escribiera reventaría.

    1 de noviembre. Le he dedicado a la lectura mucha horas que podría haberle dedicado a mis libros, pero es mi forma de elevar el dique, y de resistir. Es la pereza de estudiar mucho, decía Bacon. En mi caso, no. Le dedico tres horas por día a la lectura, más una hora y media al estudio de la Biblia. A mi novela una hora y media más o menos; es todo lo que puedo hacer, lo que escribo después de esa hora y media lo tengo que rehacer al día siguiente. Veinte líneas, algunas veces treinta, eso es todo. Sólo escribo en las mañanas porque es el momento en que el sentido crítico está más despierto. La tarde es la hora del lirismo. No escribo cartas más que cuando me veo forzado a hacerlo y no veo en ello más que una pérdida de tiempo. El tiempo que tengo prefiero pasarlo con mis libros más que con mis cartas.

    3 de noviembre. Esta mañana, al estar escribiendo mi libro, tuve conciencia de un nuevo impulso de la novela, una suerte de nuevo comienzo. En general, la revigorización de la narración anuncia el final, el comienzo del último galope. Es la recompensa de una larga sucesión de esfuerzos.

    4 de noviembre. Ayer escuché con delicia escenas de Boris Godunov presentadas en Praga y cantadas en ruso. El tenor (Dimitri) tenía una voz que te hacía un nudo en la garganta. Una vez más, me di cuenta de que la lengua rusa es en sí una especie de música. No conozco una lengua más bella, diría que tan bella como el español, al escucharla. En lo que concierne al francés, al no haberla escuchado hablar nunca, no puedo juzgarla, pues en el caso de una lengua de la que conoce uno cada palabra, el oído no es libre de juzgar. Podemos apreciar la belleza de las sílabas, su disposición en el orden más eufónico, nunca podemos oírla como la oye el extranjero que no comprende nada.

    6 de noviembre. Hoy, como me sucede a menudo, un acceso de melancolía inexpresable al pasearme por estas piezas que amueblé con tanto cuidado. ¿De dónde viene esta tristeza? No lo sé. Es la tristeza de estar vivo y de sentir la amenaza que pesa sobre todo lo que uno ama. No puedo ser completamente feliz en un mundo en que la muerte tiene siempre la última palabra y en el que puede intervenir en cualquier momento. Pero, si se tratara sólo de mí… Me asombra que podamos reírnos tan seguido, que podamos hacer como si ella no estuviera ahí.

    l Es el silencio de estas dos piezas donde vivo lo que me asombra y encanta —y, a veces, me inquieta también, como si estuviera disfrutando de algo prohibido.

    8 de noviembre. Me pregunto si los demás escritores están tan a disgusto con su trabajo, con lo que escriben, como yo lo estoy con el mío. Creo que no. Esta mañana comencé a copiar mi novela y desde la primera página me sentí decepcionado pues la había visto más bella en la mente de lo que es. Pero hay vida en esas páginas. Los personajes respiran.

    10 de noviembre

    l Summing up de Somerset Maugham es una lectura que me encanta. La honestidad y buen sentido del autor hacen del libro algo raro e inesperado, y habla de su oficio con un profundo conocimiento de todas sus dificultades. Lo que nos dice de él mismo es también muy interesante porque sentimos que es verdadero. Nada extraordinario; su experiencia de la vida no difiere mucho de lo que todos sabemos, pero dice simplemente lo que es, con una elección de palabras de primer orden, y eso es suficiente para que cada frase atrape la atención. La receta es tan simple que me pregunto por qué no la empleamos más seguido, pero pienso que entonces no existiría esta especie de alarde que llamamos literatura. A pesar de ello, la verdad es interesante, ¡por el solo hecho de serlo! Incluso en las cosas pequeñas proporciona un tono inimitable, tiene un encanto y una fuerza de persuasión que todas las mañas de estilo no pueden sino imitar.

    l Maugham cuenta que cuando joven quiso escribir un relato sin adjetivos. Yo tuve la misma idea en 1923. Bajo la influencia de la Biblia escribí una larga historia en la que los sustantivos decían lo que tenían que decir, y salían de apuros sin el auxilio de palabras que los calificaran. Obtuve de ese modo frases, a mis ojos, de una desnudez ejemplar.

    11 de noviembre. Pensé hace poco que si no hubiera tenido ciertas dificultades en mi vida, si no hubiera estado dominado por esta hambre ingobernable, habría hecho una obra completamente diferente. ¿Mejor? No lo sé, pero diferente. Mis libros son libros del prisionero que sueña con la libertad… c… No es para compadecerme que digo esto, sino intentando poner en claro la cuestión. Creo que algún día mi caso parecerá extraño, cuando se sepa todo, sin embargo me siento inclinado a pensar que es menos raro de lo que uno supondría. La fe es la causa de este violento conflicto.

    l Lectura de Maugham. No puedo darle siempre la razón, sobre todo cuando dice que releer libros es estúpido, que no tiene ningún provecho aprender lenguas muertas o vivas; pero estoy de acuerdo cuando dice que el francés y el inglés son suficientes para el hombre culto, pues Francia e Inglaterra son los únicos países que tienen una literatura: los demás sólo tienen grandes escritores. Sólo en esos dos países encuentra uno, en efecto, la continuidad de las grandes obras, el río que fluye hasta el borde sin jamás secarse.

    16 de noviembre. Sin importar lo fatigado que me siento esta noche, voy a intentar contar mi visita a Gide. Lo fui a visitar en la mañana para pedirle permiso para reproducir en Biblio Hachette una carta que me escribió en 1934 a propósito de Visionnaire. Me hizo entrar en el pequeño cuarto donde trabaja y que da sobre los techos. Nos sentamos frente a frente; entre nosotros una pequeña mesa cubierta de libros y papeles. Gide tiene una tez rosada que desde mi regreso de Norteamérica no le había visto y me pareció tan joven y alerta como antes de la guerra. Jamás se había mostrado tan encantador conmigo, tan sencillo en sus modales, tan cordial. Creo que realmente estaba feliz de verme, porque me lo dijo varias veces como si quisiera que yo estuviese bien convencido. Cuando le hablé del objeto de mi visita, pareció ligeramente sorprendido, lo que me hace pensar que no siempre tienen tales escrúpulos con él. Él leyó la carta, su carta, con una gran atención y se detuvo un momento para exclamar a media voz: “¡Pero está muy bien, me alegra haberla escrito!” Le extendí enseguida un post scriptum suelto muy largo, que era una lista de erratas encontradas por él en mi libro. “Hágala imprimir también, me dijo con buen humor. Eso hará ver mi lado de inspector escolar…” Hablamos sin orden ni concierto y no sé por qué motivo le confié que dormía mal. “¿Conoce usted la carta de Descartes sobre el insomnio?” No la conocía. Me condujo a su biblioteca, donde, cogiendo un Descartes de la Pléiade, se sentó en el rincón cercano a la ventana. La carta estaba dirigida a Balzac. Gide la leyó con lentitud, con una bella voz, precisa y sonora, para nada la voz fatigada y como apagada que tiene en la radio (pienso en sus entrevistas con Amrouche); llegó al pasaje donde Descartes habla de sus sueños y dijo —cito de memoria—: “Me paseo entre los arbustos, los jardines, los palacios encantados…” Baja el libro y me ve con una sonrisa de arrobamiento; es una alegría casi sensual la que experimenta al leer este lenguaje admirable. “¡Qué preciosidad —dice— y cómo está lejos del hombre enfadado que nos presenta Franz Hals! Me hace muchas preguntas sobre el libro que estoy leyendo, y como le digo algunas palabras sobre las dificultades de Joseph, se levanta para coger de un compartimento un cuaderno gris que me entrega abierto. “Lea, dice, es algo que le va a parecer bien, pero quiero que lo lea de inmediato.” El texto manuscrito está muy tachoneado. Veo que se trata del padre Valensin, de un escrito sobre Platón, pero apenas leo tres líneas cuando Gide me lo quita de las manos. “No, tendríamos que interrumpir nuestra conversación y nos vemos muy rara vez.” Me habla de su correspondencia con Claudel y le pregunto cómo fue tomada su publicación en Le Figaro: “No fueron muchos los que cancelaron sus suscripciones”, responde riendo. X., a quien vio la víspera, se sintió “erizado” por ciertas frases de Claudel. “Pero, atención, hay cartas muy bellas…” Sus ojos brillan como antaño. Regresamos a su recámara. Esta mañana no está ocupado, y de nuevo me habla del libro que estoy escribiendo y que, le digo, sin duda ofenderá a algunos lectores. “¡Tanto mejor!” Y me cita, disculpándose, una frase de su diario donde habla ¡del gusto amargo de los laureles!

    17 de noviembre

    l Hay algo que no dije en mi relato de la visita a Gide: mientras estábamos sentados frente a frente, me dijo que leyó el último volumen de mi diario y que debido a ello pensaba en mí todos los días y me hablaba (ésas son sus palabras). Me dijo que estaba muy conmovido por lo que había escrito de él en 1944. Varias veces quiso prender un cigarrillo con su encendedor sin lograrlo, pues ponía el encendedor demasiado a la derecha. Sin embargo lee con facilidad. A propósito de cierto escritor, me dijo: “Es un cobarde. Admiro al escritor, pero el hombre es un cobarde. —Eso se vería mucho menos, comenté, si no adoptara esas actitudes grandilocuentes.”

    3 de diciembre

    l Leo, en una edición de Omar Khayyam, que Keats había expresado el deseo de ver algún día a un viajero llevar un ejemplar de Endymion y lanzarlo con todas sus fuerzas a mitad del desierto.

    4 de diciembre

    l En el prefacio de L’eunuque, de La fontaine, hay algo que me gustaría dijeran de mi libro: “…todos los resortes hacen mover la máquina”.

    7 de diciembre. En un inepto librito sobre lord Alfred Douglas hay un retrato de él a los 24 años y es difícil imaginar un rostro más idealmente bonito que ése (a pesar de la abertura de las ventanas de la nariz). Más adelante, un retrato del mismo personaje a los 50 años. Nos hace pensar en El retrato de Dorian Gray, pues esta segunda imagen es horrible. Un rostro bonito no envejece bien (es la diferencia con la belleza, pues ella puede envejecer muy bien, según Whitman). Un joven muy bonito se convierte en un viejo ridículo. En el caso de Douglas, hay algo a la vez trágico y repulsivo en una trasformación tan cruel. Lo que es peor es que uno reconoce al muchacho de 24 años en el juerguista fatigado. La forma de la frente y la nariz se encuentran ahí, ¡pero en qué estado! Hay, además, una relación entre esos dos retratos tan elocuentes con los poemas que el amigo de Wilde escribía en su juventud y luego, más tarde, después de su conversión. En esa cabeza encantadora no había nada, nada más que el sonido maravilloso del verso inglés. Nada de ideas generales, ni la menor huella de sensatez sino música, y eso hasta en los últimos días de gran debilidad mental, un eco de ese sonido inimitable que produce la verdadera poesía. Él se convirtió en 1911. En 1916 manifiesta su deterioro mental al escribir un poema sobre Inglaterra en el que nos informa que los dos peores enemigos de Inglaterra son: the german and the sodomite. Eso, viniendo de él… son palabras que jamás debió haber escrito, pero se diría que no hay ninguna cosa vergonzosa que no haya hecho. El triste viejo que se convirtió en el Endymion de los años noventa dejó en estos versos su testamento político: I was for Franco in the Spanish war.

    8 de diciembre. A causa de Douglas releí en Harris el relato (¿verídico?) de la espantosa muerte de Wilde, su cuerpo que explota, y más tarde la exhumación. Wilde aparece en su tumba con barba, reconocible todavía, a pesar de o a causa de la cal viva que no hizo sino secar la carne en lugar de devorarla, y la maravillosa bondad de Ross que hace a un lado a los sepultureros con sus palas para descender a la tumba y tomar con sus manos esos restos espantosos que deposita piadosamente en un ataúd. ¡Se siente uno feliz de que se haya hecho ese gesto, que haya habido un inglés para hacerlo, que los demás no hayan sido duros y que junto a su tumba haya habido un alma verdaderamente cristiana en ese momento!

    12 de diciembre. En un desayuno literario me ha hecho sonreír escuchar a dos escritores decidir lo que no sobrevivirá de la obra de Paul Claudel. ¡Cómo si lo supieran, como si pudiera saberse! No sobrevivirán, parece, sino las Cinq grandes odes. ¿Y de su teatro? Nada. “Sus grandes armadas se irán a pique cuando muera…” Pedí gracia para Tête d’or. Pero también mandaron al fondo esa obra magnífica. ¡Hombres serios, qué niños son ustedes!

    18 de diciembre. El otro día vino un joven periodista a preguntarme qué pensaba yo de mi siglo. Quería saber si me sentía un hijo del siglo. Si y no, por supuesto. Siempre me ha parecido que mis libros eran un producto característico de nuestro tiempo por la inquietud sin pausa que encontramos en ellos… A mi vez, interrogué a mi visitante sobre lo que pensaba del porvenir, porque el grueso de la riqueza se encuentra para él en el porvenir, y él me dijo hasta qué punto la incertidumbre paraliza a los jóvenes de su edad y mata la ambición. La sombra de la gran catástrofe aqueja de vanidad los proyectos que hubiéramos hecho en una época más tranquila. Lo escuché con tristeza y una suerte de respeto. Valía más tener 20 años cuando yo los tuve, cuando parecía que todo iba a permanecer en su lugar durante mucho tiempo.

  • Norman Mailer: Amigo sólo en las malas

    Por: Norman Podhoretz | Traducción: Pedro Santander

    El mayor cumplido que me hizo Norman Mailer fue llamarme un “foulweather friend”. Me lo dijo sonriente, satisfecho con el ingenio y felicidad de su expresión.* Yo reí también, tanto porque compartía su apreciación por la forma graciosa que había impreso a su cumplido como porque sabía que, habiéndome mantenido firme a su lado tanto en los buenos como en los malos tiempos, lo merecía. Nuestra amistad comenzó en un periodo particularmente duro para él y poco a poco comenzó a desmoronarse conforme él, de nueva cuenta, volvía a subir alto. Yo, por mi parte, tenía graves problemas en ese momento y él no mostró ser un amigo en las malas también para mí.

    Pero hay más mucho más que contar y falsearía la historia si diera la impresión de que el desarrollo y caída de nuestra amistad fue, para emplear una frase de Jay Gatsby, un asunto “meramente personal”.

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