Narrativa

  • El Imperio Galeano | Laura C. Rosales

    “Vine, vi y jamás caí”. Éste es el epitafio que mi padre escogió para su tumba. Durante el funeral, uno de sus colegas –no sabría decir cuál, todos esos intelectuales de cierta edad se parecen entre sí– dijo que esa frase “compendia con elocuencia emblemática la tenacidad y sabiduría del gran hombre que siempre fue el doctor Galeano”. Ese mismo sujeto, que bien pudo ser otro porque, como dije antes, todos hablan y huelen igual, se acercó a mí al final del servicio y dijo que mi padre había sido el hombre más brillante y cabal que había conocido en su vida. Luego me abrazó y pude escuchar el inconfundible sonido del moco siendo aspirado de vuelta a la nariz. read more

  • Bipolar | Eduardo Sabugal

    I

    Lucía odiaba su nombre porque en su familia había existido una mujer con ese mismo nombre. Una suicida, le habían dicho, una tía loca que deambulaba desnuda por pasillos llenos de pacas de paja y botes de leche recién ordeñada, una sonámbula que veía cosas en los establos. Pero el nombre era paradójicamente lumínico, era lucidez, un ingrediente sanguíneo que ella había heredado muy a su pesar, una lucidez maldita que no aceptaba, que no quería. read more

  • El segundo lugar | Geney Beltrán Félix

    para Pilar Nieto, chamana y salvadora

     

    Ya iban los demás alumnos saliendo del salón de quinto grado. Por encima del cabello sentía el Iñaqui el aire que las aspas al girar desperdigaban frescamente por el aula, un lápiz caído venía sobre el mosaico rueda y rueda hasta tocarle la suela del zapato. Qué desespero: algo siniestro le decía al oído el profesor Cipriano a su alumno predilecto, el gordo Inzunza. A un lado del pizarrón, el muchachito se hallaba inmóvil con los hombros erguidos, el cuello ligeramente inclinado. Por su mirada seria, no parecía un chamaco de once años sino alguien mayor, un adolescente que se esforzaba, con algo de nerviosismo, por mostrarse confiable para asistir en una tarea de endurecidos adultos. read more

  • La huida | Edgardo Cozarinsky

    Hay noches, en el Océano Índico pero también al sur de Portugal, y de este lado del Atlántico en las costas de Puerto Rico, en que el mar parece encenderse.

    No son llamas, es más bien una luminosidad azulada, un palpitar llegado de la profundidad que recorre inquieto la superficie, acompañando la respiración del oleaje. Los intrépidos, los ociosos, los soñadores que van en su busca parten sin brújula ni calendario. Saben que pueden agotar la vida sin haber encontrado ese mar que dicen fosforescente. En algún momento de su juventud leyeron a Julio Verne y rcuerdan que el Nautilus navegó como en un sueño sobre aguas que el capitán Nemo creyó habitadas por innumerables criaturas marinas luminosas. Poco les importa que investigadores de un siglo posterior hayan identificado la fuente de esa luz en una bacteria que anida en las algas del plancton. La ciencia nunca ha podido expulsar la leyenda que le da sentido. read more

  • Nunca te bajes en Niebla | Miguel Terry Valdespino

    Después soñé que soñaba.

    Antonio Machado

     

     

    Yo, Teresa Miralles Williams, escritora de poesía y ficciones, con tres libros publicados y algunos premios de cierta importancia, voy a subir al último tren que sale rumbo a Niebla a las 11 y 48 de la noche. read more

  • Tres prosas | Óscar González Saint

    La avenida

    Era verano. De madrugada sintió las patadas en el vientre. Escuchó el ruido de los camiones, a esas horas ya en la avenida. Estaba en el octavo mes de embarazo. Junto a ella se removió la niña. Amaneció una hora después. Se quedaron despiertas en la cama, jugando. Se levantaron tarde, desayunaron. Luego la niña subió a tender la cama, a juntar la ropa sucia. La casa era oscura, fresca. Por las ventanas entraba una luz blanca. Afuera el cielo era gris. El calor constante. Barrió la cocina, prendió el calentador. Oyó a la niña meterse a bañar. Luego trapeó el piso. read more

  • Henry McCarty | Antonio Moreno Montero

    al tío Hugo Corzo, por el recuerdo de la última cabalgata que llevó a cabo con mi padre.

     

    El hambre y la falta de agua empezaron a minar el físico del jinete, mientras su caballo ruano daba muestras de seguir al trote sin la necesidad de las espuelas. Si la fatiga podía doblegar el cuerpo, los poemas del profeta le fortalecían el espíritu. Extrajo de la alforja el libro Songs of innocence, de William Blake, forrado en piel de carnero, un poco abarquillado y en el frontis, hecho a cuchillo tal vez, con mucha precisión, había trazado la figura de un ángel impúdico. El libro había pertenecido a su padre, era el único patrimonio, obviando el apellido y el coraje, heredado de él. Leía el libro todos los días, poemas al azar, para no olvidarse que la voluntad humana es el principio y final de la libertad, la que permite que el hombre, desde su primer sol hasta el último, luche para no perder la inocencia. Era una escena que habría seducido a Sam Peckinpah o Sergio Leone, por el tenue barniz civilizatorio que sugiere, preñada de paradojas, la imagen de un jinete armado hasta los dientes que lee montado en una bestia sin riendas, aparentemente perdidos entre chamizos, breñales y árboles achaparrados siguiendo el camino hacia la muerte, bajo la luz de un sol implacable. Leyó en voz alta The little boy found (The little boy lost in the lonely fen, / Led by the wand’ring light, / Began to cry; but God, ever nigh, / Appear’d like his father in white.); y recordó sus días caminando de la mano de su padre por las calles bulliciosas del barrio irlandés de Nueva York. read more

  • Piquito | Gustavo Ferreyra

    Josefina me ha confesado (aunque “confesar” es un verbo que uso en verdad sin motivo porque ella habló sin ningún pudor y casi como al pasar) que ayer circuncidó a Roger Federer. Tremoluctancia arditis. Por unos momentos, llevado por su tono de voz, pleno de confianza, no me alarmé en lo más mínimo. Después de un rato, sin embargo, tomé a Maloy, mi muñeco preferido, luego, claro está, de Cachimbo, y con el dedo índice lo conminé a que me dijese algo al respecto. Creo que pretendía que me dijese su parecer. read more

  • Tramos de mar baldíos | Gabriel Rodríguez Liceaga

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    Me costó trabajo comprender que estoy preso en la barriga teatral de una ballena. Conseguí resignarme luego de superar una fase de intermitentes sueños que duraban apenas si un pestañeo. Siempre acompañados de los delirantes achaques que en mi cuerpo herido y masticado latían como individuales corazones, transformándome en algo muy parecido a los círculos indecisos que uno dibuja cuando el bolígrafo se está quedando sin tinta.

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  • En la playa no había ya cocodrilo | Artermisa Dafne Covarrubias

    –Eres un asesino. Mataste a mi mamá –le decía. Yo la escuchaba y mi hijo le contestaba:

    –¿Crees que me gustó haber matado a mi papá?

    Le contaba mientras el gato pinto rondaba por sus pies, buscando comida por la base de la alberca.

    –¿Y a tu hijo lo encerraron? –inquirió al tiempo que le daba migajas de galleta dura al animal.

    La encargada del lugar asintió. read more