Narrativa

  • La huida | Edgardo Cozarinsky

    Hay noches, en el Océano Índico pero también al sur de Portugal, y de este lado del Atlántico en las costas de Puerto Rico, en que el mar parece encenderse.

    No son llamas, es más bien una luminosidad azulada, un palpitar llegado de la profundidad que recorre inquieto la superficie, acompañando la respiración del oleaje. Los intrépidos, los ociosos, los soñadores que van en su busca parten sin brújula ni calendario. Saben que pueden agotar la vida sin haber encontrado ese mar que dicen fosforescente. En algún momento de su juventud leyeron a Julio Verne y rcuerdan que el Nautilus navegó como en un sueño sobre aguas que el capitán Nemo creyó habitadas por innumerables criaturas marinas luminosas. Poco les importa que investigadores de un siglo posterior hayan identificado la fuente de esa luz en una bacteria que anida en las algas del plancton. La ciencia nunca ha podido expulsar la leyenda que le da sentido. read more

  • Nunca te bajes en Niebla | Miguel Terry Valdespino

    Después soñé que soñaba.

    Antonio Machado

     

     

    Yo, Teresa Miralles Williams, escritora de poesía y ficciones, con tres libros publicados y algunos premios de cierta importancia, voy a subir al último tren que sale rumbo a Niebla a las 11 y 48 de la noche. read more

  • Tres prosas | Óscar González Saint

    La avenida

    Era verano. De madrugada sintió las patadas en el vientre. Escuchó el ruido de los camiones, a esas horas ya en la avenida. Estaba en el octavo mes de embarazo. Junto a ella se removió la niña. Amaneció una hora después. Se quedaron despiertas en la cama, jugando. Se levantaron tarde, desayunaron. Luego la niña subió a tender la cama, a juntar la ropa sucia. La casa era oscura, fresca. Por las ventanas entraba una luz blanca. Afuera el cielo era gris. El calor constante. Barrió la cocina, prendió el calentador. Oyó a la niña meterse a bañar. Luego trapeó el piso. read more

  • Henry McCarty | Antonio Moreno Montero

    al tío Hugo Corzo, por el recuerdo de la última cabalgata que llevó a cabo con mi padre.

     

    El hambre y la falta de agua empezaron a minar el físico del jinete, mientras su caballo ruano daba muestras de seguir al trote sin la necesidad de las espuelas. Si la fatiga podía doblegar el cuerpo, los poemas del profeta le fortalecían el espíritu. Extrajo de la alforja el libro Songs of innocence, de William Blake, forrado en piel de carnero, un poco abarquillado y en el frontis, hecho a cuchillo tal vez, con mucha precisión, había trazado la figura de un ángel impúdico. El libro había pertenecido a su padre, era el único patrimonio, obviando el apellido y el coraje, heredado de él. Leía el libro todos los días, poemas al azar, para no olvidarse que la voluntad humana es el principio y final de la libertad, la que permite que el hombre, desde su primer sol hasta el último, luche para no perder la inocencia. Era una escena que habría seducido a Sam Peckinpah o Sergio Leone, por el tenue barniz civilizatorio que sugiere, preñada de paradojas, la imagen de un jinete armado hasta los dientes que lee montado en una bestia sin riendas, aparentemente perdidos entre chamizos, breñales y árboles achaparrados siguiendo el camino hacia la muerte, bajo la luz de un sol implacable. Leyó en voz alta The little boy found (The little boy lost in the lonely fen, / Led by the wand’ring light, / Began to cry; but God, ever nigh, / Appear’d like his father in white.); y recordó sus días caminando de la mano de su padre por las calles bulliciosas del barrio irlandés de Nueva York. read more

  • Piquito | Gustavo Ferreyra

    Josefina me ha confesado (aunque “confesar” es un verbo que uso en verdad sin motivo porque ella habló sin ningún pudor y casi como al pasar) que ayer circuncidó a Roger Federer. Tremoluctancia arditis. Por unos momentos, llevado por su tono de voz, pleno de confianza, no me alarmé en lo más mínimo. Después de un rato, sin embargo, tomé a Maloy, mi muñeco preferido, luego, claro está, de Cachimbo, y con el dedo índice lo conminé a que me dijese algo al respecto. Creo que pretendía que me dijese su parecer. read more

  • Tramos de mar baldíos | Gabriel Rodríguez Liceaga

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    Me costó trabajo comprender que estoy preso en la barriga teatral de una ballena. Conseguí resignarme luego de superar una fase de intermitentes sueños que duraban apenas si un pestañeo. Siempre acompañados de los delirantes achaques que en mi cuerpo herido y masticado latían como individuales corazones, transformándome en algo muy parecido a los círculos indecisos que uno dibuja cuando el bolígrafo se está quedando sin tinta.

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  • En la playa no había ya cocodrilo | Artermisa Dafne Covarrubias

    –Eres un asesino. Mataste a mi mamá –le decía. Yo la escuchaba y mi hijo le contestaba:

    –¿Crees que me gustó haber matado a mi papá?

    Le contaba mientras el gato pinto rondaba por sus pies, buscando comida por la base de la alberca.

    –¿Y a tu hijo lo encerraron? –inquirió al tiempo que le daba migajas de galleta dura al animal.

    La encargada del lugar asintió. read more

  • La gaviota | Alejandro Badillo

    Un niño observa la marca que deja la marea en la playa. Cerca de él se balancea un par de lanchas. Una gaviota planea por el tejado de una casa en la que un anciano mira la televisión. El niño intenta ordenar las nubes que avanzan por el horizonte. La gaviota se posa sobre unos cables y se acicala las plumas. La tarde crece pero aún hay luz en las calles. El resplandor de la televisión ilumina el rostro del anciano. Transmiten una película antigua. Las lanchas siguen su bamboleo y la gaviota, ahora inmóvil, parece la oleosa figura de un cuadro. El viejo apaga la televisión y recuerda a la joven. read more

  • Incontenible | Javier Caravantes

    Play.

    Párpados apretados, mandíbula trabada. El espanto en su rostro contrasta con las sábanas blancas: la pesadilla la obliga a empujar el cuerpo hacia atrás, como si quisiera hundir su espalda en el colchón, esconderse entre los resortes y alambres. Se cubre el rostro con los antebrazos. Grita. Despierta. Poco a poco se sienta; parece a punto de decir algo.

    Pausa. read more

  • Trampas | José Balza

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    La casa de su familia parecía una hacienda, pero no lo era porque en ella nadie criaba ganado o sembraba la tierra. Los padres son maestros en la escuelita más próxima y el niño y sus hermanos, aparte de jugar en los hierbazales, nunca tuvieron contacto directo con sus tierras.

    El chico de once años, sin embargo, obedecía por las tardes a la fascinación de la vasta sabana. En el medio año del verano buscaba correr, al comienzo con sus hermanos y luego solo, bajo los oscuros chaparros, dentro del gamelote. El verdor y el sonido de las hojas lanceoladas lo seguían, lo rodeaban como si el viento soplara para él. Un zambito de boca gruesa y pronunciada, muy flaco pero fuerte. En casa se decían que estaba muy cerca, jugando, cuando desaparecía por algunas horas. Pero en verdad él recorría los kilómetros, las hondonadas, con furia de placer hasta alcanzar el cercado de un hato. read more