Narrativa

  • Kloaka: una visión del mundo | Antonio Ochoa

     

    El sábado 8 de noviembre, temprano por la mañana, fui a recoger un auto que me había prestado un amigo para manejar de Cambridge, Massachusetts, a Collingswood, Nueva Jersey, donde vive el poeta Roger Santiváñez, en una pequeña casa cerca del río Cooper, escenario de sus poemas más recientes. Era un día despejado. El trayecto fue tranquilo, con vistas de los bosques de Massachusetts y Connecticut. Manejar solo en carretera me invita a un estado meditativo, simultáneamente de atención a las acciones mecánicas y al entorno, aunque mentalmente despejado como el cielo azul celeste. Llevaba conmigo algunas notas para la entrevista, pero más que pensar en éstas se me presentaban imágenes de los poemas de Roger. Pensé entonces que lo mejor sería dejar fluir la conversación sin apegarme a mis notas. Llegué a la casa de Roger como a las tres y media de la tarde y él salió amablemente a recibirme. Después de conversar un rato, sacó una botella de pisco, un poco de queso, y puso un disco de Leuzemia en el tornamesa. Estábamos sentados en la sala de su casa. Roger sabía las letras de las canciones que a veces cantaba bajo el aliento, recordando esos años en Lima. Fue entonces que dejé encendida la grabadora para que captara nuestra conversación. read more

  • Hell is round the corner | Atenea Cruz

     

    para Martín e Iván, ya sabrán por qué

     

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    En el principio fue un alfiler. El elemento metonímico con que su madre ejemplificaba el hecho de que el más pequeño e inocuo de los objetos era suficiente para volverse blanco de la ira del Señor: “Con un alfiler, con uno solo basta para irse al infierno. Robar es robar.”. En su infancia más tierna el temor corroía su espíritu, pero una vez –más por descuido que de forma deliberada− hurtó de una mercería una pieza de un muestrario. Esa noche, ya en casa, notó estremecida el alfiler abrochado con descuido en el puño de su suéter escolar. Pasó la noche en vela, dudando sobre lo que tenía que hacer: confesar ante su madre era la opción más obvia, pero también la más terrible. Reconocer su estupidez y ser castigada con la dureza habitual en aquel hogar de firmes convicciones católicas por algo tan menor le parecía exagerado, casi injusto. read more

  • De la brevedad | Félix Terrones

    Anónimo

     

    Es el autor más antiguo de todos y también el más prolífico cuando se trata de obras maestras. A él le debemos el Popol Vuh, Las mil y una noches, la saga de Gilgamesh, los cantares del Cid y de Roncesvalles, también el Lazarillo de Tormes, entre muchos otros. Nadie ha visto su rostro, nadie conoce su nombre. Por comodidad, le llamamos anónimo como si con esa palabra pudiéramos llenar el vacío. ¿Qué ocurrió para que de él no quedara otro recuerdo que sus libros? Acaso el miedo de ser conocido, el desinterés por su persona, la falta de vanidad, o bien la censura le obligaron a desaparecer. Quién lo sabe. En cualquier caso no podemos adivinar sus facciones, conocer sus opiniones, rastrear sus enemistades y amores. read more

  • Los persuasores de la muerte | Lobsang Castañeda

     

    El guiño de Hegesias

     

    Debo confesar que me traspasa una rara fascinación por lo inútil, un cariño sincero por lo inservible. Me embelesan las máquinas inoperantes, los cuadernos de apuntes, los edificios abandonados. Me hipnotiza lo maltrecho o, mejor aún, la certeza de que lo funcional puede estropearse en cualquier momento. Los que me conocen saben que prefiero mantenerme a la expectativa, sin concretar, que me gusta lo oscuro y lo silente, la quietud y el desencanto, todos los libros, todas las sombras, todos los desvíos. Y saben también que, precisamente por mi afición al despropósito, estoy lejos de considerarme un defensor de las causas perdidas. Por el contrario, mi voluntad de lucha siempre ha sido escasa e invisible. No peleo, resisto. read more

  • El Imperio Galeano | Laura C. Rosales

    “Vine, vi y jamás caí”. Éste es el epitafio que mi padre escogió para su tumba. Durante el funeral, uno de sus colegas –no sabría decir cuál, todos esos intelectuales de cierta edad se parecen entre sí– dijo que esa frase “compendia con elocuencia emblemática la tenacidad y sabiduría del gran hombre que siempre fue el doctor Galeano”. Ese mismo sujeto, que bien pudo ser otro porque, como dije antes, todos hablan y huelen igual, se acercó a mí al final del servicio y dijo que mi padre había sido el hombre más brillante y cabal que había conocido en su vida. Luego me abrazó y pude escuchar el inconfundible sonido del moco siendo aspirado de vuelta a la nariz. read more

  • Bipolar | Eduardo Sabugal

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    Lucía odiaba su nombre porque en su familia había existido una mujer con ese mismo nombre. Una suicida, le habían dicho, una tía loca que deambulaba desnuda por pasillos llenos de pacas de paja y botes de leche recién ordeñada, una sonámbula que veía cosas en los establos. Pero el nombre era paradójicamente lumínico, era lucidez, un ingrediente sanguíneo que ella había heredado muy a su pesar, una lucidez maldita que no aceptaba, que no quería. read more

  • El segundo lugar | Geney Beltrán Félix

    para Pilar Nieto, chamana y salvadora

     

    Ya iban los demás alumnos saliendo del salón de quinto grado. Por encima del cabello sentía el Iñaqui el aire que las aspas al girar desperdigaban frescamente por el aula, un lápiz caído venía sobre el mosaico rueda y rueda hasta tocarle la suela del zapato. Qué desespero: algo siniestro le decía al oído el profesor Cipriano a su alumno predilecto, el gordo Inzunza. A un lado del pizarrón, el muchachito se hallaba inmóvil con los hombros erguidos, el cuello ligeramente inclinado. Por su mirada seria, no parecía un chamaco de once años sino alguien mayor, un adolescente que se esforzaba, con algo de nerviosismo, por mostrarse confiable para asistir en una tarea de endurecidos adultos. read more

  • La huida | Edgardo Cozarinsky

    Hay noches, en el Océano Índico pero también al sur de Portugal, y de este lado del Atlántico en las costas de Puerto Rico, en que el mar parece encenderse.

    No son llamas, es más bien una luminosidad azulada, un palpitar llegado de la profundidad que recorre inquieto la superficie, acompañando la respiración del oleaje. Los intrépidos, los ociosos, los soñadores que van en su busca parten sin brújula ni calendario. Saben que pueden agotar la vida sin haber encontrado ese mar que dicen fosforescente. En algún momento de su juventud leyeron a Julio Verne y rcuerdan que el Nautilus navegó como en un sueño sobre aguas que el capitán Nemo creyó habitadas por innumerables criaturas marinas luminosas. Poco les importa que investigadores de un siglo posterior hayan identificado la fuente de esa luz en una bacteria que anida en las algas del plancton. La ciencia nunca ha podido expulsar la leyenda que le da sentido. read more

  • Nunca te bajes en Niebla | Miguel Terry Valdespino

    Después soñé que soñaba.

    Antonio Machado

     

     

    Yo, Teresa Miralles Williams, escritora de poesía y ficciones, con tres libros publicados y algunos premios de cierta importancia, voy a subir al último tren que sale rumbo a Niebla a las 11 y 48 de la noche. read more

  • Tres prosas | Óscar González Saint

    La avenida

    Era verano. De madrugada sintió las patadas en el vientre. Escuchó el ruido de los camiones, a esas horas ya en la avenida. Estaba en el octavo mes de embarazo. Junto a ella se removió la niña. Amaneció una hora después. Se quedaron despiertas en la cama, jugando. Se levantaron tarde, desayunaron. Luego la niña subió a tender la cama, a juntar la ropa sucia. La casa era oscura, fresca. Por las ventanas entraba una luz blanca. Afuera el cielo era gris. El calor constante. Barrió la cocina, prendió el calentador. Oyó a la niña meterse a bañar. Luego trapeó el piso. read more