Narrativa

  • Chéjov: Las piezas cortas | Antón Arrufat

    (Rescate)

    Terminé de andar por la casa, asomarme al balcón, lanzar una despaciosa mirada a la ciudad, y tras un largo bostezo me senté a la mesa, delante de mi máquina, dispuesto a escribir, cuando en ese preciso instante tocaron en la puerta. “Salvado”, me dije con una alegría interior y un tono fingido de molestia, pero me levanté de un salto y fui a abrir. En el umbral estaba mi amigo. Pensé que, como ocurrió cuando Coleridge fue interrumpido en la redacción de un poema, el mundo había perdido otra página imperecedera. Nos sentamos, mi amigo y yo, cerca de la mesa y apreté suavemente el botón. read more

  • El encuentro | Tom Lee

    Traducción de Víctor Roberto Carrancá

     

    La última vez que vi a mi hijo fue en la Estación de Waterloo. Había pasado como un año desde nuestro encuentro anterior, una situación que, ordinariamente, no terminaba bien. En aquella ocasión me envió una postal, una fotografía arrugada de un vulgar resort de playa español, timbrada en Bath, con un breve mensaje en el que anunciaba que pasaría por Londres y me preguntaba si podíamos vernos ahí. Esto era algo común para él –ni una llamada, correo electrónico o dirección para responder–. Su presunción me irritaba. Reconocí todo aquello que solía molestarme sobre su persona: esa mezcla de mansedumbre y arrogancia, la perversidad y la probable petición de dinero prestado que vendría después. Consideré llamar a su madre para obtener más información al respecto; pero estas situaciones no solían ameritar tal agravio y decidí acudir al encuentro. read more

  • Insomnios | Edgardo Cozarinsky

     

    para Rafael Ferro

    El mundo y la ciudad donde todo ocurrió estaban saturados de historias.

    Fogwill, La experiencia sensible.

     

    Hay noches de verano en que poco antes de amanecer una brisa fresca alivia el calor de Buenos Aires. Los árboles parecen despertar y el follaje se mece perezoso. Todavía no ha aclarado pero ya se siente en el aire una levedad, una promesa, algo indefinido. Poco más tarde el cielo irá iluminándose sin prisa; una vez más, la mañana confirmará que aquella promesa había sido ilusoria, y poco a poco el calor se insinuará hasta imponerse. Pero antes de que el día se afirme, durante esa hora en que la noche parece frágil pero no claudica, el hombre que no ha querido volver a su casa porque sabe que el sueño no lo espera, que las siluetas fugaces que cruza en su errancia son menos temibles que los fantasmas instalados en su dormitorio, ese hombre busca un bar aun abierto. read more

  • El mono que escribió el Quijote | Alejandro Vázquez Ortiz

     

    Aquestos testos un estrato sintético son –que izen que más valen dos bocados de vaca que siete de patata– de el esperimeto iniciado en los laboratorios de el CSIC3 en el año 2104 del edad Christiana.

    Materia pública es que el investigación terminó durante la Semana Roxa de la Guerra de los 40 lustros. Un bombardeo interrumpiólo cuando lleuaba trabaxando –salvo paralización por la muerte de el suxeto hacia el año 2343– más de 5500 rondhelios. read more

  • La brevedad de la ficción | Juan Carlos Reyes

     

    Hoja de contactos

    Disparaste muy rápido. No me sentí enojado, más bien regañado. Lo consideraba mi maestro y tenía razón. No me digas maestro, ya te dije que aquí vienes a trabajar, no a tomar clases. Parecía sostener en las manos una cinta métrica estirada. Una mano tomándola por encima de su cabeza, lo más alto que su brazo permitía, y el otro extremo entre el índice y el pulgar a la altura del cinturón. Deberían haber enviado a alguien con más experiencia. read more

  • Una pura brasa | Rodrigo Flores Sánchez

    No con el deseo neroniano de gozarnos en la desgracia ajena…

     

    19 de marzo de 2012

    Claudio: te cuento algo y no dices nada?

    César: Cuenta

    Claudio: el sábado fui a la casa de juan rulfo y fue de huevísima

    🙁

    ya no volveré

    César: Neta? Rulfo rifa. Además, a ti te gusta mucho

    Claudio: yo pensaba lo mismo

    César: Qué pasó? Por qué?

    Claudio: ya lo había visto una vez

    pero había sido muy informal

    un día le envié mi cuento La llama

    dije chicle y pega

    y que me contesta read more

  • Tres cuentos parisinos  | Rodolfo Hinostroza

    (Aparecido en Crítica 129)

     

    El sueño americano

     

    Cuando conocí a Jacques, él era lo que se llama un guapo mozo, salido de la Legión Extranjera, lo que le daba una aureola medio maldita que no dejaba de explotar, estaba embarcado en una de esas historias de arribismo social que hacen girar al mundo, y alimentan el romanticismo de las jóvenes burguesas, y se abría paso a empellones y braguetazos en el árido y fascinante terreno social de las altas clases parisinas.

    Acababa de salir, no sin copiosos moretones espirituales y heridas de amor propio, de una hermosa marquesa que lo había mantenido durante años, pero que nunca se había querido divorciar de su marido el marqués, y me anunció que se largaba a Irlanda con su nueva amiga, a criar ovejas Merino en una granja por el lado de Cork. Evidentemente el hombre estaba harto de Paris y sus miserias, donde había fracasado ampliamente en los negocios inmobiliarios que solía emprender. Para decirlo de una vez, estaba quemado en París, y lo mejor para él era hacerse olvidar, en el fondo de una granja de ovejas, en la Verde Erín de los Poetas. read more

  • Lealtad al fantasma | Enrique Serna

     

    Pasando por el cielo de los vicios es como se gana el infierno de la virtud.

    Franz Kafka

     

    Jean-Marie despertó a oscuras, molido de cansancio, con un sabor a flores muertas en la lengua. No recordaba desde cuándo arrastraba esa fatiga invencible, porque su memoria, un campo minado lleno de cráteres, ya no atinaba a distinguir las capas geológicas del pasado. Los recuerdos y las sensaciones del presente formaban ahí adentro un solo mazacote de estiércol. Buscó a tientas el pastillero del buró y deglutió una anfetamina con un sorbo de vino blanco en el que flotaban grumos de ceniza. Palpó el otro lado de la cama con más temor que esperanza de encontrar un cuerpo. Estaba solo, gracias a Dios. Odiaba despertar con desconocidos o desconocidas, a veces con grupos enteros de gente astrosa, sin saber ni siquiera sus nombres, ya no digamos cómo habían llegado ahí. Algunos eran inmigrantes sin techo que luego le pedían asilo. No volvería a cometer el error de acogerlos. Recordó a  Babou, aquel senegalés taciturno y parsimonioso que le hizo compañía más de tres meses. Daba poca lata, ciertamente. Se tumbaba tardes enteras en el sofá, oyendo con audífonos su añorada música tribal, salía del baño con el miembro erguido para darse a desear, como un orangután ufano de su buena tranca, y una vez por semana, cuando se prostituía en el bosque de Boloña, volvía a casa con bolsas llenas de comestibles. Pero le dio por ponerse tierno y tuvo que mandarlo al carajo. Quería cariño el muy estúpido. No entendía que un buscador de placer, un adicto a las experiencias límite, puede flaquear en todo, menos en el cultivo de un egoísmo robusto. Aprovechando una de sus ausencias cambió la chapa de la puerta y pidió al conserje que no lo dejara entrar. Para caricias dulzonas, mejor se compraba un gato. read more

  • Atlante-Necaxa  | Héctor Manjarrez

     I

    Su vida a los quince años es como un sueño, extraña, incomprensible, estúpida, y la maneja algún alguien que desde luego no es él. Sea él quien sea él. Se despierta y ya lo están regañando o ya llegó tarde para el tranvía o ya está en clase sin entender jota de lo que dice el profesor o en medio de una corretiza por las escaleras y el patio persiguiendo o siendo perseguido por alguien o en la enfermería con un golpazo en la cabeza.

    O está en la banca vestido con su uniforme de básquet y el entrenador Lope como siempre silba y silba por lo bajo “La cucaracha” y nunca le habla ni lo mira y sólo lo mete dos minutos para que descanse Armando que es buenísimo armando el juego: “Pero no tires a la canasta, sólo pásale la bola a tus compañeros. Y no se te ocurra faulear a nadie”. read more

  • Kloaka: una visión del mundo | Antonio Ochoa

     

    El sábado 8 de noviembre, temprano por la mañana, fui a recoger un auto que me había prestado un amigo para manejar de Cambridge, Massachusetts, a Collingswood, Nueva Jersey, donde vive el poeta Roger Santiváñez, en una pequeña casa cerca del río Cooper, escenario de sus poemas más recientes. Era un día despejado. El trayecto fue tranquilo, con vistas de los bosques de Massachusetts y Connecticut. Manejar solo en carretera me invita a un estado meditativo, simultáneamente de atención a las acciones mecánicas y al entorno, aunque mentalmente despejado como el cielo azul celeste. Llevaba conmigo algunas notas para la entrevista, pero más que pensar en éstas se me presentaban imágenes de los poemas de Roger. Pensé entonces que lo mejor sería dejar fluir la conversación sin apegarme a mis notas. Llegué a la casa de Roger como a las tres y media de la tarde y él salió amablemente a recibirme. Después de conversar un rato, sacó una botella de pisco, un poco de queso, y puso un disco de Leuzemia en el tornamesa. Estábamos sentados en la sala de su casa. Roger sabía las letras de las canciones que a veces cantaba bajo el aliento, recordando esos años en Lima. Fue entonces que dejé encendida la grabadora para que captara nuestra conversación. read more