Narrativa

  • La brevedad de la ficción | Juan Carlos Reyes

     

    Hoja de contactos

    Disparaste muy rápido. No me sentí enojado, más bien regañado. Lo consideraba mi maestro y tenía razón. No me digas maestro, ya te dije que aquí vienes a trabajar, no a tomar clases. Parecía sostener en las manos una cinta métrica estirada. Una mano tomándola por encima de su cabeza, lo más alto que su brazo permitía, y el otro extremo entre el índice y el pulgar a la altura del cinturón. Deberían haber enviado a alguien con más experiencia. read more

  • Una pura brasa | Rodrigo Flores Sánchez

    No con el deseo neroniano de gozarnos en la desgracia ajena…

     

    19 de marzo de 2012

    Claudio: te cuento algo y no dices nada?

    César: Cuenta

    Claudio: el sábado fui a la casa de juan rulfo y fue de huevísima

    🙁

    ya no volveré

    César: Neta? Rulfo rifa. Además, a ti te gusta mucho

    Claudio: yo pensaba lo mismo

    César: Qué pasó? Por qué?

    Claudio: ya lo había visto una vez

    pero había sido muy informal

    un día le envié mi cuento La llama

    dije chicle y pega

    y que me contesta read more

  • Tres cuentos parisinos  | Rodolfo Hinostroza

    (Aparecido en Crítica 129)

     

    El sueño americano

     

    Cuando conocí a Jacques, él era lo que se llama un guapo mozo, salido de la Legión Extranjera, lo que le daba una aureola medio maldita que no dejaba de explotar, estaba embarcado en una de esas historias de arribismo social que hacen girar al mundo, y alimentan el romanticismo de las jóvenes burguesas, y se abría paso a empellones y braguetazos en el árido y fascinante terreno social de las altas clases parisinas.

    Acababa de salir, no sin copiosos moretones espirituales y heridas de amor propio, de una hermosa marquesa que lo había mantenido durante años, pero que nunca se había querido divorciar de su marido el marqués, y me anunció que se largaba a Irlanda con su nueva amiga, a criar ovejas Merino en una granja por el lado de Cork. Evidentemente el hombre estaba harto de Paris y sus miserias, donde había fracasado ampliamente en los negocios inmobiliarios que solía emprender. Para decirlo de una vez, estaba quemado en París, y lo mejor para él era hacerse olvidar, en el fondo de una granja de ovejas, en la Verde Erín de los Poetas. read more

  • Lealtad al fantasma | Enrique Serna

     

    Pasando por el cielo de los vicios es como se gana el infierno de la virtud.

    Franz Kafka

     

    Jean-Marie despertó a oscuras, molido de cansancio, con un sabor a flores muertas en la lengua. No recordaba desde cuándo arrastraba esa fatiga invencible, porque su memoria, un campo minado lleno de cráteres, ya no atinaba a distinguir las capas geológicas del pasado. Los recuerdos y las sensaciones del presente formaban ahí adentro un solo mazacote de estiércol. Buscó a tientas el pastillero del buró y deglutió una anfetamina con un sorbo de vino blanco en el que flotaban grumos de ceniza. Palpó el otro lado de la cama con más temor que esperanza de encontrar un cuerpo. Estaba solo, gracias a Dios. Odiaba despertar con desconocidos o desconocidas, a veces con grupos enteros de gente astrosa, sin saber ni siquiera sus nombres, ya no digamos cómo habían llegado ahí. Algunos eran inmigrantes sin techo que luego le pedían asilo. No volvería a cometer el error de acogerlos. Recordó a  Babou, aquel senegalés taciturno y parsimonioso que le hizo compañía más de tres meses. Daba poca lata, ciertamente. Se tumbaba tardes enteras en el sofá, oyendo con audífonos su añorada música tribal, salía del baño con el miembro erguido para darse a desear, como un orangután ufano de su buena tranca, y una vez por semana, cuando se prostituía en el bosque de Boloña, volvía a casa con bolsas llenas de comestibles. Pero le dio por ponerse tierno y tuvo que mandarlo al carajo. Quería cariño el muy estúpido. No entendía que un buscador de placer, un adicto a las experiencias límite, puede flaquear en todo, menos en el cultivo de un egoísmo robusto. Aprovechando una de sus ausencias cambió la chapa de la puerta y pidió al conserje que no lo dejara entrar. Para caricias dulzonas, mejor se compraba un gato. read more

  • Atlante-Necaxa  | Héctor Manjarrez

     I

    Su vida a los quince años es como un sueño, extraña, incomprensible, estúpida, y la maneja algún alguien que desde luego no es él. Sea él quien sea él. Se despierta y ya lo están regañando o ya llegó tarde para el tranvía o ya está en clase sin entender jota de lo que dice el profesor o en medio de una corretiza por las escaleras y el patio persiguiendo o siendo perseguido por alguien o en la enfermería con un golpazo en la cabeza.

    O está en la banca vestido con su uniforme de básquet y el entrenador Lope como siempre silba y silba por lo bajo “La cucaracha” y nunca le habla ni lo mira y sólo lo mete dos minutos para que descanse Armando que es buenísimo armando el juego: “Pero no tires a la canasta, sólo pásale la bola a tus compañeros. Y no se te ocurra faulear a nadie”. read more

  • Kloaka: una visión del mundo | Antonio Ochoa

     

    El sábado 8 de noviembre, temprano por la mañana, fui a recoger un auto que me había prestado un amigo para manejar de Cambridge, Massachusetts, a Collingswood, Nueva Jersey, donde vive el poeta Roger Santiváñez, en una pequeña casa cerca del río Cooper, escenario de sus poemas más recientes. Era un día despejado. El trayecto fue tranquilo, con vistas de los bosques de Massachusetts y Connecticut. Manejar solo en carretera me invita a un estado meditativo, simultáneamente de atención a las acciones mecánicas y al entorno, aunque mentalmente despejado como el cielo azul celeste. Llevaba conmigo algunas notas para la entrevista, pero más que pensar en éstas se me presentaban imágenes de los poemas de Roger. Pensé entonces que lo mejor sería dejar fluir la conversación sin apegarme a mis notas. Llegué a la casa de Roger como a las tres y media de la tarde y él salió amablemente a recibirme. Después de conversar un rato, sacó una botella de pisco, un poco de queso, y puso un disco de Leuzemia en el tornamesa. Estábamos sentados en la sala de su casa. Roger sabía las letras de las canciones que a veces cantaba bajo el aliento, recordando esos años en Lima. Fue entonces que dejé encendida la grabadora para que captara nuestra conversación. read more

  • Hell is round the corner | Atenea Cruz

     

    para Martín e Iván, ya sabrán por qué

     

    1

    En el principio fue un alfiler. El elemento metonímico con que su madre ejemplificaba el hecho de que el más pequeño e inocuo de los objetos era suficiente para volverse blanco de la ira del Señor: “Con un alfiler, con uno solo basta para irse al infierno. Robar es robar.”. En su infancia más tierna el temor corroía su espíritu, pero una vez –más por descuido que de forma deliberada− hurtó de una mercería una pieza de un muestrario. Esa noche, ya en casa, notó estremecida el alfiler abrochado con descuido en el puño de su suéter escolar. Pasó la noche en vela, dudando sobre lo que tenía que hacer: confesar ante su madre era la opción más obvia, pero también la más terrible. Reconocer su estupidez y ser castigada con la dureza habitual en aquel hogar de firmes convicciones católicas por algo tan menor le parecía exagerado, casi injusto. read more

  • De la brevedad | Félix Terrones

    Anónimo

     

    Es el autor más antiguo de todos y también el más prolífico cuando se trata de obras maestras. A él le debemos el Popol Vuh, Las mil y una noches, la saga de Gilgamesh, los cantares del Cid y de Roncesvalles, también el Lazarillo de Tormes, entre muchos otros. Nadie ha visto su rostro, nadie conoce su nombre. Por comodidad, le llamamos anónimo como si con esa palabra pudiéramos llenar el vacío. ¿Qué ocurrió para que de él no quedara otro recuerdo que sus libros? Acaso el miedo de ser conocido, el desinterés por su persona, la falta de vanidad, o bien la censura le obligaron a desaparecer. Quién lo sabe. En cualquier caso no podemos adivinar sus facciones, conocer sus opiniones, rastrear sus enemistades y amores. read more

  • Los persuasores de la muerte | Lobsang Castañeda

     

    El guiño de Hegesias

     

    Debo confesar que me traspasa una rara fascinación por lo inútil, un cariño sincero por lo inservible. Me embelesan las máquinas inoperantes, los cuadernos de apuntes, los edificios abandonados. Me hipnotiza lo maltrecho o, mejor aún, la certeza de que lo funcional puede estropearse en cualquier momento. Los que me conocen saben que prefiero mantenerme a la expectativa, sin concretar, que me gusta lo oscuro y lo silente, la quietud y el desencanto, todos los libros, todas las sombras, todos los desvíos. Y saben también que, precisamente por mi afición al despropósito, estoy lejos de considerarme un defensor de las causas perdidas. Por el contrario, mi voluntad de lucha siempre ha sido escasa e invisible. No peleo, resisto. read more

  • El Imperio Galeano | Laura C. Rosales

    “Vine, vi y jamás caí”. Éste es el epitafio que mi padre escogió para su tumba. Durante el funeral, uno de sus colegas –no sabría decir cuál, todos esos intelectuales de cierta edad se parecen entre sí– dijo que esa frase “compendia con elocuencia emblemática la tenacidad y sabiduría del gran hombre que siempre fue el doctor Galeano”. Ese mismo sujeto, que bien pudo ser otro porque, como dije antes, todos hablan y huelen igual, se acercó a mí al final del servicio y dijo que mi padre había sido el hombre más brillante y cabal que había conocido en su vida. Luego me abrazó y pude escuchar el inconfundible sonido del moco siendo aspirado de vuelta a la nariz. read more