Narrativa

  • La señal

    Después de una prolongada ingesta de pastillas Matías Blumfeld, recién jubilado, se sentó en el sillón de piel y miró la luz de la tarde en los edificios. Siempre tenía hormigueantes las manos después del vaso con agua, del temblor en la boca. La cura, una tras otra, bajaba en el torrente. La migraña lo acosaba desde la infancia. Las pastillas, antes de la garganta, las guardaba en diminutos frascos multicolores, apilados en el baño. Pero a pesar de los intentos la punzada en la cabeza persistía. Corto circuito. Zumbido casi imperceptible, mosquito que no se posa y sobrevuela. Y alrededor de Blumfeld, a pesar del zumbido, más nítidas las voces, la llave deteriorada y su goteo en la cocina amplificado, inmenso. Escuchaba los leves pasos del gato en el departamento de arriba. Las sigilosas huellas. Desde hacía tiempo desarrollaba una teoría de sus dolencias, íntimamente ligada a eventos en apariencia lejanos: la puesta del sol, la reciente humedad en los cristales, el camión de la basura en la mañana. Todo era motivo de análisis, hipótesis fundadas en la rigurosa cuenta de los hechos. Al final de la jornada, en la mesa de la cocina, Blumfeld llenaba una libreta con números y frases. Encontraba consuelo en el continuo garrapateo, en el movimiento del lápiz, en los detalles y en la memoria. Quizás era bueno saber que el 23 de junio de ese año el dolor había sido particularmente agudo, que treinta días antes había pasado inadvertido. Dispersos chispazos en el cerebro. Y la lengua sobre los labios, la goma borroneando un dato indeciso o equivocado. Con el tiempo estaba más convencido: aumentar la conciencia de su mal lo acercaba, de alguna forma, a la cura.

    Blumfeld, en el sillón de piel, esa tarde, era el único espectador, en primera fila, de la luz en los edificios de enfrente. En los techos antenas de televisión, algunas desvalidas, otras esqueletos. Miraba el amarillo que declinaba y evocó, casi sin querer, al gerente anunciando la liquidación que precedió su despido. “Muchos años de trabajo en la empresa.” “Ha cumplido con la edad.” “Es un proceso obligado por la ley.” Blumfeld tenía clara su edad, también la fatiga en las escaleras, el dolor de espalda escalón tras escalón y después, en la oficina, el jadeo, el temblor en las manos y las manchas de sudor en la camisa. Pero le disgustaba la imagen del gerente, sus maneras afectadas, la mano sosteniendo el cheque, tendida breves instantes, sin temblor, con suficiencia, como si fuera un anzuelo. El recién jubilado no supo encausar su odio. Es cierto que estaba harto de revisar papeles en la oficina. Custodiado por archiveros, parvadas enteras le llegaban. Y a veces, en el papelerío, se acrecentaba el odio a los formatos, a las casillas, a los infinitos sellos. La tinta sobre sus pulgares, casi indeleble en los puños de sus camisas. Huellas en la oficina, al final de la jornada, en la copiadora, en el piso. Pero ahora Blumfeld, en vez de papeles, tras el cristal, era solitario testigo en la ventana. Imaginaba su vida al otro lado de la calle. Su atención se concentró en las plantas del departamento, en el polvo sobre la mesita de luz. Porque el hábito del oficinista perduraba en la correspondencia. Rasgar el sobre y mirar las cifras, cotejarlas, compararlas con anteriores. Luego, agotado el descifre, poner el trofeo en un corcho. Uno más. Y otro y otro. Incluso, por el hastío, sobres ajenos, caducos en el buzón, revisados como propios.

    Blumfeld se levantó del sillón. Según los minuciosos registros había pocas probabilidades de jaqueca. Como garantía la reciente ingestión de pastillas y un historial que registraba, a esa hora, escasa incidencia. Más cómodo en el crepúsculo. Ligeras y libres las manos. Para revolver la oscuridad, para agitar las cortinas o verter agua en una jarra. Le gustaba llenar hasta el borde jarras, vasos y tazas. Una peculiaridad: esperar hasta el último momento, antes del derrame. En las tardes, como las pastillas, innumerables tazas de té. La perturbación después de una bolsita que gana peso, que se hunde poco a poco. El rostro hundido en el vapor, desvanecido, las agudas órbitas, demacrado el cuadro completo.

    Blumfeld caminó alrededor del sillón. Estuvo a punto de ir al cajón por la libreta y reseñar la primera incidencia del día. “El cartero pasó a primera hora de la mañana. Bajó de su bicicleta y un perro comenzó a ladrar motivado, quizás, por la campanilla que reverberaba en el manubrio.” Le pareció bien la frase, la última palabra. Pero se guardó la idea. Tiempo habría para escribir, para enfrascarse en largas disquisiciones, para ir al baño y hacer inventario de cajas. Revolverlas, mirar la fecha de caducidad, los colores. Se acercó a la ventana. Ahora, desde su posición, podía mirar a plenitud el inicio de la calle, el óxido acumulado en el techo de los buzones, las escasas nubes. Se sintió bien. Incluso era agradable el temblor de las hojas, recientes y desprendidas, en la orilla de la banqueta. El viento les daba vida, las agitaba. Blumfeld remiraba la tarde. Las lámparas de los postes, ante el inminente crepúsculo, empezaron —animales vivos— a parpadear.

    Blumfeld, paciente en la ventana, miraba y miraba. Los ojos a veces fijos, a veces en vuelo, indagando. A pesar de la monotonía, de la luz similar en color y el previsible instante de nubes, tenía esperanza de que algo sucediera. Entonces, al inicio de la calle, junto al semáforo, una lenta figura nació diminuta pero avanzaba y ganaba presencia. Similar a un buzón, pronto alcanzó un auto estacionado, no varió la dirección y aumentó de tamaño junto a un ciprés. Era un muchacho.

    Blumfeld miró: en la calle desierta el muchacho era una anomalía. Minutos antes, en el mismo lugar, se había escenificado la diaria migración de oficinistas después de la jornada, con los zapatos negros y los trajes arrugados. El muchacho caminaba lentamente. Husmeaba entre las casas, entre los autos. Con su mochila a cuestas, el andar lento. Al fin se detuvo y cruzó un jardín sin reja, una casa cercana al edificio donde era observado. Tocó la puerta. Esperó y esperó. También Blumfled. Pero nada.

    Imaginó la decepción del muchacho. Tocar el timbre y la tensa espera, casi siempre sin esperanza. El muchacho intentó en la casa adjunta. Tal vez en ese momento, después del timbre, alguna ilusión en los ojos y por eso pendiente de cualquier ruido: una volátil respiración, el acto de encender la luz, pasos sobre el piso de madera. De mujer, más evidentes, por los tacones. La suposición fue correcta. Y un foco se encendió en el portal y su bocanada de luz, blanca, amarilla, sobre una mujer ataviada con una bata roja, con vivos detalles. En el estampado, además del entramado de flores, destacaban unos animalillos dorados que Blumfeld —aguzando la vista— identificó como macacos japoneses, de la nieve. Sus cabezas de oro, los enrojecidos rostros, en una postal años antes. Entre las páginas de una novela, en su librero, según recordaba. La novela era muy mala, incluso la había dejado a la mitad, abandonada en el buró, en un caluroso verano. Blumfeld quiso seguir con la digresión pero la mujer reclamó su interés cuando dedicó unas palabras al muchacho. Desde la altura la escena era amplia, la mujer recargó la mano en la cintura y el movimiento de labios terminó. Muy similares los dos, en la estatura y en la complexión, incluso en los cabellos. Blumfeld pensó en una silueta, un cuerpo intacto en el espejo. Pero el muchacho rompió la imagen cuando se acercó y sacó un folleto de su mochila. Entonces la mano tendida, como la del gerente, días antes, ante Blumfeld. A la defensiva la mujer, la respiración, la rigidez en el cuerpo. Un paso atrás, precautorio. Sin embargo alargó la mano al papel y le dedicó una mirada. A la distancia se percibió un destello en la parte inferior del brazo. Tal vez un reloj o una pulsera. El brillo perduró hasta que la mano cambió de posición. El muchacho conservaba la figura erguida, los hombros un poco vencidos aunque dispuestos. Blumfeld lo miraba de espaldas pero imaginaba el ansia del semblante, los labios y la lengua que los recorría. Y todo en él precavido, esperando.

    La mujer empezó a leer el folleto. A la distancia era difícil saber su primera reacción, pero Blumfeld suponía que encontraba interés en el escrito, tal vez una promoción, una atractiva imagen en el papel, un anzuelo. El muchacho relajó el cuerpo. Blumfeld sintió pena por él, tendría toda la tarde tocando puertas, diligente con su mochila, caminando. Los rayos del sol, el sudor, la procesión casa por casa. Su sombra al principio corta, después alargada, ahora inerte junto a sus pies por la luz escasa. La misma tensión antes de abrir la puerta. La esperanza de una venta, entonces, en cualquier señal: una sonrisa, una acentuada respiración, los ojos avispados y abiertos. El muchacho dio un paso a la derecha. La mujer acabó de leer el folleto.

    Entonces ocurrió.

    Blumfeld observó el inicio del movimiento. Primero la mano alzada, del extremo el folleto con los dedos. Quedó ahí, suspendido en la luz, como pez acabado de sacar, con las letras, con los llamativos dibujos, con todo. Después el folleto regresó a la mano abierta y ésta, ayudada por el pulgar e índice de la opuesta, empezó a desmenuzar al cautivo. Rápidos movimientos, limpios, casi tijeretazos. La mujer, con la bata roja, con los inmóviles macacos, dedicó algunos segundos a la labor. Los fragmentos se conservaron un instante en la mano. La palma retomó su antigua posición y, abierta, dejó en escape, al viento, los infinitos papelitos. Blumfeld recorrió un poco más la cortina. Los papelitos siguieron varios rumbos. Y temblor en las manos, impotencia por no ver el rostro del muchacho. Sólo su espalda y la camisa a cuadros. Lo demás, como antes, en continuo anonimato.

    El muchacho inclinó la cabeza. La fiesta de papelitos terminó, apenas restos en el piso. Vagando. No se advertían desde la altura indicios de voz, aunque Blumfeld supuso algún murmullo, una palabra de decepción en el muchacho. La mujer cambió su postura. Intacto el rostro, adelantó un poco el cuerpo y la bata, entreabierta por la variación, mostró la luz de las piernas. Blumfeld, tentado por el deslumbre, inclinó la cabeza y dio un paso al frente, muy cerca el cristal. Partícipe de la escena, a su modo. Disfrutó la contemplación. Impaciente estaba por otro atisbo, ya olvidado del muchacho, cuando la mujer alzó la mirada y la dirigió a la ventana donde la espiaban, con suficiencia, como si siempre lo hubiera sabido. Después, con parco gesto, señaló a Blumfeld. La mano apuntó muy blanca, abierta, casi ala. Y perceptibles, incluso, por la intensidad, las uñas. Blumfeld se retiró de la ventana. Cerró las cortinas. No supo si el muchacho había volteado. La penumbra ocupó el ámbito. Una noche interior en el reloj, en el vaso, en todos lados. Blumfeld sintió el primer anuncio del dolor. Lo había aprendido a identificar. Primero los vivos ojos, las pupilas incandescentes, los objetos coronados por resplandores. Un paisaje alcalino en cualquier cuarto. Como cualquier atisbo de sol, en el horizonte. El doctor le había dicho que debía manejar la tensión. Su cabeza, insistió, era frágil registro del mundo, caja de resonancia, vulnerable a casi todo. Y entonces el ritual, el agua rebosante en el vaso y las pastillas, una por una, en la invitación de la mano abierta y en el rostro. Se sentó en el sillón, miró las cortinas cerradas. Las manos fueron a la mesita de luz, destaparon el frasco y las pastillas. El vaso en lo alto, no rebosante y sin reflejos. La inclinación de la mano y las pastillas de nuevo.

    Blumfed cerró los ojos, intactas las manos blancas de la mujer, la bata roja, las piernas. El asedio en la cabeza por la intensa luz. Sin embargo el dolor cedía con el tiempo, una onda apenas, como una piedra al fondo, su reminiscencia en un lago. Se levantó y rodeó el sillón. Encontró una rendija en la cortina. Segundos estuvo, indeciso de husmear, de un lado a otro. Al fin se decidió. Poco a poco se metió en la cortina, primero la nariz, luego los ojos. En la casa de enfrente no estaba la mujer. Tampoco el muchacho. Los papelitos desaparecidos. Blumfeld suspiró. Iba a terminar su exploración cuando la inclinación de la cabeza, suficiente por el ángulo, lo llevó a la reja del edificio. A los barrotes blancos, a la maceta de escasos geranios, al buzón que volvía y que obsesionaba. Entonces el muchacho. Estaba ahí, con su mochila, haciendo guardia, junto a la puerta. Blumfeld respingó. Obra de casualidad el muchacho, no. Era la mano blanca, los macacos, los papelitos dispersos. “Que se quede ahí, que toque las veces que quiera, no me importa”, pensó. Paseó caviloso, una vuelta al sillón, otra más. La noche casi completa en el exterior, sólo alegres las sombras, las ramas de los árboles. Temeroso pasó los siguientes minutos, en la cocina, esperando el sonido del timbre. Estaba sentado, con los brazos extendidos. Apenas parpadeaba. La mente inmóvil aunque no pasó mucho tiempo para que imaginara al muchacho abriendo la puerta, el rechinido del gozne, su sombra en la maceta de escasos geranios.

    Blumfled dio una vuelta a la cocina, orbitó una vez más el escenario. No había ruidos. Pensó en las pastillas, en que debía tener a la mano un vaso con agua. Guerra de nervios mientras abría el garrafón pero aun así pudo completar el vaso. Después, en el baño, el frasco mudó de los entrepaños a la bolsa de su camisa. Muy rápido, en un solo movimiento. Luego, incapaz de regresar al sillón, caminó por la sala, por el comedor, por el largo pasillo. Después del recorrido, más tranquilo, abandonó el vaso en la mesa y miró las cortinas. Tras ellas, una sola luz, el resplandor de las lámparas. Iba al sillón de piel cuando se dio cuenta que la ventana estaba abierta. Una anomalía era el espacio libre pues recordó que la había cerrado, incluso había puesto el seguro. Entonces se acercó y, antes de cerrar, bajó la vista a la reja. El muchacho en la misma posición. Blumfeld interrumpió su mirada. Increíble su perseverancia, su necedad, su locura. Iba a repetir su perorata mental, que no iba a abrir, que hiciera lo que gustara, cuando escuchó los pasos de un vecino en la escalera. Una mujer, con más precisión, pues eran nítidos los tacones. Podía seguir con claridad la trayectoria, descendiente en la escalera. Y escalón tras escalón el ordenado taconeo, primero la punta, luego el peso completo. Los pasos llegaron al primer piso y, retomando Blumfeld la visión, entró a escena la vecina, en la planta baja, a escasos metros del otro. El muchacho seguía inmóvil aunque había algo vivo en su semblante. En las cejas, bajo los ojos, quizá un temblor. Blumfeld apartó por completo la cortina. Recordó el vaso en la mesita de luz y en la camisa las pastillas. La vecina sacó de su bolsa las llaves. La pereza de la mano, el cuidadoso movimiento a la cerradura. Y así, después del leve giro, del rechinido del gozne, dirigió una sonrisa al muchacho. Mala señal, interpretó Blumfeld. Y todo se agravó cuando vinieron palabras que acabaron pronto. Tal vez una pregunta, un saludo. Los labios —a pesar de la brevedad— conservaban intacta la inercia y buscaron nuevo intercambio. El muchacho volvió a hablar. La vecina respondió. Un par de veces más. Blumfeld, desesperado en la ventana, el rostro cerca del viento, buscó alguna palabra. A pesar del silencio sólo murmullo como humo, indescifrable. Al fin la vecina se despidió y tomó su rumbo en la calle, pero dejó la puerta abierta y el muchacho quedó a mansalva, a pocos pasos de la escalera. Blumfeld cerró los ojos con el primer paso, cuando la puerta se cerró y la sombra sobre la maceta y los geranios. “¿Por qué no le dio un folleto a la vecina?”, pensó para distraerse, mientras se alejaba. Miró la puerta de entrada, la cerradura, la pequeña mirilla donde espiaba a los vecinos. Una onda en la superficie del vaso, apenas visible. Pero el movimiento no pasó inadvertido para Blumfeld que lo achacó a los pasos del muchacho en la escalera. Escalón tras escalón, como antes la mujer, ahora en sentido contrario. La misma perturbación en el vaso. Un poco de fosforescencias, casi flotando, anuncio de una nueva punzada en la cabeza. Diminutos insectos en el ardor de los ojos, en el cerebro. Sacó el frasco de la camisa. Con movimientos rápidos las pastillas de nuevo en su lengua y la inclinación veloz para apresurar el trago. El efecto fue rápido. ¿Qué le diría al muchacho? ¿Abriría la puerta? Esta última opción le pareció imposible. También la impune observación del extraño, por la mirilla. Durante algunos segundos se convenció de que el muchacho no llamaría a su puerta, que iría con otro vecino, que desistiría de su empresa. Sin embargo las esperanzas se vinieron abajo por los pasos ligeros, como ejército avanzando, pacientes y cercanos. La aproximación directa, tal vez en el piso inferior, lo puso en guardia. Volvió a meditar: una vez ofrecido el folleto no podría negarse, no podría decir “no” y tuvo miedo. Se dirigió al sillón, luego al comedor. De nuevo, como antes, orbitando. Pero ir de un lado a otro no era la solución. Necesitaba algo más, entre tanta nube en la mente una certeza. Aún cavilaba cuando los pasos llegaron a la puerta. Detenidos un instante, delatados por la sombra artificial de las lámparas. Blumfeld miró la puerta, la cerradura, la mirilla. Intuyó el cuerpo al otro lado, la mochila, el gesto. La atareada respiración por el cansancio. Incluso, formados en su mente, los latidos. Blumfeld fue a la sala, recogió una arrugada gabardina. No quiso esperar el toque. Supo que, al no haber timbre, la mano se convertiría en puño acercándose a la madera. Dos tímidos toques, luego la insistencia, más fuerte, la repetición. Blumfeld abrió la puerta de la cocina y cruzó el pequeño cuarto de lavado. Otra puerta ahí, que daba a una escalera y ésta a la azotea. Estableció la ruta, se puso la gabardina, aferró las manos al metal y comenzó la ascensión. En el trayecto tuvo miedo de un resbalón, la vacilación por una endeble soldadura, una caída. Una última imagen: su cabeza rota en el suelo y el silencio. Sin embargo siguió, peldaño tras peldaño, porque seguía el muchacho tras la puerta, inminentes los nudillos en la madera, quizás el contacto en ese momento.

    Blumfeld llegó a la azotea, relajó los brazos. Más libre, el escenario sin fronteras visibles, inabarcable con los ojos. Sintió el viento en las manos, en la cara, en los cabellos. Regresó el hormigueo. En medio del triunfo sintió pena por el muchacho, paciente junto a la puerta, tocando. La noche era plena en la ciudad. Por la altura los edificios parecían más cercanos, también las calles, las luces, los anuncios. Desde ahí podía ver el centro comercial, una clínica, escasos coches en fila. El ámbar del semáforo, a lo lejos, una estrella. Paciente como los autos miró y miró. Las antenas de televisión eran despojos. A unos metros distinguió la azotea de la casa de enfrente, donde había aparecido la mujer ataviada con la bata roja. Recordó la escena anterior, quiso imaginarla en la sala, despreocupada, quizás mirando la televisión, inmune al encuentro con el muchacho. Entonces observó el blanco inicio de su cuerpo, las manos aferradas a la escalera. La mujer llegó a la azotea. La bata roja parecía, por el leve viento, una bandera. Dedicó unos segundos a curiosear. Hubo un momento en que fijó la mirada en la zona más lejana de la calle, como si tuviera miedo al encuentro con otro muchacho. Blumfeld miró en la misma dirección. Cuando volvió a la mujer, ésta lo observaba tranquilamente, después extendió el brazo y lo señaló.


    Texto publicado en la edición 146 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

     

  • Prosas

    LLUVIA NOCTURNA

    La que empezó todo fue la abuela. Era de noche, llovía muy fuerte y alguien tocó a nuestra casa. Ella levantó la bocina del interfono para contestar. La persona se había equivocado y pidió disculpa, pero la abuela no colgó en seguida. Se quedó oyendo hechizada el fragor de la lluvia a través del interfono. El aguacero arreciaba contra el toldo de lona impermeable que daba acceso a nuestro edificio, uno de esos toldos de hotel que sirven para resguardar de la lluvia a los clientes que llegan en taxi y cuya instalación en la entrada del edificio había dividido a los inquilinos en dos bandos opuestos. Escucha, me dijo pasándome la bocina. read more

  • Diablo por: Luis Fernando Cruz Carrillo

    Estaba yo con el Jimmy y el Jaime echando unos tragos finos, presidiario… pero se encabronó el Jimmy, ya sabes cómo es, Rosa, está loco… Dónde está mi pachita… se acabó. read more

  • 50 cuerpos extraordinarios de Carmen Boullosa

    Enumero cincuenta cuerpos extraordinarios sin intención de crear una taxonomía o marcar un rango. Mezclo imaginarios con reales, dioses con humanos, ficciones y mentiras con inobjetables.

    read more

  • Alla bella trieste

    Por Juan Leyva

    La bora, que no el borea: un fuelle poderoso en busca de sí mismo, acordeón y deriva; dominio, furia, escoba. Es el viento de Trieste: húmedo, frío e infatigable; infatigable y húmedo y frío (hacia el invierno, nieve y aun 200 kilómetros por hora). El camino a la cuna de Svevo se torna otoñal ya a inicios de septiembre y, pronto, una niebla acaricia al tren que sale desde Venecia-Mestre hacia la frontera nororiental de Italia. Después: Croacia y Eslovenia, y al norte, Carintia, la tierra de Musil. Otro mundo: confluencias y diversidades. Quizá por ello Trieste ha querido ser como hasta ahora: amigable, abierto y tolerante (salvo etapas o episodios que nadie desearía recordar, mas no se olvidan: Pahor). También quizá por ello ha sido anzuelo para escritores e intelectuales de todo tipo, en especial desde que los Austrias le dieran gran impulso en el siglo XIX, al reforzar su carácter de puerto libre dieciochesco. De aquí salió Maximiliano hacia México: se alza, todavía, en ruta al Duino, el palacio que empezara a construir tiempo antes de embarcar; jamás podría verlo terminado.

    read more

  • Sin epígrafe por Gerardo Oviedo

    Sostengo que la literatura debe escribirse con el corazón para que pueda ser sincera. ¿O no lo crees así, doctor? ¿Me entiendes, no? Así la aterrizas, la bajas de su torre de marfil y la pones en los ojos de los mortales. Porque ya basta de esos escritores que se sienten dioses intocables de otra especie. Nel, hay que bajarlos del cerro a tamborazos para que no se sientan los muy muy. Todos tan intelectuales y mamones, como tú doctor. ¿Que soy paternalista? ¿Que esos conceptos de arte para el pueblo ya expiraron desde hace tiempo con el neoliberalismo? Tal vez tengas razón, pero sólo a ras de suelo la literatura cobra vida, con las patas bien plantadas en la tierra. Tú me dirás que buscas estilo, y forma, y mamada y media; porque tu doctorado en letras te hizo un misógino de las escritoras como yo; porque me dijiste, cuando estábamos en la peda de la presentación del libro de Tony a medio semestre: “Todas las mujeres que escriben, escriben sobre un sólo tema: sus frustraciones amorosas y el poco sexo que tienen. Si se las cogieran rico dejarían de escribir.” Eso dijiste. Porque se sienten, según tú, menospreciadas por todos los machos del mundo, y recitaste un catálogo de escritoras que se la pasaban lavando trastes, cuidando hijos, trabajando y en sus ratos libres componían frasecitas bucólicas para demostrarse a sí mismas que valían algo como literatas, con sus cuentitos o novelitas rosas, y que ellas le echaban la culpa a todo, menos a su incapacidad literaria, porque eso sí, Doctor, tienes una memoria muy buena, pero sólo repites y repites como perico todo lo que aprendiste hace siglos. ¿Y tú qué eres, eh? Un escritor fracasado, eso eres, ¿o no? Un escritor mediocre. Por eso te dedicas a hurgar dentro de los textos de los demás tratando de encontrar fallas en las comas, en los acentos, en los lugares comunes. ¿Te acuerdas cuando te enseñé mi cuento de las “Mantarrayas asesinas”? ¿Qué fue lo primero que dijiste?: “Tienes el más extraordinario talento para poner el más horrible título de la historia de la literatura, Pina.” Y te echaste a reír como loco, sí, como un desquiciado mental. Y cuando viste que no tenía ninguna cita literaria, me dijiste que así no se debía empezar ningún cuento, ni siquiera una novela o un libro de poemitas. Que todo escritor que se respetara debía escribir al comienzo un epígrafe o una frase tomada de otros autores para que su texto tuviera validez. Que así había sido siempre, por los siglos de los siglos, amén. Que escritor que no escribiera al comienzo una cita de algún famoso, estaba perdido en el limbo, que no pertenecía ni a Dios ni al Diablo, ¡ja!, tú hablándome de esas cosas. Y yo me burlé de ti y de todos aquellos escritores que toman frases de otros autores para darle validez a lo que escriben, como si ese fuera su boleto a la gloria; a la inmortalidad literaria. Yo te dije que no le había puesto ninguna cita porque no me interesaba lo que otros escritores pudieran haber dicho antes que yo; que eso me tenía sin cuidado. Te dije que las citas al comienzo de un libro eran como plumas viejas tratando de vestir patos nuevos. “¿Ves?”, me replicaste, “tu sentido de las imágenes y de las metáforas es muy chafa. ¿Cómo que putos? Eso es intolerante y primitivo.” Y te levantaste de la mesa y fuiste a destapar otra cerveza. Yo te grité, pero creo que no me oíste, pero si me escuchó la maldita avestruz: patos, dije patos. No putos. Pero cuando regresaste, yo ya estaba conversando con tu amigo el escritor Tony, el que a solas tú me decías que era escritor cubista, porque sólo escribe cuando bebe cubas, y te burlaste de él en tu casa cuando supiste que acababa de ganar un premio literario: “Mira, soy el escritor cubista, y escribo como si estuviera en la comuna de París de 1870, pura escritura automática, y soy bien puto, me gustan Rimbaud y Verlaine y haríamos un ménage à trois literario.” Pero en la presentación de su libro, enfrente de él, discutías como si fuera tu gran cuate sobre la dialéctica que encontrabas en Coetzee, o en Orhan Pamuk, o en Haruki Murakami o Roberto Bolaño. Yo le estaba preguntando qué se sentía ganar un premio tan grande como el que había ganado cuando regresaste con tu chela y lo primero que dijiste fue que los premios no servían para un carajo, que sólo eran pendejadas, porque la literatura no se podía calificar de esa manera, “salvo tu premio, Tony”. Y dijiste salud, “Salud Tony, Bris, Pina y ustedes que están allá, Benny y Jimy, salud a todos.” Ahí fue cuando pensé que tus amigos escritores se ponían sus diminutivos agringados; afrancesados, raros, para parecer más cosmopolitas, más internacionales, tanto como los nombres de sus personajes, ah, todo por la internacionalización de su literatura que ni su madre lee. ¿Te acuerdas lo que le dijo Juan José Arreola a Leñero? Que lo que debía hacer para ser escritor, si quería serlo, era quitarse un apellido, porque Leñero se llamaba Vicente Leñero Otero y sonaba del nabo. Así me dijiste a mí la primera vez que entré a tu Taller de Narrativa y quisiste pasarte de lanza conmigo: “Para ser escritora, Josefina, te deberías quitar el apellido Pérez. Los escritores Pérez no tienen derecho a existir en la literatura. ¿Qué te parece si mejor te ponemos Josefina Holly?, así te podemos llamar de cariño: Pina Holly, como Pina Warhol”, y te echaste a reír junto con toda la clase. Yo no supe qué decir en ese momento. Me habías tomado por sorpresa. Luego nos diste la instrucción de que por un día completo no debíamos hablar con nadie, sino escribir todo en una libreta, como los mudos y tratar de oír el habla de la gente. Yo salí de clase con la cabeza más revuelta que como había entrado, te lo confieso. Pero intenté hacer la tarea ese mismo día, nada de palabras habladas. Y al siguiente lunes, cuando llevé mi trabajo, me dijiste que sólo había caído en lugares comunes, y nos preguntaste: “¿Ustedes creen que así hablan los campesinos de Rulfo? No, así no hablan, Rulfo transformó el lenguaje y nos hizo que creyéramos que así hablaban los habitantes de Comala, pero no es cierto. Rulfo hizo poesía. ¿Quién de ustedes ha leído el Pedro Páramo?” Sólo un wey que estaba sentado hasta delante levantó el brazo. Yo, teacher, pero fue hace muchísimo tiempo y la mera verdad no le entendí nada. Tú te levantaste del escritorio y te fuiste al pizarrón blanco. Con el plumón negro pusiste un punto en medio: “A ver, jóvenes… ¿qué es esto?” Todos quedamos callados hasta que el compañero de atrás gritó: “Un punto negro, profe”, “No, señor, esto es el universo y ustedes están dentro. ¿Qué necesitan para salir de él?” El mismo compañero gritó: “¿Una coma?”, y, como una avalancha varios más gritaron: “¿Tres puntos suspensivos? ¿Unas comillas? ¿Un paréntesis?” Tú nos escuchaste, moviste la cabeza y dejaste otra tarea más: “Quiero que escriban un texto donde ustedes están en este punto y desde ahí miran lo que hay afuera, ¿entendieron? Y además, lean el Aleph de Borges”. “Oye, Holly”, me dijo mi compañero cuando salimos de clase ese día, “¿tú le entiendes a este wey?” Nada, le dije, y no soy Holly, idiota, me apellido Pérez. Pero mi contestación no es lo importante, sino que intenté hacer la tarea tal y como nos lo habías ordenado: yo era un punto y trataba de salir a explorar el universo. ¿Te acuerdas cómo empecé esa tarea del punto negro?: “Miro la fría oscuridad que hay detrás de mí y el horizonte ardiente se ilumina.” Cuando lo leí en clase, recuerdo el seño fruncido y tus ojos atentos al suelo: “¿Saben qué son los adjetivos, muchachos? A ver tú”, y señalaste a una chava que estaba a mi izquierda. La chava metió su cabeza entre su libreta como una estúpida avestruz. Mi compañero entonces dijo: “¿Los que califican al sustantivo?” Hubo un silencio. Regresaste al escritorio: “No, jóvenes, los adjetivos son las piedras con las que ustedes tropezarán a cada rato. Pina, ¿qué te parece si quitas en tu texto ‘fría’ y ‘ardiente’? No crees que quede mejor así, escucha: “Miro la oscuridad que hay detrás de mí y el horizonte se ilumina”, ¿qué te parece? ¿No les parece mejor? Hay que eliminar todas esas piedras para poder ver la transparencia azul del cielo”, y te echaste a reír. No supe si lo habías dicho de broma o te burlabas de nosotros con ese adjetivo de “azul”. Ese día nos dejaste escribir un diálogo entre dos personajes, diciéndonos que el diálogo sólo funcionaba para hacer avanzar la acción, que todo diálogo como: hola, hola, ¿cómo estás?, bien, ¿y tú? debía ser ejecutado por la goma. Borrado del mapa. Esta vez sí me esmeré. Quería que mi texto no sufriera tu crítica tan dura, pero ni yendo a bailar a Chalma. El diálogo que inventé era entre un asesino y su víctima y así lo escribí: “No quiero morir, dijo ella. ¿Morir?, preguntó él, no vas a morir, vas a sufrir como yo sufrí cuando me dijiste que no. Ahora sólo me queda el rencor, ¿lo entiendes? ¿Entiendes que mis células estallaban por ti, que mis poros me debilitaban cuando te veía? Cuando te asesine, te cortaré en cachitos y freiré en el sartén tus manos, tus piernas, tus intestinos, tu cabeza y te comeré; chuparé tus huesos hasta el tuétano y ahora sí, por fin, serás para siempre mía. No me mates, seré tuya para siempre, lo prometo.” El día de clase moviste la cabeza: “¿Qué les dije, muchachos? Nada de florituras en los diálogos que ya no estamos en el siglo XIX. Tu texto, Pina, está plagado de diálogos inverosímiles, ¿cómo es posible que está siendo atravesada por el cuchillo de cocina y ella todavía le diga al asesino: ‘Si me comes, jamás tendrás mi corazón, maldito’? No, no y no. Eso déjaselo al engolado de Shakespeare, donde podía decir salvajadas como: ‘Oh, muero de mí, padre, la sangre se me hiela y veo todo oscuro y el mundo se acaba conmigo para florecer algún día’, mientras tiene una espada atravesada en el cogote.” Al finalizar la clase me acerqué a tu escritorio: “Disculpe, profe, pero creo que voy a dejar su taller, es que en verdad no le entiendo nada…” Tú me interrumpiste: “Te prohíbo que me hables de usted, si no soy tu abuelo. ¿Cuántos años tienes, niña?”, “Diecisiete”. “¿Diecisiete… mmmh? Está bien, está abierta la puerta de par en par para que te hundas en el fango.” Yo quedé parada ahí, como un espantapájaros. Ya no dijiste nada más. Salí del salón con la cola entre las patas. Esa noche no pude dormir, ¿te lo había contado? Intenté hacer la tarea que dejaste, pero no me salió nada. Entonces llevé un texto sobre la muerte que había escrito a los quince años; era muy breve. Cuando todos leímos comenzaste tu perorata: “Todos los escritores que apenas comienzan quieren escribir sobre dos temas comunes, corrientes y súmamente difíciles: amor y muerte. ¿Para qué escribir sobre amor si el Arcipreste de Hita ya lo ha hecho? ¿Para qué sobre la muerte si Jorge Manrique ya lo hizo? Lean Cartas a un joven poeta, de Rilke, y luego límpiense la cola con él. Necesitan leer mucho y escribir todo el tiempo si quieren convertirse en escritores. El amor no existe y sí el matrimonio” Cuando íbamos de salida me llamaste, de esto si te debes de acordar, porque hasta lo escribiste: “Veo que no abandonaste el barco, Holly.” “Todavía no lo sé, profe.” “Tienes un punto menos por hablarme de usted.” “No lo volveré a hacer, profe.” Te me quedaste mirando por encima de tus lentes: “¿Qué es lo que no entiendes?” “Todo.” “¿Todo…? A ver… vamos por partes, invítame un café.” Tiempo después te diría que aquella lanzada tuya me pareció grotesca. Tú me contestarías que en esta época era de lo más natural que las mujeres invitaran a los hombres; que ya estábamos a años luz del manual de Carreño donde el hombre era el caballo con bombín y la mujer la yegua con holanes. ¿Te acuerdas que yo pagué ese día en la cafetería de la escuela? Eso siempre fue muy propio de ti, Doctor. Buscabas el pretexto de la posmodernidad para salirte con la tuya: “Hay que quemar toda la música de Mozart porque él anuló el derecho al prodigio de los demás.” “¿Cómo es eso?”, te pregunté mientras le dabas un sorbo al café americano. “Es sencillo”, contestaste, “imagínate que el Quijote jamás hubiera sido escrito, mmmh, todavía tendríamos el derecho los escritores mortales a la inmortalidad.” “¡No entiendo!” “Es más sencillo de lo que crees, mira, todos los escritores, cuando les preguntan qué libro es su libro más importante, contestan: El Quijote, ¿por qué? Porque este libro tiene todo; todo lo que se puede contar.” “¿Y la Biblia?” “La Biblia no sirve para un carajo, más que para saber que fue escrita por monjes pachecos. El Quijote tiene una progresión dramática. Nos adueñamos de sus historias. Cervantes empezó a escribir el Quijote y no sabía, mientras lo escribía, hacia dónde iba el Quijote y, paradójicamente, fue a todas partes, ¿entiendes, Holly? La Biblia no tienen unidad, todos se pierden en su laberinto. Y así pasa con Mozart, no hay otro Mozart después de Mozart. Ante la genialidad, los demás desaparecen. Mira, hace poco descubrieron unas partituras de Mozart cuando tenía cuatro años. ¡Cuatro años, lo puedes creer! Así pasó también con ese traficante de armas de Rimbaud, escribe sus tres libros y luego nos deja a todos abandonados. Tendría que haber seguido escribiendo toda la vida para que se destruyera solo y no cayera en el territorio de la leyenda.” “¿Tú querías ser un escritor famoso, profe?”, te pregunté. “No”, contestaste serio, “eso es arte menor”, y luego soltaste una carcajada. Luego yo leería el Pierre Menard de Borges y cuestionaría tu teoría al recordarla. Pero en aquella ocasión, mientras aguardábamos la cuenta del café, te pregunté: “Oye, ¿pero entonces no crees en Dios, verdad?” Tú te levantaste de inmediato, creí que te había incomodado. “Nos vemos”, y así, sin más, te marchaste sin esperar la cuenta del café. Cuando te volví a ver en la escuela, me regalaste un libro que venía dedicado: “Gracias por el café”, y tu firma. Era un libro pequeño, de esos que publica la Universidad, donde venían tres ensayos tuyos: “Racionalismo y crítica”, “Vanguardia latinoamericana del cuento” y el último, que fue el más enredado de todos cuando lo leí: “La literatura del siglo XIX en el siglo XXI”, donde lo único que se me quedó fue que decías que el escritor moderno ya no se interesaba tanto por la experimentación lingüística como en el siglo XX, sino que el mercado había circunscrito la literatura a la narración de historias que pudieran venderse en el mercado, como en el siglo XIX, en la plaza pública. Fáciles y sencillas. Que el autor del siglo XXI sólo era un proveedor de contenidos y no de literatura. Pero cuando te pregunté qué obra te gustaba más, si Rayuela o Cien años de soledad, dijiste que Cien años de soledad porque era divertida y sencilla, aunque luego pusiste tus eternos peros: “Rayuela tiene el mérito de ser una novela incomprensible para los mortales, la tienes que leer, y olvidarla lo más pronto posible para que no quedes loca, pero es extraordinaria.” Y luego comenzaste a hablar de las teorías de Ítalo Calvino, que algunas te parecían que estaban caducas: “Eso de escribir corto porque estamos avasallados por los medios de comunicación es una patraña. Calvino murió en el 85 y todavía no se ponía de moda el internet, ni los chats, ni el facebook, ni los trillones de blogs y ahora se escriben novelas gigantescas como 2666 de Roberto Bolaño o Los poderes secretos de Milena Ravensburg de Oviedo, con sus más de dos mil páginas.” Y ahí te hice una pregunta que te tardarías mucho tiempo en responder: “¿Y entonces qué debe llevar la literatura de hoy?” Yo sabría después que siempre andabas en busca de las novedades literarias; ibas a Sanborn’s a comprar los premios Alfaguara, Planeta, Tusquets. A Profética, los libros de escritores que admirabas y que, al mismo tiempo, con energía soterrada, envidiabas: Junot Díaz, Henning Mankell, Baricco, Marías y los mexicanos Ignacio, Jorge, Pedro y Vicente como cuatro apóstoles de una religión prohibida que tenía mucho éxito. Pero para tu columna semanal del periódico, esa que escribías palmo a palmo, ibas a la librería de viejo y rescatabas a un autor desconocido y lo tratabas como si fuera un Mesías olvidado en su tierra. Lo revalorizabas. Lo reinventabas. Así la gente, tus lectores, te tenía como un crítico enciclopédico, erudito, pero, por encima de todo, como un hombre bueno. Y también descubrí que empezabas a leer los libros por el final. “¿Por qué siempre lees el final y no comienzas como la gente decente?” “Porque si lo comienzo desde el principio me da güeva llegar hasta los últimos capítulos, entonces leo el final y luego el principio, así, si abandono el libro a la mitad, ya no me importa, sé cómo comienza y cómo termina, lo que hay entre estos dos puntos usualmente no vale la pena, tanto como la primera frase de arranque.” ¿Recuerdas la clase donde nos hablaste de la primera frase de los cuentos?: “Siempre les meten en la cabeza la idea de la primera frase, que tenga punch, fuerza, garra, para atrapar al lector. Eso, muchachos, es una vil receta de cocina, nada más falso, no traten de venderse por una sopa de letras. Esos cuentos de frases arrolladoras son, en su mayoría, cuentos de hace siglos y sólo cuentan una historia porque la cierran desde el principio, con su famosa primera frase.” “¿Y qué debemos hacer, teacher?”, preguntó mi compañero. Tú quedaste callado, meditaste un rato. Me imagino que querías fumar, pero como había entrado en vigor la nueva ley antitabaco, sólo te mordiste las uñas: “No sólo la literatura ha cambiado, sino el lector. Me explico: antes no había tantos medios de comunicación y el lector era feliz leyendo sobre un sólo tema. Ahora al lector del siglo XXI puede dársele toda la información en el menor espacio posible.” “¿Cómo, profe?”, preguntó la puta avestruz que se estaba volviendo más participativa en clase. “En su literatura deben tratar de agotar todo el mundo, meterlo todo, todo, todo en el menor espacio posible.” Días después te pregunté que sí eso no era venderse como se vendían las películas gringas donde había tanta acción que a uno le estallaba la cabeza al verlas. Tú me dijiste que había una diferencia fundamental: “Paradiso es una catedral, pero ahí se queda, con sus barrotes y columnas enclaustrados. Lo que se debería buscar es la claridad, la transparencia, la luz, para encontrar el universo.” “No entiendo, profe.” “¿No entiendes, Holly? Hummm, déjame ver… ¿Qué vas a hacer este fin de semana?” Tu pregunta me sorprendió, pero contesté: “Nada, profe.” “Tengo una casa de campo, podrías venir conmigo.” Yo estaba incómoda, mi relación contigo era puramente intelectual: maestro-alumna. Muchas veces no entendía de qué cuernos me hablabas, ni las palabras que usabas, como endrino, zahorí, prafsa, así que me quedé callada. “Bueno, piénsalo, esta invitación no se da todos los días, ¡eh!” Yo intuía que tú tenías mundo; se te veía en todas tus maneras. Hablabas con tanta seguridad de todas las cosas; no había tema en el que no pudieras argumentar. Pasé dos días tratando de decidirme, vivía en casa de mis padres y tenía un miedo milimétrico que me empezaba en las tripas y me terminaba en el culo. Por fin, la mañana del viernes te llamé para decirte que sí iría, después de engañar a mis padres con una excusa obligatoria de la escuela: “¿Y cómo a qué hora pasas por mí, profe?”, “Mira, Holly, mi camioneta está en el taller, nos vemos en la Central Camionera a las cinco.” Y me colgaste. ¿Quién te creías? ¿Eh? Llegué retrasada porque todavía iba indecisa, mi madre me echó como treinta bendiciones mientras que mi papá marcó a mi celular varias veces para estar seguro de que servía. “Ya me iba a ir sin ti, Holly”, fue tu saludo. Llevabas una maleta en la espalda y una cachucha de los 49s de San Francisco. “¿Traes para tu pasaje, niña?” Yo negué con la cabeza. “Bueno, pero para la próxima tú invitas.” Compraste dos boletos hacia la Trinidad, en la montaña. Y partimos casi a las seis de la tarde. Esto lo escribiría en un cuento meses después, cuando ya andábamos, tú me habías dicho que debía vivir las cosas en carne propia, para tener experiencia vital. Y me apostaste a que no podría escribirlo tal y como lo recordaba, porque en ese tiempo, según tú, yo ya estaba enamorada de ti pero no era cierto y así lo escribí:

  • Una carta de amor de Héctor Manjarrez

    Concha mira el aire transparente que la rodea. No mira el cielo, no mira las nubes, no mira las águilas. Mira el aire.

    Los que más creyeron en el futuro son los que más añoran el pasado, colgados de la brocha del gran fresco que iban a pintar, piensa.

    En sus manos tiene una carta de Gregorio, su primer esposo, su único esposo. La ha leído cinco veces, pero no aquí, en la montaña, adonde la trajo para leerla de nuevo por primera vez, precisamente, en el aire límpido, lejos de la ciudad, lejos del pasado y del futuro.

    read more

  • Treinta dólares de Oliverio Coelho

    1

    ¿Qué es eso irresistible que un hombre obtiene de un animal?

    A lo mejor lo mismo que de un niño: la posibilidad inmediata de amar.

    Esto escribe Park Chang-ho después de elaborar un extraño método para deshacerse de su mascota antes del viaje de su vida. A diferencia de otros amos que en ausencia proyectan lo mejor para su animal, él, harto de la demanda de una gata castrada de diez años llamada Lola, planea demorar un mes exacto en hacerla explotar, asesinarla sin culpa, concederle lo que siempre ha pedido su gula: sobrealimentación estricta, lácteos, hígado crudo.

    read more

  • “Si lo recuerdas, no lo viviste” (El rock como memoria artificial)

    ¿El rock y la memoria? Son dos cosas que disfruté en el pasado.

    Leonardo García Tsao

    BÁJATE DE MI NUBE

    Los Rolling Stones representan una exaltada variante del recuerdo. Al oírlos, recuperamos cosas que no siempre tienen que ver con ellos. Además, sus conciertos fomentan la resurrección de las amistades. De pronto, un señor que se parece a Séneca el Viejo te abraza con un furor que sólo se vuelve lógico cuando te recuerda que acampó contigo en Puerto Ángel en 1973 y aún le debes el autobús de Pinotepa Nacional al D. F.

    read more

  • Una noche en Oaxaca de Eusebio Ruvalcaba

    para Teresa Mondragón

    Y abiertamente consagré mi corazón a la tierra grave y doliente, y con frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligué a ella con un lazo mortal.

    Johann Christian Friedrich Hölderlin, La muerte de Empédocles read more