Narrativa

  • Diablo por: Luis Fernando Cruz Carrillo

    Estaba yo con el Jimmy y el Jaime echando unos tragos finos, presidiario… pero se encabronó el Jimmy, ya sabes cómo es, Rosa, está loco… Dónde está mi pachita… se acabó. read more

  • 50 cuerpos extraordinarios de Carmen Boullosa

    Enumero cincuenta cuerpos extraordinarios sin intención de crear una taxonomía o marcar un rango. Mezclo imaginarios con reales, dioses con humanos, ficciones y mentiras con inobjetables.

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  • Alla bella trieste

    Por Juan Leyva

    La bora, que no el borea: un fuelle poderoso en busca de sí mismo, acordeón y deriva; dominio, furia, escoba. Es el viento de Trieste: húmedo, frío e infatigable; infatigable y húmedo y frío (hacia el invierno, nieve y aun 200 kilómetros por hora). El camino a la cuna de Svevo se torna otoñal ya a inicios de septiembre y, pronto, una niebla acaricia al tren que sale desde Venecia-Mestre hacia la frontera nororiental de Italia. Después: Croacia y Eslovenia, y al norte, Carintia, la tierra de Musil. Otro mundo: confluencias y diversidades. Quizá por ello Trieste ha querido ser como hasta ahora: amigable, abierto y tolerante (salvo etapas o episodios que nadie desearía recordar, mas no se olvidan: Pahor). También quizá por ello ha sido anzuelo para escritores e intelectuales de todo tipo, en especial desde que los Austrias le dieran gran impulso en el siglo XIX, al reforzar su carácter de puerto libre dieciochesco. De aquí salió Maximiliano hacia México: se alza, todavía, en ruta al Duino, el palacio que empezara a construir tiempo antes de embarcar; jamás podría verlo terminado.

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  • Sin epígrafe por Gerardo Oviedo

    Sostengo que la literatura debe escribirse con el corazón para que pueda ser sincera. ¿O no lo crees así, doctor? ¿Me entiendes, no? Así la aterrizas, la bajas de su torre de marfil y la pones en los ojos de los mortales. Porque ya basta de esos escritores que se sienten dioses intocables de otra especie. Nel, hay que bajarlos del cerro a tamborazos para que no se sientan los muy muy. Todos tan intelectuales y mamones, como tú doctor. ¿Que soy paternalista? ¿Que esos conceptos de arte para el pueblo ya expiraron desde hace tiempo con el neoliberalismo? Tal vez tengas razón, pero sólo a ras de suelo la literatura cobra vida, con las patas bien plantadas en la tierra. Tú me dirás que buscas estilo, y forma, y mamada y media; porque tu doctorado en letras te hizo un misógino de las escritoras como yo; porque me dijiste, cuando estábamos en la peda de la presentación del libro de Tony a medio semestre: “Todas las mujeres que escriben, escriben sobre un sólo tema: sus frustraciones amorosas y el poco sexo que tienen. Si se las cogieran rico dejarían de escribir.” Eso dijiste. Porque se sienten, según tú, menospreciadas por todos los machos del mundo, y recitaste un catálogo de escritoras que se la pasaban lavando trastes, cuidando hijos, trabajando y en sus ratos libres componían frasecitas bucólicas para demostrarse a sí mismas que valían algo como literatas, con sus cuentitos o novelitas rosas, y que ellas le echaban la culpa a todo, menos a su incapacidad literaria, porque eso sí, Doctor, tienes una memoria muy buena, pero sólo repites y repites como perico todo lo que aprendiste hace siglos. ¿Y tú qué eres, eh? Un escritor fracasado, eso eres, ¿o no? Un escritor mediocre. Por eso te dedicas a hurgar dentro de los textos de los demás tratando de encontrar fallas en las comas, en los acentos, en los lugares comunes. ¿Te acuerdas cuando te enseñé mi cuento de las “Mantarrayas asesinas”? ¿Qué fue lo primero que dijiste?: “Tienes el más extraordinario talento para poner el más horrible título de la historia de la literatura, Pina.” Y te echaste a reír como loco, sí, como un desquiciado mental. Y cuando viste que no tenía ninguna cita literaria, me dijiste que así no se debía empezar ningún cuento, ni siquiera una novela o un libro de poemitas. Que todo escritor que se respetara debía escribir al comienzo un epígrafe o una frase tomada de otros autores para que su texto tuviera validez. Que así había sido siempre, por los siglos de los siglos, amén. Que escritor que no escribiera al comienzo una cita de algún famoso, estaba perdido en el limbo, que no pertenecía ni a Dios ni al Diablo, ¡ja!, tú hablándome de esas cosas. Y yo me burlé de ti y de todos aquellos escritores que toman frases de otros autores para darle validez a lo que escriben, como si ese fuera su boleto a la gloria; a la inmortalidad literaria. Yo te dije que no le había puesto ninguna cita porque no me interesaba lo que otros escritores pudieran haber dicho antes que yo; que eso me tenía sin cuidado. Te dije que las citas al comienzo de un libro eran como plumas viejas tratando de vestir patos nuevos. “¿Ves?”, me replicaste, “tu sentido de las imágenes y de las metáforas es muy chafa. ¿Cómo que putos? Eso es intolerante y primitivo.” Y te levantaste de la mesa y fuiste a destapar otra cerveza. Yo te grité, pero creo que no me oíste, pero si me escuchó la maldita avestruz: patos, dije patos. No putos. Pero cuando regresaste, yo ya estaba conversando con tu amigo el escritor Tony, el que a solas tú me decías que era escritor cubista, porque sólo escribe cuando bebe cubas, y te burlaste de él en tu casa cuando supiste que acababa de ganar un premio literario: “Mira, soy el escritor cubista, y escribo como si estuviera en la comuna de París de 1870, pura escritura automática, y soy bien puto, me gustan Rimbaud y Verlaine y haríamos un ménage à trois literario.” Pero en la presentación de su libro, enfrente de él, discutías como si fuera tu gran cuate sobre la dialéctica que encontrabas en Coetzee, o en Orhan Pamuk, o en Haruki Murakami o Roberto Bolaño. Yo le estaba preguntando qué se sentía ganar un premio tan grande como el que había ganado cuando regresaste con tu chela y lo primero que dijiste fue que los premios no servían para un carajo, que sólo eran pendejadas, porque la literatura no se podía calificar de esa manera, “salvo tu premio, Tony”. Y dijiste salud, “Salud Tony, Bris, Pina y ustedes que están allá, Benny y Jimy, salud a todos.” Ahí fue cuando pensé que tus amigos escritores se ponían sus diminutivos agringados; afrancesados, raros, para parecer más cosmopolitas, más internacionales, tanto como los nombres de sus personajes, ah, todo por la internacionalización de su literatura que ni su madre lee. ¿Te acuerdas lo que le dijo Juan José Arreola a Leñero? Que lo que debía hacer para ser escritor, si quería serlo, era quitarse un apellido, porque Leñero se llamaba Vicente Leñero Otero y sonaba del nabo. Así me dijiste a mí la primera vez que entré a tu Taller de Narrativa y quisiste pasarte de lanza conmigo: “Para ser escritora, Josefina, te deberías quitar el apellido Pérez. Los escritores Pérez no tienen derecho a existir en la literatura. ¿Qué te parece si mejor te ponemos Josefina Holly?, así te podemos llamar de cariño: Pina Holly, como Pina Warhol”, y te echaste a reír junto con toda la clase. Yo no supe qué decir en ese momento. Me habías tomado por sorpresa. Luego nos diste la instrucción de que por un día completo no debíamos hablar con nadie, sino escribir todo en una libreta, como los mudos y tratar de oír el habla de la gente. Yo salí de clase con la cabeza más revuelta que como había entrado, te lo confieso. Pero intenté hacer la tarea ese mismo día, nada de palabras habladas. Y al siguiente lunes, cuando llevé mi trabajo, me dijiste que sólo había caído en lugares comunes, y nos preguntaste: “¿Ustedes creen que así hablan los campesinos de Rulfo? No, así no hablan, Rulfo transformó el lenguaje y nos hizo que creyéramos que así hablaban los habitantes de Comala, pero no es cierto. Rulfo hizo poesía. ¿Quién de ustedes ha leído el Pedro Páramo?” Sólo un wey que estaba sentado hasta delante levantó el brazo. Yo, teacher, pero fue hace muchísimo tiempo y la mera verdad no le entendí nada. Tú te levantaste del escritorio y te fuiste al pizarrón blanco. Con el plumón negro pusiste un punto en medio: “A ver, jóvenes… ¿qué es esto?” Todos quedamos callados hasta que el compañero de atrás gritó: “Un punto negro, profe”, “No, señor, esto es el universo y ustedes están dentro. ¿Qué necesitan para salir de él?” El mismo compañero gritó: “¿Una coma?”, y, como una avalancha varios más gritaron: “¿Tres puntos suspensivos? ¿Unas comillas? ¿Un paréntesis?” Tú nos escuchaste, moviste la cabeza y dejaste otra tarea más: “Quiero que escriban un texto donde ustedes están en este punto y desde ahí miran lo que hay afuera, ¿entendieron? Y además, lean el Aleph de Borges”. “Oye, Holly”, me dijo mi compañero cuando salimos de clase ese día, “¿tú le entiendes a este wey?” Nada, le dije, y no soy Holly, idiota, me apellido Pérez. Pero mi contestación no es lo importante, sino que intenté hacer la tarea tal y como nos lo habías ordenado: yo era un punto y trataba de salir a explorar el universo. ¿Te acuerdas cómo empecé esa tarea del punto negro?: “Miro la fría oscuridad que hay detrás de mí y el horizonte ardiente se ilumina.” Cuando lo leí en clase, recuerdo el seño fruncido y tus ojos atentos al suelo: “¿Saben qué son los adjetivos, muchachos? A ver tú”, y señalaste a una chava que estaba a mi izquierda. La chava metió su cabeza entre su libreta como una estúpida avestruz. Mi compañero entonces dijo: “¿Los que califican al sustantivo?” Hubo un silencio. Regresaste al escritorio: “No, jóvenes, los adjetivos son las piedras con las que ustedes tropezarán a cada rato. Pina, ¿qué te parece si quitas en tu texto ‘fría’ y ‘ardiente’? No crees que quede mejor así, escucha: “Miro la oscuridad que hay detrás de mí y el horizonte se ilumina”, ¿qué te parece? ¿No les parece mejor? Hay que eliminar todas esas piedras para poder ver la transparencia azul del cielo”, y te echaste a reír. No supe si lo habías dicho de broma o te burlabas de nosotros con ese adjetivo de “azul”. Ese día nos dejaste escribir un diálogo entre dos personajes, diciéndonos que el diálogo sólo funcionaba para hacer avanzar la acción, que todo diálogo como: hola, hola, ¿cómo estás?, bien, ¿y tú? debía ser ejecutado por la goma. Borrado del mapa. Esta vez sí me esmeré. Quería que mi texto no sufriera tu crítica tan dura, pero ni yendo a bailar a Chalma. El diálogo que inventé era entre un asesino y su víctima y así lo escribí: “No quiero morir, dijo ella. ¿Morir?, preguntó él, no vas a morir, vas a sufrir como yo sufrí cuando me dijiste que no. Ahora sólo me queda el rencor, ¿lo entiendes? ¿Entiendes que mis células estallaban por ti, que mis poros me debilitaban cuando te veía? Cuando te asesine, te cortaré en cachitos y freiré en el sartén tus manos, tus piernas, tus intestinos, tu cabeza y te comeré; chuparé tus huesos hasta el tuétano y ahora sí, por fin, serás para siempre mía. No me mates, seré tuya para siempre, lo prometo.” El día de clase moviste la cabeza: “¿Qué les dije, muchachos? Nada de florituras en los diálogos que ya no estamos en el siglo XIX. Tu texto, Pina, está plagado de diálogos inverosímiles, ¿cómo es posible que está siendo atravesada por el cuchillo de cocina y ella todavía le diga al asesino: ‘Si me comes, jamás tendrás mi corazón, maldito’? No, no y no. Eso déjaselo al engolado de Shakespeare, donde podía decir salvajadas como: ‘Oh, muero de mí, padre, la sangre se me hiela y veo todo oscuro y el mundo se acaba conmigo para florecer algún día’, mientras tiene una espada atravesada en el cogote.” Al finalizar la clase me acerqué a tu escritorio: “Disculpe, profe, pero creo que voy a dejar su taller, es que en verdad no le entiendo nada…” Tú me interrumpiste: “Te prohíbo que me hables de usted, si no soy tu abuelo. ¿Cuántos años tienes, niña?”, “Diecisiete”. “¿Diecisiete… mmmh? Está bien, está abierta la puerta de par en par para que te hundas en el fango.” Yo quedé parada ahí, como un espantapájaros. Ya no dijiste nada más. Salí del salón con la cola entre las patas. Esa noche no pude dormir, ¿te lo había contado? Intenté hacer la tarea que dejaste, pero no me salió nada. Entonces llevé un texto sobre la muerte que había escrito a los quince años; era muy breve. Cuando todos leímos comenzaste tu perorata: “Todos los escritores que apenas comienzan quieren escribir sobre dos temas comunes, corrientes y súmamente difíciles: amor y muerte. ¿Para qué escribir sobre amor si el Arcipreste de Hita ya lo ha hecho? ¿Para qué sobre la muerte si Jorge Manrique ya lo hizo? Lean Cartas a un joven poeta, de Rilke, y luego límpiense la cola con él. Necesitan leer mucho y escribir todo el tiempo si quieren convertirse en escritores. El amor no existe y sí el matrimonio” Cuando íbamos de salida me llamaste, de esto si te debes de acordar, porque hasta lo escribiste: “Veo que no abandonaste el barco, Holly.” “Todavía no lo sé, profe.” “Tienes un punto menos por hablarme de usted.” “No lo volveré a hacer, profe.” Te me quedaste mirando por encima de tus lentes: “¿Qué es lo que no entiendes?” “Todo.” “¿Todo…? A ver… vamos por partes, invítame un café.” Tiempo después te diría que aquella lanzada tuya me pareció grotesca. Tú me contestarías que en esta época era de lo más natural que las mujeres invitaran a los hombres; que ya estábamos a años luz del manual de Carreño donde el hombre era el caballo con bombín y la mujer la yegua con holanes. ¿Te acuerdas que yo pagué ese día en la cafetería de la escuela? Eso siempre fue muy propio de ti, Doctor. Buscabas el pretexto de la posmodernidad para salirte con la tuya: “Hay que quemar toda la música de Mozart porque él anuló el derecho al prodigio de los demás.” “¿Cómo es eso?”, te pregunté mientras le dabas un sorbo al café americano. “Es sencillo”, contestaste, “imagínate que el Quijote jamás hubiera sido escrito, mmmh, todavía tendríamos el derecho los escritores mortales a la inmortalidad.” “¡No entiendo!” “Es más sencillo de lo que crees, mira, todos los escritores, cuando les preguntan qué libro es su libro más importante, contestan: El Quijote, ¿por qué? Porque este libro tiene todo; todo lo que se puede contar.” “¿Y la Biblia?” “La Biblia no sirve para un carajo, más que para saber que fue escrita por monjes pachecos. El Quijote tiene una progresión dramática. Nos adueñamos de sus historias. Cervantes empezó a escribir el Quijote y no sabía, mientras lo escribía, hacia dónde iba el Quijote y, paradójicamente, fue a todas partes, ¿entiendes, Holly? La Biblia no tienen unidad, todos se pierden en su laberinto. Y así pasa con Mozart, no hay otro Mozart después de Mozart. Ante la genialidad, los demás desaparecen. Mira, hace poco descubrieron unas partituras de Mozart cuando tenía cuatro años. ¡Cuatro años, lo puedes creer! Así pasó también con ese traficante de armas de Rimbaud, escribe sus tres libros y luego nos deja a todos abandonados. Tendría que haber seguido escribiendo toda la vida para que se destruyera solo y no cayera en el territorio de la leyenda.” “¿Tú querías ser un escritor famoso, profe?”, te pregunté. “No”, contestaste serio, “eso es arte menor”, y luego soltaste una carcajada. Luego yo leería el Pierre Menard de Borges y cuestionaría tu teoría al recordarla. Pero en aquella ocasión, mientras aguardábamos la cuenta del café, te pregunté: “Oye, ¿pero entonces no crees en Dios, verdad?” Tú te levantaste de inmediato, creí que te había incomodado. “Nos vemos”, y así, sin más, te marchaste sin esperar la cuenta del café. Cuando te volví a ver en la escuela, me regalaste un libro que venía dedicado: “Gracias por el café”, y tu firma. Era un libro pequeño, de esos que publica la Universidad, donde venían tres ensayos tuyos: “Racionalismo y crítica”, “Vanguardia latinoamericana del cuento” y el último, que fue el más enredado de todos cuando lo leí: “La literatura del siglo XIX en el siglo XXI”, donde lo único que se me quedó fue que decías que el escritor moderno ya no se interesaba tanto por la experimentación lingüística como en el siglo XX, sino que el mercado había circunscrito la literatura a la narración de historias que pudieran venderse en el mercado, como en el siglo XIX, en la plaza pública. Fáciles y sencillas. Que el autor del siglo XXI sólo era un proveedor de contenidos y no de literatura. Pero cuando te pregunté qué obra te gustaba más, si Rayuela o Cien años de soledad, dijiste que Cien años de soledad porque era divertida y sencilla, aunque luego pusiste tus eternos peros: “Rayuela tiene el mérito de ser una novela incomprensible para los mortales, la tienes que leer, y olvidarla lo más pronto posible para que no quedes loca, pero es extraordinaria.” Y luego comenzaste a hablar de las teorías de Ítalo Calvino, que algunas te parecían que estaban caducas: “Eso de escribir corto porque estamos avasallados por los medios de comunicación es una patraña. Calvino murió en el 85 y todavía no se ponía de moda el internet, ni los chats, ni el facebook, ni los trillones de blogs y ahora se escriben novelas gigantescas como 2666 de Roberto Bolaño o Los poderes secretos de Milena Ravensburg de Oviedo, con sus más de dos mil páginas.” Y ahí te hice una pregunta que te tardarías mucho tiempo en responder: “¿Y entonces qué debe llevar la literatura de hoy?” Yo sabría después que siempre andabas en busca de las novedades literarias; ibas a Sanborn’s a comprar los premios Alfaguara, Planeta, Tusquets. A Profética, los libros de escritores que admirabas y que, al mismo tiempo, con energía soterrada, envidiabas: Junot Díaz, Henning Mankell, Baricco, Marías y los mexicanos Ignacio, Jorge, Pedro y Vicente como cuatro apóstoles de una religión prohibida que tenía mucho éxito. Pero para tu columna semanal del periódico, esa que escribías palmo a palmo, ibas a la librería de viejo y rescatabas a un autor desconocido y lo tratabas como si fuera un Mesías olvidado en su tierra. Lo revalorizabas. Lo reinventabas. Así la gente, tus lectores, te tenía como un crítico enciclopédico, erudito, pero, por encima de todo, como un hombre bueno. Y también descubrí que empezabas a leer los libros por el final. “¿Por qué siempre lees el final y no comienzas como la gente decente?” “Porque si lo comienzo desde el principio me da güeva llegar hasta los últimos capítulos, entonces leo el final y luego el principio, así, si abandono el libro a la mitad, ya no me importa, sé cómo comienza y cómo termina, lo que hay entre estos dos puntos usualmente no vale la pena, tanto como la primera frase de arranque.” ¿Recuerdas la clase donde nos hablaste de la primera frase de los cuentos?: “Siempre les meten en la cabeza la idea de la primera frase, que tenga punch, fuerza, garra, para atrapar al lector. Eso, muchachos, es una vil receta de cocina, nada más falso, no traten de venderse por una sopa de letras. Esos cuentos de frases arrolladoras son, en su mayoría, cuentos de hace siglos y sólo cuentan una historia porque la cierran desde el principio, con su famosa primera frase.” “¿Y qué debemos hacer, teacher?”, preguntó mi compañero. Tú quedaste callado, meditaste un rato. Me imagino que querías fumar, pero como había entrado en vigor la nueva ley antitabaco, sólo te mordiste las uñas: “No sólo la literatura ha cambiado, sino el lector. Me explico: antes no había tantos medios de comunicación y el lector era feliz leyendo sobre un sólo tema. Ahora al lector del siglo XXI puede dársele toda la información en el menor espacio posible.” “¿Cómo, profe?”, preguntó la puta avestruz que se estaba volviendo más participativa en clase. “En su literatura deben tratar de agotar todo el mundo, meterlo todo, todo, todo en el menor espacio posible.” Días después te pregunté que sí eso no era venderse como se vendían las películas gringas donde había tanta acción que a uno le estallaba la cabeza al verlas. Tú me dijiste que había una diferencia fundamental: “Paradiso es una catedral, pero ahí se queda, con sus barrotes y columnas enclaustrados. Lo que se debería buscar es la claridad, la transparencia, la luz, para encontrar el universo.” “No entiendo, profe.” “¿No entiendes, Holly? Hummm, déjame ver… ¿Qué vas a hacer este fin de semana?” Tu pregunta me sorprendió, pero contesté: “Nada, profe.” “Tengo una casa de campo, podrías venir conmigo.” Yo estaba incómoda, mi relación contigo era puramente intelectual: maestro-alumna. Muchas veces no entendía de qué cuernos me hablabas, ni las palabras que usabas, como endrino, zahorí, prafsa, así que me quedé callada. “Bueno, piénsalo, esta invitación no se da todos los días, ¡eh!” Yo intuía que tú tenías mundo; se te veía en todas tus maneras. Hablabas con tanta seguridad de todas las cosas; no había tema en el que no pudieras argumentar. Pasé dos días tratando de decidirme, vivía en casa de mis padres y tenía un miedo milimétrico que me empezaba en las tripas y me terminaba en el culo. Por fin, la mañana del viernes te llamé para decirte que sí iría, después de engañar a mis padres con una excusa obligatoria de la escuela: “¿Y cómo a qué hora pasas por mí, profe?”, “Mira, Holly, mi camioneta está en el taller, nos vemos en la Central Camionera a las cinco.” Y me colgaste. ¿Quién te creías? ¿Eh? Llegué retrasada porque todavía iba indecisa, mi madre me echó como treinta bendiciones mientras que mi papá marcó a mi celular varias veces para estar seguro de que servía. “Ya me iba a ir sin ti, Holly”, fue tu saludo. Llevabas una maleta en la espalda y una cachucha de los 49s de San Francisco. “¿Traes para tu pasaje, niña?” Yo negué con la cabeza. “Bueno, pero para la próxima tú invitas.” Compraste dos boletos hacia la Trinidad, en la montaña. Y partimos casi a las seis de la tarde. Esto lo escribiría en un cuento meses después, cuando ya andábamos, tú me habías dicho que debía vivir las cosas en carne propia, para tener experiencia vital. Y me apostaste a que no podría escribirlo tal y como lo recordaba, porque en ese tiempo, según tú, yo ya estaba enamorada de ti pero no era cierto y así lo escribí:

  • Una carta de amor de Héctor Manjarrez

    Concha mira el aire transparente que la rodea. No mira el cielo, no mira las nubes, no mira las águilas. Mira el aire.

    Los que más creyeron en el futuro son los que más añoran el pasado, colgados de la brocha del gran fresco que iban a pintar, piensa.

    En sus manos tiene una carta de Gregorio, su primer esposo, su único esposo. La ha leído cinco veces, pero no aquí, en la montaña, adonde la trajo para leerla de nuevo por primera vez, precisamente, en el aire límpido, lejos de la ciudad, lejos del pasado y del futuro.

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  • Treinta dólares de Oliverio Coelho

    1

    ¿Qué es eso irresistible que un hombre obtiene de un animal?

    A lo mejor lo mismo que de un niño: la posibilidad inmediata de amar.

    Esto escribe Park Chang-ho después de elaborar un extraño método para deshacerse de su mascota antes del viaje de su vida. A diferencia de otros amos que en ausencia proyectan lo mejor para su animal, él, harto de la demanda de una gata castrada de diez años llamada Lola, planea demorar un mes exacto en hacerla explotar, asesinarla sin culpa, concederle lo que siempre ha pedido su gula: sobrealimentación estricta, lácteos, hígado crudo.

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  • “Si lo recuerdas, no lo viviste” (El rock como memoria artificial)

    ¿El rock y la memoria? Son dos cosas que disfruté en el pasado.

    Leonardo García Tsao

    BÁJATE DE MI NUBE

    Los Rolling Stones representan una exaltada variante del recuerdo. Al oírlos, recuperamos cosas que no siempre tienen que ver con ellos. Además, sus conciertos fomentan la resurrección de las amistades. De pronto, un señor que se parece a Séneca el Viejo te abraza con un furor que sólo se vuelve lógico cuando te recuerda que acampó contigo en Puerto Ángel en 1973 y aún le debes el autobús de Pinotepa Nacional al D. F.

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  • Una noche en Oaxaca de Eusebio Ruvalcaba

    para Teresa Mondragón

    Y abiertamente consagré mi corazón a la tierra grave y doliente, y con frecuencia, en la noche sagrada, le prometí que la amaría fielmente hasta la muerte, sin temor, con su pesada carga de fatalidad, y que no despreciaría ninguno de sus enigmas. Así me ligué a ella con un lazo mortal.

    Johann Christian Friedrich Hölderlin, La muerte de Empédocles read more

  • El soldado desconocido por Alejandro Meneses

    Alejandro Meneses debió tener 24 o 25 años cuando escribió este relato. Poco después aparecería, en 1987, su primer libro. “El soldado desconocido”, que presenta diversas similitudes con “El fin de la noche”, la suerte de noveleta que cierra Días extraños justamente, sería sin duda parte de éste si las circunstancias no hubiesen obrado en contra de su autor. No se puede decir, sin embargo, que en la existencia azarosa de Meneses semejantes pérdidas se convirtieran en lamentos. Ni siquiera, para acabar pronto, menciones al desgaire. De ahí que quienes lo tratamos con frecuencia tengamos hoy serias lagunas en cuanto a obras inconclusas u olvidadas en alguno de los muchos sitios que habitó. Para muestra basta un botón: no tenemos certeza alguna acerca del año de su nacimiento ni contamos con algo más que conjeturas sobre la fecha precisa de su muerte, que podría haber ocurrido entre el 2 y el 3 de julio de 2005.

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  • Straub very feels for Eva de Carlos Velázquez

    Arte de Lulú Gíl

    Today is the greatest day I’ve ever known cantan los Smashing Pumpinks en la grabadora Paioner.

    Y Straub canta también (pinshi disco ya stá más aplaudido quel de Neil Young con Pearl Jam) mientras piensa en si existen los sueños siameses. Un sueño es como meterse coca, considera, nunca la experiencia es la misma. Algunas veces la pesadilla se repite, pero siempre con pequeñas variaciones que hacen el mundo más insoportable.

    Muy bien planshado y con camiseta, frente al espejo se aplica un generoso tratamiento antiarrugas. Una crema redentora y preciada que compra su jefa en oferta y con dinero electrónico en Soriana. Apenas tiene 22, pero stá obsesionao mal plan con sus patas de gallo.

    Atemperado, como mecotaxi recién desempacaíto de lagencia, sale a la calle a hacer gruvi. Tunait’s de nait, se dice pa que amarre. Sta esu noshi, su sabadancin. Se siente sabrosuras. Eva morderá el polvo del amor. Onque del disho al hesho haya una maquinaria, piensa que la teibolerita se derretirá diatiro como barquillo napolitano ante sus naipies. Stá en edad de Bing. Carga 5 mil varos en la cartera. Pa sacarla del congal y gozarla hastalamanecer. Quiobo reina, ya llegó tu piratón. Tu don Pedro con agua mineral.

    Son las ochoa melo y asociados. Faltan dos orejas tía rosa pa que las morras arriflen a la pista. Antesitos de llegarle a la tablita, tira pal cerro a conseguirse una grapa. Sabe que la soda siempre se requiere. Yu bi olgüeis on mai main. O no? Agüelita, soy tu nieto.

    Se mete al Sabino Gordo, no sin antes sonarse apreciativo, cauteloso, conocedor, pasesinar el tiempo. Ignora por quéso, pero recuerda las palabras de su jefita: ya no uses esa mierda. Se te va a joder el disco duro. Pos será mierda, pero ah qué sabrosa popó. Se atranca uno, dos Tecates de 16 onzas. Ya sizo, dice y se despasha un saque de 80 kilómetros por hora. Digno de Güimbledon.

    En el Infinito la onda stá detenida. Como la pausa de los dos minutos en los partidos de futbol americano. Todas las morras del teibol la rolan trepadas en las dos pistucas. Es día de privados 3 x 1. Por 50 varos puedes escoger una piel y amasarla como tortilla de harina cruda 3 rolas. Por 100 más le puedes dar su bombeada. Pero eso lo arreglas acá en corto con la morra.

    Eva no se guasha. Pos una tina de Cartas, no? Termina la barata. Última oportunidá, 9 minutos por 50 varos. Son una mini mami las que agarran cliente. La raza anda sharra. Prefiere invertir en el taxi de regreso o en cargar saldo pal celular.

    Dos morras aparecen sobre la pista 1 y son recibidas con una ovación. Hesha por los mismos batos que celebran un gol en el estadio de los Tigres. Somos un solo público. Somos todos un mismo pito que igual se levanta con el niño Maseca del Kikín que con unas tetas operadas.

    Las morras sencueran toditas y desocupan. No se permite el tráfico en la pista. Le toca a otras douglas. Imaginen si llegan a colapsar nalgas contra nalgas, podría ser un accidente como los de Formula 1.

    Para cuando suben las que siguen, el culo de Straub dice suelo. La rola que bailan es Easy Money de King Crimson. Y por primera vez, desde hace 10 años que compró el disco Siamese dream, el pendejo de Straub ntiende. Sto, se confiesa, es un sueño siamés. A sto se refiere el pinshi Billy Corgan. La unión de carne y música es el perfecto sueño siamés. Es tan certera la rola bailada por las teibols que incluso se le para el pito a pesar del ntosque de coca. Es posible que hasta unas gotas de líquido lubricante alcancen a brotarle.

    Se acaba el shou y salen dos morras más. Gemelas. Repetición instantánea. Qué nombre más atinado pa un teibol: Infinito. Entonces, Eva sale del área de privados después de como shingo mil servicios. Segurito más aplaudida quel disco de Neil Young con Pearl Jam.

    No esu turno, sin embargo se trepa a la pista. Nunca hay más de dos shavas arriba. Pero nadie la sordea. Cómo si anda hastal ful. Bien tasha. Con los ojos más vidriosos que una virgencita de guadalupe en miniatura. Por eso Eva scapa al formato. Mientras las otras morras se desprenden de sus prendas con la sórdida monotonía habitual, ella yanda por completo desnuda. Víctima de la química.

    Desafía las reglas. Los preceptos básicos y sagrados del oficio. Obsequiarse al público. Permite que un tumulto de manos la transite. Cada trozo de su carne se ha revelado al manoseo. Eva se entrega, a la trasgresión sensorial, a la auscultación vulgar, a la báscula insultante.

    Eva se reparte, democrática. No como las otras. Que al sentir un dedo más allá de la cancha permitida, se retractan, se repegan a la seguridad que proporciona el tubo. Lejos de ese proletariado rabioso e infiel que las perturba. Eva no. Eva stá perdida. Contraindicada. Straub no lo soporta no lo tolera. Que Eva se regale no es problema.

    Pero el ultraje. El saqueo. Qué le pasa al mánayer que no cambia de pisher. Que alguien hable con el coush de pisheo. Neitamos un relevo del bulpen. Ya van doce carreras en un inin. Eva es latracción dese parque de diversiones ques el Infinito. Su cuerpo es el neón más atrayente. Así, pequeño, plano, moreno, sin shiste. Pero mejor ntrenao pal sexo que aquellos que se revuelcan en la moda de la cirugía. Un cuerpo de niñita que ni creció. Un cuerpo de 18 años endeble, blandengue, que no se derrumba, no se exhausta.

    Se crea una fila pa darle sexo oral. Y Straub se forma. Y Eva stá vi viendo su propio sueño siamés. La mezcla de contacto y la voz de Marilyn Manson que canta Sweet dreams son un mellizo al que Eva se retrae. Se re tribuye. Una mis ma matriz sensorial, receptiva a la que le ha nacido otra pero que son la misma.

    Después de musho ai va lagua, por fin Straub queda frente a ella. Ha sido tan exhaustivo el recorrido para llegar a ella, que se siente como el primer astronauta en pisar la luna. Pero Eva no lo reconoce. Anda pasada. No sacaría a flote ni a su jefa. Es una paleta clavarse con stas morras. Son como los perros. Pero ellas no huelen tu miedo. Perciben tu interés y te man dan a la shingada. Las mujeres pagan remal. Ojalá Jesús no baje pronto a la tierra. Si con los romanos le fue gasho, con las teiboleras no se la va a andar acabando.

    Straub la abraza a la altura la cadera. Eva sólo sonríe, con los ojos cerrados. Ni al casting decirle Qué onda, morrita. Te acuerdas? hace un mes te dije quiba a recibir una prima en el jale y que hoy hoy vendría por ti pa comprar un buen de polvo y enjaularlos en un cuarto hay un hotel rebara por el café Brasil te acuerdas? Me dijiste simón Straub le ponemos yorch y snifamos y snifamos y snifamos.

    Pero qué caso decirle aora Eva tudai is mai dei hace un mes que no baila el muñeco hace un mes que ni siquiera una shaquetita me disparo mestoy reservando pa tus güesos hace un mes sueño con pasarla contigo toda una noche solitos lejos del congal encuerados y todo.

    Eva se safa de los brazos que la retienen. Otra fila, más prolongada, más sensorial, la reclama. Y Straub comienza a oír en su interior una stación de ra dio conocida. El f. m. que le dice que le hace urge un pase. Una rayita. No puede digerir sus emociones sin cocaína. Entre dientes se pregunta: oye dios, qué me has dao, que todo el tiempo quiero star drogado.

    Entral baño a atenderse. Lo primero que ve es a un par de baserolos fumando piedra en unas pipas heshas con botes aplastaos de Tecate. Encimita, lee en la pared: El pinshi sueño siamés existe. Abajo hay otra frase. Dice: Como los Gremlins. Y debajo una más: Como tu shingada madre.

    Uno de los basucos le pasa a Straub la pipa y el encendedor. El otro hace lo mismo. Y Straub empieza a darse. Se quema el pulgar con el encendedor. Por las frases, se acuerda de los Gremlins. Que se reproducían con agua. Todos son siameses, no? Por qué no se parecen, pues?

    Dos saca borrashos del Infinito ntran al baño. El guarura gordo y prietote que stá en la ntrada y otro que no conozco. Quién shingados te dijo que se puede fumar eso aquí, eh puto? Algún pitorra shismeó que staban quemando en el baño. Ecuánime, casi hasta podría afirmar que elegantemente, le quitaron las pipas. Una vez concluida la transacción, comenzaron a madrearlo.

    Lo sacan a patadas en el culo. Pero los putazos ni le saben. Straub anda bien priedrólar. Prendidote. Para un taxi. A ónde va, joven? A la Nuevorepueblo. Durante el vieje tararea today is the greatest day i’ve ever know, cant’ live for tomorrow, tomorrows much to long. La pesadilla se repite. Al parecer sin variaciones. La pesadilla es la misma. No se cumple su sueño siamés. Quemar los 5000 con Eva.

    Regresa solo a casa. A tratar de masturbase sin conseguir eyacular. Hasta quedarse dormido con el miembro fláccido en la mano. Lo sabe. La pesadilla nunca se transforma. Es como una fotografía. Tal vez los sueños siameses existan, pero como otros mushos sueños, sabe que no stán a su alcance.

    Escrito por Carlos Velázquez:


    Escritor mexicano nacido en Torreón, Coahuila, en 1978. Autor de cuento, poesía y reseña; textos suyos han aparecido en revistas de Torreón, Monterrey, la Ciudad de México y Buenos Aires (Argentina). Ha traducido poemas de Jack Kerouac y William Carlos Willams.