Narrativa

  • Drama de honor

    a Nacho Bravo

     

    Tania dejó a los niños encargados con la sirvienta y, al volante de una Suburban roja con vidrios polarizados, tomó la avenida Tetabiates rumbo al consultorio de su marido. Necesitaba descubrir la verdad por amarga que fuera, y sin embargo el temor de enfrentarse con ella le tensaba los músculos de la espalda. Por desgracia, sus intuiciones nunca fallaban: Ramiro se había enredado con alguna puta, quizá conocida suya, y esta vez no se trataba de un simple capricho. De un tiempo a esa parte andaba esquivo, distante, perdido en un limbo  de vanidad y egoísmo.  No cabía en su piel de tanta hinchazón, como si le hubieran inflado los huevos con gas butano. Se acicalaba horas frente al espejo, celebraba con desgano los éxitos escolares de los niños, perdía el hilo de la charla en las comidas familiares de los domingos y en la cama pagaba el débito conyugal con una destreza de autómata, economizando el ardor y la pasión que sin duda prodigaba en el lecho enemigo.

    Las calles de Ciudad Obregón, desiertas durante los calores diurnos, bullían de actividad tras la puesta de sol, y algunas parejas de ancianos sacaban sillas a la banqueta para ver pasar la vida desde los zaguanes. Tania envidió a esos viejos matrimonios inmunes a la desconfianza y a los celos, que sólo habían venido al mundo a criar hijos sanos y a gozar los placeres simples de la existencia. Desde la luna de miel hasta las bodas de oro ninguna zozobra debe de haberles quitado el sueño, pensó conmovida. Ella, en cambio, tenía que batirse como leona para defender su precaria felicidad familiar, amenazada en todo momento por los caprichos hormonales de Ramiro. Cuánto le hubiera gustado ser un ama de casa anodina, con un marido fiel y hogareño, aunque fuera un pobre diablo. Pero no, había tenido que enamorarse de un triunfador  mujeriego, de un don Juan engreído y estúpido, inseguro en el fondo de su propia virilidad, que había  llegado al adulterio por el camino del narcisismo.

    Bajó de la camioneta en la avenida Miguel Alemán con sombrero y lentes oscuros, para hacerse notar lo menos posible. Sorprendido por su visita a deshoras, el portero de la clínica no tuvo agallas para cerrarle el paso, ni Tania se dignó darle ninguna explicación. Era la señora esposa del doctor Encinas, y podía meterse hasta el quirófano cuando le viniera en gana. Subió por el elevador hasta el tercer piso y, con la copia de la llave que se había agenciado esculcando los trajes de Ramiro, abrió la puerta del consultorio 303. Sillones de cuero, litografías con paisajes de París y Florencia, olor a desinfectante de pino, revistas médicas desparramadas en la mesa de centro, el título de ortopedista graduado en Arizona State University colgado en la pared del fondo. Ya no estaba en la antesala el sofá cama color tabaco, retirado de ahí por exigencia suya, cuando descubrió que Ramiro usaba el consultorio como leonero, pero de cualquier modo Tania le había cogido tirria a ese maldito lugar, donde veía por doquier los odiados fantasmas de sus rivales. Con seguro paso de detective, atravesó la salita de cirugías ambulatorias, donde había un esqueleto de tamaño natural guardado en una vitrina, y entró al despacho privado de Ramiro, alfombrado y acogedor, con libreros de caoba llenos de gruesos tomos de medicina. Revisó los cajones en busca de evidencias, pero sólo halló folletos de propaganda farmacéutica, blocks de recetas y viejas radiografías. Se detuvo un momento a contemplar las fotos enmarcadas de sus hijos, que ocupaban la esquina izquierda del escritorio. Pobrecitos, si supieran la clase de canalla que era su padre. Las pruebas del adulterio debían estar en su computadora portátil, sí, a Ramiro lo ponían caliente los recados obscenos. Por suerte estaba encendida y no tuvo que anotar la clave de acceso. Le bastó una rápida ojeada a la lista de marcadores favoritos para descubrir la existencia de un email sospechoso: borisnewman@prodigy.net.mx. ¿Sería el seudónimo que usaba para ligar en la red? Con argucias cibernéticas aprendidas en anteriores pesquisas obtuvo la contraseña del correo y echó un vistazo a la libreta de direcciones .El hígado le dio un vuelco al revisar la bandeja de mensajes enviados.

    Very very strawberry:

    Todavía guardo en el paladar el sabor del helado de fresa que  lamí entre tus muslos. Mmmm, qué rico fue meter la lengua en ese botoncito  de rosa. Te estás convirtiendo en una peligrosa adicción, en una droga dura que no puedo dejar sin tener un horrible síndrome de abstinencia. Sueño contigo a todas horas, ando distraído en las consultas y hasta el apetito se me ha quitado de tanto desearte. Nos vemos el jueves, donde ya sabes.  Para alegrarme un poco la espera, dime cómo son los calzoncitos  que llevas hoy. ¿Te pusiste otra vez la tanga negra de encaje?

     

    Tania se desplomó sobre el teclado, con  arcadas muy similares a las que tuvo en sus embarazos. El repulsivo lenguaje de Ramiro lo retrataba de cuerpo entero. ¡Y pensar que escribía esas pestilencias en el mismo escritorio donde tenía las fotos de los niños! La profanación del altar familiar le dolió más aún que la procacidad de la carta. ¿Ya no había nada sagrado para ese malnacido? ¿Tan enamorado estaba de su propia verga que atropellaba todas las leyes divinas y humanas con tal de cumplirle el menor capricho? Los mensajes dirigidos a Very very Strawberry habían comenzado dos meses atrás y todos rezumaban humores venéreos. ¿Quién era esa puerca? ¿Una casada insatisfecha de su propio círculo de amigas, una morrita ambiciosa que le quería robar el marido, una vulgar encueratriz de table dance? Después de imprimir los tres mensajes más fétidos, que guardó en su bolsa con la punta de los dedos, como si fueran material radioactivo, manejó de vuelta a casa pasándose los semáforos  en una carrera suicida.

    En un estado de crispación aguda, apenas atemperado por media pastilla de Lexotán, se recostó en el sofá de la sala sin encender la luz, para esperar a oscuras la llegada de Ramiro, que oficialmente había ido al estadio de béisbol a ver el juego de los Yaquis. Cuál beisbol ni que la chingada: era jueves y sin duda estaba lamiendo helado de fresa en el clítoris de su amante. Palpó con las yemas de los dedos la hoja del cuchillo cebollero que había sacado de la cocina. Le asestaría la primera puñalada en los huevos, y después otras dos en el corazón, como había visto hacerlo a los psicópatas de las películas. Y si aún respiraba, otras dos en el hígado, para darle la puntilla. Cuando escuchó el ruido del motor y los goznes de la puerta electrónica del garage, corrió a esconderse en el vestíbulo, detrás de los macetones. El cuchillo temblaba en sus manos débiles, acobardadas por el temor y la duda. El traidor se merecía la muerte, pero ella no tenía la estatura trágica de una homicida, ni podía destrozar la vida de sus hijos  por una rabieta, y dejó caer el arma en la alfombra, derrotada por el sentido común. Cuando Ramiro cruzaba el recibidor, Tania encendió la luz y se le plantó delante con  una mirada de rencor helado.

    —Buenas noches, Boris, te estaba esperando. Ya sé por qué has andado tan raro conmigo, te pegó duro el enculamiento, ¿verdad? —se acercó para olerle la camisa—. Guácala, vienes apestando a panocha, dile a tu güila que por lo menos se bañe.

    Ramiro retrocedió hacia la pared, aterrorizado por su embestida. A pesar de ser alto y ancho de espaldas, a pesar de su porte gallardo de valentón campirano, en el fondo era un cobarde que se arrugaba en los momentos de crisis.

    —¿Pero qué te pasa, estás loca?

    —No grites, que vas a despertar a los niños —Tania lo llamó al orden con un sigilo rabioso—. Tengo todos tus recados apestosos y ahora mismo te los voy a leer.

    Comenzó la lectura con la respiración jadeante, pronunciando en tono burlesco las palabras obscenas.

    —Yo no escribí eso —intentó defenderse Ramiro, rascándose la calva con nerviosismo—. ¿De dónde lo sacaste?

    —De tu computadora. Acabo de estar en tu consultorio.

    —¿Entraste sin mi permiso? Eso se llama allanamiento de morada. ¿Cómo te atreves a espiar mis mensajes?

    —Entonces reconoces que son tuyos.

    —¡Yo no dije eso!

    —Cállate, imbécil, ya estás gritando otra vez. Si se despiertan los plebes te mato. ¿Vas a negar que escribiste esas marranadas?

    —Te juro que yo no fui —dijo Ramiro, sobándose la mejilla sin mirarla a los ojos—, ninguno de esos mensajes tiene mi firma.

    —Explícame entonces quién es Boris Newman y por qué tienes acceso  directo a su mail.

    —No sé, alguien debe estar usando la computadora sin mi permiso. A lo mejor Lauro, mi asistente.

    —Ahora le echas la culpa a un pobre empleado. Ya estás grandecito para hacerte responsable de tus actos, ¿no crees? Apuesto que ni siquiera te pones condón. Encima de todo quieres matarme de sida. ¿Verdad, pendejo?

    Tania rompió en llanto, la cara oculta entre las manos. Ramiro intentó atraerla hacia su pecho.

    —Estás montando un drama por una simple sospecha —dijo en tono paternal—. Esos mensajes no significan nada, te lo juro.

    —¡Soy una pendeja por haberte aguantado tantos años! —estalló Tania, indignada por su falsa ternura—. No es la primera vez que me engañas, pero será la última. Lárgate a dormir a un hotel y ve hablando con tu abogado, porque esto ya se acabó.

    —Por favor, Tania, no digas barbaridades. Ya te dije que yo no escribí esos correos.

    Parecía compungido y temeroso de perderla, pero su detector de mentiras le prohibió ablandarse.

    —Dije que te largaras. Fuera de aquí, mentiroso.

    Lo empujó hacia el garage de un violento empellón.

    —Siquiera déjame sacar un poco de ropa —Ramiro intentó oponer resistencia.

    —Mañana mandas al chofer por ella. Yo no quiero tocarla porque me das asco. Y te lo advierto, imbécil: ahora sí me voy a cobrar a lo chino. O todos coludos o todos rabones. Si el señor quiere variedad en la cama, yo también la voy a tener. ¿O qué? ¿Nomás tú te puedes divertir? Mañana mismo me cojo a alguno de tus amigos, al fin que todos quieren conmigo. ¿Lo oíste? ¡Todos!

    Cuando se fue, Tania bebió un largo trago de coñac, satisfecha por haber dejado en alto su dignidad. Nada de morderse el rebozo como una mujercita abnegada, de ahora en adelante ojo por ojo y cuerno por cuerno. Repasó la lista de hombres casados y solteros que se le habían insinuado en los últimos meses, empezando por Braulio, su compadre, siempre tan sobón en las pistas de baile. Pero no, Braulio era eyaculador precoz, lo sabía por las confidencias de su mujer. Mejor se tiraba a Julián, el sobrino chilango de los Moncada, un moreno atlético de manos grandes, con pinta de gigoló siciliano, que había tenido la osadía de acariciarle la rodilla por debajo del mantel en un banquete de bodas. Tamaña insolencia presagiaba un buen palo. Pero la mera verdad, quien más la calentaba era William, el marido gringo de Josefina, que le había untado el bronceador en una playa de San Carlos, mientras sus respectivos cónyuges llevaban a los niños a esquiar. De hecho, más de una vez había  evocado sus tocamientos al masturbarse en la ducha. Y ya entrada en liviandades, nada le costaba seducir a Néstor, el compañero de estudios de su hijo Alberto, un tierno palomo de 17 años, que la miraba estrábico y babeante cuando hacía pilates en el gimnasio. Si ella se había privado de tantas conquistas en nombre de la lealtad, ¿por qué Ramiro no podía aguantarse las ganas?

    Al diablo con los ideales románticos, el sexo sin amor los había vuelto monedas caducas, vestigios arqueológicos del pleistoceno. Muchas de sus amigas casadas se tiraban al chofer o al guardaespaldas, mientras sus maridos mantenían como reinas a putas húngaras de 18 años. Sabía, por ejemplo, que  dos consuegras de alta sociedad, La Chata Ortiz y Nelly Peña, se habían hecho amantes en secreto, manteniendo sin embargo una reputación intachable, que les permitía comulgar cada domingo y codearse con el señor obispo, otro cínico profesional aficionado a los efebos. El tedio provinciano era un ácido corrosivo de acción prolongada  y lenta, más pervertidor que el bullicio de las grandes ciudades. En ese pueblo cualquier depravado podía salir limpio de las ciénagas más nefandas, siempre y cuando pecara de puertas adentro y mantuviera un perfil discreto. La decencia era un fardo pesado que muchas veces había deseado mandar al diablo, por sentirse ridícula en medio de tanto libertinaje. Su lealtad al amor con mayúsculas, al proyecto de vida  traicionado por Ramiro, sólo había servido para excluirla de la orgía subterránea donde una mujer con su garbo se merecía todos los homenajes de la lujuria.

    El vértigo de la venganza la mantuvo despierta hasta las cuatro de la mañana.  Pero al día siguiente, cuando llevó a los niños al colegio, les dijo que papá había salido de viaje a un congreso médico, pues ya no estaba tan segura de  querer llevar ese pleito hasta el rompimiento, ni tenía tanta prisa por acostarse con otro. Más bien estaba triste y vacía, aturdida por la resaca del desamor. ¿De verdad era inevitable la separación? ¿No estaría siendo demasiado drástica? A las nueve de la mañana, el chofer que vino a recoger la ropa de Ramiro le trajo un arreglo floral de orquídeas, “para la reina de mi alma”, con una petición de clemencia: “No me condenes a muerte.” Las flores y el tono implorante del  mensaje la conmovieron sin vencer del todo su escepticismo. Ahora el cínico le soltaba frases de bolero, creía que todo se arreglaba con dos lagrimitas. Pero quizá estuviera arrepentido de verdad. No era para menos, perdería demasiado por una estúpida calentura. Me necesita, pensó con orgullo, soy la mujer que le da estabilidad y equilibrio.

    Aceptó escucharlo esa misma tarde, cuando los niños estaban en el club de natación, pero le advirtió de entrada que antes de iniciar el diálogo debía aceptar su culpabilidad.

    —Si de veras me quieres, confiésalo todo. Reconoce que andas enredado con esa tipa.

    Ramiro rechinó las muelas con impaciencia.

    —No tengo ninguna amante, ya te lo dije. Me estás acusando en falso.

    —¿Y tus correos qué? ¿Te los escribió un duende?

    —Sepa Dios quién los escribió.

    —No insultes mi inteligencia, Ramiro. Por el camino de la mentira no vas a conseguir nada.

    —Te estoy diciendo la verdad.

    —No sabes mentir, se te nota en la cara.

    Ramiro se desplomó en el sofá de la sala, las cejas anegadas en sudor frío.

    —Está bien, tuve una aventurita. Pero te juro que esa mujer no me importa: sólo la quería para un revolcón. Soy un imbécil, mi vida, cuando una vieja me hace un guiño no me puedo controlar.

    Eran las palabras que Tania necesitaba oír para recobrar la supremacía sobre su rival. Aunque Ramiro fuera un infiel contumaz, jamás había tenido la intención de largarse con otra, una virtud importante en esos tiempos de matrimonios volátiles y piratería sexual desaforada. Como los machos de antaño, quería tener una esposa de planta, o más bien una madre sustituta, y muchas amantes ocasionales, sin poner en riesgo la columna vertebral de su vida. Una manera de amar intolerable para cualquier esposa con amor propio, pero ¿acaso había otra clase de maridos en Ciudad Obregón? Salvo los impotentes y los maricas, en ese patriarcado ranchero  todos los varones aptos para la cama eran igual de cabrones. Suponiendo que tronara con Ramiro, ¿por quién lo iba a cambiar? ¿Por otro machote abusivo y gandaya que le daría el mismo trato y quizás hasta le pegara? Obtenida la confesión, ahora necesitaba reestablecer el equilibrio de poderes. Pero no podía perdonarlo así como así, la afrenta ameritaba un severo escarmiento.

    —¿No te basta conmigo? —se quejó—. ¿Por qué a mí no me untas helado? ¿Estoy de plano tan tirada a la calle?

    Tania puso los brazos en jarras, confiada en los encantos de su juventud tardía. Era una señora de porte distinguido, con cuello de garza, pelo castaño oscuro y ojos negros, que gracias al ejercicio se había conservado esbelta y lozana sin necesidad de cirugías. Aunque la opulencia carnal de la madurez empezaba a redondear las planicies de su abdomen, tenía muy bien repartidas las turgencias del cuerpo y les sacaba partido con una cadencia de movimientos que sólo puede dar la experiencia erótica. El vaporoso vestido de muselina gris perla realzaba la dulce prominencia de sus senos. Elegante y sexy al mismo tiempo, nadie hubiera sospechado que ya rondaba los 47.

    —Estás preciosa, mi amor —reconoció Ramiro—. Pero aunque tenga enfrente los manjares más deliciosos, a veces a uno se le antojan los cacahuates de la botana.

    —Pues tú te atiborras con ellos, como los changos del zoológico —Tania exhaló un suspiro irónico y chasqueó la lengua con desprecio—. No me extraña, siempre has tenido gustos vulgares. Si ya te cansaste de mí, dímelo francamente. No quiero retenerte a la fuerza.

    —Fue una canita al aire —Ramiro la tomó de la mano, tratando en vano de sonar convincente—. Te juro que esa mujer no me importa.

    —Quiero saber quién es.

    Ramiro se removió en el sofá con un gruñido de víctima.

    —¿Qué ganas con eso?

    —No quieras protegerla, ¿o que? ¿La vas a seguir viendo?

    Acorralado contra las cuerdas, Ramiro confesó que era una paciente divorciada a quien había atendido de una luxación en el hombro.

    —¿Cómo se llama?

    —Lucrecia Ríos.

    Tania no la conocía, y su anonimato la tranquilizó. Por los menos podía confiar en su círculo de amigas.

    —¿Jovencita?

    —Veinticuatro años.

    —Cerdo asqueroso, podría ser tu hija. Debe andar contigo para sacarte lana, mientras se acuesta con morros de su edad.

    Dolido por el insulto, Ramiro se mordió los cachetes.

    —No quiero perderte por un estúpido error —dijo en tono compungido—. Si quieres termino con ella mañana mismo.

    —No esperes tanto —un fulgor astuto brilló en la mirada de Tania—. Ahora mismo la vas a llamar para decirle que ya te caí en la maroma y que lo sientes mucho, pero no puedes volver a verla.

    Tania le pasó el teléfono inalámbrico y Ramiro lo miró con angustia, como si le hubieran entregado un revólver para suicidarse.

    —Voy a terminar con ella, te lo juro por ésta —besó la cruz—, pero déjame hacerlo en privado.

    —De ninguna manera, quiero ser testigo de la charla. Y mucho cuidado con las ambigüedades, al pan pan y al vino vino. Voy a escucharte por el otro teléfono.

    Quería darse el gusto de humillarlo, sabiendo que en el fondo era un niño y estaba esperando un castigo proporcional a su fechoría. ¿No era eso lo que secretamente deseaba en cada aventura? Tal vez desde el momento de ligar con la paciente soñaba con llegar a ese acto de contrición, porque sus regresiones al dulce mundo de la irresponsabilidad infantil siempre debían concluir con la restauración del orden violado. Después de exhalar un hondo suspiro, Ramiro marcó un número de teléfono, con un cardo atorado en la glotis.

    —Hola, Lucrecia, me da mucha pena pero tengo que darte una mala noticia. Mi mujer lo sabe todo y está furiosa conmigo…

    Tania no se conformó con obligarlo a romper con Lucrecia, dictándole sus palabras como un ventrílocuo. Además aprovechó la coyuntura para obtener prebendas económicas y sociales desde una posición de fuerza. Como requisito para readmitir a su marido en la cama, le hizo prometer que pasarían la Navidad con sus padres en Caborca, un compromiso familiar que Ramiro eludía año tras año con diferentes pretextos. Insatisfecha con esa victoria moral, se quejó con amargura de la indigencia de su guardarropa, y obtuvo un cheque de diez mil dólares para comprarse vestidos en las boutiques de Tucson. Alegando que en los últimos meses su camioneta cascabeleaba, logró convencerlo de cambiarla por una Toyota último modelo y le sacó cinco mil dólares más para un tratamiento facial con una dermatóloga suiza recién llegada a la ciudad. Ramiro soltaba el dinero a regañadientes, con cara de mártir, pero Tania no se compadeció de su cartera y siguió sacándole joyas, perfumes caros, cursos de verano para los niños, el nuevo modelo de Blackberry Storm con tres gigas, una flamante caminadora eléctrica para hacer ejercicio en casa. Cuanto más le doliera el codo, mejor, tal vez así lograría enfriarle los huevos. Y como había perdido la confianza en él, se obstinó en llevarlo a una terapia matrimonial con la doctora Guadalupe Nieto, una psicóloga feminista graduada en Los Ángeles, que ofrecía en su página de internet “reeducar a los maridos con tendencias patriarcales, motivándolos a desarrollar un nuevo tipo de masculinidad solidaria, respetuosa de los derechos femeninos, en la que el hombre, por convicción propia, anteponga el bien de la pareja a sus tendencias promiscuas y dominantes”.

    —Yo no creo en esas jaladas —se opuso Ramiro.

    —Tienes que madurar, gordito, pronto vas a cumplir 50 años y no puedes seguir persiguiendo morras como un rabo verde —lo reprendió Tania—. Siempre me has querido a medias porque tienes miedo a entregarte de verdad. Crees que resignarte a una sola mujer es el comienzo de la vejez, pero debes aceptarla como una etapa natural de la vida.

    Con una docilidad sorprendente, que denotaba un serio propósito de enmienda, Ramiro aceptó visitar el consultorio de la doctora Nieto, una cuarentona curtida en vinagre, de facciones duras y labios mezquinos, con la cara limpia de maquillaje, que desde el principio hizo causa común con su esposa para vapulearlo en cada sesión. A juzgar por la mansedumbre con la que aceptaba ser tachado de adolescente eterno, ególatra, sexópata y Edipo no resuelto, Ramiro parecía dispuesto a cambiar de vida, como un alcohólico arrepentido que acepta las penitencias más humillantes con tal de rehabilitarse. Tania estaba feliz, pues ahora su marido la amaba en exclusiva, con una ternura de potrillo retozón que no mostraba desde sus primeros años de casados. Como ya no tenía enredos de faldas, pasaba más tiempo con sus hijos y se los llevaba al boliche, al cine, a los juegos de béisbol, a pescar truchas en la presa de Chiculi. Compuso todos los desperfectos de la casa con sus herramientas de carpintero y recuperó el hábito de hacer paellas los domingos para un nutrido grupo de familiares. Era un deleite verlo con su mandil y su gorro de chef, dándole a probar el caldo del arroz a todas las visitas. ¿Está bien de sal, comadre, o le pongo más?

  • La vez que todos fuimos Jairo

    A mí me gustan las mujeres tristes. Eso digo hoy. Pero en esa época ni siquiera lo había pensado. Por eso cuando los otros muchachos dijeron:

    —¿Y a vos cómo te gustan las mujeres?

    Yo me tomé otro trago de ron y dije lo primero que se me vino a la cabeza:

    —Las monas pero que no sean teñidas.

    Estábamos en el parque de Envigado y era un sábado por la tarde. Nos habíamos reunido para hacer una tarea de trigonometría. Yo en verdad no era de la gallada de los otros tres muchachos, pero el profesor me había metido en el grupo con ellos para hacer el trabajo y ahí estábamos: Mumi, El Pollo, Chepa y yo.

    Chepa era de esos que uno cree que va a vivir toda la vida con una sonrisa en la cara. Las compañeras del colegioLa Sallese morían por él, y los profesores y todo el mundo lo querían. Tenía tenis de todas las marcas, en los recreos comía de todo lo que quería, nunca perdía años y no pagaba bus del colegio porque lo recogían en una camioneta Bronco llantabalón con chofer y guardaespaldas. Era primo de Gustavo Gaviria, el primo de Pablo Escobar, el amigo de Jorge Mesa, el alcalde de Envigado.

    Nos habíamos reunido en su casa, en toda la esquina del parque de Envigado. Era un apartamento más grande que una casa vieja, con el piso blandito de alfombra por todas partes, con porcelanas raras que hacían muecas y contorsiones y jarrones con dibujitos de colores como hechos por un niño que supiera pintar muy bien, puestos en repisas brillantes.

    Mientras hacíamos la tarea una señora de uniforme nos llevaba sánduches y galleticas y pasteles y jugo y gaseosa. Los papás de Chepa se habían ido para Europa de paseo y él estaba solo con la señora de uniforme. Cuando terminamos de hacer la tarea, Chepa sacó una botella de whisky y nos sirvió de a vaso a cada uno. Bebimos y El Pollo, con su manera de hablar de capitán del equipo, dijo que saliéramos un rato, que nos aireáramos, que viéramos gente, que nos tomáramos algo en el parque.

    Nos fuimos para una de las heladerías del parque y nos sentamos en las bancas de afuera. Chepa pidió una botella de ron, hielo, limonada y cuatro vasos. Servimos y ellos empezaron a hablar de mujeres. Yo casi no hablé porque no tenía mucho qué decir sobre el tema. El Pollo tenía 17 años, usaba el carro del papá como si fuera suyo, había vivido en Estados Unidos, tuvo muchas novias y fue a muchas discotecas y conocía muchas cosas de la vida. De lo que no sabía nada era de estudio. En el colegio se lo gozaban mucho por bruto, pero él no se inmutaba porque se sentía superior a todos y sabía que ninguno tan joven como él tenía tanto dinero propio y tanta vida de hombre grande. Los que se lo gozaban el lunes le hacían caritas el viernes para que los invitara a salir por la noche en el carro con peladas. Esa tarde El Pollo habló de las mujeres con las que había estado y dijo que le gustaban sobre todo las trigueñas. Levantó el vaso lleno y todos brindamos con ron.

    Mumi se llamaba Jaime Alberto, tenía 16 años y medía 1,85. Tenía un cuerpo de buldózer que no combinaba con esa carita de niño que a la gente le daban ganas de acariciar y unos ojitos apagados que lo hacían parecer medio dormido a toda hora. Por eso las muchachas del colegio le habían puesto ese apodo. Mumi vivía en el barrioLa Pazy el lugar más lejano que había visitado en la vida era Manizales, donde tenía unos primos. Su papá era empleado en una empresa y su mamá cuidaba la casa y a los dos hijos menores. De los que estaban esa tarde, Mumi era con el que yo más había hablado y era al que más conocía. Por eso no le creí ni pío cuando empezó a contarnos aventuras en fincas y paseos con morenas y monas y negras y trigueñas. Luego dijo, hablando duro y sin mirarme a mí, que de todas a él las pelirrojas pecosas eran las que lo enloquecían. Y nos mandamos otro trago.

    Luego habló Chepa. Todos sabíamos que Chepa a sus 17 años lo había vivido todo, que había viajado por medio mundo, que había estado en todas partes con todas las mujeres, que lo que dijera nos iba a dejar retorcidos de envidia y aburridos de nuestra vida tan chiquita. Hasta al mismo Pollo se le olvidó su sonrisita de sobradez y puso cara de atención mientras oía a Chepa. Pero Chepa sólo habló de una mujer de la que se había enamorado y que no había vuelto a ver. Dijo que se la había comido una vez y había empezado a pensar en ella a toda hora todos los días. “Quedó tragao después de que se la comió”, pensé. La buscó mucho pero nunca la volvió a encontrar. Después de eso había estado con muchas mujeres y no era lo mismo. No contó historias descrestantes. No nos quiso humillar con su experiencia. Sirvió un ron doble para cada uno y volvimos a brindar.

    Esperaron a que yo dijera algo. Como no dije nada, me preguntaron que cómo me gustaban las mujeres. Entonces me tomé el otro ron y dije que las monas pero que no fueran teñidas. Chepa, que sólo era un año mayor que yo, sonrió, me dio un golpecito como de cariño en la espalda y me miró como si estuviera mirando a un nieto. El Pollo pidió una botella más y le preguntó a Chepa qué íbamos a hacer esa noche. Yo no supe si en el “qué íbamos a hacer” estábamos incluidos Mumi y yo. En ésas estábamos cuando por la acera de las heladerías del parque vi aparecer a la muchacha.

    Era trigueña, de la estatura mía, que no tengo que empinarme en los buses, los ojos achinados y el pelo negro en churruscos que le tocaban los hombros. Tenía botas de cuero con flecos color café, una falda hasta un poco más arriba de la rodilla, chaqueta negra y debajo una camiseta pegada al cuerpo que dejaba ver la rayita donde empiezan los pechos. Se notaba mucho en medio de la gente. La vi desde que estaba chiquita en la esquina. Se fue creciendo hacia nosotros, caminando suelto, sin importarle nada, yéndose un poquito a los lados. Tenía la pestañina regada. Se notaba que hacía poco había estado muy triste en un rincón o frente a una amiga y que se había secado la cara y había respirado hondo antes de salir a caminar tambaleándose.

    No dije nada sino que me quedé viéndola. El Pollo, que me vio mirando tan fijo, también volteó y la vio. Entonces interrumpió la charla y les dijo a los demás que miraran. Ella caminaba como si no hubiera nadie en las calles, mirando a nada. Y se acercaba a nosotros. El Pollo se paró y sonrió.

    —Pa’ donde va, mi amor —le preguntó cuando pasó por el lado de nosotros.

    —Por ahí —dijo la muchacha.

    —Venga. La invitamos a un traguito.

    La muchacha se le paró de frente al Pollo, se balanceó un poquito y lo miró fijo a los ojos.

    —¿Y qué están tomando?

    —Lo que usted quiera, mi amor.

    La muchacha movió la cabeza para donde estábamos y nos vio a todos mirándola. Después miró la mesa con las botellas de ron y los vasos con limonada sobre la mesa.

    —Pues sí, voy a aprovechar que aquí están tomando trago de señorita.

    El Pollo le puso la mano en la cintura y le dijo a Mumi que trajera una silla. Mumi, sonriendo, trajo la silla. La muchacha se sentó al lado del Pollo. Pidió un ron doble y vivo y se lo tragó de un trago. Luego se quedó mirando hacia la nada. Cuando Chepa le iba a poner conversa desde el otro lado de la mesa, la muchacha dijo pasito que iba al baño. Casi no se para. Salió trastabillando.

    —Llevémonosla pa’ tu casa —le dijo El Pollo a Chepa, estirando la cabeza por encima de la mesa—. Ahí está el programa.

    Chepa se quedó callado un ratico, movió la cabeza arriba y abajo y nos miró a Mumi y a mí.

    —Ustedes qué dicen.

    Mumi y yo nos miramos y nos reímos con escalofrío.

    Cuando la muchacha volvió, Chepa la invitó con nosotros al apartamento a tomarnos otro traguito.

    —Listo —contestó la muchacha mirando nada. Después de volver del baño la pestañina se le había regado otro poco.

    Nos tomamos otro ron doble. Chepa y Pollo pagaron la cuenta y nos fuimos tambaleando los cinco hasta el apartamento.

    La señora de uniforme estaba encerrada en una pieza del fondo y, según Chepa, ya no salía. En la sala había un sofá grande, una mesa bajita con superficie de vidrio y otros tres sillones pequeños de la misma familia del sofá. En la pared del lado colgaba un espejo gigante y detrás del sofá había un escaparate repleto de botellas de distintas clases. La muchacha se tiró en uno de los sillones pequeños a pesar de que El Pollo la estaba jalando para el sofá. Mumi se sentó en otro sillón, y yo en el que quedaba desocupado. El Pollo se sentó solo en el sofá. Chepa fue al escaparate, sacó la botella de whisky y vasos, volvió al centro de la sala y dejó todo sobre la mesita de vidrio. Luego salió hacia el fondo de la casa. El Pollo se inclinó hacia la muchacha.

    —¿Cómo te parece el apartamentico?

    —Mmuuyy boooniiiito —dijo ella, como cansada.

    Levantó la mano muy despacio, se limpió con los dedos la parte de abajo de los ojos y luego se miró las yemas untadas de pestañina y humedad. “La tristeza cansa mucho”, pensé. Levantó la cabeza y se quedó mirando fijo a la pared. Como que cayó en cuenta de que le tocaba hablar y dijo, sin dejar de mirar la pared:

    —¿Y ustedes cómo se llaman?

    —Yo me llamo Carlos —dijo El Pollo, y luego nos señaló a Mumi y a mí—, y ellos son Jaime Alberto y Manuel.

    Yo quería decir mucho gusto y usted cómo se llama o algo así, pero en ese momento llegó Chepa con un recipiente lleno de cubos de hielo y le dijo a la muchacha:

    —Yo me llamo Luis Alfonso, mucho gusto —después le dijo a Mumi que sirviera el whisky. Mumi lo sirvió y brindamos.

    Ella se volvió a mandar el trago de un solo trago. Puso el vaso sobre la mesita, se tiró hacia el espaldar del sillón y, sin decir nada, sin avisar ni despedirse, se quedó dormida como una piedra.

    —Se murió —dijo Mumi.

    Todos nos paramos. Chepa se acercó a ella, le puso la mano en el corazón y luego en la boca.

    —Está muerta, pero de la rasca —dijo.

    Nos volvimos a sentar en silencio. Chepa se sentó al lado de El Pollo en el sofá. Servimos otro whisky y nos lo tomamos mirándonos las caras y sin hablar. El ambiente se hubiera quedado así callado de no ser porque la muchacha pegó un ronquido tan fuerte que nos sacó de los pensamientos. Entonces la miramos, nos miramos y nos dio risa. Quedamos otro rato en silencio hasta que de un momento a otro El Pollo se paró. Se puso en mitad de la sala, miró a la muchacha y dijo:

    —Espérensen y verán.

    Se le acercó, se arrodilló y le puso la mano en el muslo. Le miró la cara un momento, subió la mano, la metió debajo de la falda y allí adentro empezó a moverla haciendo círculos. Mumi y yo nos inclinamos hacia adelante con los ojos bien abiertos. Chepa, recostado en el espaldar del sofá, miraba sin mucho interés mientras hacía sonar los hielos contra las paredes del vaso. La muchacha empezó a respirar fuerte y a dar unos suspiros grandísimos.

    Mumi y yo estábamos concentrados y la respiración también empezó a aumentársenos. El Pollo, con la otra mano, le abrió la chaqueta y debajo de la camisa ceñida empezó también a hacer círculos. La muchacha se quejó lo más de rico, y hasta Chepa se paró tambaleante del sofá y se puso a mirar con interés. El Pollo le quitó la chaqueta a la muchacha. Como estaba pesada, le dijo a Mumi que le ayudara a correrla un poquito para sacarle la camisa y Mumi, con risita nerviosa, le ayudó. Cuando la vimos sin nada de la cintura para arriba respiramos hondo. El Pollo se puso a darle besos en uno de los pechos y le hizo señas a Mumi para que lo hiciera también. Mumi, como sin saber qué hacer, empezó a darle picos en el otro pecho. El Pollo me miró de reojo mientras hacía como si estuviera tomando de una cantimplora. Separó la boca del pecho.

    —Hacé algo, home —me dijo.

    Lo primero que se me ocurrió fue quitarle las botas. Chepa se acercaba cada vez más y nos miraba. Mientras jalaba una de las botas levanté la cabeza y nos vi a todos en el espejo: teníamos las caras desencajadas, como si tuviéramos cólico. El Pollo le desabrochó la falda y volvió a meter su mano allí. Entonces por encima de los jadeos de la muchacha y el silencio bruto de nosotros se oyó una voz, una súplica:

    —¡Jairo!

    Todos nos quedamos como en estatua un segundo. Luego separamos las bocas y las manos de la piel de la muchacha, nos enderezamos, nos miramos y luego la miramos a ella medio empelota sobre el sillón.

    —¡Jairo! —repitió ella con los ojos cerrados— ¡Mi amor!

    El Pollo dio un paso atrás, respiró, abrió y cerró los ojos varias veces, miró serio y empezó a organizarse la camisa. Chepa se puso a mirar a la muchacha como esperando que le explicara algo. Yo me senté otra vez en el sillón. Mumi no sabía qué hacer y se quedó al lado de ella.

    —¡No te vas, Jairo! —dijo la muchacha con los ojos cerrados. Hablaba como si se fuera a ahogar—. ¡Hacémelo! ¡Hacémelo!

    Entonces estiró la mano y cogió la de Mumi, que estaba a su lado. Lo jaló hacia ella. Mumi se dejó llevar, mudo del susto. La muchacha extendió las piernas a los lados y puso a Mumi en la mitad, luego le pegó un tirón y lo hizo inclinarse hacia su cara. Lo besó despacito primero y luego lo besó del todo. Lo cogió por las nalgas y empezó a moverse como si fuera a bailar. La cara de atembao de Mumi se convirtió de un momento a otro en la cara de un hombre mayor, de un tipo de esos que va pa’ donde va sin que nadie pueda hacer nada.

    Chepa, El Pollo y yo miramos sin decir ni mu los movimientos de ese bulto sobre el sillón: primero suaves y con ritmito, luego más rápidos y menos organizados y al final despelotados y bruscos como una pelea de perros y gatos. El agite terminó de un momento a otro con un grito triste y alegre de Mumi y con su caída como costal de papas sobre la muchacha que se quería seguir moviendo y repetía:

    —Más, Jairo, mi amor, más, más, Jairo.

    El Pollo reaccionó de una. Levantó a Mumi casi desmayado y lo ayudó a acostarse sobre la alfombra. Se desabrochó la correa, se desabotonó el pantalón y tambaleante de ron y whisky se fue sobre la muchacha que decía con más fuerza, casi gritando, como despierta:

    —Jairo, Jairo, Jairo.

    Y El Pollo se movió con todas las ganas con que se movería Jairo y la besó en la boca con ese amor con que Jairo la debió haber besado alguna vez.

    Chepa y yo mirábamos y yo pensaba que El Pollo era cada vez menos él y cada vez más Jairo, y luego, cuando el ritmo se aceleró otra vez como si el mundo se fuera a acabar, El Pollo no era nada sino una explosión y después un talego vacío y después otro cuerpo desmadejado que se alcanzó a poner de pie para tirarse en la alfombra al lado de Mumi.

    La muchacha todavía pedía un poco más de Jairo. Chepa me miró y yo le dije “dale”, porque para qué voy a decir mentiras: estaba muy asustado. Con que me hubiera tocado ver ya era suficiente. Chepa estaba raro. Se notaba que tenía ganas, pero cuando caminó hacia el sillón lo hizo despacio, como pensando. Ocupó el nombre y el lugar de Jairo y el de los otros dos Jairos que habían estado antes. La muchacha seguía respirando como un moribundo, y Chepa empezó a moverse encima de ella, pero de un momento a otro paró en seco, la dejó sola pidiendo más Jairo, fue hacia la mesita de vidrio y se sirvió un whisky grande. Mumi y El Pollo estaban roncando en la alfombra. Chepa tomó un trago y se quedó pensativo mirando a la muchacha.

    —Jairo —dijo Chepa como para él mismo.

    —¿Quién será? —pregunté.

    Chepa se tomó otro trago y habló más fuerte, pero sin mirarme:

    —¿Cómo se haría querer así?

    Dejó el vaso sobre la mesita, enderezó la espalda, se compuso el pantalón y se metió la camisa por dentro.

    —Ayudáme —me pidió.

    Le acomodamos otra vez la ropa a la muchacha y le pusimos las botas. La llevamos cargada hasta el baño. Chepa abrió la ducha y le metimos la cabeza en el chorro. Pegó un grito de susto.

    —Tranquila, tranquila —le dijo Chepa—. ¿Usted dónde vive?

    —En Itagüí —dijo ella atontada, sin despertar del todo.

    —¿En qué parte? ¿Se acuerda dónde?

    —En San Pío —balbuceó ella.

    —¿Qué es eso? —preguntó Chepa mirándome.

    —Un barrio, yo sé por dónde —respondí.

    La abrazamos entre los dos, cada uno por un lado, y así salimos del apartamento y fuimos hasta el parqueadero del edificio como si fuéramos un combo de amigos de hace años que se hubieran emparrandado juntos. Nos montamos en uno de los carros de los papás de Chepa. Nunca he vuelto a montar en un carro tan bonito. La sentamos adelante, al lado de Chepa, y se volvió a quedar profunda. Yo me fui atrás, explicando el camino. Cuando llegamos a San Pío, Chepa paró el carro. Le acarició el pelo y le humedeció la cara con agua para despertarla. Ella abrió los ojos extrañada. Chepa le dijo que la traíamos a la casa, que habíamos llegado al barrio, que dónde vivía. Ella, sin entender nada, señaló una esquina y por ahí volteamos. Luego nos mostró un callejón y dijo que ahí vivía. Chepa fue hasta allá. Ella abrió la puerta sin aterrizar todavía y dijo gracias. Caminó metiéndose en el callejón. Cuando se iba a perder en él, Chepa tocó el pito.

    —¡Oiga! —gritó.

    La muchacha paró en seco y volteó.

    —¿Quién es Jairo? —dijo Chepa, desgañitándose.

    La muchacha se quedó quieta y callada un momento. Se devolvió hasta el carro. Se apoyó sobre la ventanilla. Nos miró a Chepa y a mí como reparándonos, como sin entender. Los ojos se le encharcaron. Arrugó la cara y dijo con rabia y dolor de estómago:

    —¡No me hablen de ese hijueputa!

    Dio la vuelta otra vez y se perdió corriendo por el callejón. Chepa me llevó hasta mi casa. No hablamos en todo el camino.


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • Nuestra mujer en La Habana

    Fragmento de Novela

    Perder el control, como decía, es un lujo que en modo alguno puedo permitirme, pues no hay nadie que me sostenga, que me apañe, que se haga cargo de mí, si se me zafa un tornillo y me voy del aire. Los prójimos a quienes todavía les importa lo que ocurra conmigo, que no son muchos, viven todos en el extranjero. Debido a los caminos por los que transitaron con destino al exilio (“deserciones”, salidas ilegales, destierros forzosos…), no podrán retornar en forma lícita a nuestro país, ni siquiera por un breve lapso de tiempo —el necesario, digamos, para despedirse de mí si estuviera agonizando en una cama de hospital, o para visitarme en Manto Negro, la cárcel de máxima seguridad para mujeres, o en Mazorra, el manicomio, o para asistir a mi entierro, llegado el caso—, mientras no se deroguen las actuales regulaciones migratorias. Respecto a esa interdicción, por ahora no hay nada que argüir, ninguna instancia ante la cual apelar. A Shimi, a Dudu, a Letty, e incluso a mis viejos, les está vedado poner un pie en Cuba, pase lo que pase con mi vida, y sanseacabó. Y aquí, en la isla, ya no me quedan más familiares ni amigos.

    Está, desde luego, la tía Annia, quien me conoce desde la mismitica noche de invierno en que nací. No pudo echarme un vistazo antes de tal acontecimiento nomás porque en 197… aún no se había inventado la técnica del ultrasonido para espiar a los fetos, ya que era uña y carne con mi vieja. “Mimi querida”, la llamaba, un tanto cursilona quizá, pero muy sincera. No olvido lo mucho que la apoyó en aquella época tan jodida, a mediados de los años noventa, cuando mis hermanos, primero David y después Simón, optaron por ser libres, cada uno a su manera, y casi todos en el Naroca nos dieron la espalda cagados de pánico. Nuestra vecina del tercer piso estaba tan asustada como los demás. Les tenía pavor a los agentes de la DSE (“los segurosos”, dice ella, o más bien susurra, aún hoy, sin atreverse a nombrarlos en voz alta), a los chivatos profesionales del barrio, a los micrófonos en miniatura ocultos en cualquier recoveco del edificio, a los teléfonos pinchados y también, un poco, a las aparatosas rabietas de su marido, el doctor Angulo, que es ñángara, ñángara, ñangaúfa. Pero así y todo, ella perseveró en acompañar a mi vieja –a hurtadillas, se entiende–, cada vez que se le presentaba una oportunidad, tratando siempre de confortarla y de hacerle ver el lado positivo de las cosas, aun cuando éstas no lo tuviesen, como era, por desgracia, lo más frecuente.

    Cuando mis padres, tras una retahíla de acrobacias burocráticas, emigraron por fin a Israel en marzo de 1998, Annia consideró que yo —recién divorciada por aquel entonces y muy dolida a causa de aquella ruptura, pero aún con esperanzas de reconstruir mi fallido matrimonio con el trotsko Rafael Bencomo— era algo así como una herencia que Mimi querida le había legado. Y se dispuso, tan pancha, a tomar posesión. Es decir, a establecer conmigo la misma clase de vínculo que había tenido con ella por más de veinte años. A saber: chácharas telefónicas extralargas —a partir de octubre de 1994, cuando Simón se metió a disidente y la DSE dio en hacerle la vida un yogur, ellas empezaron a hablar por teléfono en voz muy, pero que muy bajita, casi murmurando, para que “los compañeros que las escuchaban” no pudiesen escucharlas bien—; acaloradísimas polémicas en torno a lo que debía o no hacer la heroína de la telenovela que estuvieran transmitiendo en las noches de Cubavisión —por lo general brasileña, de la cadena O Globo, con Gloria Pires, Antonio Fagundes, Regina Duarte, José Wilker, Renata Sorrah, Fabio Asunçao & Co.— para salir del terrible atolladero en que se había metido por ser tan babieca y tan aguantona; excursiones conjuntas a la peluquería del Habana Riviera —mi vieja se desrizaba el pelo cada tres meses, mientras que Annia se hacía el cold wave, o lo que fuera, con tal de tener el suyo crespo— y a la feria de los artesanos en la Plaza de la Catedral, donde regateaban a voces, estilo zoco marroquí, antes de comprar sandalias de piel de chivo con suelas de neumático de guagua, blusas y batilongos vaporosos, de tela de mosquitero, y gangarrias de cobre, de acerina, de peonías o de conchas; trueque de recetas de cocina —en los ochenta se despepitaban por las dietas para adelgazar; en la década siguiente, cuando estalló la crisis, pasaron a las artimañas para forrajear comida y a las innovaciones culinarias a lo Nitza Villapol, maestra chef de aquel célebre espacio de la TVC, Cocina al minuto, para ennoblecer la poquitica bazofia que nos tocaba por la “libreta de abastecimientos”, que a esas alturas ya había cesado prácticamente de abastecernos—; prescripciones mutuas de remedios verdes, homeopáticos o brujeriles contra cualquier dolencia, incluyendo el sarampión de Shimi, la amigdalitis de Dudu y aquella férrea determinación mía, tomada a los seis añitos, de no comer, nunca más, nada de nada –mi viejo, que es pediatra, las motejaba “doctoras Chiringa” en tono regañón–; trasiego de revistas españolas con modas, horóscopos, consejos para el hogar y chismes sobre Diana de Gales, Estefanía de Mónaco y otras luminarias del jet set; negociadera de vídeos con El show de Cristina, programa de Univisión, el famoso canal hispano de la tele americana, y también de novelas de Isabel Allende, Laura Esquivel y Zoé Valdés —las de la cubana las forraban con páginas de aquella revista que venía de Moscú antes del cataclismo de 1991 y de la cual mi madre, ignoro el motivo, hacia 1996 aún conservaba unos cuantos números (La Mujer Soviética), pues el sinvergüenza de Shimi, para meterles miedo, les había advertido que con Zoé debían andar “a cien ojos”, ya que figuraba en el índex negro de la oficialidad culturosa por lo gusaneja que era—; todo eso aparte de los guiños, las sonrisitas pícaras, las frases en clave y otros signos de connivencia con que aliñaban sus cuchicheos. Una alianza, en fin, muy estrecha, simple, llana, sin trasfondos, inmune a las cizañas de terceros.

    Yo puse de mi parte, lo juro. Hice cuanto pude para complacer a la perica, por gratitud, sobre todo, y también porque me daba lástima con ella, que se había quedado tan mustia sin mi vieja. (Annia colecciona miles de amigotas, amén de su recua de primas, unas en la capital y otras en Trinidad, allá por Sancti Spíritus, en el centro de la isla; todavía añora, sin embargo, aquella gracia inigualable de Mimi querida para contar historias, ya fuesen anécdotas de su infancia en una mansión del fastuoso reparto Biltmore, el episodio final de la teleserie inglesa El asesino vive en el 21, una comedia del Gordo y el Flaco o algún chismecito.) Pero ese proyecto de camaradería entre mi sociable vecina y yo nunca llegó a cristalizar, pues en esta vida cada quien tiene su carácter y no puede modificarlo demasiado por más que se empeñe. Mi madre era una mujer muy vivaz, compartidora, pachangosa, de las que te embroman con los ojos y se ríen a carcajadas —sigue siendo así hasta el sol de hoy, pese a los achaques de la ancianidad y a todo lo que ha sufrido—, en tanto que yo, por el contrario, soy reservadísima, saturnina, huraña, casi hermética. No suelo caer bien. Entre mis peores hábitos están el de mirar fijo a la cara de quien me habla, sin expresión alguna en la mía, el de enmudecer en el teléfono, el de no auxiliar al otro si se traba con una palabra y el de responder estrictamente lo que me pregunten —de preferencia con algún monosílabo—, sin añadiduras ni comentarios que puedan suscitar nuevas interrogantes, todo lo cual hace que la mayoría de mis interlocutores se sientan de lo más perturbados. No es que yo actúe de ese modo tan vil a propósito, para fastidiar al semejante, ni que me ufane de mi encantadora personalidad. Simplemente no puedo evitarlo. Mas casi nadie capta eso. Hay quienes me toman por la mata de la arrogancia, o por una zorra ladina, fría y calculadora, que algo trama, o por una tipeja insípida, medio boba como todas las rubias, rica para una templeta bien salvaje y descocotada, no para conversar en serio. Nunca me ha sido fácil acercarme a la gente en plan amigable. Aunque debo admitir que jamás, ni siquiera durante la adolescencia, me pasó por el magín que eso llegaría a convertirse algún día en una espantosa tragedia, pues el aislamiento, quiero decir, la falta de roce social, me afecta mucho menos que a otras personas. Mi hermano David asegura que soy dark, lo cual en inglés significa literalmente “oscuro”, pero él emplea el vocablo en un sentido más sutil, metafórico, intraducible. Ser dark no implica por fuerza algo nefasto o maligno. Lo sé porque, según Dudu, resulta que Djamal —un inofensivo joyero damasquino, bello con ganas y más silente que una ostra en el fondo del océano, con quien comparte su vida desde agosto de 1997— también lo es. En el East Village de Manhattan, Nueva York, donde ellos anidan, hay una pila de tipos y tipas dark. Pero debo superarlos a todos en mi tendencia a la darkness, ya que soy, en opinión de David, de sus amigos del Village y hasta del parco Djamal, una apabullante ciudadana de las tinieblas con un espíritu sombrío a la ene potencia y un aura —dicen— as dark as very dark. Parecerá inconcebible que en una soleada y bullanguera isla del Caribe se críen especímenes tales. Mas heme aquí, escribiendo este relato. Y vaya uno a saber si no habrá otros más allá afuera, deambulando sigilosos por la noche insular o agazapados en sus cuevas.

    De niña yo le gustaba mucho a la tía Annia. Se moría por aquella deliciosa muñequita rubia de largas pestañas y ojos de un azul muy claro, casi transparente, que arriba era dócil, tímida y calladita, y no les daba a los mayores ninguna lucha. (Salvo por el arrebato aquel de la huelga de hambre y la pintoresca manía de salir disparada a esconderme dentro de algún clóset o debajo de alguna cama cada vez que oía el timbre de la puerta, podría afirmarse que yo, más que “buenita”, como acostumbra decir mi vecina del tercer piso cuando sintoniza la onda nostálgica y se pone a rememorar nuestros años felices, era punto menos que un ángel, tanto por mi conducta como por mi facha.) Sólo que luego me dio por crecer, me hice adulta y perdí aquel aire angelical. Entre el pelo rizado, que llevo ahora más corto que de chamaca —un par de centímetros por debajo de los hombros—, la curvatura traviesa de las cejas, el perfil aguileño y los labios pulposos, muy sensuales, tengo tremenda cara de puta. O al menos era lo que aseveraban antaño acá en el barrio, ellos con cierto arrobo, como haciéndose un cráneo con el palo fuera de serie que debía ser una fulana con tal estampa de cohete, y ellas en son de crítica destructiva, con el retintín que adoptan las señoras que se asumen “decentes” para calumniar a las sospechosas de no serlo. Verdad que esa leyenda negra dejó de correr desde que me junté con Rafael, en noviembre de 1992, y que hoy por hoy casi no rajan de mí, ni ellos ni ellas. Dudo mucho, sin embargo, que hayan mudado de criterio en lo relativo a mi rostro. Vamos, que los tengo calados. Si ya no desbarran sobre el tema será por hastío, porque terminaron hartándose de cacarear a toda hora lo mismo y lo mismo: ¡Qué clase’e bicha la rubia ésa! ¡Perro puntal! ¡Y cómo se hace la mosca muerta! ¿A quién se figura que engaña? ¡Cacho’e putica descará! ¡Con el hociquito ese que tiene…!, sin nada más consistente que añadir al respecto, pues nunca le he sacado fiesta a ningún sujeto que resida a menos de 1 km del Naroca, ni son multitud los tipos que me visitan, ni me río en forma procaz, ni voy por la calle meneando el culo o vestida en plan calientapollas. (Evito exhibirme en shorts, minifaldas, lycras que me ciñan las pantorrillas, los muslos y las nalgas, o camisetas claruchas que me trasluzcan los pezones. Entre los espejos interiores del clóset de mi cuarto, bajo un farolito rojo, soy la reina del striptease, pero no soporto que los extraños me desnuden con los ojos a plena luz del día en medio de la vía pública. Tampoco resisto que me chiflen, que se dirijan a mí con un “¡Pss, pss, mami…!”, que me vociferen lindezas desde algún vehículo o desde la acera de enfrente o, el colmo de la frescura, que se me arrimen para soplármelas al oído. Puesta a elegir, me hubiera encantado ser, al menos de vez en cuando, la Mujer Invisible.) Ahora bien, al margen de las lenguas viperinas de esta barriada en específico, lo cierto es que mis paisanos, por regla general, no me encuentran bonita, sino “interesante”, lo que viene siendo otro modo —más fino si se quiere— de atribuirme, sólo por mi apariencia, el temperamento y las mañas de Marieta, aquella piruja incendiaria que bailaba muy despelotadamente en la divertida guaracha de Faustino Oramas, alias “El Guayabero”. Aunque intuyo que en otro tiempo y lugar quizá los hombres no me hubiesen juzgado así, ya que soy casi idéntica a mi abuela materna. Ella murió antes que yo naciera, pero aún guardo una foto suya, fechada en 1938 en el ghetto de Varsovia. La similitud es impresionante: los mismos rizos, los mismos ojos, la misma nariz aquilina, la misma boca voluptuosa. Y me cuesta creer que un señor tan ortodoxo y tradicionalista como mi abuelo el polaco le propusiera casamiento a una muchacha con catadura de ninfómana. Qué va, ni borracho.

    A la tía Annia le importa un huevo mi hociquito. Quiero decir, no es que le fascine, pero tampoco la ofende. Nunca dio crédito a las habladurías vecinales en torno a mi insaciable lujuria. ¿Cómo iba a ser Jeli tan calientica si no se altera por nada? ¿Quién ha visto una guaricandilla con sangre de horchata? ¡Bah! Son otros defectos míos los que la ponen frenética. El misterio, por ejemplo. Soy demasiado misteriosa para su gusto. ¿Por qué no le aclaro de una buena vez lo de mi pincha, a ver? ¿Acaso no le tengo confianza? ¡Mimi querida siempre se fio de ella! (No vale la pena tratar de que entienda que mi madre apenas se arriesgaba al confiarle algo, pues carece de secretos. Bueno, quizás oculte algunos chiquiticos, picantones como el ají guaguao. Pero ninguno realmente siniestro. Es decir, ninguno cuya revelación pudiera arruinar su vida, costándole muchos años de cárcel.) Además de eso, a mi cariñosa vecina le jode que con frecuencia yo no esté en condiciones de prestar la debida atención a sus cotorreos mañaneros, ya que trabajo por la noche, de modo que el amanecer no es precisamente mi rato de mayor lucidez; que las telenovelas, los best sellers, las revistas “de afuera”, las películas en DVD y los bretes del barrio me maten de aburrimiento si no incluyen asesinatos brutales; que no mueva ni un dedo para “amarrar” a algún fulano cuerdo, sin telarañas en el cerebro —no como el lunático de Rafa—, para casarme de nuevo y parir dos o tres fiñes antes que me coja “la rueda de la historia”; que viva y muera con las ventanas trancadas, en una especie de crepúsculo artificial; que me vista “con más recato que una monja” (de pazguata que soy, a juicio de ella, porque Mimi querida, cuando era joven, también tenía un cuerpazo que “paraba el tráfico” y no se cubría tanto, por mucho que las pelúas envidiosas de la cuadra quisieran freírla en aceite); que no me subleven los precios abusivos de la shopping y el agro, ni las eternas averías en los ascensores de este puñetero edificio, ni los apagones a cualquier hora, ni las comemierdeces del Granma, ni que las aspirinas estén “en falta” en todas las farmacias del municipio, ni lo troglodita que se ha vuelto la gente, que dondequiera te empujan, te tumban y hasta te caminan por arriba, ni los delirios del comandante en jefe, que cada día está más gagá, ni el lastimoso panorama de la isla en general (“la Cosa”, dice ella); que jamás la consulte antes de ingerir alguna pastilla, que pueda pasarme semanas enteras sin bajar a la calle, que trinque whisky en cantidades industriales y diez mil zarandajas más. Nada, que la perica no afina mucho conmigo. Sube “a darme una vueltecita” cuando le cae en el jamo algún chisme suculento. Si coincidimos en el vestíbulo, en alguna cola o en cualquier esquina, se me acerca enseguida y pega la hebra. A menudo me llama por teléfono, aunque no tenga ni hostia que decirme, sólo “pa’ saber en qué ando”. En cierta forma nos apreciamos, creo, o a lo mejor es que en tantos años de dimes y diretes hemos acabado por resignarnos la una a la otra. De todas las personas que habitan hoy día en La Habana, ella es, sin duda, con la que más palabras intercambio. Y también la única a quien le prestaría plata (nunca me la ha pedido). Pero amigas, lo que se dice amigas, no somos.

    También está René, mi chofer, que vive en Guanabacoa, al otro lado de la bahía, lo cual no le impide acudir de inmediato cada vez que lo llamo a su celular, a la hora que sea, para trasladarme en su Hyundai a cualquier dirección que yo le indique, hallar algún resquicio donde parquear a salvo de los pérfidos “caballitos” —agentes motorizados de la División de Tránsito de nuestra insigne PNR que van por la jungla de asfalto multando al primer desdichado que vean, haya incurrido o no en alguna infracción, pues se les exige imponer a diario determinada cantidad de multas—, aguardarme ahí, tranquilito dentro del carro, el tiempo que sea menester y luego traerme de vuelta sin hacer preguntas. Manejó un taxi durante más de una década, por lo que es un experto en sortear baches y domina a la perfección todos los entresijos de esta ciudad, incluyendo la periferia, desde las espléndidas “zonas congeladas”, donde se atrincheran nuestros apparatchiks de máxima alcurnia, hasta los populosos barrios de chabolas que florecen a orillas del Quibú, un pestilencial arroyuelo de aguas albañales. Y está Kika, quien viene cada miércoles al filo de las 3:00 p.m. para ayudarme a baldear el apartamento, pulir las losas de la cocina, los dos baños, los espejos y los cristales de las ventanas, poner en marcha la lavadora, tomarse un cafecito conmigo, empaquetar la basura en un jabuco de polietileno y zumbarla en el tacho de los bajos, etcétera, sin hacer preguntas. (No es mi criada. Bueno, de hecho lo es, sólo que en Cuba la palabra criada se considera tabú por remitir a un periodo histórico, felizmente ya superado según nuestro gobierno, en que había en la isla mucha miseria, desigualdades e injusticias sociales. El término correcto vendría siendo “la-compañera-responsable-de-las-tareas-domésticas”, o algo similar. Aunque Kika, un día que la llamé así, me miró ceñuda y me dijo con su voz profunda que dejara el chistecito y la falta’e respeto, y que más compañera lo sería yo, porque ella, María Enriqueta Jiménez Vaillant, sí que no iba a permitir que ninguna blanquita culicagá le estuviera diciendo esas cosas, ¿oká?) Y también está el flaco Manolín, quien se ocupa de mantener al quilo mi computadora, tanto el hardware como el software, sin hacer preguntas. Y el moro Wilfredo, alias “Bola’e Truco”, quien me provee habitualmente de ciertos medicamentos que no puedes adquirir en ninguna farmacia sin una incuestionable prescripción facultativa llena de cuños y firmas. (Tan mañoso como sugiere su apodo, este caballero trapichea lo mismo haloperidol que clorodiazepóxido que morfina, todo de óptima calidad, y no sólo no hace preguntas, sino que tampoco le agrada que se las hagan a él. Su número telefónico, de apenas seis dígitos, lo ubica lejísimos de aquí, por Santiago de las Vegas. Pero en rigor no sé dónde reside, ni cómo diablos acopia todas esas “sustancias controladas”. Creo que es seropositivo, mas no podría asegurarlo.) Y está Jacomino, alias “Cabecita”, un librero con una chola mayúscula, graduado de Filología en la UH, que planta su venduta frente al Palacio del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, y que siempre me avisa cuando le cae algún thriller de Frederick Forsyth o de John Le Carré. (Una vez, hace años, me encajó uno de Tom Clancy. Recuerdo que empezaba muy sabrosón, con un terrorífico accidente en una base aérea israelí, pero que luego el autor se metía páginas y más páginas describiendo con pelos y señales una fastidiosa bomba atómica de 150 kilotones hasta llenarme la cachimba de tierra.) Y está Yampier, el hijo de Manolín, un genio de dieciocho años que dispone de todos los recursos técnicos necesarios para conseguir acceso remoto no autorizado a casi cualquier sistema de ordenadores conectado a Internet. Este audaz internauta atraviesa firewalls y programas de control de toda clase para colarse furtivamente en los sitios más inverosímiles, piratear datos confidenciales y después salir chaqueteando a la velocidad de un relámpago antes que alguien lo detecte y le siga el rastro. Suele perpetrar esas fechorías por coña, para sentirse el barbárico, el máster, el Luke Skywalker, en un discreto garaje de Marianao donde tiene su portentosa computadora con pinta de ovni, ensamblada por él mismo, y otros chirimbolos. Opera, según su viejo, en “horario de consagración”. Es decir, mañana, tarde y noche. Y a veces también trabaja por encargo, sin hacer preguntas, cobrando una tarifa que en principio pudiera parecer exorbitante, pero que no lo es si valoramos el peligro que corre al infiltrarse en bases de datos donde se archiva información catalogada de “altamente sensible para la seguridad nacional”.

    Todos estos prójimos que no meten las narices en mis actividades, que en general parlotean poco, al menos conmigo, y sólo me preguntan lo indispensable para el cabal desempeño de sus respectivas funciones, son muy eficientes. Kika, la más veterana con sesenta y pico de abriles en las costillas, vive por aquí cerquita, frente al Malecón, en una cuartería superpoblada y semiderruida que año tras año queda íntegramente bajo el agua durante varios días por la penetración del mar en temporada ciclónica. (Esas inundaciones costeras son de tal magnitud que a veces el agua ha llegado al segundo piso del Naroca. Y en 1996, cuando el huracán Lily, hasta la tía Annia cogió su buen chapuzón.) Pero Kika sigue luchando, sin dejarse abatir por las calamidades. Es tremenda luchadora. Aparte de su cuadre conmigo, también friega, barre, limpia, lava y plancha para otros vecinos de los alrededores. Nunca haría algo ilícito, así estuviera muriéndose de hambre, pues adscribe a una iglesia cristiana protestante —metodista, creo— bien severa. Es una de las personas más derechas que he conocido en mi vida, aunque no prodiga lecciones de moral, ni trata de evangelizar a nadie, ni tampoco padece, por fortuna, del feo vicio de la chivatería. En cuanto a los demás, o sea, René, Manolín, Cabecita, Bola’e Truco y Yampier, no son tan respetuosos de las leyes, pero igual se desviven por satisfacer al cliente. Llevo años tratándolos y no tengo quejas de ninguno. Ahora, eso sí, las relaciones entre nosotros son puramente comerciales: ellos me cumplen, yo les pago sus honorarios y chao. Kika devenga un salario fijo semanal (25 cucos), aparte de su aguinaldo navideño. En Pesah, que es la fiesta de la primavera en la religión de mi vieja, no me acepta ningún regalito, ya que Jesucristo, al parecer, no hizo nada espectacular por esas fechas. Los otros cobran a destajo.

    Ninguno de ellos conoce el origen de mis ingresos. Ignoran si es un dinero limpiamente ganado o si debo “blanquearlo” por alguna vía. Sólo que ese enigma, a diferencia de lo que sucede con mi vecina del tercer piso, no les provoca mucha curiosidad, o en todo caso no la manifiestan en mi presencia. Quizá crean que me financia mi familia en el exterior, o que estoy involucrada en algún tipo de tráfico particularmente rentable, ya sea de crack o de óleos del siglo xviii, o que soy una jinetera de élite, o la concubina de un poderoso mayimbe, o qué sé yo. Pese a las innúmeras precauciones que he tomado para proteger mi privacidad de la caterva de metiches que merodean por el ciberespacio, calculo que el astuto Yampier, de proponérselo, tal vez lograría mediante alguna triquiñuela informática descubrir a qué me dedico. Pero no se lo propone. Por causa de mi doble nacionalidad —un dato que no oculto y que a él, comoquiera, jamás podría ocultarle—, de lo muy lucrativo que aparenta ser mi negocio —nunca le regateo—, de mi carácter escurridizo y de la índole de la información que suele canibalear por encargo mío, vive convencido de que trajino para algún servicio de inteligencia foráneo —apuesta por el MI6, sabrá Dios por qué—, lo cual le parece una forma de ganarse los frijoles tan digna como cualquier otra. Lo sé porque una noche de octubre de 2008, allá en su reducto de Marianao, me pitcheó una indirecta bastante directa en ese sentido, al tiempo que me clavaba una sagaz miradita de lince, muy atento a mi reacción. No discutí con él, claro, ni tampoco estallé en carcajadas. Nomás le sonreí, con supremo candor, tal como corresponde a una resbalosa Mata Hari, y ahí mismitico su tremebunda sospecha quedó confirmada. (Manolín, entretanto, me hacía señas por detrás del chama, indicándome que no le diera bola, pues su hijo, como pasa a menudo con los genios, tenía las tuercas un poco flojas.) Desde entonces mi hacker favorito no me ha tirado más puyas, ni sobre mi oficio ni sobre nada. Apenas habla conmigo, limitándose a guiñarme un ojo de tarde en tarde, para que yo no olvide, supongo, lo bicho que él es y lo bien que sabe guardar un secreto. A veces me pregunto si este hombrecito tan brillante —e imaginativo— no será virgen todavía. Más delgaducho que su padre, pero también más alto y con el pelo largo, ya canoso, casi plateado, el chamaco tiene su swing. Podría gustarle a cualquier muchacha. Pero no hay más que verlo en su salsa, atornillado a una silla frente a su computadora (“pega’o con Kola Loka”, dice Manolín), cometiendo delitos informáticos a mansalva, riéndose por lo bajo o farfullando terribles amenazas que sólo él entiende, para vislumbrar el titánico esfuerzo que le costaría a cualquier muchacha, incluso a una muy linda y arrolladoramente sexy, captar su atención y alejarlo de ahí por un ratico. Porque tal parece como si la vida real, la que transcurre fuera del ciberespacio, le resultara inodora, incolora e insípida, una masa amorfa carente de todo interés.

    Desde que Yampier me tachó de espía en mi propia cara sin que yo me lo tomara a lo trágico, el flaco Manolín, que es medio jodedor, me llama “La Rubia Peligrosa”. Cuando le telefoneo para que venga a reconfigurarme el keyboard, o a sustituir el mouse por otro nuevo, o a instalar algún antivirus, siempre me sale con un risueño “¿Qué tal le va en su pinchita a nuestra mujer en La Habana?” Opina que estoy buenísima y, por supuesto, de lo más “interesante”. No me lo ha dicho hasta ahora sólo porque no le he dado chance. Lo veo en sus ojos, en la ansiedad con que me observa en ocasiones, como si él fuera un famélico sato callejero y yo un pollo frito, un bistec o una McDonald. Y con René y Cabecita me ocurre otro tanto. Sería lindo que dejaran de mirarme así, pero no se los digo. No creo que lo hagan adrede para ofenderme. Quizá ni cuenta se dan. En fin, machos. Con ellos tres sigo una política más bien pragmática: mientras la testosterona en ebullición no los idiotice al punto de entorpecer mi labor, no hay lío, que me vacilen cuánto les plazca. Igual ninguno se anotará el numerito. Ni siquiera René, que es un papi tropical onda Kirk Acevedo. Si no fuese mi chofer… quién sabe. Pero lo es y me resisto a perderlo, de modo que él en su lugar y yo en el mío. Desde que mi ex, el trotsko Rafael Bencomo, salió para siempre de mi vida a inicios de junio de 1998, no he tenido otra pareja estable. Tampoco la he buscado. Siento que mi forma de existir es demasiado rara, demasiado singular, para compartirla del todo con alguien más. Aventuras sí he corrido, cómo no, muchas. Incluso tuve una época bastante musical, llena de choques en la oscuridad, revolcones casuales y romances de una sola noche. Blancos, negros, cubiches, forasteros. Me di banquete. Lo necesitaba. Después me tranquilicé. Ninguno de aquellos hombres, creo, quedó insatisfecho, defraudado o resentido conmigo. Ninguno, que yo sepa, es mi enemigo. Pero me parece harto improbable que alguno de ellos todavía recuerde mi nombre, Raquel Newman, suponiendo que alguna vez lo hayan escuchado.

    No estoy jeremiqueando, claro que no. ¿De qué me valdría? Nunca he sido una tipa llorona y, pese a todo aquel horror que viví hace unos años, tampoco me considero especialmente infortunada. Sólo constato un hecho: estoy sola.


    Escrito por Ena Lucía Portela

    La Habana, 1972.- Ha publicado las novelas El pájaro: pincel y tinta china (1999), que ha sido traducida al italiano; La sombra del caminante (2006); Cien botellas en una pared (2002, Premio Jaén de la Caja de Ahorros de Granada, España, y Prix Deux Océans-Grinzane Cavour 2003, Francia), que ha sido traducida al francés, portugués, holandés, polaco, italiano, griego, turco e inglés, y Djuna y Daniel (2008). También ha publicado los volúmenes de cuentos Una extraña entre las piedras (1999) y Alguna enfermedad muy grave (2006), libro al que pertenece el relato que se incluye en esta antología. Su cuento “El viejo, el asesino y yo” recibió el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional en 1999. En mayo de 2007 fue seleccionada como uno de los 39 escritores menores de 39 años más importante de América Latina.

  • Oráculo

    1

    Cuando José Miranda me llamó, yo no sospeché nada porque no había nada qué sospechar. Entiéndeme. Tenía años de no verlo, no sé cuántos, pero más de quince. Desde que comencé a trabajar en ese periódico de mierda perdí el contacto con mis compañeros de la universidad. No sé por qué. En una ocasión, José María, amigo de Miranda y de Lucrecia, del Chitos y del Loco (quizás no era tan amigo del Loco, pero de los demás sí) me dijo que Miranda y Lucrecia me habían perdido el respeto. Lo que pensara entonces Lucrecia no me importaba, pero sí sentí gacho que Miranda ya no me respetara. (Aunque esto es paradójico porque al mismo tiempo supe que antes me había respetado.) Al parecer, Miranda le había dicho a José María que yo era un tipo inteligente y con mucho potencial para ser un gran periodista o hasta un buen escritor, pero que me dejaba influenciar mucho por lo que pensaban los demás y que no tenía disciplina ni me preocupaba mi futuro. La verdad es que todo eso me sonó muy cursi y no supe si era invención de José María o de José Miranda. Le dije que ni mi papá me había dicho tanta estupidez en la adolescencia (la verdad es que siempre me decía esas cosas y otras rayanas en insultos, o más bien eran insultos, pero ya casi no me acuerdo, o sí me acuerdo, pero creo que no viene al caso contártelo) y que ya se vería con el tiempo quién era quién.

    Lo que pasa es que Miranda era muy raro: sacaba muy buenas calificaciones, pero no era matado; se ganaba el aprecio y el aborrecimiento de los maestros por igual y me cae que no era guapo, pero tenía varias viejas. Yo todo eso se lo reconozco, pero dime tú, si era tan chingón, entonces ¿por qué nunca tenía un quinto y siempre estaba de malas? Muy doctor y muchos estudios en el extranjero (porque el Loco me contó que Miranda se había ido a Estados Unidos a estudiar un posgrado) pero ni carro tenía. Siempre andaba en el metro.

    Yo no podía saber qué se traía porque si bien se me hizo raro que Miranda me llamara, tampoco era algo imposible. Al fin y al cabo fuimos compañeros de la universidad y, mal que bien, yo ya me había ganado cierto prestigio en mi trabajo. No, no éramos de la misma generación, simplemente fuimos compañeros. No sé, creo que él se graduó en el 98. No, yo no me titulé y ni falta me hizo. No se te olvide que estuve a punto de ganarme el Pullitzer. Los que hemos sido elegidos para escribir no necesitamos de títulos ni de esas cosas.

    Sin embargo, cuando me llamó, algo en mí se puso en alerta, pero mi confianza natural no le dio importancia y quedamos de vernos al día siguiente (era un viernes) para comer en una cantina del Centro. Lo reconocí de inmediato; estaba leyendo un libro en inglés como si quisiera impresionar a los otros comensales; a lo mejor era a mí a quien quería impresionar. En cuanto me vio cerró el libro y se puso de pie. Me abrazó (nada muy efusivo ni muy hipócrita). “¿Cómo has estado? Qué gusto verte”, me dijo.

    —No tan bien como tú —le dije— yo no tengo un doctorado, aunque ni falta me hace.

    —Me alegra, así nos dejas algo a los que sí lo necesitamos. Te ves muy bien —dijo no sé si refiriéndose a mi prematura calvicie o a los doce kilos que tengo de más.

    Comimos cinco tiempos, pero en realidad es como si fueran menos. Lo que pasa es que en esa cantina ya me conocen y nunca me sirven las botanas. Nos vamos directo a los platos fuertes, ya saben que dejo buenas propinas. No, no estábamos borrachos. Miranda había comido dos tiempos en realidad (una sopa y un guisado) y para entonces se había tomado unas tres cervezas. Yo no recuerdo cuánto bebí, pero tampoco iba a limitarme, él había dicho que me invitaba y era viernes.

    Durante la comida, Miranda me hizo preguntas que iban de anodinas a venenosas. Lo bueno es que yo iba siempre un paso adelante. Primero me preguntó que cómo estaba, cómo estaba mi esposa, el trabajo… hasta pretendió interesarse en mis textos. Comentó algo sobre dos artículos míos recientes (se ve que había hecho su tarea).

    —¿Sigues escribiendo? —me preguntó. Como tardé en responder dijo: —Me refiero a la literatura. Aunque no fuimos tan cercanos en la universidad y quizás por ello nunca te lo dije, siempre me pareció que eras de los que mejor escribían.

    —A veces —le dije— pero no he publicado nada.

    —¿Por qué?

    —Porque no me interesa. Ahora la gente sólo quiere basura y yo no escribo basura. Digo, sin ofender a los que publican —hice esta aclaración porque José María ya me había contado que Miranda había publicado un libro de cuentos en una edición de autor y que además tenía una columna en una revista universitaria. No sé qué es peor: la mediocridad de nuestras editoriales o publicarse a sí mismo.

    —Te entiendo —me dijo—. Lamentablemente yo no he resistido la tentación y escribo de vez en cuando.

    —Y aparte de eso, ¿qué más haces? —le pregunté.

    —Doy clases.

    —¿De qué?

    —De periodismo y derechos humanos.

    —¿En dónde?

    —En la Universidad Nacional.

    —¿Tienes una plaza de tiempo completo?

    —No.

    —¿Das clases en la mañana o en la tarde?

    —En la tarde.

    —¿Cada cuándo?

    —Tres veces por semana.

    Ya voy, lo que pasa es que no es lo mismo dar clases en la mañana que en la tarde en esa universidad. Todo mundo lo sabe. Te digo todo esto porque necesito reproducir el diálogo lo mejor que pueda para que veas que no me era posible sospechar nada de su locura o lo que fuera. Pero me voy a adelantar un poco para darte gusto. De hecho, ahora que lo mencionas, a lo mejor sí tomó más cervezas, pero yo no vi o no me di cuenta. Lo que pasa es que no lo vi borracho. En fin, de pronto me dijo que me agradecía mucho que hubiera aceptado la invitación a comer con él.

    —No tienes nada qué agradecer —le dije.

    —Al contrario, siempre voy a estarte agradecido porque ésta será la última vez que comamos juntos —así me lo dijo, muy seguro. Yo creí que me iba a decir que tenía alguna enfermedad muy grave o que se iba a vivir al extranjero. Pero no tenía los ojos llorosos ni el tono solemne. Hablaba como si ya supiera lo que yo iba a decirle, como si ensayáramos.

    —Te propongo que nos dejemos de tanto misterio —le dije— y me digas lo que te pasa porque para eso somos amigos. ¿Por qué no volveremos a comer juntos nunca más? —le pregunté.

    —No es fácil de decir, pero tienes razón: lo mejor es ir al punto. Después de lo que voy a decirte ya no comeremos juntos porque no vas a creer lo que te cuente. A lo mejor vas a pensar que estoy loco y ya no te quedarán ganas de que nos veamos de nuevo.

    En ese momento yo aún estaba sobrio porque recuerdo perfectamente lo que me dijo. Me emborraché después de que se fue, como a las ocho y en otra parte. Además, antes de que me dijera eso, todo había estado normal. Éramos dos amigos de la universidad, dos periodistas, dos colegas que se estiman mucho y se reúnen después de varios años de no verse.

    —Puedo predecir el futuro —me dijo. Me lo soltó a quemarropa. Le hice una seña que significaba que no lo había escuchado bien, pero el volvió a decírmelo.

    —Puedo predecir el futuro —repitió—. Me le quedé mirando. Hacía un gran esfuerzo por no mostrar mi sorpresa y mi decepción, pero al mismo tiempo hubo algo dentro de mí que me decía: “Esto confirma que tú eres más chingón que él”.

    No me reí. Ahora no sé si porque sentí pena por él o por los nervios. Él me sonrió, no parecía avergonzado. Tenía razón, después de todo. Era obvio que no le iba a creer y, por supuesto, no me quedaban ganas de verlo de nuevo.

    —Pues qué bien —le dije—. ¿Te importa si pedimos la cuenta?

    —Ya la pedí, cuando fui al baño —me respondió.

    —Menos mal, tú también tienes prisa.

    —No, pero sabía que ibas a pedirla en este momento y me adelanté.

    Ahí no pude más y me reí francamente.

    —Estás cabrón, Miranda, es cierto que adivinas el futuro —mi risa era deliberadamente una burla y un goce por verlo ahí, tan poca cosa. Sin embargo, él actuaba como si de verdad supiera lo que iba a ocurrir. Tal vez fue su impasibilidad lo que me hizo quedarme otro rato.

    —Pensándolo bien —le dije— ¿por qué no nos quedamos y pedimos algo más?

    —Me parece muy bien —respondió— aunque voy a cambiarle a la cerveza. ¿Tú quieres otra cuba?

    Saqué un cigarro de la cajetilla, me lo puse en los labios y evité mirarlo mientras buscaba el encendedor en las bolsas del saco. Cuando lo encontré le dije:

    —Casi, Miranda.

    —¿Qué cosa?

    —Casi te sale bien la broma.

    —No es una broma, pero no te culpo por no creerme. Yo mismo no me creería.

    —No me compares contigo, para empezar. Yo… te diré algo. Si ya sabías que no te iba a creer y que me iba a querer ir, entonces ¿por qué pediste la cuenta? ¿No sabías que me iba a arrepentir y que te iba a decir que nos quedáramos, que ibas a aceptar y que te iba a decir esto mismo en este momento?

    —Lo sabía.

    —¿Entonces?

    —Entonces nada. No pedí la cuenta, te mentí —me dijo. Se acercó el mesero dispuesto a encenderme el cigarro.

    —¿Te ha pedido la cuenta este señor? —le pregunté al mesero sin dejar de ver a Miranda, a través del humo.

    —No —dijo el mesero— ¿quiere que se la traiga?

    Negué con la cabeza, pedí otra cuba y Miranda, un tequila.

    —La verdad es que no es fácil creerme —me dijo— así que te ofrezco una disculpa si  te he incomodado al decírtelo, pero tenía que hacerlo.

    Nos miramos un largo rato, bebimos en silencio. Fui yo quien habló primero.

    —Vamos a suponer que es cierto —le dije—. ¿Cómo lo puedes probar?

    —Como quieras.

    Mi mente científica comenzó a trabajar y pensé en pedirle que me dijera cómo iba a terminar el mundo, cuándo se extinguiría la humanidad, pero me di cuenta de que no iba a saber si era cierto lo que Miranda me contara. Luego pensé en pedirle los resultados de la lotería, de las carreras de caballos, de algún encabezado en los periódicos y hasta que me dijera lo que yo estaba pensando. Opté por esto último.

    —A ver, dime, ¿qué acabo de pensar en estos últimos segundos? —le pregunté a manera de reto.

    —Eso no es adivinar el futuro sino el pasado —me dijo— pero está bien, te lo diré —y en efecto me repitió mis pensamientos. Ahí fue cuando la broma o lo que fuere dejó de ser graciosa. ¿Cómo supo? ¿Quién se iba a imaginar que esas eran las pruebas que se me iban a ocurrir? No, tienes razón, nadie.

    La verdad es que no supe muy bien cómo llevar el tema sin ofenderlo y sin pedirle más pruebas. Lo intenté, pero no pude desenmascararlo. Hasta adivinó un número que yo había escrito en un papel. Sin quitarle importancia a lo que en ese momento yo creía que podía tratarse de una facultad sobrenatural, a mí comenzaba a darme miedo. Así que le propuse hablar de otras cosas. Continuaron las copas y la conversación y cuando esta vez fui yo quien pidió la cuenta, me dijo:

    —Hay una razón por la que te he confiado mi mayor secreto. Es todavía más difícil de creer, pero tengo que decírtela.

    —Mejor ahí la dejamos, Miranda —le dije—. Me dio mucho gusto verte y hablar contigo, pero esto ya no me gusta nada.

    —Te prometo que será lo último que te diga y la última vez que te moleste —me contestó—. De verdad no ha sido mi intención incomodarte.

    Noté que ya arrastraba un poco las palabras, así que eso también me relajó, cierto compañerismo alcohólico me relajó.

    —Mejor —le dije— en lugar de que me cuentes más cosas del futuro, dime el número de la lotería del próximo martes. Si le atinas, te invito a comer y me cuentas todo lo que quieras, Miranda.

    —Eso no te lo puedo decir.

    —¿Por qué?

    —Por cuestiones éticas y por mi propia seguridad. Lo siento.

    Ya sabía que se iba a salir por la tangente. Nunca confíes en alguien que te hable de ética.

    —Te he confiado mi secreto porque primero necesitaba que me creyeras. No sé si lo he logrado (es decir, sí lo sé, pero tengo que decirte todo esto de igual manera). En todo caso no pierdes nada y puedes ganar mucho.

    Trajeron la cuenta, yo hice como que iba a pagar y saqué un billete, pero Miranda se adelantó y puso su tarjeta de crédito sobre la comanda.

    —Al menos ya sabes si va a pasar tu tarjeta —le dije y nos reímos.

    Guardé mi billete de doscientos pesos en la cartera y le pregunté: “¿De cuánto estamos hablando?”

    —De mucho.

    —¿Cincuenta mil?

    —Mucho más.

    —¿Cien mil, doscientos mil?

    —No se trata de dinero. Hablamos de las vidas de varias personas.

    Debió notar mi decepción (o ya sabía que me iba a desilusionar, como quieras verlo) porque me dijo para interesarme en el asunto: “Una de esas vidas es la tuya. Salvar tu vida debe valer más que cien o doscientos mil pesos, ¿no crees?”

    Le trajeron el pagaré y firmó.

    —Espero que no estés tratando de amenazarme, Miranda —le dije con absoluta seriedad— porque soy capaz de matarte.

    —Por favor, no te exaltes.

    —¡Cómo no quieres que me exalte! —exclamé dando un golpe sobre la mesa, pero nadie se volvió a mirarnos— ¿Qué tiene que ver mi vida con tu pinche locura?

    —Escúchame bien, por favor. En unas semanas van a llegar a tus manos ciertos documentos.

    —¿Qué documentos?

    —Son unos papeles que, como imaginarás, comprometen a gente con mucho poder. Su publicación provocaría un gran impacto que redundaría en un gran reconocimiento para el periodista que lo hiciera, pero el riesgo es muy alto. Tu vida y la de tu hijo están de por medio. Te hablo de secuestro y tortura. Sobre todo de la vida de tu hijo, él sufrirá cosas que no te puedes imaginar. He venido a hablar contigo y a pedirte que no publiques nada y que te olvides de ese asunto.

  • La señal

    Después de una prolongada ingesta de pastillas Matías Blumfeld, recién jubilado, se sentó en el sillón de piel y miró la luz de la tarde en los edificios. Siempre tenía hormigueantes las manos después del vaso con agua, del temblor en la boca. La cura, una tras otra, bajaba en el torrente. La migraña lo acosaba desde la infancia. Las pastillas, antes de la garganta, las guardaba en diminutos frascos multicolores, apilados en el baño. Pero a pesar de los intentos la punzada en la cabeza persistía. Corto circuito. Zumbido casi imperceptible, mosquito que no se posa y sobrevuela. Y alrededor de Blumfeld, a pesar del zumbido, más nítidas las voces, la llave deteriorada y su goteo en la cocina amplificado, inmenso. Escuchaba los leves pasos del gato en el departamento de arriba. Las sigilosas huellas. Desde hacía tiempo desarrollaba una teoría de sus dolencias, íntimamente ligada a eventos en apariencia lejanos: la puesta del sol, la reciente humedad en los cristales, el camión de la basura en la mañana. Todo era motivo de análisis, hipótesis fundadas en la rigurosa cuenta de los hechos. Al final de la jornada, en la mesa de la cocina, Blumfeld llenaba una libreta con números y frases. Encontraba consuelo en el continuo garrapateo, en el movimiento del lápiz, en los detalles y en la memoria. Quizás era bueno saber que el 23 de junio de ese año el dolor había sido particularmente agudo, que treinta días antes había pasado inadvertido. Dispersos chispazos en el cerebro. Y la lengua sobre los labios, la goma borroneando un dato indeciso o equivocado. Con el tiempo estaba más convencido: aumentar la conciencia de su mal lo acercaba, de alguna forma, a la cura.

    Blumfeld, en el sillón de piel, esa tarde, era el único espectador, en primera fila, de la luz en los edificios de enfrente. En los techos antenas de televisión, algunas desvalidas, otras esqueletos. Miraba el amarillo que declinaba y evocó, casi sin querer, al gerente anunciando la liquidación que precedió su despido. “Muchos años de trabajo en la empresa.” “Ha cumplido con la edad.” “Es un proceso obligado por la ley.” Blumfeld tenía clara su edad, también la fatiga en las escaleras, el dolor de espalda escalón tras escalón y después, en la oficina, el jadeo, el temblor en las manos y las manchas de sudor en la camisa. Pero le disgustaba la imagen del gerente, sus maneras afectadas, la mano sosteniendo el cheque, tendida breves instantes, sin temblor, con suficiencia, como si fuera un anzuelo. El recién jubilado no supo encausar su odio. Es cierto que estaba harto de revisar papeles en la oficina. Custodiado por archiveros, parvadas enteras le llegaban. Y a veces, en el papelerío, se acrecentaba el odio a los formatos, a las casillas, a los infinitos sellos. La tinta sobre sus pulgares, casi indeleble en los puños de sus camisas. Huellas en la oficina, al final de la jornada, en la copiadora, en el piso. Pero ahora Blumfeld, en vez de papeles, tras el cristal, era solitario testigo en la ventana. Imaginaba su vida al otro lado de la calle. Su atención se concentró en las plantas del departamento, en el polvo sobre la mesita de luz. Porque el hábito del oficinista perduraba en la correspondencia. Rasgar el sobre y mirar las cifras, cotejarlas, compararlas con anteriores. Luego, agotado el descifre, poner el trofeo en un corcho. Uno más. Y otro y otro. Incluso, por el hastío, sobres ajenos, caducos en el buzón, revisados como propios.

    Blumfeld se levantó del sillón. Según los minuciosos registros había pocas probabilidades de jaqueca. Como garantía la reciente ingestión de pastillas y un historial que registraba, a esa hora, escasa incidencia. Más cómodo en el crepúsculo. Ligeras y libres las manos. Para revolver la oscuridad, para agitar las cortinas o verter agua en una jarra. Le gustaba llenar hasta el borde jarras, vasos y tazas. Una peculiaridad: esperar hasta el último momento, antes del derrame. En las tardes, como las pastillas, innumerables tazas de té. La perturbación después de una bolsita que gana peso, que se hunde poco a poco. El rostro hundido en el vapor, desvanecido, las agudas órbitas, demacrado el cuadro completo.

    Blumfeld caminó alrededor del sillón. Estuvo a punto de ir al cajón por la libreta y reseñar la primera incidencia del día. “El cartero pasó a primera hora de la mañana. Bajó de su bicicleta y un perro comenzó a ladrar motivado, quizás, por la campanilla que reverberaba en el manubrio.” Le pareció bien la frase, la última palabra. Pero se guardó la idea. Tiempo habría para escribir, para enfrascarse en largas disquisiciones, para ir al baño y hacer inventario de cajas. Revolverlas, mirar la fecha de caducidad, los colores. Se acercó a la ventana. Ahora, desde su posición, podía mirar a plenitud el inicio de la calle, el óxido acumulado en el techo de los buzones, las escasas nubes. Se sintió bien. Incluso era agradable el temblor de las hojas, recientes y desprendidas, en la orilla de la banqueta. El viento les daba vida, las agitaba. Blumfeld remiraba la tarde. Las lámparas de los postes, ante el inminente crepúsculo, empezaron —animales vivos— a parpadear.

    Blumfeld, paciente en la ventana, miraba y miraba. Los ojos a veces fijos, a veces en vuelo, indagando. A pesar de la monotonía, de la luz similar en color y el previsible instante de nubes, tenía esperanza de que algo sucediera. Entonces, al inicio de la calle, junto al semáforo, una lenta figura nació diminuta pero avanzaba y ganaba presencia. Similar a un buzón, pronto alcanzó un auto estacionado, no varió la dirección y aumentó de tamaño junto a un ciprés. Era un muchacho.

    Blumfeld miró: en la calle desierta el muchacho era una anomalía. Minutos antes, en el mismo lugar, se había escenificado la diaria migración de oficinistas después de la jornada, con los zapatos negros y los trajes arrugados. El muchacho caminaba lentamente. Husmeaba entre las casas, entre los autos. Con su mochila a cuestas, el andar lento. Al fin se detuvo y cruzó un jardín sin reja, una casa cercana al edificio donde era observado. Tocó la puerta. Esperó y esperó. También Blumfled. Pero nada.

    Imaginó la decepción del muchacho. Tocar el timbre y la tensa espera, casi siempre sin esperanza. El muchacho intentó en la casa adjunta. Tal vez en ese momento, después del timbre, alguna ilusión en los ojos y por eso pendiente de cualquier ruido: una volátil respiración, el acto de encender la luz, pasos sobre el piso de madera. De mujer, más evidentes, por los tacones. La suposición fue correcta. Y un foco se encendió en el portal y su bocanada de luz, blanca, amarilla, sobre una mujer ataviada con una bata roja, con vivos detalles. En el estampado, además del entramado de flores, destacaban unos animalillos dorados que Blumfeld —aguzando la vista— identificó como macacos japoneses, de la nieve. Sus cabezas de oro, los enrojecidos rostros, en una postal años antes. Entre las páginas de una novela, en su librero, según recordaba. La novela era muy mala, incluso la había dejado a la mitad, abandonada en el buró, en un caluroso verano. Blumfeld quiso seguir con la digresión pero la mujer reclamó su interés cuando dedicó unas palabras al muchacho. Desde la altura la escena era amplia, la mujer recargó la mano en la cintura y el movimiento de labios terminó. Muy similares los dos, en la estatura y en la complexión, incluso en los cabellos. Blumfeld pensó en una silueta, un cuerpo intacto en el espejo. Pero el muchacho rompió la imagen cuando se acercó y sacó un folleto de su mochila. Entonces la mano tendida, como la del gerente, días antes, ante Blumfeld. A la defensiva la mujer, la respiración, la rigidez en el cuerpo. Un paso atrás, precautorio. Sin embargo alargó la mano al papel y le dedicó una mirada. A la distancia se percibió un destello en la parte inferior del brazo. Tal vez un reloj o una pulsera. El brillo perduró hasta que la mano cambió de posición. El muchacho conservaba la figura erguida, los hombros un poco vencidos aunque dispuestos. Blumfeld lo miraba de espaldas pero imaginaba el ansia del semblante, los labios y la lengua que los recorría. Y todo en él precavido, esperando.

    La mujer empezó a leer el folleto. A la distancia era difícil saber su primera reacción, pero Blumfeld suponía que encontraba interés en el escrito, tal vez una promoción, una atractiva imagen en el papel, un anzuelo. El muchacho relajó el cuerpo. Blumfeld sintió pena por él, tendría toda la tarde tocando puertas, diligente con su mochila, caminando. Los rayos del sol, el sudor, la procesión casa por casa. Su sombra al principio corta, después alargada, ahora inerte junto a sus pies por la luz escasa. La misma tensión antes de abrir la puerta. La esperanza de una venta, entonces, en cualquier señal: una sonrisa, una acentuada respiración, los ojos avispados y abiertos. El muchacho dio un paso a la derecha. La mujer acabó de leer el folleto.

    Entonces ocurrió.

    Blumfeld observó el inicio del movimiento. Primero la mano alzada, del extremo el folleto con los dedos. Quedó ahí, suspendido en la luz, como pez acabado de sacar, con las letras, con los llamativos dibujos, con todo. Después el folleto regresó a la mano abierta y ésta, ayudada por el pulgar e índice de la opuesta, empezó a desmenuzar al cautivo. Rápidos movimientos, limpios, casi tijeretazos. La mujer, con la bata roja, con los inmóviles macacos, dedicó algunos segundos a la labor. Los fragmentos se conservaron un instante en la mano. La palma retomó su antigua posición y, abierta, dejó en escape, al viento, los infinitos papelitos. Blumfeld recorrió un poco más la cortina. Los papelitos siguieron varios rumbos. Y temblor en las manos, impotencia por no ver el rostro del muchacho. Sólo su espalda y la camisa a cuadros. Lo demás, como antes, en continuo anonimato.

    El muchacho inclinó la cabeza. La fiesta de papelitos terminó, apenas restos en el piso. Vagando. No se advertían desde la altura indicios de voz, aunque Blumfeld supuso algún murmullo, una palabra de decepción en el muchacho. La mujer cambió su postura. Intacto el rostro, adelantó un poco el cuerpo y la bata, entreabierta por la variación, mostró la luz de las piernas. Blumfeld, tentado por el deslumbre, inclinó la cabeza y dio un paso al frente, muy cerca el cristal. Partícipe de la escena, a su modo. Disfrutó la contemplación. Impaciente estaba por otro atisbo, ya olvidado del muchacho, cuando la mujer alzó la mirada y la dirigió a la ventana donde la espiaban, con suficiencia, como si siempre lo hubiera sabido. Después, con parco gesto, señaló a Blumfeld. La mano apuntó muy blanca, abierta, casi ala. Y perceptibles, incluso, por la intensidad, las uñas. Blumfeld se retiró de la ventana. Cerró las cortinas. No supo si el muchacho había volteado. La penumbra ocupó el ámbito. Una noche interior en el reloj, en el vaso, en todos lados. Blumfeld sintió el primer anuncio del dolor. Lo había aprendido a identificar. Primero los vivos ojos, las pupilas incandescentes, los objetos coronados por resplandores. Un paisaje alcalino en cualquier cuarto. Como cualquier atisbo de sol, en el horizonte. El doctor le había dicho que debía manejar la tensión. Su cabeza, insistió, era frágil registro del mundo, caja de resonancia, vulnerable a casi todo. Y entonces el ritual, el agua rebosante en el vaso y las pastillas, una por una, en la invitación de la mano abierta y en el rostro. Se sentó en el sillón, miró las cortinas cerradas. Las manos fueron a la mesita de luz, destaparon el frasco y las pastillas. El vaso en lo alto, no rebosante y sin reflejos. La inclinación de la mano y las pastillas de nuevo.

    Blumfed cerró los ojos, intactas las manos blancas de la mujer, la bata roja, las piernas. El asedio en la cabeza por la intensa luz. Sin embargo el dolor cedía con el tiempo, una onda apenas, como una piedra al fondo, su reminiscencia en un lago. Se levantó y rodeó el sillón. Encontró una rendija en la cortina. Segundos estuvo, indeciso de husmear, de un lado a otro. Al fin se decidió. Poco a poco se metió en la cortina, primero la nariz, luego los ojos. En la casa de enfrente no estaba la mujer. Tampoco el muchacho. Los papelitos desaparecidos. Blumfeld suspiró. Iba a terminar su exploración cuando la inclinación de la cabeza, suficiente por el ángulo, lo llevó a la reja del edificio. A los barrotes blancos, a la maceta de escasos geranios, al buzón que volvía y que obsesionaba. Entonces el muchacho. Estaba ahí, con su mochila, haciendo guardia, junto a la puerta. Blumfeld respingó. Obra de casualidad el muchacho, no. Era la mano blanca, los macacos, los papelitos dispersos. “Que se quede ahí, que toque las veces que quiera, no me importa”, pensó. Paseó caviloso, una vuelta al sillón, otra más. La noche casi completa en el exterior, sólo alegres las sombras, las ramas de los árboles. Temeroso pasó los siguientes minutos, en la cocina, esperando el sonido del timbre. Estaba sentado, con los brazos extendidos. Apenas parpadeaba. La mente inmóvil aunque no pasó mucho tiempo para que imaginara al muchacho abriendo la puerta, el rechinido del gozne, su sombra en la maceta de escasos geranios.

    Blumfled dio una vuelta a la cocina, orbitó una vez más el escenario. No había ruidos. Pensó en las pastillas, en que debía tener a la mano un vaso con agua. Guerra de nervios mientras abría el garrafón pero aun así pudo completar el vaso. Después, en el baño, el frasco mudó de los entrepaños a la bolsa de su camisa. Muy rápido, en un solo movimiento. Luego, incapaz de regresar al sillón, caminó por la sala, por el comedor, por el largo pasillo. Después del recorrido, más tranquilo, abandonó el vaso en la mesa y miró las cortinas. Tras ellas, una sola luz, el resplandor de las lámparas. Iba al sillón de piel cuando se dio cuenta que la ventana estaba abierta. Una anomalía era el espacio libre pues recordó que la había cerrado, incluso había puesto el seguro. Entonces se acercó y, antes de cerrar, bajó la vista a la reja. El muchacho en la misma posición. Blumfeld interrumpió su mirada. Increíble su perseverancia, su necedad, su locura. Iba a repetir su perorata mental, que no iba a abrir, que hiciera lo que gustara, cuando escuchó los pasos de un vecino en la escalera. Una mujer, con más precisión, pues eran nítidos los tacones. Podía seguir con claridad la trayectoria, descendiente en la escalera. Y escalón tras escalón el ordenado taconeo, primero la punta, luego el peso completo. Los pasos llegaron al primer piso y, retomando Blumfeld la visión, entró a escena la vecina, en la planta baja, a escasos metros del otro. El muchacho seguía inmóvil aunque había algo vivo en su semblante. En las cejas, bajo los ojos, quizá un temblor. Blumfeld apartó por completo la cortina. Recordó el vaso en la mesita de luz y en la camisa las pastillas. La vecina sacó de su bolsa las llaves. La pereza de la mano, el cuidadoso movimiento a la cerradura. Y así, después del leve giro, del rechinido del gozne, dirigió una sonrisa al muchacho. Mala señal, interpretó Blumfeld. Y todo se agravó cuando vinieron palabras que acabaron pronto. Tal vez una pregunta, un saludo. Los labios —a pesar de la brevedad— conservaban intacta la inercia y buscaron nuevo intercambio. El muchacho volvió a hablar. La vecina respondió. Un par de veces más. Blumfeld, desesperado en la ventana, el rostro cerca del viento, buscó alguna palabra. A pesar del silencio sólo murmullo como humo, indescifrable. Al fin la vecina se despidió y tomó su rumbo en la calle, pero dejó la puerta abierta y el muchacho quedó a mansalva, a pocos pasos de la escalera. Blumfeld cerró los ojos con el primer paso, cuando la puerta se cerró y la sombra sobre la maceta y los geranios. “¿Por qué no le dio un folleto a la vecina?”, pensó para distraerse, mientras se alejaba. Miró la puerta de entrada, la cerradura, la pequeña mirilla donde espiaba a los vecinos. Una onda en la superficie del vaso, apenas visible. Pero el movimiento no pasó inadvertido para Blumfeld que lo achacó a los pasos del muchacho en la escalera. Escalón tras escalón, como antes la mujer, ahora en sentido contrario. La misma perturbación en el vaso. Un poco de fosforescencias, casi flotando, anuncio de una nueva punzada en la cabeza. Diminutos insectos en el ardor de los ojos, en el cerebro. Sacó el frasco de la camisa. Con movimientos rápidos las pastillas de nuevo en su lengua y la inclinación veloz para apresurar el trago. El efecto fue rápido. ¿Qué le diría al muchacho? ¿Abriría la puerta? Esta última opción le pareció imposible. También la impune observación del extraño, por la mirilla. Durante algunos segundos se convenció de que el muchacho no llamaría a su puerta, que iría con otro vecino, que desistiría de su empresa. Sin embargo las esperanzas se vinieron abajo por los pasos ligeros, como ejército avanzando, pacientes y cercanos. La aproximación directa, tal vez en el piso inferior, lo puso en guardia. Volvió a meditar: una vez ofrecido el folleto no podría negarse, no podría decir “no” y tuvo miedo. Se dirigió al sillón, luego al comedor. De nuevo, como antes, orbitando. Pero ir de un lado a otro no era la solución. Necesitaba algo más, entre tanta nube en la mente una certeza. Aún cavilaba cuando los pasos llegaron a la puerta. Detenidos un instante, delatados por la sombra artificial de las lámparas. Blumfeld miró la puerta, la cerradura, la mirilla. Intuyó el cuerpo al otro lado, la mochila, el gesto. La atareada respiración por el cansancio. Incluso, formados en su mente, los latidos. Blumfeld fue a la sala, recogió una arrugada gabardina. No quiso esperar el toque. Supo que, al no haber timbre, la mano se convertiría en puño acercándose a la madera. Dos tímidos toques, luego la insistencia, más fuerte, la repetición. Blumfeld abrió la puerta de la cocina y cruzó el pequeño cuarto de lavado. Otra puerta ahí, que daba a una escalera y ésta a la azotea. Estableció la ruta, se puso la gabardina, aferró las manos al metal y comenzó la ascensión. En el trayecto tuvo miedo de un resbalón, la vacilación por una endeble soldadura, una caída. Una última imagen: su cabeza rota en el suelo y el silencio. Sin embargo siguió, peldaño tras peldaño, porque seguía el muchacho tras la puerta, inminentes los nudillos en la madera, quizás el contacto en ese momento.

    Blumfeld llegó a la azotea, relajó los brazos. Más libre, el escenario sin fronteras visibles, inabarcable con los ojos. Sintió el viento en las manos, en la cara, en los cabellos. Regresó el hormigueo. En medio del triunfo sintió pena por el muchacho, paciente junto a la puerta, tocando. La noche era plena en la ciudad. Por la altura los edificios parecían más cercanos, también las calles, las luces, los anuncios. Desde ahí podía ver el centro comercial, una clínica, escasos coches en fila. El ámbar del semáforo, a lo lejos, una estrella. Paciente como los autos miró y miró. Las antenas de televisión eran despojos. A unos metros distinguió la azotea de la casa de enfrente, donde había aparecido la mujer ataviada con la bata roja. Recordó la escena anterior, quiso imaginarla en la sala, despreocupada, quizás mirando la televisión, inmune al encuentro con el muchacho. Entonces observó el blanco inicio de su cuerpo, las manos aferradas a la escalera. La mujer llegó a la azotea. La bata roja parecía, por el leve viento, una bandera. Dedicó unos segundos a curiosear. Hubo un momento en que fijó la mirada en la zona más lejana de la calle, como si tuviera miedo al encuentro con otro muchacho. Blumfeld miró en la misma dirección. Cuando volvió a la mujer, ésta lo observaba tranquilamente, después extendió el brazo y lo señaló.


    Texto publicado en la edición 146 de Crítica


    Escrito por Ale­jan­dro Badillo

    (Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad

     

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Tú me dirás que buscas estilo, y forma, y mamada y media; porque tu doctorado en letras te hizo un misógino de las escritoras como yo; porque me dijiste, cuando estábamos en la peda de la presentación del libro de Tony a medio semestre: “Todas las mujeres que escriben, escriben sobre un sólo tema: sus frustraciones amorosas y el poco sexo que tienen. Si se las cogieran rico dejarían de escribir.” Eso dijiste. Porque se sienten, según tú, menospreciadas por todos los machos del mundo, y recitaste un catálogo de escritoras que se la pasaban lavando trastes, cuidando hijos, trabajando y en sus ratos libres componían frasecitas bucólicas para demostrarse a sí mismas que valían algo como literatas, con sus cuentitos o novelitas rosas, y que ellas le echaban la culpa a todo, menos a su incapacidad literaria, porque eso sí, Doctor, tienes una memoria muy buena, pero sólo repites y repites como perico todo lo que aprendiste hace siglos. ¿Y tú qué eres, eh? Un escritor fracasado, eso eres, ¿o no? Un escritor mediocre. Por eso te dedicas a hurgar dentro de los textos de los demás tratando de encontrar fallas en las comas, en los acentos, en los lugares comunes. ¿Te acuerdas cuando te enseñé mi cuento de las “Mantarrayas asesinas”? ¿Qué fue lo primero que dijiste?: “Tienes el más extraordinario talento para poner el más horrible título de la historia de la literatura, Pina.” Y te echaste a reír como loco, sí, como un desquiciado mental. Y cuando viste que no tenía ninguna cita literaria, me dijiste que así no se debía empezar ningún cuento, ni siquiera una novela o un libro de poemitas. Que todo escritor que se respetara debía escribir al comienzo un epígrafe o una frase tomada de otros autores para que su texto tuviera validez. Que así había sido siempre, por los siglos de los siglos, amén. Que escritor que no escribiera al comienzo una cita de algún famoso, estaba perdido en el limbo, que no pertenecía ni a Dios ni al Diablo, ¡ja!, tú hablándome de esas cosas. Y yo me burlé de ti y de todos aquellos escritores que toman frases de otros autores para darle validez a lo que escriben, como si ese fuera su boleto a la gloria; a la inmortalidad literaria. Yo te dije que no le había puesto ninguna cita porque no me interesaba lo que otros escritores pudieran haber dicho antes que yo; que eso me tenía sin cuidado. Te dije que las citas al comienzo de un libro eran como plumas viejas tratando de vestir patos nuevos. “¿Ves?”, me replicaste, “tu sentido de las imágenes y de las metáforas es muy chafa. ¿Cómo que putos? Eso es intolerante y primitivo.” Y te levantaste de la mesa y fuiste a destapar otra cerveza. Yo te grité, pero creo que no me oíste, pero si me escuchó la maldita avestruz: patos, dije patos. No putos. Pero cuando regresaste, yo ya estaba conversando con tu amigo el escritor Tony, el que a solas tú me decías que era escritor cubista, porque sólo escribe cuando bebe cubas, y te burlaste de él en tu casa cuando supiste que acababa de ganar un premio literario: “Mira, soy el escritor cubista, y escribo como si estuviera en la comuna de París de 1870, pura escritura automática, y soy bien puto, me gustan Rimbaud y Verlaine y haríamos un ménage à trois literario.” Pero en la presentación de su libro, enfrente de él, discutías como si fuera tu gran cuate sobre la dialéctica que encontrabas en Coetzee, o en Orhan Pamuk, o en Haruki Murakami o Roberto Bolaño. Yo le estaba preguntando qué se sentía ganar un premio tan grande como el que había ganado cuando regresaste con tu chela y lo primero que dijiste fue que los premios no servían para un carajo, que sólo eran pendejadas, porque la literatura no se podía calificar de esa manera, “salvo tu premio, Tony”. Y dijiste salud, “Salud Tony, Bris, Pina y ustedes que están allá, Benny y Jimy, salud a todos.” Ahí fue cuando pensé que tus amigos escritores se ponían sus diminutivos agringados; afrancesados, raros, para parecer más cosmopolitas, más internacionales, tanto como los nombres de sus personajes, ah, todo por la internacionalización de su literatura que ni su madre lee. ¿Te acuerdas lo que le dijo Juan José Arreola a Leñero? Que lo que debía hacer para ser escritor, si quería serlo, era quitarse un apellido, porque Leñero se llamaba Vicente Leñero Otero y sonaba del nabo. Así me dijiste a mí la primera vez que entré a tu Taller de Narrativa y quisiste pasarte de lanza conmigo: “Para ser escritora, Josefina, te deberías quitar el apellido Pérez. Los escritores Pérez no tienen derecho a existir en la literatura. ¿Qué te parece si mejor te ponemos Josefina Holly?, así te podemos llamar de cariño: Pina Holly, como Pina Warhol”, y te echaste a reír junto con toda la clase. Yo no supe qué decir en ese momento. Me habías tomado por sorpresa. Luego nos diste la instrucción de que por un día completo no debíamos hablar con nadie, sino escribir todo en una libreta, como los mudos y tratar de oír el habla de la gente. Yo salí de clase con la cabeza más revuelta que como había entrado, te lo confieso. Pero intenté hacer la tarea ese mismo día, nada de palabras habladas. Y al siguiente lunes, cuando llevé mi trabajo, me dijiste que sólo había caído en lugares comunes, y nos preguntaste: “¿Ustedes creen que así hablan los campesinos de Rulfo? No, así no hablan, Rulfo transformó el lenguaje y nos hizo que creyéramos que así hablaban los habitantes de Comala, pero no es cierto. Rulfo hizo poesía. ¿Quién de ustedes ha leído el Pedro Páramo?” Sólo un wey que estaba sentado hasta delante levantó el brazo. Yo, teacher, pero fue hace muchísimo tiempo y la mera verdad no le entendí nada. Tú te levantaste del escritorio y te fuiste al pizarrón blanco. Con el plumón negro pusiste un punto en medio: “A ver, jóvenes… ¿qué es esto?” Todos quedamos callados hasta que el compañero de atrás gritó: “Un punto negro, profe”, “No, señor, esto es el universo y ustedes están dentro. ¿Qué necesitan para salir de él?” El mismo compañero gritó: “¿Una coma?”, y, como una avalancha varios más gritaron: “¿Tres puntos suspensivos? ¿Unas comillas? ¿Un paréntesis?” Tú nos escuchaste, moviste la cabeza y dejaste otra tarea más: “Quiero que escriban un texto donde ustedes están en este punto y desde ahí miran lo que hay afuera, ¿entendieron? Y además, lean el Aleph de Borges”. “Oye, Holly”, me dijo mi compañero cuando salimos de clase ese día, “¿tú le entiendes a este wey?” Nada, le dije, y no soy Holly, idiota, me apellido Pérez. Pero mi contestación no es lo importante, sino que intenté hacer la tarea tal y como nos lo habías ordenado: yo era un punto y trataba de salir a explorar el universo. ¿Te acuerdas cómo empecé esa tarea del punto negro?: “Miro la fría oscuridad que hay detrás de mí y el horizonte ardiente se ilumina.” Cuando lo leí en clase, recuerdo el seño fruncido y tus ojos atentos al suelo: “¿Saben qué son los adjetivos, muchachos? A ver tú”, y señalaste a una chava que estaba a mi izquierda. La chava metió su cabeza entre su libreta como una estúpida avestruz. Mi compañero entonces dijo: “¿Los que califican al sustantivo?” Hubo un silencio. Regresaste al escritorio: “No, jóvenes, los adjetivos son las piedras con las que ustedes tropezarán a cada rato. Pina, ¿qué te parece si quitas en tu texto ‘fría’ y ‘ardiente’? No crees que quede mejor así, escucha: “Miro la oscuridad que hay detrás de mí y el horizonte se ilumina”, ¿qué te parece? ¿No les parece mejor? Hay que eliminar todas esas piedras para poder ver la transparencia azul del cielo”, y te echaste a reír. No supe si lo habías dicho de broma o te burlabas de nosotros con ese adjetivo de “azul”. Ese día nos dejaste escribir un diálogo entre dos personajes, diciéndonos que el diálogo sólo funcionaba para hacer avanzar la acción, que todo diálogo como: hola, hola, ¿cómo estás?, bien, ¿y tú? debía ser ejecutado por la goma. Borrado del mapa. Esta vez sí me esmeré. Quería que mi texto no sufriera tu crítica tan dura, pero ni yendo a bailar a Chalma. El diálogo que inventé era entre un asesino y su víctima y así lo escribí: “No quiero morir, dijo ella. ¿Morir?, preguntó él, no vas a morir, vas a sufrir como yo sufrí cuando me dijiste que no. Ahora sólo me queda el rencor, ¿lo entiendes? ¿Entiendes que mis células estallaban por ti, que mis poros me debilitaban cuando te veía? Cuando te asesine, te cortaré en cachitos y freiré en el sartén tus manos, tus piernas, tus intestinos, tu cabeza y te comeré; chuparé tus huesos hasta el tuétano y ahora sí, por fin, serás para siempre mía. No me mates, seré tuya para siempre, lo prometo.” El día de clase moviste la cabeza: “¿Qué les dije, muchachos? Nada de florituras en los diálogos que ya no estamos en el siglo XIX. Tu texto, Pina, está plagado de diálogos inverosímiles, ¿cómo es posible que está siendo atravesada por el cuchillo de cocina y ella todavía le diga al asesino: ‘Si me comes, jamás tendrás mi corazón, maldito’? No, no y no. Eso déjaselo al engolado de Shakespeare, donde podía decir salvajadas como: ‘Oh, muero de mí, padre, la sangre se me hiela y veo todo oscuro y el mundo se acaba conmigo para florecer algún día’, mientras tiene una espada atravesada en el cogote.” Al finalizar la clase me acerqué a tu escritorio: “Disculpe, profe, pero creo que voy a dejar su taller, es que en verdad no le entiendo nada…” Tú me interrumpiste: “Te prohíbo que me hables de usted, si no soy tu abuelo. ¿Cuántos años tienes, niña?”, “Diecisiete”. “¿Diecisiete… mmmh? Está bien, está abierta la puerta de par en par para que te hundas en el fango.” Yo quedé parada ahí, como un espantapájaros. Ya no dijiste nada más. Salí del salón con la cola entre las patas. Esa noche no pude dormir, ¿te lo había contado? Intenté hacer la tarea que dejaste, pero no me salió nada. Entonces llevé un texto sobre la muerte que había escrito a los quince años; era muy breve. Cuando todos leímos comenzaste tu perorata: “Todos los escritores que apenas comienzan quieren escribir sobre dos temas comunes, corrientes y súmamente difíciles: amor y muerte. ¿Para qué escribir sobre amor si el Arcipreste de Hita ya lo ha hecho? ¿Para qué sobre la muerte si Jorge Manrique ya lo hizo? Lean Cartas a un joven poeta, de Rilke, y luego límpiense la cola con él. Necesitan leer mucho y escribir todo el tiempo si quieren convertirse en escritores. El amor no existe y sí el matrimonio” Cuando íbamos de salida me llamaste, de esto si te debes de acordar, porque hasta lo escribiste: “Veo que no abandonaste el barco, Holly.” “Todavía no lo sé, profe.” “Tienes un punto menos por hablarme de usted.” “No lo volveré a hacer, profe.” Te me quedaste mirando por encima de tus lentes: “¿Qué es lo que no entiendes?” “Todo.” “¿Todo…? A ver… vamos por partes, invítame un café.” Tiempo después te diría que aquella lanzada tuya me pareció grotesca. Tú me contestarías que en esta época era de lo más natural que las mujeres invitaran a los hombres; que ya estábamos a años luz del manual de Carreño donde el hombre era el caballo con bombín y la mujer la yegua con holanes. ¿Te acuerdas que yo pagué ese día en la cafetería de la escuela? Eso siempre fue muy propio de ti, Doctor. Buscabas el pretexto de la posmodernidad para salirte con la tuya: “Hay que quemar toda la música de Mozart porque él anuló el derecho al prodigio de los demás.” “¿Cómo es eso?”, te pregunté mientras le dabas un sorbo al café americano. “Es sencillo”, contestaste, “imagínate que el Quijote jamás hubiera sido escrito, mmmh, todavía tendríamos el derecho los escritores mortales a la inmortalidad.” “¡No entiendo!” “Es más sencillo de lo que crees, mira, todos los escritores, cuando les preguntan qué libro es su libro más importante, contestan: El Quijote, ¿por qué? Porque este libro tiene todo; todo lo que se puede contar.” “¿Y la Biblia?” “La Biblia no sirve para un carajo, más que para saber que fue escrita por monjes pachecos. El Quijote tiene una progresión dramática. Nos adueñamos de sus historias. Cervantes empezó a escribir el Quijote y no sabía, mientras lo escribía, hacia dónde iba el Quijote y, paradójicamente, fue a todas partes, ¿entiendes, Holly? La Biblia no tienen unidad, todos se pierden en su laberinto. Y así pasa con Mozart, no hay otro Mozart después de Mozart. Ante la genialidad, los demás desaparecen. Mira, hace poco descubrieron unas partituras de Mozart cuando tenía cuatro años. ¡Cuatro años, lo puedes creer! Así pasó también con ese traficante de armas de Rimbaud, escribe sus tres libros y luego nos deja a todos abandonados. Tendría que haber seguido escribiendo toda la vida para que se destruyera solo y no cayera en el territorio de la leyenda.” “¿Tú querías ser un escritor famoso, profe?”, te pregunté. “No”, contestaste serio, “eso es arte menor”, y luego soltaste una carcajada. Luego yo leería el Pierre Menard de Borges y cuestionaría tu teoría al recordarla. Pero en aquella ocasión, mientras aguardábamos la cuenta del café, te pregunté: “Oye, ¿pero entonces no crees en Dios, verdad?” Tú te levantaste de inmediato, creí que te había incomodado. “Nos vemos”, y así, sin más, te marchaste sin esperar la cuenta del café. Cuando te volví a ver en la escuela, me regalaste un libro que venía dedicado: “Gracias por el café”, y tu firma. Era un libro pequeño, de esos que publica la Universidad, donde venían tres ensayos tuyos: “Racionalismo y crítica”, “Vanguardia latinoamericana del cuento” y el último, que fue el más enredado de todos cuando lo leí: “La literatura del siglo XIX en el siglo XXI”, donde lo único que se me quedó fue que decías que el escritor moderno ya no se interesaba tanto por la experimentación lingüística como en el siglo XX, sino que el mercado había circunscrito la literatura a la narración de historias que pudieran venderse en el mercado, como en el siglo XIX, en la plaza pública. Fáciles y sencillas. Que el autor del siglo XXI sólo era un proveedor de contenidos y no de literatura. Pero cuando te pregunté qué obra te gustaba más, si Rayuela o Cien años de soledad, dijiste que Cien años de soledad porque era divertida y sencilla, aunque luego pusiste tus eternos peros: “Rayuela tiene el mérito de ser una novela incomprensible para los mortales, la tienes que leer, y olvidarla lo más pronto posible para que no quedes loca, pero es extraordinaria.” Y luego comenzaste a hablar de las teorías de Ítalo Calvino, que algunas te parecían que estaban caducas: “Eso de escribir corto porque estamos avasallados por los medios de comunicación es una patraña. Calvino murió en el 85 y todavía no se ponía de moda el internet, ni los chats, ni el facebook, ni los trillones de blogs y ahora se escriben novelas gigantescas como 2666 de Roberto Bolaño o Los poderes secretos de Milena Ravensburg de Oviedo, con sus más de dos mil páginas.” Y ahí te hice una pregunta que te tardarías mucho tiempo en responder: “¿Y entonces qué debe llevar la literatura de hoy?” Yo sabría después que siempre andabas en busca de las novedades literarias; ibas a Sanborn’s a comprar los premios Alfaguara, Planeta, Tusquets. A Profética, los libros de escritores que admirabas y que, al mismo tiempo, con energía soterrada, envidiabas: Junot Díaz, Henning Mankell, Baricco, Marías y los mexicanos Ignacio, Jorge, Pedro y Vicente como cuatro apóstoles de una religión prohibida que tenía mucho éxito. Pero para tu columna semanal del periódico, esa que escribías palmo a palmo, ibas a la librería de viejo y rescatabas a un autor desconocido y lo tratabas como si fuera un Mesías olvidado en su tierra. Lo revalorizabas. Lo reinventabas. Así la gente, tus lectores, te tenía como un crítico enciclopédico, erudito, pero, por encima de todo, como un hombre bueno. Y también descubrí que empezabas a leer los libros por el final. “¿Por qué siempre lees el final y no comienzas como la gente decente?” “Porque si lo comienzo desde el principio me da güeva llegar hasta los últimos capítulos, entonces leo el final y luego el principio, así, si abandono el libro a la mitad, ya no me importa, sé cómo comienza y cómo termina, lo que hay entre estos dos puntos usualmente no vale la pena, tanto como la primera frase de arranque.” ¿Recuerdas la clase donde nos hablaste de la primera frase de los cuentos?: “Siempre les meten en la cabeza la idea de la primera frase, que tenga punch, fuerza, garra, para atrapar al lector. Eso, muchachos, es una vil receta de cocina, nada más falso, no traten de venderse por una sopa de letras. Esos cuentos de frases arrolladoras son, en su mayoría, cuentos de hace siglos y sólo cuentan una historia porque la cierran desde el principio, con su famosa primera frase.” “¿Y qué debemos hacer, teacher?”, preguntó mi compañero. Tú quedaste callado, meditaste un rato. Me imagino que querías fumar, pero como había entrado en vigor la nueva ley antitabaco, sólo te mordiste las uñas: “No sólo la literatura ha cambiado, sino el lector. Me explico: antes no había tantos medios de comunicación y el lector era feliz leyendo sobre un sólo tema. Ahora al lector del siglo XXI puede dársele toda la información en el menor espacio posible.” “¿Cómo, profe?”, preguntó la puta avestruz que se estaba volviendo más participativa en clase. “En su literatura deben tratar de agotar todo el mundo, meterlo todo, todo, todo en el menor espacio posible.” Días después te pregunté que sí eso no era venderse como se vendían las películas gringas donde había tanta acción que a uno le estallaba la cabeza al verlas. Tú me dijiste que había una diferencia fundamental: “Paradiso es una catedral, pero ahí se queda, con sus barrotes y columnas enclaustrados. Lo que se debería buscar es la claridad, la transparencia, la luz, para encontrar el universo.” “No entiendo, profe.” “¿No entiendes, Holly? Hummm, déjame ver… ¿Qué vas a hacer este fin de semana?” Tu pregunta me sorprendió, pero contesté: “Nada, profe.” “Tengo una casa de campo, podrías venir conmigo.” Yo estaba incómoda, mi relación contigo era puramente intelectual: maestro-alumna. Muchas veces no entendía de qué cuernos me hablabas, ni las palabras que usabas, como endrino, zahorí, prafsa, así que me quedé callada. “Bueno, piénsalo, esta invitación no se da todos los días, ¡eh!” Yo intuía que tú tenías mundo; se te veía en todas tus maneras. Hablabas con tanta seguridad de todas las cosas; no había tema en el que no pudieras argumentar. Pasé dos días tratando de decidirme, vivía en casa de mis padres y tenía un miedo milimétrico que me empezaba en las tripas y me terminaba en el culo. Por fin, la mañana del viernes te llamé para decirte que sí iría, después de engañar a mis padres con una excusa obligatoria de la escuela: “¿Y cómo a qué hora pasas por mí, profe?”, “Mira, Holly, mi camioneta está en el taller, nos vemos en la Central Camionera a las cinco.” Y me colgaste. ¿Quién te creías? ¿Eh? Llegué retrasada porque todavía iba indecisa, mi madre me echó como treinta bendiciones mientras que mi papá marcó a mi celular varias veces para estar seguro de que servía. “Ya me iba a ir sin ti, Holly”, fue tu saludo. Llevabas una maleta en la espalda y una cachucha de los 49s de San Francisco. “¿Traes para tu pasaje, niña?” Yo negué con la cabeza. “Bueno, pero para la próxima tú invitas.” Compraste dos boletos hacia la Trinidad, en la montaña. Y partimos casi a las seis de la tarde. Esto lo escribiría en un cuento meses después, cuando ya andábamos, tú me habías dicho que debía vivir las cosas en carne propia, para tener experiencia vital. Y me apostaste a que no podría escribirlo tal y como lo recordaba, porque en ese tiempo, según tú, yo ya estaba enamorada de ti pero no era cierto y así lo escribí: