Narrativa

  • Olvidar en la calle İstiklal

    para Sermin

     

    Después de que el anatomista británico William Harvey descubrió y describió la circulación de la sangre a comienzos del siglo xvii, los urbanistas del barroco comenzaron a idear las metrópolis según el modelo del cuerpo humano, lo cual tuvo por consecuencia que entendieran y concibieran los sistemas de tránsito como una especie de circulación sanguínea. Es ese el origen de expresiones como “las arterias de la ciudad”, “los pulmones verdes de los parques” y “el tráfico que circula y se colapsa”. Por eso no debe causar sorpresa que la intensa experiencia que viví hace año y medio en mi primera visita a la calle İstiklal Caddesi en Estambul insertara metafóricamente la propia corporeidad en la ciudad.

    Aquel sábado de octubre, cuando mi amiga turca y yo doblamos a las diez de la noche por el tramo de tiendas y locales de entretenimiento en Beyoğlu, el barrio más occidentalizado de Estambul, nos succionó inmediatamente el río de transeúntes; empujados, apretados y arrastrados pasamos frente a cafés, restaurantes, boutiques, librerías y tiendas de artículos musicales que dieron el compás a la multitud mediante grandes altoparlantes. La calle, adoquinada en el centro y revestida de losas de hormigón en los lados, estaba tan repleta de gente, a lo largo y a lo ancho, que daba la impresión de que en aquel lugar las arterias de la ciudad quedaban al descubierto y se podían ver las pulsaciones del corazón abierto. Claro, esto sólo si uno se abría paso hasta un rincón o la entrada de una casa, o era expulsado por el gentío hacia una de las muchas callejas que desembocan allí, pues en medio del río humano no era posible pensar en detenerse y observar serenamente.

    Las tiendas que permanecían abiertas hasta tan tarde y la multitud sin fin que aparecía en ese lugar hubieran bastado para asombrar a un observador acostumbrado a la vida en Austria. Lo más sorprendente y enigmático, sin embargo, era la velocidad con que la gente atravesaba la İstiklal Caddesi, la Calle de la Independencia. Aquí no se andaba dando vueltas, no se paseaba, callejeaba o deambulaba, sino se iba a toda prisa, a la carrera, con precipitación, a paso de marcha a través de la noche. Al principio me sucedió un poco como a Franz Hessel, que cuando paseaba por el Berlín de los años veinte no tuvo más remedio que afirmar con resignación: “Aquí uno no camina por un lugar, sino hacia un lugar.”[1] ¿Podría ser acaso que todas esas personas alegres y apresuradas tuvieran que cumplir compromisos de estudios o negocios, o realizar compras urgentes tan tarde en la noche del sábado? ¿Entonces para qué el apuro? Cuanto más avanzábamos como parte de la multitud, más claro se me hacía que mi asociación con el Berlín de Hessel era falsa. Aquí no se iba hacia un lugar. Aquí nadie tenía que ir a ninguna parte, pero lo hacía del modo más rápido. En realidad encontré una u otra cara varias veces aquella noche, en lugares diferentes y andando en direcciones opuestas. Probablemente algunos trataban de recorrer de un lado a otro con la mayor frecuencia posible el tramo entre Tünel y la Plaza Taksim, los dos extremos de İstiklal, más rápido que el nostálgico tranvía que une los dos puntos atravesando una vía situada en el centro de la zona peatonal. Como si un exceso de energía y expectativa debiera oscilar lentamente entre ambos polos, para descargarse aunque fuera por agotamiento.

    Esta bípeda aceleración nocturna se contrapone abiertamente al infarto paralizante que la ciudad sufre varias veces al día en las horas de máxima circulación de vehículos a causa del acelerado crecimiento de la población, y puede hacer del trayecto de uno o dos kilómetros en auto desde Eminönü hasta Beyoğlu, pasando por el puente Galata, una verdadera prueba de nervios de más de una hora de duración. ¿Recuperan los jóvenes de Estambul en la calle İstiklal la travesía libre, la embriaguez de la velocidad que les fue negada en el camino a Taksim? El barrio que primero se llamó Pera, que significa en griego algo así como “el lado de enfrente”, fue asignado a los genoveses en el siglo xiii por los gobernantes bizantinos de entonces, que residían al otro lado del Cuerno de Oro. En los tiempos siguientes no sólo se establecieron allí italianos, sino también franceses, griegos, armenios y judíos. El barrio floreció en el siglo xix, cuando el sultán se mudó con su corte al cercano palacio Dolmabahçe junto al Bósforo, y las embajadas europeas comenzaron a establecerse allí. Cuando un gran incendio destruyó en 1870 muchas de las antiguas casas de madera otomanas, éstas fueron sustituidas por construcciones de piedra al estilo del historicismo y el art nouveau, y aparecieron también algunos pasajes de los que se pusieron de moda en el París del siglo xix. Allí se podía vivir al margen del continente como en una metrópolis europea; en la Gran Avenida de Pera, como se llamaba antes la calle İstiklal, era posible disponer de toda la oferta material y cultural que apreciaba una burguesía refinada, y al mismo tiempo uno se encontraba en el Oriente. En esta parte de la ciudad tan influida por lo francés y por la decadencia era posible esperar que persistieran restos de una tradición de ocio y del hábito de pasear sin propósito fijo.

    “Andar despacio por calles animadas es un placer especial. A uno lo encubre la prisa de los otros, es un baño en el oleaje.” Así comienza el libro de Franz Hessel: Un paseante en Berlin. Walter Benjamin, a quien lo unió una fuerte amistad con Hessel, ve en esta figura del flâneur al caminante ocioso que vive la ciudad como paisaje, al típico poblador de los pasajes parisinos. El flâneur se oponía a la economía del tiempo y se deslindaba de manera provocadora del  movimiento afanoso de los otros adoptando gestos como llevar una tortuga sujeta de una correa. ¿Será posible que en Beyoğlu se haya olvidado por completo ese arte de perder el tiempo voluptuosamente, de contemplar las cosas y moverse sin propósito alguno rodeado por la multitud? A la tarde siguiente regresé y me senté frente al recién renovado Çiçek Pasaji (Pasaje de las flores), junto a una ventana del primer piso del café Neoklasik, para poder dominar con la vista la zona peatonal. Y verdaderamente la gente caminaba sin prisa como en cualquier otra calle comercial del globo terráqueo, se paraban a mirar las vidrieras, conversaban y después seguían paseando. Por supuesto, había también gente apresurada, pero el ritmo básico era relajado. Esto hacía más misteriosa la transformación nocturna. ¿Qué es lo que sale a la superficie después de mantenerse reprimido a la luz del día?

    ¿Puede determinarse el momento cuando los peatones comienzan a acelerar sus pasos? Debe ser después de que se pone el sol que hombres y mujeres comienzan a reunirse en la calle İstiklal, siguiendo misteriosas promesas, para avanzar en las profundidades de la noche bajo la iluminación artificial, por el seductor caos de las masas humanas y de las bocacalles llenas de bares, restaurantes y clubes. Sin duda, esta transformación nada tiene que ver con la que se produce en el Londres del siglo xix en el cuento de Edgar Allan Poe, “The Man of the Crowd”, donde desaparecían “los rasgos más agradables a medida que el sector ordenado de la población se retiraba” y “los más ásperos se reforzaban con el surgir de todas las especies de infamia”.[2] La muchedumbre que se reúne en la calle İstiklal es sobre todo un resultado de la afluencia de jóvenes de todo Estambul y de los lugares cercanos. Pudiera ser que el cambio obedezca a una simple ley física, que ordene al río humano fluir con mayor rapidez cuando se reduce el espacio disponible. Pero, ¿es suficiente en realidad la física para explicar una transformación como ésta?

    Me parece más revelador relacionar la velocidad con que caminamos con el propio estado de nuestro cuerpo. Caminar es ciertamente una forma de estar erguido, pero en el fondo es una forma controlada de caída, un constante detener la caída del propio cuerpo, un arte que se adquiere trabajosamente en la niñez a costa de moretones y chichones. Sin embargo debemos admitir una debilidad, que sólo se manifiesta cuando damos pasos en falso y resbalamos: al caminar no nos queda más remedio que someternos siempre a los efectos de la gravitación, y sólo el correcto aprovechamiento de sus fuerzas de ataque mediante el uso coordinado de los músculos lleva al movimiento de avance. Pero caminar no es sólo movimiento en el espacio, sino también en el tiempo. Así entra en juego una segunda fuerza, en este caso de relaciones, el tiempo personal y el tiempo histórico, que determinan de maneras muy diferentes cómo y hacia donde dirigimos nuestros pasos.

    Otra ojeada a la historia de la antigua Peras quizás pueda indicarnos sobre qué líneas de fractura actúan las fuerzas de la aceleración. Después de que el barrio alcanzó su máximo esplendor a comienzos del siglo, las consecuencias políticas de las dos guerras mundiales mermaron fuertemente la población extranjera, a la vez que el desplome del imperio otomano y la proclamación de la república en 1923, con el establecimiento de la capital en Ankara, contribuyeron a que se redujera su importancia. Como consecuencia, armenios, griegos, búlgaros y judíos, la mayor parte de los extranjeros, se mudaron a distritos mejores o abandonaron el país, especialmente después del pogromo de Estambul de 1955 y el conflicto de Chipre en 1974. Los precios de los alquileres cayeron, y miembros de las capas pobres, entre ellos muchos anatolios, habitaron las calles deterioradas. Sólo tres golpes militares después se produjo, en los años noventa, una revitalización del barrio y regresaron las tiendas y empresarios jóvenes a Beyoğlu. Sin embargo, hasta el día de hoy subsiste un contraste entre el esplendor de la İstiklal Caddesi con su entorno más cercano y las numerosas callejas, algunas sin pavimentar, en las que siguen viviendo turcos pobres. No causa sorpresa que el akp dirigido por el primer ministro Erdoğan, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, conservador e islámico, sea la fuerza política dominante en el barrio. El duro choque entre tendencias conservadoras y progresistas característico de Beyoğlu lo es también de toda Turquía. Numerosas turbaciones son la consecuencia de las tensiones entre la orientación hacia Occidente prescrita por el kemalismo y las formas de vida tradicionales o influidas por el Islam, entre el occidente y el sur modernos de Turquía, altamente productivos, que aportan la mayor parte del crecimiento económico de un 7.5%, tres veces mayor que el de la Eurozona, y el oriente fundamentalmente rural, del cual procede la mayoría de los que emigran a la ciudad, entre los militares, que siguen influyendo en la política del país y se consideran garantes de la constitución laicista del Estado, y las fuerzas islámicas, que triunfaron claramente en las últimas elecciones parlamentarias, efectuadas en 2002 y 2007. La altura de caída que acelera a los transeúntes nocturnos es resultado de la dureza de las fracturas históricas, políticas y sociales, que por supuesto también son visibles en Estambul, la mayor ciudad de Turquía. Y cuanto mayor se hace el componente de caída en la marcha, tanto más aumenta la aceleración. Una pequeña escena puede arrojar luz sobre las brechas que también atraviesan la bien pavimentada calle İstiklal.

    El sol estaba casi vertical sobre las arterias de Beyoğlu cuando el muecín de la pequeña mezquita Hüseyin Aĝa, construida en 1557, que se levanta al lado mismo del local del tkp (Partido Comunista de Turquía), dirigió a la zona peatonal su llamado a orar, con una amplificación de miles de vatios. Mi amiga turca, visiblemente golpeada por el infernal ruido, me aseguró que aquello no había sido así un año antes. La lucha de culturas se libra aquí (todavía) con decibeles, el enfrentamiento acústico entre el Corán y el pop forma parte del cambio de golpes cotidiano. Pero este conflicto no sólo es una consecuencia de las tendencias internacionales de reislamización, también en este punto Turquía es alcanzada por su propia historia. Orhan Pamuk ha llamado la atención, en uno de sus ensayos, de que en Turquía la orientación hacia Occidente, la idea europea, fue siempre un instrumento con el cual se podía imponer lo que no existía en la propia cultura y en la propia historia. “En nuestro país este concepto justifica la aplicación de la violencia, los cambios políticos radicales y una ruptura brutal con la tradición. Desde la promoción de los derechos de las mujeres hasta la violación de los derechos humanos, desde la democracia hasta la dictadura militar, muchas cosas se justifican con el acercamiento a occidente.”[3]

     

    En La lentitud, Milan Kundera desarrolla la idea de que “el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad del recuerdo, y el grado de velocidad, directamente proporcional a la intensidad del olvido”.[4] Según esto, una persona que quiere recordar algo se vuelve automáticamente más lenta, mientras que una persona que desea olvidar un incidente desagradable o algo que la agobia acelerará sus pasos. Los mencionados turbaciones y grietas en el espacio público, que por supuesto se continúan en las familias, la tendencia desafortunadamente vigente a  prohibir el debate de los problemas, síntoma de la cual son los procesos contra periodistas y escritores, y, como explica Pamuk, “el sentimiento de fracaso continuo que pesa sobre la ciudad desde hace ciento cincuenta años”,[5] son motivo suficiente para acelerar el paso, para buscar el olvido en los cines, bares, restaurantes y clubes a lo largo de la İstiklal. Pero el hecho de que los turcos jóvenes puedan permitirse disfrutar de la variada oferta y que Beyoğlu se haya convertido en un imán que atrae a hombres y mujeres amantes de las diversiones procedentes del mundo entero, indica que esa aceleración está muy lejos de ser sólo una fuga —“la velocidad es una forma de éxtasis”, dice acertadamente Kundera—, y tiene también el carácter de un resurgimiento.

     


    [1] Franz Hessel, Ein Flaneur in Berlin [Un paseante en Berlín], Das Arsenal, Berlín, 1984, p. 9.

    [2] Edgar Allan Poe, “El hombre de la multitud”, en Cuentos, trad. de Julio Cortázar, Alianza Editorial, Madrid, 1970, vol. I, p. 251.

    [3] Orhan Pamuk, “Una lectura privada del diario público de André Gide”, en Der Blick aus meinem Fenster. Beobachtungen (La vista desde mi ventana. Observaciones), Hanser, Munich, 2006. p. 79.

    [4] Milan Kundera, Die Langsamkeit, Fischer TB, Frankfurt del Main, 1998, p. 40-41. [Hay traducción castellana: La lentitud, Tusquets, Barcelona.]

    [5] Orhan Pamuk, Istanbul. Erinnerungen an eine Stadt, Hanser, Munich, 2006. p. 57. [Hay traducción al castellano: Estambul, recuerdos de una ciudad, Mondadori, Barcelona.]

     

    Texto publicado en la edición 132 de Crítica


    Por Udo Kawasser

    Nació en Austria en 1965. Poeta, narrador, ensayista, traductor de literatura latinoamericana, bailarín y coreógrafo de danza contemporánea, maestro de alemán en la Universidad de Viena. Estudió Filología alemana, francesa y española Recibió el Premio de Literatura Voralberger en 2001 y el Premio de Poesía Dulzinea, en 2008. Tradujo El cerebro que canta, siete poetas de lengua alemana, La Habana, 2009. Algunas de sus obras: Einbruch der Landschaft: Zürich-Havanna, 2007; kein mund. mündung, 2008. Ha publicado en las mejores revistas literarias de Austria, Alemania, Suiza y Bélgica como: Wespennest (Viena), ndl (Berlin), literatur+kritik (Salzburg), lichtungen (Graz), entwürfe (Zürich), allmende (Alemania), krautgarten (Bélgica), entre otras.

  • La esposa del coronel

     

    Traducción de Alejandro Meneses

     

    Todo ocurrió dos o tres años antes de que estallara la guerra.

    Los Peregrine tomaban el desayuno. Aunque estaban solos y la mesa era muy larga, ambos ocupaban las cabeceras. Colgados de las paredes, los ancestros de George Peregrine, pintados por artistas de moda en su época, los observaban desde lo alto. El mayordomo entró con el correo de la mañana. Había algunas cartas personales para el coronel, cartas de negocios, el Times, y un paquete para su esposa Evie. Miró las cartas y luego abrió el Times, se dedicó a leerlo. Terminaron el desayuno y se levantaron de la mesa. Se dio cuenta que su esposa no había abierto el paquete.

    —¿Qué es? —preguntó.

    —Sólo son algunos libros.

    —¿Quieres que lo abra?

    —Si quieres.

    No se preocupó por buscar las tijeras así que, con cierta dificultad, desató los cabos de la cuerda.

    —Pero si son el mismo —dijo cuando desenvolvió el paquete—. ¿Para qué quieres seis copias del mismo libro? —Abrió uno de los ejemplares— Poesía. —Leyó entonces la portadilla: When pyramids decay, por E. K. Hamilton. Eva Katherine Hamilton era el nombre de soltera de su esposa. La miró con una sonrisa de sorpresa— ¿Has escrito un libro, Evie? Eres una mañosa.

    —No pensé que podría interesarte. ¿Quieres uno?

    —Tú sabes que la poesía no está en mi línea, pero, claro, sí… me gustaría tener una copia. Voy a leerla. Me la llevaré a mi estudio. Tengo mucho trabajo esta mañana.

    Reunió el Times, sus cartas, el libro y salió. Su estudio era una estancia amplia y confortable, con un gran escritorio, sillones de cuero y lo que él llamaba “trofeos de caza” en las paredes. En los estantes había obras de consulta, libros de ganadería, jardinería, pesca y tiro, además de crónicas sobre la última guerra, en la que había ganado un mc y un dso.* Antes de su matrimonio había pertenecido a los Welsh Guards.** Al final de la guerra decidió adaptarse a la vida de un caballero de campo, en esa casa inmensa, situada a unas veinte millas de Sheffield, población fundada por uno de sus antepasados durante el reinado de Jorge III. George Peregrine tenía una propiedad de unos 15 mil acres, los cuales administraba con sensatez; era juez de paz y desempeñaba sus obligaciones a conciencia. Durante la temporada de caza lo acompañaba un par de sabuesos dos veces a la semana. Era un buen tirador, golfista y, aunque ahora estaba próximo a cumplir los cincuenta, aún era capaz de jugar una buena partida de tenis. Él mismo podría definirse, sin exagerar, como un deportista completo.

    Últimamente se había tenido que imponer un régimen de alimentación, pero conservaba una figura esbelta: alto, cabellos grises y ensortijados que apenas empezaban a ralear en la coronilla, ojos azules y francos, buena presencia y un color sano. Era un hombre público pero espiritual, presidía varias organizaciones locales y, como correspondía a su clase y posición, era un miembro leal del Partido Conservador. Consideraba su deber cuidar el bienestar de la gente desde su condición y para él era satisfactorio saber que podía confiar en Evie para atender a los enfermos y socorrer a los pobres. Había hecho construir un hospital rural en las afueras del pueblo y pagaba de su bolsillo los honorarios de una enfermera. Todo lo que pedía a los beneficiados de su bondad era que, en las elecciones, locales o generales, votaran por sus candidatos. Era un hombre amistoso, afable con sus subordinados, considerado con sus iguales y popular entre los habitantes de la zona. Se sentiría complacido, y al mismo tiempo cohibido, si alguien le dijera que era un simpático y buen amigo. Era todo lo que él quería ser. No deseaba nada más.

    Era muy mala suerte que no tuviera hijos. Hubiera sido un padre modelo, tierno pero estricto, y podría haber educado a sus hijos como correspondía a los descendientes de un caballero, mandarlos a Eton, por supuesto, y enseñarlos a pescar, a disparar, a cabalgar. El hecho es que su heredero era un sobrino —hijo de su hermano muerto en un accidente automovilístico—; no era un mal chico, pero tampoco una astilla del mismo palo, no señor, nada que ver; además, su tonta madre lo mandaba una escuela oficial, ¿pueden creerlo? Evie estaba tristemente decepcionada con él. Por supuesto, Evie era una dama y disponía de dinero propio, administraba su casa con una eficacia poco común y era una buena anfitriona. La gente de la aldea la adoraba. Cuando la desposó era una belleza de piel sedosa, con un delgado cabello castaño y una figura esbelta; además de poseer una salud a toda prueba, jugaba bien al tenis. George no entendía por qué no pudo darle hijos; por supuesto, ahora había languidecido, rondaba ya los cuarentaicinco años, su piel se había marchitado, su cabello ya no brillaba como antes y estaba tan delgada como una vara. Siempre vestía sencilla y apropiadamente, aunque parecía que a ella no le importaba su apariencia, no se maquillaba y tampoco se pintaba los labios. Algunas noches, cuando se arreglaba para asistir a una fiesta, uno podría decir que era una mujer atractiva, pero por lo regular, bueno, realmente pasaba inadvertida. Una buena persona, sin duda, y una esposa devota; no era su culpa ser estéril, pero para un tipo que desea un heredero de sus propios riñones es muy difícil conformarse; ella había perdido su vitalidad, eso era todo. Él supuso que estaba enamorado cuando le pidió que se casaran, por lo menos lo suficiente para un hombre que deseaba establecerse y tener una familia, pero con el tiempo descubrió que casi no tenían nada en común. A ella no le interesaba la cacería, la pesca la aburría. Naturalmente, cada uno quedó a la deriva. Él tenía que reconocer que nunca le había reclamado nada. Nunca le hacía escenas. No había pleitos en su vida. Al parecer, daba por sentado que el coronel tomara las cosas a su modo. Nunca le pedía que la llevara en sus viajes a Londres. Allá, George tenía una chica, bueno, no precisamente una chica, pues rondaba los treintaicinco años, según sus cuentas, pero eso no importaba porque era una rubia voluptuosa; él sólo tenía que aguantarle el paso para ir a cenar, después al teatro, y pasar la noche juntos. Bueno, un hombre, un hombre saludable y normal, merece un poco de diversión. A veces pensaba que si Evie no fuera tan formal, tan mujer de su casa, podría haber sido una mejor esposa. Pero esta idea no le agradaba y la desechaba rápidamente.

    George Peregrine terminó de leer el Times y, ya que se consideraba un leal compañero, hizo sonar el timbre para que el mayordomo le llevara el periódico a Evie. Consultó su reloj. Eran las diez y media, a las once tenía una cita con uno de sus arrendatarios. Quedaba media hora libre.

    Ahí estaba el libro de Evie.

    Lo tomó con una sonrisa. Su mujer tenía pilas de libros en su sala de lectura, ninguno que fuera de su interés, pero si ella los disfrutaba, él no tenía ninguna objeción en que los leyera. Se percató que el volumen que sostenían sus manos no tenía más de noventa páginas. Eso era lo bueno. Compartía la opinión de Edgar Allan Poe de que los poemas deben ser cortos. Pero mientras pasaba las páginas, se dio cuenta de que muchos de los de Evie tenían líneas muy largas, de medida irregular y sin rima. Eso no le agradó. En la escuela, cuando era apenas un niño, había aprendido un poema que decía: The boy stood on the burning deck, y más tarde, en Eton, otro que comenzaba así: Ruin seize thee, ruthless king; y ahí estaba el Enrique V, de ahí viene todo, la mitad de uno mismo. Repasó algunas páginas, consternado. “Esto no es poesía”, se dijo.

    Por fortuna, no todo el libro era igual. Intercalados con esos poemas excéntricos —tres o cuatro palabras seguidas de una línea de diez o quince— había otros más cortos, con rima, gracias a Dios, con versos de la misma medida. Algunos estaban titulados simplemente como “Soneto”. Por mera curiosidad contó las líneas: eran catorce. Los leyó. Le parecieron bien aunque no supo de lo que trataban. Repitió en silencio: Ruin seize thee, ruthless king.

    “Pobre Evie”, pensó.

    En ese momento el granjero al que esperaba fue conducido a su estudio, puso el libro hacia abajo y le dio la bienvenida. Se concentraron en sus asuntos.

    —Leí tu libro, Evie —le dijo cuando se sentaron a la mesa para almorzar—. Es muy entretenido. ¿Te costó mucho la edición?

    —No, tuve suerte. Lo mandé a una editorial y les gustó.

    —Entonces no se mueve mucho dinero en la poesía, querida —dijo con naturalidad, con un tono cálido y sincero.

    —No, creo que no. ¿Para qué te vino a ver Bannock en la mañana?

    Bannock era el arrendatario que había interrumpido la lectura de los poemas de Evie.

    —Me pidió un préstamo para un semental que desea comprar. Es un buen hombre y creo que le voy a dar el dinero.

    George Peregrine se dio cuenta que su esposa no quería hablar de su libro. No le molestó cambiar de tema. Le había agradado que lo firmara con su nombre de soltera porque estaba orgulloso del abolengo de su apellido; aunque seguramente nadie se enteraría de la aparición del libro, no le hubiera gustado que cualquier maldito periodista, de esos de a tanto la línea, hiciera mofa de la obra de Evie en un periodicucho.

    En las semanas siguientes, consideró con tacto no hacerle ninguna pregunta sobre su incursión en la poesía. Ella nunca trajo a colación el tema, como si se tratara de un incidente falaz sobre el cual, silenciosamente, habían acordado no hacer ningún comentario.

    Pero entonces ocurrió algo extraño. Fue a Londres por asuntos de negocios y por la noche llevó a cenar a Daphne. Éste era el nombre de la mujer con quien tenía la costumbre de pasar algunas horas siempre que viajaba a la ciudad.

    —¡Por Dios, George! —dijo ella—, ¿no es tu esposa la autora de un libro que está en boca de todo mundo?

    —¿De qué diablos estás hablando?

    —Verás, tengo un amigo que es crítico literario. La otra noche me invitó a cenar, él llevaba un libro. “¿Tienes algo para mí que deba leer?”, le pregunté, “¿qué es eso?” “No creo que sea tu taza de té”, me respondió. “Un libro de poemas. Estoy preparando una reseña”. “La poesía no se hizo para mí”, le dije. “Nunca había leído algo más intenso”, dijo. “Se está vendiendo como pan caliente, es todo un suceso.”

    —Y ¿de quién es el libro? —preguntó George.

    —De una mujer, una tal Hamilton. Mi amigo me dijo que ese no es su nombre verdadero, que el auténtico es Peregrine. “Vaya, le dije, tengo un amigo con ese apellido.” “Coronel de la Armada, vive cerca de Sheffield”, completó él.

    —Me parece muy pronto como para que les hables de mí a tus amigos —dijo George, frunciendo el entrecejo y con una mueca de fastidio.

    —Sé guardar las apariencias, querido, ¿por quién me tomas? Yo sólo dije: “No se trata de la misma persona” —explicó Daphne con una risa nerviosa—. Mi amigo se burló diciendo que entonces era el famoso coronel Blimp.***

    George tenía un agrio sentido del humor.

    —Podrías haber dicho algo mejor —dijo con una sonrisa—. Si mi esposa hubiera escrito un libro yo habría sido el primero en enterarme, ¿no crees?

    —Pues, creo que sí.

    De cualquier forma era algo que no le importaba a Daphne. Cuando el coronel comenzó a hablar de otras cosas se olvidó del asunto. Él también lo hizo a un lado. No tenía relevancia, decidió, y ese estúpido crítico lo único que quería era frotarle las piernas a Daphne. Le divertía imaginarla devorando el libro de Evie porque le habían dicho que era la gran cosa, sólo para encontrarse con que era un montón de tonterías esparcidas en líneas desiguales.

    George era miembro de varios clubes. Al día siguiente decidió tomar el almuerzo en uno situado en St. James’ Street. Esperaba abordar el tren de regreso a Sheffield temprano por la tarde. Estaba sentado en un cómodo sillón, paladeando una copa de jerez antes de entrar al comedor, cuando se le acercó un viejo conocido.

    —¡Vaya! Dígame, ¿qué se siente ser el esposo de una celebridad?

    George Peregrine se le quedó mirando. Creyó distinguir un brillo de burla en los ojos de su amigo.

    —No entiendo, ¿a qué se refiere? —replicó.

    —Vamos, George. Todo mundo sabe que E. K. Hamilton es tu esposa. No cualquier libro de poemas tiene un éxito parecido. Mira, Henry Dashwood está almorzando conmigo, creo que a él le gustaría conocerte.

    —¿Quién diablos es Henry Dashwood y por qué querría conocerme? —replicó.

    —Oh, querido amigo, ¿en qué ocupas tu tiempo allá en el campo? Henry es el mejor crítico que tenemos. Escribió una magnífica reseña sobre el libro de Evie. ¿No me querrás decir que no te la ha enseñado?

    Antes de que George pudiera contestar su amigo le hizo señas a un hombre para que se acercara. Era alto y delgado, de frente amplia, barba, una nariz larga y un vaso en la mano, justo el tipo de personas que le eran antipáticas desde el primer momento. Las presentaciones fueron hechas. Henry Dashwood tomó asiento.

    —De casualidad, ¿se encuentra en Londres su esposa? Me gustaría mucho poder saludarla —dijo.

    —No, a mi esposa no le gusta Londres. Prefiere el campo —respondió George ceremoniosamente.

    —Me escribió una carta muy amable sobre mi reseña. Estoy realmente complacido. Ya sabe, nosotros, los críticos, recibimos más patadas que un bote vacío. Estoy simplemente sorprendido con su libro. Es tan fresco y original, moderno sin llegar a ser abstruso. Su esposa parece tener una capacidad natural para el verso libre tanto como para los metros clásicos. —De pronto, tal vez recordando que si era un crítico tenía que criticar, agregó—: Algunas veces su oído la traiciona, comete pequeños errores, pero podríamos decir lo mismo de Emily Dickinson. Muchos de los versos cortos de su esposa podrían haber sido escritos por Landor.

    Para George Peregrine todo eso no era más que una monserga. El hombre no pasaba de ser un erudito pedante. Pero el coronel era un hombre educado y su silencio fue una muestra de impecable civilidad. Henry Dashwood siguió hablando.

    —Sin embargo, lo que hace sobresaliente al libro es la pasión que atraviesa cada línea. La mayoría de los jóvenes poetas parecen sufrir anemia, son fríos, no se dan cuenta de su insensibilidad, de su pereza intelectual, pero en ese libro uno puede encontrar una pasión desnuda, terrenal, por lo mismo profunda, en el sentido trágico de Heine, querido coronel, cuando decía que el poeta hacía pequeñas canciones de sus grandes penas. Quiero decir, desde entonces, mientras más leo y releo esas páginas escritas por un corazón abierto, más me recuerdan a Safo.

    Era demasiado para George Peregrine. Se puso de pie intempestivamente.

    —Perdón, ha sido muy amable de su parte elogiar el pequeño libro de mi esposa. Estoy seguro que ella estaría encantada. Pero llevo mucha prisa, tengo que tomar un tren y antes me gustaría comer algo.

    “Maldito imbécil”, murmuraba mientras subía las escaleras hacia el comedor.

    Llegó a casa a tiempo para la cena; cuando Evie se retiró a dormir, fue a su estudio y buscó el libro. Pensaba que con echarle un vistazo encontraría el truco, el motivo por el que los otros hacían tanta alharaca. No tuvo éxito. Evie debió haberlo ocultado muy bien.

    “Tonterías”, musitó.

    Él le había dicho que le parecía muy entretenido. ¿Qué más podía esperarse de un leal compañero? Bueno, en fin, no importaba. Encendió su pipa y leyó el poema “Campo” hasta que se sintió adormilado.

    Una semana más tarde tuvo necesidad de ir a Sheffield. Comió en el club. Estaba por terminar cuando el duque de Haverel se acercó. Era el magnate de la región y, por supuesto, el coronel lo conocía, aunque su trato no pasara del simple saludo ocasional. Por eso mismo, quedó sorprendido cuando el duque se detuvo junto a su mesa.

    —Lamentamos mucho que su esposa no haya podido pasar el fin de semana con nosotros —dijo con tímida cortesía—. Esperábamos reunir un buen grupo de personas interesantes.

    George fue tomado por sorpresa, pero rápidamente imaginó que los Haverel los habían invitado a pasar el fin de semana en su casa y Evie, sin consultarlo, había declinado la invitación. Tuvo la presencia de ánimo para responder que él también lo sentía.

    —Tal vez para la próxima ocasión —respondió el duque amablemente y se marchó.

    El coronel Peregrine estaba realmente furioso. Cuando llegó al hogar, sin preámbulos, le preguntó a su esposa:

    —Explícame, ¿recibimos alguna invitación de los Haverel? ¿A razón de qué dijiste que no podíamos ir? Nunca antes nos habían invitado y bien sabes la influencia que tienen.

    —No lo pensé. Creí que sólo ibas a aburrirte.

    —¡Carajo!, por lo menos podías haberme preguntado si quería ir.

    —Realmente lo siento.

    La miró detenidamente. Había algo en su expresión que no lograba entender. Arrugó la frente.

    —¿Debo suponer que no me invitaron? —casi ladró.

    Evie respingó en su silla.

    —Bueno, de hecho, no.

    —Pues qué majaderos. ¿Cómo es que invitan a mi esposa pero no a mí?

    —Supongo que pensaron que no era el tipo de reunión que te gusta. La duquesa se interesa en escritores, artistas, gente así, ya sabes. De hecho tenía como huésped a Henry Dashwood, el crítico, que por alguna razón quería conocerme.

    —Pues muy fino de tu parte el haberte rehusado, Evie —dijo con sorna.

    —Era lo menos que podía hacer —sonrió. Dudó por momento—. George, mis editores quieren ofrecer una fiesta para finales de mes y esperan que tú asistas.

    —No creo que encaje en ese ambiente. Podríamos ir juntos a Londres… ya encontraré alguien con quien cenar.

    Daphne.

    —Creo que será bastante aburrido, pero lo están preparando como si se tratara de todo un acontecimiento. Al otro día, el editor americano que se hará cargo de mi libro allá, ofrecerá un coctel en el Claridge’s. Me gustaría que fueras, si no te importa.

    —Suena muy aburrido, pero si quieres que vaya, muy bien, iré.

    —Sería muy tierno de tu parte.

    George estuvo como perdido en el coctel. Había demasiada gente. Algunos parecían normales, unas cuantas mujeres estaban decentemente presentables, pero los hombres le parecieron detestables. Lo presentaban como el coronel Peregrine, el esposo de E. K. Hamilton, por supuesto. Los hombres parecían no tener algo que decirle, pero las mujeres hablaban hasta por los codos. “Debe estar orgulloso de su esposa. ¿No es maravillosa? Sabe usted, leí su libro de un tirón, simplemente no podía dejarlo, y cuando lo terminé comencé de nuevo desde el principio y volví a leerlo completo por segunda vez. Estaba sencillamente estremecida.”

    El editor inglés le dijo:

    —No teníamos algo parecido desde hace veinte años, y menos a causa de un libro de poesía. Nunca había visto tantas reseñas.

    Y el editor americano:

    —Es soberbio. Será un éxito arrollador en mi país. Ya lo verá.

    El tipo le había mandado un gran búcaro de orquídeas a Evie. “Qué ridiculez”, pensó George. Cuando llegaron, la gente poco a poco fue apropiándose de Evie, era obvio que le decían cualquier bagatela para halagarla, pero ella las escuchaba con una amable sonrisa y agradecía las lisonjas con una o dos palabras. Se le veía un poco ruborizada por la emoción, pero se comportaba con propiedad. Aunque para él todo el asunto era pura pose, George notó complacido que su esposa sabía llevar las cosas correctamente. “Bueno, se dijo, lo que es cierto es que es toda una dama y eso es algo que no se puede decir de ninguna de las presentes.”

    Bebió varios cocteles. Sin embargo, había algo que le molestaba. Tenía la impresión de que algunas personas lo miraban de una manera extraña, aunque no podía definirla. Cuando pasó junto a dos mujeres que estaban sentadas en un sofá intuyó que hablaban de él, estuvo seguro que murmuraban a sus espaldas. Se alegró mucho cuando la fiesta empezó a deshacerse.

    En el taxi de regreso al hotel, Evie le dijo:

    —Estuviste maravilloso, querido. Fuiste un éxito. Las mujeres estaban impresionadas, creen que eres muy guapo.

    —Mujeres —dijo con amargura—… viejas brujas.

    —¿Te aburriste, querido?

    —A más no poder.

    Ella apretó su mano con un gesto de simpatía.

    —Espero que no te importe si nos retrasamos un poco y regresamos en el tren de la tarde. Tengo algunas cosas que hacer por la mañana.

    —No, está bien. ¿Vas de compras?

    —Quiero comprar un par de cosas, pero tengo que ir a tomarme unas fotografías. Odio la idea pero creen que debo hacerlo. Es para la edición americana, sabes.

    No dijo nada. Pero pensaba. Pensaba que sería una sorpresa para el público de Norteamérica ver el retrato de esa mujer hogareña, marchita, que era su mujer. Siempre había tenido la idea de que allá sólo les interesaba lo glamoroso. Siguió pensando.

    A la mañana siguiente, cuando Evie se hubo marchado, se dirigió al club y subió a la biblioteca. Buscó números recientes de The Times Literary Suplement, del New Stateman y del Spectator. No tardó mucho en encontrar reseñas sobre el libro de Evie. No las leyó cuidadosamente, pero sí lo suficiente para darse cuenta de que eran extremadamente favorables. Después se dirigió a una librería de Picadilly donde ocasionalmente compraba algo. Se le había metido en la cabeza que tenía que leer el condenado libro detenidamente, pero no quería preguntarle a su esposa si había visto el ejemplar que le había dado. Tenía que comprar uno. Antes de entrar a la librería observó el aparador y lo primero que vio fue un cartel de When pyramids decay. ¡Qué título tan tonto! Entró. Un joven fue a su encuentro y le preguntó si podía ayudarlo.

    “No, sólo voy a echar un vistazo.” Le molestaba tener que preguntar por el libro de Evie y pensó que podía encontrarlo por él mismo. Pero no lo veía por ninguna parte y al final, cuando tuvo cerca al vendedor, le preguntó con un estudiado tono de indiferencia: “¿De casualidad tienen un libro llamado When pyramids decay?

    —Precisamente esta mañana llegó la nueva edición. Le traeré un ejemplar.

    El joven regresó con el libro inmediatamente. Era de baja estatura pero vigoroso, con un rebelde mechón de cabello color zanahoria y anteojos. George Peregrine, alto, erguido, de porte militar, descollaba junto a él.

  • Un amor como el café

    Muchas personas han entrado pero todavía quedan lugares vacíos. Es curioso, entran mas no salen. ¿Se han ido? Es la primera vez que estoy aquí aunque no me siento incómoda; nadie me mira. Todos parecen tan ensimismados, cavilando sobre sus asuntos. El lugar es amplío, muebles de madera: sillas cómodas, mesas redondas. Tiene un toque de elegancia, sin embargo el ambiente es poco acogedor. Hay un aroma tenue e inigualable: café. La noción del tiempo parece modificarse bebiendo café, una tranquilidad inicial seguida de impaciencia, impaciencia acompañada de anhelo. Mmmm… podría estar aquí para siempre, con mis ridículos recuerdos: las clases en la facultad, Coyoacán, la cineteca… Definitivamente no, las historias de amor nostálgicas y auto-flagelantes han pasado de moda. Se me antoja más un ajuste de cuentas. read more

  • Dolce far niente

     

    Dove si celava il segreto, amore, che abbiamo abitato, repito la frase tejida en la sábana; beso la espesura negra de tu sexo. Aspiro para engrandecer en mi pecho la fragancia que te impuso la naturaleza efímera del sudor. Me recuesto sobre tu geografía. Desde la penumbra de mi miedo, te palpo, dejo que la prisa se apropie de mis manos. Retengo con fuerza el cuerpo suave de tu pecho. Respiro a tu ritmo. Parpadeas. Descubro el reflejo de mi tristeza en tus ojos. Pero no voy a poner sobre esta noche el duelo construido desde hace años.

    —Estoy muerta —sutilmente confiesas antes de abrazarme—. Por eso me voy.

    Me sujetas de los hombros; supongo que practicas la forma de agarrar las maletas.

    —Te verás bien cuando envejezcas. Lo sé —dice conteniendo el llanto.

    Corto su frase colocando el dedo índice en su boca. Intento grabar sobre su boca la huella dactilar de mis deseos. Te observo, me lleno de ti, de la presencia que abrillantó mi vida por años. Fumas. Escucho cómo crepita el tabaco y pienso que mi cuerpo debe tener ese sonido. Lanzas el humo; acaricias mi cabeza. Eres la mujer que no conozco, una sutil consigna del paso del tiempo. Estamos, amor, en medio de una noche que da inicio a la ruptura. No me atrevo a reconocer que perdimos. Dibujo sobre tu imagen a la jovencita de hace años. Se te ha borrado la furia del rostro. Eres un espectro aburrido. Me levanto de la cama. Es un simulacro de tu adiós lo que practico al recorrer el pasillo y entrar descalzo al baño. Me detengo frente al espejo. Soy hilachos de la sombra, un semblante amargo que se inclina frente al lavabo y confunde la caída del agua con sus lágrimas. Está roto lo que fui. Protagonizo una trama compacta y sin sorpresas. Se acabó. Si el octubre pasado planeamos este viaje, dimos cifras al deseo ahorrando en una cuenta bancaria el salario gris de los trabajos extras. Se acabó. Si de este viaje hablamos tanto, fue absurdo entonces hilvanar las manos y los cuerpos pensando en la gloria de esta ciudad. Y reconozco ahora la calamidad vestida de esperanza. Al enjugarme el rostro descubro que la toalla, igual que las sábanas, llevan inscrita esa leyenda: Dove si celava il segreto, amore, che abbiamo abitato. Salgo del baño. Me aterra el presente; la posibilidad de que el vacío simplifique mi existencia de nuevo.

    —¿Por qué aquí, linda? —Pregunto al sentarme a su lado mientras ella deposita la colilla del cigarro en un cenicero triangular—. Dime.

    —¿Por qué? No sé, fue la ciudad. No tiene sentido, nene. Ya te dije que me siento muerta. Ver todo esto —señala la paisaje encuadro por la ventana—. No sé. Me aterra morir junto a ti. Tal vez en un tiempo todo se aclare —enciende otro cigarro.

    ¿En un tiempo? Si yo dijera esa frase, la temperatura de la plática sería un violento encontronazo. Pero qué puede agregarse a esto. Suspiro. Comienzo a ondear la bandera de la decepción en mi rostro. Veo sus pies delgados, la estructura oval y pequeña de sus dedos; la curva de su talón, la delicada amplitud de los tobillos. No es bueno memorizar la fisonomía que perderé. Aprieto tus pantorrillas para dejar sobre la piel las marcas de mis dedos. Suspiro. Incendio vano, lumbre finalmente es lo que llevas hasta tu boca. Fumas para darle potencia, mujer, al motor del abandono. Cambiar también es un ascenso al miedo. Firmo esa sentencia con otra pregunta.

    —¿Si sólo pienso en hacer el amor contigo es que no me gusta hacer el amor?

    —¿Por qué me dices eso? No te lastimes —responde aflautando la voz. Gira el cuerpo para mirarme de frente. Su pecho desnudo me hace pensar en crónicas de guerra, cuando Aníbal cruzó los Alpes, acompañado de elefantes en medio de la nieve. Toco su pezón con la palma de mi mano. El contacto la eriza. Comprendo que no podré conquistar Roma; mi ejército no se compara en estrategia ni volumen con la del militar de Cartago. Me apabullan estas colinas, tu nieve, la campiña difícil de domar. Este paisaje, el de tu epidermis despertada por mi tacto, debe ser idéntico al que Aníbal presenció antes de la batalla. Tus lágrimas humedeciendo mi pecho facilitan la recreación del Lago Trasimeno. Abatido, sin hablar tu mismo idioma, concluyo que no soy de aquella legión de soldados y perderé esta ofensiva.

    —El año pasado intenté dejarte, pero la idea de este viaje me ayudó a unirme a ti. Conocí a otra mujer. Nos tratamos una semana y con eso bastó para pensar en irme con ella. Estoy feliz por haber tomado esta decisión, especialmente ahorita, porque sé qué siento por ti.

    No cree lo que digo. Cierra los ojos. Recarga su cabeza en la almohada; la mitad de su cara se refleja en el cristal de la ventana. De nuevo pienso en los Alpes al verla inclinarse y cubrir su cuerpo con la colcha.

    —Eso no va cambiar la decisión, Federico —me nombra molesta, herida—. Me quedo con recuerdos buenos. ¿ Entiendes?

    El viento sacude las cortinas.

    —¿Qué harás, Livia?

    —Regresar. Me llevaré mis cosas. Es bueno para los dos. ¿Tú?

    —Pienso hacerme otro tatuaje. Ya veré —digo cruzando los brazos. Tengo un poco de frío. El miedo es una sensación complicada. Pierdes el sueño; el cansancio no te detiene: hace que te sientas vivo—. Con cada tatuaje es como si escribieras en la piel “me dolió esto”. Me he hecho los tatuajes por eso, Livia, para recordar cuándo y con quien fracasé.

    —Dime —el llanto hace más clara su mirada— para qué me dices esto. Yo no sé qué siento por ti. No son pocos años los que tenemos juntos, pero no sé qué siento por ti. Hay mariposas en mi estómago cuando te pienso; me gustas, pero de pronto, no sé, tengo ganas de conocer otras personas. Me da miedo estar tanto tiempo contigo.

    —Si te comprometieras, sabrías de qué hablo. No quiero rogarte, ni pelear. No, Livia.

    Se pone en pie; sé que se pondrá mi playera y de nuevo se recostará sobre la cama con las piernas cruzadas: cierra los canales de comunicación.

    —Contigo me siento en casa, Livia. Cuando salgas por esa puerta, sólo me quedará pensar que he comenzado un viaje y que he perdido algo inolvidable, como lengua o mi pecho.

    —Yo también comienzo algo —limpia sus mejillas con mi playera.

    La observo acomodar su equipaje. Se pone los jeans viejos; sus botas mineras que compró hace una semana. Ni siquiera pasamos un día juntos en Roma. Toma su mochila y se dirige al baño. El sonido del viento en la ventana me hace pensar en el vago sonsonete de su voz, un tono grave con súbitas fisuras agudas. Su canto se ha dejado arruinar con cigarrillos. Yo sé qué siento por ti, Livia.

    —Bien —dice frente a mí, cerrando los ojos—, me voy. Cuídate mucho —la beso en la boca. No se retira, me deja estrecharla. Mi respiración, la de ella, son tan parecidas. Su cabello huele a champú de fresas.

    —Te bendigo, Livia.

    La veo alejarse con su mochila colgando del hombro. Cierra la puerta. Escucho sus pasos por el corredor. La imagino bajando las escaleras. Me aterra su partida. Regreso al baño para ducharme. El agua cae; refresca. La sensación de frío es incontrolable. Uso la toalla. Jalo el espejo; encuentro unas tijeras oxidadas en el botiquín y un rastrillo usado; las tomo para cortar el aire. El chirrido del metal me agrada. Junto en una coleta mi cabello. Corto. Oigo a lo lejos que alguien eleva un buen deseo en la mañana. Canta, con ese estilo dramático que poseen los italianos, me vois la vie en rose. Abro la ventana del baño y coreo la voz de ese hombre en la medida que me despojo del cabello con las tijeras. Il me parle tout bas/ je vois la vie en RoseMon coeur qui bat. Eres la música de lo que pasa, Livia, el cuerpo de una marcha fúnebre abandonando el cementerio. Tiro mi pelo en el cesto de basura. Corto. Descubro el reflejo del Coliseo romano en el espejo. Corto. Así usan el pelo los esclavos, los guerreros que luchaban en esta ciudad. Observo a través de la ventana cómo el sol aplasta la sobriedad de la noche; el cielo es un enjambre de nubes, son barcas en busca de navíos de guerra. Suspiro. Me vois la vie en rose, grito. Quedará cincelada sobre la puerta de este adiós la frase taciturna del hotel: Dove si celava il segreto, amore, che abbiamo abitato.

    Publicado en la edición 147 de Crítica


    Escrito por Federico Vite

    Federico Vite (Acapulco, 1975) es autor de Bajo el cielo de Ak-pulco, novela que obtuvo el premio nacional Una vuelta de tuerca (Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, 2015), de

    Carácter, premiada en el certamen nacional de novela Ignacio Manuel Altamirano (Monte Carmelo/ Secretaría de Cultura de Guerrero, 2015), de Cinco maneras de incendiarse (Praxis/ Secretaría de Cultura de Guerrero, 2015) y de Carne de cañón (Cuadrivio, ciudad de México, 2015).

    En 2013 publicó Le freak c’est chic (Instituto Veracruzano de Cultura), Parábola de la cizaña (UAM, 2012), Apportezmoi Octavio Paz (Moisson Rouge, Francia, 2011), De oscuro latir (Universidad de Guanajuato, 2008), Fisuras en el continente literario (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2006 y 2007) y Entonces las bestias (Fondo de Cultura Aguascalientes, 2004).

    Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, el PECDA Guerrero e ingresó al Sistema Nacional de Creadores en 2013.

    La novela Ak-pulco aparecerá este año en Francia y Parábola de la cizaña en el mercado editorial de Egipto.

  • Casa de la noche

     

    La gente ya no cree en el infierno, ni en el azufre, ni tan sólo en el Juicio Final. Pero en cambio temen el sufrimiento físico. Por ello la violencia constituye, en la actualidad, un elemento necesario a toda construcción dramática.

    Fritz Lang

     

    Merisi y Nemrod, dos adolescentes de 16 años, se reúnen durante las noches para hablar de cosas que les atañen. Su lugar de reunión es en las instalaciones abandonadas de una zona industrial y la hora acordada es siempre las tres. Una acera es el sitio donde se acomodan, iluminándolos los focos del alumbrado público. La acera, isla y espacio mítico donde se refugian, los acoge durante veinte noches; al iniciarse el drama han transcurrido quince de ellas.

     

    Noche 16

    Merisi y Nemrod, sentados el uno frente al otro, tienen ya algunos minutos en el lugar.

    merisi: …ella, sentada en una silla, a oscuras y con frío, espera que su esposo regrese. Piensa entonces en lo que podría llevarse…

    nemrod: ¿Cómo sabes lo que piensa?

    merisi: No puede llevar más ropa que la que tenga puesta. Su marido, además, le ha dicho que debe ir descalza…

    nemrod: Llevarán comida, agua…

    merisi: No. Deben ir ligeros, deben huir. Ella lo sabe y piensa en alguna fotografía o un pañuelo o unos aretes, algo que no pese, que no se note. Y no se decide. Quiere llevar muchas cosas y eso la bloquea. Piensa en lo que dejará y no quiere dejar nada. Tantos recuerdos, tanta vida que quedará en la casa que fue de sus padres y de sus abuelos, piensa en el patio, en sus animales…

    nemrod: No puedes saber todo eso.

    merisi: Las lágrimas acuden a sus ojos pero recuerda las palabras de su marido: no llevaremos nada. Y respira hondo para acallar su angustia.

    nemrod: El marido, ¿qué hace?

    merisi: Él recorre la ciudad con los visitantes. Hacen una inspección en silencio, con miradas cómplices y leves asentimientos de cabeza. Ellos adivinan el desasosiego del marido y le dicen que no se aflija, que él y su mujer estarán a salvo. Él pide regresar con ella. Los visitantes consienten y se aleja caminando con celeridad. La mujer se ha incorporado, avanza hacia la puerta y mira por una rendija. A lo lejos descubre un resplandor rojizo y se amedrenta aun más; quiere abrir la puerta pero viene a su memoria la promesa que hizo y regresa a la silla ahogando su miedo. Acaba de sentarse cuando entra su marido y dice: ¡vámonos! Ella alcanza la puerta de tres zancadas. Él dice: cálmate, estamos a salvo, estamos a tiempo. Ella quiere cerrar la puerta pero él agrega: no importa, el fuego penetrará de todos modos. Salen a la calle y ven hacia el poniente… ¡Oh, Nemrod, es como una puesta de sol, una puesta de sol terrible! ¡Como sila Tierrafuese el Sol! Ahora… Ahora, dice él, no mires atrás. Y se alejan mientras la ciudad arde a sus espaldas y escuchan los gritos de los que perecen dentro de sus casas. No mires atrás, repite el marido, tampoco escuches. Pero cómo no escuchar los alaridos de los que arden y el crepitar del fuego. El marido, presa de pánico, le dice a su mujer: ¡corre! ¡Corre y no te detengas! Y los dos apresuran sus pasos… ¡La ciudad entera arde y ellos corren desesperados! ¡Oh, Nemrod, los pasos de él van dejando atrás a su mujer, sólo cuando descubre que ella no corre a su lado, se detiene y vuelve la cabeza y entonces su cuerpo se paraliza y arde! ¡Ella mira la metamorfosis de su marido y cae a sus pies y grita traspasada por el dolor, y su grito acalla momentáneamente el clamor de la ciudad incendiada…!

    (Merisi se ha incorporado y repite el grito de la esposa: ¡Nooo!, moviéndose vehemente de un lado a otro. Nemrod lo sigue tratando de sujetarlo pero la fuerza de aquél lo supera.)

    nemrod: Cálmate.

    (Merisi se retuerce, luego, como embrujado, mira a los ojos a Nemrod.)

    merisi: Ella cree escuchar aún a su marido que le dice: ¡corre!, se levanta sin mirar atrás. Corre veloz mientras su rostro va cambiando, desaparece de sus ojos el miedo y la impotencia para aparecer la furia, el odio…

    (Merisi llora incontenible, Nemrod logra abrazarlo.)

    nemrod: No lo sabes.

    merisi: Lo sé. La veo correr llena de rencor, mirando adelante, apretando la mandíbula, tensando el cuello, los hombros…

    nemrod: Merisi, no sabes.

    merisi: La miro como te veo a ti, tan cerca que escucho sus pasos, su agitada respiración… (Se estremece.) ¡Nemrod, protégeme, se ha dado cuenta que la miro!

    nemrod: Merisi… Merisi…

    merisi: ¡Protégeme, por favor…!

    nemrod: Sentémonos

    merisi: ¡No, no!

    (Nemrod, sin soltarlo, lo va sentando junto a él. Merisi, repitiendo: no…, no…, va obedeciendo.)

    nemrod: Ya pasó. Mira, todo está en calma.

    (Merisi observa el lugar pero tarda en reaccionar.)

    merisi: Sí, ya pasó, sólo dejó este olor.

    nemrod: ¿Este olor?

    merisi: No me crees, ¿verdad?

    nemrod: Es el olor fuera del tiempo de una fundidora. Un olor encerrado tal vez por mucho tiempo y que ahora se escapa.

    merisi: ¿Quieres decir que el olor me llevó a imaginar todo?

    nemrod: Te dejaste llevar. Sólo somos nosotros. Únicamente nuestra acera y nuestras voces. ¿Lo ves?

    merisi: Te juro…

    nemrod: Nada de juramentos.

    merisi: Pero, ¿si fuera cierto?

    nemrod: No lo es.

    merisi: ¿Me protegerás?

    nemrod (soltándolo): ¿Lo dudas?

    merisi (dudando): No.

    nemrod: Yo, Nemrod, juro…

    merisi: Nada de juramentos.

    nemrod: Prometo entonces…, ¿podemos prometer? (Merisi asiente.) Prometo proteger a…, ¿debo prometer? (Merisi asiente.), ¿hace falta? (Merisi asiente.) Prometo proteger a Merisi de cualquier peligro eminente.

    merisi (riendo): Inminente.

    nemrod: Eso.

    merisi: Yo haré lo mismo por ti.

    nemrod: Yo estoy bien.

    merisi: ¿Yo no?

    nemrod: Ahora sí.

    (Merisi saca varios billetes de su pantalón y se los alarga al otro.)

    merisi: Cuéntalos.

    nemrod (contándolos): Mil doscientos.

    merisi: ¿Y tú?

    nemrod: Ochocientos cincuenta.

    (Nemrod guarda el dinero.)

    merisi: Nos faltan únicamente doce mil trescientos pesos. ¿Crees que los reunamos en cuatro días?

    nemrod: Cinco.

    merisi (extendiéndole un papel): Él llega el sábado.

    (Nemrod lee.)

    nemrod: Debemos reunir la cantidad en tres días. No podemos esperar hasta el viernes. Tenemos que irnos antes.

    (Nemrod le devuelve el papel. Merisi lo dobla y guarda.)

    nemrod: El jueves nos quedaremos aquí. A las nueve de la mañana iremos al banco y retiraremos todo el dinero. Y nos iremos directamente a la terminal. No podemos correr riesgos. (Merisi asiente.) Ahora debemos irnos. ¿Estás bien?

    merisi: Sí.

    (Nemrod se incorpora.)

    nemrod: ¿Qué esperas?

    (Merisi se levanta.)

    nemrod: Hasta mañana.

    merisi: Sí.

    (Caminan hacia direcciones opuestas, antes de salir Nemrod se detiene, se vuelve y grita.)

    nemrod: ¡Merisi!

    (Merisi se vuelve.)

    nemrod: ¡Recuerda: nada de besos!

    (Merisi se encoge de hombros. Salen. Oscuro.)

     

    Noche 17

    Nemrod, sentado en la acera, mira en dirección por donde debe llegar Merisi y hace una mueca de dolor. Llega Merisi y se sienta frente al otro.

    merisi: Ya estoy aquí.

    nemrod: Sí. Llegué un poco antes.

    merisi: ¿Te pasa algo?

    nemrod: ¿Como qué?

    merisi: No sé.

    nemrod: No me pasa nada.

    merisi: ¿Te pegó otra vez?

    nemrod: No.

    merisi: ¿Te pegó?

    (Silencio.)

    nemrod: Sí.

    merisi: Déjame ver.

    nemrod: Hace frío.

    merisi: Está bien, no me enseñes.

    nemrod: ¿Cuánto hiciste?

    (Merisi saca de su pantalón algunos billetes y se los tiende a Nemrod.)

    nemrod: ¿Cuánto es?

    merisi: Cuéntalos.

    nemrod: ¡Dime cuánto es! (Avergonzado.) No puedo contarlo.

    merisi: Mil quinientos ochenta.

    (Merisi deja en el piso el dinero.)

    nemrod: Yo no hice nada.

    merisi: ¿Te pegó con el cinturón? (Nemrod calla.) ¿En la espalda?

    nemrod: Es mejor a que me pegue en las nalgas.

    merisi: Nunca es mejor.

    nemrod: Mañana estaré bien. Trabajaré sin quitarme la playera.

    (Merisi trata de desabotonarle la camisa pero Nemrod dice: No, déjalo así. Merisi continúa y lo despoja de la prenda con mucho cuidado, después le sube con tiento la playera, se desliza hacia su espalda y mira el daño e inclinándose le sopla con la boca y besa delicadamente los verdugones. Nemrod llora en silencio.)

    merisi: ¿Te sientes mejor?

    nemrod: Sí. Creo que sí.

    (Merisi viste al otro procurando no lastimarlo. Vuelve a sentarse frente a él.)

    merisi: Mañana no trabajarás.

    nemrod: Debo hacerlo.

    merisi: Ni pasado mañana.

    nemrod: No reuniremos la cantidad.

    merisi: La reuniremos, ya verás.

    (Silencio.)

    nemrod: Mientras me golpea dice que lo hace por mi bien, luego para de pronto, como si comprendiera que obra mal y se encierra en su cuarto.

    merisi: Ellas no saben qué hacer.

    nemrod: No siempre fue así. Antes era cariñosa.

    merisi: Antes… Antes… Hemos crecido y ellas han envejecido. Cuando vayamos en el autobús, tan pronto como nos sentemos en nuestros respectivos asientos numerados, pensaremos en lo que viene, no en lo que dejemos.

    nemrod: Sí, todo nuevo: nuestros pensamientos, nuestros pasos, nuestros planes…

    merisi: Ella me dice que si yo cambiara las cosas serían diferentes, yo le digo que si ella cambiara las cosas también serían diferentes.

    nemrod: Ellas no cambiarán.

    merisi: No. (Ríe.) Es curioso.

    nemrod: ¿Qué?

    merisi: Que ella y yo tengamos la misma profesión.

    nemrod: No te estarás arrepintiendo, ¿verdad?

    merisi: Digo que habiendo algo en común entre nosotros, eso mismo nos separa. Aunque pensar en ello hace que la vea menos maligna.

    nemrod: No es maligna.

    merisi: ¿No lo es? Dejarme en las manos de él es una acción maligna. Hace años que no lo veo. No lo conozco. No lo recuerdo. ¿Por qué me reclama ahora?

    nemrod: Ella no debería renunciar a ti.

    merisi: ¿Ves como sí es maligna?

    nemrod: Maligna es la otra mujer.

    merisi: ¿Ella? No sé. Tal vez no vuelva a verla.

    nemrod: ¿Es bella?

    merisi: Supongo que sí.

    nemrod: Dices que la has visto bien.

    merisi: Pero el odio la transfigura. Cuando está sentada en el cuarto, envuelta en la penumbra, es bella, frágil, misteriosa, y aunque tiene miedo sus ojos brillan como luciérnagas, pero después se transforma y ya no es bella. Y cuando me mira es un demonio.

    (Nemrod lo mira incómodo.)

    nemrod: Quiero irme.

    (Merisi recoge el dinero, lo mete en la camisa de Nemrod, se incorpora y ayuda al otro a levantarse.)

    merisi: Te llevaré a tu casa.

    (Apenas han avanzado unos pasos cuando Merisi detiene bruscamente al otro.)

    nemrod: ¡Ahora no!

    merisi: Escucha… sólo escucha…

    nemrod: Ahora no, por favor.

    merisi: No hables.

    (Silencio.)

    merisi: Pasa de largo, junto a nosotros. No la veas.

    nemrod: No la veo.

    merisi: Te digo que no hables.

    (Silencio.)

    merisi: Ha pasado ya.

    nemrod: No vi nada.

    merisi: Ella sí nos vio. Notó que estabas lastimado y nos dejó. Me dejó.

    nemrod: ¿De verdad la viste?

    merisi: Te dio miedo, ¿no es cierto?

    nemrod: No. ¿Mentiste?

    merisi: Te dio miedo.

    nemrod: A veces me hartas.

    merisi: A veces miento.

    nemrod: ¿Esta vez?

    merisi: Vámonos.

    nemrod: No volveré a creerte.

    merisi: A ti no te mentiría, nunca.

    (Caminan. Merisi detiene nuevamente a Nemrod.)

    nemrod: ¿Ahora qué?

    merisi: Ahora nada.

    (Nemrod mira interrogante a Merisi. Merisi sonríe. Oscuro.)

     

    Noche 18

    Nemrod sentado frente a Merisi, de pronto éste hunde la cabeza entre el sexo de aquél.

    merisi: ¡Protégeme! ¡Protégeme!

    (Nemrod, incómodo, recula.)

    merisi: ¡Protégeme! ¡Protégeme!

    nemrod: Cálmate.

    (Nemrod coloca una mano sobre la cabeza de Merisi y lo acaricia.)

    nemrod: No permitiré que te toque.

    merisi: ¡No dejes que me mire ni que se acerque!

    nemrod: No lo hará.

    merisi: ¡No permitas que él me lleve!

    nemrod: ¿Él?

    merisi: Él quiere llevarme, ¿no te acuerdas?

    nemrod: No te llevará.

    merisi: Lo prometiste.

    nemrod: Merisi, no quiero ser ni él ni ella.

    (Merisi se separa violentamente.)

    merisi: ¿Por qué lo dices?

    nemrod: No sé. Creo que abusas de mí.

    merisi: Nos conocemos desde que teníamos cuatro años y crees que abuso de ti, ¿es así?

    nemrod: A veces te desconozco.

    (Silencio.)

    nemrod: No puedo ser ella.

    merisi: No quiero que lo seas.

    nemrod: Tampoco él.

    merisi: Tonto, más que tonto.

    nemrod: Te estás emputeciendo.

    merisi: Necesito siempre la cercanía de un cuerpo, su calor, sentir una mano acariciándome la cabeza o la espalda o la parte que sea…

    nemrod: ¿Lo ves?

    merisi: ¿No lo disfrutas tú?

    nemrod: No. Es un trabajo.

    merisi: El trabajo también se disfruta. No somos máquinas. Y contigo es otra cosa. Tú eres mi amigo. No quiero que seas ni mi amante ni mi madre ni mi padre. No debes confundir las cosas. ¿Tú no necesitas ternura?

    nemrod: No. Soy más fuerte que tú. Y cuando alguien me coge sólo pienso en hacer bien mi trabajo, porque eso es, un trabajo.

    (Merisi se arrodilla ante el otro.)

    merisi: Mírame a los ojos.

    (Nemrod mira el piso.)

    merisi: Mírame y dime que no sientes nada.

    (Nemrod continua eludiéndolo.)

    merisi: ¡Mírame!

    (Nemrod lo mira a los ojos.)

    nemrod: Fuera del dolor o de la incomodidad, no siento nada.

    merisi: Mientes.

    nemrod: Te digo la verdad.

    merisi: Te haces el fuerte.

    nemrod: De los dos soy el más fuerte, lo sabes.

    merisi: Quiero que lo seas, pero no lo eres.

    nemrod: Quieres… quieres… Soy, seré el más fuerte puesto que tú lo quieres. Te protegeré de todos, hasta de ti mismo.

    merisi (vencido): Yo haré lo mismo por ti. Lo hago.

    nemrod: Entonces ya no discutamos.

    merisi: Está bien. Hagamos cuentas. (Le tiende unos billetes.) Tres mil, cerrados. (Los mete en la camisa de Nemrod.) ¿Cómo va tu espalda?

    nemrod: Mejor. Mañana volveré al trabajo.

    merisi: No lo harás. Ya lo hablamos.

    nemrod: Merisi… (No puede contener las lágrimas.)

    merisi: ¿Qué pasa?

    nemrod: ¿Me perdonas por llamarte puto?

    merisi: ¿Y qué somos entonces?

    (Ríen.)

    nemrod: Ya no rías. Quiero decirte algo. Voy a construir un puente.

    merisi: ¿Qué dices?

    nemrod (ensoñador): Voy a construir un puente. Seré ingeniero y maestro de obras y obrero, todos al mismo tiempo, y construiré el puente más largo y más seguro por donde podamos huir. Nadie podrá cruzarlo, excepto nosotros. Será un puente de madera para que pueda arder e irá cayendo metro a metro tan pronto como nos desplacemos a la otra orilla. Y cuando hayamos recorrido el último tramo, el resto del puente caerá al vacío y nosotros estaremos a salvo. Y nos alejaremos sin prisa con nuestro dinero ahorrado.

    merisi: Eso me recuerda que debo comprar los boletos. Mañana, antes de vernos, lo haré.

    nemrod: Merisi, ¿te puedo dar un beso?

    merisi: Un hombre no pide permiso.

    (Nemrod se inclina sobre Merisi, hace un gesto de dolor que pasa inadvertido para el otro y lo besa en la mejilla.)

    merisi: Te llevaré a tu casa.

    nemrod: Sí. Debemos descansar.

    (Oscuro.)

     

    Noche 19

    Nemrod y Merisi entran al mismo tiempo. Se sientan y se miran en silencio.

    merisi: No trabajaste, ¿verdad?

    nemrod: No.

    merisi: ¿Tu espalda cómo va?

    nemrod: Mejor. Ya no tengo fiebre.

    merisi: Y ella, ¿qué dice?

    nemrod: Nada. Pero siente pena o me desprecia tal vez, en todo caso no hablamos.

    merisi: Mejor.

    nemrod: Sí.

    merisi: Ella recogió todas mis cosas y las metió en unas cajas, menos la muda que me pondré mañana.

    nemrod: No nos llevaremos nada.

    merisi: Como la mujer que me persigue.

    nemrod: Olvídala.

    merisi: No me deja tranquilo. Hoy, en cada cliente veía la cara de ella. Opté por darles a todos la espalda. ¿Sabes a quién se parece? A Barbara Steele.

    nemrod: No la conozco.

    merisi: Me mira como reprobándome o como burlándose, no sé, pero ahí está, hambrienta…

    nemrod: ¿Hambrienta?

    merisi: ¿Dije eso? Persiste aunque cierre yo los ojos. Si al menos me dijera qué quiere de mí o por qué me odia. Y me distraigo mientras trabajo y los clientes me reclaman por no poner pasión, o por lo menos entusiasmo, en lo que hago. Me dicen: ¡putito, mueve las nalgas!, y caigo en la cuenta que hago mal mi trabajo.

    nemrod: Mañana acabará todo esto.

    merisi: Un cabrón  me dio una bofetada mientras me decía: ¿no se te para, pinche maricón?

    nemrod: Mañana trabajaré yo y tú me esperarás aquí.

    merisi: Una noche más no importa; además tú no puedes trabajar porque estás lesionado.

    nemrod: Te digo que ya estoy bien. Y mañana estaré mejor. Después de las tres, seremos libres.

    merisi: Pero no trabajarás.

    (Merisi saca de sus bolsillos algunos billetes que entrega al otro, éste los cuenta.)

    nemrod: Mil ochocientos. No está mal.

    merisi: Está mal.

    nemrod: No mucho.

    merisi: En mi gráfica laboral hubo un descenso.

    nemrod: No importa.

    merisi: Sí importa. (Silencio.) ¿Nos vamos?

    (Lentamente empiezan a incorporarse. Oscuro.)

     

    Noche 20

    Nemrod, sentado, espera. Llega Merisi tambaleándose y dejándose caer. Inmediatamente Nemrod se acerca a él, se arrodilla y lo examina.

    nemrod: ¿Bebiste?

    merisi: Un poco.

    nemrod: ¿De dónde sacaste esta chamarra?

    merisi: Me la dio un cliente.

    nemrod: ¿Qué tomaste?

    merisi: ¿Importa? Dos martinis.

    nemrod: Y eso, ¿qué es?

    merisi: No lo sé.

    (Merisi mete la mano en uno de sus bolsillos, saca unos billetes arrugados que entrega al otro.)

    merisi: Mira bien… ¡Diez mil pesos!

    (Nemrod cuenta el dinero.)

    nemrod: Ocho mil.

    merisi: Espera…

    (Merisi busca en otro bolsillo, encuentra otros billetes, Nemrod los coge.)

    nemrod: Tienen sangre.

    merisi: Debe ser…

    nemrod: ¿Debe ser?

    merisi: Tomé dos martinis.

    nemrod: ¿Y por eso tienen sangre?

    merisi: Estoy borracho. (Silencio.) Me siento mal.

    nemrod: Esperemos a que se te baje la borrachera.

    merisi: ¿Estás enojado?

    nemrod: No soy tu novio

    merisi: No, no lo eres, pero no me has dicho si estás enojado. (Silencio.) ¿Tu silencio quiere decir que sí?

    nemrod: Duérmete.

    merisi: No tengo sueño.

    nemrod: Descansa entonces.

    merisi: La vi nuevamente.

    nemrod: Siempre la ves.

    merisi: Algunos días no la veo. Y hoy estuvo junto a la cama con el último cliente.

    nemrod: ¿El que te hizo beber?

    merisi: Estuvo atenta a todo lo que hicimos.

    nemrod: No quiero que me cuentes.

    merisi: Me hizo tomar dos martinis…

    nemrod: No quiero saber.

    merisi: Después, mientras me cogía con brusquedad, me propuso algo que me dio miedo. Me dijo: te doy quinientos pesos más si me dejas herirte con esta navaja, y me la mostró; alarmado bajé mis piernas pero me detuvo con fuerza y agregó: no te asustes, no quiero hacerte daño, solamente quiero que la adrenalina nos motive. Me separé de él, y él, golpeándome, me tiró a un lado de la cama y presionando mi nuca con su pie, amenazó con acusarme que lo había robado. Ella, bajo la cama, me sonreía. Tenía mucho miedo, Nemrod, tanto que casi me orino. Ella se acercó a mi cara y me dijo al oído que aceptara, que el dinero que el desgraciado me ofrecía favorecería nuestros planes…

    nemrod (asustado): ¡Merisi, no quiero oír!

    merisi: No quería llorar, te lo juro, pero las lágrimas me traicionaron…

    nemrod: Merisi, Merisi, no jures…

    merisi: Quitó su pie, me levantó, me sentó en sus piernas y secando mis lágrimas me dijo: no tengas miedo, te haré un corte pequeño, insignificante, superficial. Le dije que no quería morir y él, sonriendo, agregó: eres tan frío, tan amateur… Y me cortó entre las costillas. ¿Lo ves?, dijo, no duele. Y de verdad que no me dolió… Me recostó boca arriba, y volvió a penetrarme… Le pedí que fuera cariñoso, que me dijera palabras amorosas… Me hirió del otro lado, también entre las costillas, mientras decía: amor… amor…

    nemrod: ¡No quiero oír!

    merisi: Me cortó cuatro veces más, en el abdomen y en las piernas… (Orgulloso.) Quinientos pesos por cada herida y dos mil pesos por el servicio… Ella no se apartó de mí, sostenía mi cabeza, acariciaba una de mis manos, y lamía mis heridas, sellándolas con su saliva…

    (Nemrod abre con cautela la chamarra que viste Merisi y se horroriza al ver la sangre que mancha la camisa y el pantalón de éste.)

    nemrod: ¡Estás loco!

    merisi: No digas eso. Estoy borracho.

    nemrod: ¡Estás herido!

    merisi: Por eso me dio su chamarra…

    nemrod: ¡Debemos denunciarlo!

    merisi: No, no, recuerda que debemos irnos. Sólo déjame descansar un poco para que se me pase la borrachera.

    nemrod: ¡Te llevaré al hospital!

    merisi: ¿No entiendes? Si nos quedamos en la ciudad él me llevará mañana.

    nemrod: Necesitas que te vea un médico.

    merisi: Déjame descansar. Déjame dormir una hora. Solamente una hora, por favor…

    nemrod: ¡No cierres los ojos!

    merisi: Media hora…

    nemrod: ¡No te duermas!

    merisi: Quiero descansar…

    nemrod: ¡Merisi! ¡Merisi!

    merisi: Quince minutos…

    nemrod: ¡Abre los ojos! Si los cierras tal vez no vuelvas a abrirlos. ¡Merisi, no me dejes solo!.¡Merisi!

    merisi: No grites.

    nemrod: Descansa pero no cierres los ojos.

    merisi: Me duelen las heridas, sobre todo las de las costillas…

    nemrod: No hables.

    merisi: Me arde el cuerpo.

    nemrod: Cállate. Déjame pensar.

    merisi: ¿Pensar en qué? Solamente dame quince minutos para que se me pase el efecto de los martinis, porque no fueron dos sino tres…, ¿o fueron cuatro? No lo recuerdo bien…

    nemrod: Cállate, Merisi, cállate. Déjame pensar en lo que debemos hacer.

    merisi: Voy a cerrar los ojos un momento… Sólo un momento.

    nemrod: Pero no te duermas.

    merisi: No tengo sueño… Tengo frío…

    (Nemrod le cierra cuidadosamente la chamarra.)

    merisi: No la abotones. (Se queja.) Completamos la cantidad, ¿no es cierto?

    nemrod: La sobrepasamos. Trabajé ayer y gané tres mil cuatrocientos cincuenta pesos. Fue mi mejor día.

    merisi: Te prohibí…

    (Merisi, aterrado, abre los ojos y coge con fuerza una mano de Nemrod.)

    merisi: ¡Viene por mí!

    nemrod: ¿Quién?

    merisi: ¡No dejes que me lleve!

    nemrod: ¡Quién!

    merisi: ¡Lo prometiste, Nemrod…! ¡La ciudad arde a sus espaldas, corre nuevamente con su marido…! ¡La historia se repite, Nemrod, su marido se vuelve y se convierte en tea y ella extiende su mano pero la retira inmediatamente porque le quema, él mueve los labios, como lo veo hacer siempre, y sin palabras, porque no puede hablar, le dice que corra, que se ponga a salvo y ella niega con la cabeza…! ¡Él, con la mirada la urge, y ella gritando lo deja…! ¡Y maldita, transformándose en demonio, como cada noche, viene corriendo por la calzada, ligera como la voz, con los cabellos de fuego y con la mirada del odio, incendiando todo a su paso: árboles, pájaros, aire, dejando ascuas sobre el terreno que pisa! ¡Viene corriendo por la calzada, diciendo mi nombre, no Merisi, sino el otro, el verdadero…! ¡Viene por mí, Nemrod, viene por mí! ¡Ayúdame a levantar!

    (Nemrod trata de moverlo, Merisi hace muecas de dolor y gime.)

    nemrod: ¡Pon de tu parte, Merisi!

    merisi: Sí, sí…

    (Nemrod logra poner en pie al otro.)

    nemrod: ¡Ayúdame! ¡Herido pesas más!

    merisi: Tengo mucho frío…

    (Merisi coloca su brazo en la espalda de Nemrod, éste aúlla de dolor.)

    merisi: ¿Qué pasa?

    nemrod: Nada.

    merisi: ¿Te golpeó otra vez?

    nemrod: No preguntes eso

    merisi: ¡Apresúrate, Nemrod, ella acaba de penetrar en la zona! ¡Crucemos el puente y pongámonos a salvo!

    nemrod: ¡No puedo contigo!

    merisi: ¡Camino, Nemrod, camino!

    (A duras penas se mueven un poco. Repentinamente Merisi grita lleno de espanto. Nemrod deja caer a Merisi, éste se encoge para protegerse y el otro queda paralizado por el terror.)

    merisi: ¡No me lleves! ¡No me lleves!

    (Nemrod tira golpes en derredor suyo mientras se desplaza tratando de proteger a Merisi y gritando para ahuyentar aquello que los amenaza y no ve.)

    merisi: Nemrod, ¿la ves?

    nemrod: No la veo.

    merisi: Enreda su cuerpo al mío y me besa en la boca…

    nemrod: ¡No lo permitas, Merisi! ¡No lo permitas! ¡Aléjate, maldita, aléjate!

    merisi: ¡Me bebe y me come! ¡Quítamela, Nemrod!

    nemrod: ¡Llévame a mí! ¡Llévame a mí!

    merisi: ¡Nemrod, ahora está dentro de mí!

    (Nemrod cae de bruces.)

    nemrod: Dame la mano Merisi…

    merisi: Nemrod… Nemrod… quiero confesarte algo…

    nemrod: Después.

    merisi: No habrá después…

    nemrod: Dilo entonces.

    merisi: Besé a todos los hombres…

    nemrod: Cállate, Merisi.

    (Nemrod se incorpora junto con Merisi, abrazándolo para que no caiga.)

    merisi: Viene por los dos, Nemrod.

    (Merisi le echa el brazo en la espalda y Nemrod grita adolorido.)

    nemrod: No toques mi espalda, Merisi, por favor no toques mi espalda.

    (Merisi se afianza de la cintura de Nemrod, casi desmadejado, llevado por su amigo con gran esfuerzo y avanzando con dificultad extrema. Apenas se mueven un poco.)

    nemrod: Aguanta, Merisi, aguanta, cruzaremos el puente y la burlaremos… Pronto amanecerá e iremos al banco. Llevaremos a cabo nuestros planes y tomaremos martinis. Únicamente te pido que no toques mi espalda…

    (Nemrod continúa caminando, llevando casi a rastras a Merisi, lentamente, muy lentamente.)

    Oscuro.

     


    Texto publicado en la edición 147 de Crítica

    Escrito por Alejandro Ferrero

     

  • Un cuento frustrado causa mal aliento

    Después de treinta minutos cuelgo el teléfono. Me asusto. ¡Ya me chingué! ¿Si Ricardo toma la idea para escribir el cuento antes que yo?

    —Pues apúrate, tontita —murmura Héctor, mi marido.

    Caigo pesadamente sobre la cama, junto a él. Miro el techo y manoteo furiosa: no es la primera vez que por buena gente platico sobre algo que quiero hacer y luego aparece publicado en algún lugar. Héctor sonríe, voltea hacía mí y me jala para besarme.

    —Más vale que te asegures de terminarlo antes que él.

    Héctor sabe bien que el problema es mi inconsistencia. Cuántas historias empezadas, guardadas, perdidas en varios cuadernos, incluso hojas sueltas o servilletas; cuántas más en mi computadora escondidas dentro de un archivo que está dentro de un archivo que está dentro de otro archivo y ninguna terminada. A lo mejor dos o tres sí, pero sólo porque él me lo ha exigido, pues se me ocurre a veces leerle mis cosas en voz alta y se enoja cuando no están listas.

    —¿Cuál es mi problema, Héctor? 28 años, licenciada en Letras…

    —Una sonrisa vendedora, dos ojos grandes y una cadera que… —interrumpe  mientras acaricia mi cara—. ¿Qué te detiene?

    —¡No lo sé, dime tú! —le contesto con fastidio—. Pero te lo juro, Héctor, ahora sí acabo porque acabo.

    Ricardo dejó de escribir. Seguro de haber cumplido con la labor del día, poco le importó describir en las primeras cuartillas al sujeto que por las noches le diría a María al oído “Te amo”, una y otra vez, mientras ella hacía un esfuerzo para no reaccionar y dejarse llevar a la primera provocación, apretando los ojos, apretando todo el cuerpo. Lo imaginaba viéndola dormir, disfrutar el olor dulzón que ella desprendía, que inundaba el cuarto, ese cuarto situado frente al mar, en cualquier playa del Mediterráneo (aún sin definir); lo imaginaba tocando su pelo largo abultado, sus piernas firmes y sus senos grandes apenas cubiertos por las sábanas. Enseguida sintió celos…

    Hacía apenas unas horas que por teléfono, y en buenos términos, se había despedido de su exmujer. En sus propias palabras: “Me es imposible dejar de saber de ti…” ¿Cuánto hace de esa historia? ¿Por qué no termina? Ni él mismo lo sabía con exactitud y no le importaba saber. Estaba de vuelta en su ciudad natal para recorrerla ahora sin ataduras; volvía para sortear sus calles viejas, sucias, que se vacían temprano; ciudad que él soñaba cada vez que estaba lejos; a donde siempre había estado y a donde acudiría aunque estuviera en cualquier otro lado.

    No obstante, de un rato para acá le incomodaba el hecho de que el sujeto del que escribía la estaba pasando de maravilla y él no. “No cabe duda, escribo sobre lo que no sé hacer…”, se dijo sin entenderse mientras sorbía de una botella de whisky comprada en alguna vinatería. Tras ello, y sentado en una vieja butaca de madera, se despojó de sus gafas, talló sus ojos con fuerza desmedida y se rindió ante el cansancio frente a la computadora…

    Estoy acostada pero estoy despierta. No puedo dormir. Héctor perdió el glamour. Ronca como oso. Se me ocurre mirar el reloj intuyendo que es de madrugada y sí, son las dos cuarenta y cinco.

    No puedo estar tranquila, doy de vueltas en la cama porque las ideas no se quedan quietas dentro de mi cabeza: la llamada, Ricardo, el cuento… En verdad me gustaría dormir en paz y sentir la brisa que flota en este cuarto; huele a fresco y las olas del mar no rompen con la calma de la habitación…

    Tres y diez de la mañana, falta mucho para que amanezca. No debo pensar. Una pregunta me asalta: ¿cómo consiguió mi número? ¿Amigos, el directorio, Internet, un detective? ¿Por qué le dije sobre mi idea para escribir un cuento? Después de un rato, reflexiono: Ricardo no es quién para eso de las historias de amor, sólo hay que hurgar en su vida personal: sin esposa, sin novia, sin hijos, sin reino, sin barco, sin tripulación…

    Desde la cama alcanzo a ver mi computadora. ¿Y si me levanto a seguir escribiendo? No, ya son las tres treinta y siete, debo descansar. Ya pasé horas tecleando luego de que colgué el teléfono.

    Cambio de lado y me encuentro a Héctor de frente. ¿Sus ojos están cerrados? Sí, sus ojos están cerrados, su boca abierta. Ronca y yo mirándolo dormir. Y pensar que hace un rato esta ternurita de marido estaba sobre mí, sujetándome las manos mientras me besaba; jugueteaba con mi pelo y mis mejillas; con el dedo hacía círculos sobre mis labios sólo para volverlos a besar mientras desabrochaba mi camisón, tocaba mis pechos. ¡Tócame, Héctor, tócame, así, así…!

    “¡Si apenas lo conociste!”, gritó mi madre cuando le dije que me iría a vivir con él. Meses después me preguntaba: “¿Lo amas o lo quieres?” “¿Eres feliz?”

    Las cinco veintitrés. Estoy boca arriba viendo hacia el techo.

    Seis de la mañana. Ahora sí me levanto para seguir escribiendo. Con cuidado que casi hago que Héctor se despierte. Susurro: Estoy escribiendo un cuento buenísimo… —Qué bueno —contestó—. Un cuento frustrado causa mal aliento… —me lanza un beso.

    Ricardo despertó de golpe. Se dio cuenta de que se había desmayado por el cansancio sobre el escritorio. Sorprendido porque si bien aún no amanecía del todo, se alcanzaba a ver ya un pedazo de cielo. Reparó en que sus cabellos estaban revueltos y tenía mal aliento. La botella de whisky estaba vacía.

    Seguramente, pensó, ya debe haber gente en la calle esperando el camión bajo este frío de la chingada. Tras colocarse las gafas, vio que el monitor de su computadora estaba encendido suponiendo que, mientras dormía, aquel sujeto del que escribía, se la pasó acicalándole el pelo a María, rozando sus mejillas, besándola con amor. Peor aún: le habría hecho el amor. No, sólo se la ha de haber cogido, corrigió.

    Con la calma que se requiere ante los mareos producidos por beber demasiado, Ricardo se acercó a la cocina para prepararse un café y buscar algún cigarro que anduviera perdido en su departamento. Encontró uno debajo de sus papeles, las llaves y algunas monedas sobre el refrigerador. Lo encendió.

    ¿El cuento, cómo empieza, cómo acaba? Ni idea, mientras aspiraba el humo. En su mente una frase (sin saber si era suya o no y si ya estaba escrita o no): “Aún la quiero porque nos conocimos en momentos muy difíciles de la vida y en algunos de ellos hasta llegué a extrañarla…” Y recordó que él también había dado besos con amor y que hubo un tiempo en que era dueño de un cuerpo hermoso que se resistía a la primera provocación…

    Un par de bocanadas bastaron para recobrar el equilibrio y regresar a su escritorio. En verdad que hace frío, murmuró amargamente mientras imaginaba a la pareja de su historia despertar en aquel paraíso tropical. Tomó un diccionario (¿qué quería buscar?), lo hojeó apuradamente y sin más lo botó al piso consciente de que, si no se sentaba a escribir, el hambre pasaría por él.

    Desde la ventana observo que las olas arrecian y dejo la computadora para mirarlas cómo se rompen en la playa. Generalmente no disfruto las mañanas. Me levanto de mal humor, pero es un hecho que la idea de Héctor de venir acá por unos días fue maravillosa. Junto a él me siento sensible a la naturaleza.

    Entumida por el tiempo que he pasado escribiendo, me paro y ando con ganas de sentir la arena. Hace un calor delicioso y no me importa si en el cuento taché una frase: “Aunque empeñados en soplar, hay llamas que ni con el mar”, aunque no es mía es parte del soundtrack de mi vida y seguirá conmigo por mucho tiempo.

    Tres o cuatro pasos rumbo al mar, recuerdo, sonrío y miro al horizonte; pienso: cariño, amistad, ternura, simpatía, afecto, atracción, adoración, veneración, pasión, cortejo, flechazo, flirteo, llama, celo, éxtasis y deleite, palabras todas como sinónimos de amor en el diccionario y que son tan distintas que puedo sentir muchas por Héctor pero una sola por Ricardo…

    Ricardo bostezó y un hedor se paseó por el lugar. Algo así como comida descompuesta. Era su boca. Después de varias horas se dio cuenta de que no terminaría su relato. Cada vez que cerraba una línea se abría otra trama y anexaba una línea más, que después tendría que editar.

    Ante la presión del estómago vacío y la falta de alcohol, marcó el teléfono y acordó la primera cita del día: “¿A comer? Claro, ya está. ¿De beber? Creo que sí, aún tengo algo por ahí…”

    Regresó a su computadora y entonces María, redactaría Ricardo, avanzó rumbo al mar mientras el viento le daba en la cara. Aquel día ella se levantó y se encontró con la vida. Sin duda respondería a su madre: sí, sí soy feliz. Y gritó decenas de veces: “Héctor, te amo”, pero mientras una ola se la tragaba, pensó: si pudiera sentir lo que yo, Ricardo escribiría un gran cuento y no estas líneas que terminarán en la computadora escondidas dentro de un archivo que está dentro de un archivo que está…

    Publicado en la edición 147 de Crítica


    Escrito por Oscar Ricardo Muñoz Cano

    Oscar Ricardo Muñoz Cano: nació en Puebla, Puebla, en 1975. Es escritor, actor y periodista. Es autor principalmente de cuento. Actualmente reside en Acapulco, Guerrero. Publicó el libro de cuentos “Sólo los alcatraces son felices” (2005) y prepara una primera novela así como su segundo libro de cuentos. Ha ganado dos segundos lugares en el concurso estatal/nacional de cuento “José Agustín” (2003 y 2004) así como el premio a la mejor obra terminada otorgado por el Ayuntamiento de Acapulco (2004). Ocasionalmente ha participado en encuentros literarios, tales como el encuentro regional “El Sur existe a pesar de todo” (2004 y 2005), y la convivencia con autores toluqueños (2007). Desde el 2006 y hasta este 2010 colaboró con el periódico Novedades Acapulco con diversas columnas de opinión.

  • Drama de honor

    a Nacho Bravo

     

    Tania dejó a los niños encargados con la sirvienta y, al volante de una Suburban roja con vidrios polarizados, tomó la avenida Tetabiates rumbo al consultorio de su marido. Necesitaba descubrir la verdad por amarga que fuera, y sin embargo el temor de enfrentarse con ella le tensaba los músculos de la espalda. Por desgracia, sus intuiciones nunca fallaban: Ramiro se había enredado con alguna puta, quizá conocida suya, y esta vez no se trataba de un simple capricho. De un tiempo a esa parte andaba esquivo, distante, perdido en un limbo  de vanidad y egoísmo.  No cabía en su piel de tanta hinchazón, como si le hubieran inflado los huevos con gas butano. Se acicalaba horas frente al espejo, celebraba con desgano los éxitos escolares de los niños, perdía el hilo de la charla en las comidas familiares de los domingos y en la cama pagaba el débito conyugal con una destreza de autómata, economizando el ardor y la pasión que sin duda prodigaba en el lecho enemigo.

    Las calles de Ciudad Obregón, desiertas durante los calores diurnos, bullían de actividad tras la puesta de sol, y algunas parejas de ancianos sacaban sillas a la banqueta para ver pasar la vida desde los zaguanes. Tania envidió a esos viejos matrimonios inmunes a la desconfianza y a los celos, que sólo habían venido al mundo a criar hijos sanos y a gozar los placeres simples de la existencia. Desde la luna de miel hasta las bodas de oro ninguna zozobra debe de haberles quitado el sueño, pensó conmovida. Ella, en cambio, tenía que batirse como leona para defender su precaria felicidad familiar, amenazada en todo momento por los caprichos hormonales de Ramiro. Cuánto le hubiera gustado ser un ama de casa anodina, con un marido fiel y hogareño, aunque fuera un pobre diablo. Pero no, había tenido que enamorarse de un triunfador  mujeriego, de un don Juan engreído y estúpido, inseguro en el fondo de su propia virilidad, que había  llegado al adulterio por el camino del narcisismo.

    Bajó de la camioneta en la avenida Miguel Alemán con sombrero y lentes oscuros, para hacerse notar lo menos posible. Sorprendido por su visita a deshoras, el portero de la clínica no tuvo agallas para cerrarle el paso, ni Tania se dignó darle ninguna explicación. Era la señora esposa del doctor Encinas, y podía meterse hasta el quirófano cuando le viniera en gana. Subió por el elevador hasta el tercer piso y, con la copia de la llave que se había agenciado esculcando los trajes de Ramiro, abrió la puerta del consultorio 303. Sillones de cuero, litografías con paisajes de París y Florencia, olor a desinfectante de pino, revistas médicas desparramadas en la mesa de centro, el título de ortopedista graduado en Arizona State University colgado en la pared del fondo. Ya no estaba en la antesala el sofá cama color tabaco, retirado de ahí por exigencia suya, cuando descubrió que Ramiro usaba el consultorio como leonero, pero de cualquier modo Tania le había cogido tirria a ese maldito lugar, donde veía por doquier los odiados fantasmas de sus rivales. Con seguro paso de detective, atravesó la salita de cirugías ambulatorias, donde había un esqueleto de tamaño natural guardado en una vitrina, y entró al despacho privado de Ramiro, alfombrado y acogedor, con libreros de caoba llenos de gruesos tomos de medicina. Revisó los cajones en busca de evidencias, pero sólo halló folletos de propaganda farmacéutica, blocks de recetas y viejas radiografías. Se detuvo un momento a contemplar las fotos enmarcadas de sus hijos, que ocupaban la esquina izquierda del escritorio. Pobrecitos, si supieran la clase de canalla que era su padre. Las pruebas del adulterio debían estar en su computadora portátil, sí, a Ramiro lo ponían caliente los recados obscenos. Por suerte estaba encendida y no tuvo que anotar la clave de acceso. Le bastó una rápida ojeada a la lista de marcadores favoritos para descubrir la existencia de un email sospechoso: borisnewman@prodigy.net.mx. ¿Sería el seudónimo que usaba para ligar en la red? Con argucias cibernéticas aprendidas en anteriores pesquisas obtuvo la contraseña del correo y echó un vistazo a la libreta de direcciones .El hígado le dio un vuelco al revisar la bandeja de mensajes enviados.

    Very very strawberry:

    Todavía guardo en el paladar el sabor del helado de fresa que  lamí entre tus muslos. Mmmm, qué rico fue meter la lengua en ese botoncito  de rosa. Te estás convirtiendo en una peligrosa adicción, en una droga dura que no puedo dejar sin tener un horrible síndrome de abstinencia. Sueño contigo a todas horas, ando distraído en las consultas y hasta el apetito se me ha quitado de tanto desearte. Nos vemos el jueves, donde ya sabes.  Para alegrarme un poco la espera, dime cómo son los calzoncitos  que llevas hoy. ¿Te pusiste otra vez la tanga negra de encaje?

     

    Tania se desplomó sobre el teclado, con  arcadas muy similares a las que tuvo en sus embarazos. El repulsivo lenguaje de Ramiro lo retrataba de cuerpo entero. ¡Y pensar que escribía esas pestilencias en el mismo escritorio donde tenía las fotos de los niños! La profanación del altar familiar le dolió más aún que la procacidad de la carta. ¿Ya no había nada sagrado para ese malnacido? ¿Tan enamorado estaba de su propia verga que atropellaba todas las leyes divinas y humanas con tal de cumplirle el menor capricho? Los mensajes dirigidos a Very very Strawberry habían comenzado dos meses atrás y todos rezumaban humores venéreos. ¿Quién era esa puerca? ¿Una casada insatisfecha de su propio círculo de amigas, una morrita ambiciosa que le quería robar el marido, una vulgar encueratriz de table dance? Después de imprimir los tres mensajes más fétidos, que guardó en su bolsa con la punta de los dedos, como si fueran material radioactivo, manejó de vuelta a casa pasándose los semáforos  en una carrera suicida.

    En un estado de crispación aguda, apenas atemperado por media pastilla de Lexotán, se recostó en el sofá de la sala sin encender la luz, para esperar a oscuras la llegada de Ramiro, que oficialmente había ido al estadio de béisbol a ver el juego de los Yaquis. Cuál beisbol ni que la chingada: era jueves y sin duda estaba lamiendo helado de fresa en el clítoris de su amante. Palpó con las yemas de los dedos la hoja del cuchillo cebollero que había sacado de la cocina. Le asestaría la primera puñalada en los huevos, y después otras dos en el corazón, como había visto hacerlo a los psicópatas de las películas. Y si aún respiraba, otras dos en el hígado, para darle la puntilla. Cuando escuchó el ruido del motor y los goznes de la puerta electrónica del garage, corrió a esconderse en el vestíbulo, detrás de los macetones. El cuchillo temblaba en sus manos débiles, acobardadas por el temor y la duda. El traidor se merecía la muerte, pero ella no tenía la estatura trágica de una homicida, ni podía destrozar la vida de sus hijos  por una rabieta, y dejó caer el arma en la alfombra, derrotada por el sentido común. Cuando Ramiro cruzaba el recibidor, Tania encendió la luz y se le plantó delante con  una mirada de rencor helado.

    —Buenas noches, Boris, te estaba esperando. Ya sé por qué has andado tan raro conmigo, te pegó duro el enculamiento, ¿verdad? —se acercó para olerle la camisa—. Guácala, vienes apestando a panocha, dile a tu güila que por lo menos se bañe.

    Ramiro retrocedió hacia la pared, aterrorizado por su embestida. A pesar de ser alto y ancho de espaldas, a pesar de su porte gallardo de valentón campirano, en el fondo era un cobarde que se arrugaba en los momentos de crisis.

    —¿Pero qué te pasa, estás loca?

    —No grites, que vas a despertar a los niños —Tania lo llamó al orden con un sigilo rabioso—. Tengo todos tus recados apestosos y ahora mismo te los voy a leer.

    Comenzó la lectura con la respiración jadeante, pronunciando en tono burlesco las palabras obscenas.

    —Yo no escribí eso —intentó defenderse Ramiro, rascándose la calva con nerviosismo—. ¿De dónde lo sacaste?

    —De tu computadora. Acabo de estar en tu consultorio.

    —¿Entraste sin mi permiso? Eso se llama allanamiento de morada. ¿Cómo te atreves a espiar mis mensajes?

    —Entonces reconoces que son tuyos.

    —¡Yo no dije eso!

    —Cállate, imbécil, ya estás gritando otra vez. Si se despiertan los plebes te mato. ¿Vas a negar que escribiste esas marranadas?

    —Te juro que yo no fui —dijo Ramiro, sobándose la mejilla sin mirarla a los ojos—, ninguno de esos mensajes tiene mi firma.

    —Explícame entonces quién es Boris Newman y por qué tienes acceso  directo a su mail.

    —No sé, alguien debe estar usando la computadora sin mi permiso. A lo mejor Lauro, mi asistente.

    —Ahora le echas la culpa a un pobre empleado. Ya estás grandecito para hacerte responsable de tus actos, ¿no crees? Apuesto que ni siquiera te pones condón. Encima de todo quieres matarme de sida. ¿Verdad, pendejo?

    Tania rompió en llanto, la cara oculta entre las manos. Ramiro intentó atraerla hacia su pecho.

    —Estás montando un drama por una simple sospecha —dijo en tono paternal—. Esos mensajes no significan nada, te lo juro.

    —¡Soy una pendeja por haberte aguantado tantos años! —estalló Tania, indignada por su falsa ternura—. No es la primera vez que me engañas, pero será la última. Lárgate a dormir a un hotel y ve hablando con tu abogado, porque esto ya se acabó.

    —Por favor, Tania, no digas barbaridades. Ya te dije que yo no escribí esos correos.

    Parecía compungido y temeroso de perderla, pero su detector de mentiras le prohibió ablandarse.

    —Dije que te largaras. Fuera de aquí, mentiroso.

    Lo empujó hacia el garage de un violento empellón.

    —Siquiera déjame sacar un poco de ropa —Ramiro intentó oponer resistencia.

    —Mañana mandas al chofer por ella. Yo no quiero tocarla porque me das asco. Y te lo advierto, imbécil: ahora sí me voy a cobrar a lo chino. O todos coludos o todos rabones. Si el señor quiere variedad en la cama, yo también la voy a tener. ¿O qué? ¿Nomás tú te puedes divertir? Mañana mismo me cojo a alguno de tus amigos, al fin que todos quieren conmigo. ¿Lo oíste? ¡Todos!

    Cuando se fue, Tania bebió un largo trago de coñac, satisfecha por haber dejado en alto su dignidad. Nada de morderse el rebozo como una mujercita abnegada, de ahora en adelante ojo por ojo y cuerno por cuerno. Repasó la lista de hombres casados y solteros que se le habían insinuado en los últimos meses, empezando por Braulio, su compadre, siempre tan sobón en las pistas de baile. Pero no, Braulio era eyaculador precoz, lo sabía por las confidencias de su mujer. Mejor se tiraba a Julián, el sobrino chilango de los Moncada, un moreno atlético de manos grandes, con pinta de gigoló siciliano, que había tenido la osadía de acariciarle la rodilla por debajo del mantel en un banquete de bodas. Tamaña insolencia presagiaba un buen palo. Pero la mera verdad, quien más la calentaba era William, el marido gringo de Josefina, que le había untado el bronceador en una playa de San Carlos, mientras sus respectivos cónyuges llevaban a los niños a esquiar. De hecho, más de una vez había  evocado sus tocamientos al masturbarse en la ducha. Y ya entrada en liviandades, nada le costaba seducir a Néstor, el compañero de estudios de su hijo Alberto, un tierno palomo de 17 años, que la miraba estrábico y babeante cuando hacía pilates en el gimnasio. Si ella se había privado de tantas conquistas en nombre de la lealtad, ¿por qué Ramiro no podía aguantarse las ganas?

    Al diablo con los ideales románticos, el sexo sin amor los había vuelto monedas caducas, vestigios arqueológicos del pleistoceno. Muchas de sus amigas casadas se tiraban al chofer o al guardaespaldas, mientras sus maridos mantenían como reinas a putas húngaras de 18 años. Sabía, por ejemplo, que  dos consuegras de alta sociedad, La Chata Ortiz y Nelly Peña, se habían hecho amantes en secreto, manteniendo sin embargo una reputación intachable, que les permitía comulgar cada domingo y codearse con el señor obispo, otro cínico profesional aficionado a los efebos. El tedio provinciano era un ácido corrosivo de acción prolongada  y lenta, más pervertidor que el bullicio de las grandes ciudades. En ese pueblo cualquier depravado podía salir limpio de las ciénagas más nefandas, siempre y cuando pecara de puertas adentro y mantuviera un perfil discreto. La decencia era un fardo pesado que muchas veces había deseado mandar al diablo, por sentirse ridícula en medio de tanto libertinaje. Su lealtad al amor con mayúsculas, al proyecto de vida  traicionado por Ramiro, sólo había servido para excluirla de la orgía subterránea donde una mujer con su garbo se merecía todos los homenajes de la lujuria.

    El vértigo de la venganza la mantuvo despierta hasta las cuatro de la mañana.  Pero al día siguiente, cuando llevó a los niños al colegio, les dijo que papá había salido de viaje a un congreso médico, pues ya no estaba tan segura de  querer llevar ese pleito hasta el rompimiento, ni tenía tanta prisa por acostarse con otro. Más bien estaba triste y vacía, aturdida por la resaca del desamor. ¿De verdad era inevitable la separación? ¿No estaría siendo demasiado drástica? A las nueve de la mañana, el chofer que vino a recoger la ropa de Ramiro le trajo un arreglo floral de orquídeas, “para la reina de mi alma”, con una petición de clemencia: “No me condenes a muerte.” Las flores y el tono implorante del  mensaje la conmovieron sin vencer del todo su escepticismo. Ahora el cínico le soltaba frases de bolero, creía que todo se arreglaba con dos lagrimitas. Pero quizá estuviera arrepentido de verdad. No era para menos, perdería demasiado por una estúpida calentura. Me necesita, pensó con orgullo, soy la mujer que le da estabilidad y equilibrio.

    Aceptó escucharlo esa misma tarde, cuando los niños estaban en el club de natación, pero le advirtió de entrada que antes de iniciar el diálogo debía aceptar su culpabilidad.

    —Si de veras me quieres, confiésalo todo. Reconoce que andas enredado con esa tipa.

    Ramiro rechinó las muelas con impaciencia.

    —No tengo ninguna amante, ya te lo dije. Me estás acusando en falso.

    —¿Y tus correos qué? ¿Te los escribió un duende?

    —Sepa Dios quién los escribió.

    —No insultes mi inteligencia, Ramiro. Por el camino de la mentira no vas a conseguir nada.

    —Te estoy diciendo la verdad.

    —No sabes mentir, se te nota en la cara.

    Ramiro se desplomó en el sofá de la sala, las cejas anegadas en sudor frío.

    —Está bien, tuve una aventurita. Pero te juro que esa mujer no me importa: sólo la quería para un revolcón. Soy un imbécil, mi vida, cuando una vieja me hace un guiño no me puedo controlar.

    Eran las palabras que Tania necesitaba oír para recobrar la supremacía sobre su rival. Aunque Ramiro fuera un infiel contumaz, jamás había tenido la intención de largarse con otra, una virtud importante en esos tiempos de matrimonios volátiles y piratería sexual desaforada. Como los machos de antaño, quería tener una esposa de planta, o más bien una madre sustituta, y muchas amantes ocasionales, sin poner en riesgo la columna vertebral de su vida. Una manera de amar intolerable para cualquier esposa con amor propio, pero ¿acaso había otra clase de maridos en Ciudad Obregón? Salvo los impotentes y los maricas, en ese patriarcado ranchero  todos los varones aptos para la cama eran igual de cabrones. Suponiendo que tronara con Ramiro, ¿por quién lo iba a cambiar? ¿Por otro machote abusivo y gandaya que le daría el mismo trato y quizás hasta le pegara? Obtenida la confesión, ahora necesitaba reestablecer el equilibrio de poderes. Pero no podía perdonarlo así como así, la afrenta ameritaba un severo escarmiento.

    —¿No te basta conmigo? —se quejó—. ¿Por qué a mí no me untas helado? ¿Estoy de plano tan tirada a la calle?

    Tania puso los brazos en jarras, confiada en los encantos de su juventud tardía. Era una señora de porte distinguido, con cuello de garza, pelo castaño oscuro y ojos negros, que gracias al ejercicio se había conservado esbelta y lozana sin necesidad de cirugías. Aunque la opulencia carnal de la madurez empezaba a redondear las planicies de su abdomen, tenía muy bien repartidas las turgencias del cuerpo y les sacaba partido con una cadencia de movimientos que sólo puede dar la experiencia erótica. El vaporoso vestido de muselina gris perla realzaba la dulce prominencia de sus senos. Elegante y sexy al mismo tiempo, nadie hubiera sospechado que ya rondaba los 47.

    —Estás preciosa, mi amor —reconoció Ramiro—. Pero aunque tenga enfrente los manjares más deliciosos, a veces a uno se le antojan los cacahuates de la botana.

    —Pues tú te atiborras con ellos, como los changos del zoológico —Tania exhaló un suspiro irónico y chasqueó la lengua con desprecio—. No me extraña, siempre has tenido gustos vulgares. Si ya te cansaste de mí, dímelo francamente. No quiero retenerte a la fuerza.

    —Fue una canita al aire —Ramiro la tomó de la mano, tratando en vano de sonar convincente—. Te juro que esa mujer no me importa.

    —Quiero saber quién es.

    Ramiro se removió en el sofá con un gruñido de víctima.

    —¿Qué ganas con eso?

    —No quieras protegerla, ¿o que? ¿La vas a seguir viendo?

    Acorralado contra las cuerdas, Ramiro confesó que era una paciente divorciada a quien había atendido de una luxación en el hombro.

    —¿Cómo se llama?

    —Lucrecia Ríos.

    Tania no la conocía, y su anonimato la tranquilizó. Por los menos podía confiar en su círculo de amigas.

    —¿Jovencita?

    —Veinticuatro años.

    —Cerdo asqueroso, podría ser tu hija. Debe andar contigo para sacarte lana, mientras se acuesta con morros de su edad.

    Dolido por el insulto, Ramiro se mordió los cachetes.

    —No quiero perderte por un estúpido error —dijo en tono compungido—. Si quieres termino con ella mañana mismo.

    —No esperes tanto —un fulgor astuto brilló en la mirada de Tania—. Ahora mismo la vas a llamar para decirle que ya te caí en la maroma y que lo sientes mucho, pero no puedes volver a verla.

    Tania le pasó el teléfono inalámbrico y Ramiro lo miró con angustia, como si le hubieran entregado un revólver para suicidarse.

    —Voy a terminar con ella, te lo juro por ésta —besó la cruz—, pero déjame hacerlo en privado.

    —De ninguna manera, quiero ser testigo de la charla. Y mucho cuidado con las ambigüedades, al pan pan y al vino vino. Voy a escucharte por el otro teléfono.

    Quería darse el gusto de humillarlo, sabiendo que en el fondo era un niño y estaba esperando un castigo proporcional a su fechoría. ¿No era eso lo que secretamente deseaba en cada aventura? Tal vez desde el momento de ligar con la paciente soñaba con llegar a ese acto de contrición, porque sus regresiones al dulce mundo de la irresponsabilidad infantil siempre debían concluir con la restauración del orden violado. Después de exhalar un hondo suspiro, Ramiro marcó un número de teléfono, con un cardo atorado en la glotis.

    —Hola, Lucrecia, me da mucha pena pero tengo que darte una mala noticia. Mi mujer lo sabe todo y está furiosa conmigo…

    Tania no se conformó con obligarlo a romper con Lucrecia, dictándole sus palabras como un ventrílocuo. Además aprovechó la coyuntura para obtener prebendas económicas y sociales desde una posición de fuerza. Como requisito para readmitir a su marido en la cama, le hizo prometer que pasarían la Navidad con sus padres en Caborca, un compromiso familiar que Ramiro eludía año tras año con diferentes pretextos. Insatisfecha con esa victoria moral, se quejó con amargura de la indigencia de su guardarropa, y obtuvo un cheque de diez mil dólares para comprarse vestidos en las boutiques de Tucson. Alegando que en los últimos meses su camioneta cascabeleaba, logró convencerlo de cambiarla por una Toyota último modelo y le sacó cinco mil dólares más para un tratamiento facial con una dermatóloga suiza recién llegada a la ciudad. Ramiro soltaba el dinero a regañadientes, con cara de mártir, pero Tania no se compadeció de su cartera y siguió sacándole joyas, perfumes caros, cursos de verano para los niños, el nuevo modelo de Blackberry Storm con tres gigas, una flamante caminadora eléctrica para hacer ejercicio en casa. Cuanto más le doliera el codo, mejor, tal vez así lograría enfriarle los huevos. Y como había perdido la confianza en él, se obstinó en llevarlo a una terapia matrimonial con la doctora Guadalupe Nieto, una psicóloga feminista graduada en Los Ángeles, que ofrecía en su página de internet “reeducar a los maridos con tendencias patriarcales, motivándolos a desarrollar un nuevo tipo de masculinidad solidaria, respetuosa de los derechos femeninos, en la que el hombre, por convicción propia, anteponga el bien de la pareja a sus tendencias promiscuas y dominantes”.

    —Yo no creo en esas jaladas —se opuso Ramiro.

    —Tienes que madurar, gordito, pronto vas a cumplir 50 años y no puedes seguir persiguiendo morras como un rabo verde —lo reprendió Tania—. Siempre me has querido a medias porque tienes miedo a entregarte de verdad. Crees que resignarte a una sola mujer es el comienzo de la vejez, pero debes aceptarla como una etapa natural de la vida.

    Con una docilidad sorprendente, que denotaba un serio propósito de enmienda, Ramiro aceptó visitar el consultorio de la doctora Nieto, una cuarentona curtida en vinagre, de facciones duras y labios mezquinos, con la cara limpia de maquillaje, que desde el principio hizo causa común con su esposa para vapulearlo en cada sesión. A juzgar por la mansedumbre con la que aceptaba ser tachado de adolescente eterno, ególatra, sexópata y Edipo no resuelto, Ramiro parecía dispuesto a cambiar de vida, como un alcohólico arrepentido que acepta las penitencias más humillantes con tal de rehabilitarse. Tania estaba feliz, pues ahora su marido la amaba en exclusiva, con una ternura de potrillo retozón que no mostraba desde sus primeros años de casados. Como ya no tenía enredos de faldas, pasaba más tiempo con sus hijos y se los llevaba al boliche, al cine, a los juegos de béisbol, a pescar truchas en la presa de Chiculi. Compuso todos los desperfectos de la casa con sus herramientas de carpintero y recuperó el hábito de hacer paellas los domingos para un nutrido grupo de familiares. Era un deleite verlo con su mandil y su gorro de chef, dándole a probar el caldo del arroz a todas las visitas. ¿Está bien de sal, comadre, o le pongo más?

  • La vez que todos fuimos Jairo

    A mí me gustan las mujeres tristes. Eso digo hoy. Pero en esa época ni siquiera lo había pensado. Por eso cuando los otros muchachos dijeron:

    —¿Y a vos cómo te gustan las mujeres?

    Yo me tomé otro trago de ron y dije lo primero que se me vino a la cabeza:

    —Las monas pero que no sean teñidas.

    Estábamos en el parque de Envigado y era un sábado por la tarde. Nos habíamos reunido para hacer una tarea de trigonometría. Yo en verdad no era de la gallada de los otros tres muchachos, pero el profesor me había metido en el grupo con ellos para hacer el trabajo y ahí estábamos: Mumi, El Pollo, Chepa y yo.

    Chepa era de esos que uno cree que va a vivir toda la vida con una sonrisa en la cara. Las compañeras del colegioLa Sallese morían por él, y los profesores y todo el mundo lo querían. Tenía tenis de todas las marcas, en los recreos comía de todo lo que quería, nunca perdía años y no pagaba bus del colegio porque lo recogían en una camioneta Bronco llantabalón con chofer y guardaespaldas. Era primo de Gustavo Gaviria, el primo de Pablo Escobar, el amigo de Jorge Mesa, el alcalde de Envigado.

    Nos habíamos reunido en su casa, en toda la esquina del parque de Envigado. Era un apartamento más grande que una casa vieja, con el piso blandito de alfombra por todas partes, con porcelanas raras que hacían muecas y contorsiones y jarrones con dibujitos de colores como hechos por un niño que supiera pintar muy bien, puestos en repisas brillantes.

    Mientras hacíamos la tarea una señora de uniforme nos llevaba sánduches y galleticas y pasteles y jugo y gaseosa. Los papás de Chepa se habían ido para Europa de paseo y él estaba solo con la señora de uniforme. Cuando terminamos de hacer la tarea, Chepa sacó una botella de whisky y nos sirvió de a vaso a cada uno. Bebimos y El Pollo, con su manera de hablar de capitán del equipo, dijo que saliéramos un rato, que nos aireáramos, que viéramos gente, que nos tomáramos algo en el parque.

    Nos fuimos para una de las heladerías del parque y nos sentamos en las bancas de afuera. Chepa pidió una botella de ron, hielo, limonada y cuatro vasos. Servimos y ellos empezaron a hablar de mujeres. Yo casi no hablé porque no tenía mucho qué decir sobre el tema. El Pollo tenía 17 años, usaba el carro del papá como si fuera suyo, había vivido en Estados Unidos, tuvo muchas novias y fue a muchas discotecas y conocía muchas cosas de la vida. De lo que no sabía nada era de estudio. En el colegio se lo gozaban mucho por bruto, pero él no se inmutaba porque se sentía superior a todos y sabía que ninguno tan joven como él tenía tanto dinero propio y tanta vida de hombre grande. Los que se lo gozaban el lunes le hacían caritas el viernes para que los invitara a salir por la noche en el carro con peladas. Esa tarde El Pollo habló de las mujeres con las que había estado y dijo que le gustaban sobre todo las trigueñas. Levantó el vaso lleno y todos brindamos con ron.

    Mumi se llamaba Jaime Alberto, tenía 16 años y medía 1,85. Tenía un cuerpo de buldózer que no combinaba con esa carita de niño que a la gente le daban ganas de acariciar y unos ojitos apagados que lo hacían parecer medio dormido a toda hora. Por eso las muchachas del colegio le habían puesto ese apodo. Mumi vivía en el barrioLa Pazy el lugar más lejano que había visitado en la vida era Manizales, donde tenía unos primos. Su papá era empleado en una empresa y su mamá cuidaba la casa y a los dos hijos menores. De los que estaban esa tarde, Mumi era con el que yo más había hablado y era al que más conocía. Por eso no le creí ni pío cuando empezó a contarnos aventuras en fincas y paseos con morenas y monas y negras y trigueñas. Luego dijo, hablando duro y sin mirarme a mí, que de todas a él las pelirrojas pecosas eran las que lo enloquecían. Y nos mandamos otro trago.

    Luego habló Chepa. Todos sabíamos que Chepa a sus 17 años lo había vivido todo, que había viajado por medio mundo, que había estado en todas partes con todas las mujeres, que lo que dijera nos iba a dejar retorcidos de envidia y aburridos de nuestra vida tan chiquita. Hasta al mismo Pollo se le olvidó su sonrisita de sobradez y puso cara de atención mientras oía a Chepa. Pero Chepa sólo habló de una mujer de la que se había enamorado y que no había vuelto a ver. Dijo que se la había comido una vez y había empezado a pensar en ella a toda hora todos los días. “Quedó tragao después de que se la comió”, pensé. La buscó mucho pero nunca la volvió a encontrar. Después de eso había estado con muchas mujeres y no era lo mismo. No contó historias descrestantes. No nos quiso humillar con su experiencia. Sirvió un ron doble para cada uno y volvimos a brindar.

    Esperaron a que yo dijera algo. Como no dije nada, me preguntaron que cómo me gustaban las mujeres. Entonces me tomé el otro ron y dije que las monas pero que no fueran teñidas. Chepa, que sólo era un año mayor que yo, sonrió, me dio un golpecito como de cariño en la espalda y me miró como si estuviera mirando a un nieto. El Pollo pidió una botella más y le preguntó a Chepa qué íbamos a hacer esa noche. Yo no supe si en el “qué íbamos a hacer” estábamos incluidos Mumi y yo. En ésas estábamos cuando por la acera de las heladerías del parque vi aparecer a la muchacha.

    Era trigueña, de la estatura mía, que no tengo que empinarme en los buses, los ojos achinados y el pelo negro en churruscos que le tocaban los hombros. Tenía botas de cuero con flecos color café, una falda hasta un poco más arriba de la rodilla, chaqueta negra y debajo una camiseta pegada al cuerpo que dejaba ver la rayita donde empiezan los pechos. Se notaba mucho en medio de la gente. La vi desde que estaba chiquita en la esquina. Se fue creciendo hacia nosotros, caminando suelto, sin importarle nada, yéndose un poquito a los lados. Tenía la pestañina regada. Se notaba que hacía poco había estado muy triste en un rincón o frente a una amiga y que se había secado la cara y había respirado hondo antes de salir a caminar tambaleándose.

    No dije nada sino que me quedé viéndola. El Pollo, que me vio mirando tan fijo, también volteó y la vio. Entonces interrumpió la charla y les dijo a los demás que miraran. Ella caminaba como si no hubiera nadie en las calles, mirando a nada. Y se acercaba a nosotros. El Pollo se paró y sonrió.

    —Pa’ donde va, mi amor —le preguntó cuando pasó por el lado de nosotros.

    —Por ahí —dijo la muchacha.

    —Venga. La invitamos a un traguito.

    La muchacha se le paró de frente al Pollo, se balanceó un poquito y lo miró fijo a los ojos.

    —¿Y qué están tomando?

    —Lo que usted quiera, mi amor.

    La muchacha movió la cabeza para donde estábamos y nos vio a todos mirándola. Después miró la mesa con las botellas de ron y los vasos con limonada sobre la mesa.

    —Pues sí, voy a aprovechar que aquí están tomando trago de señorita.

    El Pollo le puso la mano en la cintura y le dijo a Mumi que trajera una silla. Mumi, sonriendo, trajo la silla. La muchacha se sentó al lado del Pollo. Pidió un ron doble y vivo y se lo tragó de un trago. Luego se quedó mirando hacia la nada. Cuando Chepa le iba a poner conversa desde el otro lado de la mesa, la muchacha dijo pasito que iba al baño. Casi no se para. Salió trastabillando.

    —Llevémonosla pa’ tu casa —le dijo El Pollo a Chepa, estirando la cabeza por encima de la mesa—. Ahí está el programa.

    Chepa se quedó callado un ratico, movió la cabeza arriba y abajo y nos miró a Mumi y a mí.

    —Ustedes qué dicen.

    Mumi y yo nos miramos y nos reímos con escalofrío.

    Cuando la muchacha volvió, Chepa la invitó con nosotros al apartamento a tomarnos otro traguito.

    —Listo —contestó la muchacha mirando nada. Después de volver del baño la pestañina se le había regado otro poco.

    Nos tomamos otro ron doble. Chepa y Pollo pagaron la cuenta y nos fuimos tambaleando los cinco hasta el apartamento.

    La señora de uniforme estaba encerrada en una pieza del fondo y, según Chepa, ya no salía. En la sala había un sofá grande, una mesa bajita con superficie de vidrio y otros tres sillones pequeños de la misma familia del sofá. En la pared del lado colgaba un espejo gigante y detrás del sofá había un escaparate repleto de botellas de distintas clases. La muchacha se tiró en uno de los sillones pequeños a pesar de que El Pollo la estaba jalando para el sofá. Mumi se sentó en otro sillón, y yo en el que quedaba desocupado. El Pollo se sentó solo en el sofá. Chepa fue al escaparate, sacó la botella de whisky y vasos, volvió al centro de la sala y dejó todo sobre la mesita de vidrio. Luego salió hacia el fondo de la casa. El Pollo se inclinó hacia la muchacha.

    —¿Cómo te parece el apartamentico?

    —Mmuuyy boooniiiito —dijo ella, como cansada.

    Levantó la mano muy despacio, se limpió con los dedos la parte de abajo de los ojos y luego se miró las yemas untadas de pestañina y humedad. “La tristeza cansa mucho”, pensé. Levantó la cabeza y se quedó mirando fijo a la pared. Como que cayó en cuenta de que le tocaba hablar y dijo, sin dejar de mirar la pared:

    —¿Y ustedes cómo se llaman?

    —Yo me llamo Carlos —dijo El Pollo, y luego nos señaló a Mumi y a mí—, y ellos son Jaime Alberto y Manuel.

    Yo quería decir mucho gusto y usted cómo se llama o algo así, pero en ese momento llegó Chepa con un recipiente lleno de cubos de hielo y le dijo a la muchacha:

    —Yo me llamo Luis Alfonso, mucho gusto —después le dijo a Mumi que sirviera el whisky. Mumi lo sirvió y brindamos.

    Ella se volvió a mandar el trago de un solo trago. Puso el vaso sobre la mesita, se tiró hacia el espaldar del sillón y, sin decir nada, sin avisar ni despedirse, se quedó dormida como una piedra.

    —Se murió —dijo Mumi.

    Todos nos paramos. Chepa se acercó a ella, le puso la mano en el corazón y luego en la boca.

    —Está muerta, pero de la rasca —dijo.

    Nos volvimos a sentar en silencio. Chepa se sentó al lado de El Pollo en el sofá. Servimos otro whisky y nos lo tomamos mirándonos las caras y sin hablar. El ambiente se hubiera quedado así callado de no ser porque la muchacha pegó un ronquido tan fuerte que nos sacó de los pensamientos. Entonces la miramos, nos miramos y nos dio risa. Quedamos otro rato en silencio hasta que de un momento a otro El Pollo se paró. Se puso en mitad de la sala, miró a la muchacha y dijo:

    —Espérensen y verán.

    Se le acercó, se arrodilló y le puso la mano en el muslo. Le miró la cara un momento, subió la mano, la metió debajo de la falda y allí adentro empezó a moverla haciendo círculos. Mumi y yo nos inclinamos hacia adelante con los ojos bien abiertos. Chepa, recostado en el espaldar del sofá, miraba sin mucho interés mientras hacía sonar los hielos contra las paredes del vaso. La muchacha empezó a respirar fuerte y a dar unos suspiros grandísimos.

    Mumi y yo estábamos concentrados y la respiración también empezó a aumentársenos. El Pollo, con la otra mano, le abrió la chaqueta y debajo de la camisa ceñida empezó también a hacer círculos. La muchacha se quejó lo más de rico, y hasta Chepa se paró tambaleante del sofá y se puso a mirar con interés. El Pollo le quitó la chaqueta a la muchacha. Como estaba pesada, le dijo a Mumi que le ayudara a correrla un poquito para sacarle la camisa y Mumi, con risita nerviosa, le ayudó. Cuando la vimos sin nada de la cintura para arriba respiramos hondo. El Pollo se puso a darle besos en uno de los pechos y le hizo señas a Mumi para que lo hiciera también. Mumi, como sin saber qué hacer, empezó a darle picos en el otro pecho. El Pollo me miró de reojo mientras hacía como si estuviera tomando de una cantimplora. Separó la boca del pecho.

    —Hacé algo, home —me dijo.

    Lo primero que se me ocurrió fue quitarle las botas. Chepa se acercaba cada vez más y nos miraba. Mientras jalaba una de las botas levanté la cabeza y nos vi a todos en el espejo: teníamos las caras desencajadas, como si tuviéramos cólico. El Pollo le desabrochó la falda y volvió a meter su mano allí. Entonces por encima de los jadeos de la muchacha y el silencio bruto de nosotros se oyó una voz, una súplica:

    —¡Jairo!

    Todos nos quedamos como en estatua un segundo. Luego separamos las bocas y las manos de la piel de la muchacha, nos enderezamos, nos miramos y luego la miramos a ella medio empelota sobre el sillón.

    —¡Jairo! —repitió ella con los ojos cerrados— ¡Mi amor!

    El Pollo dio un paso atrás, respiró, abrió y cerró los ojos varias veces, miró serio y empezó a organizarse la camisa. Chepa se puso a mirar a la muchacha como esperando que le explicara algo. Yo me senté otra vez en el sillón. Mumi no sabía qué hacer y se quedó al lado de ella.

    —¡No te vas, Jairo! —dijo la muchacha con los ojos cerrados. Hablaba como si se fuera a ahogar—. ¡Hacémelo! ¡Hacémelo!

    Entonces estiró la mano y cogió la de Mumi, que estaba a su lado. Lo jaló hacia ella. Mumi se dejó llevar, mudo del susto. La muchacha extendió las piernas a los lados y puso a Mumi en la mitad, luego le pegó un tirón y lo hizo inclinarse hacia su cara. Lo besó despacito primero y luego lo besó del todo. Lo cogió por las nalgas y empezó a moverse como si fuera a bailar. La cara de atembao de Mumi se convirtió de un momento a otro en la cara de un hombre mayor, de un tipo de esos que va pa’ donde va sin que nadie pueda hacer nada.

    Chepa, El Pollo y yo miramos sin decir ni mu los movimientos de ese bulto sobre el sillón: primero suaves y con ritmito, luego más rápidos y menos organizados y al final despelotados y bruscos como una pelea de perros y gatos. El agite terminó de un momento a otro con un grito triste y alegre de Mumi y con su caída como costal de papas sobre la muchacha que se quería seguir moviendo y repetía:

    —Más, Jairo, mi amor, más, más, Jairo.

    El Pollo reaccionó de una. Levantó a Mumi casi desmayado y lo ayudó a acostarse sobre la alfombra. Se desabrochó la correa, se desabotonó el pantalón y tambaleante de ron y whisky se fue sobre la muchacha que decía con más fuerza, casi gritando, como despierta:

    —Jairo, Jairo, Jairo.

    Y El Pollo se movió con todas las ganas con que se movería Jairo y la besó en la boca con ese amor con que Jairo la debió haber besado alguna vez.

    Chepa y yo mirábamos y yo pensaba que El Pollo era cada vez menos él y cada vez más Jairo, y luego, cuando el ritmo se aceleró otra vez como si el mundo se fuera a acabar, El Pollo no era nada sino una explosión y después un talego vacío y después otro cuerpo desmadejado que se alcanzó a poner de pie para tirarse en la alfombra al lado de Mumi.

    La muchacha todavía pedía un poco más de Jairo. Chepa me miró y yo le dije “dale”, porque para qué voy a decir mentiras: estaba muy asustado. Con que me hubiera tocado ver ya era suficiente. Chepa estaba raro. Se notaba que tenía ganas, pero cuando caminó hacia el sillón lo hizo despacio, como pensando. Ocupó el nombre y el lugar de Jairo y el de los otros dos Jairos que habían estado antes. La muchacha seguía respirando como un moribundo, y Chepa empezó a moverse encima de ella, pero de un momento a otro paró en seco, la dejó sola pidiendo más Jairo, fue hacia la mesita de vidrio y se sirvió un whisky grande. Mumi y El Pollo estaban roncando en la alfombra. Chepa tomó un trago y se quedó pensativo mirando a la muchacha.

    —Jairo —dijo Chepa como para él mismo.

    —¿Quién será? —pregunté.

    Chepa se tomó otro trago y habló más fuerte, pero sin mirarme:

    —¿Cómo se haría querer así?

    Dejó el vaso sobre la mesita, enderezó la espalda, se compuso el pantalón y se metió la camisa por dentro.

    —Ayudáme —me pidió.

    Le acomodamos otra vez la ropa a la muchacha y le pusimos las botas. La llevamos cargada hasta el baño. Chepa abrió la ducha y le metimos la cabeza en el chorro. Pegó un grito de susto.

    —Tranquila, tranquila —le dijo Chepa—. ¿Usted dónde vive?

    —En Itagüí —dijo ella atontada, sin despertar del todo.

    —¿En qué parte? ¿Se acuerda dónde?

    —En San Pío —balbuceó ella.

    —¿Qué es eso? —preguntó Chepa mirándome.

    —Un barrio, yo sé por dónde —respondí.

    La abrazamos entre los dos, cada uno por un lado, y así salimos del apartamento y fuimos hasta el parqueadero del edificio como si fuéramos un combo de amigos de hace años que se hubieran emparrandado juntos. Nos montamos en uno de los carros de los papás de Chepa. Nunca he vuelto a montar en un carro tan bonito. La sentamos adelante, al lado de Chepa, y se volvió a quedar profunda. Yo me fui atrás, explicando el camino. Cuando llegamos a San Pío, Chepa paró el carro. Le acarició el pelo y le humedeció la cara con agua para despertarla. Ella abrió los ojos extrañada. Chepa le dijo que la traíamos a la casa, que habíamos llegado al barrio, que dónde vivía. Ella, sin entender nada, señaló una esquina y por ahí volteamos. Luego nos mostró un callejón y dijo que ahí vivía. Chepa fue hasta allá. Ella abrió la puerta sin aterrizar todavía y dijo gracias. Caminó metiéndose en el callejón. Cuando se iba a perder en él, Chepa tocó el pito.

    —¡Oiga! —gritó.

    La muchacha paró en seco y volteó.

    —¿Quién es Jairo? —dijo Chepa, desgañitándose.

    La muchacha se quedó quieta y callada un momento. Se devolvió hasta el carro. Se apoyó sobre la ventanilla. Nos miró a Chepa y a mí como reparándonos, como sin entender. Los ojos se le encharcaron. Arrugó la cara y dijo con rabia y dolor de estómago:

    —¡No me hablen de ese hijueputa!

    Dio la vuelta otra vez y se perdió corriendo por el callejón. Chepa me llevó hasta mi casa. No hablamos en todo el camino.


    Escrito por Luis Miguel Rivas

    Luis Miguel Rivas, comunicador social, escritor y realizador audiovisual. Tanto en sus textos como en sus videos realza el poder de la palabra y demuestra su capacidad para tender puentes en los abismos de la soledad. Recrea el ambiente social de la Medellín de los años ochenta y comienzos de los noventa, con historias comunes de la gente que no es famosa ni vive grandes aventuras; historias que resaltan los conflictos, las dudas, los miedos y sentimientos de personajes sencillos. Como escritor, aunque permanece prácticamente inédito, sus relatos han servido para inspirar los guiones de diferentes producciones audiovisuales y ha recibido las siguientes distinciones: Segundo Puesto Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra (1996), Mención Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja (1997), Mención Concurso Nacional de Cuento de Navidad (Bogotá – 1997).

  • Nuestra mujer en La Habana

    Fragmento de Novela

    Perder el control, como decía, es un lujo que en modo alguno puedo permitirme, pues no hay nadie que me sostenga, que me apañe, que se haga cargo de mí, si se me zafa un tornillo y me voy del aire. Los prójimos a quienes todavía les importa lo que ocurra conmigo, que no son muchos, viven todos en el extranjero. Debido a los caminos por los que transitaron con destino al exilio (“deserciones”, salidas ilegales, destierros forzosos…), no podrán retornar en forma lícita a nuestro país, ni siquiera por un breve lapso de tiempo —el necesario, digamos, para despedirse de mí si estuviera agonizando en una cama de hospital, o para visitarme en Manto Negro, la cárcel de máxima seguridad para mujeres, o en Mazorra, el manicomio, o para asistir a mi entierro, llegado el caso—, mientras no se deroguen las actuales regulaciones migratorias. Respecto a esa interdicción, por ahora no hay nada que argüir, ninguna instancia ante la cual apelar. A Shimi, a Dudu, a Letty, e incluso a mis viejos, les está vedado poner un pie en Cuba, pase lo que pase con mi vida, y sanseacabó. Y aquí, en la isla, ya no me quedan más familiares ni amigos.

    Está, desde luego, la tía Annia, quien me conoce desde la mismitica noche de invierno en que nací. No pudo echarme un vistazo antes de tal acontecimiento nomás porque en 197… aún no se había inventado la técnica del ultrasonido para espiar a los fetos, ya que era uña y carne con mi vieja. “Mimi querida”, la llamaba, un tanto cursilona quizá, pero muy sincera. No olvido lo mucho que la apoyó en aquella época tan jodida, a mediados de los años noventa, cuando mis hermanos, primero David y después Simón, optaron por ser libres, cada uno a su manera, y casi todos en el Naroca nos dieron la espalda cagados de pánico. Nuestra vecina del tercer piso estaba tan asustada como los demás. Les tenía pavor a los agentes de la DSE (“los segurosos”, dice ella, o más bien susurra, aún hoy, sin atreverse a nombrarlos en voz alta), a los chivatos profesionales del barrio, a los micrófonos en miniatura ocultos en cualquier recoveco del edificio, a los teléfonos pinchados y también, un poco, a las aparatosas rabietas de su marido, el doctor Angulo, que es ñángara, ñángara, ñangaúfa. Pero así y todo, ella perseveró en acompañar a mi vieja –a hurtadillas, se entiende–, cada vez que se le presentaba una oportunidad, tratando siempre de confortarla y de hacerle ver el lado positivo de las cosas, aun cuando éstas no lo tuviesen, como era, por desgracia, lo más frecuente.

    Cuando mis padres, tras una retahíla de acrobacias burocráticas, emigraron por fin a Israel en marzo de 1998, Annia consideró que yo —recién divorciada por aquel entonces y muy dolida a causa de aquella ruptura, pero aún con esperanzas de reconstruir mi fallido matrimonio con el trotsko Rafael Bencomo— era algo así como una herencia que Mimi querida le había legado. Y se dispuso, tan pancha, a tomar posesión. Es decir, a establecer conmigo la misma clase de vínculo que había tenido con ella por más de veinte años. A saber: chácharas telefónicas extralargas —a partir de octubre de 1994, cuando Simón se metió a disidente y la DSE dio en hacerle la vida un yogur, ellas empezaron a hablar por teléfono en voz muy, pero que muy bajita, casi murmurando, para que “los compañeros que las escuchaban” no pudiesen escucharlas bien—; acaloradísimas polémicas en torno a lo que debía o no hacer la heroína de la telenovela que estuvieran transmitiendo en las noches de Cubavisión —por lo general brasileña, de la cadena O Globo, con Gloria Pires, Antonio Fagundes, Regina Duarte, José Wilker, Renata Sorrah, Fabio Asunçao & Co.— para salir del terrible atolladero en que se había metido por ser tan babieca y tan aguantona; excursiones conjuntas a la peluquería del Habana Riviera —mi vieja se desrizaba el pelo cada tres meses, mientras que Annia se hacía el cold wave, o lo que fuera, con tal de tener el suyo crespo— y a la feria de los artesanos en la Plaza de la Catedral, donde regateaban a voces, estilo zoco marroquí, antes de comprar sandalias de piel de chivo con suelas de neumático de guagua, blusas y batilongos vaporosos, de tela de mosquitero, y gangarrias de cobre, de acerina, de peonías o de conchas; trueque de recetas de cocina —en los ochenta se despepitaban por las dietas para adelgazar; en la década siguiente, cuando estalló la crisis, pasaron a las artimañas para forrajear comida y a las innovaciones culinarias a lo Nitza Villapol, maestra chef de aquel célebre espacio de la TVC, Cocina al minuto, para ennoblecer la poquitica bazofia que nos tocaba por la “libreta de abastecimientos”, que a esas alturas ya había cesado prácticamente de abastecernos—; prescripciones mutuas de remedios verdes, homeopáticos o brujeriles contra cualquier dolencia, incluyendo el sarampión de Shimi, la amigdalitis de Dudu y aquella férrea determinación mía, tomada a los seis añitos, de no comer, nunca más, nada de nada –mi viejo, que es pediatra, las motejaba “doctoras Chiringa” en tono regañón–; trasiego de revistas españolas con modas, horóscopos, consejos para el hogar y chismes sobre Diana de Gales, Estefanía de Mónaco y otras luminarias del jet set; negociadera de vídeos con El show de Cristina, programa de Univisión, el famoso canal hispano de la tele americana, y también de novelas de Isabel Allende, Laura Esquivel y Zoé Valdés —las de la cubana las forraban con páginas de aquella revista que venía de Moscú antes del cataclismo de 1991 y de la cual mi madre, ignoro el motivo, hacia 1996 aún conservaba unos cuantos números (La Mujer Soviética), pues el sinvergüenza de Shimi, para meterles miedo, les había advertido que con Zoé debían andar “a cien ojos”, ya que figuraba en el índex negro de la oficialidad culturosa por lo gusaneja que era—; todo eso aparte de los guiños, las sonrisitas pícaras, las frases en clave y otros signos de connivencia con que aliñaban sus cuchicheos. Una alianza, en fin, muy estrecha, simple, llana, sin trasfondos, inmune a las cizañas de terceros.

    Yo puse de mi parte, lo juro. Hice cuanto pude para complacer a la perica, por gratitud, sobre todo, y también porque me daba lástima con ella, que se había quedado tan mustia sin mi vieja. (Annia colecciona miles de amigotas, amén de su recua de primas, unas en la capital y otras en Trinidad, allá por Sancti Spíritus, en el centro de la isla; todavía añora, sin embargo, aquella gracia inigualable de Mimi querida para contar historias, ya fuesen anécdotas de su infancia en una mansión del fastuoso reparto Biltmore, el episodio final de la teleserie inglesa El asesino vive en el 21, una comedia del Gordo y el Flaco o algún chismecito.) Pero ese proyecto de camaradería entre mi sociable vecina y yo nunca llegó a cristalizar, pues en esta vida cada quien tiene su carácter y no puede modificarlo demasiado por más que se empeñe. Mi madre era una mujer muy vivaz, compartidora, pachangosa, de las que te embroman con los ojos y se ríen a carcajadas —sigue siendo así hasta el sol de hoy, pese a los achaques de la ancianidad y a todo lo que ha sufrido—, en tanto que yo, por el contrario, soy reservadísima, saturnina, huraña, casi hermética. No suelo caer bien. Entre mis peores hábitos están el de mirar fijo a la cara de quien me habla, sin expresión alguna en la mía, el de enmudecer en el teléfono, el de no auxiliar al otro si se traba con una palabra y el de responder estrictamente lo que me pregunten —de preferencia con algún monosílabo—, sin añadiduras ni comentarios que puedan suscitar nuevas interrogantes, todo lo cual hace que la mayoría de mis interlocutores se sientan de lo más perturbados. No es que yo actúe de ese modo tan vil a propósito, para fastidiar al semejante, ni que me ufane de mi encantadora personalidad. Simplemente no puedo evitarlo. Mas casi nadie capta eso. Hay quienes me toman por la mata de la arrogancia, o por una zorra ladina, fría y calculadora, que algo trama, o por una tipeja insípida, medio boba como todas las rubias, rica para una templeta bien salvaje y descocotada, no para conversar en serio. Nunca me ha sido fácil acercarme a la gente en plan amigable. Aunque debo admitir que jamás, ni siquiera durante la adolescencia, me pasó por el magín que eso llegaría a convertirse algún día en una espantosa tragedia, pues el aislamiento, quiero decir, la falta de roce social, me afecta mucho menos que a otras personas. Mi hermano David asegura que soy dark, lo cual en inglés significa literalmente “oscuro”, pero él emplea el vocablo en un sentido más sutil, metafórico, intraducible. Ser dark no implica por fuerza algo nefasto o maligno. Lo sé porque, según Dudu, resulta que Djamal —un inofensivo joyero damasquino, bello con ganas y más silente que una ostra en el fondo del océano, con quien comparte su vida desde agosto de 1997— también lo es. En el East Village de Manhattan, Nueva York, donde ellos anidan, hay una pila de tipos y tipas dark. Pero debo superarlos a todos en mi tendencia a la darkness, ya que soy, en opinión de David, de sus amigos del Village y hasta del parco Djamal, una apabullante ciudadana de las tinieblas con un espíritu sombrío a la ene potencia y un aura —dicen— as dark as very dark. Parecerá inconcebible que en una soleada y bullanguera isla del Caribe se críen especímenes tales. Mas heme aquí, escribiendo este relato. Y vaya uno a saber si no habrá otros más allá afuera, deambulando sigilosos por la noche insular o agazapados en sus cuevas.

    De niña yo le gustaba mucho a la tía Annia. Se moría por aquella deliciosa muñequita rubia de largas pestañas y ojos de un azul muy claro, casi transparente, que arriba era dócil, tímida y calladita, y no les daba a los mayores ninguna lucha. (Salvo por el arrebato aquel de la huelga de hambre y la pintoresca manía de salir disparada a esconderme dentro de algún clóset o debajo de alguna cama cada vez que oía el timbre de la puerta, podría afirmarse que yo, más que “buenita”, como acostumbra decir mi vecina del tercer piso cuando sintoniza la onda nostálgica y se pone a rememorar nuestros años felices, era punto menos que un ángel, tanto por mi conducta como por mi facha.) Sólo que luego me dio por crecer, me hice adulta y perdí aquel aire angelical. Entre el pelo rizado, que llevo ahora más corto que de chamaca —un par de centímetros por debajo de los hombros—, la curvatura traviesa de las cejas, el perfil aguileño y los labios pulposos, muy sensuales, tengo tremenda cara de puta. O al menos era lo que aseveraban antaño acá en el barrio, ellos con cierto arrobo, como haciéndose un cráneo con el palo fuera de serie que debía ser una fulana con tal estampa de cohete, y ellas en son de crítica destructiva, con el retintín que adoptan las señoras que se asumen “decentes” para calumniar a las sospechosas de no serlo. Verdad que esa leyenda negra dejó de correr desde que me junté con Rafael, en noviembre de 1992, y que hoy por hoy casi no rajan de mí, ni ellos ni ellas. Dudo mucho, sin embargo, que hayan mudado de criterio en lo relativo a mi rostro. Vamos, que los tengo calados. Si ya no desbarran sobre el tema será por hastío, porque terminaron hartándose de cacarear a toda hora lo mismo y lo mismo: ¡Qué clase’e bicha la rubia ésa! ¡Perro puntal! ¡Y cómo se hace la mosca muerta! ¿A quién se figura que engaña? ¡Cacho’e putica descará! ¡Con el hociquito ese que tiene…!, sin nada más consistente que añadir al respecto, pues nunca le he sacado fiesta a ningún sujeto que resida a menos de 1 km del Naroca, ni son multitud los tipos que me visitan, ni me río en forma procaz, ni voy por la calle meneando el culo o vestida en plan calientapollas. (Evito exhibirme en shorts, minifaldas, lycras que me ciñan las pantorrillas, los muslos y las nalgas, o camisetas claruchas que me trasluzcan los pezones. Entre los espejos interiores del clóset de mi cuarto, bajo un farolito rojo, soy la reina del striptease, pero no soporto que los extraños me desnuden con los ojos a plena luz del día en medio de la vía pública. Tampoco resisto que me chiflen, que se dirijan a mí con un “¡Pss, pss, mami…!”, que me vociferen lindezas desde algún vehículo o desde la acera de enfrente o, el colmo de la frescura, que se me arrimen para soplármelas al oído. Puesta a elegir, me hubiera encantado ser, al menos de vez en cuando, la Mujer Invisible.) Ahora bien, al margen de las lenguas viperinas de esta barriada en específico, lo cierto es que mis paisanos, por regla general, no me encuentran bonita, sino “interesante”, lo que viene siendo otro modo —más fino si se quiere— de atribuirme, sólo por mi apariencia, el temperamento y las mañas de Marieta, aquella piruja incendiaria que bailaba muy despelotadamente en la divertida guaracha de Faustino Oramas, alias “El Guayabero”. Aunque intuyo que en otro tiempo y lugar quizá los hombres no me hubiesen juzgado así, ya que soy casi idéntica a mi abuela materna. Ella murió antes que yo naciera, pero aún guardo una foto suya, fechada en 1938 en el ghetto de Varsovia. La similitud es impresionante: los mismos rizos, los mismos ojos, la misma nariz aquilina, la misma boca voluptuosa. Y me cuesta creer que un señor tan ortodoxo y tradicionalista como mi abuelo el polaco le propusiera casamiento a una muchacha con catadura de ninfómana. Qué va, ni borracho.

    A la tía Annia le importa un huevo mi hociquito. Quiero decir, no es que le fascine, pero tampoco la ofende. Nunca dio crédito a las habladurías vecinales en torno a mi insaciable lujuria. ¿Cómo iba a ser Jeli tan calientica si no se altera por nada? ¿Quién ha visto una guaricandilla con sangre de horchata? ¡Bah! Son otros defectos míos los que la ponen frenética. El misterio, por ejemplo. Soy demasiado misteriosa para su gusto. ¿Por qué no le aclaro de una buena vez lo de mi pincha, a ver? ¿Acaso no le tengo confianza? ¡Mimi querida siempre se fio de ella! (No vale la pena tratar de que entienda que mi madre apenas se arriesgaba al confiarle algo, pues carece de secretos. Bueno, quizás oculte algunos chiquiticos, picantones como el ají guaguao. Pero ninguno realmente siniestro. Es decir, ninguno cuya revelación pudiera arruinar su vida, costándole muchos años de cárcel.) Además de eso, a mi cariñosa vecina le jode que con frecuencia yo no esté en condiciones de prestar la debida atención a sus cotorreos mañaneros, ya que trabajo por la noche, de modo que el amanecer no es precisamente mi rato de mayor lucidez; que las telenovelas, los best sellers, las revistas “de afuera”, las películas en DVD y los bretes del barrio me maten de aburrimiento si no incluyen asesinatos brutales; que no mueva ni un dedo para “amarrar” a algún fulano cuerdo, sin telarañas en el cerebro —no como el lunático de Rafa—, para casarme de nuevo y parir dos o tres fiñes antes que me coja “la rueda de la historia”; que viva y muera con las ventanas trancadas, en una especie de crepúsculo artificial; que me vista “con más recato que una monja” (de pazguata que soy, a juicio de ella, porque Mimi querida, cuando era joven, también tenía un cuerpazo que “paraba el tráfico” y no se cubría tanto, por mucho que las pelúas envidiosas de la cuadra quisieran freírla en aceite); que no me subleven los precios abusivos de la shopping y el agro, ni las eternas averías en los ascensores de este puñetero edificio, ni los apagones a cualquier hora, ni las comemierdeces del Granma, ni que las aspirinas estén “en falta” en todas las farmacias del municipio, ni lo troglodita que se ha vuelto la gente, que dondequiera te empujan, te tumban y hasta te caminan por arriba, ni los delirios del comandante en jefe, que cada día está más gagá, ni el lastimoso panorama de la isla en general (“la Cosa”, dice ella); que jamás la consulte antes de ingerir alguna pastilla, que pueda pasarme semanas enteras sin bajar a la calle, que trinque whisky en cantidades industriales y diez mil zarandajas más. Nada, que la perica no afina mucho conmigo. Sube “a darme una vueltecita” cuando le cae en el jamo algún chisme suculento. Si coincidimos en el vestíbulo, en alguna cola o en cualquier esquina, se me acerca enseguida y pega la hebra. A menudo me llama por teléfono, aunque no tenga ni hostia que decirme, sólo “pa’ saber en qué ando”. En cierta forma nos apreciamos, creo, o a lo mejor es que en tantos años de dimes y diretes hemos acabado por resignarnos la una a la otra. De todas las personas que habitan hoy día en La Habana, ella es, sin duda, con la que más palabras intercambio. Y también la única a quien le prestaría plata (nunca me la ha pedido). Pero amigas, lo que se dice amigas, no somos.

    También está René, mi chofer, que vive en Guanabacoa, al otro lado de la bahía, lo cual no le impide acudir de inmediato cada vez que lo llamo a su celular, a la hora que sea, para trasladarme en su Hyundai a cualquier dirección que yo le indique, hallar algún resquicio donde parquear a salvo de los pérfidos “caballitos” —agentes motorizados de la División de Tránsito de nuestra insigne PNR que van por la jungla de asfalto multando al primer desdichado que vean, haya incurrido o no en alguna infracción, pues se les exige imponer a diario determinada cantidad de multas—, aguardarme ahí, tranquilito dentro del carro, el tiempo que sea menester y luego traerme de vuelta sin hacer preguntas. Manejó un taxi durante más de una década, por lo que es un experto en sortear baches y domina a la perfección todos los entresijos de esta ciudad, incluyendo la periferia, desde las espléndidas “zonas congeladas”, donde se atrincheran nuestros apparatchiks de máxima alcurnia, hasta los populosos barrios de chabolas que florecen a orillas del Quibú, un pestilencial arroyuelo de aguas albañales. Y está Kika, quien viene cada miércoles al filo de las 3:00 p.m. para ayudarme a baldear el apartamento, pulir las losas de la cocina, los dos baños, los espejos y los cristales de las ventanas, poner en marcha la lavadora, tomarse un cafecito conmigo, empaquetar la basura en un jabuco de polietileno y zumbarla en el tacho de los bajos, etcétera, sin hacer preguntas. (No es mi criada. Bueno, de hecho lo es, sólo que en Cuba la palabra criada se considera tabú por remitir a un periodo histórico, felizmente ya superado según nuestro gobierno, en que había en la isla mucha miseria, desigualdades e injusticias sociales. El término correcto vendría siendo “la-compañera-responsable-de-las-tareas-domésticas”, o algo similar. Aunque Kika, un día que la llamé así, me miró ceñuda y me dijo con su voz profunda que dejara el chistecito y la falta’e respeto, y que más compañera lo sería yo, porque ella, María Enriqueta Jiménez Vaillant, sí que no iba a permitir que ninguna blanquita culicagá le estuviera diciendo esas cosas, ¿oká?) Y también está el flaco Manolín, quien se ocupa de mantener al quilo mi computadora, tanto el hardware como el software, sin hacer preguntas. Y el moro Wilfredo, alias “Bola’e Truco”, quien me provee habitualmente de ciertos medicamentos que no puedes adquirir en ninguna farmacia sin una incuestionable prescripción facultativa llena de cuños y firmas. (Tan mañoso como sugiere su apodo, este caballero trapichea lo mismo haloperidol que clorodiazepóxido que morfina, todo de óptima calidad, y no sólo no hace preguntas, sino que tampoco le agrada que se las hagan a él. Su número telefónico, de apenas seis dígitos, lo ubica lejísimos de aquí, por Santiago de las Vegas. Pero en rigor no sé dónde reside, ni cómo diablos acopia todas esas “sustancias controladas”. Creo que es seropositivo, mas no podría asegurarlo.) Y está Jacomino, alias “Cabecita”, un librero con una chola mayúscula, graduado de Filología en la UH, que planta su venduta frente al Palacio del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, y que siempre me avisa cuando le cae algún thriller de Frederick Forsyth o de John Le Carré. (Una vez, hace años, me encajó uno de Tom Clancy. Recuerdo que empezaba muy sabrosón, con un terrorífico accidente en una base aérea israelí, pero que luego el autor se metía páginas y más páginas describiendo con pelos y señales una fastidiosa bomba atómica de 150 kilotones hasta llenarme la cachimba de tierra.) Y está Yampier, el hijo de Manolín, un genio de dieciocho años que dispone de todos los recursos técnicos necesarios para conseguir acceso remoto no autorizado a casi cualquier sistema de ordenadores conectado a Internet. Este audaz internauta atraviesa firewalls y programas de control de toda clase para colarse furtivamente en los sitios más inverosímiles, piratear datos confidenciales y después salir chaqueteando a la velocidad de un relámpago antes que alguien lo detecte y le siga el rastro. Suele perpetrar esas fechorías por coña, para sentirse el barbárico, el máster, el Luke Skywalker, en un discreto garaje de Marianao donde tiene su portentosa computadora con pinta de ovni, ensamblada por él mismo, y otros chirimbolos. Opera, según su viejo, en “horario de consagración”. Es decir, mañana, tarde y noche. Y a veces también trabaja por encargo, sin hacer preguntas, cobrando una tarifa que en principio pudiera parecer exorbitante, pero que no lo es si valoramos el peligro que corre al infiltrarse en bases de datos donde se archiva información catalogada de “altamente sensible para la seguridad nacional”.

    Todos estos prójimos que no meten las narices en mis actividades, que en general parlotean poco, al menos conmigo, y sólo me preguntan lo indispensable para el cabal desempeño de sus respectivas funciones, son muy eficientes. Kika, la más veterana con sesenta y pico de abriles en las costillas, vive por aquí cerquita, frente al Malecón, en una cuartería superpoblada y semiderruida que año tras año queda íntegramente bajo el agua durante varios días por la penetración del mar en temporada ciclónica. (Esas inundaciones costeras son de tal magnitud que a veces el agua ha llegado al segundo piso del Naroca. Y en 1996, cuando el huracán Lily, hasta la tía Annia cogió su buen chapuzón.) Pero Kika sigue luchando, sin dejarse abatir por las calamidades. Es tremenda luchadora. Aparte de su cuadre conmigo, también friega, barre, limpia, lava y plancha para otros vecinos de los alrededores. Nunca haría algo ilícito, así estuviera muriéndose de hambre, pues adscribe a una iglesia cristiana protestante —metodista, creo— bien severa. Es una de las personas más derechas que he conocido en mi vida, aunque no prodiga lecciones de moral, ni trata de evangelizar a nadie, ni tampoco padece, por fortuna, del feo vicio de la chivatería. En cuanto a los demás, o sea, René, Manolín, Cabecita, Bola’e Truco y Yampier, no son tan respetuosos de las leyes, pero igual se desviven por satisfacer al cliente. Llevo años tratándolos y no tengo quejas de ninguno. Ahora, eso sí, las relaciones entre nosotros son puramente comerciales: ellos me cumplen, yo les pago sus honorarios y chao. Kika devenga un salario fijo semanal (25 cucos), aparte de su aguinaldo navideño. En Pesah, que es la fiesta de la primavera en la religión de mi vieja, no me acepta ningún regalito, ya que Jesucristo, al parecer, no hizo nada espectacular por esas fechas. Los otros cobran a destajo.

    Ninguno de ellos conoce el origen de mis ingresos. Ignoran si es un dinero limpiamente ganado o si debo “blanquearlo” por alguna vía. Sólo que ese enigma, a diferencia de lo que sucede con mi vecina del tercer piso, no les provoca mucha curiosidad, o en todo caso no la manifiestan en mi presencia. Quizá crean que me financia mi familia en el exterior, o que estoy involucrada en algún tipo de tráfico particularmente rentable, ya sea de crack o de óleos del siglo xviii, o que soy una jinetera de élite, o la concubina de un poderoso mayimbe, o qué sé yo. Pese a las innúmeras precauciones que he tomado para proteger mi privacidad de la caterva de metiches que merodean por el ciberespacio, calculo que el astuto Yampier, de proponérselo, tal vez lograría mediante alguna triquiñuela informática descubrir a qué me dedico. Pero no se lo propone. Por causa de mi doble nacionalidad —un dato que no oculto y que a él, comoquiera, jamás podría ocultarle—, de lo muy lucrativo que aparenta ser mi negocio —nunca le regateo—, de mi carácter escurridizo y de la índole de la información que suele canibalear por encargo mío, vive convencido de que trajino para algún servicio de inteligencia foráneo —apuesta por el MI6, sabrá Dios por qué—, lo cual le parece una forma de ganarse los frijoles tan digna como cualquier otra. Lo sé porque una noche de octubre de 2008, allá en su reducto de Marianao, me pitcheó una indirecta bastante directa en ese sentido, al tiempo que me clavaba una sagaz miradita de lince, muy atento a mi reacción. No discutí con él, claro, ni tampoco estallé en carcajadas. Nomás le sonreí, con supremo candor, tal como corresponde a una resbalosa Mata Hari, y ahí mismitico su tremebunda sospecha quedó confirmada. (Manolín, entretanto, me hacía señas por detrás del chama, indicándome que no le diera bola, pues su hijo, como pasa a menudo con los genios, tenía las tuercas un poco flojas.) Desde entonces mi hacker favorito no me ha tirado más puyas, ni sobre mi oficio ni sobre nada. Apenas habla conmigo, limitándose a guiñarme un ojo de tarde en tarde, para que yo no olvide, supongo, lo bicho que él es y lo bien que sabe guardar un secreto. A veces me pregunto si este hombrecito tan brillante —e imaginativo— no será virgen todavía. Más delgaducho que su padre, pero también más alto y con el pelo largo, ya canoso, casi plateado, el chamaco tiene su swing. Podría gustarle a cualquier muchacha. Pero no hay más que verlo en su salsa, atornillado a una silla frente a su computadora (“pega’o con Kola Loka”, dice Manolín), cometiendo delitos informáticos a mansalva, riéndose por lo bajo o farfullando terribles amenazas que sólo él entiende, para vislumbrar el titánico esfuerzo que le costaría a cualquier muchacha, incluso a una muy linda y arrolladoramente sexy, captar su atención y alejarlo de ahí por un ratico. Porque tal parece como si la vida real, la que transcurre fuera del ciberespacio, le resultara inodora, incolora e insípida, una masa amorfa carente de todo interés.

    Desde que Yampier me tachó de espía en mi propia cara sin que yo me lo tomara a lo trágico, el flaco Manolín, que es medio jodedor, me llama “La Rubia Peligrosa”. Cuando le telefoneo para que venga a reconfigurarme el keyboard, o a sustituir el mouse por otro nuevo, o a instalar algún antivirus, siempre me sale con un risueño “¿Qué tal le va en su pinchita a nuestra mujer en La Habana?” Opina que estoy buenísima y, por supuesto, de lo más “interesante”. No me lo ha dicho hasta ahora sólo porque no le he dado chance. Lo veo en sus ojos, en la ansiedad con que me observa en ocasiones, como si él fuera un famélico sato callejero y yo un pollo frito, un bistec o una McDonald. Y con René y Cabecita me ocurre otro tanto. Sería lindo que dejaran de mirarme así, pero no se los digo. No creo que lo hagan adrede para ofenderme. Quizá ni cuenta se dan. En fin, machos. Con ellos tres sigo una política más bien pragmática: mientras la testosterona en ebullición no los idiotice al punto de entorpecer mi labor, no hay lío, que me vacilen cuánto les plazca. Igual ninguno se anotará el numerito. Ni siquiera René, que es un papi tropical onda Kirk Acevedo. Si no fuese mi chofer… quién sabe. Pero lo es y me resisto a perderlo, de modo que él en su lugar y yo en el mío. Desde que mi ex, el trotsko Rafael Bencomo, salió para siempre de mi vida a inicios de junio de 1998, no he tenido otra pareja estable. Tampoco la he buscado. Siento que mi forma de existir es demasiado rara, demasiado singular, para compartirla del todo con alguien más. Aventuras sí he corrido, cómo no, muchas. Incluso tuve una época bastante musical, llena de choques en la oscuridad, revolcones casuales y romances de una sola noche. Blancos, negros, cubiches, forasteros. Me di banquete. Lo necesitaba. Después me tranquilicé. Ninguno de aquellos hombres, creo, quedó insatisfecho, defraudado o resentido conmigo. Ninguno, que yo sepa, es mi enemigo. Pero me parece harto improbable que alguno de ellos todavía recuerde mi nombre, Raquel Newman, suponiendo que alguna vez lo hayan escuchado.

    No estoy jeremiqueando, claro que no. ¿De qué me valdría? Nunca he sido una tipa llorona y, pese a todo aquel horror que viví hace unos años, tampoco me considero especialmente infortunada. Sólo constato un hecho: estoy sola.


    Escrito por Ena Lucía Portela

    La Habana, 1972.- Ha publicado las novelas El pájaro: pincel y tinta china (1999), que ha sido traducida al italiano; La sombra del caminante (2006); Cien botellas en una pared (2002, Premio Jaén de la Caja de Ahorros de Granada, España, y Prix Deux Océans-Grinzane Cavour 2003, Francia), que ha sido traducida al francés, portugués, holandés, polaco, italiano, griego, turco e inglés, y Djuna y Daniel (2008). También ha publicado los volúmenes de cuentos Una extraña entre las piedras (1999) y Alguna enfermedad muy grave (2006), libro al que pertenece el relato que se incluye en esta antología. Su cuento “El viejo, el asesino y yo” recibió el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional en 1999. En mayo de 2007 fue seleccionada como uno de los 39 escritores menores de 39 años más importante de América Latina.

  • Oráculo

    1

    Cuando José Miranda me llamó, yo no sospeché nada porque no había nada qué sospechar. Entiéndeme. Tenía años de no verlo, no sé cuántos, pero más de quince. Desde que comencé a trabajar en ese periódico de mierda perdí el contacto con mis compañeros de la universidad. No sé por qué. En una ocasión, José María, amigo de Miranda y de Lucrecia, del Chitos y del Loco (quizás no era tan amigo del Loco, pero de los demás sí) me dijo que Miranda y Lucrecia me habían perdido el respeto. Lo que pensara entonces Lucrecia no me importaba, pero sí sentí gacho que Miranda ya no me respetara. (Aunque esto es paradójico porque al mismo tiempo supe que antes me había respetado.) Al parecer, Miranda le había dicho a José María que yo era un tipo inteligente y con mucho potencial para ser un gran periodista o hasta un buen escritor, pero que me dejaba influenciar mucho por lo que pensaban los demás y que no tenía disciplina ni me preocupaba mi futuro. La verdad es que todo eso me sonó muy cursi y no supe si era invención de José María o de José Miranda. Le dije que ni mi papá me había dicho tanta estupidez en la adolescencia (la verdad es que siempre me decía esas cosas y otras rayanas en insultos, o más bien eran insultos, pero ya casi no me acuerdo, o sí me acuerdo, pero creo que no viene al caso contártelo) y que ya se vería con el tiempo quién era quién.

    Lo que pasa es que Miranda era muy raro: sacaba muy buenas calificaciones, pero no era matado; se ganaba el aprecio y el aborrecimiento de los maestros por igual y me cae que no era guapo, pero tenía varias viejas. Yo todo eso se lo reconozco, pero dime tú, si era tan chingón, entonces ¿por qué nunca tenía un quinto y siempre estaba de malas? Muy doctor y muchos estudios en el extranjero (porque el Loco me contó que Miranda se había ido a Estados Unidos a estudiar un posgrado) pero ni carro tenía. Siempre andaba en el metro.

    Yo no podía saber qué se traía porque si bien se me hizo raro que Miranda me llamara, tampoco era algo imposible. Al fin y al cabo fuimos compañeros de la universidad y, mal que bien, yo ya me había ganado cierto prestigio en mi trabajo. No, no éramos de la misma generación, simplemente fuimos compañeros. No sé, creo que él se graduó en el 98. No, yo no me titulé y ni falta me hizo. No se te olvide que estuve a punto de ganarme el Pullitzer. Los que hemos sido elegidos para escribir no necesitamos de títulos ni de esas cosas.

    Sin embargo, cuando me llamó, algo en mí se puso en alerta, pero mi confianza natural no le dio importancia y quedamos de vernos al día siguiente (era un viernes) para comer en una cantina del Centro. Lo reconocí de inmediato; estaba leyendo un libro en inglés como si quisiera impresionar a los otros comensales; a lo mejor era a mí a quien quería impresionar. En cuanto me vio cerró el libro y se puso de pie. Me abrazó (nada muy efusivo ni muy hipócrita). “¿Cómo has estado? Qué gusto verte”, me dijo.

    —No tan bien como tú —le dije— yo no tengo un doctorado, aunque ni falta me hace.

    —Me alegra, así nos dejas algo a los que sí lo necesitamos. Te ves muy bien —dijo no sé si refiriéndose a mi prematura calvicie o a los doce kilos que tengo de más.

    Comimos cinco tiempos, pero en realidad es como si fueran menos. Lo que pasa es que en esa cantina ya me conocen y nunca me sirven las botanas. Nos vamos directo a los platos fuertes, ya saben que dejo buenas propinas. No, no estábamos borrachos. Miranda había comido dos tiempos en realidad (una sopa y un guisado) y para entonces se había tomado unas tres cervezas. Yo no recuerdo cuánto bebí, pero tampoco iba a limitarme, él había dicho que me invitaba y era viernes.

    Durante la comida, Miranda me hizo preguntas que iban de anodinas a venenosas. Lo bueno es que yo iba siempre un paso adelante. Primero me preguntó que cómo estaba, cómo estaba mi esposa, el trabajo… hasta pretendió interesarse en mis textos. Comentó algo sobre dos artículos míos recientes (se ve que había hecho su tarea).

    —¿Sigues escribiendo? —me preguntó. Como tardé en responder dijo: —Me refiero a la literatura. Aunque no fuimos tan cercanos en la universidad y quizás por ello nunca te lo dije, siempre me pareció que eras de los que mejor escribían.

    —A veces —le dije— pero no he publicado nada.

    —¿Por qué?

    —Porque no me interesa. Ahora la gente sólo quiere basura y yo no escribo basura. Digo, sin ofender a los que publican —hice esta aclaración porque José María ya me había contado que Miranda había publicado un libro de cuentos en una edición de autor y que además tenía una columna en una revista universitaria. No sé qué es peor: la mediocridad de nuestras editoriales o publicarse a sí mismo.

    —Te entiendo —me dijo—. Lamentablemente yo no he resistido la tentación y escribo de vez en cuando.

    —Y aparte de eso, ¿qué más haces? —le pregunté.

    —Doy clases.

    —¿De qué?

    —De periodismo y derechos humanos.

    —¿En dónde?

    —En la Universidad Nacional.

    —¿Tienes una plaza de tiempo completo?

    —No.

    —¿Das clases en la mañana o en la tarde?

    —En la tarde.

    —¿Cada cuándo?

    —Tres veces por semana.

    Ya voy, lo que pasa es que no es lo mismo dar clases en la mañana que en la tarde en esa universidad. Todo mundo lo sabe. Te digo todo esto porque necesito reproducir el diálogo lo mejor que pueda para que veas que no me era posible sospechar nada de su locura o lo que fuera. Pero me voy a adelantar un poco para darte gusto. De hecho, ahora que lo mencionas, a lo mejor sí tomó más cervezas, pero yo no vi o no me di cuenta. Lo que pasa es que no lo vi borracho. En fin, de pronto me dijo que me agradecía mucho que hubiera aceptado la invitación a comer con él.

    —No tienes nada qué agradecer —le dije.

    —Al contrario, siempre voy a estarte agradecido porque ésta será la última vez que comamos juntos —así me lo dijo, muy seguro. Yo creí que me iba a decir que tenía alguna enfermedad muy grave o que se iba a vivir al extranjero. Pero no tenía los ojos llorosos ni el tono solemne. Hablaba como si ya supiera lo que yo iba a decirle, como si ensayáramos.

    —Te propongo que nos dejemos de tanto misterio —le dije— y me digas lo que te pasa porque para eso somos amigos. ¿Por qué no volveremos a comer juntos nunca más? —le pregunté.

    —No es fácil de decir, pero tienes razón: lo mejor es ir al punto. Después de lo que voy a decirte ya no comeremos juntos porque no vas a creer lo que te cuente. A lo mejor vas a pensar que estoy loco y ya no te quedarán ganas de que nos veamos de nuevo.

    En ese momento yo aún estaba sobrio porque recuerdo perfectamente lo que me dijo. Me emborraché después de que se fue, como a las ocho y en otra parte. Además, antes de que me dijera eso, todo había estado normal. Éramos dos amigos de la universidad, dos periodistas, dos colegas que se estiman mucho y se reúnen después de varios años de no verse.

    —Puedo predecir el futuro —me dijo. Me lo soltó a quemarropa. Le hice una seña que significaba que no lo había escuchado bien, pero el volvió a decírmelo.

    —Puedo predecir el futuro —repitió—. Me le quedé mirando. Hacía un gran esfuerzo por no mostrar mi sorpresa y mi decepción, pero al mismo tiempo hubo algo dentro de mí que me decía: “Esto confirma que tú eres más chingón que él”.

    No me reí. Ahora no sé si porque sentí pena por él o por los nervios. Él me sonrió, no parecía avergonzado. Tenía razón, después de todo. Era obvio que no le iba a creer y, por supuesto, no me quedaban ganas de verlo de nuevo.

    —Pues qué bien —le dije—. ¿Te importa si pedimos la cuenta?

    —Ya la pedí, cuando fui al baño —me respondió.

    —Menos mal, tú también tienes prisa.

    —No, pero sabía que ibas a pedirla en este momento y me adelanté.

    Ahí no pude más y me reí francamente.

    —Estás cabrón, Miranda, es cierto que adivinas el futuro —mi risa era deliberadamente una burla y un goce por verlo ahí, tan poca cosa. Sin embargo, él actuaba como si de verdad supiera lo que iba a ocurrir. Tal vez fue su impasibilidad lo que me hizo quedarme otro rato.

    —Pensándolo bien —le dije— ¿por qué no nos quedamos y pedimos algo más?

    —Me parece muy bien —respondió— aunque voy a cambiarle a la cerveza. ¿Tú quieres otra cuba?

    Saqué un cigarro de la cajetilla, me lo puse en los labios y evité mirarlo mientras buscaba el encendedor en las bolsas del saco. Cuando lo encontré le dije:

    —Casi, Miranda.

    —¿Qué cosa?

    —Casi te sale bien la broma.

    —No es una broma, pero no te culpo por no creerme. Yo mismo no me creería.

    —No me compares contigo, para empezar. Yo… te diré algo. Si ya sabías que no te iba a creer y que me iba a querer ir, entonces ¿por qué pediste la cuenta? ¿No sabías que me iba a arrepentir y que te iba a decir que nos quedáramos, que ibas a aceptar y que te iba a decir esto mismo en este momento?

    —Lo sabía.

    —¿Entonces?

    —Entonces nada. No pedí la cuenta, te mentí —me dijo. Se acercó el mesero dispuesto a encenderme el cigarro.

    —¿Te ha pedido la cuenta este señor? —le pregunté al mesero sin dejar de ver a Miranda, a través del humo.

    —No —dijo el mesero— ¿quiere que se la traiga?

    Negué con la cabeza, pedí otra cuba y Miranda, un tequila.

    —La verdad es que no es fácil creerme —me dijo— así que te ofrezco una disculpa si  te he incomodado al decírtelo, pero tenía que hacerlo.

    Nos miramos un largo rato, bebimos en silencio. Fui yo quien habló primero.

    —Vamos a suponer que es cierto —le dije—. ¿Cómo lo puedes probar?

    —Como quieras.

    Mi mente científica comenzó a trabajar y pensé en pedirle que me dijera cómo iba a terminar el mundo, cuándo se extinguiría la humanidad, pero me di cuenta de que no iba a saber si era cierto lo que Miranda me contara. Luego pensé en pedirle los resultados de la lotería, de las carreras de caballos, de algún encabezado en los periódicos y hasta que me dijera lo que yo estaba pensando. Opté por esto último.

    —A ver, dime, ¿qué acabo de pensar en estos últimos segundos? —le pregunté a manera de reto.

    —Eso no es adivinar el futuro sino el pasado —me dijo— pero está bien, te lo diré —y en efecto me repitió mis pensamientos. Ahí fue cuando la broma o lo que fuere dejó de ser graciosa. ¿Cómo supo? ¿Quién se iba a imaginar que esas eran las pruebas que se me iban a ocurrir? No, tienes razón, nadie.

    La verdad es que no supe muy bien cómo llevar el tema sin ofenderlo y sin pedirle más pruebas. Lo intenté, pero no pude desenmascararlo. Hasta adivinó un número que yo había escrito en un papel. Sin quitarle importancia a lo que en ese momento yo creía que podía tratarse de una facultad sobrenatural, a mí comenzaba a darme miedo. Así que le propuse hablar de otras cosas. Continuaron las copas y la conversación y cuando esta vez fui yo quien pidió la cuenta, me dijo:

    —Hay una razón por la que te he confiado mi mayor secreto. Es todavía más difícil de creer, pero tengo que decírtela.

    —Mejor ahí la dejamos, Miranda —le dije—. Me dio mucho gusto verte y hablar contigo, pero esto ya no me gusta nada.

    —Te prometo que será lo último que te diga y la última vez que te moleste —me contestó—. De verdad no ha sido mi intención incomodarte.

    Noté que ya arrastraba un poco las palabras, así que eso también me relajó, cierto compañerismo alcohólico me relajó.

    —Mejor —le dije— en lugar de que me cuentes más cosas del futuro, dime el número de la lotería del próximo martes. Si le atinas, te invito a comer y me cuentas todo lo que quieras, Miranda.

    —Eso no te lo puedo decir.

    —¿Por qué?

    —Por cuestiones éticas y por mi propia seguridad. Lo siento.

    Ya sabía que se iba a salir por la tangente. Nunca confíes en alguien que te hable de ética.

    —Te he confiado mi secreto porque primero necesitaba que me creyeras. No sé si lo he logrado (es decir, sí lo sé, pero tengo que decirte todo esto de igual manera). En todo caso no pierdes nada y puedes ganar mucho.

    Trajeron la cuenta, yo hice como que iba a pagar y saqué un billete, pero Miranda se adelantó y puso su tarjeta de crédito sobre la comanda.

    —Al menos ya sabes si va a pasar tu tarjeta —le dije y nos reímos.

    Guardé mi billete de doscientos pesos en la cartera y le pregunté: “¿De cuánto estamos hablando?”

    —De mucho.

    —¿Cincuenta mil?

    —Mucho más.

    —¿Cien mil, doscientos mil?

    —No se trata de dinero. Hablamos de las vidas de varias personas.

    Debió notar mi decepción (o ya sabía que me iba a desilusionar, como quieras verlo) porque me dijo para interesarme en el asunto: “Una de esas vidas es la tuya. Salvar tu vida debe valer más que cien o doscientos mil pesos, ¿no crees?”

    Le trajeron el pagaré y firmó.

    —Espero que no estés tratando de amenazarme, Miranda —le dije con absoluta seriedad— porque soy capaz de matarte.

    —Por favor, no te exaltes.

    —¡Cómo no quieres que me exalte! —exclamé dando un golpe sobre la mesa, pero nadie se volvió a mirarnos— ¿Qué tiene que ver mi vida con tu pinche locura?

    —Escúchame bien, por favor. En unas semanas van a llegar a tus manos ciertos documentos.

    —¿Qué documentos?

    —Son unos papeles que, como imaginarás, comprometen a gente con mucho poder. Su publicación provocaría un gran impacto que redundaría en un gran reconocimiento para el periodista que lo hiciera, pero el riesgo es muy alto. Tu vida y la de tu hijo están de por medio. Te hablo de secuestro y tortura. Sobre todo de la vida de tu hijo, él sufrirá cosas que no te puedes imaginar. He venido a hablar contigo y a pedirte que no publiques nada y que te olvides de ese asunto.