Narrativa

  • Tres cuentos tres | José Lorenzo Fuentes

     

    Otelo y la escalera de caracol

     

    Al fin Tulio accedió a contar una buena parte verdadera de su vida:  la forma en que conoció a su mujer y el lugar donde vivió con ella en Paramaribo, en una casa pintada de verde que era un hotel que era una mansión  con todas sus habitaciones desfondadas que era una buhardilla donde únicamente cabían los dos de pie, y esa era la razón  por la cual hacían el amor solo cuando iban al bosque y se sentaban a la sombra de los álamos y los flamboyanes, porque en aquel desván  que era un closet que era una gaveta que era un sobre amarillo con la huella de todos los matasellos de numerosas estaciones de correos no cabía ni el beso furtivo de dos adolescentes. read more

  • En tránsito | Rosana Ricárdez

    Corrimos. Corrimos tanto. Pensamos que habíamos corrido tanto y eran apenas unas cuadras, aunque lo suficiente para sentirnos a salvo. La niña y yo estábamos tan cansadas que, por un momento, me sentí libre. Corrijo, ella estaba asustada. Yo, en cambio, libre. Me sentí libre y enseguida culpable, de esas ocasiones en que dos sentimientos forman un continuum, pensamientos inmediatos, de ésos de indeleble pero delgadísimo borde que se suceden, fronterizos y de difícil distinción. Pero no era un sentimiento de libertad, era una facultad conferida, facultad que sentí momentáneamente mía. Decidí escapar y creí sentir el poder de esa decisión. Decidimos escapar corriendo. read more

  • Los elegidos | Roberto A. Cabrera

     

    Gregorio: Esperaremos la llamada.

    Simón: ¿Y si no telefonea?

    G.: Esperaremos.

    S.: ¿Y si llama cuando hayamos salido? read more

  • Fragmentos sin futuro | D. R. Mourelle

    [Durante los últimos tiempos, distintos fragmentos —voces de ninguna parte bien cercana— me dieron plenamente en la cara; algunos son principios de historias, otros son finales, y los más: interrupciones a la mitad; historias todas ellas que nunca escribiré. Imágenes vagas, incompletas, bajas. Corazones de sangre apagada, detrás de unas risas, o de una burla. Para pasar y olvidar. Como los cardones de la ruta.]

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  • Embarcadero  | Mercedes Álvarez

     

    Temprano, en el embarcadero, había sol. Hacía tiempo que el hombre no recordaba un día como ese. El fulgor se extendía sobre el agua, volviéndola brillante como un manto de estrellas en pleno día. Resplandecía arriba, llenando de oro las casas de las personas, los edificios y los monumentos. Era posible creerse afortunado con un día así –o al menos eso pensaba el hombre–, desde su bote amarrado al poste en el club de remo, con los anteojos de sol puestos y a punto de empezar su entrenamiento de todos los días. El ejercicio era mejor que la obsesión, la obsesión mejor que la tristeza. Pero con un día así, valía la pena ser feliz. read more

  • Muerte anticipada: ahí donde comienza la hoja | Natalia Trigo

     

    Nosotras te traíamos las mujeres. Nosotras te ayudábamos a desmembrarlas. Era cosa de todos los días, mientras tú te sentabas en tu sillón, mientras tú mirabas hacia la bahía de Ensenada, nosotras mirábamos la fila de cuerpos. No las matabas. Las conservabas vivas porque, decías, era la única forma de ayudarlas. “La muerte y yo no nos llevamos, no es el trato que tenemos”. Llegábamos temprano e íbamos en busca de mujeres aunque, a veces, ellas venían a buscarte directamente: “Me dijeron que tú me puedes sacar este dolor que traigo”. “Me contaron que si me cortas aquí se me acabará la angustia”. La gente contaba cosas. La gente hablaba de lo que hacíamos. read more

  • Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

    (4 de 4)

    Traducción de Armando Pinto

     

    1. Pierre regresó temprano esta mañana; con él las entrevistas se traman de inmediato, sin preámbulos. Leyó extractos de un gran artículo aparecido hace unos diez días en Pravda; artículo no sólo duro para Gide, sino que parece negar todo lo que él reprocha a la urss. Pierre agrega: “Esta defensa es lamentable, grotesca, y eso va a permitirme tomar una posición clara en mi artículo: que uno no siga a Gide en su conclusión, pase, pero que uno niegue lo que ha visto, eso no”. Está también muy perturbado por la nueva actitud de la urss, esta adhesión espontánea al proyecto de mediación anglo-francesa. Cree que los rusos sabotean la Revolución española. Gide tiene un día muy cargado –vista a Rivet para el joven Queneau–, salida con Catherine (a ver no sé qué exposición) y a las seis visita a Magdeleine Paz, a la que asiste Pierre. Salen de ahí sin haberla encontrado de interés; en el fondo, ella no viene sino para tener una entrevista con Gide para Le Populaire. Después de la comida, conversación sobre las mismas cuestiones palpitantes. Creo que después de la nueva actitud adoptada por la urss el deseo de Pierre de retornar a España se ha derrumbado (él habría sido corresponsal en España para el asunto de la propaganda). Gide muestra un montón de cartas interesantes; una le dice a Gide: “Usted ha ayudado a liberar a algunas víctimas de Hitler, considere a todas aquellas que gimen en los campos de concentración de la Rusia soviética”. Lo que hace decir a Pierre con un tono amargo: “Cree usted, Gide, que será en la prisión dónde encontraremos a nuestros verdaderos hermanos?”

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  • Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

    (1 de 4)

    Traducción de Armando Pinto

     

    París, del 21 de octubre al 12 de noviembre de 1936

     

    Gide regresó a París el miércoles 21. Tiene muy buen aspecto, como rejuvenecido. Sabe que es el día en que los Groet comen conmigo; él comerá con nosotros pero nos dejará inmediatamente después para ir a Vendredi. Pero hacia las seis pasa Alix a decirme que han recibido un pequeño telegrama de Malraux invitándolos a comer. Malraux viene de España y espera regresar de inmediato. Acordamos que por la noche Gide y yo los alcanzaremos. Cuando Gide llega a comer me dice que acaba de estar justamente un buen rato con Malraux en la nrf y que no tiene la intención de acompañarme esta noche. Me dice también que viene de llevar sus notas a la imprenta y que serán impresas en cinco o seis días a partir de ahora. read more

  • Juan Silvestre: forjado al rojo vivo | Laura C. Rosales

    El periódico me solicitó esta nota hace aproximadamente tres semanas. Me encontré a Jimmy –o Señor Chávez, como lo ubican en la redacción– en una conocida cocina económica del centro y, después de ponernos al corriente con sus chismes de editor y mis chismes de novelista, dijo:

    –Hazme un favor, Huguito. Chútate una notita sobre algún escritor para el feature cultural del próximo mes. Ándale. Puedes escribir de quien tú quieras: del Joyce, del Faulkner, o hasta sobre uno de los poetas brasileños raros que te gustan. read more

  • Joñiqui  | Homero Carvalho Oliva

    La resolana ocupaba sin prisa los lugares cobijados por la sombra, se esparcía como un charco gigante de agua que se extiende a punto de soltarse y se va quedando adentro, en el fondo del suelo de los llanos. Suelo que al mediodía parece seco, sólo basta penetrarlo unos pocos metros para saber que no es así. La resolana descendía a los rincones más frescos para tomar impulso y llegar a las paredes altas, invadiéndolo todo. La resolana es así, es ese aire caliente cargado de penas y lamentos que inmoviliza a la población después del almuerzo, manteniéndola en un tiempo sin vida, entre sonoros ronquidos y besos fugaces que se pierden en el sueño. Hombres y animales se aletargan en esta hora cuando el calor de la selva expira su aliento sobre cosas y casas. read more