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El primer orto que yo conocí se llam­aba José Roberto. Era un com­pañero de la uni­ver­si­dad, en Medel­lín, Colom­bia. José Roberto Ortiz era su nom­bre com­pleto, pero nunca nadie lo recono­ció por las pal­abras con que lo bau­ti­zaron sino por esa especie de apó­cope de su apellido

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Si hablo tanto de mí no es tanto porque yo me importe mucho sino porque es el único tema sobre el cual me siento con alguna autori­dad para decir algo. Y porque tengo qué hablar, nece­sito hablar. Yo nací hablador. Hay mucha gente así. Yo no sé de dónde sac­aron en mi pueblo eso de que el que no tiene nada qué decir entonces que se quede callado.

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Hay mañanas limpias, limpias por den­tro de uno; ya sabe­mos que todas las mañanas son iguales de dis­tinta man­era, depen­di­endo de cómo esté uno por den­tro. Esta era linda en el pecho de él. Y tam­bién pre­ciosa por fuera. El sol apelo­ton­ado entre dos mon­tañas como un dibujo de niño, llenando de amar­illo el aire y haciendo ful­gu­rar los col­ores vivos de la flo­res en los antejardines;

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