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En algún momento pensé que sería buena idea decidir cuáles son los libros y autores que han leído de los per­son­ajes de un cuento que voy a escribir. Incluso sub­ra­yarlo al ini­cio del texto. “Ninguno de los per­son­ajes aquí nar­ra­dos conoce la obra de Juan José Arreola”. Es decir: serán suje­tos con imag­i­nación parca. Es decir: especulo que eso ayu­daría a definir el carác­ter del per­son­aje. Deseché la idea de hac­erlo público, pero a veces real­izo el ejer­ci­cio men­tal­mente para facil­i­tarme cier­tos desarrollos.

Invoco a Hugo. En alguna parte de Los Mis­er­ables comenta: “Apare­ció la melan­colía en las mujeres y el Byro­nismo en los hom­bres”. La cuarta parte del libro octavo de la parte segunda se inti­t­ula: De cómo parece que Juan Val­jean había leído a Agustín Castillejo. Las dos hijas de Thenardier osten­tan nom­bres extraí­dos de una nov­ela que yo aún no he podido ras­trear. Tran­scribo esta otra gema: “Ni Ale­ma­nia, ni Fran­cia, ni Inglaterra depen­den de una espada. En esa época en que Water­loo no es más que un ruido de sables. Ale­ma­nia por cima de Blucher tiene a Goethe, y la Inglaterra por cima de Welling­ton tiene a Byron”.

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El único reg­istro audio­vi­sual que existe del niño que fui es una grabación que ya ni siquiera está en mis manos, se trata de una fiesta infan­til de yucate­cos a la que me invi­taron segu­ra­mente para hacer bola. Mi pres­en­cia a cuadro no suma más de tres segun­dos. Cuando lo vi fue un enfrentamiento ater­rador. ¡Ese de ahí soy yo! Esas agu­je­tas desajus­tadas y una camiseta púr­pura con una frase en idioma inglés cuyo sig­nifi­cado hasta ahora me es posi­ble enten­der. Soy yo. Fui yo. No pude llo­rar, me quedó atrav­es­ado desde entonces un lamento.

Para mi gen­eración de can­dorosos trein­tones, la infan­cia no pasa de ser una fotografía oculta o el reg­istro de lo que nos dicen que fuimos. Por ejem­plo: yo era un bebé obeso al que se le anto­jaba un bolillo en las situa­ciones menos pre­vis­i­bles. Eso me han con­tado cien­tos de veces mis padres, han con­stru­ido varias fic­ciones sim­i­lares en torno a cada fase de mi vida. Yo no me fío y cada que tengo frente a mí un pedazo de pan lo evito pen­sando que ven­drán mejores tiem­pos. Ese prob­lema no lo pade­cerán los hom­bres del futuro, que gra­cias a la tec­nología dig­i­tal y el ocio de sus padres ten­drán un reg­istro de videos y fotografías de su desar­rollo vivo.

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Tres ejem­p­los:

El relato de Euse­bio Ruval­caba inti­t­u­lado “Las memo­rias de un liguero” viene acom­pañado de un aster­isco que nos lleva al sigu­iente pie de página: Mín­imo hom­e­naje a “Las memo­rias de una pulga”

El texto de Manuel Payno “Memo­rias sobre el mat­ri­mo­nio” tam­bién se pre­senta con una adver­ten­cia: La idea de escribir esta obra apli­cada a nues­tras cos­tum­bres, vino al autor por la lec­tura de Balzac tit­u­lada “Fisi­ología del Mat­ri­mo­nio”. Como no gusta osten­tar orig­i­nal­i­dad, hace esta franca con­fe­sión como respuesta antic­i­pada a los que le puedan lla­mar imi­ta­dor o plagiario.

En el pról­ogo que J. L. Borges escribió a “Vidas imag­i­nadas” de Mar­cel Schwob con­cluye afir­mando: Hacia 1935 escribí un libro can­doroso que se llam­aba “His­to­ria Uni­ver­sal de la Infamia”. Una de sus muchas fuentes, no señal­ada aún por la crítica, fue este libro de Schwob.

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