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Los cuadernos de la Petite Dame | Maria van Rysselberghe

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Traducción de Armando Pinto

Gide parte para Cuverville en el tren de la mañana, sin justificar su partida, y a mí me parece una prueba de que piensa ir a España. Pierre lo conduce a la estación.

El padre Doncoeur viene a Vaneau a las once, seguro de encontrar a Gide, y por eso se desconcierta mucho cuando le digo que está ausente. Me pregunta si yo estoy al corriente y si puede hablarme. Viene del arzobispado. El cardenal Vernier es muy favorable a la iniciativa, bajo ciertas condiciones por supuesto: dos delegaciones mezcladas representando tanto como sea posible el mapa espiritual de Francia –un fin único, la piedad: impedir las masacres–, que todo mundo actúe en perfecto acuerdo –nada de tiempo que perder–. El padre Doncoeur es un personaje enérgicamente simpático: su aspecto, un rostro simple y decidido y pronto familiar, una intensidad moral emotiva al primer contacto, la palabra directa, clara, confiada, un espíritu libre que te hace sentir absolutamente cómodo. Herbart regresa –yo lo presento como secretario de Gide, al corriente de todo y encargado de reemplazarlo hasta su retorno (él regresa esta noche)–. Herbart viene de la embajada a donde fue a buscar sus papeles que están en regla. Se entera de que el gobierno ha abandonado Madrid y se ha trasladado a Valencia, y que ve con agrado la tentativa de la delegación. El padre Doncoeur repite dónde estaba. De inmediato advierto entre el padre Doncoeur y Herbart una posibilidad de entendimiento, de acuerdo recíproco, lo cual es muy curioso dados los muy feroces prejuicios de Herbart y, en este caso, su voluntaria falta de tacto; la disposición, la claridad, la precisión, la franqueza del padre se imponen visiblemente a Pierre, y advierto que entre ellos dos las cosas van a dar pasos de gigante.

Telefoneamos a Martin-Chauffier, quien conoce muy bien al padre Doncoeur, con el fin de que nos ayude con sus sugerencias a integrar las delegaciones. El padre Doncouer insiste en tener representantes de los partidos más alejados: comunistas, fascistas. Herbart telefonea a Aragon. Comprendemos, por su impaciencia, que lucha contra una oleada de palabras y de objeciones; llega sin embargo a plantear claramente las condiciones requeridas por el padre Doncoeur. Después nos resume las objeciones de Aragon, que hacen sonreír al padre: no puede haber más que horrores cometidos de un solo lado, por lo tanto dos delegaciones serían inútiles, lo que hace falta son simplemente los testimonios de Madrid, etc. Herbart alza los hombros y, para simplificar, propone ir a convencer a Aragon de la importancia de un programa único: el cardenal estaría dispuesto a escribir una carta para señalar su aprobación a ese gesto y se preguntan si del otro lado… alguien hará lo mismo. Nos separamos.

Se advierte que los dos están decididos a actuar pronto, a través de todo. Nos telefonearemos los resultados; se entiende que yo no saldré para ser el punto fijo de comunicación. Herbart regresa a la una. La reunión con Aragon fue muy tormentosa, Aragon se opone a las dos delegaciones, pierde la cabeza, se da cuenta que esta nueva forma de intervención no es exactamente lo que le encargaron que organizara, pero después de su pifia se encuentra en una posición lamentable y deja finalmente que Herbart se encargue de arreglar todo. Pierre también le había telefoneado a Thorez, quien se encarga de designar a dos comunistas. Se trata ahora de encontrar a los otros. Pierre come rápidamente de pie y, durante ese tiempo, pensamos en las personas representativas susceptibles de partir; no es fácil. Le telefonea a Benda (algo espinoso, habida cuenta de las cartas que intercambiaron en la nrf). Logra una cita y corre con la intención de pasar también con Montherlant y con Mme Curie. Tiene la intención de reunir a los adherentes, o a la gente susceptible de designarlas, a las seis conmigo y le telefoneará a Gide que es necesario que regrese para estar en Vaneau al final del mediodía.

Herbart regresa muy rápido, muy excitado por todo lo que ha escuchado. Benda fue muy amable; se rehusó por razones muy claras y de una lógica válida: para él la vida humana no tiene importancia y no ve por qué tendría que ir a protestar por las masacres. Le aconseja a Herbart hacer una gestión, de su parte, con la duquesa de La Rochefoucauld, presidenta de la sociedad de Dames de France. Ahí, impresión deplorable: ella tiene un intenso pavor, y además no sabe español, y además su marido no querrá. Imposible conectar a Montherlant por teléfono; después llama a Jean-Richard Bloch. Éste también es locuaz y parece tener muchas cosas que proponer por lo que le asignamos la cita de la seis, así que será el padre Doncoeur quien tendrá que esforzarse a su lado. Gide llegará en el tren de las seis y media y yo iré a recogerlo a la estación. Herbart es esperado en el Partido; insistirá en que la delegación que se envíe a la cita tenga autorización para comprometerse con las decisiones que se tomen. Nosotros comenzamos a temer que sólo los eclesiásticos vayan a la estación dispuestos a partir, pues el padre Doncoeur acaba de telefonearme que, en cualquier caso, hay un canónigo presto a partir de inmediato, y sin duda también él mismo.

A las seis llega la gente. Contamos con los dos padres, Bloch, Martin-Chauffier, Aragon y la delegación comunista que, en efecto, llega. Pero lo que de entrada desvirtúa el carácter de la reunión y sofoca las deliberaciones es la abundante y confusa buena voluntad de Bloch, quien creyó bueno llevar a siete u ocho personas: una dama norteamericana que propuso telefonearle a un ministro sueco o a amigos influyentes de Zurich, un jurista, un pastor, qué sé yo, todos bien, pero que vienen aquí como van a las reuniones, a hacer discursos, y todos ellos desconocidos para nosotros. Yo compadecí sinceramente a Herbart, obligado a maniobrar en medio de esta confusión. Hábil, cortésmente, pasa la presidencia al padre Doncoeur, que hace una exposición rápida, perfecta. Pero todos quieren imponer su punto de vista, el bloque de los desconocidos no está en la misma sintonía y parecen atascados. Dejo la reunión para ir a recibir a Gide y ponerlo al corriente de todo; llevo a Catherine, relegada a su recamara desde su regreso de la escuela. Herbart se las arregla para susurrarme: “Encárguese de que Gide no ponga todo en duda pues hay varios que están decididos a partir”. Abordamos de inmediato a Gide al descender del tren y en el taxi le cuento todo detalladamente. Comienzo por comprobar que Gide no piensa para nada en partir (la confusión viene de mí) y que si fue hoy a Cuverville fue simplemente por necesidad, para firmar algo. Está un poco pasmado por la idea de la reunión heteróclita que va a encontrar en Vaneau y, sin duda, por sentirse más comprometido de lo que pensaba. Le digo que hemos concluido que aunque las delegaciones no llegaran a obtener ningún resultado práctico, serán a pesar de todo muy importantes desde el punto de vista de la opinión pública.

Hay unas dieciséis o dieciocho personas cuando llegamos. La entrada de Gide provoca un pequeño alboroto. Se comienza por decir un montón de palabras inútiles. Lo difícil es precisar exactamente lo que las delegaciones van a tratar de conseguir: ¿salvar a los rehenes? “Pero –dice Gide– como se trata sobre todo de la garantía de los gubernamentales, daremos la impresión de hacerle el juego a los rebeldes, ¿y qué le pediremos a Franco a cambio? Alguien dice: “Impedir que las tropas marroquíes entren a Madrid. –Es imposible, dice el jurista, eso es precisamente lo que se le reprocha a los franceses en la Gran Guerra, ¡el empleo de las tropas marroquíes!” Y entonces se produce lo que Herbart temía: Gide pone todo en duda, incluso la necesidad de nuestra reunión, y frente a ese retroceso estamos un poco desconcertados; debe tener evidentemente el aire de flaquear. Sin embargo poco a poco remontamos la pendiente, gracias sobre todo al padre Doncoeur y Herbart, quienes parecen los únicos en tener un objetivo preciso, y a pesar de las numerosas y largas interrupciones de Aragon, quien abusa de la elocuencia. Finalmente las cosas se precisan: tenemos dos comunistas, dos sacerdotes, harán falta dos personalidades destacadas, una de derecha y otra de izquierda. Bloch sugiere a Mauriac o Duhamel en la derecha. “En ese caso yo seré el otro”, dice Gide. Y de inmediato el padre Doncoeur: “Me encargaré, al salir de aquí, de dos gestiones y le telefonearé está noche”. Queda entendido que Aragon se encargará de gestionar los pasaportes en la embajada de España y Gide de las gestiones con Blum para los aviones y los pasaportes diplomáticos.

Son las nueve cuando nos sentamos a la mesa. Gide está ligeramente perdido y descontento consigo mismo. Herbart tiene migraña, está furioso con todo el mundo; declara que sólo los dos padres tienen una actitud clara y digna, y que por nuestra parte somos incapaces de poner algo sobre los pies, que Gide desmoralizó la reunión con sus dudas y titubeos; fue muy difícil calmarlos. Felizmente la comida se encargó y, a los postres, la visita de Rivet, quien no había podido venir más temprano y al que Bloch había convocado también. Es verdad que Rivet se parece a Gide, sobre todo de perfil; ¡qué hombre simpático y sencillo, que habla de alimañas de un modo fascinante! Invita a Catherine y a Gide a ir a verlo a su laboratorio del Jardin des Plantes.

Hacia las diez recobramos la calma. Telefonema del padre Doncoeur. Fracasó ante Mauriac, verdaderamente muy frágil de salud, y ante Duhamel porque no cree en la utilidad de la misión. Pensamos en Jules Romains y le telefoneamos –ha salido, pero telefoneará cuando regrese–. Estamos extenuados los tres. Cuando nos aprestamos a retirarnos, telefonazo de Romains: está a punto de divorciarse y volverse a casar, demasiadas cosas en las manos –parece estar arrepentido–. Y nosotros pensamos que tenemos suficiente por hoy. Estoy sólo un instante con Gide, tiene tiempo de decirme: “Estoy encantado de que Pierre haya podido ver de cerca a un personaje como el padre Doncoeur; eso lo puede hacer reflexionar y hacerlo menos injusto”. Dice eso frotándose las manos, verdaderamente contento.

 

  1. No los veo, a él y a Pierre, sino hasta mediodía. Vienen de ver a Blum, quien los ha recibido más que amablemente, aunque estaba preparando el discurso que debe pronunciar esta tarde. Obtienen todo, los aviones para ir a España, los pasaportes diplomáticos no, pues se dan únicamente a los enviados del gobierno, sino visas diplomáticas, lo que de algún modo viene a ser lo mismo; para estos asuntos prácticos, Blum, después de una llamada teléfonica previa, los dirige con el jefe de gabinete del ministro del Interior donde son muy bien recibidos. Al momento de partir el jefe de gabinete planteó por sí mismo la cuestión de los “fondos”, diciendo que por lo general rehusaba los que le pedían pero que en este caso los concederá de buena gana. Además envió un telegrama cifrado al cónsul de Valencia, para informarse sobre Last y ponerse a disposición de la delegación para anunciar su arribo al agregado militar de Madrid.

Los dos son reanimados por la posibilidad. Gide lleva a Pierre y a Catherine a almorzar al restaurante y yo no me siento a disgusto de estar sola un poco. Más tarde, Gide y Catherine irán al cine y Pierre regresará para hacerle frente a todo. Antes ya de su retorno, hube de responder a muchas llamadas telefónicas, y de las tres a las seis no cesamos de estar al aparato. Habiendo propuesto el padre Doncoeur un diputado fascista en espera de un diputado comunista, el Partido Comunista, con el pretexto de no disgustar al Frente Popular, prefiere retirarse de la combinación en tanto que partido pero vería con buenos ojos que Herbart, por ejemplo, fuese parte de ella. Pasamos el tiempo imaginando delegaciones mezcladas imparcialmente: un padre, un escritor de izquierda, un fascista –un padre, un escritor de derecha, un comunista–. Largo telefonema a Jean-Richard Bloch para saber si eventualmente él sería ese escritor de izquierda: “¡Ni lo piensen, en mi calidad de judío sería inmediatamente fusilado!” El juego de nombres recomienza: Luc Durtain, Guéhenno, repasamos a todo el mundo, pero es domingo y es difícil contactar a la gente. Aragon aconseja dirigirse a Victor Basch, presidente de la Liga de los Derechos del Hombre. Le telefoneamos: de inmediato se muestra muy interesado, solícito, y acepta venir a Vaneau a las seis con el padre Doncoeur. Éste acaba de recibir un telegrama de Viollis, quien pronto regresará a París y que confirma lo mucho que desean ver una comisión de sondeo. Otro telegrama de Viollis a Herbart proporciona noticias de Malraux y de Last, que combate. Esta segunda reunión, en la que luego están Victor Basch, el padre Doncoeur, Gide, Pierre y yo, quien los recibe, fue plenamente satisfactoria, sobria, tan eficaz como la de ayer fue vana e irritante. Después de muchas palabras prudentes y sagaces, proponemos componer así las delegaciones. Por el lado de Franco: un padre (el canónigo Couturier), un personaje conocido que no haya tomado partido, verdaderamente neutro, y dos amigos del lado de Franco, susceptibles de ser escuchados por los rebeldes. Del otro lado: un sacerdote (el padre Doncoeur), un neutro notable y dos amigos de la causa gubernamental susceptibles de crédito ante el gobierno español. Gide y Basch, decididos a partir, serían esos dos. Debemos encontrar el neutro rojo, como dice con gracia el padre Doncoeur, y él el neutro blanco y los dos amigos del fascismo. Examinamos a los académicos, a los miembros del instituto. La intervención de los protestantes planteada ayer a causa de la repercusión en los países del Norte permanece en suspenso. “Sin embargo debemos tenerlos en cuenta, dice el padre Doncoeur. Sé que el pastor Boegner, puesto ya en alerta, ha convocado a la Federación Protestante; eso debe pasar en este momento; ¿y si telefoneo?”

Se pone al teléfono con Gide, que tiene uno de los auriculares, y advierte claramente de parte de Boegner una retirada, una indecisión, en el momento en que el padre Doncoeur, explicando la forma en que estarían compuestas las delegaciones, pronuncia el nombre de Gide. Pero el padre Doncoeur afirma que su indecisión tendrá sus motivos, inadmisibles, dice, dado el objetivo que se busca. “Sí, yo soy su bestia negra. –Reconozcamos –dice el padre Doncoeur riendo– que ha hecho usted todo lo que es necesario para serlo”.

Una vez más, son cerca de las nueve cuando comemos, pero esta vez verdaderamente tranquilos, y la velada se termina entre risas. Se torna muy divertida además: la idea de que Gide sea ¡defendido por un padre católico frente a un pastor! ¡La idea del ruido que este asunto hará en este momento en los medios más diversos: la academia, la diócesis, el Instituto, el gobierno, las duquesas, el Partido Comunista! ¡La idea, también, de que tal vez se vea descender de un avión en un país revolucionario a un padre jesuita, a Gide, a Henry Bordeaux quizás, y Herbart! “Tres Caves du Vatican”, dice Pierre. En el fondo, Gide y él festejan, lo que no desdice de ningún modo la sinceridad, la autenticidad de sus intenciones. A fin de cuentas no hay más puntos muertos en la jornada, en conclusión la vida exige de ellos esta tensión, este desvelo, este grado de excitación que les resulta una atmósfera favorable; es como un juego magnífico, serio a fin de cuentas. Eso lo comprendo muy bien. Esta similitud ante la vida es evidentemente uno de los secretos de su armonía, iba a decir de nuestra armonía. Herbart se ofrece pronto la satisfacción pérfida de anunciar a Bloch que Basch (judío también) parte sin vacilar. Gide quisiera ahora jugar una crapette. Lo intentamos, pero nuestra distracción es lamentable y nos caemos de sueño.

 

  1. Esta mañana el tema de la oportunidad de la publicación del Retour de l’urss se retoma entre Gide y Pierre. Se mantiene una primera divergencia: Pierre quisiera que Gide la posponga hasta el fin del asunto de España. Gide resiste y piensa: no se encontrará entonces más que ahora que es el momento, sin duda menos aún; entonces se pasa a la otra. Segunda consideración: Pierre cree que la voz de Gide sería más libre, tendría más valor en España si su ataque contra la urss no hubiera todavía aparecido. Esto, Gide lo concede. El libro aparecerá después de la actuación de las delegaciones y mientras él esté todavía en España –eso representará una posposición de ocho días–. Llegan los primeros ejemplares del libro y Gide me da el mío.

Este día se anuncia un poco menos agitado. A partir de las cuatro algunas cosas se han logrado. Pierre fue a la embajada de España y al ministerio del Interior. Está completamente en regla y parte esta tarde para Tolouse, donde tomará el avión. Tiene un salvoconducto general, una carta de presentación destinada a Caballero. Él no forma parte de ninguna delegación. Parte a explorar y tendrá a Gide al corriente. Deben además tener una reunión a las seis en Vaneau. Al teléfono: Basch, quien habla de agregar a Langevin, y el padre Doncoeur, quien, obligado a renunciar a la Academia a causa de la elección de pasado mañana, va a hacer una gestión con el general Castelnau y el almirante Lacaze (ambos jubilados). Evidentemente todo eso será muy reluciente para el lado de Franco. Por lo menos, dice Pierre, “no nos han propuesto boletos por nuestro oro”.

Vino Domi a desayunar, melancólico y lejano, y Jean debe comer con nosotros. Propuesto para ser, en caso dado, nuestro rojo, él se excusa: su salud lo vuelve inútil en los viajes. En la reunión de las seis cada uno expone el resultado de sus gestiones. El padre Doncoeur solicitó a Harcourt, quien no quiso aceptar a causa del nombre de Gide, pero fuertemente reprendido se excusó y aceptó; el almirante Lacaze no está libre, y Castelnau tiene 80 años, pero va a sondear a otros generales retirados. Se piensa en el duque de Broglie; por otro lado, Gide ha hablado largamente por teléfono con Bédier, quien está casi decidido a partir, a pesar de las elecciones de la Academia, pero es del lado de Franco que él desea ir y lo pasamos al padre Doncoeur. Ahora se trata de ir a las cuestiones prácticas: aviones, pasaportes, etc. Pierre, quien parte a las diez esta noche, nos deja un pequeño plan detallado de todo lo que falta por hacer. Realmente va a toda marcha. El pastor Rozère, quien está ahí también (él había venido a la primera reunión), cuenta que la Federación Protestante, presidida por el pastor Boegner, ha decidido finalmente no hacer nada, y parece profundamente decepcionado; si ya no representa a la Iglesia protestante, su presencia pierde importancia y discretamente se retira. Victor Basch, quien conoce a todo mundo, sabe naturalmente a quien hay que recurrir para arreglar la cuestión de los aviones y va a hablar largamente con Gide por teléfono. Es sorprendente, Basch –72 años– es el más activo de todos, con su antigua forma de actuar, representa bien al hombre libre de mi juventud: con su chalina al viento, combativo, un poco charlatán, lleno de principios y de ideas generales a la mano, cortés, hombre de mundo, amante de los juegos de palabras.

Comida agitada, teléfono incesante –mucho tiempo Clara Malraux, quien está en un estado lamentable y abusa de él–. Pierre, al fin parte, y nosotros nos relajamos conversando apaciblemente con Jean. Retomamos diferentes puntos, en especial aquel que más intranquiliza a Gide, a saber, ¿tenemos el derecho de debilitar a la izquierda exigiéndole que abandone la baza de los rehenes? Otra cosa, molesta: Jean supo que había aparecido un artículo en Pravda diciendo que Gide se había comprometido en la urss con un joven muchacho al que acaban de enviar a Siberia. Gide: “Sí, evidentemente, ver plantear esta cuestión es muy fastidioso, pero yo podría responderles que no es al muchacho al que habría que enviar a Siberia sino a André Gide, a quien era necesario expulsar; sobre mí, ellos saben muy bien a qué atenerse. Por lo demás, tengo mucho miedo de que no sea un simple desprecio, tengo la certidumbre de haber sido de una prudencia absoluta”. Jean: “Siempre creemos eso, mi viejo. Usted piensa que fue seguido todo el tiempo. –Había sin embargo formas para escapárseles, y cuando me seguían yo no perdía esa sensación”.

 

  1. Ocho y media y ya lo encuentro al teléfono, descalzo. Una llamada lo ha arrancado del aseo. Es Pierre que telefonea desde Tolouse: el avión que debía tomar no va hasta a Alicante, sólo a Barcelona y ahí, teme Pierre, quedará atascado, y pregunta si Air France podría hacer algo por él –un avión estaría disponible, pero naturalmente no se puede hacer nada sin una orden de la dirección–. Gide se pone de inmediato en contacto con Air France. A fuerza de insistir obtiene para Pierre el avión disponible. Por otro lado, le decimos que el avión que contábamos con poner a disposición de la delegación era en definitiva clandestino y que, como los escrutinios eran frecuentes, preferiríamos que las delegaciones tomaran el tren hasta Toulouse, después el avión postal en el que los lugares estarían reservados; luego, en suelo español, pondríamos aviones a su disposición, lo que sería más fácil.

Esta vez es Gide quien está en plena marcha. Tiene el tono, la precisión, la autoridad y no olvida nada, y cuanto más complicado y difícil es más lo divierte. Me hace sostener uno de los auriculares y nos mensajeamos con mímica. Resulta extraordinario verlo: medio vestido, friolentamente pegado al radiador, semirasurado como dice, sosteniendo con una mano el teléfono, con la otra una estilográfica para anotar las precisiones ¡y al mismo tiempo intenta encender un cigarrillo! Cuando quiero ayudarlo, dice: “¡No, deje, es un deporte!”, y lo consigue, además. Entre dos telefonazos: “Qué curioso, durante días y días uno atraviesa llanuras monótonas y de pronto está uno en un torbellino, ¡y la vida adquiere cierta suculencia! Yo no me siento mejor que en esos momentos, ¡además son siempre de un interés psicológico inaudito!” Es verdad que resiste maravillosamente la fatiga.

A las once por fin consigue salir y yo me quedo de guardia para contestar el teléfono. Al regreso, pasó a Air France para asegurarse de que todo estaba en orden, al ministerio de Asuntos Extranjeros donde le han entregado veinticinco mil francos de subsidio. No duda de que las delegaciones serían hospedadas a expensas de España, pero rehusaron para sentirse más libres.

Durante ese tiempo yo recibí al reverendo Couturier, que vino a dejar su pasaporte; otros tres están ya aquí. Durante el almuerzo, Gide habla largo tiempo por teléfono a Cuverville para tener a Madeleine al corriente y tranquilizarla. Después me habla mucho de la salud de Madeleine, que es muy frágil: el corazón está débil y recientemente tuvo una pequeña congestión del nervio óptico que compromete la visión de un ojo. Pero el teléfono no nos deja ningún respiro: es Basch, quien ha conseguido enseguida (tal vez demasiado rápido) que Piot, el director de L’Oeuvre, acompañe a la delegación de izquierda. Después es el padre Doncoeur, quien espera tener a Massignon, pero a la izquierda, y a Bédier a la derecha, sin embargo consiente en posponer una parte de la pesca, dice con una ironía un poco mordaz. Pero es tan complicado hablar de todo eso por teléfono que propone darse un salto por Vaneau.

Viene el padre Doncoeur, esta vez tan extenuado que le ofrezco una pequeña infusión. Se trata ahora de poner en papel los diferentes puntos que se proponen las delegaciones y las reglas que cada una se compromete a cumplir. Se redactan rápidamente. El padre Doncoeur no nos oculta que toda la derecha se muestra extraordinariamente desconfiada frente a este proyecto surgido en la izquierda: sería un golpe hábilmente montado, etc., etc. “En el fondo –dice– es muy lógico, es necesario darles todas las garantías posibles, darles tiempo para reflexionar, no darles la impresión de que los presionamos; y luego, a aquellos que sigan dudando, hacerlos a un lado”. Muchos nombres son pronunciados entonces: Daniel Halévy, entre otros. “Él ha sido sondeado, dice el padre Doncoeur, y el nombre de Gide lo hizo saltar también –¡pero les dije que era un poco duro que la desconfianza estuviera siempre del mismo lado!”

Estamos en martes, esperaremos al jueves en la tarde. Una reunión amplia debe tener lugar antes y en un lugar neutro, en el hotel Lutétia, por ejemplo. ¡Y pensar que no todos los nombres están decididos todavía, al menos del lado derecho! Cuando el padre Doncoeur se retira, Gide dice: “Eso nos hará llegar al viernes 13, lo que es perfecto”. Regresa a Air France para precisar las fechas, después tiene una importante reunión en el Quai d’Orsay, con Vienot, para levantar un proyecto muy vasto de publicidad francesa para el libro. Al salir, me dice: “¡Y la crapette, esta noche, para descansar!” Encuentra todavía tiempo para telefonearle dos veces a Clara Malraux, para tenerla ocupada, hacerla participar de la acción y hacerle algún bien.

Olvidé decir que ayer, al partir, Pierre me confió su artículo, una respuesta a Gide en forma de carta y que hasta el último minuto ha rehecho. Él no se desolidariza de Gide respecto a la comprobación de los hechos, sino a la publicación de su libro en este momento. Él quiere que Gide mismo lleve el artículo a Vendredi; sería más noble así, en efecto. Me encarga que esté pendiente de eso y de que aparezca el viernes posterior a la publicación del Retour de l’urss. Hasta tarde en la noche telefonazos y telegramas: Pierre definitivamente detenido en Toulouse, por razones que parecen misteriosas y complicadas. Del lado de la delegación de derecha, todo mundo parece querer escabullirse. Bédier quiere ver de nuevo a Gide. Bloch y Aragon, apartados de hecho, no dejan de venir por noticias. Yo noto su tono particularmente cortés y cordial. Se ve claramente que nadie quiere mezclarse con Gide; no es la consigna por el momento.

  1. Visita de Bédier esta mañana. Decididamente no va, cree el gesto ineficaz pues no tiene el mandato de nadie. La reunión es para esta tarde. Viollis acaba de regresar. Gide le habla y comete la imprudencia, a pesar de mis gestos, de convocarla a la reunión. Le señalo que por la jugada la desconfianza de la derecha se erizará y pondrá en duda todo lo que ella pudiera decir. La vuelve a llamar para deshacer la cita y procurará ir a verla por si él tuviera algunas indicaciones útiles.

Los Groet comen con nosotros esta tarde. Gide sale con Catherine y pasa un minuto con Viollis, quien ha regresado muy enferma. Después va a la reunión del Lutétia, y son las ocho y media cuando regresa, esta vez muy fatigado. Todo ha sido puesto en duda. La delegación de derecha recula vergonzosamente; en firme no queda más que el canónigo Couturier –todos hacen depender su participación de algún otro–. Daniel Halévy no irá si no es con Vallery-Radot, candidato de última hora, el cual no asistirá a menos que Henry Bordeaux acepte… y así sucesivamente. Ya no es asunto del conde de Harcourt ni de algún general. La verdad es que la derecha desconfía y no se atreve a comprometerse. Basch mantiene su deseo de partir a pesar de todo, incluso solo; estima que una actitud generosa de los gubernamentales, incluso sin compensación, puede ser más tarde de mucha importancia desde el punto de vista de la opinión pública. Gide, si parte por su lado, no tiene motivo para unirse a Basch, ya que éste tiene muchos amigos entre los milicianos para prever una actitud sin beneficio verdadero para ellos. Todo está muy cerca de deshacerse. Y los telefonazos continúan, todos quieren mantenerse al corriente.

Sin embargo, después de comer, tratamos de hablar de otra cosa. (Naturalmente los Groet están de acuerdo, parecen además no haber visto a nadie de las dos delegaciones y no estar al corriente de nada.) Tratamos sobre todo de lecturas para Catherine. Todos proponemos títulos y Gide dice no haber descubierto todavía lo que ella prefiere en verdad. A propósito de Olivier Twist, dice: “Aunque es una de las primeras novelas de Dickens, me parece que es una de las mejores y de las que mejor revelan lo que Dickens habría podido hacer si hubiera estado menos preocupado por la opinión pública”.

 

  1. ¿Ya dije que hay una última tentativa de arreglo esta mañana a la once en el Lutétia? Antes de ir para allá, Gide escribe una entradilla para presentar el artículo de Pierre en Vendredi y me lo confía. Durante su ausencia, Bloch vino por noticias y Aragon telefoneó.

Gide regresa a comer y me informa que nada se logró, no sale más esta tarde, y antes de volver a su casa va a intentar contactar a Pierre por telegrama. Le telefonea a Aragon y es su mujer la que se pone al aparato, rusa, elemento activo, al corriente de todo. Al saber de la defección de la gente de derecha, se exalta, ¡dice que se han burlado de nosotros, que si el arzobispo ha dado largas ha sido sólo para retener a los otros, que por otra parte la delegación de derecha no tiene ninguna importancia, que no era más que una fachada, que en el fondo se trataba de enviar a testigos notables para comprobar los horrores cometidos por los fascistas más que para evitarlos! Gide, estupefacto, indignado, protesta y exige ver de inmediato a Aragon; quiere calmarlo, ponerlo al corriente, antes de que se ponga a esparcir esa calumnia. Aragon está con Langevin. Gide corre para allá, ahí encuentra a Viollis también. Gide les hace un recuento exacto, la imposibilidad de reunir a los elementos de derecha, fuera del arzobispo, el único que ha mostrado ahínco. Pero Aragón exclama: “¡Yo conozco bien la perfidia de los sacerdotes! ¡Hemos sido admirablemente timados por ellos! Gide, su ingenuidad es conmovedora”, etc. Busca la forma de regresar a la escena, de recobrar importancia, y vemos que nadie podrá convencerlo de su error, voluntario o no.

Gide vuelve muy disgustado y descorazonado. Nada se puede hacer, parece, para detener esa calumnia, ese malentendido que tomará forma y se extenderá por todas partes. A las cuatro, visita de Martin-Chauffier y de Chamson. Los ponemos al corriente para hacerle contrapeso a los falsos rumores; pero de inmediato la conversación se orienta a otro lado: el Frente Popular y sus disensiones en el interior, los radicales que codician el cargo de Blum, etc. Después, los primeros ecos del prefacio del libro de Gide, casi todos favorables y provenientes de miembros de la izquierda. No podemos dejar de notar la actitud negativa de L’Humanité, afligida pero cordial, como Aragon. Les pasamos el artículo de Pierre; les viene bien. Concuerda con la posición de Vendredi: lúcido frente a la verdad, pero comunista a pesar de todo. Piensa que es Bloch quien representará a la ortodoxia radical.

El teléfono ocupa a Gide hasta la hora de la comida, la cual toma en el restaurante con Clara Malraux para sacarla de su marasmo. Regresa verdaderamente ebrio de cansancio y de complicaciones, y la tarde torna a la payasada.

 

parís, del 12 de noviembre al 19 de diciembre de 1936

Tengo esta noche en mi casa a dos viejas amigas que con regularidad hacen cada año una breve escala en París en su camino al Midi. Evocamos recuerdos de infancia. Gide se pone a declamar poemas que ha memorizado: Le petit savoyard, Jeanne d’Arc, etc., y nosotras leemos. Reconozco muy bien esta forma de fatiga que lo hace dejarse llevar, como si no pudiera dominar la discreción que le es habitual.

A las diez de la noche, nos encontramos solos frente a una tizana, suena el teléfono. Es el padre Doncoeur. No se da por vencido, necesita buscar otra cosa, hacerla de otro modo. Además, acaba de descubrir en un libro de André Germain un hecho curioso: en el 31, Franco habría venido a París, y precisamente con un fin humanitario, para rescatar a los rehenes, y habría entrado en relación con Blum y con el vicepresidente de la Liga de los Derechos del Hombre. ¿No podríamos aprovechar eso, tal vez contándoselo a Blum? Pero primero asegurarse de la veracidad de los hechos, mediante Basch, el presidente de la Liga. Pero Basch ha partido ya para España.

 

  1. Esta mañana, Gide logró el milagro de contactar a Basch en Toulouse, justo antes de que tomara el avión. Él confirma el hecho, se acuerda muy bien de las circunstancias, sólo que… era el hermano de Franco, el aviador y no el jefe fascista. A pesar de eso, Gide telefonea al jefe de gabinete de Blum para tantear el terreno. Pero siente enseguida que, incluso oficiosamente y a título privado, Blum no quiere ver su nombre asociado a este asunto. Además él no conoce a Franco.

Por la tarde ayudo a Gide a preparar la lista de amigos que recibirán los tres libros que acaban de aparecer a la vez. Pages de journal, Geneviève y Retour de l’urss. Sin noticias de Pierre.

El padre Doncoeur nos hace saber que no se rinde y que la derecha tiene por fin un buen recluta en la persona de Gabriel Marcel.

Tarde en la noche vuelvo a ver a Gide por un instante. Las noticias de España son muy excitantes. Los gubernamentales parecen retomar la ventaja. En cuanto a la política interior, la efervescencia aumenta cada día; el odio desatado se hace intolerable. ¡Le Temps, Les Débats toman un tono inusitado; no tienen nada que reprocharle a L’Humanité! ¡Nos sentimos abrumados!

Gide, quien no está ya galvanizado por la urgencia, siente la fatiga. ¡Está desmoronado!

 

  1. Ha dormido mal. Lo siento en su trato cerrado, casi hostil. Además, las amigas que tendré hasta mañana conmigo le impiden detenerse y charlar. Está crispado y en esos momentos al borde de los excesos más absurdos, más inesperados. Le digo: “Sería mejor que no coma conmigo, que salga”. Responde: “Sí, está bien, voy a invitar a Montherlant, tal vez comprometerlo a comer en casa algo sencillo, una chuleta”. Bien hasta ahí… pero el comentario me hace saltar: “Sí, le mostraré cómo vivo…” Contengo un levantamiento de hombros, pero digo: “Comedia tras comedia, bien sabe que no puedo seguirlo en ese género. No hablemos más de eso”. Siento que lo irrito pues mi reflexión lo incomoda. Lo dejamos ahí, no continúa con ese proyecto descabellado, producto de una mala noche.

Desde ayer en la noche el rumor se extiende, sin que podamos saber de dónde procede, de que Malraux está herido o muerto. Telefoneamos a la embajada, a la agencia Havas. No saben nada. Seguramente es un rumor sin fundamento. Carta de Élisabeth que se anuncia para el 17. Ella ha recibido un telegrama de Pierre saliendo para Madrid. Aquí, nada de él, lo cual comienza a ser incomprensible.