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Linderos de Lobo Antunes | Por Luis Bugarini

La narrativa moderna intentó una empresa osada: una vuelta a los orígenes de la composición verbal. Limar la creación de todo elemento superficial y dejarla pendiendo de su componente último: palabras, lenguaje, articulación de sonidos. Ese regreso problematizó su lectura y constitución. La imaginación de los hombres, que en algún tiempo se deleitó con la creación literaria, ahora se enfrenta a retos que abarcan la vida entera. Joyce llevó al extremo ese paradigma de tentativa literaria. En su carrera, se percibe un ascenso hacia el compromiso con la estructura del lenguaje. En Dublineses (1914), por ejemplo, ya se vislumbraba al estilista que dejaría de lado a la anécdota para centrarse en la organización de las palabras. Más adelante, en el Retrato del artista adolescente (1916), Joyce perfecciona este procedimiento y el volumen puede leerse como un prolegómeno a Ulises (1922).

La historia que narra en esa novela sobre un día de Molly, Leopold y Stephen, le sirve al autor irlandés para rendir tributo a Dublín y a la vitalidad apenas entrevista del lenguaje. Sin embargo, a nivel estilístico, es un presagio de la creación que tendría por su obra maestra: Finnegans Wake (1939). Éste libro es un sistema de alegorismos oníricos encarnados en la figura de Humphrey Chimpden Earwicker, y asimismo un afluente en donde palabras de distintos idiomas se dan la mano. Esa tentativa es el resumen y culminación de las vanguardias literarias. Arte de la palabra en su forma más plena y vigorosa. Esa táctica de mezcolanza lingüística, a pesar de haber sido utilizada con anterioridad por Colonna en el Sueño de Polífilo (1499), es inusitada, tentadora y soberbia, dada su elevada manufactura estilística. Proust y Joyce conviven en armonía y juntos concretan la enorme labor de regresarle a la literatura un rostro insondable.

El arrojo de Joyce parece haber dejado mudos a los escritores: ¿Qué decir después de Ulises? ¿Cómo abordar de nuevo el acto literario? ¿Cómo relaborar el discurso narrativo luego de esa disolución idiomática, en apariencia permanente? Las interrogantes después de su tentativa se multiplican. Existen quienes se cobijan bajo la anécdota pues, a final de cuentas, una de las funciones de la literatura es comunicar una historia. Pero también hay escritores que no le dan la espalda al legado de Joyce y encaran el malabarismo de edificar historias a partir de un lance estilístico. Es el caso de António Lobo Antunes (1942), un autor que ha logrado un estilo narrativo lírico, poblado de imágenes. Es natural de Lisboa y psiquiatra de carrera, y si bien no se aparta del todo de la anécdota como germen de la historia, le concede un sitio de privilegio al juego formal. Cualquiera de sus libros está lejos de agotarse cuando las páginas ceden espacio a la nada: sus palabras son un eco que se multiplica para beneficio de los lectores. La fuerza de sus ficciones radica en el manejo estilizado de la lengua.

Borges afirmó que el barroquismo era un traspié retórico de la juventud. El escritor en ciernes disfraza su falta de ideas con palabras pomposas. Es natural que la tentativa de adorno y embellecimiento acartonado concluya caricaturesca. Lobo Antunes, por su parte, es un escritor barroco que lejos de negar su estirpe desbordante, se esfuerza por concentrar su densidad como un reto para sí mismo y para los lectores. En su obra, esta elección, no es un error de juventud sino un salto razonado. Sucede que la individualidad no admite cortapisas: es menester divagar y extenderse para lograr una conexión con el lenguaje. Lobo Antunes no escribe con el repertorio del lenguaje en la mano. Su aliento no es el de Lezama, Sarduy o Carpentier, es cierto. Esta forma del barroquismo es una fabricación meditada antes que un ardid para arrojarlas al pozo del dispendio.

 

 

De su obra sobresale La muerte de Carlos Gardel (1994), Manual de inquisidores (1996) y la Exhortación a los cocodrilos (1999). Sus libros requieren lectores atentos que se aparten de la vanidad de avanzar las hojas con velocidad, y se centren en los mecanismos de la palabra en sí. Las oraciones se distienden y cobran vida. Sus novelas son constelaciones en donde la tentativa de agotarlas está fuera de tiempo y espacio. En nadie como en él, cada signo tiene un lugar inamovible. Lobo Antunes reclama para sí la tentativa joyceana y la refunde con sus propias búsquedas. El perfeccionado estilo, en apariencia distante y de frialdad sublime, gana fuerza con el trato regular. Recorrer sus obras, después de algún tiempo, obsequia al lector recompensas que pocos escritores pueden ofrecer.

Lobo Antunes es un escritor político, pero lo es desde una perspectiva ajena a la programática de los autores comprometidos. No hay condenas, proclamas o detallados análisis de la sociedad actual. Hay individuos que experimentan la dureza de un mundo manipulado por personas sin escrúpulos. La destrucción a causa de la política sucede a nivel individual, en el seno de la vivencia cotidiana. La aridez aparente de su obra es fácilmente abatible. Para ello resultan imperdibles las Conversaciones con António Lobo Antunes (2003) que sostuvo con María Luisa Blanco. Ahí, al calor de la informalidad como puerta de acercamiento, puede leerse a un Lobo Antunes más próximo y tangible. Dado que su escritura tiene un elevado componente autobiográfico, conocer su experiencia vital se vuelve requisito para lograr una excursión afortunada a su obra: el ejercicio de la medicina, la guerra en Angola, la experiencia de la muerte, la amistad, el amor, la búsqueda de la perfección en la obra, la cercanía con España y su particular visión de la literatura ibérica. Estas Conversaciones son un mapa en donde podremos descifrar el entramado de una fabulación única.

El autor portugués reivindica no sólo la libertad formal, sino también la personal. Repudia los grupos, las sectas, la murmuración. Su independencia, todo parece indicar, es uno de los valores que ha defendido a lo largo del tiempo. Nada puede restringirla, salvo la devoción obsesiva y libremente asumida por la construcción de sus obras, por su perfeccionamiento y estilización. La evocación de la infancia es terreno fértil para liberar la memoria, y darle un giro jamás antes visto.

En el conjunto de su obra las innovaciones estilísticas no son artificios de quince minutos, pues son parte esencial de ese mundo imaginario, poblado de obsesiones y anhelos, perplejidades y búsquedas infructuosas.

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Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal de esta revista.


 Escrito por Luis Bugarini

(Ciu­dad de Méx­ico, 1978). Es escritor y crítico literario.